RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Feminismo paternalista


Por Rafael Cid
El tradicional repudio a la prostitución viene de una tacha muy extendida que lo considera un oficio denigrante, sin otras consideraciones.
Por Rafael Cid

La prostitución constituye un problema moral, económico y social
que no puede ser resuelto jurídicamente”
(Federica Montseny)
.
Los que con cierta frecuencia incurrimos en la inmodestia de opinar públicamente tenemos una tendencia innata a pontificar. A menudo confundimos nuestras convicciones con los hechos, y despachamos los temas más complicados con simplificaciones maniqueas. A favor o en contra, sin matices, casi siempre según el burladero ideológico desde donde nos ubiquemos. Mientras, la realidad suele tener más tonos grises que otra cosa y estar sometida al inapelable vaivén espacio-temporal. Lo que hoy es blanco puede haber sido negro y encaramarse a un futuro que ni fu ni fa. Por no hablar de lo que resulta de moda en un lugar y cabe que sea anatema en sus antípodas. Y esto es especialmente delicado si la cuestión a debatir se sitúa de partida en terrenos fronterizos, y está sujeta a consideraciones que escapan de lo cognitivo para adentrarse en lo emocional. Una percepción que ha eclosionado a raíz de la sindicación de la Organización de Trabajadoras Sexuales (OTRAS) por el ministerio de Trabajo, que en una pirueta insólita el gobierno pretende ahora revocar por “cuestiones de fondo”.
Vaya por delante que aquí no se plantea nada parecido a la legalización de la prostitución. Exponer el problema de manera pendular, abolición versus legalización, supone una extrapolación absurda e incluso tramposa. Vivimos en una sociedad capitalista y patriarcal, o sea, en un marco sometido a la explotación económica y la dominación masculina. De ambas prerrogativas se nutre la categoría “prostitución”. Dando por bueno que siempre se da en un contexto de relación consentida, sus atributos espurios son innegables. Se trata de una transacción económica donde una parte, la demandante, ofrece dinero por servicios sexuales a la parte ofertante. Y que en la mayoría de los casos el comprador es hombre y mujer la receptora. Dejamos fuera todo lo que en ese ambiente tenga que ver con mafias, trata de blancas, proxenetismo y demás actividades donde la voluntad de la mujer está violentada, prácticas que pertenecen de lleno al ámbito de la delincuencia y del hampa.
Tras ese preámbulo conviene advertir que la prostitución ha existido, existe y existirá mientras persista esa realidad capitalista y patriarcal y haya gente que vea en la actividad una salida para ganarse la vida. Todo lo cual significa que la prostitución entraña una relación mercantil, un negocio, aunque a menudo se trate de economía sumergida. Cargar las tintas, como con frecuencia se acostumbra a hacer, tildándola de “esclavitud sexual” o de un oficio que “ofende la dignidad de las mujeres”, en abstracto, supone escalonar un mundo de prejuicios y perjuicios que ofuscan el entendimiento Lamentablemente existen muchos trabajos que agreden la dignidad de las personas y que podrían considerarse esclavos si los midiéramos pero el rasero de lo ideal-deseable. Tampoco se trata de inscribir la prostitución en el nicho productivo del “autoempleo” o en el capítulo destinado a los “emprendedores”. Aunque la apología del neoliberalismo en liza pretenda que todo es mercado (lo que justificaría la explotación laboral de los niños; el tráfico de órganos humanos o la maternidad subrogada), la civilización ha avanzado gracias precisamente a la emancipación de las personas que ponen coto a la voracidad liberticida del mercado. El dinero, poderoso caballero, no lo compra todo, y ganar espacios a la desmercantilización es crecientemente un imperativo humanista.
Otra cosa es que aceptemos la doble moral de una prostitución buena que se ofrece disfrazada de “alterne” en burdeles, puticlubs y otros “reservados” por empresarios del sexo, con su patronal y todo, y otra estigmatizada de las “asalariadas del sexo” que actúan desde la clandestinidad . Regularizar la prostitución significa dotar de derechos sociales a todas las personas del colectivo. Porque aunque no exista estrictamente una relación laboral (no hay empleador, ni dependencia) si se da un trato mercantil. De ahí que OTRAS, como organización o asociación pueda y deba contar con garantías como cualquier sector laboral que no ejerce por cuenta ajena. Los taxistas, por ejemplo, salvo casos contados, son autónomos con todas las bendiciones, aunque comúnmente se hable del “sindicato del taxi”. Los ridersde Deliveroo, sensu contrario, eran falsos autónomos, como acaban de reconocer los tribunales.
El tradicional repudio a la prostitución viene de una tacha muy extendida que lo considera un oficio denigrante, sin otras consideraciones. Aunque se haga libremente, entre personas adultas, sin que medie sumisión y sin que perjudique a terceros. El principio “en mi cuerpo mandó yo” ha sido una idea fuerza durante el largo proceso que ha llevado a la despenalización del aborto desde los tiempos en que la contraconcepción era considerada un asesinato. .Por otra parte, la guerra; fabricar armas de destrucción masiva; formar soldados para matar legalmente; etc.; son trabajos que tienen un puesto clave en nuestra sociedad. Otro argumento recurrente, el de que quienes ejercen la prostitución lo hacen para escapar de la pobreza, inmigrantes o gente desarraigada, tampoco debería considerarse un aval para su persecución. Quizá al contario, ya que por ser de baja extracción cultural estas mujeres serían las más beneficiadas con la asociación, evitando caer en las garras de las mercaderes del sexo que actúan con la impunidad que les otorga su posición dominante. Salvo que ese estigma lo hagamos extensivo a todos los sectores que emplean a mano de obra de similar condición en la economía basura.
No obstante, resulta chocante oír hablar de abolición o supresión de la prostitución como si fuera un troquel que se puede imponer desde un gobierno. Ni la Ley seca en su día, ni la prohibición del consumo de estupefacientes hoy, cumplen su objetivo porque existe una demanda que no puede ser desinhibida jurídicamente. Cuando en la Segunda República la ministra de Sanidad, la anarquista Federica Montseny, encaró este problema lo hizo creando los “liberatorios de prostitución”, con la idea de ofrecer recursos públicos, apoyos institucionales y otras alternativas eficaces para integrar en la sociedad a las meretrices que quisieran dejar la calle. Por decreto no se cambia la mentalidad de la gente, se requiere una revolución cultural y el cambio de las estructuras que condicionan las formas de vida. La abolición ipso facto parte de la ficción de que la demanda no existe (una especie sui géneris de Ley de Say). Algo inherente al capitalismo, el patriarcado y la tradición paternalista que se manifiesta en aspectos tan rutinarios como esas páginas de “contactos” que hasta hace poco insertaban muchos medios. Por ejemplo, el diario de talante progresista El País, cuyo editorial del día 4 de septiembre era un obús contra la “falsa libertad” de “la esclavitud sexual”, obviando que durante décadas el grupo PRISA se financió con anuncios que promovían el negocio de la prostitución. O el furioso alegato prohibicionista de la presidenta andaluza, Susana Díaz, que sin embargo nada dijo sobre el generoso uso de la tarjeta black de una fundación para la formación de parados en un club de alterne de Sevilla, extremo aireado en la trama de los ERE.
Recuerda Silvia Federici, en el libro “Calibán y la bruja”, que en los albores del industrialismo los trabajadores gremiales negaban los derechos políticos a los asalariados. Suponían que trabajar por otros era un tipo de vida humillante y que su situación de extrema dependencia del empleador les impedía votar en conciencia. Una injerencia cargada de buenas intenciones, como la que ha llevado a la ministra Magdalena Valerio, miembro del gobierno con más mujeres del mundo, a romper la orden del BOE que legalizaba el sindicato de prostitutas OTRAS. A veces lo mejor puede ser enemigo de lo bueno.




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