lunes, 29 de julio de 2013

La reina sanguinaria, María Tudor (1516-1558)


María Tudor reinó en Inglaterra como María I durante unos escasos cinco años. En esos años el pueblo pasó de ensalzarla a condenarla para siempre. No lo tuvo fácil. Educada en un ferviente catolicismo por su madre, Catalina de Aragón, su fe la separaría de sus hermanos a los que apreció y cuidó. Pero sus diferencias confesionales serían una diferencia insalvable entre ellos. Cuando María consiguió subir al trono, después de haber sido deslegitimada varias veces, recondujo a Inglaterra por los caminos de la Roma católica. Sus convicciones religiosas la llevaron a condenar a muerte a casi trescientas personas. Mártires de la iglesia anglicana que sellaron para siempre el apodo con el que la historia protestante no la olvidaría: Bloody Mary (María la Sanguinaria).

La princesa deseada
La llegada al mundo de María, el 18 de febrero de 1516, fue una verdadera alegría para sus padres, los reyes de Inglaterra, que llevaban años intentando tener un hijo. Su padre era Enrique VIII y su madre Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos.

María era una niña enfermiza pero muy inteligente que pasó una infancia tranquila en la que recibió una educación exquisita de los principales eruditos de su tiempo, entre ellos Luis Vives, Tomás Moro o Erasmo de Rotterdam. María se convirtió pronto en una princesa adorada por todos, sobretodo por su padre.

La princesa repudiada
Pero pronto la falta de un heredero varón y el enamoramiento de Enrique hacia la hermosa dama de la corte Ana Bolena, trastocó los cimientos de Inglaterra, de su religión, de la casa real y de la propia María.

Angustiado por no tener un hijo legítimo varón, Enrique VIII empezó a distanciarse de su esposa y después de varios amoríos y un niño habido de su amante Elizabeth Blount, se enamoró perdidamente de Ana Bolena. Corría el año 1526 y empezaban malos tiempos para Catalina y su hija la entonces Princesa de Gales. Enrique inició una campaña de desprestigio contra su esposa intentando encontrar una razón de peso que le diera la nulidad matrimonial para así casarse con Ana e intentar tener el ansiado heredero varón.

Pero ni Catalina ni la curia de Roma, demasiado cercana al poderoso emperador Carlos V, sobrino de la reina, le pusieron las cosas fáciles a Enrique. Aunque este no dudó en tirar por la vía rápida y hacer uso de sus poderes como rey. En noviembre de 1534 firmaba el Acta de Supremacía según la cual el rey se erigía como cabeza de la iglesia anglicana y como tal podía decidir sobre la nulidad de su propio matrimonio. Catalina era abandonada y su hija despojada de sus títulos de princesa heredera.

La reina amada
Lady María, como entonces se la llamaba, pasó a formar parte del séquito de damas de compañía de la pequeña Isabel, la hija de su padre y su nueva esposa Ana. Pero la victoria de Ana Bolena sobre Catalina duró poco. Ella tampoco pudo darle a Enrique en ansiado varón y el 19 de mayo de 1536 era decapitada acusada de adulterio. Isabel se sumaba con María a la lista de hijas desheredadas y pasaba a llamarse también Lady.

La tercera esposa de Enrique VIII, Juana Seymour, con la que se casó poco tiempo después de morir Ana, sí que le dio por fin un hijo. Pasado el tiempo y varias mujeres más en la vida del rey inglés, Enrique firmaba en 1544 el Acta de Sucesión según el cual, tanto María como Isabel, volvían a incluirse en la línea de sucesión al trono detrás de su hermanastro Eduardo. Cuando tres años después fallecía Enrique VIII, su hijo era coronado como Eduardo VI.

Como Eduardo era menor de edad, los primeros años de su reinado estuvieron liderados por un consejo de regencia de mayoría protestante. Pero la estabilidad política que parecía traer el nuevo rey pronto se esfumó al dar muestras de tener una salud de lo más precaria. Después de varias enfermedades breves, Eduardo VI moriría de tuberculosis en 1553.

Conscientes de que la siguiente en la línea sucesoria era María, devota y ferviente católica, el consejo de regencia empezó a buscar un posible heredero. Si excluían a María por razones de ilegitimidad, Isabel tampoco podría ser reina.

Antes de morir, John Dudley, duque de Northumberland, consiguió persuadir a Eduardo para que excluyera a sus hermanastras de la línea sucesoria. Dudley consiguió también colocar a su nuera como heredera del rey. Lady Jane Grey, prima de Eduardo, estaba casada con su hijo Guilford, al que el duque ya veía como nuevo rey de Inglaterra.

Lo que Dudley no calibró fue el poder de atracción popular que arrastraría, al menos en un primer momento, la princesa heredera legítima según el Acta de Sucesión de 1544. Muerto Eduardo VI ascendía al trono Jane, proclamada reina el 10 de julio de 1553.

El sueño de Dudley y la nueva reina pronto se difuminó. Los apoyos recogidos meses atrás desaparecieron pronto. María volvía triunfal a Londres donde lo primero que hizo fue encarcelar y condenar a muerte a los traidores.

Aclamada por el pueblo, María Tudor era coronada como reina de Inglaterra el 1 de octubre de 1553.

La reina odiada
La popularidad de María duró poco, sin embargo. Su matrimonio con el que se iba a convertir en rey de España y su rápida revocación de todas las leyes a favor del protestantismo fueron dos decisiones claves que el reino no aceptó en absoluto.

El 30 de noviembre de 1554, apoyada por el cardenal Reginald Pole, María reinstauraba el dominio eclesiástico de Roma sobre Inglaterra. La fe de María fue aún más lejos y no dudó en condenar por razones religiosas a casi trescientas personas. Los 284 mártires que según John Foxe fueron ejecutados por orden de María, fueron razón suficiente para que la historia protestante la recodara desde ese momento como María la sanguinaria.

Su boda con Felipe de España no mejoraría su popularidad entre los ingleses. María tenía entonces 37 años y su primo, unos diez años menor, el entonces aún príncipe, había quedado viudo de su primera esposa María Manuela de Portugal. María deseaba con todas sus fuerzas engendrar un heredero que desbancara a su medio hermana Isabel de la línea sucesoria y evitar así que otro monarca protestante volviera a reinar en Inglaterra. Pero al margen de un atisbo de embarazo que no pasó de ser una simple retención de líquidos, los nuevos reyes no tuvieron descendencia. 

A pesar de que el poder de Felipe sobre la corona inglesa quedaba muy limitado, cuando Carlos V abdicaba y el príncipe de la casa de Austria se convertía en rey de España como Felipe II, su política exterior contraria a Francia puso en una complicada situación la política exterior inglesa. 

María Tudor fallecía el 17 de noviembre de 1558 en el Palacio de Saint James. Fue enterrada en la Abadía de Westminster. Años después descansaría a su lado su hermanastra Isabel quien la sucedió en el trono reinstaurando el protestantismo. 

 Si quieres leer sobre ella 


Las mujeres de Felipe II
María Pilar Queralt del Hierro



miércoles, 24 de julio de 2013

El canto de las sirenas

La peligrosa melodía de las mujeres con cuerpo de animal, citada por primera vez en la Odisea, esconde algo sobre el poder letal de la información. ¿Cuál era su hipnótico secreto?

LA VANGUARDIA 16/06/2013 
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Uno de los pasajes más célebres de la Odisea de Homero es el de las sirenas. Concluido su -¿astuto?- romance con la maga Circe, Ulises visita el Hades, donde conoce el dictamen de los muertos. E inmediatamente se dispone a afrontar dos duras pruebas: la isla de las Sirenas y el peligroso estrecho de Escila y Caribdis. Circe, generosa y enamorada, le advierte: "Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeños rodeándole, llenos de júbilo, cuando retorna al hogar, sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor un enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga: más tu si desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos y así podrás deleitarte escuchando las sirenas".

Ulises sigue el consejo de Circe y supera la prueba. En este pasaje de la Odisea, la narración es muy rápida. Un tuit de 668 caracteres. Homero concede más importancia a la advertencia de Circe que al acontecimiento en sí mismo: "Hicimos andar la nave muy rápidamente y al hallarnos tan cerca de la orilla que allá pudieran llegar nuestras voces, no pasó por alto a las sirenas que la ligera embarcación navegaba a poca distancia, y empezaron un sonoro canto: ¡Ea, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado con su negro bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca, sino que se van todos después de recrearse con ella, sabiendo más que antes, pues sabemos cuantas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo cuánto ocurre en la fértil tierra".

Sobre esta escueta narración se ha levantado todo un templo de la Mitología. En primer lugar, la mujer maternal, generosa, sabia y experimentada. La maga Circe, intermediaria entre los dioses y los hombres, embrujadora -cuando conoció a Ulises, quiso convertirlo en un cerdo gruñón-, no duda en advertir al hombre que ya no puede retener en su casa. En señal de amor le regala una "hoja de ruta", que diríamos ahora, con ese periodismo de frases hechas y vacías. (Una hoja de ruta, pobre Homero si nos oyese). Esa expresión debería ser desterrada de los periódicos. Circe regala a Ulises un itinerario con advertencias y este se las toma muy en serio. Es astuto, pero no frívolo. Con el paso del tiempo, la imagen de Odiseo atado al palo de la nave se convertirá en símbolo del vanidoso autocontrol masculino. Mito y símbolo de poder. Ulises hace uso de la jerarquía para poder disfrutar del canto de las sirenas. Mientras sus hombres reman con tapones de cera en los oídos, él escucha el dulce cántico de las mujeres con alas de pájaro, fuertemente atado al palo de la nave y con instrucciones bien precisas de que refuercen las ligaduras ante cualquier señal de apasionada desesperación. He ahí un interesante dato de crónica política: a mayor intensidad de la aventura individual, mayor sometimiento de otras individualidades. El Ulises de Homero es uno de los primeros héroes antiguos que levanta el escudo del Yo. uno de los primeros cantos a la aventura individual y a la experiencia subjetiva. En el episodio de las sirenas queda claro que la nave de Ulises no es una asamblea libertaria. La más sofisticada experiencia está reservada al jefe. Y si le sacamos un poco más de punta, podríamos hablar del placer de las ataduras, pero eso nos obligaría a cambiar de rumbo hasta llegar a la enigmática isla de doctor Freud…


Las sirenas. En la mitología griega, las sirenas eran mitad mujer, mitad ave. Así aparece en la cerámica antigua y así fue plasmado por algunos pintores románticos, que se resistieron, durante un tiempo, al encanto de la mujer-pez.

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El origen de las sirenas es difuso e inconcreto. Sus primeras representaciones se hallan en monumentos funerarios y la primera referencia narrativa es la de la Odisea. Su vínculo con la Muerte parece claro. Cantoras del Más Allá. Ninfas con plumas y con la más dulce de las voces, acaso castigadas por alguna deidad resentida. Agláope, Telxínoe, Pisínoe, Parténope, Ligeia, Laucosia, Molpe, Radne, Teles…, eran sus nombres.

El salto a la fama lo dieron en la Edad Media, cuando en un bestiario anglosajón titulado 'Liber monstruorum' (siglo VII-VIII), aparece por primera vez la mujer-pez. Quizá por error. Quizá como consecuencia de una solitaria fantasía monástica: la mujer con escamas, la mujer escurridiza, la mujer sensual sin sexo, la mujer peligrosa. Las sirenas comienzan a aparecer en los capiteles románicos y en las miniaturas. La mujer inquietante. La mujer que atrae con el cuerpo y mata con el canto. Las sirenas darán la vuelta al planeta cuando las carabelas españolas y portuguesas inician la circunvalación de los océanos. Las carabelas, unidades psicóticas de la definitiva globalización, exhiben sirenas de madera en la proa. Las mujeres-pez irrumpen en la literatura y en la pintura. A los artistas románticos se les va un poco la cabeza y entre sirenas y orientalismos crearán un arquetipo femenino inalcanzable, que moverá pasiones y cartografías. La sirena se convierte en símbolo y aviso de nuevas presencias femeninas al otro lado de los mares. Y se producen motines en algunas de las unidades psicóticas que cruzan los océanos. El motín de la Bounty en los Mares del Sur, por ejemplo.
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Llega el cine y la joven actriz y nadadora norteamericana Esther Williams (fallecida hace unos días a los 91 años), edulcora el mito y lo introduce en la sociedad de consumo. Las sirenas ingresan en la clase media norteamericana y europea. Acuáticas y sincronizadas, embridan la fantasía romántica con bellos movimientos dotados de precisión industrial. Mitad mujer, mitad pez, mitad electrodoméstico, con un fondo musical de Xavier Cugat.


 
Años más tarde, llegarán la sirena irónica y posmoderna de la película 'Splash' y la adocenada sirenita de Walt Disney, con un magnífico reparto musical. En un mundo saturado de imágenes, la potencia mitológica se diluye –en el agua, por supuesto- para convertirse en simpática alegoría. Los misterios del mar se convierten en dominio del documentalista francés Jacques Cousteau y de esos submarinos atómicos de la antigua Unión Soviética que de vez en cuando tienen un trágico accidente en aguas del Círculo Polar Ártico. El mar ha sido encuadrado por los modernos sistemas de navegación y la mujer occidental, más libre y más dueña de sí misma, ya no soporta según qué metáforas. Las sirenas se recluyen en el convento de la literatura infantil.
Nos queda el realismo mágico de Álvaro Cunqueiro, espléndido escritor gallego que en sus "Fábulas y leyendas del mar" (1982), se preguntaba si las sirenas tienen ombligo, cuestión que parece que llegó a interesar a don Ramón del Valle-Inclán. Liberadas las sirenas de la fantasía masculina mal ventilada, el mito regresa a su origen, sin escamas y sin oleajes sinuosos. Regresa la narración original, con su pregunta todavía sin respuesta: ¿Qué diablos cantaban las sirenas?

Algunos científicos creen que los marineros de la antigüedad mitificaron los lejanos aullidos de las focas monje, o se dejaron impresionar por la resonancia del viento en las rocas de algunas pequeñas islas del Mediterráneo. El filósofo alemán Peter Sloterdijk, del que hace un par de semanas cité su monumental trilogía 'Esferas', sobre la fenomenología del espacio, se deja seducir por Homero y apunta una teoría muy interesante: las sirenas siempre interpretan la música que el marino quiere oír.

"El fundamento misterioso de la irresistibilidad de las sirenas –escribe Sloterdijk en el primer volumen de Esferas- está en la circunstancia de que jamás interpretan su propio repertorio, sino sólo y siempre, la música del pasante. Si las sirenas encontraron víctimas entusiasmadas en todos los oyentes hasta Ulises –y especialmente en éste-, fue porque cantan desde el lugar del oyente. Su secreto es que interpretan exactamente las canciones en las que anhela precipitarse el oído del pasante. Por ello, el canto sirénico no sólo actúa sobre el sujeto conmoviéndolo desde fuera. Resuena, más bien, como si se llevara a cabo a través de él, consumadamente y como por primera vez, la conmoción más propia e íntima del sujeto, que entonces se decide a expresarse. Las sirenas son videntes melódicas".
Pensamiento Sloterdijk: Cada hombre contiene una melodía y las sirenas saben interpretarla. Cada ser humano anhelará algún día alcanzar el éxtasis en el interior de una esfera musical, porque hay una voz impresa en lo más profundo de su ser. La primera percepción exterior del embrión es la voz de la madre. Una melodía lejana y a la vez próxima. Una líquida melodía. La dimensión vital del ser humano es esférica porque siempre vivirá con el vago recuerdo de esa melodía, que una canción, un himno o una pieza musical pueden despertar. No me negarán que el razonamiento del filósofo alemán es poético y sugerente. El hombre en busca de su himno con los cascos y el i-pod en el metro. Corriendo en el parque. Andando por la gran ciudad. Presente y ausente.

"Quien escucha su himno ha triunfado", escribe Sloterdijk. "Los seres humanos no quieren aparecer como algo, sino sonar como algo; se necesitaba la moderna maquinaria de imágenes, que desde el Barroco estampa sus clichés en el pueblo, para enmascarar esa relación fundamental y para atrapar a las masas bajo el hechizo del individualismo visual, con sus vistazos rápidos, sus espejos y sus revistas de moda".
El sonido en el centro de la esfera humana. Sónar es el nombre del más novedoso evento social que ha generado Barcelona en los últimos decenios. Música e imagen forman la cápsula más exitosa de la ciudad que creció con las sirenas de las fábricas.
La interpretación del filósofo alemán es muy sugerente en la época de la música a la carta, del hombre con cascos y de una nueva economía sin sirenas industriales. Pero me parece que debemos regresar al texto original ('Odisea', Espasa, Colección Austral, traducción de Luis Segalá y Estalella) para escudriñarlo de nuevo. Dicen las sirenas en el canto XII: "Nadie ha pasado con su negro bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca, sino que se van todos después de recrearse con ella, sabiendo más que antes, pues sabemos cuantas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo cuánto ocurre en la fértil tierra".

"Conocemos todo cuánto ocurre en la fértil tierra". En la canción de las sirenas hay información. Quienes las escuchan "saben más que antes". Su canto es una crónica melódica que desvela secretos. Lo saben todo y la curiosidad mata de inanición a los oyentes. No pueden dejar de escuchar y sus pellejos se amontonan en la isla. Las sirenas matan cantando historias. Quizá Homero quiso lanzar un primer aviso sobre los riesgos hipnóticos de la información continua. Ayer, en una isleta del Mediterráneo; hoy, en el plasma insomne de los dispositivos digitales.

Si, hoy, las sirenas nos cantasen con voz melodiosa todos los misterios aún ocultos en la tierra que fue fértil en plusvalías inmobiliarias, la muerte no tardaba en llegar.

(No hay unanimidad sobre la posible ubicación geográfica de la isla de la Sirenas. Podría ser una pequeña isla de la costa de Sorrento, al sur de la gran bahía de Nápoles, llamada Galli. Es un lugar cercano a la isla de Capri, que en los años sesenta del siglo pasado inspiró un himno juvenil que conmovería a no pocos adolescentes).

sábado, 20 de julio de 2013

La reina infecunda, María Luisa de Orleáns (1662-1689)


El principal papel que tenían las reinas era el de engendrar herederos sanos que garantizaran la continuidad de la dinastía. Algunas dieron un paso más y se atrevieron a tocar los hilos del poder. Otras ni tan siquiera pudieron cumplir con su principal cometido de ser madres. Muchas no lo tuvieron fácil. María Luisa de Orléans, una hermosa y elegante joven sobrina del Rey Sol, debía concebir un hijo del enfermizo monarca español Carlos II. Fruto de constantes y aberrantes uniones consanguíneas cada vez más cercanas, uno de los defectos que sufría el enclenque hijo de Felipe IV era la incapacidad para engendrar. Lo intentó con dos reinas. Ninguna lo consiguió, terminando con la Casa de Austria en España. Por supuesto nadie culpó públicamente al rey. Fueron ellas las que cargaron con la culpa. 

De Versalles al Alcázar
María Luisa de Orléans nació el 27 de marzo de 1662 en el palacio de Saint-Cloud de París. Hija del duque Felipe de Orleáns y Enriqueta de Inglaterra, era a su vez sobrina de Luis XIV.  María Luisa y su hermana Ana María quedaron huérfanas de madre en 1670. Aunque hacía tiempo que vivían alejadas de sus padres pues, como era costumbre en la corte parisina, los niños eran alejados de sus aristocráticos padres demasiado ocupados en las actividades de palacio. María Luisa pasó gran parte de su niñez con su abuela, Enriqueta María de Francia, Reina de Inglaterra, en su residencia de Colombes.

La pequeña recibió  una exquisita educación de distintas ayas escogidas por sus padres y recibió el cariño de su nodriza, Francisca Nicolasa Duperroy, de la que no se separó desde su tierna infancia.  

Carlos II
Cuando María Luisa visitaba la alegre corte de Versalles, disfrutaba de los juegos y la compañía de su primo el delfín Luis, hijo de Luis XIV, del que se decía estaba enamorado. Pero el esplendor en el que vivió la joven en su Francia natal tuvo que ser pronto sustituido por la sobriedad y encorsetamiento de la corte española. 

Por razones políticas, María Luisa fue la escogida para convertirse en la esposa de Carlos de Austria. El 2 de agosto de 1667 se cerraba el acuerdo matrimonial que había estado negociando el marqués de los Balbases, embajador español. Pasarían aún casi diez años antes de que celebrara la boda por poderes el 31 de agosto de 1679 en el palacio de Fontainebleau.

A todo esto, mientras reyes y políticos decidían el destino de la princesa, María Luisa mostraba públicamente su descontento con la decisión de enviarla a España. Llegó incluso a amenazar con hacerse monja. 

El 3 de noviembre de 1679 llegaba a la frontera del Bidasoa. Días después, el 18 del mismo mes, María Luisa y Carlos se veían las caras por primera vez. Ella, una joven hermosa, saludable, él, enclenque, delgado, enfermizo. 

A principios de año la que sería reina de España, sólo nominalmente, llegaba a Madrid y se instalaba en el Alcázar, un lugar oscuro y sobrio alejado de la alegría y el resplandor de su París natal. 

A pesar de que Carlos amó a su esposa desde el primer momento y ella llegó a sentir por el último Austria un afecto sincero, María Luisa tuvo que adaptarse a una corte encorsetada, seria, rígida en la que, además, todo lo francés no estaba para nada bien visto. 

El heredero que nunca llegó
A la inadaptación de la reina se sumaron los problemas para consumar el matrimonio y conseguir engendrar un heredero. Los anuncios de posibles embarazos eran pronto desmentidos y, ante la desesperación del pueblo, la corte y el rey, se llegó incluso a insinuar que la reina se provocaba abortos. 

Mientras en el Alcázar, María Luisa intentaba sobrellevar años de infecundidad y aislamiento personal, las grandes potencias europeas se encontraban en constante tensión. A esto se añadía un gobierno, el español, que iba cada día de mal en peor. Los conflictos internacionales llegaron incluso a hacer pensar a su tío el rey Sol que su sobrina corría el peligro de ser envenenada. Y mientras tanto, Carlos seguía sufriendo un deterioro físico cada vez más evidente. 

La muerte de la reina
María Luisa de Orleans fallecía el 12 de febrero de 1689. Diez años había pasado en España. Diez años que no habían servido para cumplir con su cometido. De quien fuera culpa, la voz popular y cortesana se encargó de asignársela a ella, el tiempo la haría recaer en él. El hecho de que María Luisa enfermara en poco tiempo avivó las llamas de la conspiración y un supuesto asesinato. Aunque también es cierto que la reina tenía una vida desordenada y hacía muchos excesos en el comer y en la ingesta de brebajes curativos de dudosa efectividad. 


Años después, Europa se vería ahogada por la sombra de la guerra por causa de España. Carlos II se había vuelto a casar, con una recia Mariana de Neoburgo, a la que tampoco consiguió fecundar. España se quedaba sin rey y las demás potencias europeas lucharon a muerte por llevarse un pedazo del gran pastel que suponía aquella sombra de un imperio que había brillado con esplendor.

 Si quieres leer sobre ella 


Reinas de EspañaMaría José Rubio








Ginecología y vida íntima de las reinas de España (I)Enrique Junceda Avelló



viernes, 19 de julio de 2013

¿Amor o dependencia?


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En las relaciones de pareja hay una tendencia a la posesividad que puede estar más relacionada con una dependencia afectiva que con el amor. No siempre es fácil establecer la frontera entre uno y otro. Aunque cierto grado de dependencia casi siempre es necesario

LA VANGUARDIA 19/07/2013

Finales de julio. Nuestra pareja se ha marchado de vacaciones con un par de amigos de toda la vida, y nosotros aquí, en la ciudad, por el trabajo; hay que conservarlo. Pero el estómago no está fino, duele, se está haciendo un nudo, y a medida que transcurren los días cada vez se está más pendiente de que él o ella llame al teléfono o al menos envíe un mensaje o un whatsapp o una nota por Facebook… Algo, lo que sea. El malestar aumenta, surge rabia disimulada y por la mente pasan mil pensamientos de posibles escenarios. No hay quien lo frene. Irrumpe la obsesión. ¿Es esto un amor dependiente? ¿Cuál es la frontera que marca la diferencia entre amar y depender? ¿Puede prevenirse? ¿Se trata de una enfermedad?

El hecho de que millones de personas en el mundo sean víctimas de relaciones amorosas ­inadecuadas, no significa que sea una enfermedad, apunta el psicólogo Walter Riso. Pero el miedo a la pérdida, al abandono y a muchos otros aspectos hace vivir el amor de forma insegura, produce heridas que requieren cicatrizar. Y no parece que haya herramienta que sea capaz de neutralizar lo que, en muchas ocasiones, se nombra como mal de amores.

Por otra parte hay quienes loasocian al mundo de las adicciones. Y se identifica esta dependencia como adicción afectiva, algo así como un apego amoroso elevado a la categoría de amor obsesivo, que se dispara y nada parece detenerlo. Ni el sentido común, ni la farmacoterapia ni médiums ni regresiones, explica Walter Riso. “Ni magia ni terapia. La adicción afectiva es el peor de los vicios. Este experto señala que, además, esta adicción se agrava porque no hay campañas de prevención, ni tratamientos sistematizados contra el mal de amor. “No deja de ser una adicción afectiva con todos los problemas que acarrea cualquier adicción”. 

Le puede pasar a cualquiera Según los expertos no es necesario tener un trastorno patológico o un perfil psicológico determinado para crear relaciones de dependencia, aunque también es cierto que hay personas con una predisposición casi patológica a la dependencia, rayana en un trastorno de personalidad, como asegura Manuel Villegas, psicólogo y director del máster en Terapia Sexual y de Pareja en la Universitat de Barcelona. Este experto añade que cualquier persona es susceptible de pasar por relaciones de dependencia. “Puede atrapar tanto a personas con predisposición específica como a personas carentes de ella”Es como si la relación que se establece entre dos personas cobrara vida por sí misma, como si fuera un ente que se alimenta según la relación que se establece entre dos personas.

Cada relación es distintas aunque los protagonistas sean los mismos. “Estos explicaría por qué ciertas personas pueden desarrollar una dependencia en una relación dada y no hacerlo en una anterior o una posterior, así como aprender de los errores y evolucionar en la concepción de la pareja, mientras que otros parecen condenados a repetir el mismo esquema con independencia de sus parejas. En este sentido se puede entender que la dependencia muchas veces se gesta sólo en el seno de una relación específica”.

La biología predispone La biología no condena pero tampoco ayuda. La dependencia está asociada a la adicción. Y la adicción tiene un fuerte componente hormonal. “A la fase inicial del enamoramiento le sigue la de la constitución de la pareja, en la que se desencadena un mecanismo casi adictivo en el que se hallan involucrados nuestros opiáceos endógenos como la encefalina y las endorfinas que se liberan cada vez que sentimos placer, satisfacción y bienestar”, explica Manuel Villegas. Este experto concluye que esos mecanismos de refuerzo hedonista pueden disponer fácilmente al desarrollo de una dependencia afectiva, “como ponen de manifiesto la experiencia ansiosa de privación y los intentos de recuperación desesperada cuando se produce una ruptura o cese de la relación”.

Es una cuestión de hormonas, aunque tampoco se tiene que sucumbir a ellas, pero parece que ablanda cualquier estructura. Cuando las hormonas se han montado en las montañas rusas, la propia identidad se diluye. “Se aproximan a la relación amorosa con una actitud acomodaticia o dimisionaria de sí mismas, hasta el extremo de confundir la posición sumisa o dependiente con una demostración o prueba de amor verdadero”. Este experto comenta que no deja de haber una concepción romántica del amor, en el que uno mismo se anula y abre la puerta a la dependencia. En este concepción también entra en juego qué favorece la sociedad.

Presión social También existe una presión social sobre lo que debería ser la relación de pareja, y las expectativas de cada uno. Emma Ribas, psicóloga y experta en terapia de pareja, explica que todavía pesa la idea de la media naranja o alma gemela. Todavía pesa el papel de la mujer cuidadora convertida en persona sumisa. En las relaciones de dependencia con un fuerte componente de sumisión, sobre todo encarnado por las mujeres, aunque actualmente los papeles también se intercambian, como también explica Manuel Villegas. “Tradicionalmente se ha atribuido a la mujer una mayor valoración del vínculo y, en consecuencia, una mayor adaptabilidad a la posición sumisa. Pero las necesidades que cubrir actualmente en la sociedad occidental son tales que la supeditación a la pareja no constituye patrimonio exclusivo de ningún género. La actual crisis y redefinición de papeles en la pareja facilita la eclosión de conflictos en su seno que, con frecuencia, estallan de forma incontenible, poniendo al descubierto esquemas disfuncionales de origen cultural o personal, que en casos extremos están dando lugar a una escalada de maltrato físico y muerte violenta”.

Emma Ribas señala que todavía persisten unos mitos relacionados con la pareja que potencian esta dependencia. “A nivel de imaginario colectivo todavía se sueña con encontrar el alma gemela o la media naranja, como quiera llamársele. O la idea del amor incondicional y de que el amor es sacrificio. Si prefiere decirlo de otra manera, también se sueña con el amor excluyente y posesivo, o el de quien bien te quiere te hará llorar. O conmigo mi pareja cambiará. Hay muchas creencias entorno a las relaciones de pareja. Y estas creencias fomentan unas ideas que llevan a la confusión y, al final, crean más inseguridad que otra cosa”. Es necesario revisarse a sí mismo mil veces para desmontar este tipo de creencias. Todo ello convierte la relación en un campo de ensayo para la madurez emocional. La cuestión es cómo detectar cuando este ensayo se va convirtiendo en una relación más destructiva que constructiva.

Cómo detectarlo El primer problema es detectar esa dependencia. ¿Cómo darse cuenta uno mismo? “Que los demás adviertan de esa deriva hacia la dependencia no sirve a quien la sufre, no vale, no se quiere oír”, explica Esther López, psicoanalista. Y no es tan fácil darse cuenta uno mismo por sí solo. Se mezclan varios factores y la frontera no siempre está clara excepto en casos extremos. Emma Ribas comenta que generalmente uno no se da cuenta hasta que sufre las consecuencias de su dependencia hacia la pareja. “La persona acude a una terapia cuando su pareja está a punto de dejarlo o lo acaba de dejar. Es la fase de pánico. Es la manifestación del apego ansioso de lo que se va a perder. En el fondo todo son miedos”.
Miedo a no ser querido, miedo al abandono, necesidad de controlar todo lo que hace la pareja, sentirse traicionado si la pareja se toma o reclama sus propios espacios, sus tiempos, idealización de la pareja porque es casi perfecta. Esto se traduce en la necesidad de contacto permanente con la pareja, ya sea físicamente o por móvil o WhatsApp. Pone la relación de pareja siempre por delante de los amigos, la familia, las aficiones… “Obsesión, celos, ansiedad, control de lo que hace el otro, chantaje emocional, exclusividad. Todo ellos son pistas para detectar que hay una tendencia a la dependencia”, sintetiza Emma Ribas. Pero hay varios tipos de dependencia.

Tipologías Maria Mercè Conangla, psicóloga, de la Fundació Àmbit, explica que las relaciones de dependencia no dejan de ser relaciones mercantilistas. “El otro se convierte en un medio en lugar de ser un fin por sí mismo”. Esta experta, coautora con Jaume Soler de Juntos pero no atados (Amat), añade que se busca en la otra persona aquello que nos falta en lugar de hacer un trabajo interno para conseguirlo. Para Manuel Villegas, la dependencia es, a veces, puramente funcional “según el grado de asimetría o de compensación complementaria que implique en la economía, la gestión doméstica, la vida social; mientras que en otras ocasiones puede llegar a ser compensatoria, como en el caso de relaciones de dependencia ocasionadas por déficits provenientes de diversas patologías o carencias en uno de los miembros de la pareja”.

Según este experto, el problema es que con frecuencia “la pareja vive tal dependencia de modo satisfactorio y, al menos durante un largo periodo de tiempo, no parece constituir un problema relacional grave. El daño puede llegar a ser significativo, sin embargo, si cambian las condiciones en la relación de pareja por abandono, ruptura, enfermedad o muerte o si simplemente deja de compensar la modalidad relacional establecida”.

Walter Riso prefiere hablar de distintos apegos para discernir qué tipo de dependencia afectiva se da. Brevemente distingue cinco apegos: apego a la seguridad, alimentado por el miedo a la desprotección; el apego a la estabilidad, sustentado por el miedo al abandono; el apego a las manifestaciones de afecto, causado por la baja autoestima; el apego al reconocimiento, por el temor al desprecio, y el apego al placer de toda buena relación, que Riso considera en este caso positivo, una dependencia necesaria de toda relación y que más adelante tratamos. En el resto de los casos se trata de miedos que distorsionan el bienestar.

Sin miedos No es fácil deshacerse de los miedos, pero Maria Mercè Conangla propone construir un espacio de relación donde cada persona pueda continuar siendo ella misma a la vez que trabaja para conseguir un espacio de pareja conjunto. “Hay que estar con los brazos abiertos para dejar que el amor venga y se vaya a voluntad, libremente, porque, de todas maneras, esto hará”.

Esta experta sugiere que sería necesario llegar al punto de poder decir a la otra persona: “Puedo vivir sin ti, mi vida está plena, tiene sentido y me siento bien conmigo misma. Aun así escojo libremente amarte y crecer contigo, juntos, pero no atados”. Es un principio de realismo afectivo, autorrespeto y autocontrol, clave para desligarse de los amores dependientes. Walter Riso propone hacerse cargo de uno mismo, explorar y asumir el sentido de vida. Emma Ribas comenta que se trata de no perder la propia identidad. “Lo sano es que la relación de pareja se vaya construyendo, que haya respeto y que sea uno mismo quien se respeta, cosa que depende de cada persona”. Aun con todo, hay una dependencia necesaria.

Dependencia necesaria “Las personas no se necesitan como antes, sino de otra manera”, señala Manuel Villegas. El desapego no es indiferencia. Tener deseo no significa ser dependiente. Aunque sea imperfectamente, querer se quiere. “Para que una relación vaya progresando, para que sea sana, algún grado de dependencia tienen que haber. Es lo que genera el vínculo. Para que se produzca tiene que haber cierto grado de dependencia, de querer, de deseo, pero hay que saber permitir que la propia relación respire. Momentos de introspección, momentos de diálogo”, señala Esther López. De alguna manera todos somos dependientes. Tal vez el reto consiste en admitir esa dependencia universal de todos con todos, y aún así crear un espacio autónomo interno. Desde esta autonomía interna, y, si realmente ama a su pareja, al menos alégrese de que haya podido marchar de vacaciones, finaliza Emma Ribas. Sin duda es la prueba del algodón para los demonios internos.

La pareja como concepto

Al difícil equilibrio entre amor y dependencia, se suma cómo se conceptualiza la relación de pareja. Los expertos comentan que definir la pareja como exclusiva y única puede fomentar y potenciar de alguna manera una relación dependiente. En esto más o menos están de acuerdo. De igual manera están de acuerdo en que no sólo las parejas están en crisis, sino la propia concepción de la pareja, su fundamento. En lo que no coinciden es si eso implica que la pareja monogámica ha perdido su razón de ser desde el mismo momento en que se apuesta por la autosuficiencia emocional y material. “El origen de la pareja monogámica proviene de la necesidad de crear una célula social estable y con continuidad a través de los hijos, la familia, capaz de satisfacer las necesidades económicas, afectivas y procreativas de la especie humana”, explica Manuel Villegas. Este experto señala que sólo en sociedades tribales pequeñas, donde la familia es la tribu, importa poco la monogamia. “Estas sociedades suelen ser de estructura matrilineal, basada en relaciones de poliandria”. También comenta que en la mayoría de culturas hay una cierta aceptación de la poligamia, aunque suele estar reservada a las personas con gran capacidad económica. Por último destaca que en las sociedades monogámicas, “con frecuencia han existido relaciones extraconyugales paralelas, reconocidas o no, en forma de adulterio o de infidelidad con amantes más o menos ocasionales”.

jueves, 11 de julio de 2013

La emperatriz sin corona, Catalina Schratt (1853-1940)


De todos es sabido que reyes y príncipes, obligados a casarse casi siempre por razones dinásticas y casi nunca por amor, tuvieron más de una (y más de dos) amantes en su vida. Sus esposas (algunas también se aventuraron a tener amoríos, todo sea dicho) no siempre aceptaron el libertinaje de las cortes europeas. Muchas se rebelaron, otras se resignaron. Pero lo que hizo la emperatriz Elisabeth de Baviera fue del todo sorprendente. Con un matrimonio totalmente agotado y deseosa de huir de la constreñida corte vienesa, no dudó en buscar una compañera para el emperador. Alguien que ocupara su sitio en el corazón de Francisco José y que le facilitara a ella la libertad que siempre había anhelado. Pero ese alguien no debían hacerle demasiada sombra en las altas esferas del poder. Así que la escogida fue una actriz de teatro, sin demasiada alcurnia, pero que encandiló desde el primer momento al emperador. Catalina Schratt fue durante los últimos años de vida de Francisco José, su amante, con el consentimiento y la anuencia de la emperatriz.

La fierecilla domada
Elisabeth de Baviera
Catalina Schratt nació el 11 de septiembre de 1853 en la ciudad austriaca de Baden bei Wien. Hija de un panadero, desde pequeña sintió una profunda vocación artística. A pesar de que sus padres intentaron en muchas ocasiones persuadirla de lo contrario, Catalina consiguió su sueño y pasó sus primeros años como actriz viajando por Alemania, Estados Unidos, el Imperio Ruso y finalmente Austria.

En 1879 se casó con un aristócrata húngaro, Nikolás Kiss de Ittebe, al que le dió un hijo llamado Anton, y del que se separó poco tiempo después.

Años antes había debutado en el Stadttheater  de  Viena con gran éxito. Corría el año 1873 y Catalina había sido invitada a interpretar La fierecilla domada en una función de gala con motivo de la conmemoración del veinticinco aniversario de la subida al trono del emperador Francisco José. Aquella fue la primera vez que se veían.

Pasarían diez años hasta su siguiente encuentro público. Fue en 1883, cuando Catalina disfrutaba de gran éxito. El teatro de la corte, el Burgtheater, la había contratado para interpretar una obra llamada Pueblo y ciudad. En aquella ocasión, y como era costumbre entre los nuevos artistas contratados por el teatro, Catalina, junto con el resto de actores, fue presentada a la pareja imperial. Francisco José tenía entonces cincuenta y tres años y Catalina tan sólo treinta pero congeniaron desde la primera mirada. 

Dos años después, Catalina no sólo tuvo el gran honor de actuar ante la pareja imperial y el zar Alejandro III sino que ella y otros artistas fueron invitados a cenar con tan ilustres invitados. Fue en ese momento cuando Catalina conoció personalmente a la emperatriz Elisabeth.

Un retrato muy especial
Emperador Francisco José
Hacía mucho tiempo que el amor de novela que había iniciado la relación entre Francisco José y Elisabeth había desaparecido. La joven princesa bávara nunca asumió ni aceptó su papel en la corte de Viena y el amor fue desapareciendo. El enamoramiento que no se preocupó de ocultar Francisco José hacia Catalina no era el primero que sentía el emperador. Había tenido otras relaciones extraconyugales pero aquella joven actriz fue del agrado de Elisabeth para ocupar su lugar en el corazón del emperador y mantenerlo lo suficientemente ocupado como para poder huir de palacio y refugiarse en su poesía, sus viajes y su soledad. 

La aceptación de Catalina se mostró abiertamente cuando Elisabeth ordenó la realización de un retrato de la actriz. No sólo eso, sino que se presentó con el emperador en el taller del artista cuando se encontraba retratándola. 

Pero lejos de ser una situación violenta, con ese gesto Elisabeth mostraba a las nuevos amantes su aceptación de los hechos. 

La compañera del emperador
Desde entonces el emperador empezó a frecuentar la compañía de Catalina en su villa Frauenstein, cerca del pequeño pueblecito de Saint Wolfgang, observándola des del patio de butacas del teatro real o en el mismo palacio imperial de Schönbrunn donde era invitada por la propia emperatriz.

La relación entre el emperador Francisco José y Catalina Schratt siempre se movió entre el respeto y la timidez de ambos. Elisabeth había dejado atrás los ataques de celos ante los escarceos amorosos de su marido y había adoptado una extravagante actitud ante aquella relación entre la actriz y el emperador. Quizás había llegado, en su madurez, a aceptar que el amor ya no existía entre ellos y que aquella muchacha le iba a ayudar a vivir alejada del tumulto cortesano como siempre había deseado desde que llegara a Viena.

Argumentos que no convencieron a los otros miembros de la familia real, sobre todo a su amada hija María Valeria que nunca entendió aquel extraño trío entre sus padres y Catalina. Mientras había quien aseguraba que aquel “apaño” no era más que un amor platónico, eran muchos los que creían que era todo lo contrario y suponía una vergüenza para la familia imperial. Sea como fuere, no existen pruebas que demuestren que la relación de Francisco José y Catalina traspasara los muros de una simple amistad. 

Cuando la emperatriz Elisabeth falleció en 1898, Catalina Schratt perdió a su protectora. La excusa de frecuentar palacio como amiga de la emperatriz ya no valía ahora que había desaparecido. Irónicamente, Catalina empezó a actuar como Elisabeth, huyendo de Viena siempre que se sentía angustiada causando gran desolación en Francisco José.

Cuando diez años después de la muerte de Elisabeth moría también su marido Nicolás corrió el rumor de una boda secreta entre Catalina y el emperador. Pero una vez más no se pudo demostrar. Desde entonces hasta la desaparición de Francisco José en 1916, su relación siguió siendo respetuosa, tratándose de usted y viéndose en contadas ocasiones.

Catalina Schratt falleció en Viena el 17 de abril de 1940.


 Si quieres leer sobre ella


Reinas en la sombra
María Pilar Queralt del Hierro








La sombra de Sissi
María Pilar Queralt del Hierro









Por Sandra Ferrer

viernes, 5 de julio de 2013

La musa bienaventurada, Beatriz Portinari (Siglo XIII)


La Divina Comedia y Vida Nueva son las obras más conocidas el escritor italiano Dante Alighieri. Obras llenas de pasión y sentimiento que posiblemente no habrían existido si una musa no las hubiera inspirado. Esa musa fue una mujer llamada Beatriz Portinari, de quien algunos historiadores dudaron de su existencia real mientras otros se afanan por reseguir las pistas de una biografía concreta. Real o imaginada, Beatriz y el amor que inspiró a Dante se hicieron eternos en la obra del gran escritor florentino.

La Beatriz real
Quienes aseguran que Beatriz existió de verdad la identifican con Beatriz Portinari, una dama florentina que habría vivido en el último tercio del siglo XIII. Conocida también como Bice, Beatriz sería hija de Folco Portinari de Portico di Romagna, un rico banquero que fundó el Hospital de Santa Maria Nuova en Florencia. 

Las vidas de Bice y Dante transcurrieron separadas y solamente habrían coincidido cuando ella tenía poco más de nueve años. Tiempo después volverían a verse pero Beatriz se había casado con el banquero Simone dei Bardi hacia 1287. La Beatriz real tuvo una corta vida, pues falleció tres años después víctima de la peste negra siendo una joven de apenas veinticuatro años. 



Dante, que habría amado en secreto a Bice, quedó desolado tras la muerte de la joven a la que hizo inmortal con el nombre de Beatriz, Bienaventurada en latín, en sus más famosas obras literarias.

Según esta corriente de opinión, el cuerpo de Beatriz descansa en la Iglesia de Santa Margarita de Cerchi, muy cerca de donde vivieron ella y Dante.

La Beatriz imaginada
Quienes aseguran que Beatriz nunca existió aseguran que la protagonista de la Divina Comedia no es más que una metáfora, un símbolo del amor sublime que personificó Dante bajo este nombre. 


Real o imaginada, Beatriz Portinari ha pasado a la historia como una de las musas más determinantes de la literatura italiana y de las letras universales. 

Por Sandra Ferrer