domingo, 31 de marzo de 2013

Pintura divina, Sor Plautilla Nelli (1524-1588)


Que una mujer se hiciera un hueco en el mundo de la pintura y del arte en general era toda una odisea. Pero si además esa mujer era una monja, las probabilidades de alcanzar la fama artística se reducían considerablemente. La primera pintora reconocida como tal en el renacimiento fue una monja florentina conocida como Sor Plautilla Nelli. De ella se han identificado muy pocas obras pero todas ellas de tal calidad que el propio Vasari hizo un hueco para ella en sus alabanzas artísticas. 

La noble convertida en monja 
Polixena Nelli nació en Florencia el 29 de enero de 1524 en el seno de una familia noble. Su padre, Piero di Luca Nelli era pintor pero reservó para su hija otro destino que el artístico. Es probable que Polixena entrara en el convento florentino de Santa Catalina de Siena en 1538, cuando tenía 14 años, obligada por su familia. 

Influencias artísticas
Las monjas que vivían en el convento en el que ingresó Polixena con el nombre de Plautilla eras seguidoras de un predicador que intentó sacudir los cimientos de la iglesia con sus discursos encendidos en los que denunciaba la corrupción y el lujo en las altas esferas eclesiásticas. Además de sus críticas, Savonarola defendía un estilo de vida concreto para las religiosas según el cual éstas debían dedicar su vida tras los muros de los monasterios al arte. Esto habría empujado a Sor Plautilla a iniciarse en el mundo de la pintura. Una de sus principales influencias fue una valiosa colección de dibujos del pintor dominico Fra Bartolommeo que recibió de un alumno suyo, Fra Paulino. Lo que no está claro es que recibiera instrucciones directas de este pues siendo monja es extraño que pudiera entrar en contacto con otras personas ajenas a su convento. Pero sea como fuere, Sor Plautilla recibió la inspiración de estos y otros pintores de su tiempo como Leonardo da Vinci o Rafael.

Parece ser que Sor Plautilla Nelli recibió muchos encargos a lo largo de su vida de obras religiosas, desde miniaturas hasta tablas de gran formato. Aunque, lamentablemente muy pocas se han identificado como suyas. La lamentación con santos (hoy en el Museo San Marco de Florencia), La Virgen con el Niño y cuatro ángelesPentecostés de la Iglesia de San Domenico de Perugia o La Última Cena del Convento florentino de Santa Maria Novella son algunas de las pocas obras que se han identificado como suyas.

Durante toda su vida artística Sor Plautilla recibió los halagos de grandes eruditos, entre ellos el propio Giorgio Vasari quien la calificó de virtuosa. Y además de pintar, reservó parte de su tiempo a transmitir su sabiduría a otras monjas de su convento.

Sor Plautilla Nelli, considerada la primera pintora florentina de la historia, moría en su convento el 7 de mayo de 1588.


 Si quieres leer sobre ella


Encyclopedia of Women in the Renaissance: Italy, France, and England
Diana Maury Robin,Anne R. Larsen,Carole Levin








Por Sandra Ferrer

jueves, 28 de marzo de 2013

La luz visionaria en la oscuridad de un baúl, Santa Beatriz de Silva (1424-1491)


¿Puede esperar toda la vida una persona hasta conseguir el que considera su principal objetivo vital? Muchos ejemplos nos han llegado de hombres y mujeres que no han cejado en su empeño a pesar de las dificultades, las voces contrarias y las puertas cerradas. El caso de Santa Beatriz de Silva es uno de esos casos de espera paciente y trabajo incansable para conseguir lo que ella creía que era la razón por la cual había llegado a este mundo. La rocambolesca reclusión en un baúl durante días por la locura de una reina ya conocida por sus desvaríos, Isabel de Portugal (aquella que fue abuela de la conocida como Juana la Loca) abrió los ojos a una jovencita de poco más de veinte años en aquella negrura sin sentido. Una visión de la Virgen durante su reclusión le aseguró que saldría viva de semejante extraña situación y ella, en agradecimiento, entregó su vida a la madre de Dios y se propuso crear ni más ni menos que una nueva orden monástica dedicada a la Inmaculada Concepción de María.

La dama de la reina

Beatriz de Silva y Meneses nació en Ceuta en el año 1424. El abuelo de Beatriz había sido el primer capitán de esa plaza africana, entonces portuguesa. Sus padres fueron Ruy Gómez de Silva e Isabel de Meneses. Pero Beatriz viviría poco tiempo en Ceuta pues la corona portuguesa premió el buen trabajo de su padre trasladándolo a Campo Mayor, en el Alentejo, donde fue nombrado alcalde.

La infancia de Beatriz transcurrió feliz en Campo Mayor rodeada de sus once hermanos. Todos ellos recibieron una buena educación de la mano de frailes franciscanos quienes a buen seguro inculcarían en Beatriz y algunos de sus hermanos la devoción a la Inmaculada Concepción de la Virgen.

En 1447, cuando Beatriz era una jovencita de 22 años, se sumó a las damas de la corte lusitana que iban a acompañar a la princesa Isabel a Castilla, donde iba a casarse con el rey Juan II. El carácter difícil y rayando en la locura de la nueva reina castellana se hizo pronto patente en la corte. La reina se mostraba constantemente agobiada por los celos de sus damas de honor, celos que se convirtieron en obsesión. Una obsesión que pronto recayó sobre Beatriz a quien la soberana vio como una amenaza. Así, en cierta ocasión en que Isabel creyó ver un cruce de miradas entre el rey su esposo y Beatriz su dama de honor, en un arrebato de demencia la empujó en un baúl y la encerró con llave.

Beatriz sufrió varios días de angustia y desesperación hasta que un tío suyo reparó en su ausencia en la corte y dio la voz de alarma. Pasado el tiempo, Beatriz aseguró que en su injusta reclusión tuvo una visión de la Virgen María en la que la tranquilizó y le aseguró que saldría viva de aquel macabro encierro.

Reclusión en Toledo

Sintiendo que en la corte no estaba en absoluto segura, Beatriz se alejó de la reina Isabel y pidió refugio en Toledo, en el Monasterio de Santo Domingo, donde vivió buena parte de su vida sin llegar a tomar los hábitos. La antigua dama de corte tenía reservada para ella misma otro destino. Según una promesa que habría hecho a la Virgen en aquel horrible baúl, Beatriz quería crear una orden dedicada a la Virgen. Pero aquella determinación no iba a ser fácil de materializar pues hacía tiempo que el papado había prohibido la creación de nuevas órdenes monásticas, de manera que los nuevos cenobios deberían ceñirse a las reglas ya existentes. Lo que Beatriz quería era una orden religiosa defensora a ultranza de la Inmaculada Concepción de la Virgen, es decir, que creyera y defendiera el hecho de que María habría nacido sin pecado original. 

Que una mujer quisiera crear una nueva orden monástica femenina y además lo hiciera basándose en una cuestión que aún no se había convertido en dogma de fe era poco menos que un sueño irrealizable. 

En el Convento de Santo Domingo de Toledo, Beatriz pasó unos largos treinta años meditando la manera de materializar su objetivo. Cuando Isabel, hija de Juan II y aquella otra Isabel que tan mal tratara a Beatriz, se convirtió en reina, visitaba con cierta asiduidad a la que fuera dama de su madre y a la que mostró siempre mucho respeto y admiración. Isabel I de Castilla no dudó en ayudar a Beatriz en su cometido.

Monja concepcionista

Lo primero que hizo la reina católica fue ceder a Beatriz unos amplios terrenos en Toledo conocidos como los “Palacios Galiana”. Allí se instaló en 1484 junto con otras once mujeres que vivieron en aquel beaterio a la espera de recibir la aprobación de Roma.

El Papa Inocencio VIII aprobó el 30 de abril de 1489 la Bula Inter Universa en la que, si bien obligada a Beatriz y sus seguidoras a acogerse a las ordenanzas de la orden del Císter, las podía adaptar quedando al margen de las leyes litúrgicas cistercienses. En el nuevo monasterio se rezaría un oficio peculiar, el de la Concepción. La nueva orden de monjas concepcionistas se distinguiría con un hábito blanco y capa azul.

Pero Beatriz no consiguió del todo su cometido pues el Papa le denegó la aprobación de una regla específica redactada por ella misma. Tampoco pudo vivir demasiado tiempo como monja concepcionista pues fallecía el 17 de agosto de 1491.

Beatriz de Silva fue beatificada por Pío XI en 1926 y canonizada por Pablo VI cincuenta años después.

 Si quieres leer sobre ella 


Mujeres renacentistas en la corte de Isabel La Católica, Vicenta Mª Márquez








Sandra Ferrer

sábado, 23 de marzo de 2013

Nuestra señora de la Revolución, Teresa Cabarrús (1773-1835)


La Revolución Francesa, uno de los momentos históricos más trascendentales para la historia de Europa, estuvo dirigido y protagonizado, como la mayoría de hechos pasados, por hombres. O al menos así nos lo ha querido hacer creer la historia. Pero lo cierto es que las mujeres jugaron un papel muy importante, si no trascendental en la caída del Antiguo Régimen. Desde aquellas que marcharon hasta Versalles reclamando la presencia de la familia real en París, hasta la asesina de Marat, Charlotte Corday, pasando por otros nombres propios como las que podemos considerar primeras feministas de los tiempos modernos, Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft. Todas ellas se han quedado en un segundo sino inexistente plano en los libros que relatan los hechos revolucionarios, a excepción quizás de la reina, María Antonieta. Una de aquellas mujeres, de la que hoy repasamos si biografía, no sólo fue protagonista de la revolución sino que su papel en la sombra fue determinante en algún momento de aquellos años violentos. Teresa Cabarrús, que ese era su nombre, fue una mujer de carácter, de origen español, que supo jugar bien sus cartas en el tablero de la revolución y movió algunos de sus hilos más importantes. 

Una española en París
Juana María Ignacia Teresa Cabarrús y Galabert nació el 31 de julio de 1773 en Madrid. Teresa fue la única hija de Antonia Galabert y Francisco Cabarrús, fundador del Banco de San Carlos, origen del actual Banco de España. Pertenecientes a la alta sociedad española, la familia de Teresa delegó su educación en nodrizas y monjas. 

A sus doce años, convertida en una bella jovencita casadera, su padre decidió alejarla de peligrosos pretendientes de baja alcurnia y trasladarla a París para encontrar allí un buen partido de alta cuna. Corría el año 1785 y Francia aun no era consciente del huracán revolucionario que estaba por venir. Ajenos a la problemática social, la aristocracia parisina con la que Teresa tuvo que convivir, se divertía rodeada de lujos. 

La pequeña Teresa no tuvo problemas en adaptarse a una nueva vida de fiestas y libertad una vez superada la separación de su familia. Su madre, quien la acompañó en su viaje a lo desconocido, volvió a su España natal dejando a su hija al cargo de una dama viuda llamada madame Boisgeloup. 

A pesar de que Teresa tendría desde entonces hasta el final de sus días una larga lista de amantes y maridos, el primero de ellos dejó una fuerte impronta en ella. Fuera por su juventud, fuera por su inexperiencia en los asuntos del amor, lo cierto es que Teresa se enamoró perdidamente de Jean-Alex Laborde. Los jóvenes, impulsivos e impetuosos, quisieron casarse al poco tiempo. Pero Francisco Cabarrús no había enviado a su pequeña lejos de su hogar para que volviera casada con un don nadie. Así que, sin tener en cuenta los sentimientos de la desdichada pareja, hizo todo lo posible para separarlos. 

Posiblemente aquello precipitó la elección del primero, que no el último, marido de Teresa. La elección del banquero español recayó en Jean-Jacques Devin de Fontenay, marqués de Fontenay, miembro del Parlamento de París y doce años mayor que Teresa. La boda, celebrada el 21 de febrero de 1788, fue el inicio de un matrimonio con muy poco futuro. 

El 2 de mayo de 1789, los marqueses de Fontenay tendrían a su primer y único hijo, Devin Théodore. En aquel tiempo, a las puertas de la revolución, Teresa vivía la vida como marquesa anfitriona de espléndidas fiestas y veladas y como marquesa amante de distintos hombres. 

Nuestra Señora del Buen Socorro
Jean - Lambert Tallien
Cuando el 14 de julio los parisinos tomaban la Bastilla, empezaba uno de los episodios más convulsos de la historia de Francia. El marqués de Fontenay, consciente del peligro que acechaba y lejos de querer convertirse en un mártir de la caduca aristocracia, decidió huir de París. Teresa también dejó aquella capital en llamas otrora centro de la luz y la alegría de vivir, para unos pocos. Los marqueses de Fontenay cogieron distintos caminos tras solicitar el divorcio. Teresa se refugió en casa de unos tíos en Burdeos junto a su hijo Théodore. Allí fue testigo de la peligrosa evolución de los hechos revolucionarios. 

El 13 de julio de 1793 era asesinado Marat, el jacobino amigo del pueblo por una joven girondina, Charlotte Corday  y los acontecimientos se precipitaban. Con el poder en manos de Maximilien de Robespierre, empezaba uno de los periodos más sangrientos de la revolución. No en vano, los hechos acaecidos entre septiembre de 1793 y la primavera de 1794 fueron llamados la época del Terror. 

El conocido como el Incorruptible utilizó la guillotina para iniciar un tiempo de auténtico exterminio de todo aquel contrario a la revolución. La fina hoja de la Louisette llegó hasta los rincones más escondidos de Francia. Y por supuesto Burdeos no se libró. Y por supuesto, la marquesa de Fontenay tampoco. Teresa, esposa de un aristócrata huido, en concreto a la lejana Martinica, fue detenida y condenada a morir guillotinada. 
Maximilien de Robespierre

Pero la suerte no abandonó a Teresa. La Convención Nacional, con Robespierre y su Louisette a la cabeza, había distribuido por todo el territorio comisarios para vigilar que la ley del Terror del Incorruptible se cumpliese a rajatabla. A Burdeos fue enviado Jean-Lambert Tallien, un joven de 24 años ferviente seguidor de la política sanguinaria de Robespierre. A pesar de sus convicciones políticas jacobinas, Tallien no pudo evitar enamorarse de la bella marquesa. Su amor le llevó a librar sin condiciones a Teresa de una muerte segura. 

El ciego amor de Tallien hacia Teresa, el cual, por otro lado no queda claro que fuera del todo correspondido, fue la razón de la moderación de sus detenciones y enjuiciamientos masivos. Teresa Cabarrús se convertía entonces para el pueblo de Burdeos enNuestra Señora del Buen Socorro, apelativo que se ganó por la ayuda prestada a todo aquel que llamaba a su puerta para pedir clemencia y librarse de la fina hoja de la guillotina. 
Josefina Bonaparte

El 24 de marzo de 1794, Jean-Lambert Tallien ascendía a Presidente de la Convención. El nuevo papel de Tallien y la fama de su clemente esposa llegaron a oídos del temido Robespierre quien no dudó en situarlos en su lista de enemigos de la patria. Mientras su esposo era reclamado para personarse ante un tribunal en París, Teresa volvió a prisión. En su reclusión de Carmes, entre otras muchas personas condenadas a la guillotina, Teresa conoció a una criolla que respondía al nombre de Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie quien, andando el tiempo se convertiría en la emperatriz de Francia como Josefina Bonaparte. Teresa y Rose, como se conocía en aquel momento, iniciaron una amistad que se prolongaría más allá de los muros de la prisión. Y es que de nuevo la suerte se puso del lado de Madame Tallien en el último momento. En un acto desesperado, Teresa envió una carta a su marido apelando a la cobardía del mismo por no hacer nada en favor de la vida de su propia esposa. 

Nuestra Señora de Thermidor
Una vez más, Teresa despertó la valentía de su marido quien reaccionó no sólo liberando a su esposa sino a todo el país del yugo del Incorruptible. El 9 de Thermidor del año II del calendario revolucionario, el 27 de julio de 1794, Tallien daba un golpe de efecto denunciando públicamente a Robespierre de tirano en un discurso ante el Comité de Salud Pública. Aquel hecho desencadenó la conocida como Reacción Thermidoriana que terminó con la vida de Robespierre en su tan querida Louisette y cerraba el capítulo más sangriento de la revolución. De nuevo Teresa volvía a ser la artífice en la sombra y el pueblo la bautizaba de nuevo, esta vez como Nuestra Señora de Thermidor

Ascendido al Comité de Salud Pública, Tallien disfrutó de su triunfo y se casó con Teresa el 26 de diciembre de 1794. Poco tiempo después nacería su única hija, Rose Thermidor.

En aquellos años de relativa tranquilidad, Teresa Cabarrús disfrutó de su vida social como una de lasmerveilleuses más destacadas de la sociedad parisina. Cansados de tanta violencia y sangre, la ciudad quería pasar página y disfrutar de largas veladas de alegría y diversión. Y Teresa fue una anfitriona perfecta, dando grandes fiestas y siendo el referente de la moda del momento. En aquel tiempo llegó a conocer a un joven soldado sin mucho futuro que respondía al nombre de Napoleón Buonaparte.

Pero mientras Madame Tallien gozaba de su éxito, su esposo veía de nuevo declinar su estrella hasta que en 1795 con la creación del Directorio, su carrera política dio un freno estrepitoso. En la nueva cumbre del poder, Tallien no se supo hacer un sitio. En una búsqueda desesperada por recuperar su prestigio, Tallien se unió a la expedición que el entonces general Bonaparte (con su apellido afrancesado) organizó a Egipto. 

Nuestra Señora de Septiembre
Teresa no dejó de organizar sus famosas y concurridas fiestas ahora incluso con más alegría pues se sentía libre de toda atadura con su esposo. Fue entonces cuando Paul Barras entró en su vida. Barras sí que había triunfado en el nuevo gobierno formando parte del Directorio. Con Barras mantuvo una relación efímera basada en el lujo y en el dispendio mientras el pueblo volvía a morirse de hambre. Fue entonces cuando la popularidad de la otrora Nuestra Señora del Buen Socorro declinó hasta el punto de ver cómo aquel bonito apelativo como protectora de los más desfavorecidos mudaba en otro menos amable: Nuestra Señora de Septiembre en alusión a los hechos acaecidos en aquel mes de 1792 cuando la sangre de los ciudadanos corría sin control por las calles de París.

Así, poco a poco, la buena imagen de Teresa Cabarrús se fue difuminando, entre el pueblo y entre las clases bien estantes y poderosas. El propio Barras no tuvo inconveniente en deshacerse de su amante por demandar demasiados lujos y se la cedió sin ningún miramiento a Gabriel Ouvrard, un multimillonario que había amasado su fortuna especulando con los suministros del ejército en los inicios de la revolución. Con Ouvrand llegó a tener cuatro hijos sin llegar a casarse nunca con él.

La princesa de Chimay
El último capítulo en la vida de Teresa Cabarrús empezó en 1805 cuando contrajo su tercer matrimonio con François de Riquet, conde de Caraman y príncipe de Chimay. Del primero con Fontenay había conseguido la anulación y de Tallien se había divorciado sin problema tres años antes al haber contraído un matrimonio civil.

Tenía entonces 32 años pero consideró que ya era el momento de retirarse de la ajetreada vida de París. En su refugio a las afueras de Bruselas, Teresa, ahora convertida en princesa de Chimay tuvo otros cuatro hijos y vio desde la lejanía el esplendor del imperio napoleónico y su posterior caída, la restauración monárquica y la revolución de 1830.

Teresa Cabarrús, protagonista indispensable de la revolución francesa, aunque la historia no le haya reservado el sitio que se merece, falleció el 15 de enero de 1835.

 Si quieres leer sobre ella


La cinta roja, Carmen Posadas
Género: Novela histórica




Amantes poderosas de la historia
Ángela Vallvey












Por Sandra Ferrer

miércoles, 13 de marzo de 2013

Del arte a la diplomacia, Guillermina de Prusia (1709-1758)


En el siglo XVIII, vivió una mujer en el Sacro Imperio Romano Germánico que fue embajadora de todas las artes y ejerció un papel determinante como diplomática al servicio de su amado hermano el rey Federico II el Grande. Guillermina de Prusia fue una apasionada de la música, la literatura y las artes en general. Compuso varias obras musicales, impulsó la creación de una universidad y fomentó la construcción de grandes obras arquitectónicas en su ciudad. Reina consorte de Prusia y margravina de Bayreuth, Guillermina intentó siempre encontrar tiempo entre sus dedicaciones dinásticas a cultivar sus verdaderas pasiones artísticas, aficiones que tuvo que abandonar al final de su vida en pos de su propia familia. 

Princesa de Prusia
Friederike Sophie Wilhelmine nació el 3 de julio de 1709 en Berlín. Guillermina era hija del rey Federico Guillermo I de Prusia y de Sophia Dorotea de Hannover. De los catorce hijos de la pareja, diez llegaron a la edad adulta, entre ellos, el que sería rey de Prusia como Federico II “El Grande” y con el que mantuvo un relación especial.

Guillermina pasó su infancia al lado de sus hermanos y mostrando un prematuro interés por el arte y la literatura. Aprendió a tocar el laúd con gran virtuosismo de la mano de Sylvius Leopold Weiss.

Margravina de Bayreuth
Con 22 años, Guillermina se casó en una boda concertada por sus padres con Federico III de Brandeburgo-Bayreuth. El matrimonio empezó con buen pie pero pronto empezaron a aparecer diferencias entre la pareja que se convirtieron en insalvables cuando su marido instaló en la corte de Bayreuth a su amante Dorotea von Marwitz. Guillermina y Federico solamente tuvieron una hija, Elisabeth Fredericka Sophia de Brandenburg-Bayreuth.

La margravina soportó su fracaso matrimonial volcándose en el mundo artístico y literario. Convirtió Bayreuth en un importante centro intelectual y referente del arte rococó gracias a la fundación de la Universidad de Erlange, la construcción de un teatro de la ópera y la restauración de otros centros artísticos y teatrales. 

Guillermina se rodeó de intelectuales y artistas, como Voltaire, Bernhard Joachim Hagen, Hasse y Bernasconi. Ella misma compuso música de cámara y una ópera, Argenore, estrenada en 1740 para celebrar el cumpleaños de su marido.

Al servicio del rey, su hermano
La Guerra de los Siete Años, iniciada en 1756, supuso el fin de la vida artística e intelectual de Guillermina. Su sentido de la responsabilidad para con su familia, la Dinastía de los Hohenzollern, la llevó a abandonar la música y el arte para dedicarse a la diplomacia. Desde entonces hasta su muerte, acaecida el 14 de octubre de 1758, Guillermina ejerció de embajadora de su hermano el entonces rey de Prusia, en el Sur de Alemania.





 Si quieres leer sobre ella 


Creadoras de música, VVAA
Género: Ensayo




Por Sandra Ferrer

domingo, 10 de marzo de 2013

Marxismo, feminismo y liberación de la mujer




Inessa Armand, la primera dirigente del Departamento de la Mujer en la Revolución Rusa de 1917, hizo la siguiente observación: “Si la liberación de la mujer es impensable sin el comunismo, el comunismo es también impensable sin la liberación de la mujer”. Esta afirmación es un perfecto resumen de la relación entre la lucha por el socialismo y la lucha por la liberación de la mujer: no es posible una sin la otra.
La tradición marxista asume, desde sus orígenes, con los escritos de Karl Marx y Friedrich Engels, la lucha por la liberación de la mujer. Ya desde el “Manifiesto Comunista”, Marx y Engels argumentaron como la clase dominante oprime a las mujeres, relegándolas a “ciudadanas de segunda clase” en la sociedad y dentro de la familia: “el burgués ve en su mujer un mero instrumento de producción…, no sospecha siquiera que el verdadero objetivo que perseguimos [los comunistas] es el de acabar con esa situación de las mujeres como mero instrumento de producción”.
Marx no dedicó mucho espacio en El Capital a describir el papel que cumple el trabajo domestico de las mujeres bajo el capitalismo. Tampoco examinó el origen de la opresión de la mujer en la sociedad de clases, a pesar de que tomó extensas notas etnológicas sobre este tema hacia el final de su vida.
Después de la muerte de Marx, Engels utilizó algunas de aquellas notas para su libro: “El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado”, donde analizaba el surgimiento de la opresión de las mujeres como el producto de la aparición de la sociedad de clases y de la familia nuclear. A pesar de que han sido necesarias varias revisiones para actualizar las tesis del libro de Engels, fueron pioneras, en su momento, como contribución a la comprensión de la opresión de las mujeres; en particular, porque Engels escribía en la Inglaterra victoriana, que no era, desde luego, una era ilustrada en lo que se refiere a la situación de las mujeres.
De hecho, en “El origen…” es más que notable la cuidadosa atención que Engels dedica a los aspectos personales de la opresión de las mujeres dentro del marco familiar, incluyendo la extrema degradación sufrida por las mujeres a manos de sus maridos, con un grado de desigualdad desconocida en las sociedades anteriores. Engels califica el surgimiento de la familia nuclear como “la derrota histórica del sexo femenino a nivel mundial”. Aunque las notas de Marx sugieren que esta derrota histórica mundial se inicia y desarrolla durante un periodo de tiempo mas extenso, precediendo y conduciendo a la aparición de la sociedad de clases, con el resultado final de un enorme retroceso en la igualdad de las mujeres respecto de los hombres.
Además, Engels sostiene explícitamente que la violación y la violencia contra las mujeres se iniciaron dentro de la familia, en sus mismos orígenes:
El hombre tomó el mando también en el hogar; la mujer fue degradada y reducida a la servidumbre; se convirtió en la esclava de su lujuria y en un mero instrumento para la producción de hijos…Para asegurar la fidelidad de su mujer y por tanto, la paternidad de sus hijos, es entregada sin condiciones al poder del marido; si él la mata, solo está ejerciendo sus derechos”.
Engels también explicó cómo el ideal de la familia monógama en la sociedad de clases se basa en una hipocresía fundamental. Desde sus inicios, la familia ha estado marcada por el “carácter específico de la monogamia solo para la mujer, pero no para el hombre”. Mientras que los actos de infidelidad de las mujeres, son duramente condenados, sin embargo, se consideran “honorables en el hombre o, en el peor de los casos, un leve pecadillo contra la moral que se puede asumir alegremente”.
Esclavitud doméstica
Si algo se puede destacar, desde el inicio de la tradición marxista en cuanto a la emancipación de la mujer, es que el problema no ha sido nunca contemplado teóricamente como un asunto que concierne solo a las mujeres, sino como un tema en el que se debe implicar el conjunto de los lideres revolucionarios, tanto hombres como mujeres.  El revolucionario ruso León Trotsky escribió: “Para cambiar nuestras condiciones de vida, debemos aprender a mirar a través de los ojos de las mujeres”. Del mismo modo, V.I. Lenin, solía referirse a la opresión de las mujeres dentro de la familia como “esclavitud doméstica”.
La esclavitud doméstica, a la que Lenin hace referencia, es un elemento central en la teoría marxista sobre la opresión de las mujeres: la fuente de la opresión de las mujeres radica en el papel de la familia como reproductora de la fuerza de trabajo para el capitalismo, y en el papel desigual de la mujer en su seno. Mientras que la familia de las clases dominantes ha funcionado históricamente como una institución a través de la que transmitir la herencia entre generaciones, con el surgimiento del capitalismo, la familia de la clase obrera asumió la función de proporcionar al sistema una oferta abundante de mano de obra.
Es una forma muy barata para los capitalistas, pero no para los trabajadores, de reproducir la fuerza de trabajo, tanto en términos de reposición diaria de la fuerza de trabajo actual, como para su incremento numérico con generaciones futuras de trabajadores. Esta configuración sitúa casi toda la carga financiera para la crianza de los hijos y el mantenimiento del hogar sobre los hombros de las unidades familiares obreras, dependiendo básicamente de los salarios de uno o de los dos padres para la supervivencia, en lugar del gasto social del gobierno o de la clase capitalista.
El surgimiento de la familia de la clase obrera también comenzó a diferenciar claramente el carácter de la opresión que sufren las mujeres de distintas clases: el papel de las mujeres de clase alta es producir descendencia para heredar la riqueza de la familia, mientras que la función de las mujeres de la clase obrera es mantener las generaciones de trabajadores para hoy y mañana dentro de su propia familia; esto es, la reproducción de la fuerza de trabajo para el sistema. Engels sostenía que el papel de la “mujer proletaria” significa que “la esposa se convertía en la sirvienta principal (…) y que si lleva a cabo sus tareas al servicio privado de su familia, permanece excluida de la producción pública y sin salario; y si quiere tomar parte en la producción pública y obtener un salario independiente, no puede atender sus deberes familiares”.
Actualmente, las exigencias del trabajo y de la familia compiten entre sí y son una fuente importante de estrés para las madres trabajadoras. Sobre todo en las familias obreras que no pueden permitirse el lujo de pagar servicios externos de lavandería, limpieza, cocina y ayuda en las tareas domésticas.
Para fortalecer la institución familiar, la ideología de la clase dominante obliga a mujeres y hombres a asumir roles de genero rígidamente diferenciados, incluyendo el ideal de criadora-ama de casa para las mujeres, sometidas al varón cabeza de familia y responsable de su sustento económico, sin que importe lo poco que tienen que ver realmente esos ideales con las vidas reales de la clase trabajadora. Desde la década de los 70, la gran mayoría de las mujeres forman parte de la fuerza de trabajo y, sin embargo, perviven tanto esos ideales familiares como la idea de que la mujer esta mejor dotada para asumir las tareas domésticas dentro de la familia. El papel de la mujer como cuidadora en el seno familiar reduce su status al de ciudadanas de segunda clase dentro del conjunto social, dado que se presupone que su principal responsabilidad, y su mayor contribución, es la de estar al servicio de las necesidades individuales de su familia.
Así, comprendiendo que el papel de la familia es la clave para entender la posición de ciudadanas de segunda que padecen las mujeres en la sociedad, responderemos a las preguntas básicas: ¿porqué aún no se ha conseguido aprobar la enmienda a la constitución sobre la igualdad de derechos que garantice la igualdad básica ante la ley para las mujeres norteamericanas?; ¿porqué las mujeres son relegadas al papel de objetos sexuales, sujetas a la aprobación o desaprobación de los hombres?; ¿porqué las mujeres seguimos, aún hoy, luchando por el derecho a controlar y decidir sobre nuestro propio cuerpo y nuestra vida reproductiva? Todo comenzó con la familia, pero sus repercusiones se extienden mucho mas allá de la vida dentro de la familia.
Los líderes de la Revolución Rusa de 1917 comprendieron no solo el papel central de la familia en la raíz de la opresión de las mujeres, sino también que las dificultades para lograr la igualdad de género dentro de la familia condicionaban la liberación de la mujer en el conjunto de la sociedad. Trotsky escribió en 1920: “Lograr la igualdad real entre el hombre y la mujer dentro de la familia es un problema arduo. Todos nuestros hábitos domésticos deberán ser revolucionados antes de que pueda suceder. Y, sin embargo, es obvio que si no hay verdadera igualdad entre marido y mujer en la familia, tanto en lo cotidiano como en sus condiciones de vida, no podremos hablar seriamente de su igualdad en el trabajo, en la sociedad o incluso en la política.”
Luchar contra la opresión
También la Revolución Rusa comenzó a abordar, tanto a nivel teórico como práctico, la lucha contra la opresión como parte integral de la lucha por el socialismo, argumentando que el partido revolucionario debe de ser la “tribuna de los oprimidos”. Lenin realizó la siguiente y sucinta explicación sobre como el objetivo de la toma de conciencia revolucionaria requiere de la voluntad de los trabajadores para defender los intereses de todos los oprimidos en la sociedad, como parte de la lucha por el socialismo:
“La conciencia de clase de los trabajadores no puede ser verdadera conciencia política si los obreros no están capacitados para responder a todo tipo de tiranía, opresión, violencia o abuso, no importa la clase que se vea afectada sí, además, se forman para responder desde un punto de vista Social-Demócrata y no de otro”.
Esta formulación es extremadamente importante para entender el papel del movimiento socialista, no solo en la lucha de clases, sino también en la lucha contra toda forma de opresión. Y estaba esperando llegar aquí, para aplicar esta formula al tratamiento específico de la opresión de la mujer y lo que significa tanto en la teoría como en la práctica.
Lo que Lenin está destacando en esta cita es que aunque el sistema capitalista se basa, esencialmente, en la explotación de la clase obrera (y la clase es la clave de la división en la sociedad, entre explotadores y explotados), al mismo tiempo, el sistema capitalista también utiliza otras formas específicas de opresión para mantener el sistema. Y estas formas de opresión afectan a individuos de todas las clases, no solo a los obreros.
Un par de ejemplos, hoy bien conocidos, pueden ayudar a ilustrar este punto algo  más fácilmente. Primero, el prejuicio racial: conducir cuando se es negro o mulato no es un problema que afecte solo a la clase trabajadora, los negros u otro grupo oprimido racialmente. Lo cierto es que conducir un Mercedes de alta gama, vestido con un traje caro, no te libra de ser prejuzgado racialmente y de acabar detenido por la policía.
Tomemos otro ejemplo, esta vez específico de mujeres: “el techo de cristal”. Existe una simple razón por la que las altas esferas del mundo empresarial y político siguen siendo abrumadoramente blancas y masculinas y es la del racismo y el sexismo puro y duro. Tenemos un circulo interno, blanco y masculino, rigiendo la sociedad, donde ni los negros ni las mujeres están invitados a entrar.
Sería un error decir: “¿por qué preocuparse de unos ricos? La opresión que sufren no es comparable con la que sufren la clase obrera y los pobres. Puede que sea en parte cierto, pero lo que Lenin argumentaba aquí es que la defensa de los derechos de todos los oprimidos es indispensable, no solo  para luchar eficazmente contra la opresión, sino que también es necesaria en la preparación de la clase obrera para dirigir la sociedad en interés de toda la humanidad.
¿Cómo podemos hoy día conciliar estos dos aspectos del marxismo: el papel de los revolucionarios en la auto-emancipación de la clase obrera y como adalides de todos los oprimidos, sin que importe la clase social afectada?.
Para nosotras resulta fácil abrazar la causa de las mujeres trabajadoras, formar sindicatos y organizar huelgas para reclamar el derecho a la igualdad salarial. Es una lucha obvia a la que damos nuestro apoyo incondicional. Pero lo cierto es que el mundo es mucho más complicado y algunos de los movimientos más importantes contra la opresión han surgido como movimientos no basados en la pertenencia de clase, incluyendo el feminista y la lucha por la igualdad de las mujeres.
Creo que la evidencia muestra, en particular, que los movimientos de los años 60 y principios de los 70, incluyendo los de la liberación de la mujer, el movimiento de liberación homosexual, en defensa de los derechos civiles y el nacionalismo negro, fueron poderosas luchas sociales que tuvieron un efecto transformador, tanto en la conciencia de masas en general como en la conciencia de las clases trabajadoras en particular.
Feminismo
Los avances del movimiento de liberación de las mujeres en la década de 1960 han tenido un efecto duradero en la sociedad y esa es la razón por la que la derecha se ha pasado los últimos 40 años atacando todas esas conquistas de los movimientos de mujeres. También por ello, el feminismo en sí ha sido objeto de ataques, que intentaban caricaturizar a las feministas como un grupo de mujeres amargadas, egoístas y sin sentido del humor, a las que no les gustan los hombres, ni resultan atractivas para ellos y por todo ello se pasan la vida inmersas en una mentalidad victimista, imaginando ver ataques sexistas por todos lados.
Así, en este punto de la historia, cuando el feminismo ha sufrido los últimos 40 años un ataque sostenido y sin que se vislumbre cuando acabará, lo último a lo que nos debemos sentir empujados es a atacar al feminismo. Al contrario, tenemos que defender el feminismo por principio, como defensa de la liberación de la mujer y en oposición al sexismo. ¿Cuál es la definición de feminismo?: la defensa de los derechos de la mujer en el terreno de su igualdad política, social y económica respecto de los hombres.
Lamentablemente, no todos los marxistas, ni en todo momento, comprendieron la necesidad de defender el feminismo y de valorar los enormes logros del movimiento de mujeres, ni siquiera después de que la era de los 60 dejara paso a la reacción. Esto incluye a algunos que pertenecen a nuestra propia tradición, la Tendencia Socialista Internacional que, a mi juicio, incurrió en un enfoque reduccionista de la liberación de la mujer hace algunas décadas. Y también podría añadir que nuestra propia organización, la ISO de EE UU, ha sobrellevado la marca de esa tradición en un par de puntos teóricos clave, que quiero aquí resumir brevemente.
En primer lugar, ¿qué es el reduccionismo? En su forma más pura, el reduccionismo supone que la lucha de clases resolverá el problema del sexismo por si misma, al revelar los verdaderos intereses de clase en oposición a la falsa conciencia. Este enfoque “reduce” los problemas de opresión a una cuestión de clase. También se acompaña, generalmente, de una reiteración del carácter objetivo de clase del interés de los hombres en acabar con la opresión de la mujer, sin asumir la pregunta más difícil: ¿cómo enfrentar el sexismo dentro de la clase obrera?
Obviamente, ésta somera aproximación no describe la tradición de la Tendencia Socialista Internacional que, después de los movimientos de liberación de la mujer de los años 60, se toma muy en serio la liberación de la mujer, como un elemento central de la lucha por el socialismo.
No obstante, yo diría que fue una adaptación en sentido reduccionista y una tendencia a minimizar la opresión que sufren las trabajadoras como mujeres lo que condujo a una errónea prueba de fuego teórica sobre la cuestión de como los hombres de la clase obrera se “benefician” de la opresión de las mujeres. También quiero dejar aquí claro que no estoy simplemente “señalando con el dedo”, ya que, aunque en menor medida, nosotros en la ISO de EE UU adoptamos un enfoque similar.
Hubo un conjunto de artículos y un debate a mediados de los años 80, publicados en el “International Socialism Journal”, en el que participaron algunos de los principales dirigentes del “Socialist Workers Party” (SWP) británico, que comenzaron a abordar las cuestiones que acabo de describir. No es posible aquí resumir todo aquel debate, pero si presentar algunos de sus puntos más significativos.
Empezaremos con un articulo de 1984 titulado: “Liberación de la Mujer y Socialismo Revolucionario” de Chris Harman, un destacado miembro del SWP.(Quiero aclarar que Harman fue uno de los grandes marxistas de su época, que jugó un papel clave en la formación de muchos de nosotros en la ISO. Así pues, el asunto que describo representa una pequeña, aunque significante, detracción en su, por otra parte, enorme contribución al marxismo). En su artículo Harman sostiene:
De hecho, sin embargo, los beneficios que los hombres de la clase obrera reciben de la opresión de las mujeres son en realidad marginales…Los beneficios reales se reducen a la cuestión del trabajo doméstico. La pregunta es hasta que punto los hombres de la clase obrera se benefician del trabajo no remunerado de las mujeres.
Lo que los hombres de la clase obrera ganan, directamente, en términos del trabajo de su mujer, puede ser, más o menos, estimado. Es la cantidad de trabajo que tendría que realizar él si tuviera que limpiar y cocinar para sí mismo. No podría suponer más de una hora o dos al día. Una carga pesada para una mujer que tiene que realizar ese trabajo para dos personas después de una jornada laboral remunerada, pero no una enorme ganancia para el hombre trabajador”.
No parece necesario señalar que en los comentarios de Harman se describen solo los beneficios “marginales” que reciben los hombres, sin hijos que añadir a la carga de las mujeres dentro del hogar.
Otro socialista británico, John Molyneux, contestó a los argumentos de Harman, diciendo que los beneficios de los hombres son algo más que marginales: “Harman nos dice que ello ‘supone una carga pesada para una mujer que tiene que realizar ese trabajo para dos personas después de una jornada laboral remunerada’, así pues ¿si no supone un beneficio importante para el hombre trabajador, no es necesario hacerlo?”.
Los planteamientos de Molyneux provocaron una airada respuesta de Lindsey German y Sheila McGregor, miembros del Comité Central del SWP,  a los que Molyneux contestó de la misma manera. El debate no concluyó hasta 1986. Lindsey German opinó: “Las diferencias y ventajas que los hombres tienen no son, de ninguna forma, enormes; tampoco hay  beneficios tan sustanciales como John plantea. Por consiguiente, no existe base material que permita que los hombres sean ’comprados’ a cambio de esas ventajas”.
Sheila McGregor argumentó en contra como si Molyneux estuviera en vías de abandonar el marxismo por completo: “Si debemos tener una teoría adecuada sobre la opresión de las mujeres y como luchar contra ella, necesitamos basarnos en la tradición marxista. La posición de John, de que los hombres de la clase obrera se benefician de la opresión de las mujeres, es un primer paso hacía el abandono de esa tradición”.
A lo largo de ese debate, la posición evolucionó desde la sostenida por Harman, (el carácter marginal de los beneficios obtenidos por los hombres), a la afirmación de que los hombres de la clase obrera no se beneficiaban, en absoluto, de la opresión de las mujeres, junto a la de que, incluso aquellas ventajas que tienen los hombres sobre las mujeres dentro de la familia, no son “sustanciales”.
Beneficios
Si bien es cierto que el Capital es el primer beneficiario, tanto de la opresión de las mujeres en la familia, como de toda la basura sexista que se utiliza para reforzar el papel de la mujer como ciudadana de segunda clase (y también que los hombres de la clase obrera tienen un interés de clase objetivo en la liberación de la mujer), además, yo diría que plantear todo ello, simplemente así, da lugar a la tendencia a minimizar la gravedad de la opresión que sufren las mujeres y a no tomar en serio la necesidad de combatirla dentro de la clase obrera.
Como ejemplo de esto, baste comparar los argumentos del SWP británico de la época con los comentarios del propio Lenin en 1920, en las conversaciones mantenidas con la revolucionaria alemana Clara Zetkin algunos años después de la Revolución Rusa, cuando Lenin trató, en detalle, acerca de los obstáculos para alcanzar la liberación de las mujeres.
“¿Podría haber una prueba más palpable (de la continua opresión de las mujeres) que la de la visión corriente de un hombre observando, tranquilamente, como una mujer se agota con un trabajo trivial y monótono, trabajo que consume mucha fuerza y mucho tiempo, como es el doméstico y viendo, en ella, como su espíritu se encoje, su mente ensordece, su corazón se debilita y su voluntad languidece?...muy pocos maridos, ni siquiera los proletarios, piensan en lo mucho que podrían aliviar las cargas y preocupaciones de sus mujeres o, incluso, eliminarlas por completo, si les “echaran una mano” en ese ‘trabajo de mujeres’. Pero no, eso iría contra el ‘privilegio y la dignidad del hombre’. Él exige su comodidad y su descanso…”
Debemos erradicar el viejo punto de vista de amo del esclavo, tanto en el partido como en las masas. Es una de nuestras tareas políticas, una tarea tan urgente y necesaria como es la formación de un núcleo de camaradas, hombres y mujeres, con una sólida preparación, teórica y práctica, para el trabajo del Partido entre las mujeres trabajadoras.”
El Partido Bolchevique, tanto antes como después de la Revolución, dedicó considerables recursos a la divulgación y la educación de las mujeres trabajadoras y campesinas, a través de su Departamento de la Mujer, mientras que, al mismo tiempo, argumentaba en contra de las actitudes sexistas de los hombres de la clase obrera.
Alexandra Kollontai, que fue un miembro destacado del Partido Bolchevique y una de sus principales teóricas en torno a la opresión de la mujer, asistió, en 1917, al primer Congreso Pan-Ruso de los Sindicatos, en el que hizo un llamamiento a los hombres de la clase obrera para que apoyaran la igualdad salarial de las trabajadoras. Esto es lo que dijo:
“Los trabajadores con conciencia de clase deben entender que el valor del trabajo masculino depende del valor del trabajo femenino y que, con la amenaza de sustituir la mano de obra masculina por mano de obra femenina más barata, el capitalista puede presionar sobre el nivel salarial de los hombres. Sola la falta de comprensión puede llevar a ver este tema como una mera ‘cuestión de la mujer’”.
Así que yo añadiría que, hoy en día, nuestro énfasis debería estar más en consonancia con la teoría y la práctica de los bolcheviques, no solo en cuanto a no minimizar el grado de opresión al que se enfrentan las mujeres, o cualquier grupo oprimido, dentro de la clase obrera, sino además, en realizar un serio esfuerzo, en todos los frentes, para combatirlo.
Además, la verdad es que el feminismo es un movimiento amplio y multifacético, con tendencias muy diferentes y con bases teóricas también muy diversas. Construir un “modelo de paja” con el feminismo, basándolo en sus formas más burguesas, para luego tumbarlo y finalmente pensar que ya hemos hecho nuestro trabajo intelectual, hace un flaco servicio a la lucha contra la opresión de las mujeres. Hay importantes debates entre las feministas a los que hemos permanecido ignorantes en gran parte y que pueden jugar un gran papel para avanzar en nuestra comprensión tanto de la opresión de las mujeres como del marxismo mismo.
Feminismo burgués
No estoy planteando aquí que debamos abrazar, por igual y sin posición crítica, todas las tendencias del feminismo. De hecho hay un ala específica a la que debemos tratar con hostilidad abierta: el feminismo burgués o de clase media. Las mujeres de la clase dominante y de la clase media se enfrentan a la opresión, pero eso no significa que podamos confiar en que puedan seguir una estrategia que las lleve a abordar el sufrimiento de la vasta mayoría de las mujeres que están en la clase obrera.
Por el contrario, el incremento del número de mujeres en la cúpula empresarial y en las listas electorales en los últimos 45 años institucionalizaron el feminismo de clase media bajo la forma de organizaciones como la “US National Organization for Women” y la “Feminist Majority Foundation”, que no ven un problema en dedicar su atención exclusivamente a las necesidades de las mujeres de clases profesionales y directivas.
Esto ha dado paso, desde la década de 1990, a lo que se ha dado en llamar “Power Feminism” (poder feminista). La autora feminista Naomi Wolf resume mejor este nuevo enfoque, en su libro de 1994 “Fire with Fire”. En esa obra, Wolf acuñó el término “Power Feminism” como alternativo al que llama: “Victim Feminism” (victimismo feminista) que, según la autora, incluye los “viejos hábitos” heredados por la izquierda revolucionaria de la década de los años 60, tales como el reflejo anti-capitalista, la mentalidad sectaria y la aversión al ‘sistema’”.
Wolf admite que el capitalismo es “la opresión de muchos por unos pocos”, pero añade que “suficiente dinero rescata a la mujer de mucha opresión sexual”. Este, en pocas palabras, es el mensaje de Wolf: las mujeres deben abrazar el capitalismo y conseguir todo el dinero y el poder que puedan para sí mismas. Pervirtiendo el marxismo, sostiene que ”mientras esperan la ‘revolución’, las mujeres están mejor con los medios de producción en sus propias manos…las empresas de mujeres pueden ser las células del Poder del siglo XXI.”
De hecho, Wolf asume las diferencias de clase entre las mujeres, argumentando que: “Va a haber épocas en las que las agresiones de una mujer contra otra sea saludable, incluso un energizante corolario del hecho de haber alcanzado la plena participación social…Hay mujeres que dirigen, critican y despiden a otras mujeres, y sus empleados, a veces, comprensiblemente, odiarán su coraje”.
Ninguna socialista ni feminista debe sentirse obligada a aliarse con el “Power Feminism” o con cualquier otra rama del feminismo de clase media. El feminismo burgués no es nada nuevo y el punto de vista sobre él de los bolcheviques es muy instructivo para nosotros, hoy en día. Una vez más, Alexandra Kollontai nos presenta un enfoque aplicable a la situación actual. En un panfleto de 1909, titulado: “Los fundamentos socialistas de la Cuestión de la Mujer”, explicaba por qué no puede darse una alianza entre la clase obrera y las mujeres de la clase dominante, a pesar de algunos aspectos de su opresión compartida:
“El mundo de las mujeres se divide, como el mundo de los hombres, en dos bandos: los intereses y las aspiraciones de una parte la acercan hacia la clase burguesa, mientras que la otra esta en estrecha relación con el proletariado y su propuesta libertadora incluye una solución completa de la cuestión de la mujer. Así pues, aunque ambas partes persigan en general la “liberación de la mujer”, sus objetivos e intereses son distintos. Cada uno de las partes, inconscientemente, establece sus propuestas iniciales a partir de los intereses y aspiraciones de su propia clase, lo que dota de un color específico de clase a los objetivos y tareas que establecen para si mismas…
A pesar de la aparente radicalidad de las demandas de las feministas, no hay que perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por la transformación fundamental de la sociedad, sin la que la liberación de la mujer no podrá ser completa.”
Segregacionismo
Hay una segunda corriente del feminismo que los marxistas y las feministas socialistas deben rechazar de plano, aunque desde los años 70 no se haya destacado: el segregacionismo, que insiste en que todos los hombres de la clase obrera comparten con todos los hombres de la clase dominante el sistema de patriarcado que oprime a las mujeres.
En contraste con el uso actual del término patriarcado, que se limita a describir un sistema sexista, el segregacionismo priorizó la opresión de las mujeres sobre todas las demás formas de opresión, incluido el racismo.
Como ejemplo, en el análisis que sobre la violación realiza Susan Brownmiller, en su libro publicado en 1975 “Agains our Will: Men, Women and Rape” (“Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación”), llegó a conclusiones abiertamente racistas en su relato del linchamiento, en 1955, de Emmett Till. Till, un joven de color, tenia 14 años cuando, durante una visita veraniega a su familia de Jin Crow, en Missisipi, cometió el “crimen” de silbar al paso de una mujer blanca casada, llamada Carolyn Bryat. Una mera travesura adolescente, por la que Till fue torturado y tiroteado antes de que su joven cuerpo fuera arrojado al río Tallahatchie.
A pesar del cruel linchamiento de Till, Brownmiller describe al joven negro y a su asesino como si compartieran el mismo poder, usando un planteamiento abiertamente racista: “Rara vez un solo caso, como el de Till, sirve para exponer, con tanta claridad, los antagonismos subyacentes en el grupo social masculino por el acceso a las mujeres…En términos concretos, la accesibilidad a todas las mujeres blancas estaba en discusión”.
Otras corrientes del feminismo tienen un historial ambiguo. La teoría del sistema dual, adoptada por algunas feministas socialistas, intentaba combinar el análisis del capitalismo y del patriarcado,  pero fue ampliamente incapaz de superar la contradicción inherente al tratar de combatir estas dos estructuras paralelas. La primera requiere la unidad de hombres y mujeres trabajadores en una lucha contra el enemigo común en el capitalismo, mientras que la segunda exige la unidad de las mujeres de todas las clases contra el enemigo común en el patriarcado, del que forman parte, a su vez, los hombres de todas las clases sociales.
Una tercera corriente del feminismo, en los años 90, despojó a la teoría del patriarcado de su primacía, en un esfuerzo consciente por dar la misma prioridad a la lucha contra el racismo y por los derechos LGTB, lo que supuso un enorme paso adelante. Pero, al mismo tiempo, los seguidores de esta corriente, cayeron en la trampa postmodernista del individualismo y se retiraron de la lucha colectiva, priorizando los cambios en el estilo de vida y el lenguaje a la construcción de un movimiento que podría desafiar el sistema.
Las feministas marxistas
La corriente feminista a la que se le ha prestado menor atención es la de las feministas socialistas y las feministas marxistas, que, sin embargo, son las que han hecho la mayor contribución para avanzar en la teoría sobre la opresión de la mujer a lo largo de las últimas décadas.
Estas feministas han recibido poca atención en todos los frentes. Durante el reinado del postmodernismo, la mayoría de los postmodernistas, incluyendo a las feministas postmodernas, rechazaron su contribución por el hecho de haber adoptado una teoría unificadora (el marxismo). Al mismo tiempo, fueron también ignoradas por muchos marxistas (incluyéndonos a nosotros, la Tendencia Socialista Internacional), simplemente porque eran feministas. Solo ahora están recibiendo la atención que merecen.
Este grupo de feministas ha ido desarrollando y ampliando la comprensión marxista del papel que las mujeres juegan en la reproducción de la clase obrera como un servicio prestado al sistema capitalista. Tomando los conceptos básicos que Marx plantea en El Capital sobre el papel de la reproducción social, (es decir, el proceso por el que el sistema capitalista se mantiene y reproduce a través de generaciones), feministas como Lise Vogel, (cuyo libro Marxism and the Oppression of Women pronto será reeditado por Haymarket Books), los retomaron donde Marx los dejó y por primera vez, desarrollaron una comprensión sofisticada del papel del trabajo domestico, usando el concepto de Marx de “trabajo necesario”.
Me gustaría también mencionar la contribución de Martha Giménez, cuya aplicación del marxismo a la opresión de las mujeres es ya larga. Al igual que Vogel, Giménez ha jugado un papel en los debates de otras feministas sobre muchos temas esenciales, como el que plantea el marxismo como un reduccionismo, al referirse a la reproducción de la fuerza de trabajo como un servicio prestado al Capital y no para los hombres. Giménez decía en 2005:
“La noción de que bajo el capitalismo, el modo de producción determina el modo de reproducción y, consecuentemente, relaciones desiguales observables entre hombres y mujeres, no es una forma de “economicismo” o un “reduccionismo de clase”, sino el reconocimiento de la compleja red de efectos de nivel macro que actúa sobre las relaciones hombre-mujer, de un modo de producción impulsado por la acumulación de capital en lugar de por el objetivo de satisfacer las necesidades de la gente. Sostener lo contrario, postulando la “mutua interacción” entre la organización de la producción y la organización de la reproducción, o dando primacía causal a esta última, es pasar por alto la importancia teórica de la abrumadora evidencia que documenta la subordinación capitalista de la reproducción a la producción”.
Estas feministas no solo han jugado un papel clave en el avance de la teoría marxista sobre la opresión de las mujeres, sino que además nos recuerdan que el marxismo es una teoría viva y de plena actualidad que está aún en proceso de desarrollo. Y que profundizar en la teoría  marxista y feminista significa también, profundizar y ampliar el potencial de futuro de nuestra práctica, en la lucha contra la opresión de la mujer.
Finalmente, creo que merece la pena enfatizar que necesitamos, no solo una teoría marxista y feminista, sino también una práctica marxista y feminista en la lucha por la liberación de la mujer. Esa práctica debe incluir  la construcción de un partido revolucionario, ya que sin un partido socialista revolucionario no puede triunfar una revolución socialista.
Aunque el éxito de la revolución socialista no garantiza automáticamente la liberación de las mujeres, si que crea las condiciones materiales para ello. Y es a través del proceso revolucionario, en todas sus etapas, desde la primera a la última, cuando los revolucionarios, en la tradición del Partido Bolchevique, tienen un papel crucial que desempeñar combatiendo toda forma de opresión, no solo desde arriba, sino también desde el interior de la clase obrera. No hay sustituto posible en ese proceso. Marx lo dejo bien claro cuando sostuvo: “La revolución es necesaria, por tanto, no solo porque la clase dominante no pueda ser derrocada de otra manera, sino porque la clase que la derroca solo puede alcanzar el éxito en la revolución si se desembaraza, ella misma, de toda esa vieja basura y se muestra capaz de construir una nueva sociedad”.
Si el papel de los revolucionarios es indispensable, seremos más eficaces si no minimizamos los desafíos a los que nos enfrentamos en la lucha contra el sexismo, dentro de la clase obrera, si los reconocemos y, sobre estas bases, somos capaces de desarrollar una estrategia que tenga como objetivo movilizar al conjunto de la clase obrera para conseguir la liberación de la mujer.
Sharon Smith, feminista marxista estadounidense, es autora de Mujeres y Socialismo: Ensayos sobre la liberación de la mujer.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lola Rivera




Fuente:
http://socialistworker.org/2013/01/31/marxism-feminism-and-womens-liberation








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