RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

sábado, 3 de agosto de 2019

Mujeres atrevidas en tiempos del nazismo



Rubén A. Arribas
CTXT

El exilio de las mujeres atrevidas, de Robert Cohen, retoma la mejor tradición de la novela política para documentar los asesinatos de tres militantes comunistas por los nazis

 
Olga Benario, Maria Osten y Ruth Rewald


¿Por dónde empezar a hablar de una novela política de casi 600 páginas tan imponente como El exilio de las mujeres atrevidas ? Quizá por explicar que leerla es una experiencia literaria casi olvidada hoy: exige tiempo, paciencia y esfuerzo para moverse con soltura por el amplio territorio que recorre, el enorme fondo documental del que se nutre y las variadas maniobras narrativas que pone en juego. En realidad, exige tanto del lector porque contiene tres novelas en una; una por cada protagonista: Olga Benario, Maria Osten y Ruth Rewald, tres jóvenes militantes comunistas alemanas en la época del nazismo.

Eso sí, como todo buen libro, El exilio de las mujeres atrevidas ofrece algo sustancioso a cambio. A partir de un centenar de personajes que orbitaron –con mayor o menor cercanía– alrededor de Benario, Osten y Rewald, la novela construye una impresionante constelación histórica, política y cultural que nos permite conocer mejor cómo fue la aportación del comunismo alemán en la lucha contra el fascismo entre 1928 y 1942. En particular, en hechos tan relevantes como el alzamiento de Luiz Carlos Prestes en Brasil (1935), la Guerra Civil española o la organización de la intelectualidad en el exilio europeo.

El autor del libro, Robert Cohen (Zúrich, 1941) , vive desde 1980 en Estados Unidos. Allí se doctoró en Germanística con una tesis sobre la novela La estética de la resistencia, de Peter Weiss, un tema central en su carrera académica junto con la literatura alemana en el exilio o la vanguardia de izquierda en la República de Weimar. Asimismo, y relacionado con el tema de El exilio de las mujeres atrevidas (La Oveja Roja, 2018), Cohen ha publicado al menos dos libros más. Uno es El proceso Benario. Las actas de la Gestapo: 1936-1942 –inédito en España–, donde revisa más de 2.000 documentos oficiales sobre la activista alemana. El otro –inédito también– es la correspondencia que tuvieron Olga Benario y Luiz Carlos Prestes cuando ambos estuvieron encarcelados. Estamos, por tanto, ante la novela de un especialista en la materia.

Olga Benario, revolucionaria profesional

Olga Benario, Maria Osten y Ruth Rewald fueron asesinadas en 1942, cuando la mayor de ellas ni siquiera había cumplido aún los 36 años. Con la llegada de Hitler al poder en 1933, las tres se habían exiliado de su Alemania natal para no ser encarceladas por su condición de comunistas. Más adelante –tras la política de racialización nazi–, también fueron perseguidas debido a su origen judío. Benario falleció en la cámara de gas de Bernburg y Rewald, en la de Auschwitz; por su parte, Osten fue víctima de una purga estalinista y murió fusilada en Saratov del Volga. No fueron las únicas; como señala la novela, muchas otras mujeres alemanas de su generación, 1908, fueron ejecutadas debido a su militancia política (y no –o no solo– por su origen étnico).

Benario, Osten y Rewald encarnaron, además, un modelo de feminidad diferente. Las tres desempeñaron un trabajo y un papel político alejados de lo que socialmente se esperaba de ellas. De hecho, las tres tuvieron relaciones de pareja que se ajustaban más al amor libre que pregonaba Alexandra Kollontai –un referente intelectual para ellas– que a las convenciones e imperativos del amor burgués. Además, supieron abrirse paso con atrevimiento en un entorno donde, como subraya una compañera de militancia, casi todos eran varones y tenían más dinero, poder o fuerza que ellas. Un entorno que incluía, entre otros, a Bertolt Brecht, Mijail Koltsov, Lion Feuchtwanger, Alfred Kantorowicz, Claude Lévi-Strauss, Oscar Niemeyer o Jorge Amado.

Probablemente, Olga Benario sea la más conocida de las tres. Desde muy joven, dio muestras de tener dotes como estratega: con 20 años y una pistola descargada, entró en la oficina del juez de instrucción y liberó a su camarada y pareja Otto Braun , encarcelado por su actividad política prosoviética (ilegalizada desde 1923). Su acción fue muy comentada en los periódicos y terminó ocupando incluso un breve episodio en Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin. Braun y Benario huyeron a la URSS. Allí él se convirtió en el único extranjero que participó en la Larga Marcha en China y ella, en una agente de la Komintern capaz de montar a caballo, tirarse en paracaídas, conducir camiones o disparar.
EL EXILIO DE LAS MUJERES ATREVIDAS ES UN EJEMPLO DE PRIMERA MAGNITUD DE QUE LA NOVELA POLÍTICA Y LA LLAMADA ALTA LITERATURA PUEDEN IR DE LA MANO
En 1934, la Komintern le encargó a Benario una delicada misión: ser la guardaespaldas de Luiz Carlos Prestes. Exiliado en Moscú desde 1931, este revolucionario brasileño fue enviado de regreso a su país de manera clandestina para promover un alzamiento popular similar al que él mismo había liderado en 1924. El roce hizo el cariño, y Benario y Prestes terminaron formando una pareja. A finales de 1935, los acontecimientos se precipitaron y Prestes intentó derrocar al presidente Getúlio Vargas en circunstancias poco favorables. El fracaso del golpe conllevó su detención y la de Benario, que estaba embarazada; ella, meses después, sería deportada a Alemania, donde daría a luz a su hija, Anita, en la prisión femenina de Barnimstraße. Madre e hija estuvieron 14 meses juntas en la cárcel.

En condiciones normales, Anita hubiera ido al orfanato o hubiera sido asesinada por los nazis. Sin embargo, la madre de Prestes consiguió salvar a su nieta gracias a una intensa campaña de apoyo internacional y a su increíble tenacidad. Hoy aquella niña tiene 82 años y es una conocida historiadora brasileña: Anita Leocadia Prestes .

Maria Osten, la mujer que conectaba a todos

Maria Osten fue una joven escritora comprometida con el movimiento obrero que colaboró como lectora con la editorial berlinesa Malik. Dirigida por Wieland Herzfelde, esta editorial publicaba a rusos como Maxim Gorki, Ilyá Ehrenburg o Alexandra Kollontai a la par que joven literatura alemana. En esta última categoría figuraban entonces Joseph Roth o Anna Seghers, quienes compartían antología,24 nuevos narradores alemanes, con Maria Osten. Por las oficinas de Malik pasaron Bertolt Brecht, Walter Benjamin, Kurt Tucholsky o György Lukács. De todos ellos fue amiga o conocida Maria Osten, pieza clave a la hora de nuclear alrededor de la revista Das Wort a la intelectualidad en lengua alemana en el exilio.

Casi siempre a la sombra de sus parejas –el editor Herzfelde, el director de cine soviético Chervyakov, el todopoderoso periodista Mijail Koltsov o el actor y cantante Ernst Busch–, Osten tuvo una presencia activa en muchos de los escenarios relevantes de la guerra. En el Sarre francés –antes del referéndum de 1935– conoció al joven comunista Hubert L'Hoste, a quien llevó a la URSS y cuya historia terminaría contando en el propagandístico Hubert en el país de las maravillas. En París colaboró con Tristan Tzara, Louis Aragon o André Malraux en la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. En Moscú escribió para varios periódicos alemanes del exilio y acompañó a Feuchtwanger como traductora en su visita a la URSS (reunión con Stalin incluida...).

En su primer viaje a España, además de traducir y mecanografiar algunos textos para Koltsov, recorrió el frente y escribió artículos para el Deutsche Zentral Zeitung . En ellos habló del batallón de mujeres de Asturias, de Lina Odena o de los efectos de la guerra sobre los niños . Contra la opinión de la Pasionaria –que prefería que los niños se quedasen aquí–, en su primer viaje adoptó un bebé de año y medio que estaba en la Casa Provincial de Huérfanos y se lo llevó a Moscú. Eso sí, apenas tuvo tiempo para hacer de madre: el partido la envió de nuevo a España, esta vez a cubrir y apoyar la gira del cantante Ernst Busch por el frente. También participó en el congreso de escritores celebrado en Valencia. Al poco tiempo de regresar a la URSS, fue detenida y fusilada.

Ruth Rewald, una escritora infantil contra el fascismo

Ruth Rewald se licenció en Derecho y ejerció como trabajadora social. Su experiencia en el área de la asistencia juvenil fue definitiva a la hora de elegir su destino como escritora de libros infantiles y juveniles. A la vista de la rabia que sentían los chavales contra todo y de que leer Mi lucha de Hitler les habilitaba a creerse “una raza pura” y “darle palizas a los judíos y tirarse a sus mujeres”, se planteó escribir para ellos una literatura que combatiera esas ideas.Así nacieron libros como Rudi y su radio; Janko, el joven mexicano, o Tsao y Jing Lin: vida infantil en China, que obtuvieron buenos comentarios de intelectuales como Ernst Bloch o Walter Benjamin.

Fruto de su estancia de cuatro meses para ver la guerra civil en directo, Rewald escribió Cuatro jóvenes españoles . El libro está basado en la historia de Álvaro, Rodrigo, Pedro y Jerónimo, cuatro adolescentes que se pasaron a las Brigadas Internacionales en el frente de Peñarroya (Córdoba). Rewald supo de la historia gracias a su marido –un brigadista alemán– y comenzó a escribirla durante su estancia en el Hogar Infantil de la Moraleja (Madrid), donde conoció los estragos que estaba causando la guerra entre la población infantil. Terminó la novela en el otoño de 1938, pero no encontró editorial... El manuscrito estuvo desaparecido hasta 1987, año en que fue hallado en un archivo de la RDA y se publicó.

La vida de Rewald está llena de pequeñas historias que acontecen, sobre todo, en Francia. A través de su personaje vemos lo que ella llama “la desordenada topografía de la existencia en el exilio” y “la vida sin perspectivas de un emigrante”. Es decir: el desgaste inherente a tener que pelear a diario por legalizar la situación, encontrar un trabajo adecuado o soportar las humillaciones que dispensan una burocracia y una población poco empáticas, en general, ante la llegada de tantos extranjeros procedentes de Alemania, España y otros países europeos.

Al respecto, llama la atención que ni Rewald ni su marido lograran emigrar a Estados Unidos o Palestina, donde tenían familia. Lo intentaron hasta la extenuación, pero por diversas razones no consiguieron el apoyo o los permisos necesarios. Si lo hubieran conseguido, Rewald y su hija habrían podido evitar morir asesinadas por los nazis. Ni siquiera la familia francesa que cuidaba de su hija, los Renauds, tuvo opción alguna para salvar a la pequeña Anja: fue arrestada en 1944, deportada y trasladada a Auschwitz. Tenía 6 años cuando la mataron.

Más mujeres atrevidas

Benario, Osten y Rewald no son las únicas mujeres atrevidas de las que habla esta novela. Debido a la gran cantidad de tramas secundarias, el libro nos ofrece al menos otra media docena de retratos femeninos bastante detallados. Junto a la escritora Anna Seghers –tan omnipresente que parece la cuarta protagonista–, desempeñan un papel relevante las fotógrafas Gerda Taro y Tina Modotti, la dibujante Eva Herrmann, la actriz Grete Steffin o la cosmopolita y polivalente doctora en Historia Annemarie Schwarzenbach. Todas ellas se cruzan de un modo u otro con alguna de las tres protagonistas, y conforman una suerte de hilo narrativo en sí mismo.
LA NOVELA CONSTRUYE UN PUNTO DE VISTA FEMENINO SOBRE LA ÉPOCA. SE TRATA DE UNA MIRADA RICA EN MATICES Y QUE ABARCA INQUIETUDES ARTÍSTICAS, INTELECTUALES Y POLÍTICAS
Gracias a ellas, la novela construye un punto de vista femenino sobre la época. Se trata de una mirada rica en matices y que abarca inquietudes artísticas, intelectuales y políticas, y no solo las relaciones amorosas con los hombres célebres con quienes compartían trabajo, militancia o amistades. Así, Schwarzenbach afirma no sentirse a gusto del todo con los comunistas, pero asegura que comparte sus objetivos; algo similar a lo que afirma Hermmann: “No soy comunista, pero creo que el socialismo es más racional que el capitalismo”. Por su parte, Seghers reflexiona sobre el conceptopatria, seposiciona abiertamente contra Victor Serge o reflexiona sobre si existe un modo masculino o femenino de hacer literatura. Mientras que Steffin nos permite conocer mejor cómo era trabajar con Brecht, con sus luces y con sus sombras.

En ese sentido, uno de los momentos culminantes son las tres conversaciones entre Maria Osten y Gerda Taro. La primera, en una cafetería de la plaza de Callao; la segunda, en un hotel de Torija, mientras Taro cubre el frente de Guadalajara; la tercera, paseando por la Gran Vía madrileña. A través de esas charlas, conocemos la opinión de Taro sobre el asunto de la identidad judía, su relación con Robert Capa, la potencia de la fotografía como herramienta de intervención política o su admiración por Tina Modotti. Todo ello unos días antes de que Taro, a sus 26 años, muera atropellada por un tanque republicano en la batalla de Brunete.

Una novela política

Entre las muchas cuestiones históricas, políticas y culturales que recorren El exilio de las mujeres atrevidas destacan cuatro. La primera es que, en tiempos del nazismo, el exilio se convirtió en la única forma de vida posible para millones de personas en Europa, que se quedaron sin la protección jurídica de un Estado y a merced de las circunstancias. Eso sí, fruto de ese movimiento migratorio forzado – nomadismo lo llama Cohen– surgió una importante literatura alrededor de congresos, editoriales, revistas y periódicos en el exilio. A ese respecto, resulta imperdible el capítulo 12, dedicado íntegramente a contar cómo fue el Congreso por la Defensa de la Cultura celebrado en París (con la presencia estelar de Robert Musil, la polémica alrededor de Victor Serge, el bofetón de André Breton a Ehrenburg o con Joseph Roth caminando por las calles de París).

La segunda es que el nazismo utilizó “la cuestión racial como artimaña para encubrir la persecución de socialistas y comunistas”. Como sostiene Ruth Rewald, los nazis aniquilaban el sentimiento de identidad al reducirla a un solo rasgo –ser judía–, y eso obligó a muchas personas a “entrar en una lucha que no era la suya”. Sin embargo, Rewald insiste en que ella “luchaba contra los nazis no como judía, sino como comunista”. Y esa misma afirmación valdría para Maria Osten y Olga Benario . También para tantas mujeres y hombres comunistas o socialistas que, como Gerda Taro, habían renunciado o dejado de lado su judeidad.

La tercera son las purgas estalinistas, que la novela aborda desde dos vertientes. Una tiene que ver con el cuestionamiento que hicieron intelectuales como Victor Serge, quien camino del exilio mexicano le pregunta a Anna Seghers si le parece bien que “Stalin asesine a compañeros de profesión” como Tretiakov, Bábel, Mandelstam, Koltsov o a su amiga Maria Osten. La otra vertiente es el antisemitismo como un factor relevante a la hora de explicar esas purgas; tanto es así que, en su reunión con Feuchtwanger y Osten, Stalin acusa a los judíos de haberse labrado “para siempre una leyenda verdadera, la de Judas”.

Por último,la novela recoge una gran cantidad de preguntas y de reflexiones sobre la literatura como herramienta política. Aplicando un reduccionismo algo salvaje, estas podrían resumirse en tres grandes cuestiones. Una es si la literatura debe ocuparse del supuesto interior profundo de un individuo o distanciarse y esforzarse por entender las tensiones sociales y los hechos históricos que acontecen en una comunidad. Otra es si el público debe ser el individuo burgués deseoso de solazarse en su mismidad o una masa anónima a la que movilizar para transformar la sociedad. Y la tercera es si la burguesía utiliza la literatura como propaganda con la que perpetuar su posición social y su visión del mundo.

El exilio sobre las mujeres atrevidas contesta a todo ello a través de su propia escritura. Esta es una novela donde lo colectivo está por encima de lo individual, la distancia de la tercera persona está antes que el yo y donde prima el esfuerzo por comprender –y hacer comprender– el contexto histórico antes que incurrir en el manierismo literario. Además, rescata decenas de historias que alimentan lo que Cohen llama mitos de la resistencia, con especial énfasis en la aportación femenina.En ese sentido, la novela honra de principio a fin una frase que dice Olga Benario: “Necesitamos que recuerden nuestras luchas. ¿Quién, sino nosotros, puede transmitir nuestras experiencias y a quién se las podemos transmitir si no es a quienes son como nosotros?”.

Además, lo hace apelando a una amplia y exigente variedad formal. Desde el primer capítulo sabemos que las tres protagonistas morirán y de qué modo lo harán, así que el resto de la novela es una sucesión de saltos hacia delante y hacia atrás en el tiempo, y también entre las historias de las tres protagonistas (que, sobre todo al inicio, avanzan de manera asimétrica). También hay una notable variedad de registros formales: el capítulo 19 es una obra de teatro que da cuenta de una asamblea privada de la Comisión Alemana de la Asociación de Escritores Soviéticos; el 25 termina con la lista de objetos que se le incautaron a Koltsov cuando fue detenido; y el 30 es una sucesión de breves párrafos constituidos por una sola oración que nos llevan hasta el asesinato de Olga Benario en Ravensbrück (“Ravensbrück es un pueblo de barqueros”, “Hasta febrero de 1942 no hay asesinatos sistemáticos”, “Está permitido violar a las detenidas judías”, “A la mayoría de las mujeres se les retira la menstruación”...).

El exilio de las mujeres atrevidas es un ejemplo de primera magnitud de que la novela política y la llamada alta literatura pueden ir de la mano. También de que las novelas –y no solo los ensayos o el periodismo– sirven para reflexionar sobre las concepciones del mundo. Como sucede con las obras de Erich Hackl o de Belén Gopegui , Robert Cohen nos devuelve la certidumbre de que es posible escribir libros donde el pulso narrativo, el rigor intelectual, la precisión del dato y la exigencia estética estén al servicio de contar historias colectivas. Hace falta, eso sí, ambición, técnica, conocimiento y quizá, como en el caso de Cohen, un buen puesto en una universidad estadounidense.





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Las mujeres luchan contra la soledad mejor que los hombres por sus redes sólidas de afectos


Soledad & Género


Cristina Vallejo
https://ctxt.es

La falta de compañía es un problema de salud pública: se ha vinculado a la enfermedad física y mental y al mayor riesgo de mortalidad. Los expertos dicen que irá a más.

Amelia acompaña a su amiga María Victoria al médico cuanto lo necesita, que cada vez es más frecuentemente y no tiene a casi nadie que se ocupe de ella. También va a menudo a visitar a la residencia a una prima carnal. El otro día a Amelia le dio mucha pena que esa prima se pusiera a llorar desconsoladamente cuando se despedía de sus antiguas vecinas después de la misa que se daba en su vieja parroquia por su marido fallecido: no quería volver a la residencia porque está muy lejos de la que siempre fue su casa y allí aún no tiene confianza con nadie. Amelia no durmió en toda la noche después de aquello. 

Ella aún es joven, apenas traspasa los 65 años, vive con su marido y está bien de salud, pero tiene miedo de quedarse sola porque sus hijas viven lejos. Ve reflejado su futuro en las mujeres a las que acompaña y echa una mano. Confía en que a ella tampoco le dejarán que vaya sola al médico, en que le traerán la compra a casa, como hacía ella misma con la viejecita de su bloque impedida tras una mala caída, o la irán a visitar cuando esté enferma, como hizo con su mejor amiga, soltera y con poca compañía, que murió de cáncer hace unos años. Esta historia ilustra lo que cuentan los expertos sobre la soledad en general y la femenina en particular.

“La soledad se está convirtiendo en un problema social en España y en el mundo, especialmente en el más desarrollado”, afirma el sociólogo Juan Díez Nicolás. Ello se explica por el incremento de la esperanza de vida, indicador en el que España es el segundo en el mundo, tras Japón; la crisis del modelo de familia tradicional, debido al incremento del número de personas que viven solas, especialmente jóvenes (que no se casan por razones económicas pero también por el cambio de valores); y por el cambio de hábitat: de vivir en pequeñas comunidades en que el individuo estaba protegido y apoyado por la familia y los vecinos, se ha pasado a vivir en grandes centros urbanos y metropolitanos, que ofrecen más oportunidades vitales, pero que llevan al desarraigo.

¿Cuál es la fotografía de la soledad en España? La tiene la Encuesta Continua de Hogares, del INE, que informa de que en 2018, de los 18 millones y medios de hogares, 4,7 millones eran unipersonales, una cifra superior a la de 2013 en 320 mil. La mayoría (casi 2,7 millones) correspondían a menores de 65 años y los otros 2,037 millones, a personas de 65 o más años. En 2018 había más hogares unipersonales de mujeres –2,5 millones– que de hombres –2,1 millones–. Y esta diferencia obedece a lo que ocurre con las personas de 65 o más años: en este caso, si hogares masculinos había 572.000, los femeninos eran 1,465 millones.

Francisco Novo Vázquez, trabajador social de la Unión Democrática de Pensionistas (UDP), sintetiza: “El retrato de la persona en solitario en España corresponde con el de una menor de 65 años si es hombre y mayor de esa edad si es mujer”. Este fenómeno se achaca a la mayor longevidad femenina.

Soledad física y emocional

El INE no tiene la foto completa de la soledad. Vivir solo no es lo mismo que estar solo. Alguien puede vivir solo y contar con una red de relaciones abundantes y sólidas y otra persona puede vivir en compañía y sentirse desconectada de su entorno.

No se llega a conocer la verdadera incidencia de la soledad con las respuestas a preguntas directas del tipo “¿te sientes solo?” o “¿estás solo?”. Javier Yanguas, director científico del Programa de Mayores de la Obra Social de La Caixa, aclara por qué: “La soledad se disfraza, no hablamos de ella. La gente oculta que está sola porque se siente culpable, o cree que algo habrá hecho mal para sentirse o estar así”. La soledad se esconde porque avergüenza.

Yanguas explica que para estudiar la soledad se analiza la red social de que se dispone: cuántas personas se tienen alrededor, la cercanía emocional con ellas y la confianza en que, de surgir un problema grave, se contará con su apoyo. Desde ahí se puede profundizar más y medir la soledad social o el sentimiento de pertenencia a un grupo, y la soledad emocional, que explora los sentimientos de desolación y la falta de relaciones significativas.

El estudio que realizó la entidad en 2018 revela altos niveles de soledad en todas las edades, también entre los jóvenes: el 34,4% de los individuos entre 20 y 39 años presenta soledad emocional y el 26,8%, soledad social. Estos porcentajes se disparan en las personas de más de 65 años: el 39,8% sufre soledad emocional y el 29,1%, soledad social. Y se agravan a partir de los 80 años: el 48% registra soledad emocional y el 34,8%, soledad social. La gente acusa más la vacuidad de las relaciones que el aislamiento físico.

Las mujeres expresan más soledad, pero la sufren menos

En la expresión de la soledad existen diferencias de género. Mônica Donio Bellegarde es autora junto a la profesora Sacramento Pinazo de un libro sobre la soledad de las personas mayores a partir de la tesis doctoral de la primera. Bellegarde afirma que, a primera vista, parece que las mujeres se sienten más solas que los hombres. Pero ello no implica que sea así. Lo que ocurre es que está socialmente más aceptado que las mujeres hablen de sus sentimientos. 

A la pregunta directa de “¿te sientes solo?”, las mujeres tienen menos problemas que los hombres en responder afirmativamente. Si se profundiza con preguntas indirectas o de control, la cuestión se complica. Según el estudio de La Caixa, mientras la soledad social (sentirse miembro de un grupo) es similar entre las mujeres y los hombres, la soledad emocional (que mide la profundidad de las relaciones) es mayor en ellos que en ellas.

Según Novo, las mujeres, pese a vivir en mayor soledad que los hombres, se sienten menos solas. Además, ellas parecen estar más preparadas para la soledad: “El 36,1% de las mujeres mayores de 65 años que no viven solas piensan que en algún momento lo harán, frente al 29,8% de los hombres”. Las mujeres también establecen lazos sociales o familiares mayores que los hombres, lo que hace que ellas tengan mayor posibilidad de recurrir a alguien cuando tienen un problema o necesitan consejo o apoyo afectivo. 

Novo insinúa que “nuestra sociedad androcéntrica y cargada de estereotipos machistas” es la responsable de que tengamos la imagen de que las mujeres no tienen capacidad de desarrollo personal y que ello las aísla por completo. Aunque desde la ONG Accem, Alberto García Cerviño recuerda que hay una realidad material que les puede hacer sentir a las mujeres mayores que han perdido su utilidad después de haber dedicado su vida a los cuidados, primero de sus hijos, después de sus padres y suegros y finalmente de su marido antes de morir. Quizás es esto lo que está detrás del sentimiento que muestran algunas mujeres y que revela Yanguas: el de vacío existencial, mucho menos prevalente en los hombres.

Yanguas abunda en las diferencias de las relaciones que construyen los hombres y las mujeres: las de los primeros son más instrumentales (para echar la partida, para ir al fútbol...), las de las segundas son más relaciones de cuidados, de cercanía afectiva y de petición y préstamo de ayuda. Por ello Yanguas considera que los hombres tienen más riesgo de aislamiento social.

Desde Accem también destacan cómo las mujeres mayores muestran mayor resiliencia y esfuerzos para superar situaciones de soledad y tener un envejecimiento activo, con participación en actividades o voluntariado. Y ponen de manifiesto cómo las mujeres expresan una mayor preferencia por vivir de forma activa en su casa: “Para muchas es un reto y una oportunidad de desarrollar una independencia y autonomía que no tuvieron antes en sus vidas”.

La cuestión material... ¿determinante de la soledad?

¿Cómo influyen en la soledad los recursos económicos? Para Yanguas, la pobreza genera exclusión: no puedes gastar un euro en un café en el bar y sientes vergüenza porque en tu casa hace frío o no la tienes bien acondicionada y, por ello, no recibes visitas.

Bellegarde recuerda que las variables sociodemográficas son desfavorables para las mujeres: muchas de las que hoy son mayores no tuvieron la oportunidad de incorporarse al mercado laboral ni de tener una educación más allá de la básica y ahora cuentan con menores recursos económicos. Desde Accem apuntan que esta situación puede provocar un mayor aislamiento en el envejecimiento de las mujeres. 

Por ello, existe la tentación de considerar que, al igual que la fotografía de la pobreza en España es la de una mujer, la de la soledad podría serlo la de una mujer mayor y pobre. Díez Nicolás aclara: “El sentimiento de soledad sin recursos económicos es mayor, ser mujer mayor y pobre puede conducir a una mayor probabilidad de sentir soledad, pero no es ni mucho menos determinante; ello no debe hacernos pensar que los que tienen más recursos no pueden también sentirse solos”.
¿Qué pesa más?, ¿el género, que favorece que las mujeres tengan relaciones de más calidad, o la situación material, que ayuda a tener mejores relaciones a quienes tienen más dinero, es decir, a los hombres? Teresa López, presidenta de Fademur, una organización de mujeres del ámbito rural, da una posible respuesta: aunque los hombres solos del campo pudieran tener en el pasado una mayor vida social y cuentan ahora con mayores recursos económicos, puesto que las mujeres en muy pocos casos pudieron cotizar, ellos resuelven lo básico de su supervivencia con dificultades y tienen menos habilidades sociales que ellas.

¿Soluciones?

La soledad es un problema de salud pública: se ha vinculado a la enfermedad física y mental y al mayor riesgo de mortalidad. Los expertos coinciden en que la incidencia de la soledad irá a más porque cada vez se tienen menos hijos y, por tanto, menos hermanos. Además, cualquier tipo de relación tiende a ser fugaz y menos profunda. A ello hay que sumar que se presume que cada vez más gente vivirá esa soledad con escasez material, dada la precariedad laboral y la mayor dificultad para acumular derechos con vistas a la jubilación. Así dibujado el panorama, parece que la solución que se requiere debe tocar muchos palos de las políticas públicas.

En Reino Unido, en enero de 2018, se creó el Ministerio de la Soledad, que Bellegarde valora porque, más allá de su utilidad práctica, al menos, hace tomar conciencia del problema. Para Yanguas, dada la complejidad de las administraciones españolas, sería más idóneo que se abordara en el ámbito municipal. Y, en este sentido, señala que la soledad también es una consecuencia de los procesos de gentrificación que viven las ciudades, de políticas urbanísticas generadoras de aislamiento que hurtan a los vecinos de los servicios de proximidad y de los ambientes donde se reconocían y creaban redes. Aunque Bellegarde da una nota de esperanza: la sociedad se organiza a veces antes de que reaccionen las Administraciones y ya se han construido redes de apoyo mutuo, como la de Grandes Amigos, que funciona en Madrid, Galicia y el País Vasco.  
 




 




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viernes, 2 de agosto de 2019

Entrevista a Alicia Puleo, filósofa, profesora y escritora: “La sororidad entre mujeres nos hace más fuertes”



Yolanda Fernández Vargas
www.ecologistasenaccion.org

Entrevistamos a Alicia Puleo, filósofa, profesora y escritora. Es autora de numerosos ensayos sobre ecofeminismo y acaba de publicar el libro Claves Ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales. Hemos profundizado en las ideas y reflexiones que se recogen en este nuevo trabajo de la autora en torno al ecofeminismo.

¿Cuál es el termómetro del ecofeminismo en el Estado español, más allá de este despertar de la conciencia feminista?

Investigo en ecofeminismo desde hace más de veinte años y observo un gran cambio. El termómetro podría verse en la multiplicación de menciones al ecofeminismo en las redes sociales y la prensa, en el mayor número de jornadas que se le dedican y en el creciente interés de las asociaciones feministas por el tema. Ya se venía notando en los últimos años este interés en grupos feministas que no tienen nada que ver con el ecologismo. Las asociaciones feministas quieren saber qué es el ecofeminismo, qué significa. Los informes científicos actuales, sobre el cambio climático y las alteraciones medioambientales que se perciben, favorecen el incremento de la curiosidad sobre esta temática. Es también una forma de acercarse a la juventud. Se enriquece así el feminismo con conocimientos ecológicos y preocupaciones por los demás seres vivos, algo indispensable para entender los retos de este siglo.
Por otro lado, el ecologismo también va incorporando las reivindicaciones feministas. El 8 de marzo pasado varios grupos ambientales hicieron una declaración explícita de apoyo al ecofeminismo.

Ante esta situación favorable al ecofeminismo, ¿qué tenemos que hacer?

Lo primero es tomar conciencia de los problemas. Es fácil decir que el ecologismo y el feminismo se van a enriquecer mutuamente, al igual que con el animalismo, el pacifismo y otros movimientos, pero son procesos largos que no se producen de manera inmediata. Podemos interesarnos en leer y escuchar, pero que todo ello nos cambie en nuestro actuar cotidiano y nos haga buscar otras personas para plantear propuestas comunes o medidas colectivas, requiere tiempo.
Hay dos niveles de actuación interrelacionados. Por un lado, la vida cotidiana, las tres erres que plantea el ecologismo, el evitar caer en actitudes androcéntricas o sexistas, evitar estereotipos… Todo esto lo podemos ir haciendo pero no es tan fácil, porque requiere siempre un esfuerzo y romper con rutinas y patrones anteriores. Por otro lado, es necesario actuar de una manera social, buscar activamente grupos en los que sintamos que estamos haciendo algo por esas ideas, más allá de nuestro hogar. Esto ya sería un segundo nivel que requiere una mayor implicación.
 



Alicia Puleo durante la entrevista con la revista Ecologista. Foto: María José Esteso Poves.

¿Cómo podemos hacer frente al patriarcado de consentimiento, en una sociedad como la nuestra donde existe una intensificación del deseo con un trasfondo mercantilista?

El concepto de deseo es como una especie de icono de nuestra sociedad. Su uso se fue intensificando a partir de los años 80 y no es casualidad que esto coincida con el auge del neoliberalismo y su modelo del consumo sin límite. El deseo y su realización como aquello que todo lo justifica es el correlato de intereses económicos, no una expresión de verdadera libertad. Frente a la tiranía del deseo, podemos intensificar la conciencia ecofeminista que integra conceptos feministas, ecologistas, animalistas y de otros nuevos movimientos sociales que nos permiten ver la realidad de una manera diferente a la hegemónica.
Tampoco es casualidad la tendencia que se puede observar en muchos gobiernos del mundo a eliminar la filosofía en el currículum educativo. La filosofía no es un saber que ayude a vender, más bien lo contrario, produce una distancia crítica frente a los mandatos de mercado. El ecofeminismo en tanto filosofía de confluencia de varios pensamientos críticos tiene una gran potencia transformadora.

Apuntas que el sexismo y el especismo presentan un “gran parecido de familia”…

El término especismo surge en los años 70. Lo forja Richard Ryder, psicólogo y pensador británico, activista por los derechos de los animales a partir del racismo y sexismo. Con él se refiere al prejuicio de la absoluta diferencia y superioridad de nuestra especie con respecto a las demás. Como en el caso de la raza o el sexo, se trata de un concepto que denuncia la legitimación de la dominación y la explotación. Las actitudes a la que aluden estos conceptos tienen un gran parecido por varias razones.
Son prejuicios, es decir, pensamientos recibidos e infundados. Hoy, con los datos proporcionados por la neurociencia y por la etología, las barreras tan profundas entre la especie humana y las demás especies ya no se sostienen racionalmente. Eso no significa que tengamos las mismas habilidades y capacidades. Frans de Waal, renombrado etólogo holandés especializado en primatología, muestra en sus obras que la conciencia y las habilidades de cognición son graduales y diversas. Cada especie tiene sus capacidades diferentes. Nosotros hemos tendido a cuantificarlo todo con nuestra vara de medir humana.
Las mujeres, los esclavos y los animales han sido definidos como seres para otros, como instrumentos para el hombre. Aristóteles, en La Política, afirma que “son para el hombre libre”, para satisfacer sus necesidades. Mujeres, pueblos no hegemónicos y animales han sido sometidos a otros reduciéndolos a meros cuerpos. Las mujeres dan placer, cuidados e hijos; los animales, alimento y vestido. Son la base material. Sexismo y especismo muestran grandes semejanzas en la historia de la dominación y la cosificación, que es la antesala de la violencia.
Las sufragistas del siglo XIX ya vieron la relación entre la dominación sufrida por las mujeres y por los animales. Denunciaron que la violencia contra las mujeres y los animales domésticos quedaba impune, tenía lugar en el hogar y la ley no intervenía en ese ámbito. Hoy hemos superado parte de esa reducción a cuerpos para otros. Al menos, ya no justificamos la esclavitud y las mujeres hemos conseguido muchos derechos. Pero se advierte el peso de la historia en numerosas formas de subordinación de las mujeres. Y con respecto a los animales no humanos, estamos todavía en la reducción a la utilidad para el ser humano.
“Somos más fuertes cuando somos conscientes de que hemos llegado a obtener derechos y libertades gracias a la lucha de las que nos precedieron”
Racismo, sexismo y especismo son conceptos que sirven para denunciar situaciones de opresión. Son nociones que podemos considerar hijas de las ideas de igualdad y crítica al prejuicio enarboladas por la Ilustración para luchar contra el poder de los nobles y del clero. Las ideas de igualdad y de crítica al prejuicio son básicas para todos los movimientos emancipatorios, aunque a veces éstos no reconozcan su origen ilustrado.

Frente al ideario de la ultraderecha, ¿cómo podemos organizarnos mejor las mujeres?

Nuevamente, las principales armas son el pensamiento crítico y la razón frente a la intolerancia; también la unión, en la medida de lo posible, de diversas sensibilidades y tendencias feministas. Hay un concepto feminista que me parece importante en este sentido. Es el de sororidad, la hermandad de las mujeres se hace más fuerte cuando somos conscientes de que hemos llegado a obtener derechos y libertades gracias a la lucha de las que nos precedieron. Hoy debemos apoyarnos mutuamente para seguir adelante.
En tu último libro, Claves Ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales, hablas de la metáfora del jardín-huerto, de los pactos de ayuda contra el cambio climático. ¿Qué desconfianzas y recelos debemos superar ?
Estos pactos son de una importancia fundamental y aún estamos lejos de lograrlos. Todavía nos encontramos en un paso previo. Insisto en que no hablo de fusión, sino de pactos de no agresión y, de forma eventual, de apoyo.
Los movimientos sociales emancipatorios son una respuesta a diversas formas de injusticia en el mundo. Muchas veces es difícil que las personas seamos conscientes de las distintas formas del mal de la misma manera e intensidad. Dependiendo de nuestra propia historia vital, familiar y también de la situación personal en la que nos encontremos, podemos percibir y sentir unas injusticias más que otras. Nuestro compromiso, si existe, estará determinado por esa capacidad.
Así, no podemos exigir a otros movimientos que se asimilen punto por punto al nuestro. Cada movimiento tiene su perfil. Por ejemplo, hace poco se ha afirmado que el feminismo ha de ser animalista, o no es feminista. Creo que es un error. Cuanta mayor conciencia mejor, pero no se puede exigir, sobre todo a las mujeres, que siempre hemos soportado todo tipo de exigencias. Lo que debemos tener es una actitud abierta de escucha e invitar a ensanchar horizontes emancipatorios.

¿Qué bases requieren esos pactos y a qué movimientos englobaría?

La no agresión y la no instrumentalización serían la base común. Mantener un lenguaje de diálogo y conservar la autonomía de los movimientos, no fusionarse. El feminismo es ahora muy potente y recibe muchas llamadas de otras causas. A lo largo de la experiencia histórica del feminismo —con una trayectoria de más de dos siglos— las mujeres hemos sido generosas con el tiempo y el esfuerzo que hemos dedicado a otras causas. Pero, por lo general, se ha tendido a instrumentalizarnos y a aparcar y minimizar las reivindicaciones de las mujeres. Por ese motivo, hay recelos en el movimiento feminista.
Los movimientos sociales que podrían abarcar esos pactos de ayuda mutua, serían los de ya larga trayectoria, ecologismo, antirracismo, animalismo, pacifismo, LGTBI, el movimiento sindical, el municipalismo… y otros más recientes, como el decrecimiento, Extinction Rebellion, Fridays for Future… movimientos que objetan el crecimiento sin límites que nos está llevando al colapso.

¿Qué puntos debe recoger esa agenda común para que esté alineada con el ecofeminismo?

La ecojusticia, entendida en un sentido amplio, es decir, la justicia con el sur global, con las poblaciones afectadas por el desarrollo destructivo y víctimas de los conflictos ecológicos distributivos, con las mujeres más pobres de ese sur global, que está siendo devastado por el extractivismo; y también con los animales silvestres, a los que se les están quitando sus territorios, envenenando su hábitat, privándolos de alimento y llevándolos a la extinción.
Una cultura de paz implica, por un lado, la prevención de las guerras y por otro, una educación desde la infancia que enseñe a resolver conflictos de manera pacífica y a respetar a los más vulnerables. Debe ser una educación para la empatía que incluya también el trato a los animales no humanos.

¿Hasta qué punto una ciencia empática y una educación ambiental pueden contribuir a un cambio ante la emergencia ambiental que vivimos?

Estamos ante un futuro incierto, con grandes probabilidades de sufrir un colapso civilizatorio. Mucha gente pone grandes expectativas en la ciencia y la tecnología, creyendo que serán capaces de solucionar todo. Esta esperanza es excesiva dada la crisis energética que se avecina. Sin embargo, aun después de esta crisis, seguirá haciéndose ciencia en la medida que se pueda y será necesario que sea ética y democrática, abierta a los intereses sociales y no a los de las grandes corporaciones. Una ciencia y una tecnología que busquen solucionar problemas y no el mero beneficio de unos pocos; una ciencia empática y ética es fundamental. Mi planteamiento ecofeminista no es tecnofóbico, ni místico, ni anticientífico, sino materialista y racional. Pero hoy sabemos que la razón y los afectos no son antitéticos y que la empatía es uno de los motores de la acción solidaria y justa.

Propones en tu último libro la metáfora del jardín-huerto ¿Cómo podemos superar la división sexual del trabajo en este jardín común?

Empezaré hablando de la cuestión de la división sexual del trabajo. El ecofeminismo, en tanto unión y diálogo de diferentes pensamientos críticos, corre el peligro, a veces, de olvidarse del feminismo. No podemos obviar sus reivindicaciones de igualdad. ¿Cómo la obtendremos? Una respuesta está en la educación, pero no es la única porque tiene que estar acompañada de medidas concretas que faciliten la igualdad en el presente cotidiano. Mujeres y hombres han de tener la posibilidad de desarrollar las diferentes potencialidades humanas. Las mujeres hemos probado que éramos capaces de adquirir las habilidades históricamente masculinas, formándonos y saliendo al espacio público. Ahora falta que los hombres se incorporen al ámbito doméstico, que adquieran las habilidades para las labores del cuidado en igualdad.

Esto último es más difícil de conseguir porque los cuidados no están tan valorizados como las tareas del ámbito de lo público, pero habrá que conseguirlo a través de la práctica cotidiana, la educación y las leyes. Sin igualdad podemos ir a una situación muy problemática cuando haya que recortar recursos en una sociedad del futuro, no muy lejana, que ya no pueda consumir de manera despreocupada los recursos naturales.
“El ecofeminismo en confluencia con varios pensamientos críticos tiene una gran potencia transformadora”
Sin productos de usar y tirar, la vida va a ser más complicada. Si no hemos conseguido la igualdad, mal lo veo para las mujeres. Ya algunos ecologistas han aconsejado que las mujeres vuelvan al hogar como una forma de vida sostenible. Hay que tener muy clara la cuestión de la igualdad porque, de otra manera, vamos a volver a una situación de subordinación que habíamos superado.

En cuanto a la metáfora del jardín huerto que utilizo en mi último libro, he querido evocar la escuela de filosofía fundada por Epicuro que se llamaba El Jardín. Era una escuela que admitía también a las mujeres y a los esclavos, algo muy raro en su época. Consistía en un jardín muy modesto, que no era meramente decorativo, sino un huerto en donde se filosofaba y se cultivaban hortalizas para las comidas comunitarias. Su filosofar inclusivo y enamorado de la naturaleza me ha parecido bastante inspirador. Además, contiene un principio muy necesario para nuestra época: los epicúreos insistían en la moderación, lo cual no quiere decir negarse a los placeres, sino saber discernir entre los placeres que son buenos, satisfactorios, y los que nos van a dejar una sensación de vacío o nos van a hacer sufrir después.

Observaron que los mayores placeres provenían de la amistad y de la belleza de la naturaleza, placeres que estaban al alcance de cualquiera sin necesidad de ser rico. Con perspicacia, observaron que para obtener riqueza y poder hay que estar pendiente del juicio de los poderosos, someterse a ellos. Ser independiente implica restringir nuestros deseos, saber elegirlos sabiamente, pues de otro modo nos atan a infinitas servidumbres. Es más libre y feliz quien está bien con poco. Libres e iguales en el jardín-huerto ecofeminista es mi propuesta para un futuro digno de ser vivido.


Fuente: https://www.ecologistasenaccion.org/124090/alicia-puleo-la-sororidad-entre-mujeres-nos-hace-mas-fuertes/

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jueves, 1 de agosto de 2019

Green New Deal: ¿keynesianismo “verde” o ruptura con el capitalismo?


Por José Luis Carretero

La crisis ecológica presente no es un fenómeno coyuntural a la economía capitalista, es un resultado necesario del sistema de competencia, propiedad privada de los medios de producción e irracionalidad en la economía en que el capitalismo consiste.
Por José Luis Carretero
a nadie niega la existencia de una fuerte contradicción entre el despliegue histórico real de la economía capitalista y el equilibrio del medio natural que sirve de soporte para la vida en nuestro planeta. Resulta imposible negar que el desarrollo del proceso de industrialización y mercantilización de las relaciones sociales, en el marco capitalista, llevado a cabo en los últimos siglos está empujando a una crisis ecológica que, en conjunción con otra serie de procesos paralelos e interdependientes —la creciente inestabilidad financiera y económica, la devastación cultural y social generada por el neoliberalismo, la tendencial ruptura del escenario geoestratégico que constituía el armazón de las relaciones entre el centro y la periferia del sistema, etc.— ha hecho emerger una serie de derivas caóticas que marcan el inicio de una crisis civilizacional, que pone en cuestión nuestra forma de vivir, producir y relacionarnos, entre nosotros y con el ecosistema del que formamos parte.
No podía ser de otra manera. El sistema capitalista es un sistema de clases, basado en el funcionamiento del supuesto “libre juego” de la competencia económica entre actores que tienen la posibilidad de explotar la fuerza de trabajo ajena, partiendo de la garantía de la propiedad privada de los medios de producción.
La competencia implica algo innegable: hay ganadores y perdedores. Y ser un perdedor en la sociedad del capital es algo realmente serio. La pobreza, la explotación, el sufrimiento, esperan al perdedor, despojado de los medios de producción y, muchas veces, incluso de los recursos imprescindibles para solventar sus necesidades básicas. Así que hay que procurar ganar.
Para ganar hay que acumular recursos. La competencia no es igualitaria. Quien más tiene de partida, más posibilidades tiene de salir victorioso en cada confrontación. Es por eso que las grandes superficies enormes sociedades de capital participadas por fondos globales de inversión y otros inversores multimillonarios) derrotan siempre al tendero de barrio. Es por eso que, pese a lo que se dice, el capitalismo no es realmente un sistema de “libre” comercio: los grandes se hacen más grandes y los pequeños perecen. La tendencia a la acumulación de cada vez más capital en cada vez menos manos es tan consustancial al capitalismo como la explotación del trabajo asalariado. No es algo coyuntural, episódico, un “error” o el epifenómeno colateral de una determinada “fase”.
Por ello el capitalismo ha sido, históricamente, el modo de producción que, hasta el momento, más ha desarrollado la capacidad de producir objetos de la humanidad. Y no deja de hacerlo. La competencia espolea la introducción de nuevas tecnologías y de todas las técnicas que ayuden a aumentar la productividad, provoca la acumulación del capital, el crecimiento de las empresas ganadoras, la aparición de grandes multinacionales y la quiebra de los productores locales y, por tanto, el crecimiento continuo de la producción mercantil.
Quien acumula más recursos, gana. Y ganar le sirve para acumular aún más recursos. Este crecimiento continuo, por supuesto, entra en conflicto con la realidad natural de un planeta finito, con recursos limitados. Y, sobre todo, entra en conflicto porque, para el capital, los daños medioambientales no son más que “externalidades”.
Las externalidades, para los economistas burgueses, son una serie de costes necesarios del proceso de producción, pero que no figuran en la contabilidad de la empresa, y que por tanto no tienen que ser pagados por la misma. Por ejemplo, la contaminación atmosférica producida por una fábrica, genera una serie de costes económicos para el conjunto de la sociedad (enfermedades y por tanto gastos en salud y caídas en la productividad de la mano de obra de la zona; pérdida de la diversidad del ecosistema local, etc.), pero la fábrica no tiene que pagarlos, no figuran en su contabilidad. Así, devienen “rentables” actividades económicas que, si la empresa tuviera que hacer frente a la totalidad de los costes que implican para toda la sociedad, no lo serían.
Hay productos que se producen —y que se comercializan masivamente— que solo se pueden comercializar porque las empresas no tienen que pagar realmente la totalidad de sus costes. Y no los tienen que pagar porque el Estado, en el capitalismo, no es una entidad neutral, ni una especie de representación colectiva que trata de introducir la racionalidad en el caos provocado por la competencia acrecentada entre las empresas, sino un espacio de combate en el que distintas facciones empresariales se disputan quién pagará o quién se aprovechará de determinados negocios, o que crea las condiciones materiales para que todas ellas se enriquezcan, formando a la población, conquistando nuevos mercados para los capitalistas locales, subvencionando determinadas actividades económicas, o financiando con los impuestos cobrados a los contribuyentes (en gran medida extraídos de las rentas de los trabajadores y no de los beneficios de los capitalistas, como se nos quiere hacer creer) las inversiones en investigación y desarrollo necesarias para poner en marcha nuevas líneas de producción que puedan generar nuevos mercados. Ya lo hemos dicho: el capitalismo no es, en modo alguno, un sistema de “libre mercado” en el que el Estado, simplemente, “deja hacer”.
Así que la crisis ecológica presente, no es un fenómeno coyuntural, “paralelo a”, secundario o accidental, en la economía capitalista. Es un resultado necesario del sistema de competencia, propiedad privada de los medios de producción e irracionalidad en la economía en que el capitalismo consiste. Es el producto inevitable de la sociedad de clases.

LLEGÓ EL MOMENTO
Vivimos en plena crisis ecológica. Una crisis tan grave que ya ni los propios capitalistas la pueden negar. Ha llegado el momento en que hay que pagar muchos de sus efectos. Hay cosas que ya no pueden seguir siendo “externalidades” porque ya nos afectan a todos. El coste de la destrucción (de los ecosistemas, de la salud de las poblaciones, de los mecanismos de funcionamiento del clima, etc) y de la necesaria transición del sistema productivo tras el agotamiento de muchas fuentes de recursos naturales, es tan grande, que ya no se sabe como encararlo y ya no se puede ignorar. Ha llegado la hora de pagar, ya sea financiando los costes de la limpieza necesaria, o ya sea financiando las inversiones en investigación y desarrollo que ayuden (quizás) a encontrar nuevos avances tecnológicos que permitan ahuyentar la crisis ecológica mediante cambios fundamentales en las formas de producir. Ha llegado la hora de pagar. Pero, como siempre, los capitalistas no piensan hacerlo. Para ellos, ha llegado la hora de un nuevo gran mercado. Una nueva oportunidad de negocio.
Es por eso que se suceden los intentos de implementar un “capitalismo verde”, de convertir en fuente plusvalor el nuevo arco de necesidades de la población. El capitalismo intenta adaptarse y salir vivo de esta crisis.
Intentos de fusión de las grandes automovilísticas, como la tentativa implementada de fusionar FIAT-Chrysler Automobiles con Renault en los últimos meses, que habría construido un gigante global con una capitalización de cerca de 35.000 millones de euros y una capacidad productiva de 8,7 millones de vehículos. Una fusión que, tal y como los propios directivos de FIAT afirmaban, buscaba acumular capital y recursos para tratar de poner en marcha las líneas de innovación tecnológica necesarias para (quizás) hacer viable a gran escala el coche eléctrico. Una forma de movilidad que aún está lejos, a nivel técnico, de poder sustituir al coche por combustión, en un escenario de creciente contaminación y amenaza de llegada del pico del petróleo y de escasez de recursos imprescindibles para las baterías eléctricas, en su actual estadio tecnológico.
Transformación de las grandes petroleras y energéticas, buscando convertirse en gigantes multienergía globales, invirtiendo en renovables y en todo tipo de nuevos negocios. Cuando todo estalle, el que esté mejor colocado puede que tenga una ventaja decisiva. Para cuando se llegue al pico del petróleo, las petroleras quieren haberse posicionado adecuadamente en las nuevas fuentes de energía y en las nuevas tecnologías que, no lo olvidemos, solo han podido llegar a ser rentables (y hasta donde han llegado a serlo) gracias a un fuerte impulso público.
Endesa e Iberdrola se disputan, así, el liderazgo en renovables en España. Endesa, de hecho, ve como una oportunidad el hecho de que el nuevo gobierno socialista español reactive sus planes de impulso de las renovables y está dispuesta a invertir cerca de 10.000 millones de euros para transformar su mix energético, ahora con mucho peso del carbón, al tiempo que invierte fuertemente en Portugal con la misma intención. Un nuevo mercado, el de las renovables, que se está construyendo sobre el modelo previo del oligopolio de las grandes transnacionales de la energía, soslayando la posibilidad técnica real de la emergencia de una dinámica distribuida, descentralizada y autogestionaria.
Y esas mismas grandes energéticas, estableciendo alianzas con grandes superficies, concesionarias de autovías, y todo tipo de espacios comerciales, para la extensión de una amplia red de electrolineras, que hagan viable la movilidad eléctrica. Y avisando, al tiempo, de que eso sólo se podrá hacer con ayudas públicas. Con una enorme acumulación de capital salido del plusvalor producido por los trabajadores y trabajadoras, y redistribuido por el Estado a las grandes transnacionales “verdes”.

SOBREVIVIR
Así pues, los grandes señores globales de los negocios tratan de sobrevivir a la crisis. Intentando centralizar mas capital en menos manos, acumulando recursos para financiar la “transición ecológica”, entendida como una mera transformación técnica-tecnológica del aparato productivo que permita superar las contradicciones insolubles de la economía capitalista o, más realmente, tirar el balón un poco más allá, aguantar un poco más, convertir en negocio para algunos lo que va a ser, sin duda, un desastre para los más.
Este es el contexto material en el que se plantea la idea de un “Green New Deal”, un nuevo acuerdo verde. Keynesianismo ecológico y redistribución… ¿hacia dónde?
¿Qué fue el New Deal? El gran programa de estímulo público al que se achaca la salida del capitalismo de la gran crisis sistémica de 1929. La inversión pública en actividades productivas provocó un aumento de la demanda agregada (la gente tenía con que comprar) que reinició la máquina de acumulación del capital, provocando el período de mayor crecimiento económico de la historia del mundo.
El New Deal (entendido, no tanto como el programa específico implementado en los Estados Unidos, sino como la comprensión general keynesiana de la necesidad del estímulo público de la economía, que se expandió como idea común por todo el globo) tuvo sus efectos más o menos virtuosos: aparición del Estado de Bienestar en algunos lugares, desarrollo acelerado de las fuerzas productivas a nivel global, aparición de la sociedad de consumo.
También tuvo (y esto nos lo suelen ocultar sus adoradores acríticos), sus consecuencias más ambiguas: concentración aún mayor de los capitales, presión acrecentada sobre el ecosistema, integración del movimiento obrero en el “normalidad” institucional, aumento de la inflación como respuesta de los capitalistas a los avances en los salarios. Las grandes multinacionales son tan hijas del New Deal, como los sistemas públicos de seguridad social. La “Revolución verde” y la hegemonía del “agrobusiness” son también resultados del New Deal, con sus contradictorios efectos actuales.
Así que, cuando nos enfrentamos a la propuesta de un Green New Deal, deberíamos plantearnos claramente de qué estamos hablando: puede que hablemos de un fuerte estímulo público para que las grandes petroleras (por ejemplo) puedan convertirse al fin en las señoras de todas las fuentes de energía de nuestro tiempo. O de que las grandes automovilísticas tengan suficiente dinero para intentar encontrar (quizás) la solución técnica a sus problemas de adaptación al pico del petróleo. Puede, pues, que de esa gran inversión pública salgan mercados más concentrados, multinacionales más grandes y fuertes, un capitalismo aún más salvaje que sea capaz de imponer medidas autoritarias en nombre del “interés general en lo verde”. Y todo ello, no lo olvidemos, sin resolver el problema de fondo: la crisis ecológica y social.
O puede que hablemos de un “Gran Acuerdo” (más bien de una gran alianza de las clases populares) para la ruptura, para la transformación del capitalismo en otra cosa. Para la racionalización de la actividad productiva, sometida al dictado de las necesidades de la mayoría de la población y a la necesidad del equilibrio con el ecosistema, en una sociedad sin clases, donde la cooperación igualitaria se transforme en el centro. Una sociedad con energías renovables descentralizadas, medios de producción autogestionados y sometidos al control colectivo y una economía de lo comarcal y lo cercano, capaz de reconvertir los devastados espacios rurales y urbanos actuales en una nueva trama autoorganizada donde todas las poblaciones tengan acceso a servicios comunitarios y espacios naturales, superando las diferencias entre campo y ciudad desde una perspectiva sostenible.
Ese segundo acuerdo, el que nos lleva fuera del capitalismo, es el único capaz de resolver la crisis ecológica. El keynesianismo “verde” no es una opción: sino un oxímoron. Reiniciar un nuevo ciclo de acumulación capitalista no puede llevar más que un nuevo topetazo contra los límites naturales en breve plazo, aunque se haga con la excusa “verde”. De ahí sólo puede salir una sociedad más autoritaria, con un poder más concentrado que, pese a la vulgata socialdemócrata al uso, no conseguirá disciplinar a los capitales. El famoso “ecofascismo”, que nunca, pese a todo, conseguirá ser “eco”. Tras el New Deal, vino el neoliberalismo, y tampoco fue un “accidente” o un “error”, sino el producto necesario de una dinámica económica que se basa en la existencia de las clases, en la propiedad privada de los medios de producción y en el caos de la competencia.
Lo único que puede disciplinar a los capitales es su socialización. Su sometimiento a las formas del control colectivo y democrático desde la base. La economía desde abajo, pero fuertemente sometida a la decisión comunitaria. Desde la igualdad social (desde la abolición de las clases sociales) podemos ponernos de acuerdo en racionalizar la producción, en adaptarla a los límites naturales, en compartir lo que realmente (sin “externalidades”) es rentable y vemos adecuado producir. Desde la sociedad de clases, desde el capitalismo, no hay solución. Donde hay clases todo es guerra e irracionalidad.
Ahora nos toca decidir.





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