sábado, 19 de agosto de 2017

Feminismo salvaje

Feminismo & Lucha social
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Javier Cercas
www.elpais.es

"No entiendo que después de siglos de maltratos y explotación despiadados, las mujeres sigan aguantándonos, queriéndonos y cuidándonos."

DESENGAÑÉMONOS: los hombres de mi generación somos machistas por defecto. Los de mi generación y los de la anterior y los de la anterior a la anterior, y así hasta el infinito.

La culpa la tienen por supuesto nuestras madres, cosa que yo sé muy bien porque soy el único varón en un hogar de cuatro hembras y mi madre nunca me dejó fregar un puñetero plato, mientras que mis hermanas la ayudaban en las faenas de la casa (¡un beso, mamá!).

No sé cómo serán los chicos de ahora: a juzgar por mi hijo, muchísimo mejores que nosotros; a juzgar por las estadísticas, iguales o peores. Por una vez seguro que tienen razón las estadísticas. Pero la verdad de la verdad es que la culpa de todo no la tienen nuestras madres (¡otro beso, mamá!). Increíblemente, desde el principio de los tiempos los hombres hemos considerado a las mujeres como seres inferiores, poco más que animalitos domésticos creados para hacernos la vida agradable; y esto no sólo lo hemos hecho los hombres normales y corrientes, sino también los sabios más sabios que en el mundo han sido.

Claro que aquí también hay excepciones. La más notoria es un viejo veterano de Lepanto llamado Miguel de Cervantes, que vio a sus hermanas humilladas y ofendidas por los cabrones de turno y llenó sus libros de mujeres valerosas que no se cansan de denunciar los desafueros de los hombres ni de clamar por su dignidad y su libertad.

Y por cierto: mucho don Quijote mucho don Quijote, pero lo que nadie dice es que, si don Quijote estuviera vivo, santificando todos los caminos con el paso augusto de su heroicidad (como dice Rubén Darío), sin la más mínima duda se dedicaría en exclusiva a perseguir por tierra, mar y aire a esos hijos de mala madre que maltratan y asesinan mujeres y, una vez los hubiera pillado, sin fórmula de juicio les cortaría el rabo y los testículos, se los metería en la boca, les cosería los labios con hilo de bramante y los abandonaría en mitad de Los Monegros para que murieran al sol en medio de horribles tormentos.

Eso es lo que haría don Quijote, y don Quijote no se equivoca nunca. Hay cosas que no entiendo. No entiendo que, después de siglos y siglos de maltratos y explotación despiadados, las mujeres sigan aguantándonos, sigan queriéndonos y cuidándonos. No entiendo que, mientras unos cobardes de mierda matan mujeres indefensas a diario, no broten como hongos comandos de mujeres armadas que imiten a don Quijote y se tomen la justicia por su mano y se dediquen a cortar rabos y testículos y todo lo demás, incluido el sol de Los Monegros.

Pero lo que de ninguna manera puedo entender es que, después de haber sido gobernadas durante milenios por nosotros —en lo esencial una panda de descerebrados borrachos de testosterona y únicamente ocupados en beber cerveza y averiguar quién es más macho mientras provocamos catástrofes—, las mujeres no nos hayan prohibido de manera terminante el acceso al poder ni nos hayan castigado a fregar suelos de rodillas durante los tres próximos siglos.

En resumen: hay quien piensa que el feminismo se está volviendo de un tiempo a esta parte extremista y está yendo demasiado lejos; yo lo que pienso es que de momento, y hasta nueva orden, incluso la forma más extremista de feminismo es demasiado moderada. ¿Tiene solución nuestro milenario y vomitivo machismo por defecto?.

A corto plazo, lo dudo, al menos en lo que a mí respecta. Pero he observado que algunas cosas pueden resultar útiles; por ejemplo, tener una hija adolescente. De hecho, un amigo mío la tiene y, aterrorizado ante los peligros que la acechan, ha creado una Asociación de Padres de Hijas cuyo símbolo es una podadera y cuyo lema el siguiente: “Capar, capar, capar”. Vamos por buen camino.

En fin. Todo lo anterior se me ocurrió leyendo una deliciosa novela gráfica titulada Más vale Lola que mal acompañada; la protagoniza un personaje llamado Lola Vendetta, que aparece en la portada con su espada tinta en sangre quijotesca; su lema es: “El feminismo no se sufre, se disfruta”. Como todos los héroes, Lola Vendetta no tiene edad; su autora, Raquel Riba, tiene 27 años.

Que Dios las bendiga a las dos. Y a ti también, mamá.


Fuente:http://elpaissemanal.elpais.com/columna/javier-cercas-feminismo/ 

viernes, 18 de agosto de 2017

Eleanor Marx, la cuestión de la mujer y el socialismo


Feminismo & Socialismo marxista


Josefina L. Martínez
Rebelión

Escritora, actriz, organizadora sindical, militante socialista y feminista, fue la primera traductora de Madame Bovary al inglés y la primera biógrafa de su padre, Karl Marx. La historia de una mujer que se ganó un nombre propio en la historia del socialismo.


(Eleanor Marx. Internet Archive Book Images 16 de Agosto de 2017)

Mayo de 1871. Francia se encuentra conmocionada por la Comuna de París, que concentra las esperanzas de la clase obrera y el odio de la burguesía europea. Durante la semana sangrienta del 20 de mayo fueron asesinados más de 30.000 trabajadores y más de 8.000 encarcelados. Pocos días antes, dos mujeres jóvenes cuyo apellido podía hacer saltar las alarmas de la policía francesa ingresaban al país con nombre falso. 

Jenny y Eleanor Marx iban a Burdeos para buscar a su hermana, Laura, cuyos hijos estaban enfermos. Su esposo, Paul Lafargue, había desaparecido poco antes, después de viajar a París para ponerse al servicio de la Comuna. Jenny y Eleanor ayudaron a poner a salvo a la familia Lafargue atravesando los Pirineos, pero cuando regresaron a Francia para borrar sus huellas fueron detenidas. Retenidas en arresto domiciliario durante una semana, serían interrogadas sobre el supuesto escondite de armas y artefactos para construir bombas. 

La prensa europea acusaba a Marx de ser el artífice de la Comuna, por lo que sus hijas eran consideradas peligrosas. La policía francesa perseguía a las pétroleuses, mujeres que habían tenido un papel destacado durante la Comuna, como la amiga personal de los Marx, Elisabeth Dimitrioff. Cuando su padre muere, en 1883, Eleanor tiene 28 años y junto con Engels trabajan para preservar su legado, sus manuscritos y su correspondencia Eleanor Marx tenía 16 años y ésta fue su primera experiencia política, que la marcará para siempre. Cuando regresa a Londres se pone a militar activamente, participa en la organización del Congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores y en el comité de ayuda a los refugiados de la Comuna de París. Su perfecto manejo del inglés, alemán y francés le permite hacer de intérprete y se ocupa de organizar el primer acto de aniversario en homenaje a los comuneros. 

Algunos, como el húngaro exiliado Leo Frankel, se enamoran perdidamente de la joven Marx. Pero quien despierta su interés es otro destacado comunero, el vasco francés Hippolyte Prosper-Olivier Lissagaray, quien poco después escribirá la primera historia sobre la Comuna de París con la ayuda de Eleanor. “Hans Röckle era un mago que llevaba una tienda de juguetes: hombres y mujeres de madera, animales fantásticos, gnomos y gigantes. 

Las dificultades económicas lo obligaban a vender sus creaciones al diablo y los muñecos vivían grandes aventuras hasta regresar a la tienda”. Con seis años, la pequeña Tussy, como la llamaban en casa, escuchaba por las noches las historias que inventaba su padre. En ese período, Marx pasaba horas trabajando en sus manuscritos para El Capital, con la pequeña Eleanor jugando a su lado o montando a caballo sobre sus hombros. Sumida en grandes dificultades económicas, la familia Marx sobrevivía con la ayuda de Federico Engels, el General, como llamaba Tussy a su “segundo padre”. 

En la casa de Jenny y Karl Marx todos eran lectores. Colecciones de historia, filosofía, las recientes obras de Darwin, escritos de Hegel, Rousseau y Fourier, novelas de Balzac y Dickens, la poesía de Goethe. El preferido era Shakespeare, que Tussy aprendió a recitar de memoria desde chica y despertó su amor por el teatro. 

A los 18 años, Tussy busca independizarse --algo raro para una mujer soltera en la Inglaterra victoriana--, encuentra trabajo enseñando en una academia de mujeres en Brighton y mantiene una relación --por momentos clandestina-- con Lissagaray. Pero una crisis de nervios, la mala alimentación y el deterioro de su salud la obligan a regresar a Londres. Su actividad política no decae y en los años siguientes participa en los debates sobre Irlanda, los intentos de formación de un partido socialista independiente y la campaña de amnistía para los comuneros. Cuando su padre muere, en 1883, Eleanor tiene 28 años y junto con Engels trabajan para preservar su legado, sus manuscritos y su correspondencia. 

Le escribe a Kautsky: “Su obra debe conservarse tal como es y todos debemos intentar aprender de ella. Así todos podremos caminar con sus largas piernas”. La mujer y el socialismo Golpeado por la muerte de su gran amigo, Engels revisa los estudios de Marx sobre la cuestión de la familia en la historia y da forma a su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), obra pionera del feminismo socialista. Eleanor colabora, leyendo y discutiendo los borradores. Publica junto con su esposo, Edward Aveling, su propio trabajo: La cuestión de la mujer, un punto de vista socialista. Eleanor defiende que la lucha por la emancipación de las mujeres solo puede lograrse en el socialismo, y que ésta es un prerrequisito para aquel. Durante el agitado año de 1886, Eleanor y Aveling recorren 35 ciudades de Estados Unidos invitados por el Partido Socialista Laborista. 

Tussy habla sobre la situación de los trabajadores y las mujeres obreras. El movimiento sindical norteamericano es un hervidero, después del encarcelamiento de los mártires de Chicago, que serán fusilados ese mismo año. El éxito de la gira solo se enturbia al final por unas denuncias contra Aveling, que derrocha parte del dinero del SLP en gastos superfluos. Aveling esconde a Eleanor sus relaciones con numerosas mujeres y miente sobre sus deudas. Contra la opinión de muchos dirigentes sindicales, Eleanor planteaba la necesidad de organizar a las mujeres y a los trabajadores no calificados. 

En la década siguiente Eleanor Marx se dedica a numerosas tareas políticas y de organización del movimiento obrero. Participa del Congreso de fundación de la Segunda Internacional, donde conoce a Clara Zetkin (traduce su discurso sobre las mujeres) y cumple un papel destacado colaborando con las huelgas de los portuarios, los trabajadores del gas y las fábricas químicas de Silvertown. Auspicia la formación de la primera sección de mujeres en el Sindicato de trabajadores del gas, asesora a las trabajadoras de comercios en huelga y apoya la organización sindical de las obreras más explotadas que pelaban cebollas en fábricas alimenticias. 

Contra la opinión de muchos dirigentes sindicales, Eleanor planteaba la necesidad de organizar a las mujeres y a los trabajadores no calificados. Después del fallecimiento de Engels, Eleanor recibe la mayoría de los papeles de Marx y se dedica a editar sus manuscritos. En 1897 publica Salario, precio y ganancia, mientras avanza en la biografía de Marx, pero el creciente deterioro de su vida personal le impide continuar. Aveling miente cada vez más y acumula deudas a costa suya. 

Finalmente, la crisis alcanza su cenit cuando Eleanor se entera que Edward se ha casado con otra mujer, usando un nombre falso. Sumida en una grave crisis personal, Eleanor muere a los cuarenta y tres años en marzo de 1898 después de ingerir veneno. Al igual que la protagonista de la novela de Flaubert, Eleanor no logró sobrellevar su propia tragedia privada. Muchos de sus amigos y allegados consideraron a Aveling responsable --directo o indirecto-- de su muerte, y éste fallece pocos meses después. 

El triste final de Eleanor Marx no oscurece la intensidad de su vida, sus aportes al movimiento obrero y al feminismo socialista. Como escribe su biógrafa, Rachel Holmes, “Eleanor Marx cambió el mundo. En el proceso, se revolucionó a sí misma.” 

El 4 de mayo de 1890, 250.000 trabajadores se reunieron en Hyde Park, en Londres, para celebrar por primera vez el día internacional de los trabajadores. Eleanor Marx tomó la palabra ese día desde la tribuna. Al terminar el discurso, citó una de sus estrofas preferidas de Shelley: 

Alzaos cual leones tras un largo sueño.
En número invencible. 
Sacudíos vuestras cadenas y que caigan a la tierra como el rocío
que durante el sueño se posó sobre vosotros. 
Vosotros sois muchos y ellos son pocos.

martes, 15 de agosto de 2017

¿Tiene sentido que exista el feminismo?

Por Silvia Quintero

Los feminismos y sus reivindicaciones son frecuentemente criticados por muchas personas y en distintos sectores de la sociedad, desde los cuestionamientos más “académicos” hasta los comentarios cotidianos que suelen ocurrir en las burlas entre amigos.


Así también, cuando una mujer lastima, hiere o asesina a un hombre se supone que estamos ante la prueba fehaciente de los peligros del feminismo: el feminazismo acecha. Como si cualquiera de esas situaciones fuera efectivamente consecuencia de un sistema histórico con raíces profundas que haya atacado, asesinado, violado, mercantilizado, explotado o que haya negado el acceso a derechos básicos a los hombres o las personas con piel blanca.



El feminismo no quiere imponer un matriarcado basado en la violencia contra el hombre, como ha sido el patriarcado hasta ahora. No desea dejarlos sin voto, ni violarlos en las guerras, ni mutilar sus genitales en pro de una tradición cultural, ni confinarlos en el ámbito doméstico, ni quiere matarlos por adulterio. El feminismo no pretende que los hombres sean propiedad de sus madres y luego de sus mujeres, ni desea que los hombres cobren salarios más reducidos, ni tampoco querría desterrarlos de las cúpulas de poder mediático, empresarial y político. No quiere traficar con cuerpos masculinos para el disfrute de los femeninos, ni desea que los niños varones estén desnutridos o abandonados en orfanatos, ni, por supuesto, promovería su marginación social o económica. Tampoco vetaría que los niños varones pudiesen ir a la escuela, ni les prohibirían el acceso a la sanidad y la Universidad. Comprendan que eso es una locura que no promueve el feminismo.
   


Coral Herrera Gómez



Los feminismos y sus reivindicaciones son frecuentemente criticados por muchas personas y en distintos sectores de la sociedad, desde los cuestionamientos más “académicos” hasta los comentarios cotidianos que suelen ocurrir en las burlas entre amigos. Me parece que muchas veces, tales críticas provienen en realidad de tergiversaciones con respecto a las apuestas que los feminismos se han planteado a lo largo de la historia y que existe además una dinámica por la cual muchas personas se han adjudicado el derecho a opinar tajantemente sobre estas cuestiones, aun cuando en realidad las conclusiones que tienen, aparentemente lógicas y eruditas, solo demuestran lo poco que se han dado la oportunidad de conocer los problemas y propuestas presentes en el vasto mundo del pensamiento feminista.
Así, se pueden encontrar innumerables ejemplos en lugares que van desde los medios de comunicación, pasando por videos que circulan en internet, afirmaciones cotidianas en redes sociales o grupos dedicados a opinar en contra del feminismo y que se mueven entre la ridiculización más banal hasta la invención de términos como el de feminazismo. Creo que hay algo preocupante en la manera cómo se propagan estas opiniones que tienen la apariencia de ser sensatas o lógicas, pero que al final son, sobre todo, una forma de estigmatización y se convierten, además, en un obstáculo en el camino hacia pensar una sociedad más justa con todas las personas. Por eso, me gustaría referirme a algunas de esas críticas –falaces- al feminismo1.
Que el feminismo promueve el odio hacia los hombres
Francamente, yo no he leído ningún texto feminista, ni he visto grupos de mujeres que afirmen una cosa semejante y en esos términos. Creo, en cambio, que esta percepción proviene de la manera como las mujeres reaccionamos o interactuamos con los hombres. He visto que algunos hombres se han sentido “discriminados” o “rechazados”, por la actitud defensiva y en ocasiones supuestamente agresiva de algunas mujeres. Hace tiempo, un amigo me contaba cómo en una reunión donde se discutían asuntos relacionados con buscar estrategias para contrarrestar la violencia contra las mujeres, no se le permitió hablar. También, cómo una vez intentó dirigirse a una mujer desconocida en el transporte público para cederle una silla y ella no solo no aceptó, sino que su reacción inmediata fue bastante agresiva.
 Entonces aquí el problema se mezcla de paso con otra afirmación típica contra el feminismo y es la de “siyo nunca he violentado a una mujer ¿por qué me tienen que tratar así?”. No me interesa cuestionar la veracidad de la idea de que un hombre cualquiera “jamás” haya violentado a una mujer, pero creo que la percepción de estos hombres probablemente cambiaría si vieran las cosas desde una perspectiva distinta.
Por ejemplo: nuestra experiencia en el espacio público está mediada por distintas cosas que hacen que nos convirtamos en blanco de formas de discriminación y violencia. Entonces, ser mujeres en el espacio público implica una cuota específica de situaciones, que generalmente nos obligan a formular todo tipo de estrategias con el fin de evitar que nos manoseen, tener que escuchar los mal llamados “piropos”, que nos cierren el paso al andar, que nos acorralen, que nos persigan o que nos violen2.
Mientras tanto, en escenarios como los del intercambio de ideas, en debates académicos o entre amigos y amigas, es bastante común que seamos interrumpidas. Por supuesto, esta no es una experiencia que vivamos únicamente las mujeres, pasa también con los niños y niñas por ejemplo y, en general, con quienes ocupan un lugar de “inferioridad” en determinadas situaciones sociales y relaciones inevitablemente mediadas por el poder.
Así, para mí no es poco común que un hombre intente explicarme cosas que sé hacer, o que me interrumpa constantemente cuando hablo. Cuando tomo un taxi, el taxista parece asumir que no tengo idea de a dónde voy o cuál es la mejor ruta para moverme y, si voy con un hombre, esperarán siempre las orientaciones de él y no las mías para saber a dónde vamos o cuál es el camino, aun cuando la mayoría de las veces yo sepa perfectamente a donde voy y qué ruta prefiero tomar.
Pero esos son en realidad ejemplos banales comparados con la realidad violenta que afrontan miles de mujeres, por vivir una realidad que las sitúa inmediatamente en un lugar subordinado. Las mujeres perciben en promedio salarios inferiores que los hombres por igual trabajo, son quienes siguen asumiendo la mayor parte de las cargas de trabajo dentro de los hogares, suelen ser las principales responsables del cuidado de otros dentro y fuera del ámbito privado, son –con mucho- las principales víctimas de violencia sexual y un largo etcétera de circunstancias que han dado lugar a la aparición de los feminismos.
Por eso, si bien es perfectamente posible que muchas mujeres actuemos a la defensiva o incluso de una manera agresiva en nuestra relación cotidiana con los hombres, no entiendo por qué eso se ha convertido en una razón para afirmar que el feminismo promueve el odio hacia ellos, en lugar de comprender que nuestras reacciones son consecuencia, no del feminismo, sino del machismo con el que tenemos que lidiar constantemente.
He visto a muchos hombres reaccionar de maneras tremendamente agresivas ante circunstancias mucho menos desagradables que las que he tenido que vivir como mujer en el espacio público y he visto también a esos mismos hombres sentirse ofendidos por nuestras actitudes como si fueran un disparate salido de la nada.
Esto no quiere decir tampoco que creamos que existe una conspiración maligna en donde hay unas personas –principalmente hombres-, que se levantan cada día pensando en cómo van a hacerles daño a las mujeres.
Que el patriarcado no solamente violenta a las mujeres
Está más que claro que las mujeres también podemos en determinadas circunstancias promover ideas o actitudes que contribuyen a reproducir el machismo (sobre esto volveré más adelante). Ni se trata de negar la existencia de violencias que afectan a los hombres o que vivimos las personas en función de razones distintas al género ¿de cuándo acá denunciar la violencia contra las mujeres significa al mismo tiempo negar que otras personas tienen que soportar también las consecuencias de la dominación?
Sin embargo, afirmar la especificidad de las violencias contra las mujeres, para muchas personas parece convertirse en una razón para deslegitimar nuestros argumentos en función del hecho de que se supone que existen otras formas de violencia o que el patriarcado no solo afecta a las mujeres3. Es verdad, pero eso no es equivalente a decir que todas las personas viven el machismo de la misma manera ni en igual proporción. La sistematicidad y la forma específica en que se presentan las violencias contra las mujeres y niñas, merece tomar medidas igualmente específicas. No es deseable que eso se traduzca en una manera de invisibilizar las consecuencias del machismo para otras personas y si algo semejante sucediera no debería convertirse en una razón para odiar o deslegitimar al feminismo. Significa en su lugar, la necesidad de asumir la complejidad de la situación y el reto que tenemos para pensar mecanismos que permitan a todas las personas defenderse o, mejor aún, no convertirse en víctimas de ninguna forma de violencia.
Para retomar algo que mencioné anteriormente, hay quienes critican también el feminismo en función de circunstancias como el que haya mujeres que ven a los hombres como objetos sexuales, como bienes de consumo, que critican a otras mujeres cuando no son sumisas ni se adaptan a determinados patrones y en fin… porque “hay mujeres que promueven el machismo y el patriarcado”.
De nuevo, es curioso escuchar este tipo de frases como una forma de criticar al feminismo. De hecho, ver el cuerpo de las personas como un objeto de consumo, además de ser una construcción propia de un modo de producción que mercantiliza absolutamente todos los aspectos de nuestras vidas, es también una práctica que se ha hecho posible en una sociedad machista que pervive con la idea de usar los cuerpos de las mujeres como si fueran cosas. Cuando una o varias mujeres llevan a cabo una práctica similar (si es que tal cosa fuera posible), eso no es consecuencia del feminismo.
Que el feminismo es lo mismo que el machismo, pero a la inversa
Claro, creer una cosa semejante parece una conclusión sencilla en un mundo que vive pensando todo en función de sus opuestos y que es incapaz de darse cuenta que el mundo que los feminismos proponen no es ni remotamente cercano a una sociedad en donde las mujeres pasen a ocupar el rol que los hombres han tenido históricamente, ni desea para ellos el tipo de vida que nosotras hemos tenido que llevar.
Así, aparece la idea de un machismo a la inversa que suele resumirse en términos como el de feminazi o el “hembrismo” y se ha convertido en una forma por excelencia para deslegitimar las reivindicaciones de los movimientos de mujeres y del pensamiento feminista por doquier. Esto se parece bastante también a ese fenómeno con tintes fascistas que quiere convencer a la gente de que existe algo así como un “racismo a la inversa” que se expresa cada vez que una persona negra ataca, hiere o mata a una persona blanca4. Así también, cuando una mujer lastima, hiere o asesina a un hombre se supone que estamos ante la prueba fehaciente de los peligros del feminismo: el feminazismo acecha. Como si cualquiera de esas situaciones fuera efectivamente consecuencia de un sistema histórico con raíces profundas que haya atacado, asesinado, violado, mercantilizado, explotado o que haya negado el acceso a derechos básicos a los hombres o las personas con piel blanca.
Anthony Morgan5 señala cómo, incluso si todas las personas negras y mestizas afirmaran odiar a las personas blancas, nada de eso afectaría las posibilidades que tienen éstas de conseguir un empleo, educación, ni aumentarían las posibilidades de que sean las principales sospechosas cuando un crimen sucede.
Así también, incluso si las mujeres afirmáramos odiar a los hombres, eso no revertiría ni tendría consecuencias inmediatas sobre su realidad material concreta. Vistos así, el feminazismo, el hembrismo, el machismo y el racismo a la inversa no son otra cosa que una invención ridícula que no logra comprender el carácter histórico del fenómeno que los feminismos o los movimientos antirracistas quieren acabar.
Por supuesto que eso no significa afirmar que todos los hombres son malos en sí mismos o que las personas que nacen con “piel blanca” lo sean. Estamos completamente sumergidas/os en una realidad que perpetúa privilegios para algunas/os y desventajas para otras/os.
Por eso, lamentablemente, en este mundo lo más probable es que además de vivir alguna forma de opresión, es casi seguro que todas las personas hemos ejercido alguna forma de violencia, estigmatización o exclusión contra otros y otras. No es posible ser absolutamente consecuente, pero es posible esforzarse por cambiar esas circunstancias.
Lo que tiene sentido es que exista el feminismo, que haya movimientos y reivindicaciones en contra de la discriminación racial, que haya quienes piensan en las consecuencias del poder colonial o el antiespecismo, pues ello implica asumir que siempre esté abierta la posibilidad de cuestionar nuestras prácticas y transformarlas, para que quienes nos sucedan tengan la posibilidad de vivir en una realidad cada vez más justa.

  1. En realidad, hay muchas más cosas a las cuales me gustaría referirme, pero dada la extensión que debe tener este artículo, al menos por ahora abordaré solo algunas. ↩
  2. Sobre la experiencia de las mujeres en el espacio público, es muy interesante el trabajo que se encuentra en la tesis de grado de la arquitecta Claudia Ban Toledo: “La mujer en el espacio público. Urbanismo con perspectiva de género”, en donde quiso  investigar sobre la experiencia de las mujeres en el ámbito urbano, partiendo por analizar la experiencia de las mujeres en el espacio público y su baja o nula participación en la definición del ordenamiento territorial y cómo esto incide negativamente sobre su calidad de vida en la ciudad. Este es el punto de partida a partir del cual Claudia Ban se plantea alternativas para pensar una ciudad con perspectiva de género. Ver: https://issuu.com/claudiabant/docs/la_mujer_en_el_espacio_p__blico._ur  ↩
  3. De paso también parece que al feminismo le correspondiera resolver lo que pasa con las opresiones que viven los hombres y el resto del universo porque vivimos en un mundo profundamente desigual, estigmatizador y violento ↩
  4. “Dear White people, please stop pretending reverse racism is real”: https://www.vice.com/en_us/article/kwzjvz/dear-white-people-please-stop-pretending-reverse-racism-is-real ↩
  5. Abogado y defensor de derechos humanos canadiense. En un artículo para el portal Vice, a propósito del “reverse racism” afirma: “(…) even if all people of colour straight up said they hate white people, it wouldn’t affect a white person’s ability to get a job, an education, or increase the odds that they’d get carded or charged for a crime. “If all white people had that view (of black people), that would have a very dramatic life impact on the material reality of all those people.”. Ver: https://www.vice.com/en_us/article/kwzjvz/dear-white-people-please-stop-pretending-reverse-racism-is-real ↩