sábado, 28 de febrero de 2015

La sultana perdida, Mahidevran Gülbahar (1500-1580)


Durante el reinado de Selim II en la Turquía de mediados del siglo XVI, una mujer que había llegado a lo más alto del poder, vivía de la caridad del sultán quien era, de hecho, el hombre que había usurpado el trono a su propio hijo. No fue Selim el que arrebató años antes el puesto de heredero a Mustafá, hijo de Mahidevran, fue su madre, la sultana Roxelana, quien después de ganarse el favor del poderoso Solimán, consiguió que su primera esposa y su hijo fueran alejados del poder. Mahidevran fue una mujer con orígenes desconocidos que consiguió ser la reina del harén de una Turquía que puso en jaque a Europa y terminó sus días desterrada y olvidada.


Mahidevran Sultan nació alrededor del año 1500 pero sus primeros años de vida son desconocidos. Algunas fuentes afirman que sus orígenes se sitúan en Albania mientras que otras, las más difundidas, sitúan su nacimiento en el Cáucaso. El primer dato conocido con seguridad de Mahidevran fue su matrimonio con Solimán, llamado el Magnífico, el 5 de enero de 1512 cuando contaba solamente con catorce años. 

El 22 de septiembre de 1520 moría el sultán turco Selim I y su heredero subía al trono del Imperio Turco como Solimán I. Cuando la nueva familia real se trasladaba a Estambul para tomar posesión del trono, Mahidevran ya había dado dos hijos a Solimán, Mustafá  y Ahmed. Años después nacería Raziye Sultan. 

Mahidevran disfrutó poco tiempo de su privilegiada posición de principal esposa del sultán y madre del heredero al trono. Había llegado al harén real una muchacha que había sido raptada por los tártaros y vendida como esclava en Estambul. Pronto pasó a formar parte del harén del sultán quien no tardó en fijarse en ella. Aquella muchacha, llamada Roxelana, se convirtió en la primera esposa del sultán a quien dio varios hijos, entre ellos Selim, quien se convertiría en el futuro sultán Selim II.

La madre de Solimán, Ayse Hafsa Sultan, la mujer más poderosa del imperio, mantuvo una cierta paz entre las dos mujeres. No en vano, Roxelana había sustituido de un plumazo a Mahidevran.

Cuando Hafsa falleció en 1534, la tensión entre ambas mujeres se hizo más latente hasta el punto de que Mahidevran agredió a Roxelana despertando la ira del sultán quien expulsó a su primera esposa y su hijo Mustafá, el único de los tres que aun seguía con vida, del palacio de Estambul. 

Mustafá tuvo que ejercer como gobernador a las órdenes de su padre en Manisa donde tomó el cargo de gobernador. Mustafá fue un príncipe querido por sus súbditos pero su vida terminó dramáticamente cuando fue ejecutado por orden de su propio padre. Todos los intentos de Mahidevran por proteger a su hijo de posibles conjuras fueron en vano y no pudo evitar que llegara a oídos de Solimán que su propio hijo estaba urdiendo su propio asesinato. Nunca fue probado que Mustafá quisiera asesinar al sultán pero su madre nada pudo hacer por salvarle la vida, aunque días antes de su detención avisó a su hijo de su posible caída.

Los años posteriores a la muerte de su hijo, Mahidevran pasó penurias económicas y fue rechazada por muchas personas. Su situación mejoró cuando el nuevo sultán desde 1566, Selim II, hijo de su gran rival Roxelana, quien había muerto en 1558, aprobó para ella una renta vitalicia. Selim también ayudó a construir la tumba de su medio hermano Mustafá, junto al que Mahidevran fue enterrada tras su muerte en 1580.

martes, 24 de febrero de 2015

La reina amada, Jane Seymour (1509-1537)


Cuentan las crónicas que el cortejo fúnebre de la reina Jane Seymour estuvo encabezado por la princesa María, hija de su antecesora Catalina de Aragón, y a la que restituyó en el corazón del rey Enrique VIII. Este no acudió al funeral regio que se ordenó para su tercera esposa. Dicen que estaba profundamente desolado. Y es que hay quien asegura que Enrique solamente amó a Jane, de hecho la única de sus esposas en recibir un entierro digno de una reina y reposar eternamente junto a él. Jane fue la única también que le dio un hijo varón, aunque el ansiado heredero le costara la vida de su reina amada.


Jane Seymour nació en 1509 en Wulfhall, Wiltshire. Era hija de Sir John Seymour y Margery Wentworth. Por línea materna, Jane era descendiente del rey Eduardo III, por lo que ella y su futuro esposo eran primos lejanos. Jane también tenía una relación genealógica con su antecesora, Ana Bolena, con quien compartía una bisabuela.

Jane creció feliz alejada de la corte y recibió una educación más dirigida a tareas del hogar que a otras más intelectuales. Jane era una muchacha sobria y alejada de los excesos mundanos que fue trasladada a la corte inglesa como dama de honor primero de Catalina de Aragón y, tras su divorcio de Enrique VIII, de su segunda esposa Ana Bolena.

Hacia 1535 el rey empezó a fijarse en la joven Jane quien en ningún momento aceptó ser amante aunque fuera de un monarca. Cuando meses después Ana daba a luz a un niño muerto y, tras haber tenido solamente una hija, la futura reina Isabel I, el rey empezó a distanciarse de su esposa y a obsesionarse cada vez más con Jane. 

El 19 de mayo de 1536 Ana Bolena era ejecutada en la Torre de Londres. Al día siguiente, Enrique VIII se desposaba con Jane Seymour quien fue proclamada oficialmente reina consorte el 4 de junio. 

El tiempo que Jane fue reina de Inglaterra cambió radicalmente las costumbres de la corte. Quiso borrar todo recuerdo de su antecesora Ana Bolena, amante de los lujos, de la moda francesa y de la vida más bien disoluta. Jane impuso una moda más austera y unos modales rígidos y sobrios. Jane trajo de nuevo a la corte a María, la hija de Catalina de Aragón a la que su padre había desheredado y mantuvo con ella una estrella relación de amistad.

El 12 de octubre de 1537, en la residencia real de Hampton Court, donde se habían instalado los monarcas ingleses, Jane dio a luz al ansiado heredero al trono. Un niño débil y de poca salud que reinaría de manera muy breve con el nombre de Eduardo VI. Doce días después, las complicaciones del posparto llevarían a Jane a la muerte. 

Enrique VIII, desolado ante la inesperada muerte de su amada, no fue capaz de acudir a su funeral, que fue presidido por una también afectada princesa María, quien lloró profundamente la muerte de su protectora. 

domingo, 22 de febrero de 2015

La reina cristiana, Santa Clotilde (475-545)


Francia es considerada por la iglesia católica como Hija primogénita de la iglesia. Un título que se le concedió gracias a una de sus reinas, convertida en santa. Cuando Clotilde nació a principios del siglo I, el territorio que actualmente ocupa el estado francés, era entonces un mosaico de reinos nacidos tras la desaparición del imperio romano. A pesar de que el cristianismo era una de las religiones practicada, era sobretodo su rama arriana y las creencias paganas las que dominaban, sobre todo entre los reyes y señores. Cuando el rey de los francos, Clodoveo I, se casó con Clotilde, esta terminaría convirtiéndolo al cristianismo católico.


Los textos de San Gregorio de Tours suponen la principal fuente de información sobre esta reina rodeada de historias legendarias. Su santificación por la iglesia católica reforzó los relatos hagiográficos no siempre fieles al cien por cien a la realidad. De todos modos, existen algunos escasos datos de su biografía que se aceptan como válidos. Clotilde habría nacido el Lyon en el año 475 d.C. Era hija del rey Chilperico II de Burgundia, quien fue asesinado junto a su esposa por su propio hermano Gundebaldo para hacerse con el poder. Clotilde fue rescatada de la tiranía de su tío por el rey franco Clodoveo I quien la desposó en el año 492.

En un principio, la diferencia de credo no fue un obstáculo para ellos. Clodoveo era pagano y Clotilde cristiana católica pero ninguno intentó convencer al otro. Solamente Clotilde pidió que sus hijos fueran bautizados, a lo que Clodoveo aceptó.



En el año 496 d.C. tuvo lugar la batalla de Tolbiac, un enfrentamiento entre francos y alamanes que puso en serio peligro a los primeros. Ante la dificultad que conllevaba la batalla, Clodoveo pidió a Clotilde que rezara a su Dios para proteger a su ejército. Si ganaban la batalla, se comprometía a convertirse a la fe de su esposa.

Clodoveo I y sus huestes ganaron la batalla y él cumplió con su promesa. Tras recibir instrucción del obispo San Remigio, el día de Navidad de aquel mismo año, Clodoveo I se convertía en el primer rey germano en abrazar la fe católica. Junto a él, otros miembros de su familia y sus súbditos también se convirtieron.

Cuando en el 511 fallecía el rey Clodoveo I. Desde entonces y hasta su muerte, Clotilde sufrió las continuas luchas de sus hijos por asumir el poder. Según la leyenda, Clotilde estuvo toda una noche rezando para que dos de sus hijos, Clotario y Childeberto, no se enfrentaran al día siguiente. Una tormenta inesperada y violenta imposibilitó la lucha y los hermanos se reconciliarion. Serían estos dos hijos los que llevarían el féretro de su madre junto a los restos mortales de su padre cuando Clotilde falleció en el año 545.

Clotilde, amada por sus súbditos por su piedad y sus obras de caridad, fue elevada a los altares y su festividad se fijó el 3 de junio.

por Sasndra Ferrer

martes, 17 de febrero de 2015

La hija poeta de Lope de Vega, Sor Marcela de San Félix (1605-1687)


El gran autor español Lope de Vega se sorprendió cuando su hija Marcela decidió hacerse monja. No era fea ni necia, razones que algunos apuntaban para que las jóvenes del siglo se protegieran tras los muros de un convento. Quizás Marcela sí quería protegerse de algo, de una vida desordenada, falta de educación y de raíces. Y es que Marcela fue hija ilegítima de Lope de Vega y fue inscrita en el acta de su bautizo como niña de padres desconocidos. A pesar de que con el tiempo terminaría viviendo con su padre, Marcela decidió que su destino estaba en la vida monacal. Allí, además de ejercer múltiples tareas, se convirtió en una prolija escritora de poesía y teatro conventual. Talento del que no podemos disfrutar al completo por culpa de un confesor que obligó a la escritora a quemar parte de su obra para alejar la tentación de ella y de quien leyera su obra.

Marcela del Carpio nació el 8 de mayo de 1605 en Toledo. Marcela fue fruto del amor extraconyugal de Lope de Vega y la actriz de teatro Micaela Luján. Ambos estaban casados, por lo que para no provocar mayor escándalo, registraron a la pequeña como hija de padres desconocidos, algo que no sucedió con otro hijo de la pareja, Lopito, quien nació dos años después y sí recibió el reconocimiento de su padre. Ambos niños fueron criados por una sirvienta llamada Catalina hasta que en 1613 fueron a vivir a Madrid con su padre cuando murió su segunda esposa, Juana de Guardo.


Los años siguientes, Marcela y Lopito convivieron con su hermanastra Feliciana y con los hijos que su padre tendría con Marta de Nevares. Con quince años, Marcela decidió encauzar su vida lejos de un hogar lleno de niños en el que reinaba una vida desordenada. Su destino fue el Convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid, donde profesó como religiosa un año después de ingresar. 


Entierro de Lope de Vega a su paso por el Convento de las Trinitarias donde
Marcela pudo dar el último adiós a su padre

Convertida en Sor Marcela de San Félix, haciendo un guiño al sobrenombre por el que conocían a su padre, hizo todo tipo de tareas dentro del convento. Desde prelada hasta maestra de novicias, provisora, refitolera y hasta gallinera1. Además de todos estos trabajos y de los momentos de rezo, Sor Marcela tuvo tiempo para escribir. Fue poeta, dramaturga y actriz de sus propias obras, todas de carácter religioso y presentadas en el convento para enseñanza y diversión de sus hermanas. Escribió seis coloquios espirituales, ocho loas, veintidós romances, otros varios poemas y una biografía breve de una monja de su comunidad2

Sor Marcela, además de ser una de las principales escritoras de teatro conventual de su tiempo, fue la única de los muchos hijos de Lope de Vega, que siguió sus pasos con la pluma y lo hizo como digna hija de su padre, a pesar de que su talento no se haya reconocido como se merece. Además, buena parte de su obra fue destruida por ella misma, instigada por su confesor, quien le convenció para que quemara sus manuscritos. Por suerte, algunos se salvaron de aquella quema.

Sor Marcela de San Félix fallecía en el Convento de las Trinistarias el 9 de enero de 1687.

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1. Historia de las mujeres en España y América Latina, Pág. 707

2. Idem

lunes, 16 de febrero de 2015

La última emperatriz, Zita de Borbón-Parma (1892-1989)


El 10 de abril de 1989, la Cripta Imperial de la Iglesia de los Capuchinos de Viena, abría sus puertas para acoger los restos mortales de la última emperatriz de Austria - Hungría. A la solemne ceremonia acudieron miembros de todas las reales europeas. Con aquel entierro se ponía punto final a un capítulo de la historia que se había iniciado siete siglos atrás. La emperatriz viuda Zita de Borbón-Parma intentó que su hijo, el príncipe Otto restaurara un imperio que hacía tiempo estaba agotado. Zita fue una mujer piadosa, que lloró la muerte de su marido, el último emperador de Austria - Hungría, y en su largo exilio de sesenta y cuatro años, cuidó de sus hijos. Lejos de su patria, hizo una importante campaña solidaria durante la Segunda Guerra Mundial que la honró como persona. Pero como emperatriz, nunca consiguió su cometido.


Zita de Borbón - Parma, nació el 9 de mayo de 1892 en Lucca, Italia. Zita fue una de los muchos vástagos que tuvo el destronado Roberto I de Parma, con sus dos esposas. Era era hija de la segunda, María Antonia de Portugal. Zita creció feliz rodeada de sus muchos hermanos y hermanas en las distintas posesiones de su familia en varios puntos de la geografía europea. Su educación estuvo a cargo de preceptores hasta que marchó a estudiar en instituciones religiosas femeninas en las que formó su profundo carácter piadoso.

Zita llegó a pensar en la posibilidad de hacerse monja, pero su familia le deparaba un destino más elevado. Como el duque de Parma había fallecido cuando ella tenía quince años, fue su madre la que buscó en las distintas casas reales europeas al posible candidato para su hija. La infanta María Antonia pronto se fijó en el que se había convertido en heredero al imperio de los Hasburgo, el príncipe Carlos. En aquel entonces, el emperador Francisco José había decidido que su sobrino y heredero, Francisco Fernando, no podría transmitir sus derechos sucesorios a sus hijos al haberse casado con Sofía Chotek, una condesa que según Francisco José no era digna de convertirse en emperatriz. Así las cosas, el sobrino nieto del emperador, se situaba el siguiente en la línea sucesoria.




El jefe de la casa de Habsburgo aceptó la propuesta de la infanta María Antonia de casar a Zita con Carlos, pues su familia materna estaba emparentada con distintas casas reales europeas. El matrimonio se celebró el 21 de octubre de 1911. Instalada como primera dama de la corte de los Habsburgo, Zita dio a luz a su primer hijo un año después. Tras él vendría ocho hijos más. 




Pero la vida feliz que parecía presentarse a la pareja imperial se vería truncada aquel fatídico 28 de junio de 1914 cuando Francisco Fernando y Sofía fueron asesinados en Sarajevo y empezaba la Primera Guerra Mundial.


Dos años después fallecía Francisco José y Carlos y Zita eran coronados como emperadores de un imperio agonizante. El fin de la guerra trajo consigo la proclamación de la I República de Austria cuyos miembros forzaron a los emperadores a renunciar a su trono y a marchar al exilio. En Suiza, Carlos, impulsado por Zita, aún intentaría, sin éxito, mantener la corona de Hungría.

Empezaba un largo exilio para los emperadores destronados. En Madeira, donde la familia imperial intentó mantener una vida tranquila, fallecía el emperador Carlos I. Era el 1 de abril de 1922. Zita se auto impuso entonces el papel de emperatriz regente de su hijo Otto, pues durante mucho tiempo creyó que recuperaría el imperio perdido.

Pocos meses después, y gracias a la ayuda de Alfonso XIII, Zita, embaraza de la hija póstuma de Carlos, se instaló en el palacio de El Pardo en Madrid donde dio a luz a Elizabeth. Poco después se trasladó con sus hijos a vivir a la villa Uribarren en Lekeitio, el País Vasco.


Zita se trasladó con sus hijos a Bélgica con la intención de que Otto pudiera seguir allí sus estudios universitarios. En el castillo de Ham Steenokkerzeel vivió entre 1929 y 1940 rodeada de algunas personas afines a su causa. En aquellos años, Zita se volcó en la educación de sus hijos mientras buscaba la manera de restaurar la monarquía en Austria, sobre todo cuando la Alemania nazi llevó a cabo la anexión de Austria el 12 de marzo de 1938. Hitler vio siempre en Zita y sus hijos una amenaza real a sus planes expansionistas por lo que no dudo en bombardear el castillo donde residían durante la invasión de Bélgica. Por suerte para Zita, ella y los suyos ya habían huido. Desde Portugal, consiguieron viajar a los Estados Unidos desde donde viajó a Canadá donde sus hijos pudieran estudiar en la universidad francófona y católica de Laval, en Quebec.

La vida en Quebec fue austera para Zita, quien se volcó en recaudar fondos, comida y material de primera necesidad para enviar a Austria. Fue tal su éxito, que se decidió a viajar por los Estados Unidos para continuar con su labor solidaria. Finalizados los estudios de sus hijos, a punto de terminar el año 1948, Zita se instaló en una casa a las afueras de Nueva York.


Acompañada de su hijo Otto, Zita se presentó en el Senado norteamericano para convencer a las mujeres de los senadores que, a su vez, convencieran a sus maridos de que incluyeran a Austria en el plan de ayuda conocido como el Plan Marshall y que el Senado había negado por la entusiasta acogida del nazismo tras la anexión. Zita consiguió subvenciones para Austria en el que sería su último acto político.

Años después, en 1952, regresaba a Europa y se instalaba en el Gran Ducado de Luxemburgo donde se dedicó a cuidar a su madre ya anciana y a colaborar en el proceso de beatificación de su marido. Treinta años después, y por mediación de el rey Juan Carlos I de España, Zita pudo volver de nuevo a Austria, donde fue recibida con mucho cariño.

El 14 de marzo de 1989, la que fuera la última emperatriz de Austria, fallecía a los noventa y seis años de edad en su residencia suiza de Zizers. Un mes después, sus restos volvían definitivamente a Viena, donde reposan junto a su marido en la Cripta Imperial de los Habsburgo.

 Si quieres leer sobre ella 

Zita
Cybrille Debris









Por Sandra Ferrer

domingo, 15 de febrero de 2015

Una baronesa entre beduinos, Lady Anne Blunt (1837-1917)


Nieta de Lord Byron, hija de Ada Lovelace, Lady Anne Blunt tuvo una vida apasionante lejos de la Inglaterra victoriana que la vio nacer. Siguiendo los pasos de su rebelde abuelo, lady Anne fue un alma viajera que quedó prendada por el mundo de Oriente Próximo y sus hermosos caballos. Egipto, Mesopotamia y Arabia fueron sus hogares donde vivió experiencias apasionantes junto a su marido. Primera mujer en atravesar el peligroso desierto de Negeb, fue una invitada de excepción de jeques y emires llegando a descubrir un harén desde dentro, algo totalmente vetado para una mujer occidental. Tras una dramática experiencia como madre y después como esposa, Lady Anne Blunt decidió terminar sus días a orillas del desierto, hablando árabe y adoptando una existencia para la que siempre estuvo destinada. 

Anne Isabella King-Noel nació el 22 de septiembre de 1837 en la Inglaterra victoriana en el seno de una ilustre familia. Su abuelo fue el famoso poeta romántico Lord Byron y su madre Ada Lovelace, considerada la primera programadora de la historia. Casada con el barón William King, Ada tuvo tres hijos y se convirtió en la XIV baronesa de Wentworth, título que heredaría Anne.


Lady Anne fue una alumna aventajada durante su infancia. Además de hablar varios idiomas, tocaba largas horas uno de los dos violines Stradivarius que poseía su familia y era una pintora de talento que recibió clases del pintor John Ruskin.

Tenía veintinueve años cuando Lady Anne conoció en Florencia al que sería su marido. Sir Wilfrid Scawen Blunt era un poeta apasionado por Oriente que quedó prendado de aquella dama inteligente y culta que hablaba de filosofía, literatura o del mundo árabe con gran entusiasmo. Seis meses después de conocerse, Lady Anne se convertía en la señora de Wilfrid Blunt.




Era el año 1869 y la pareja inició un largo periplo por distintos lugares de África del Norte y Oriente Próximo donde se alejaron de las costumbres victorianas y adoptaron los atuendos y maneras de los beduinos con quienes viajaron por lugares tan hermosos como el Sinaí.


Los Blunt volvieron a Inglaterra donde estuvieron cinco años perfeccionando la lengua árabe y planeando sus próximos viajes. En aquel paréntesis inglés, en 1872, el hermano mayor de Wilfrid Blunt fallecía y le dejaba en herencia una extensa finca familiar en Crabbet Park de cuatro mil acres de terreno. Un año después Lady Anne consiguió dar a luz a una esperada hija, a la que pusieron de nombre Judith Anne Dorothea Blunt. Lady Anne había deseado aquel bebé después de haber sufrido un aborto y ver morir a dos gemelas recién nacidas. 

En 1877 los Blunt dejaban Inglaterra para vivir una apasionante aventura que les llevó a visitar ciudades legendarias como Alepo, Bagdad, Palmira, Damasco y Beirut. De vuelta a Inglaterra, Lady Anne empezó a escribir su obra Las tribus beduinas del Eufrates.Pero poco después, en 1879 regresaban a Oriente donde tenían planeado un viaje de gran envergadura. Su objetivo, atravesar el conocido como desierto de los desiertos, el Nefud. Los Blunt lo consiguieron y llegaron sanos y salvos a la ciudad amurallada de Hail donde fueron recibidos con gran boato por el emir Mohamed ibn Rashid. Lady Anne Blunt se convertía en la primera mujer occidental en pisar aquella ciudad en la que pudo incluso conocer de primera mano el harén del emir. 

Cuando los Blunt volvieron a Inglaterra, instalados en su mansión de Crabbet Park, se dedicaron a plasmar sus experiencias en el papel mientras se instauraban en una rutina muy alejada de las tradiciones victorianas. Siguieron hablando árabe y vistiendo ropas beduinas.

En 1882 compraban cerca de El Cairo una mansión conocida como Sherykh Obeyd donde se fueron a vivir. Allí continuaron disfrutando de otra de sus pasiones, la cría de caballos que ya realizaron en Inglaterra.

Pero el matrimonio Blunt estaba destinado al fracaso a causa de la pasión desenfrenada de Wilfrid por las mujeres. Cuando éste instaló en su mansión inglesa a una de sus amantes, Lady Anne decidió que ya había sufrido demasiado por su díscolo marido. 

Cuando se separó de él, Lady Anne Blunt se instaló definitivamente en una propiedad que adquirió cerca de El Cairo donde vivió el resto de su vida. Falleció el 15 de diciembre de 1917 donde siempre se sintió feliz, junto al desierto.

 Si quieres leer sobre ella 

Lady Anne Blunt, a biography
 H. V. F. Winstone






Viajeras de leyenda
Pilar Tejera



Mujeres viajeras y aventureras
Cristina Morató







Por Sandra Ferrer


sábado, 14 de febrero de 2015

El ángel custodio, Rafaela Ybarra de Vilallonga (1843-1900)


Rafaela Ybarra fue una mujer privilegiada que nació en una familia de la alta sociedad bilbaína y se casó con un rico industrial catalán. Rafaela estaba destinada a tener una vida regalada pero decidió, por propia voluntad, dedicar su tiempo y parte de la fortuna familiar en ayudar a los más necesitados. Mujer de profunda piedad, fue una madre abnegada que llevó una vida cercana a la santidad. No en vano, Rafaela Ybarra, fundadora de la Congregación de los Ángeles Custodios, institución de ayuda a los necesitados, fue beatificada por Juan Pablo II y en la actualidad se encuentra en proceso de canonización.

Rafaela María de la Luz Estefanía de Ybarra y Arámbarri nació el 16 de enero de 1843 en Bilbao en el seno de una familia de la alta sociedad bilbaína. Su padre, Gabriel Ybarra, era uno de los principales industriales del País Vasco que se había enriquecido con el negocio floreciente de los altos hornos. Su madre, María del Rosario de Arámbarri, era una ferviente católica que transmitió a su hija sus creencias religiosas. 

Rafaela fue una joven feliz, que vivió una infancia y una adolescencia alejada de cualquier carencia y necesidad. Aún así, pronto fue consciente de la pobreza que existía en las calles de la ciudad, sobretodo fijándose en las mujeres desarraigadas. Rafaela no dio la espalda a aquel mundo de desfavorecidos y empezó a realizar obras de caridad. 

Con tan sólo dieciocho años se casó enamorada de José de Vilallonga, un industrial catalán que había empezado a hacer negocios con el que se convertiría en su suegro. La boda se celebró el 14 de septiembre de 1861. A pesar de que José de Vilallonga tenía veinte años años más que Rafaela, aquel fue un matrimonio feliz, basado en el mutuo amor y sobre todo en el mutuo respeto. La pareja tuvo siete hijos, de los cuales dos no sobrevivieron y uno sufrió una terrible parálisis. Rafaela se hizo cargo también de cinco sobrinos suyos al morir la madre de los pequeños.

Mujer de gran piedad, Rafaela decidió vivir una profunda existencia religiosa y, con la ayuda de su fiel confesor, se dedicó en cuerpo y alma a ser una perfecta católica. Pero siempre sin olvidarse del mundo que la rodeaba. Rafaela fue muy sensible a los problemas de los obreros de las fábricas de su familia. En concreto sufría por las niñas y jóvenes expuestas a muchos más peligros y en ellas se volcó para protegerlas. Primero acogiendo a las muchachas que encontraba en la calle en su propio hogar hasta que decidió crear espacios destinados a ellas. Con la ayuda de otras mujeres voluntarias, Rafaela Ybarra fundó instituciones como la Casa  Asilo de la Sagrada Familia. 

Pero la gran obra de Rafaela Ybarra fue sin duda la fundación de la Congregación de los Ángeles Custodios. La idea inicial fue un piso abierto el 8 de diciembre de 1894 en el que ella y tres mujeres más, se comprometieron a acoger y cuidar a niñas desarraigadas. Aquel sería el inicio de una congregación que en la actualidad cuenta con más de treinta casas repartidas por España y América.


Seis años más tarde, cuando su gran proyecto estaba aún tomando forma, Rafaela Ybarra fallecía. Fue el 23 de febrero de 1900. Tenía cincuenta y siete años. Ochenta y cuatro años después, el 30 de septiembre de 1984, el papa Juan Pablo II beatificaba a Rafaela Ybarra y se iniciaba su proceso de santificación.

 Si quieres leer sobre ella 

El jardín de los tilos
Jose Luis Olaizola 

viernes, 13 de febrero de 2015

Un espíritu libre, Alexandra David-Néel (1868-1969)


Con tan sólo dos años, la pequeña y rebelde Alexandra ya mostró a su familia cual iba a ser su destino. Huir, alejarse de todo convencionalismo y buscar su destino más allá del horizonte. En aquella ocasión, no llegó a cruzar la verja de su casa, pero no sería la primera vez que Alexandra David-Néel decidiría dejarlo todo para buscar el sentido de su existencia. Fue cantante de ópera, vivió en una cueva, atravesó desiertos y montañas y entró en la ciudad prohibida de Lashma. Aquella muchacha nacida en una familia de la burguesía decimonónica, tuvo una vida longeva, superó los cien años, dedicada a la meditación, la filosofía y el estudio del budismo. 

Louise Eugénie Alexandrine Marie David nació el 24 de octubre de 1868 en París. Su padre pertenecía a la burguesía acomodada francesa y su madre, de origen escandinavo, era una ferviente católica. En un entorno acomodado pero también muy estricto, crecería la pequeña Alexandra que ya entonces empezaba a tener el impulso de atravesar las rejas de su casa sin la compañía de sus progenitores. En varias ocasiones se escaparía Alexandra poniendo en alerta a sus padres e implicando incluso a la policía. Cuando se perdía no se alegraba de que la hubieran encontrado, más bien todo lo contrario.

Alexandra creció leyendo a Julio Verne y soñando que algún día ella podría protagonizar alguna de aquellas increíbles aventuras. 



Cuando Alexandra tenía cinco años, sus padres se trasladaron a vivir a Bruselas donde volvería a repetir sus huidas. Con quince años ya había viajado por Holanda y había atravesado el canal de la Mancha y a los diecisiete viajó a Suiza con un manual de Epícteto como único equipaje. Como sucediera con su periplo inglés, su viaje suizo terminó cuando se le terminó el dinero y su madre la recogió en las cercanías del lago Maggiore. 

En 1886 parecía que empezaba a sentar la cabeza cuando ingresó en el Real Conservatorio de Bruselas donde se formó como cantante de ópera y llegó a ganar un premio por su talento. Años más tarde se fue a estudiar primero a Londres y después a la Sorbona de París. En aquel tiempo, Alexandra entró en contacto con el mundo de la gnosis y el esoterismo. También los movimientos anarquistas radicales de la capital francesa empezaron a llamar su atención. Tal fue su interés por el anarquismo que escribió un libro que ninguna editorial se atrevió a publicar. Con la ayuda de un amigo, consiguió hacer una autoedición y, a pesar de que no llegó a tener mucho éxito, terminaría siendo traducido a cinco idiomas y sería muy conocido en los círculos anarquistas de todo el mundo.

En 1891 Alexandra heredaba una importante suma de dinero de su abuela que invirtió en un nuevo viaje que cambiaría completamente su destino. En la India, además de quedar totalmente fascinada por los cantos y los principios de los tibetanos, estudió sánscrito y yoga y exprimió todo el dinero que tenía en aquel mundo que la atraparía para siempre. Pero cuando se quedó sin nada, Alexandra se vió obligada a volver a Bruselas.

Durante un tiempo se dedicó a la música realizando conciertos y giras como cantante de ópera. En uno de esos viajes, en 1900, Alexandra conocería al que se iba a convertir en su marido. Fue en Túnez, donde su vida se cruzó con la de un ingeniero de ferrocarriles llamado Philippe Néel, con quien se casaría cuatro años después. Es difícil imaginarse a Louise como una esposa de principios del siglo XX y por supuesto que nunca lo fue. A pesar de que su vida en Túnez le gustaba y viajaba constantemente sola y con su marido, quien le dejaba plena libertad, un día decidió volver a dejarlo todo.

Era el caluroso mes de agosto de 1911. Su amada India la estaba esperando. Tardaría más de una década en reencontrarse con su marido con quien, sin embargo, mantuvo una intensa relación epistolar. Su periplo vital la llevó a explorar los lugares más significativos del budismo. En 1912, tras encontrarse con un hombre llamado Sikkin al que consideró como su maestro, decidió recluirse cerca del monasterio de Lachen dentro de una cueva. Su excepcional encuentro con el Dalai Lama fue para Alexandra una experiencia única para aquella mujer que siguió explorando lugares como Katmandú o Benarés.

Convertida en una gran conocedora del budismo, llegó a experimentar situaciones sobrenaturales como la creación de un ser fantasmal, en 1914 fue ella la que fue identificada como maestra por un joven tibetano, Yongden, con quien pasó el resto de su vida. Yongden fue su más fiel siervo quien no sólo ayudaba a Alexandra en las tareas cotidianas sino que colaboraron en la traducción y el estudio de textos budistas. No en vano fue considerado su hijo adoptivo.

Tenía cincuenta y siete años cuando Alexandra iniciaba el gran reto de su vida. A través de una peligrosa y desconocida ruta, ataviada con un disfraz de peregrino y ocultando su rostro y sus manos con hollín, Alexandra, Yongden y unos pocos miembros de aquella extraña comitiva, alcanzaron la ciudad prohibida de Lhasa y atravesaron sus puertas. Alexandra era la primera mujer occidental que había entrado en la ciudad santa.

En Francia se conocían las aventuras de aquella mujer considerada una auténtica rara avis, gracias a sus escritos que se fueron publicando en distintas revistas francesas. Pero al llegar a París acompañada de Yongden, su fama fue tal que decidió retirarse a una casita de campo en la Provenza francesa, en Digne-les-Bains en donde pasaría temporadas escribiendo y meditando y a donde volvería de sus aún muchos viajes. Le quedaban muchos años de vida y no estaba dispuesta a anclarse en ningún lugar del mundo.


Incluso poco antes de morir, cuando ya había cumplido los cien años, renovaba su pasaporte. Pero su cuerpo dijo basta un 8 de septiembre de 1969, sin permitirle llegar a los ciento un años y seguir aprovechando el tiempo. Un tiempo que Alexandra David-Néel supo disfrutar a su manera, experimentando la vida, observándola y buscando siempre su esencia de la mano de la meditación y el budismo que le dieron el sentido verdadero de su existencia.


Por Sandra Ferrer

miércoles, 11 de febrero de 2015

El reflejo de la artista, Clara Peeters (1594 - 1657?)


A lo largo de los siglos XVI y XVII fueron muchas las mujeres que se dedicaron a la pintura. Sólo unas pocas consiguieron reconocimiento en vida y pudieron vivir de su arte. Nombres como Sofonisba Anguissola, Fede Galizia o Artemisia Gentileschi nos evocan un pasado de talentos no siempre valorados en toda su dimensión artística. Muchas de ellas no sólo vieron cómo su obra era minimizada por ser mujeres sino que incluso algunos lienzos fueron usurpados por sus maestros. De muchas de ellas solamente nos ha llegado su obra, como en el caso de Clara Peeters, una pintora flamenca especializada en bodegones en los que introdujo una curiosa manera de firmar, su autorretrato reflejado en los objetos que inmortalizó. Tal fue el talento de esta artista que inspiró la creación, ya en el siglo XX, de uno de los pocos museos de mujeres artistas del mundo.

Clara Peeters nació alrededor de 1594 en Amberes y fue hija del pintor Jan Peeters. A partir de aquí, el resto de datos relacionados con su biografía, una posible fecha de bautizo, otra de matrimonio y unos viajes a Ámsterdam y La Haya son información que algunos autores consideran como parte de su vida pero otros lo ponen en duda. 

Lo que conocemos de Clara, más que su vida, es su obra, un total de 31 lienzos firmados como Clara Peeters o Clara P. Existen otras pinturas con el anagrama PC y algunas sin firmar que se han atribuido también a ella. Una producción pictórica realizada entre los años 1607 y 1621.

Vanitas | Clara Peeters (?) | 1610 - La mujer podría ser la propia autora


Clara Peeters se especializó en bodegones. Peces, piezas de caza, objetos de cocina, flores, aparecen bellamente dispuestos en sus lienzos que formaron parte de importantes colecciones como la de la reina Isabel de Farnesio y que en la actualidad se exponen en grandes pinacotecas como el Museo del Prado. Uno de los rasgos distintivos de su trabajo fue incluir en el reflejo de los objetos de metal pintados, su propio autorretrato.

Mesa | Clara Peeters | 1611

En 1987 abría sus puertas en Washington el Museo Nacional de Mujeres Artistas, un proyecto impulsado por la pareja formada por Wilhelmina Cole y Wallace F. Holladay. El matrimonio Holladay, coleccionistas de obras de arte, quedaron prendados de la obra de Clara Peeters expuesta en una galería de Viena y posteriormente en el Museo del Prado. El arte de Peeters animó a la pareja a crear un espacio en el que dar protagonismo a las mujeres artistas de todo el mundo y de todos los tiempos. Había nacido el National Museum of Women in the Arts, NMWA, que posee en la actualidad más de tres mil pinturas, esculturas y otras piezas artísticas creadas por mujeres. Su base de datos recibió el nombre de Clara, en honor a su inspiradora, Clara Peeters.

En el jarro del fondo se intuye el retrato de una persona repetido varias veces


Igual que el resto de datos sobre su biografía se desconoce la fecha exacta de su fallecimiento, que algunos autores sitúan alrededor del año 1657.


Por Sandra Ferrer