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domingo, 9 de diciembre de 2018

¿Por qué necesitamos alternativas al desarrollo?

Por: Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria, y Alberto Acosta


¿Por qué necesitamos alternativas al desarrollo?


La naturaleza seductora de la retórica del desarrollo, a veces llamada desarrollismo, ha sido internalizada –naturalizada- prácticamente en todos los países.  Décadas después de que la noción de desarrollo se expandiera alrededor del mundo, solo un puñado de países que antes fueron llamados “subdesarrollados” o “en vías de desarrollo”, son hoy “países desarrollados”. Otros luchan para emular la matriz económica de los países del Norte, a un enorme costo ecológico y social. El problema no reside en la falta de implementación, sino en la concepción del desarrollo como un proceso de crecimiento económico lineal y unidireccional, impulsado por la mercantilización y por los mercados capitalistas.
A pesar de los numerosos intentos por resignificar el desarrollo, este continúa siendo algo que administran los “expertos” buscando crecimiento económico, y medido por el Producto Interno Bruto (PIB), un pobre y engañoso indicador de progreso en términos de bienestar. En realidad, el mundo en general experimenta el “maldesarrollo”, no menos en los mismos países industrializados con estilos de vida que se suponía debían servir como faros para los países más “atrasados”.
Una gran parte de estas múltiples crisis reside en la concepción misma de “modernidad”-sin querer decir que todo lo moderno es destructivo o inicuo, ni que toda tradición es positiva. En efecto, elementos modernos como los derechos humanos y los principios feministas están siendo liberadores para muchas personas. Cuando hablamos de modernidad nos referimos a la visión dominante del mundo que emergió en Europa desde la transición de la Edad Media al Renacimiento, hasta el periodo moderno. Las prácticas culturales y las instituciones que fundan esta visión del mundo, toman al individuo como un ser independiente de lo colectivo, y le da predominancia a la propiedad privada, los mercados libres, el liberalismo político, el secularismo y a la democracia representativa. Otra característica clave de la modernidad es la universalidad –la idea de que todos vivimos en un único mundo ahora globalizado, y fundamentalmente, la idea de que la ciencia es la única verdad confiable y de que es constitutiva del “progreso”.
Entre las primeras causas de estas crisis está la premisa monoteística de que un “Dios” padre hizo la tierra para el beneficio de “sus hijos” humanos. Esta actitud es conocida como antropocentrismo. Al menos en Occidente, evolucionó en un hábito filosófico de enfrentar a la humanidad contra la naturaleza; dió cabida a dualismos similares como la distinción ente humanidad y naturaleza, sujeto y objeto, lo civilizado y lo bárbaro, la mente y el cuerpo, hombre y mujer. Estas categorías ideológicas clásicas legitiman al mismo tiempo la devastación del mundo natural y la explotación de las diferencias de sexo-género, raciales y civilizatorias.
No hay ninguna garantía de que el desarrollo vaya a resolver las discriminaciones y violencias tradicionales contra las mujeres, los jóvenes, los niños y las minorías intersexuales, contra las clases sin tierra y sin empleo, contra razas, castas y etnicidades. A medida que el capital global desestabiliza las economías regionaDesarrollo y sostenibilidad: Ajustando lo inajustable
El debate del siglo XX sobre la sostenibilidad estuvo fuértemente influenciado por el argumento de los Límites al crecimiento del Club de Roma. Regularmente se reiteraría en conferencias alrededor del mundo el desajuste entre “desarrollo y medio ambiente”, y el reporte Nuestro Futuro Común (1987) lo señalaría contundentemente. No obstante, los análisis de las Naciones Unidas y de la mayoría de estados nunca han incluido una crítica a las fuerzas sociales estructurales que subyacen a este siniestro ecológico. El enfoque ha sido siempre en hacer el desarrollo y el crecimiento económico “sostenible e incluyente” a través de las tecnologías apropiadas, los mecanismos del mercado y las reformas de política institucional. El problema es que este mantra de la sostenibilidad fue engullido por el capitalismo desde muy temprano, y luego vaciado de su contenido ecológico.
En el periodo posterior a la década de 1980, la globalización neoliberal avanzó agresivamente a través de todo el globo. Las Naciones Unidas cambiaron el foco a un probrama de “alivio de la pobreza” en los países en desarrollo, sin cuestionar las fuentes de la pobreza en la economía impulsada por la economía del opulento Norte global. De hecho, se argumentó que los países necesitaban alcanzar un estandar de vida alto antes de que pudieran emplear recursos en la protección del medio ambiente. Este desecho de los debates previos sobre los límites abrió el camino para el concepto ecológico modernista de “ecología verde”.
En la Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible de 2012, la vacua ideología de la sostenibilidad fue el marco que orientó de las discusiones multilaterales. En preparación de Río+20, la UNEP publicó un informe sobre la “economía verde”, definiéndola como “una que resulta en un mejor bienestar humano y en equidad social, y al tiempo reduce los riesgos medioambientales y la escasés ecológica”. En linea con la política pro-crecimiento de los defensores del desarrollo sostenible, el informe definió todas las formas vivientes del planeta como “capital natural” y como “activos económicos fundamentales”, intensificando así la mercantilización comercial de la vida en el planeta.
El modelo internacional del capitalismo verde que subyace a la declaración Transformar nuestro mundo: la agenda 2030
para el Desarrollo Sostenible 
revela las siguientes fallas:
  • No hay un análisis de cómo las raíces estructurales de la pobreza, la insostenibilidad y la violencia multidimensional están históricamente fundamentadas en el poder estatal, el monopolio corporativo, el neo-colonialismo, y las instituciones patriarcales.
  • Enfoque inadecuado en la gobernanza directa y democrática con mecanismos de toma de decisiones responsables por parte de la ciudadanía y de comunidades informadas en escenarios cara a cara;
  • Reiterado énfasis en el crecimiento económico como el motor del desarrollo, contradiciendo los límites biofísicos y con adopción arbitraria del PIB como indicador de progreso;
  • Confianza continuada en la globalización económica como estrategia económica clave, debilitando los esfuerzos de la gente por la autonomía y la autodeterminación;
  • Sostenida subordinación al capital privado, y falta de voluntad para democratizar el mercado a través de los trabajadores-productores y el control comunitario;
  • La ciencia moderna y la tecnología son erigidas como panaceas sociales, ignorando sus límites e impactos, y marginalizando “otros” conocimientos;
  • La cultura, la ética y la espiritualidad son marginadas y puestas al servicio de las fuerzas económicas;
  • Promoción del consumismo sin regulación y ausencia de estrategias para reversar la contaminación desproporcionada del Norte global al planeta a través de los desechos, la toxicidad y las emisiones climáticas.
  • Las arquitecturas neoliberales de la gobernanza global se apoyan cada vez más en valores tecnocráticos de la administración por parte de los estados y de las burocracias multi-laterales.
El marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), ahora global en su alcance, es un falso consenso
No nos proponemos despreciar el trabajo de la gente que está encontrando nuevas soluciones tecnológicas para reducir problemas, por ejemplo, en energías renovables, ni nos proponemos menospreciar los muchos elementos positivos contenidos en el marco de los ODS. Más bien, nuestro objetivo es señalar que en ausencia de una transformación socio-cultural fundamental, la innovación tecnológica y administrativa no nos sacará de la crisis. A medida que estados-naciones y sociedad civil se preparan para cumplir los ODS, es un imperativo establecer un criterio que ayude a las personas identificar lo que es verdaderamente transformativo. Esto incluye un desplazamiento hacia enfoques de buen vivir basados en la democracia directa y radical, la localización y democratización de la economía, justicia social y equidad (género, castas, clases, etc), recomunalización de la propiedad privada, respeto por la diversidad cultural y de conocimientos incluyendo su descolonización, regeneración de la resiliencia ecológica de la tierra, y la reconstrucción de nuestra relación respetuosa con el resto de la naturaleza.
Este artículo es un extracto de la introducción del libro próximo a ser públicado: “Pluriverse: A Post-Development Dictionary”, de Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria, y Alberto Acosta (editores), y publicado por los autores mencionados en Tulika, Delhi.
Ashish Kothari  trabaja con Kalpavriksh y Vikalp Sangam en India, y es co-editor del libro Alternative Futures: India Unshackled.
Ariel Salleh es un académico-activista australiano, autor de Ecofeminismo como política y editor de Eco-Sufficiency and Global Justice.
Arturo Escobar enseña en la Universidad de Carolina del Norte y es el escritor de La invención del Tercer Mundo: construcción y deconstrucción del desarrollo.
Federico Demaria trabaja con la Universidad Autónoma de Barcelona, y es el co-editor de Degrowth: A Vocubalary for a New Era.
Alberto Acosta es un economista y activista ecuatoriano, expresidente de la Asamblea Constitucional de Ecuador.
Traducido por: Sergio Carvajalles, convirtiendo las comunidades en poblaciones de refugiados, algunas personas lo enfrentan identificandose con el poder de macho de la derecha política, junto con la promesa de “retomar los trabajos” de los migrantes… Un pelígroso giro hacia el autoritarismo está teniendo lugar en todo el mundo, desde la India hasta los Estados Unidos y Europa.
FUENTE; https://lasiniestra.com/por-que-necesitamos-alternativas-al-desarrollo/?fbclid=IwAR0a4rV36JdjPI4emW7228qH9xpkQvJ5axL8i78LARJS_ELALoau9h8fu6Y



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