RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

jueves, 30 de julio de 2015

Ni una mujer menos, ni una muerta más. (2)

Si vamos a hablar de violencia de género en la música ahí está claramente Romeo Santos y los exponentes de hoy en día en la bachata, lo disfrazan de romanticismo pero la letra es violenta y denigra y cosifica a la mujer. Ricardo Arjona que tiene canciones misóginas y que menosprecian a la mujer.
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Por Ilka Oliva Corado
No es culpa del reguetón.
Cuando era adolescente escuchaba que decían que el culpable de tanta depravación en la juventud era el desgraciado de El General por sus canciones provocadoras. El General es el cantante panameño que puso a la generación del noventa a menear las caderas con el reggae de ritmos callejeros. Efectivamente la letra de sus canciones son la viva violencia de género, no en sí la música, la música cada quien la baila como quiere. Cómo olvidar las maldiciones que le echaron a La Lambada acusándola de incitar a la degeneración. A la famosa Sopa de Caracol también le llovió.
Hoy en día escucho que dicen que la depravación de la juventud es culpa del miserable reguetón que es la perdición. También es cierto que la letra del reguetón denigra en todo momento a la mujer y la coloca como objeto sexual, siendo esto una clara definición de violencia de género. Los ritmos son pasión y cada quien vive sus pasiones como quiere, la música en sí nada tiene que ver con la violencia de género. Que las personas sigan modas es cosa aparte.
Lo que sucede con el reggae y el reguetón de exponentes como El General es que dicen las cosas con el lenguaje claro de barriada, desnudas sin moldearlas, directas. Ellos lo único que hacen es pasar a canciones el lenguaje de diario en las periferias donde vive la juventud estigmatizada por el sistema y el clasismo. No se les puede satanizar y decir que son ellos los únicos culpables de la violencia de género. Eso es etiquetar a la juventud de periferia porque esos cantantes vienen de ahí del inframundo.
Si vamos a hablar de violencia de género en la música ahí está claramente Romeo Santos y los exponentes de hoy en día en la bachata, lo disfrazan de romanticismo pero la letra es violenta y denigra y cosifica a la mujer. Ricardo Arjona que tiene canciones misóginas y que menosprecian a la mujer y la colocan como un cuerpo a abusar en cualquier lugar, todo esto disfrazado de romanticismo y de poesía barata.
El género ranchero, el pop, las baladas, en todos los géneros hay canciones que cosifican a la mujer, que la ultrajan. Por supuesto que el reguetón también pero no se puede culpar al reguetón con toda la intención de denigrar su origen y a quienes lo bailan que son las mocedades de las barriadas. Si vamos a hablar de violencia de género destapemos todos los focos: la televisión, la radio, el sistema. La familia, la escuela, la comunidad, la iglesia. La violencia de género la reproducimos todos, unos por hacer y otros por callar y con esto solapar. Está en el cine, las telenovelas, en las actitudes machistas y misóginas con las que nos crían. Culpar al reggae y al reguetón es denigrar a la juventud de periferia. La violencia de género está en todos los niveles de las clases sociales, es más cubierta en las altas esferas por el qué dirán, pero ahí también existe.
Si desaparece el reggae y el reguetón la violencia de género continuará porque los cimientos están en nuestros hogares, los continuamos en la escuela y en la comunidad y así se van extendiendo los tentáculos. La violencia está en esos chistes misóginos que hacen los hombres y con los cuales las mujeres también reímos solapándolos con nuestra diversión.
La violencia de género es negar que las mujeres tengamos el derecho a abortar. Violencia de género es aceptar las  violaciones como normal o acusar a las víctimas de incitar. Es negarnos los Derechos Humanos. La violencia de género tiene innumerables rostros venir y culpar al reguetón es no comprender la magnitud del problema y encapsularse en estereotipos. Los feminicidios no los genera el reguetón, sus causas vienen de esa raíz machista y patriarcal que nos tiene infestados a todos en todos los ámbitos de la vida y de la sociedad. Violencia de género son los mal llamado piropos callejeros. Son las miradas lascivas. Son los comentarios y las acciones sexistas. Las violaciones sexuales que se ejercen desde la superioridad de un puesto de trabajo, un título de universidad, un lazo consanguíneo, todas desde la inferioridad de un ser mezquino. Para hablar de violencia de género tenemos que vernos en un espejo. No estoy defendiendo el regué ni el reguetón porque sus canciones son misóginas, pero también lo es el sistema patriarcal en el cual todos estamos inmersos.
Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado.
Julio de 2015.
Estados Unidos.

Por Ilka Oliva Corado

[Sanfermines] Preocupante y grave el incumplimiento del protocolo de agresión sexista por parte de la Policía Nacional


Por Kaos. Euskal Herría


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La denuncia fue realizada por Gora Iruñea y la Plataforma contra la violencia sexista. Acusan a la Policía Nacional de “no cumplir” el protocolo de agresión sexual estos sanfermines. Según su comunicado, cuando la víctima de la agresión sexual “con fuerza e intimidación” registrada estos sanfermines, una joven extranjera, acudió a interponer una denuncia”le enviaron a su casa sin recogerla” y, cuando horas después regresó a dependencias policiales con el mismo propósito, “no cumplieron el protocolo interinstitucional”.


La plataforma popular Gora Iruñea y la Plataforma contra la Violencia Sexista han acusado hoy a la Policía Nacional de “no cumplir” estos pasados sanfermines con el protocolo de asistencia a víctimas de violencia de género, lo que “vulnera los derechos de las mujeres”.
Según un comunicado conjunto de ambas plataformas, en las fiestas de Pamplona se registró una agresión sexual “con fuerza e intimidación”, un “delito” que se “agrava” por el hecho de que fue protagonizado “en grupo”.
Sin embargo, afirman, cuando la víctima, una joven extranjera, acudió en la madrugada del día 10 a interponer una denuncia “le enviaron a su casa sin recogerla” y, cuando horas después regresó a dependencias policiales con el mismo propósito, “no cumplieron el protocolo interinstitucional”.
Y al respecto las plataformas aseguran que los agentes “no llamaron a un intérprete, no llamaron a los profesionales (abogado y psicólogo) que debían haber estado presentes para facilitar un mejor relato de los hechos en la denuncia y asistir legal y emocionalmente a la mujer”, y “tampoco le llevaron al centro de salud para el correspondiente informe médico”.
Por todo ello “exigen” a la delegada del Gobierno en Navarra que “obligue a sus policías a cumplir” con el citado protocolo, firmado en Pamplona por diversas instituciones en 2002, ya que “su no cumplimiento vulnera los derechos de las mujeres”, tratando a estas “una vez más como ciudadanas de segunda”.
Fuente: Plataforma contra la Violencia Sexista/ Agencias/ Gora Iruñea

Patriarcado, sentido de la vida y amor romántico en la sociedad consumista-capitalista

Por Pedro Antonio Honrubia Hurtado


coral estudio 294
Patriarcado y capital, alianza criminal
Vivimos en un sistema consumista-capitalista que se nutre del patriarcado para mantenerse y reproducirse cotidianamente en sus formas actuales, fomentando  sistemáticamente la desigualdad de género y ejerciendo, en consecuencia, una violencia de género que es igualmente sistemática y cotidiana sobre las mujeres. Una violencia que merece ser abordada de forma independiente, pues aunque las mujeres comparten con el hombre su común sumisión al código de sentido hegemónico que es propio de esta sociedad, en el caso de las mujeres adquiere algunas particularidades concretas que hacen que la violencia que el sistema es capaz de ejercer sobre ellas sea doble: como sujetos consumistas y como mujeres. Si todos somos víctimas de la violencia del sistema, las mujeres lo son doblemente. El capitalismo y el patriarcado les niegan a las mujeres tener acceso y control sobre los recursos económicos internos y externos (acceso y control), permiten que se mantenga invisibilizado el aporte del trabajo doméstico o reproductivo en los agregados macroeconómicos. Bajo estas condiciones, las mujeres son explotadas y expoliadas, al igual que los hombres bajo el sistema capitalista; pero con un impacto diferenciado.
Las relaciones entre capitalismo y patriarcado, en consecuencia, han sido largamente estudiadas y analizadas por las diferentes corrientes del feminismo, principalmente de feminismo de izquierdas, a lo largo de su historia. En un primer momento, sobre todo desde las teorías feministas más vinculadas al marxismo y/o a planteamientos de tipo economicista, se trató de analizar ambos espacios de dominación como integrantes de un mismo y único sistema de dominación: se consideraba uno efecto del otro, ya sea el patriarcado como parte del capitalismo, en tanto que le es funcional, o el capitalismo como resultado del patriarcado o un tipo concreto de patriarcado. No obstante, pronto crecieron las críticas que acusaban a estos análisis de privilegiar en sus planteamientos los aspectos opresivos más vinculados al Capitalismo en cuanto a tal y, fundamentalmente, al análisis de las relaciones de clase, por encima de los conflictos de género propiamente dichos, que no necesariamente deben siempre estar vinculados a tales factores relacionales. Los antagonismos de género no podían ser reducidos a tales coordenadas de estudio. Este problema llevó a la extensión de la idea, que pronto pasaría a ser la perspectiva más aceptada entre la mayoría de corrientes del feminismo, de que la realidad se comprendía y se nombraba mejor de acuerdo con una lógica no monista, una lógica acorde a la realidad, concreta y demostrable, de la existencia, de facto, de un doble sistema de dominación –material e ideológico-, esto es, asumiendo y aceptando que en lo referido a las relaciones entre capitalismo y patriarcado se trata de dos sistemas diferentes que coexisten e interaccionan, y que como tal debe ser analizado.
Entre otras cosas para evitar caer en una especie de oposición antagónica hombre-mujer, cual si de clases sociales de tratase, que acabe viciando el análisis de género, en tanto que oponga siempre y en todo momento los intereses de los hombres a los intereses de las mujeres, victimizando en exceso a la mujer y convirtiendo al hombre, per se, en un ser malvado nacido para dominar y oprimir a la mujer, como si el factor cultural no tuviera nada que decir al respecto, y como si hombres y mujeres no sufrieran, en ocasiones, y así lo podemos decir respecto de las relaciones de ambos, en tanto que integrantes de las clases no dominantes de la sociedad, con el código de sentido consumista-capitalista, una común opresión que actúa, a su manera y con las especificidades correspondientes, contra los intereses de ambos, olvidando, entre otras cosas, que no todas las mujeres son iguales ni se encuentran en igual situación frente a los hombres, del mismo modo en que no todos los hombres son iguales.
Así, en el consumismo-capitalismo tanto hombres como mujeres somos víctimas en el reparto de roles, expectativas y tareas vinculados a los códigos de sentido que nos rigen y nos dominan como códigos hegemónicos, ambos géneros, como integrantes de las clases no dominantes, somos explotados, y, en consecuencia, la transformación de la realidad social, a este respecto, es responsabilidad tanto de unos como de otras. Si bien, por ello mismo, porque esa responsabilidad es también común para el caso específico del patriarcado, se hace necesario igualmente visibilizar las particularidades que sufren las mujeres en su condición de género doblemente explotado, doblemente oprimido.
Violencia simbólica y sentido de la vida
Y es que el patriarcado, como el consumismo-capitalismo, no es solo un sistema de relaciones sociales, políticas y económicas con unas características materiales concretas, sino que es también  un sistema de dominación simbólico-cultural que se impone mediante cuestiones relacionadas con el sentido de la vida.
Es decir, también en lo relacionado con los roles de género, como con el papel del sujeto en la sociedad consumista-capitalista en general, existen una serie de códigos culturales y simbólicos que son interiorizados por las personas y que, en última instancia, permiten la consolidación y reproducción del orden de cosas existente, códigos que son asumidos por igual tanto por hombres como por las propias mujeres, y que tienen que ver con el papel que los diferentes sujetos se otorgan a sí mismos en la vida, es decir, con cuestiones relacionadas con el sentido que dichas personas dan a sus vidas. Así, también en lo referido al patriarcado funcionan las mismas claves sociales que funcionaban para el caso de los valores consumistas-capitalistas y, entre otras cosas, no será posible un verdadero cambio social a este respecto sin que los sujetos hayan logrado derrocar el código simbólico instituido como hegemónico y dominante en este momento, permitiendo que se vaya hacia otro modelo –de sentido- que haga posible subvertir el vigente orden de relaciones entre géneros y todo lo que ello implica en la actualidad.
Desgraciadamente, entre otros factores, también existe una parte de responsabilidad en las propias mujeres a la hora de mantener y reproducir las relaciones sociales vigentes, desde el momento en que tales mujeres, o, cuando menos, una parte importante de ellas, asumen como propio el código de sentido patriarcal que otorga unas determinadas características y roles sociales a sus propias vidas como mujeres, viviendo cotidianamente conforme a lo que se desprende de tal código y haciéndolo, además, como expresión de sentido para sus vidas, en las cuales se sienten plenamente integradas y representadas como mujeres, sin cuestionar el origen de tales valores. De la misma manera que existe esa responsabilidad, y en mucha mayor medida, en los hombres, que hacen suyos sus propios códigos de sentido vinculados al género y los reproducen cotidianamente, aprovechándose de ellos –consciente o inconscientemente- para mantener sus privilegios de género y profundizar en la opresión de la mujer.
El proceso de construcción de la subjetividad a nivel de género, al igual que en el caso del consumismo-capitalismo en general, es un proceso condicionado por una serie de valores sociales y culturales que han sido establecidos como hegemónicos antes de que la persona naciera y se desarrollara en su subjetividad concreta, valores que se expresan como representación de lo que la cultura, en su expresión comoorganizadora del vacío, refleja en una determinada sociedad, esto es, como representación de lo que la sociedad es en ese momento concreto de la historia. Todo ello está también, pues, inserto en esos códigos de sentido hegemonizados que dan forma a la identidad de las personas en esta sociedad nuestra y que, también a este respecto, dicen lo que las cosas son en esta sociedad concreta, como manifestación de una realidad material que no es por sí sola, sino que es también necesariamente una realidad simbólica que construye y delimita en última instancia a tal realidad material, cercenando la posibilidad de cuestionar el punto de vista hegemónico de significación de la realidad que rige como tal en este momento, esto es, expulsando fuera de los límites del sistema establecido aquello que vaya contra lo recogido como propio y aceptable dentro de la “normalidad” por dicho sistema, a través de cuyos valores aceptados se configuran las subjetividades igualmente reconocidas como “propias” y “aceptables” por este sistema.
La forma en la que se construye la subjetividad de una mujer o de un hombre, pues, su manera de ser, de qué disfruta, de qué padece, de qué habla y de qué no habla, qué cosas le son permitidas y cuáles no, qué espacios sociales debe ocupar como “propios” y cuáles cómo ajenos, qué comportamientos le son propios y cuáles no, es una construcción socio histórica, que se construye como proyecto-de-vida en base a la aceptación de unos determinados discursos hegemónicos y su posterior reproducción en la vida social mediante unas prácticas concretas acordes a tales discursos, que toman vida finalmente sobre la realidad material de los cuerpos y acaban por reproducir aquellas desigualdades de género que están presentes en esos discursos.
Estos mecanismos, por los que estos discursos y prácticas sociales se hacen carne en las personas concretas, a través de los cuales se expresan en la vida cotidiana, configurando una manera de ser hombre y una manera de ser mujer afines al sostenimiento y reproducción de las condiciones del sistema que hacen posible la opresión de la mujer, son, pues, otra forma de dominación del sistema, en este caso expresada en forma de dominación de género, que se vincula principalmente a una cuestión de sentido de la vida. La socialización genérica en el patriarcado consiste así en “adiestrar” a todas las personas, desde sus primeros años de vida, en ser hombre o mujer. A través del aprendizaje de numerosos estereotipos y prejuicios impuestos a uno u otro género, se van desarrollando una serie de creencias, valores y actitudes diferenciadas, los denominados “mandatos de género” cuya finalidad es aprender a ser una buena mujer o un buen hombre. Este conjunto de cogniciones son asociadas a su vez, vía vivencias emocionales, con roles y conductas que se expresan fundamentalmente mediante el binomio dominación/masculina-sumisión/femenina, motor de toda opresión posterior.
El código de sentido hegemónico que es propio de nuestra sociedad consumista-capitalista se expresa también, en consecuencia, como código de sentido a nivel de género e identidades de género, pues es a través de él que las relaciones e interacciones entre capitalismo y patriarcado se configuran a nivel simbólico e ideológico, solidificándose culturalmente y estabilizándose como valores comunes aceptados de forma mayoritaria, por acción u omisión, actuando de facto o a través de praxis indirectas, por el conjunto de la sociedad, y con capacidad de expulsar hacia fuera de los límites del sistema aquello que puede suponer un desafío para los mismos. Esta naturalización de las relaciones de género, como expresión concreta de desigualdad social que se expresa inserta, con sus particularidades concretas, en un marco más amplio de relaciones sociales de dominación y roles de poder –el consumismo/capitalismo-, se inscribe consciente e inconscientemente en los comportamientos de los dominantes y de los dominados y los empuja a actuar de acuerdo a la lógica de esas relaciones sociales. Esto es, se constituye de forma específica en una violencia sistemática y cotidiana contra las mujeres, a su vez inserta, con sus particularidades, en esa otra forma de violencia sistemática y cotidiana que es la imposición cultural del código de sentido hegemónico consumista-capitalista.
La violencia hacia las mujeres en esa sociedad nuestra es, pues, como exponía el manifiesto que sustentó la “Marcha Mundial de las Mujeres” de 2009, de carácter estructural: es una propiedad inherente de los sistemas patriarcal y capitalista, y es usada como una herramienta de control de la vida, cuerpo y sexualidad de las mujeres por hombres, grupos de hombres, instituciones patriarcales y Estados. Por lo que, a pesar de que afecta a las mujeres como grupo social, cada violencia tiene un contexto específico y tenemos que comprender cómo, cuándo y por qué ocurre la violencia hacia las mujeres en sus diferentes expresiones (simbólica, cultural, estructural y directa), y específicamente, en lo que nos interesa en este texto, cómo tales violencias se desprenden de y/o se vinculan al sistema consumista-capitalista imperante. Solo así comprenderemos la verdadera naturaleza esa alianza criminal que representa la unión en un mismo código de sentido, en una misma realidad social, del patriarcado y el capital.
Sexualidad, relaciones de pareja, mitología del amor y violencia de género
El problema que viene de la mano de esta violencia simbólica de género se acentúa si entendemos que normalmente las diferentes formas que ésta asume en la realidad social de nuestros días se complementan y se refuerzan las unas a las otras. Que el trabajo doméstico y/o de cuidados se perciba socialmente como una trabajo “de mujeres” es ya en sí mismo un ejemplo de cómo la violencia de género tiene unas bases simbólicas y culturales muy importantes y contra las que es bastante complicado luchar a corto plazo. Pero cuando, como se ha dicho, además este trabajo, por el hecho simbólico de estar vinculado a la mujer, se desvaloriza y se tiene, pese a la importancia real del mismo (¿qué sociedad podría funcionar sin este tipo de trabajos vinculados a las tareas domésticas o los cuidados?), como trabajos que ocupan los escalones más bajos en la mentalidad colectiva respecto de las actividades laborales –remuneradas o no- que tienen valor en nuestra sociedad, el problema para la mujer es doble: tanto en lo privado como en lo público cualquier cosa vinculada a la mujer queda relegado a un segundo plano. Es decir, la mujer es inferior al hombre en cualquier espacio de la vida social, y, en consecuencia, cualquier actividad vinculada a ella en el imaginario social debe necesariamente ser de la misma manera percibida como inferior, tanto en el espacio público como en el espacio privado. Y aunque pueda sonar extravagante, la comparación entre el papel que la sociedad otorga al deporte femenino en comparación con el deporte masculino es buena muestra de ello.
De la misma manera, cuando estos roles de género se relacionan con otras representaciones simbólicas que son propias de nuestro marco de valores instituido socialmente, las relaciones de dominación y subordinación de la mujer respecto del hombre que tales roles sustentan y fomentan, se hacen presentes de tal forma que la violencia de género tiende a alcanzar sus situaciones más dramáticas y sangrientas, así como garantizan que la cotidianidad de la violencia de género acabe por ser un hecho instituidor de la sociedad en sí mismo: la sociedad se construye y desarrolla necesariamente sobre la base de una violencia de género generalizada.
La opresión sobre la sexualidad femenina, por ejemplo, en comparación con la sexualidad masculina (hablando siempre, claro está, desde el plano de la heterosexualidad), es una de estas violencias simbólicas que siguen plenamente vigentes que, al mezclarse con otros elementos sociales como es por ejemplo el modelo normativo que se impone como referencia cultural para las relaciones de pareja, acaban teniendo unas consecuencias dramáticas para la mujer.
Aunque es obvio que ha habido cierto avance en este sentido, aquella idea de que la mujer debe tener una vida sexual no promiscua, so pena de ser considerada socialmente como una “puta”, a diferencia del hombre que puede ser todo lo promiscuo que quiera sin necesidad de tener que sufrir ningún tabú social por ello, sigue siendo una idea simbólica y cultural plenamente integrada en nuestra sociedad. Algo que, obviamente tiene consecuencias sociales y muy graves en no pocas ocasiones. Si el hombre es percibido culturalmente, de forma general, como un ser superior a la mujer, si cualquier actividad vinculada directamente a la mujer es a su vez percibida como inferior, si además es la mujer la que en ningún caso debe ser promiscua si quieres ser una mujer “digna”, y, además, el amor es asimismo percibido culturalmente, como lo es en nuestra sociedad, como una relación de posesión mutua, algo así como una relación sustentada en la propiedad privada respecto de la sexualidad del otro elemento de la pareja –fidelidad sexual-, finalmente se abre la puerta de par en par para una macabra lógica cultural que puede llevar fácilmente a la conclusión sentida y vivida por el hombre de que la mujer es una posesión suya y solo suya. Amor como propiedad privada y patriarcado son entonces las dos caras de una misma manera con trágico resultado: la violencia de género en sus versiones más trágicas y horripilantes.
Más concretamente, si el hombre se auto-percibe culturalmente como un ser superior a la mujer, y, a la par, entiende también culturalmente la relación amorosa como una relación posesiva, es decir, una relación donde los amantes se poseen mutuamente, finalmente la mujer acabará siendo vista como una posesión del hombre, pues es la propia cultura la que así lo indica: los dos se poseen mutuamente, pero el hombre manda en última instancia. La relación deja de ser, pues, una relación de doble sentido posesivo, para convertirse en un objeto cuyo dueño es el hombre. Se cosifica psicológicamente el concepto mismo de pareja, e implícitamente se cosifica a la mujer, pasando ambas “cosas” a ser propiedad privada del hombre que así piensa.
Así, a poco que el hombre perciba de alguna manera (real o ficticia) que este nexo posesivo comienza a romperse, o que está puesto en entredicho, recurrirá a la violencia para “re-direccionar” la relación por el “camino correcto”: el de la sumisión respecto del que se siente su amo. Además porque, al ser la promiscuidad de la mujer un tema de “dignidad”, la fidelidad es para el hombre un tema de “honor” (de ahí que a la mujer se le insulte llamándola “puta” y al hombre llamándole “cabrón”). Los celos, de hecho, suelen ser una de las principales causas de la violencia de género directa, tanto física como psicológica. De igual manera, en caso de ruptura de la pareja, o de simple intento de ruptura, cuando lo que antes el hombre veía como una posesión deja de repente de serlo, cuando los derechos de “propiedad” dejan de tener efecto, estas mismas personas suelen no estar lo suficiente capacitadas como para aceptar tal hecho, pues la idea de que la pareja es para uno y sólo para uno “hasta que la muerte los separe” prevalece sobre la razón y la independencia de la otra persona. La violencia es aquí un modo de indicar que no es posible que la mujer abandone el seno de la pareja si no es bajo la aceptación voluntaria del hombre, del amo por excelencia en la relación, del verdadero dueño de la propiedad mutua. La mujer pasa a ser algo así como un bien ganancial de la pareja, cuyo único administrador es el hombre.
Y si a eso le sumamos, como decimos, que la dignidad de la mujer se ha asociado y se asocia generalmente, entre otras cosas pero de manera principal sobre todo en lo referido a los temas de pareja, a su no promiscuidad, y que, por derivación, el hombre ve amenazado e insultado su honor -al ser engañado por una mujer “indigna”-, cuando ésta ha cometido una infidelidad o el hombre sospecha que la haya podido cometer o incluso que pudiera querer cometerla en el futuro (aunque sea en la forma de un abandono de la relación para irse con otro hombre en el futuro una vez rota tal relación –“o eres mía o de nadie”-), no es de extrañar que sea precisamente el seno del hogar familiar, y en concreto los asuntos relacionados con las “disputas” sentimentales, el principal espacio social donde se producen las peores muestras de violencia directa de género, en muchas ocasiones, como sabemos por desgracia, con resultado de muerte.
Pero todo ello, por supuesto, no es ninguna casualidad: existe toda una mitología en torno al papel que la mujer ha de ocupar socialmente, fuertemente vinculada a cuestiones de sentido, que hacen posible la reproducción y mantenimiento de tales relaciones de poder en el seno de la sociedad y de la propia pareja. Tiene que ver con toda una mitología construida igualmente en torno la idea del amor romántico y el papel que, dentro de ella, se asigna a la mujer. Como bien expone la feminista y especialista en estos temas Coral Herrera, la feminidad pasiva ha sido mitificada en los relatos para tranquilizar a los machos y suavizar su ancestral miedo a la potencialidad sexual de las mujeres, por un lado, y para ofrecer modelos de sumisión idealizada a las mujeres, por otro. Las mujeres han sido educadas para asumir en muchos casos el rol de mujer fiel cuya máxima en la vida no es alcanzar la libertad (deseo masculino por excelencia), sino el amor a través de un hombre (lo que se supone que es normal en las mujeres):
La princesa del cuento es una mujer de piel blanca y cabellos claros, rasgos suaves, voz delicada, que se siente feliz en un ámbito doméstico (generalmente un lujoso palacio, al cuidado de sus padres) y cuyas aspiraciones son muy simples: están siempre orientadas hacia el varón ideal de sus sueños. La princesa es leal a su amado, lo espera, se guarda para él, como hiciera Penélope durante más de veinte años esperando a Ulises. La princesa encontrará su autorrealización en el gran día de su vida; la boda con el príncipe. La princesa es una mujer discreta, sencilla, llena de amor y felicidad que quiere colmar de cuidados y cariño a su esposo y que además le dará hijos de cuya paternidad podrá estar seguro. Es una mujer buena frente a las mujeres malas, aquellas representadas como seres malvados, egoísta, manipuladora, caprichosa, insaciable, débil y charlatana. Las malas disfrutan pasionalmente del sexo, pero a pesar de que atraen a los hombres por su inteligencia y sus encantos, no ofrecen seguridad al macho, que casi nunca las eligen para ser princesas ni les piden matrimonio. Son tan atractivas como peligrosas, por eso evitan enamorarse de ellas, como fue el caso de Ulises con Circe.”.
La distopía del amor romántico: los peligros de lo impuesto como naturalización del amor
Esto convierte al amor romántico en un verdadero canalizador para que la sumisión y el sometimiento de la mujer se exprese socialmente, precisamente en aquel ámbito de la vida social, las relaciones de pareja, donde, según la misma mitología, la mujer ha de encontrar su felicidad y auto-realización. El amor romántico se convierte así, según la definición de la mencionada autora, en una utopía: la utopía del amor romántico.
Una utopía que funciona tanto para hombres como para mujeres, pero que, por las mismas razones expuestos anteriormente, por las propias relaciones de poder ya dadas en la vida real entre hombres y mujeres, es a la mujer a la que le acaba pasando un mayor y doloroso precio. Así dicha utopía, a una misma vez que sirve para dar sentido a la vida de las mujeres –como atenuante de la angustia existencial, dice Coral-, consolida, desarrolla y reproduce la opresión de la mujer respecto del hombre, así como su papel plenamente subalterno en la vida social en general.
Como utopía, además, es funcional tanto al capitalismo: “El amor romántico se adapta al individualismo porque no incluye a terceros, ni a grupos, se contempla siempre en uniones de dos personas que se bastan y se sobran para hacerse felices el uno al otro. Esto es bueno para que el capitalismo se perpetúe, porque de algún modo se evitan movimientos sociales amorosos de carácter masivo que podrían desestabilizar el statu quo. Por esto en los medios de comunicación de masas, en la publicidad, en la ficción y en la información nunca se habla de un “nosotros” colectivo, sino de un “tú y yo para siempre”. El amor se canaliza hacia la individualidad porque, como bien sabe el poder, es una fuerza energética muy poderosa. Jesús y Gandhi expandieron la idea del amor como modo de relacionarse con la naturaleza, con las personas y las cosas, y tuvieron que sufrir las consecuencias de la represión que el poder ejerció sobre ellos”; como al patriarcado: “El patriarcado se arraiga aún con fuerza en nuestra cultura, porque los cuentos que nos cuentan son los de siempre, con ligeras variaciones. Las representaciones simbólicas siguen impregnadas de estereotipos que no liberan a las personas, sino que las constriñen; los modelos que nos ofrecen siguen siendo desiguales, diferentes y complementarios, y nos seguimos tragando el mito de la media naranja y el de la eternidad del amor romántico, que se ha convertido en una utopía emocional colectiva impregnada de mitos patriarcales”. Vemos aquí todo un ejemplo -evidente y demostrativo-, más allá de los aspectos puramente materiales –relacionados con la estructura económica de la sociedad: diferencias de trato en el marco de las relaciones laborales, desvalorización cultural del trabajo femenino, etc.- de esa relación interdependiente entre patriarcado y capitalismo de la que hablábamos al principio de este capítulo, que, entre otras cosas, se expresa mediante cuestiones directamente relacionadas con el sentido y el sinsentido de la vida.
La mitología socio-cultural que fundamenta y sustenta el modelo de relaciones de pareja que se establece como hegemónico y mayoritario socialmente, aquel que fija lo que tales relaciones “deben ser” según lo que es mayoritariamente aceptado y validado socialmente, es funcional a una misma vez para el normal funcionamiento del sistema capitalista y para el patriarcado, permitiendo la reproducción y sostenimiento, el no cuestionamiento, en ambos casos, del orden de relaciones de poder, el estatus quo, que le es propio. Además haciéndolo como una cuestión que se vincula directamente con el sentido de la vida, como expresión de esa aparente pluralidad de “alternativas de sentido” que en realidad tiende a adoptar la forma de un pensamiento único hegemonizado. Mientras decaen los grandes sistemas religiosos y los bloques ideológicos como el anarquismo y el comunismo, dice Coral, el amor –entendido a la manera mencionada-, en cambio, se ha erigido en una solución total al problema de la existencia, el vacío y la falta de sentido: “el amor es para los enamorados como una isla o una burbuja, un refugio o un lugar exótico, una droga, una fiesta, una película o un paraíso: siempre se narran las historias amorosas como situadas en lugares excepcionales, en contextos especiales, como suspendidas en el espacio y el tiempo. El amor en este sentido se vive como algo extraordinario, un suceso excepcional que cambia mágicamente la relación de las personas con su entorno y consigo mismas”.
El amor romántico se convierte así en una forma de vida, una creencia, una ilusión, capaz de llenar de sentido, esperanzas y expectativas la vida de las personas, y especialmente la de las mujeres, pero que esconde un evidente peligro cuando se pone en práctica sin pararse a reflexionar sobre la forma en que hemos desarrollado dicha creencia y lo que ella implica en una sociedad como la nuestra. Desde la frustración existencial a la violencia de género en sus versiones más dramáticas y sangrientas, el amor romántico, entendido a la manera tradicional, fácilmente puede convertirse de sueño a pesadilla, de utopía a distopía. Conviene no olvidarlo. Lo que el sistema ha hegemonizado como “natural” esconde serios peligros que no deben dejar de ser visibilizados y alertados. Aunque eso genere que uno tenga que pensar sobre aquellas cuestiones que siempre ha creído que son meramente irracionales, como el amor o los sentimientos, y que ya vemos que, en realidad, no siempre lo son tanto. La expresión de una emoción suele ser irracional, la forma en que hemos aprendido a desarrollar y vivir esa emoción, no tanto: más bien lo contrario. Y, en consecuencia, pensando sobre ello también podremos hacer algunos cambios al respecto.
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Anonymous “interviene” la web del ayuntamiento cuyo alcalde calificó como “puta barata podemita” a portavoz del PSOE


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Como recordareis el alcalde (PP) de la localidad conquense Villares del Saz calificó como “puta barata podemita” a la portavoz del PSOE de Castilla-La Mancha, Cristina Maestre.  Surgieron expresiones de repudio, comunicados y exigencias de expulsión.
No obstante, hace pocas horas Anonymous (@La9deAnon) ha intervenido la web del ayuntamiento de Villarez del Saz. Seguid leyendo y vereis el resultado…

MENSAJE DE @La9deAnon
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La rapidez en la inhabilitación por parte de los administradores del Hosting de la web de Villares del Saz a través del panel de Plesk, casi simultaneamente al deface desde el panel de la web, ha hecho que muchas no hayan tenido la oportunidad de leer la mierda que le escribimos al otro mierda del alcalde. Reproducimos aquí el texto a pesar no ser ninguna obra de arte de la literatura, pero ¡que coño!, se lo hemos escrito con mucho, mucho, cariño.
No te enfades José Luis, jódete.
(Como siempre, no hemos roto nada. Hemos añadido cosas y cesado al equipo municipal. La web se puede restablecer sin mayor problema y no hemos metido ningún troyano ni herramienta del HackingTeam. Tranquis, chicarronas del CNI y maderos del ministro meapilas.)
Inglorious /b/asterds La9
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CARTA DEL ALCALDE A TODOS LOS VILLARENSES (Con la ayuda de La 9 de Anonymous)
Queridos amigos y administrados:
Lo reconozco. Soy un bocazas y un gilipollas sin remedio y tengo una deuda con todos vosotros (me dirijo a vosotros en masculino porque el lenguaje no sexista huele a rojo y a poco hombre).
Vale que haya llamado “puta barata podemita” a una del PSOE y eso me haya hecho famoso, pero ¡cojones!,no es para tanto.y en el @PPopular sabemos que estos rojoa asquerosos no merecen otra cosa que nuestro desprecio y no creo que por dirigirme a esta señora de un modo humorístico sea para armar tanto jaleo.
Ya he dicho que lo siento y que he confundido los términos. Lo de puta se me escapó y lo de barata fue una equivocación, pero PODEMITA ES, eh!.
Nos tachan de fascistas pero somos patriotas que protegemos la patria de las huestes del tio de la coleta. Estamos orgullosos de levantar nuestros brazos con porte marcial.
Villarenses:
¡¡ARRIBA ESPAÑA!!¡¡VIVA RAJOY!!¡¡ABAJO LOS PODEMITAS!!
[Imagen]http://www.foroporlamemoria.info/wp-content/uploads/2013/06/pp-facha.jpg
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En serio, Jose Luis, eres el tiparraco más patético que hemos visto en mucho tiempo.
No solemos dedicar nuestro valioso tiempo a meternos en webs de ayuntamientos pequeños pero es que, ¡mierda!, nos lo has puesto a huevo.
Quede este acto “terrorista” en el curriculum de tu patética administración de este bonito pueblo manchego.
Tus conciudadanos no merecen un impresentable de alcalde.
La 9 de Anonymous
Inglorious /b/asterds
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Vivimos una política sin sexo y sin cuerpo

Por Mabel Franco Ortega



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Estudio sobre homofobia que, del lado que pregunta, tiene a la mariconada, y del lado que responde, a los senadores y diputados.
“No hay libertad política si no hay libertad sexual”. Éste podría ser el texto de un grafiti estupendo, sólo que esta vez, en lugar de interpelar desde algún muro urbano, se erigirá a la manera de un aparato radiográfico dentro de la Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia. Hasta allí serán invitados a trasladarse diputados y senadores, uno por uno, para responder a una entrevista y un cuestionario que les serán formulados por integrantes del colectivo feminista Mujeres Creando.
El estudio con aire de grafiti es una propuesta del grupo que tiene en María Galindo a su rostro más visible y que ha merecido el respaldo, conquistado La barricada mediante, del vicepresidente Álvaro García Linera. Las entrevistadoras tienen ya una oficina en el segundo piso de la Vicepresidencia. Allí están instaladas cámaras, grabadoras y otros instrumentos con los que se registrarán los encuentros.
El objeto de estudio son, pues, los asambleístas. “Hay que reconocer la enorme variedad de personas que hay en esta institución: de edades, regiones, orígenes culturales, de clase… es una melcocha total, con historias de cada uno ¡inimaginables!”. Lo que hace prever resultados interesantes y reveladores. ¿En qué sentido? Pues en cuanto a homofobia, una forma de discriminación en Bolivia más fuerte que el racismo, a decir de la activista.
Las preguntas serán la clave para disponer de una radiografía certera. Y en formularlas se ha volcado toda la experiencia y la creatividad de Mujeres Creando.

María Galindo: “En Bolivia vivimos una política sin sexo y sin cuerpo”
Cuerpo es política
Para que se vayan aclarando las ideas en torno del estudio y su intención vale la pena decir lo que no es: “No es una encuesta. No es una inquisición al revés, no es una requisa. No pretende concluir cuán homofóbicos son los asambleístas o qué porcentaje de estos lo son, pues tal información no nos llevaría a nada”.
María explica que se trata de un estudio político, cuyo objetivo es darle ese rango al cuerpo, a la sexualidad. “El discurso de la sexualidad, del cuerpo, está ausente en la política boliviana. En el país podemos hablar de identidades culturales, de religiones, de reivindicaciones sectoriales, de soberanías, de recursos, de ecología… pero no estamos dispuestos a abrir el cuerpo”. Y como feministas, “sabemos que el cuerpo es el primer lugar de la política”.
“La homofobia -dice la activista- es un conjunto de creencias muy sólidas; la persona homofóbica está convencida de sus posturas, además de que está en el lugar de lo correcto, de la normalidad. Por eso nos interesa indagar en la estructura de esas creencias, en los miedos a la diferencia, porque ése es el mecanismo para desestructurar”.
La entrevista durará 20 minutos y se espera, “tenemos la osadía para ello”, que participen los 332 diputados y senadores, incluidos los suplentes. Aun en el caso de que algunos se excusen, el estudio pretende contar con no menos del 70%. Para ello es esencial la circular oficial que García Linera ha prometido elaborar, solicitando a los asambleístas colaborar con un trabajo que se estará desarrollando desde la propia Vicepresidencia.
Para entrevistar estará el equipo de Mujeres Creando: hay quienes lo harán en castellano, aymara y quechua, hay maestras, indígenas, chotas, birlochas, un poco de todo. “Y nos hemos abierto también a la mariconería boliviana. Hay mucha desorientación y falta de madurez política en el mundo llamado gay que malcopia las demandas de movimientos de cualquier parte del mundo y se muestra incapaz de inventar un nombre propio o de abrirse horizontes. Este estudio sí que es un horizonte propio y por eso invitamos a quien desee aprender”.

graffiti de Mujeres Creando-
Homofobia y otros laberintos
María aclara que el respaldo del Vicepresidente no tiene que ver con favores ni simpatías mutuas, sino con los argumentos que Mujeres Creando le presentó en sentido de que “la Ley Contra el Racismo y Toda Forma de Discriminación no está funcionando”. Y que eso pasa “porque el Poder Judicial está saturado, porque lo punitivo en el campo de la homofobia no es un instrumento transformador, porque las únicas demandas que están prosperando son las que eleva quien tiene poder…”.
El estudio se presenta así como una herramienta para echar luces sobre una realidad muy compleja: la homofobia, sí, pero también el racismo y el machismo y otras formas de discriminación. “Tienen la misma estructura, funcionan como primos hermanos; un homofóbico casi con seguridad es un machista y un racista”.
María tiene la hipótesis de que al poner en evidencia esa estructura, mediante un análisis cualitativo de las respuestas de los asambleístas, será posible mostrar cuán chuta, cuán simplona y hasta ridícula es la ley boliviana frente a la gravedad del problema y cómo se ha tomado el camino fácil del castigo. Y se podrá pensar en qué hacer que sea más efectivo; “enfrentarlo con un sentido transformador, pedagógico”.
Abrir cajas negras
Ciudadanos más devaluados que el marica, la lesbiana, la trans no hay en la sociedad boliviana, repite María. Por eso, la mariconada “es el interlocutor perfecto para valorar las construcciones sociales; ésa es la trascendencia del estudio”.
El Vicepresidente lo entendió así;  lo único que debe es la circular. María reflexiona: “Le debe estar costando emitirla por el temor a que le digan que es maricón al auspiciar un estudio de homofobia; y va a pasar. Así de inquisitorial y persecutorial es esta sociedad”.
Por ello mismo, los resultados seguramente interesarán a mucha más gente que a la mariconada. La sexualidad “nos constituye en muchos sentidos; cuando hablas de homofobia hablas de tu sexualidad, no del rechazo a la sexualidad del otro, sino de tu sexualidad y el conjunto de contenidos es muy grande”.
Tan grande, que también ese estudio podrá ayudar a entender por qué se frenan leyes para despenalizar el aborto, por qué modificar el Código de Familia ha sido tan duro, por qué en un país cuyo marco constitucional le hace declararse antidiscriminatorio, con vocación de respeto por los DDHH, cualquier diputado o senador, cuando se trata del cuerpo, vota en base de convicciones personales, religiosas, culturales que nada tienen que ver con la Constitución que tanto ha costado construir. Y entonces mujeres, niños, niñas, adolescentes, mariconería “pasamos a ser víctimas de unos valores por los que no has votado, de unos sujetos a los que delegaste poder y que resultan ser una caja negra de misterios y convicciones”.
Crowdfunding
La entrevista y el cuestionario serán registrados en video y audio, además de que se transcribirán y analizarán en un libro. El material así completo será publicado con una calidad, dice María, que amerite la originalidad de esta iniciativa.
Para lograr la publicación es que se necesitará de recursos, porque, por lo demás, se cuenta con el voluntariado de Mujeres Creando. Un crowdfunding (micromecenazgo) se ha puesto en marcha, todavía con bajo perfil, pero la respuesta es positiva.
http://www.paginasiete.bo/ideas/2015/7/26/vivimos-politica-sexo-cuerpo-64238.html

Una versión impresa salió en el diario Página Siete:

Modificado por última vez en 27/07/2015

miércoles, 29 de julio de 2015

Apuntes introductorios sobre el ecofeminismo.

Resumen: El Ecofeminismo se presenta como una categoría de análisis que integra las sinergias del ecologismo y del feminismo. De esta confluencia surge con fuerza una filosofía y una práctica que defiende un cambio de modelo social que respete las bases materiales que sostienen la vida.

Palabras clave: Ecofeminismo, Ecodependencia, Interdependencia

Abstract: Ecofeminism appears as a category of analysis that integrates the synergies of ecologism and feminism. From this confluence a philosophy and practice strongly emerge that defend change towards a social model that respect the material foundations that support life.

Keywords: Ecofeminism, Ecodependence, Interdependence

El Ecofeminismo es una corriente de pensamiento y un movimiento social que explora los encuentros y posibles sinergias entre ecologismo y feminismo. A partir de este diálogo, pretende compartir y potenciar la riqueza conceptual y política de ambos movimientos, de modo que el análisis de los problemas que cada uno de los movimientos afronta por separado gana en profundidad, complejidad y claridad (Puleo, 2011)Es una filosofía y una práctica que defiende que el modelo económico y cultural occidental se ha desarrollado de espaldas a las bases materiales y relacionales que sostienen la vida y que “se constituyó, se ha constituido y se mantiene por medio de la colonización de las mujeres, de los pueblos “extranjeros” y de sus tierras, y de la naturaleza” (Shiva y Mies, 1997:128).
La primera vez que aparece el término ecofeminismo es en 1974 con la publicación del libro Feminismo o la muerte de Francoise D´Eaubounne. Ella apuntaba que existía una profunda relación entre la sobrepoblación, la devastación de la naturaleza y la dominación masculina y que para salir de la espiral suicida de producción y consumo de objetos superfluos y efímeros, de la destrucción ambiental y la alienación del tiempo propio, era preciso cuestionar la relación entre los sexos. (Cavana, Puleo y Segura, 2004). Para D´Eaubounne, el control del propio cuerpo es el comienzo del camino no consumista, ecologista y feminista.

Este primer ecofeminismo no despertó gran interés en Francia, pero sí encontró cierto eco en Norteamérica y en Australia, por ejemplo en el trabajo de Ynestra King que realiza un interesante análisis de las diferentes relaciones de dominación interconectadas y la posición histórica de las mujeres respecto a esa dominación.

Igualmente, durante la década de los setenta tenían lugar en varios países de la periferia manifestaciones públicas de mujeres en defensa de la vida. La más emblemática fue la del movimiento Chipko, en la India. También en el mundo anglosajón se desarrollaban numerosas actividades feministas pacifistas impulsadas por el vínculo entre las mujeres y la defensa de la vida. Así por ejemplo, las manifestantes de Greenham Common ejercieron una gran presión alrededor de las bases de misiles y centros de investigación militar, organizado actos no violentos, como el tejido de redes con las que cerrar las entradas de abastecimiento.

Estos movimientos fueron abordando la problemática de las relaciones entre las personas y con la naturaleza desde visiones muy diferentes, originando varias corrientes que nos obligan a hablar de ecofeminismos. Simplificando mucho la variedad de propuestas ecofeministas, se podría hablar de dos corrientes: ecofeminismos esencialistas y ecofeminismos constructivistas (Cavana, Puleo y Segura, 2004).

Los ecofeminismos de corte esencialista, denominados también clásicos, entienden que las mujeres, por su capacidad de parir, están más cerca de la naturaleza y tienden a preservarla. Esta corriente tiene un enfoque ginecocéntrico y esencialista que encontró un fuerte rechazo en el feminismo de la igualdad, que renegaba la vinculación natural que había servido para legitimar la subordinación de las mujeres a los hombres. Las ecofeministas clásicas otorgan un valor superior a las mujeres y a lo femenino y reivindican una “feminidad salvaje”. Consideran a los hombres como cultura, en el sentido roussoniano al hablar de la cultura como de degradación del buen salvaje. Este ecofeminismo presenta una fuerte preocupación por la espiritualidad y el misticismo y defiende la idea de recuperar el matriarcado primitivo.

Este primer ecofeminismo pone en duda las jerarquías que establece el pensamiento dicotómico occidental, revalorizando los sujetos antes despreciados: mujer y naturaleza. Las primeras ecofeministas denunciaron los efectos de la tecnociencia en la salud de las mujeres y se enfrentaron al militarismo, a la nuclearización y a la degradación ambiental, interpretando éstos como manifestaciones de una cultura sexista. Petra Kelly es una de las figuras que lo representan.
A este primer ecofeminismo, crítico de la masculinidad hegemónica, siguieron otros propuestos principalmente desde el Sur. Algunos de ellos consideran a las mujeres portadoras del respeto a la vida. Acusan al “mal desarrollo” occidental de provocar la pobreza de las mujeres y de las poblaciones indígenas, víctimas primeras de la destrucción de la naturaleza. En esta amplia corriente encontramos a Vandana Shiva, María Mies o a Ivonne Guevara.

Críticos con el esencialismo del ecofeminismo clásico, surge el ecofeminismo constructivista. Desde este enfoque, se defiende que la estrecha relación entre mujeres y naturaleza se sustenta en una construcción social. Es la asignación de roles y funciones que originan la división sexual del trabajo, la distribución del poder y la propiedad en las sociedades patriarcales, las que despiertan esa especial conciencia ecológica de las mujeres. Este ecofeminismo denuncia la subordinación de la ecología y las relaciones entre las personas a la economía y su obsesión por el crecimiento.

En esta línea, Bina Agarwal (Agarwal, 1996) señala que el papel de las mujeres en la defensa de la naturaleza es importante porque son las que se preocupan por el aprovisionamiento material y energético, no porque les guste particularmente esa tarea ni por predisposición genética, sino porque son ellas las que están obligadas a garantizar las condiciones materiales de subsistencia.
Sin restar valor a muchas de las aportaciones, análisis y luchas sociales que se han derivado de los ecofeminismos de corte esencialista, esta introducción se sitúa en un ecofeminismo constructivista. Este ecofeminismo es deudor de todos los campos de pensamiento en los que el feminismo ha deconstruido muchos de los dogmas dominantes, mostrando que existen formas de entender la historia, la economía, la ordenación del territorio, la politología, o la vida cotidiana que pueden permitir construir otras formas de relación y organización emancipadoras para todas las personas.
A pesar de las diferencias de enfoques, todos los ecofeminismos comparten la visión de que la subordinación de las mujeres a los hombres y la explotación de la Naturaleza son dos caras de una misma moneda y responden a una lógica común: la lógica de la dominación y del sometimiento de la vida a la lógica de la acumulación.

Un ecofeminismo crítico y constructivista.

El ecofeminismo somete a revisión conceptos clave de nuestra cultura: economía, progreso, ciencia… Considera que estas nociones hegemónicas han mostrado su incapacidad para conducir a los pueblos a una vida digna. Por eso es necesario dirigir la vista a un paradigma nuevo que debe inspirarse en las formas de relación practicadas por las mujeres.

Desde los puntos de vista filosófico y antropológico, el ecofeminismo permite reconocernos, situarnos y comprendernos mejor como especie, ayuda a comprender las causas y repercusiones de la estricta división que la sociedad occidental ha establecido entre Naturaleza y Cultura, o entre la razón y el cuerpo; permite intuir los riesgos que asumen los seres humanos al interpretar la realidad desde una perspectiva reduccionista que no comprende las totalidades, simplifica la complejidad e invisibiliza la importancia material y simbólica de los vínculos y las relaciones para los seres humanos.

Desarrolla una mirada crítica sobre el actual modelo social, económico y cultural y proponen una mirada diferente sobre la realidad cotidiana y la política, dando valor a elementos, prácticas y sujetos que han sido designados por el pensamiento hegemónico como inferiores y que han sido invisibilizados.

Posiblemente todos los ecofeminismos estén de acuerdo con King, cuando afirma que: “desafiar al patriarcado actual es un acto de lealtad hacia las generaciones futuras y la vida, y hacia el propio planeta.” (Agra, 1997)

Desde parte del movimiento feminista, el ecofeminismo se ha percibido como un posible riesgo, dado el uso histórico que el patriarcado ha hecho de los vínculos entre mujer y naturaleza (Cavana, Puleo y Segura, 2004). Esta relación impuesta se ha usado como argumento para mantener la división sexual del trabajo. En la misma línea advierte Celia Amorós contra lo que ella denomina la práctica de una “moral de agravios” (Amorós, 1985) con respecto a las mujeres.

Esta moral de agravios, para Amorós, se produce cuando lo que se pide y se exige no es el cambio de estatus de las mujeres, sino simplemente el respeto y consideración a las tareas que ellas realizan. Para un ecofeminismo constructivista, no se trataría de exaltar lo estereotipado como femenino, de encerrar a las mujeres en un espacio reproductivo, aun cuando fuese visible, negándoles el acceso al espacio público. Tampoco se trata de responsabilizarles en exclusiva de la ingente tarea del cuidado del planeta y la vida. Se trata de hacer visible el sometimiento, señalar las responsabilidades y corresponsabilizar a hombres y mujeres en el trabajo de la supervivencia.

Si el feminismo ha denunciado cómo la naturalización de la mujer ha servido para legitimar el patriarcado, el ecofeminismo plantea que la alternativa no consiste en desnaturalizar a la mujer, sino en “renaturalizar” al hombre, ajustando la organización política, relacional, doméstica y económica a las condiciones materiales que posibilitan la existencia. Una “renaturalización” que exige un cambio cultural que convierta en visible la ecodependencia para mujeres y hombres (Herrero y otros, 2006).

Algunas bases conceptuales.

No pretende este epígrafe agotar la amplitud de temas que forman parte de la preocupación del ecofeminismo, como son la deconstrucción y reconstrucción de las miradas emancipadoras, la conciencia crítica de la tecnología y la ciencia, la crítica al mito del progreso indefinido, la bioética, el culto al trabajo, la producción, o la concepción de riqueza hegemónica.

En este avance, solamente van a ser abordados aquellos que forman parte del diálogo que establece la economía ecológica con la economía feminista.

El ecofeminismo denuncia cómo los ciclos vitales humanos y los límites ecológicos quedan fuera de las preocupaciones de la economía convencional. Esta denuncia trastoca las bases fundamentales del paradigma económico capitalista.

Contribuye a desmantelar el artificio teórico que separa humanidad de naturaleza; establece la importancia material de los vínculos y las relaciones; se centra en la imanencia y vulnerabilidad de los cuerpos y la vida humana; y otorga papel esencial a la producción y a la reproducción como elementos indisociables del proceso económico.

Una economía que crece de espaldas a la ecodependencia y a la interdependencia.

La vida de las personas tiene dos insoslayables dependencias: la que cada persona tienen de la naturaleza y la de otras personas.

Los seres humanos obtenemos lo que precisamos para estar vivos de la naturaleza: alimento, agua, cobijo, energía, minerales… Por ello, decimos que somos seres ecodependientes: somos naturaleza. Sin embargo, a pesar de la evidente dependencia que las personas tenemos de la Naturaleza, el ser humano en las sociedades occidentales ha elevado una pared simbólica entre él y el resto del mundo vivo, creando un verdadero abismo ontológico entre la vida humana y el planeta en el que ésta se desenvuelve.

La idea de progreso se relaciona, en muchas ocasiones, con la superación de aquello que se percibe como un límite. La dominación sobre la naturaleza toma cuerpo en la obsesión por eliminar los obstáculos que impidan la realización de cualquier deseo. Cualquier límite que impida avanzar en este dominio se presenta como un reto a superar. La modificación de los límites de la naturaleza ha sido vivida como una muestra de progreso. En la cara oculta de la superación de los límites se sitúa la destrucción, agotamiento o deterioro de aquello que necesitamos para vivir.

Pero además, cada ser humano presenta una profunda dependencia de otros seres humanos. Durante toda la vida, pero sobre todo en algunos momentos del ciclo vital, las personas no podríamos sobrevivir si no fuese porque otras dedican tiempo y energía a cuidar de nuestros cuerpos. Esta segunda dependencia, la interdependencia, con frecuencia está más oculta que la anterior.

En las sociedades patriarcales, quienes se han ocupado mayoritariamente del trabajo de atención y cuidado a necesidades de los cuerpos vulnerables, son mayoritariamente las mujeres, porque ese es el rol que impone la división sexual del trabajo en ellas. Este trabajo se realiza en el espacio privado e invisible de los hogares, organizado por las reglas de institución familiar.

Si no se politiza el cuerpo y su vulnerabilidad, no podemos ver la centralidad del trabajo de quienes se ocupan del mantenimiento y cuidado de los cuerpos vulnerables ni la necesidad de que el conjunto de la sociedad, y por supuesto los hombres, se responsabilicen de estas tareas. En las sociedades occidentales cada vez es más difícil reproducir y mantener la vida humana, porque el bienestar de las personas encarnadas en sus cuerpos no es una prioridad (Carrasco 2009).

Asumir la finitud del cuerpo, su vulnerabilidad y sus necesidades, es vital para comprender la esencia interdependiente de nuestra especie, para situar la reciprocidad, la cooperación, los vínculos y las relaciones como condiciones sine qua non para ser humanidad.
La ignorancia de estas dependencias materiales (eco e interdependencia) se traduce en la noción de producción y de trabajo que maneja la economía convencional y que ha contribuido a alimentar el mito del crecimiento y la fantasía de la individualidad. El ecofeminismo, al analizarlas conjuntamente, ayuda a comprender que la crisis ecológica es también una crisis de relaciones sociales.
Una producción que no tiene en cuenta el sostenimiento de la vida.

La reducción del valor a lo exclusivamente monetario configura aquello que forma parte del campo de estudio económico. Esta reducción expulsa del campo de estudio de la economía a la complejidad de la regeneración natural y todos los trabajos humanos que no forma parte de la esfera mercantil. Sin ser contabilizados por la vara de medir del dinero, pasan a ser invisibles. La producción pasa a ser exclusivamente aquella actividad en la que se produce un aumento del excedente social medido exclusivamente en términos monetarios.

Razonar exclusivamente en el universo abstracto de los valores monetarios ha cortado el cordón umbilical que une la naturaleza y la reproducción cotidiana de la vida con la economía. Hemos llegado al absurdo de utilizar un conjunto de indicadores que, no solamente no cuentan como riqueza bienes y servicios imprescindibles para la vida, sino que llegan a contabilizar la propia destrucción como si fuera riqueza.

Desde el punto de vista ecofeminista, la producción tiene que ser una categoría ligada al mantenimiento de la vida y al bienestar de las personas (Pérez Orozco 2007), es decir, lo producido, debe ser algo que permita satisfacer necesidades humanas con criterios de equidad. Hoy, se consideran como producciones la obtención de artefactos o servicios que son socialmente indeseables desde el punto de vista de las necesidades y del deterioro ecológico. Igualmente, se considera como producción lo que es simplemente extracción y transformación de materiales finitos preexistentes. Distinguir entre las producciones socialmente necesarias y las socialmente indeseables es imprescindible y los indicadores monetarios al uso (como el Producto Interior Bruto) no permiten discriminar entre ambas.

Al visibilizar la dependencia de la economía de la naturaleza y de los trabajos ligados al cuidado de la vida humana, se derrumban las fronteras entre la producción y la reproducción, socavando de esta manera el patriarcado capitalista.

Una mirada ecofeminista sobre el concepto de trabajo.

La noción de trabajo acuñada en las sociedades industriales se reduce a la tarea que se realiza en la esfera mercantil a cambio de un salario. Todas las funciones que se realizan en el espacio de producción doméstica de forma no remunerada, aunque garantizan la reproducción social y el cuidado de los cuerpos pasan a no ser nombradas, aunque obviamente siguen siendo imprescindibles y explotables, tanto para garantizar la supervivencia como para fabricar una "mercancía" muy especial: la mano de obra (Carrasco 2009).

La nueva economía transformó el trabajo y la tierra en mercancías y comenzaron a ser tratados como si hubiesen sido producidos para ser vendidos. Pero ni la tierra ni el trabajo son mercancías porque, o no han sido producidas – como es el caso de la tierra – o no han sido producidas para ser vendidas – como es el caso de las personas. Polanyi advierte que esa ficción resultaba tan eficaz para la acumulación y la obtención de beneficios como peligrosa para sostener la vida humana. Se puede entender el alcance de esta Gran Transformación si se recuerda que "trabajo no es más que un sinónimo de persona y tierra no es más que un sinónimo de naturaleza(Polanyi 1992)

La nueva noción del trabajo exigió hacer el cuerpo apropiado para la regularidad y automatismo exigido por la disciplina del trabajo capitalista (Federeci 2010). El cuerpo se convierte en una maquinaria de trabajo, fortaleciendo las nociones previas que la Modernidad había asentado. La regeneración y reproducción de esos cuerpos no son responsabilidades de la economía que se desentiende de ellas, relegándolas al espacio doméstico. Allí, fuera de la mirada pública, las mujeres se ven obligadas a asumir esas funciones desvalorizadas a pesar de que sean tan imprescindibles tanto para la supervivencia digna como para la propia reproducción de la producción capitalista(Carrasco 2009)Desde este punto de vista, podemos defender que las mujeres efectúan una mediación con la naturaleza en beneficio de los hombres.

Mies propone reformular el concepto de trabajo definiéndolo como aquellas tareas dedicadas a la producción de vida. Cristina Carrasco(Carrasco, 2001) profundiza estas propuesta cuando señala que es preciso reorganizar todos los trabajos y corresponsabilizar a los hombres y al conjunto de la sociedad de esos trabajos que han realizado a lo largo de la historia las mujeres. Se trata de un trabajo repetitivo y cíclico intensivo en tiempo, que libera a los hombres - y a algunas mujeres - para hacer trabajos menos esenciales y en muchas ocasiones dañinos para las propias personas y para la naturaleza. De esta forma, se plantea también la ruptura de la dicotomía que separa el trabajo reducido al empleo, del resto de los trabajos que sostienen cotidianamente la vida.

Desde este punto de vista, el trabajo sólo puede ser productivo en el sentido de producir excedente económico mientras pueda obtener, extraer, explotar y apropiarse trabajo empleado en producir vida o subsistencia. La producción de vida es una precondición para la producción mercantil. El trabajo de las mujeres es esencial para producir las propias condiciones de producción. Por ello, el capitalismo no puede mantenerse sin el patriarcado.

La valorización del cuidado lleva a la economía feminista a acuñar la idea de sostenibilidad de la vida humana (Carrasco, 2001) bajo un concepto que representa un proceso histórico complejo, dinámico y multidimensional de satisfacción de necesidades que debe ser continuamente reconstruido, que requiere de recursos materiales pero también de contextos y relaciones de cuidado, proporcionados éstos en gran medida por el trabajo no remunerado realizado en los hogares.
En nuestra opinión, este concepto se relaciona dentro de la idea más amplia de sostenibilidad ecológica y social. De acuerdo con Bosch,Carrasco y Grau (2005:322) entendemos la sostenibilidad:


Como proceso que no sólo hace referencia a la posibilidad real de que la vida continúe –en términos humanos, sociales y ecológicos–, sino a que dicho proceso signifique desarrollar condiciones de vida, estándares de vida o calidad de vida aceptables para toda la población. Sostenibilidad que supone, pues, una relación armónica entre humanidad y naturaleza, y entre humanas y humanos. En consecuencia, será imposible hablar de sostenibilidad si no va acompañada de equidad



Recomponiendo un espacio seguro de vida para la humanidad desde el ecofeminismo.

Las dimensiones ecológica y feminista son imprescindibles para transformar la concepción y la gestión del territorio y para reorganizar los tiempos de la gente... Sin ellas, es imposible alumbrar un modelo compatible con la biosfera y que trate de dar respuesta a todas las diferentes formas de desigualdad. Se esbozan a continuación, de una forma somera, algunas pautas imprescindibles para orientar desde una perspectiva ecofeminista las transiciones hacia un modelo económico, cultural y político que permita la sostenibilidad de la vida humana.

El punto de partida es la inevitable reducción de la extracción y presión sobre los ciclos naturales. En un planeta con límites, ya sobrepasados, el decrecimiento de la esfera material de la economía global no es tanto una opción como un dato. Esta adaptación puede producirse mediante la lucha por el uso de los recursos decrecientes o mediante un proceso de reajuste decidido y anticipado con criterios de equidad.

Una reducción de la presión sobre la biosfera que se quiera abordar desde una perspectiva que sitúe el bienestar de las personas como prioridad, obliga a plantear un radical cambio de dirección. Obliga a promover una cultura de la suficiencia y de la autocontención en lo material, a apostar por la relocalización de la economía y el establecimiento de circuitos cortos de comercialización, a restaurar una buena parte de la vida rural, a disminuir el transporte y la velocidad, a acometer un reparto radical de la riqueza y a situar la reproducción cotidiana de la vida y el bienestar en el centro del interés.

La economía convencional valora exclusivamente la economía del dinero y formaliza la abstracción del Homo economicus como sujeto económico (My economy). Frente a esta concepción, el ecofeminismo se centra en la “We economy”, una economía centrada en la satisfacción de las necesidades colectivas. Se trata de buscar nuevas formas de socialización, de organización social y económica que permitan librarse de un modelo de desarrollo que prioriza los beneficios monetarios sobre el mantenimiento de la vida.

Abandonar la lógica androcéntrica y biocida obliga a responder a las preguntas ineludibles: ¿Qué necesidades hay que satisfacer para todas las personas? ¿Cuáles son las producciones necesarias y posibles para que se puedan satisfacer? ¿Cuáles son los trabajos socialmente necesarios para ello?
Responder a estas preguntas implica el cambio radical de la economía, de la política y de la cultura. Se trata por tanto de abordar un proceso de reorganización del modelo productivo y de todos los tiempos y trabajos de las personas.

Abordar esta transición con criterios de equidad, supone abordar la redistribución y reparto de la riqueza, así como una reconceptualización de la misma. En un planeta físicamente limitado, en el que un crecimiento económico ilimitado no es posible, la justicia se relaciona directamente con la distribución y reparto de la misma. El acceso a niveles de vida dignos de una buena parte de la población pasa, tanto por una reducción drástica de los consumos de aquellos que más presión material ejercen sobre los territorios con sus estilos de vida.

El ecofeminismo, poco a poco, va calando en los análisis de otros movimientos sociales y políticos. Creemos que esta mirada resulta imprescindible para realizar un análisis material completo del metabolismo social y establecer diagnósticos más ajustados sobre la crisis civilizatoria. Esta mirada es central para ayudar a diseñar las transiciones necesarias hacia una sociedad más justa y compatible con los límites de la naturaleza.


Lecturas y recursos Web recomendados


Autora: Yayo Herrero López (FUHEM)