RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

viernes, 25 de octubre de 2024

Claudia Goldin, primera mujer en ganar en solitario el Nobel de Economía


Fuentes: Nueva Tribuna

Por primera vez en la historia una mujer ha ganado en solitario el reconocido Premio Nobel de Economía. Elinor Ostrom y Esther Duflo consiguieron dicho reconocimiento en los años 2009 y 2019 pero en compañía de Oliver Williams la primera y de Abhijit Banerjee y Michael Kremer la segunda.

Este galardón es una demostración más de cómo el mundo académico, al igual que el social o deportivo, van reconociendo (muchas veces a regañadientes y con momentos de fuerte tensión) la aportación y la capacidad de muchas mujeres en todos los campos del conocimiento y la actividad humana.

El tema central de investigación de Claudia Goldin es el estudio de las razones que provocan la discriminación de la mujer en el mundo del trabajo, el análisis de la brecha salarial entre hombres y mujeres, de la diferente presencia en la escala jerárquica laboral y de las raíces profundas culturales e ideológicas, ancladas en el rol social que los hombres hemos asignado a las mujeres como su actividad prioritaria: La maternidad, las tareas del hogar y el cuidado de los miembros de la familia.

Sus estudios sobre el “presentismo”, “la dedicación exclusiva” del hombre al trabajo y del papel “secundario” asignado a la mujer, que siguen presentes en muchas civilizaciones actualmente y con signos de involución en algunas otras, han contribuido de forma decisiva a visibilizar y dar fortaleza a las reivindicaciones de la mujer en los diferentes sectores de la producción y de la actividad social.

Mujer de amplio recorrido académico, nacida en Nueva York en mayo de 1946, estudió en las Universidades de Cornell y Chicago, profesora en las  universidades de Wisconsin, Princeton, Pensilvania y desde hace 33 años en Harvard, es miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y de la Oficina Nacional de Investigación Económica. Ha demostrado en sus trabajos que la desigualdad laboral de género no se reduce a medida que la economía crece, sino que evoluciona de forma irregular en función de diversos factores.

Goldin es conocida por su trabajo histórico sobre las mujeres y la economía. Sus artículos más destacados en el área se refieren a la historia de la búsqueda de una carrera profesional y una familia por parte de las mujeres, la educación mixta en la educación superior, el impacto de los anticonceptivos en las decisiones profesionales y matrimoniales de las mujeres, los apellidos de las mujeres después del matrimonio como indicador social, las razones por las cuales las mujeres son ahora la mayoría de los estudiantes universitarios y el nuevo ciclo y especialización del empleo femenino.

Goldin comenzó su carrera investigando la historia de la economía del sur de Estados Unidos. Su primer libro, Urban Slavery in the American South, fue su tesis doctoral en la Universidad de Chicago. Junto con Frank Lewis, escribió el artículo «The Economic Cost of the American Civil War» (El costo económico de la guerra civil estadounidense) (1978)7

Más tarde trabajó con Kenneth Sokoloff sobre la industrialización temprana en los EE. UU. y el papel de las trabajadoras, el trabajo infantil y las familias inmigrantes y de clase trabajadora. Hizo hincapié en que las trabajadoras habían sido ignoradas en gran medida en la historia económica y se propuso estudiar cómo evolucionó la fuerza laboral femenina y su aportación al crecimiento económico y al desarrollo de las sociedades del bienestar.

Entre sus principales artículos están Monitoring Costs and Occupational Segregation by Sex: A Historical Analysis (Monitoreo de costos y segregación ocupacional por sexo) (1987)8​, Life Cycle Labor Force Participation of Married Women (Participación de las mujeres casadas en la fuerza laboral del ciclo de vida) (1989) y The Role of World War II in the Rise of Women’s Employmen (El papel de la Segunda Guerra Mundial en el aumento del empleo femenino) (1991)

Defensora firme de la conciliación entre la vida familiar y laboral reivindica la participación del hombre y la mujer en el cuidado de los hijos y en los permisos de paternidad y maternidad que considera deben ser similares para no penalizar en el trabajo a la mujer. Se sigue considerando que el hombre que disfruta y exige su derecho de paternidad es un mal trabajador, mientras que la mujer que no lo hace se intuye que es una mala madre.

Al buscar el origen de la discriminación cree que este radica en los mecanismos de promoción interna de las empresas, en políticas de personal y recursos humanos abiertamente machistas y que han contribuido a perpetuarse con el paso del tiempo, incluso en las sociedades democráticas occidentales.

Su libro Understanding the Gender Gap: An Economic History of American Women (1990) cuenta la historia del aumento del empleo femenino en los EE. UU. desde el siglo XVIII hasta finales del siglo XX, su papel en el crecimiento económico y por qué han existido brechas de género en los ingresos y el empleo y continúan existiendo en el presente.

Después de escribir su libro sobre la historia económica de la fuerza laboral femenina, Goldin se propuso investigar la historia de la educación en Estados Unidos. Comenzó con una serie de artículos sobre el movimiento de la escuela secundaria y la configuración de la educación superior en los EE. UU. que culminó con su discurso presidencial de la Asociación de Historia Económica, The Human Capital Century and American Leadership: Virtues of the Past (El siglo del capital humano y el liderazgo estadounidense: virtudes del pasado) (2001).

 Luego trabajó con Lawrence Katz para comprender la historia de la desigualdad económica en Estados Unidos y su relación con los avances educativos. Su investigación produjo numerosos artículos sobre el tema y culminó con la publicación de The Race between Education and Technology (La carrera entre educación y tecnología) (2008). La pareja también trabajó en conjunto para determinar el valor de una educación universitaria en el mercado laboral a través de su artículo de 2016 The Value of Postsecondary Credentials in the Labor Market: An Experimental Study (El valor de las credenciales postsecundarias en el mercado laboral: un estudio experimental).

Goldin continuó trabajando en varios temas de actualidad y muchos pasaron a formar parte de los volúmenes que editó conjuntamente. Estos incluyen los orígenes de la restricción de la inmigración, la creación del seguro de desempleo en Estados Unidos y el papel de la prensa en la reducción de la corrupción.

Durante esos años también publicó una serie de importantes artículos sobre género: Orchestrating Impartiality: The Effect of ‘Blind’ Auditions on Female Musicians (Orquestar la imparcialidad: el efecto de las audiciones ‘ciegas’ en las músicas) (con Rouse, 2000) se encuentra entre sus artículos más citados. The Power of the Pill: Oral Contraceptives and Women’s Career and Marriage Decisions. (El poder de la píldora: anticonceptivos orales y decisiones de carrera y matrimonio de las mujeres) (Con Katz, 2002) y The U-Shaped Female labor Force Function in Economic Development and Economic History (La función de la fuerza laboral femenina en forma de U en el desarrollo económico y la historia económica) (1995) son algunos de sus artículos pioneros.

Luego comenzó a centrarse en la búsqueda de una carrera y una familia por parte de las mujeres universitarias y en las razones de la persistente brecha de género en los ingresos. Su libro Career & Family: Women’s Century-Long Journey toward Equity ​(Carrera y familia: el viaje centenario de las mujeres hacia la equidad) contiene la historia completa y concluye con el impacto de la pandemia en las carreras de las mujeres y la equidad de las parejas.

El Premio Nobel viene a corroborar el amplio reconocimiento académico de su figura y supone un importante logro para el avance de sus ideas de defensa de la igualdad entre las mujeres y los hombres tanto en el ámbito laboral como social.

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/claudia-goldin-primera-mujer-ganar-solitario-nobel-economia/20231010135829218052.html



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martes, 15 de octubre de 2024

Las calles de Chile vuelven a gritar aborto legal



Fuentes: Rebelión

Y, además, las cabras siguen llegando.

Un feminismo socialista debe insistir en la acumulación de fuerzas y la politización popular que solo produce la movilización. No hay atajo posible.

El pasado viernes, en vísperas del 28 de septiembre, diversas organizaciones feministas a lo largo del país convocaron a marchas y acciones territoriales exigiendo la legalización del aborto en Chile. Al igual que el año pasado, fue una jornada que sacó a miles de manifestantes a las calles detrás de la consigna «Aborto legal es justicia social», a solo unos meses de que el gobierno de Boric presente el proyecto de Ley de Aborto —comprometido para diciembre de este año— que busca garantizar, al fin, nuestro derecho a decidir.

Este hito de movilización latinoamericana por un aborto legal y seguro tiene sus orígenes en la larga historia internacionalista y antirracista del movimiento feminista. La fecha fue acordada en el V Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe de 1990 en San Bernardo, Argentina. La delegación brasileña propuso conectar la lucha por los derechos sexuales y reproductivos con otro 28 de septiembre, el de 1871, día en que se promulgó en Brasil la Ley de Libertad de Vientres, que declaró libres a todos los hijos e hijas nacidos de mujeres esclavizadas.

Me puedo imaginar a las compañeras brasileñas levantando la mano en plena asamblea para hacer pública su iniciativa. También veo al resto de las latinoamericanas reconstruyendo parte de la incesante historia de lucha contra la esclavitud y el lugar de las mujeres en todo ello. Probablemente hayan comentado cómo ese fue uno de los primeros pasos del largo camino a la abolición real (y no solo formal) del yugo esclavista[1]. Un camino que inició en los vientres de las mujeres, no solo en Brasil sino en todo un continente que, a tientas, contra la inercia y la abierta oposición oligárquica, se fue sacudiendo de sus herencias coloniales. Lejos de ser algo reciente o un tema valórico, el derecho al aborto es parte de una lucha histórica por la emancipación general, y el 28 de septiembre es ante todo un hito que conmemora esta —nuestra— larga lucha por la libertad.

Este año en Chile marchamos sabiendo que el debate público en torno a la legalización del aborto volverá a ser central dentro y fuera del Congreso, tal como sucedió unos años atrás con la «Marea Verde» argentina. La elaboración del proyecto de ley que garantice el derecho a decidir en toda circunstancia, sin restricción de causales ni «objeción de conciencia institucional», ya está en curso.

Foto: Bárbara Berrios C (@vuelosinprisa)

Este es, al mismo tiempo, el mejor y el peor momento para abrir esta conversación. Si hoy contamos con una aceptación generalizada entre la sociedad sobre la necesidad de despenalizar el aborto, ha sido gracias a años de movilizaciones y militancia feminista volcada a intervenir en el sentido común, insistiendo en que se trata de una urgencia de salud pública y que la posibilidad de abortar es, la mayoría de las veces, una cuestión de clase. Distintas encuestas lo corroboran: existe mayoritaria aprobación del aborto en las tres causales que reconoce la Ley IVE de 2017 (Interrupción Voluntaria del Embarazo), y una creciente aprobación del aborto en toda circunstancia. Lejos está de ser una reivindicación minoritaria, identitaria o incluso woke, tal como señalan las modas de turno entre algunos cientistas sociales. Por el contrario, no es exagerado señalar que este es hoy uno de los mayores consensos sociales en nuestro país.

Creo importante insistir en la lección que esto representa para la izquierda en su conjunto. El movimiento feminista ha sido capaz de desplegar una política de disputa por la hegemonía que ha sabido (y debido) sobreponerse, en cada momento, a los intentos de restauración patriarcal. Con toda las tribunas mediáticas a su disposición, diferentes sectores han buscado, una y otra vez, apuntar al aborto como responsable de abrir un flanco de polémica dentro de la sociedad e incidir en resultados electorales desfavorables, particularmente en el caso del plebiscito de salida de la Convención Constitucional en 2022.

Algo esperable de la derecha, pero que también lo vivimos dentro de los propios partidos y movimientos de izquierda. No es casual que durante el primer proceso constituyente esta haya sido la primera Iniciativa Popular de Norma en alcanzar el apoyo ciudadano para ingresar al debate en la Convención y que, casi dos años después, fuera un factor determinante en impedir que se aprobara la propuesta constitucional apoyada por la ultraderecha en el último plebiscito.

El riesgo de retroceder en las tres causales de la Ley IVE, especialmente en la de violación, fue un factor decisivo para el voto «en contra», particularmente entre las mujeres de los sectores populares. Los últimos debates electorales en los que ha pisado fuerte la ultraderecha (como la segunda vuelta presidencial entre Kast y Boric en 2021 y el plebiscito de salida del Consejo Constitucional 2023) pusieron en evidencia la amplia conciencia de la amenaza que supone el proyecto de la ultraderecha para la vida de mujeres y disidencias. Y, en momentos decisivos, esto ha constituido un cordón sanitario para su avance por abajo.

Foto: Carolina Rubilar (@bit4cora_audiovisual)

Sin embargo, como decíamos más arriba, este es también —qué duda cabe— uno de los momentos más desafiantes y complejos para entrar en esta batalla. A pesar de que por primera vez va a ser presentado en Chile un proyecto de Ley de estas características, la correlación de fuerzas dentro del actual Congreso está lejos de ser favorable. Si bien se han alcanzado los votos para leyes relativas a violencia de género o laboral (tal como la Ley integral contra la violencia hacia las mujeres y la Ley Karin), la reforma a la Ley Antidiscriminación y la Ley de Educación Sexual Integral fueron rechazadas estrepitosamente.

A cinco años del estallido social, además, el desgaste político ha generado una evidente retirada de la calle en tanto espacio de intervención pública. Cada vez es más difícil convocar a manifestaciones masivas, aunque motivos no faltan. Pero la fatiga activista y la desorientación han atravesado casi todos los espacios que dieron impulso a las movilizaciones de las últimas décadas.

A esto se suma que el Gobierno, en lugar de buscar el apoyo a su programa en las calles, ha optado por intensificar la política represiva, la criminalización de la protesta social y la impunidad para la violencia policial. Todo lo contrario de lo que cabría esperar de un conglomerado supuestamente progresista cuyos principales liderazgos fueron forjados al calor de las marchas universitarias en defensa de la educación pública. No es casualidad que hoy sea precisamente el movimiento estudiantil el sector al que más le está costando retomar una voz propia y organizada después de años de crisis.

Así y todo, la marcha convocada el viernes pasado reunió a miles de mujeres, niñas y disidencias de todas las edades, sobre todo jóvenes. Ese día marché junto a mis compañeras de la Coordinadora Feminista 8M. Llevaba un cartel que aludía al sueldo de 17 millones que recibe la exministra de Educación del Gobierno de Sebastián Piñera, Marcela Cubillos, por una inespecífica actividad académica en la Universidad San Sebastián (y todo el Misoprostol que compraríamos con tamaña suma).

Entonces se me acercó Geraldine. La había conocido unas semanas atrás en el Día de los Derechos Humanos a propósito de una actividad organizada en su liceo de la comuna de La Cisterna, en Santiago. Fui invitada a hablar sobre feminismo en un foro organizado por el Club de Debate, el Centro de Alumnos y algunos profesores de Historia. Los estudiantes prepararon cada detalle: cómo presentarnos, las preguntas a cada panelista, el café con galletitas y la discusión.

Entre otras cosas, me preguntaron si pensaba que el feminismo de hoy era muy extremo o radical. Aproveché la provocación y contesté que no había nada más extremista que las señoras del Movimiento por la Emancipación de las Mujeres de Chile (MEMCH) que en 1935 se propusieron levantar un programa por la autonomía económica, política y biológica de las mujeres. Que habían luchado por nuestro derecho a ser sujetas políticas mientras se organizaban con núcleos en todo el país por el sufragio universal, contra la guerra, contra el avance del fascismo y por el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos, particularmente de las mujeres de la clase trabajadora.

Les dije a los estudiantes que participaban de la jornada que ojalá siguiéramos siendo tan «extremistas» como Elena Caffarena u Olga Poblete —fundadoras del MEMCH— en el presente. Que ojalá nuestra radicalidad sea tal que nos permita ser parte de una emancipación general, porque el feminismo no es cosa solo de mujeres. Con eso, diría que hasta los estudiantes más escépticos se entusiasmaron. Creo que les gustó la respuesta porque al final se me acercó un grupo, entre ellas Geraldine, para que organizáramos más actividades y jornadas sobre feminismo en el liceo. Les dije que por supuesto, que esa era la idea.

Cuando nos encontramos en la marcha la vi radiante. No le alcancé a preguntar, pero me imagino que es de las primeras a las que asiste. Geraldine tiene 15 años, y ese día en la tarde seguramente fue a cambiarse el uniforme después de clases para luego llegar a la Alameda y encontrarse con muchas otras recién llegadas entre pañoletas verdes y lienzos.

Foto: Carolina Rubilar (@bit4cora_audiovisual)

En alguna reunión con otras organizaciones feministas escuché hablar despectivamente del «feminismo de las recién llegadas», que salen a marchar sin conocer mucho de la historia o los planteamientos feministas. Ya entonces lo dijimos varias: no hay mayor orgullo de este ciclo internacional de movilizaciones feministas de masas que colmar las calles de quienes salen por primera vez con la intuición de que con su presencia se juega algo importante, vital. Nuestra tarea es producir las condiciones para recibirlas.

Hablamos con Geraldine de retomar el plan de hacer algo sobre feminismo con sus compañeras del liceo. Me pidió que la esperara solo un par de semanas porque están preparándose para un torneo de debate. Sonreí fuerte recordando mi propia experiencia en un club de debate hace muchos años. Luego de despedirnos, me emocioné y me di cuenta que había venido a encontrarme con ella. Que esta tarea militante que hemos asumido de levantar y sostener la movilización de masas es cansadora y está llena de tensiones, pero al mismo tiempo es necesaria y urgente.

Propiciar la radicalidad de estos encuentros y traspasos generacionales tanto como ese deseo decisivo de avanzar juntas sin dar ni un paso atrás son hoy tareas indispensables. Porque, aunque necesarios, la presentación de proyectos legislativos, la agitación en redes sociales o la disputa mediática no son suficientes. La experiencia latinoamericana ha demostrado una y otra vez que la disputa política no puede olvidarse de las calles. Un feminismo socialista ha de insistir en la acumulación de fuerzas y la politización popular que solo produce la movilización. No hay atajo posible.

Y, además, las cabras siguen llegando.

Notas

[1] Cabe señalar que Brasil fue el último país de la región en abolir la esclavitud, en 1888.

Fuente: https://jacobinlat.com/2024/10/las-calles-de-chile-vuelven-a-gritar-aborto-legal/





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sábado, 12 de octubre de 2024

«La sexualidad es el núcleo fundamental sobre el que se sostiene el sistema patriarcal»

Sobre el consentimiento sexual // Entrevista a la socióloga feminista Rosa Cobo


Fuentes: ttps://geoviolenciasexual.com

La ficción del consentimiento sexual (Catarata, 2024) el último libro de Rosa Cobo Bedia, socióloga, escritora, profesora e investigadora, arroja luz sobre las trampas en el debate sobre la prostitución o los límites de lo que se reconoce como violencia sexual. También analiza la importancia que ha tenido hasta ahora en las sociedades patriarcales el consentimiento como sometimiento o que no puede haber consentimiento sin libertad ni igualdad.


La autora está en permanente movimiento, ocupa un lugar destacado en el pensamiento feminista español y alterna la escritura de ensayos con la investigación académica, la docencia y las conferencias que imparte en distintos ámbitos (no sólo el feminista). Ahora tiene un entusiasmo especial por un nuevo proyecto que comenzará a materializarse el 30 de septiembre próximo, el máster en violencia sexual de la Universidad Ramon Llull.

Rosa Cobo en las primeras páginas de su libro advierte: “Hoy, la discusión sobre el consentimiento sexual es un espacio de disputa entre aquellos sectores que proponen este mecanismo político para legitimar sus espacios de poder y aquellos otros, los sectores feministas, que argumentan que este concepto debe ser politizado y resignificado para dotar de autonomía y credibilidad a las mujeres”.

– ¿De qué manera podemos resignificar el consentimiento sexual desde el marco feminista?

– El consentimiento sexual nos remite de una forma inmediata al universo de la sexualidad: el debate sobre la prostitución y pornografía no se pueden dejar de analizar sin tener en cuenta el consentimiento sexual. Estas cuestiones nos remiten a la sexualidad y la sexualidad es el núcleo fundamental sobre el que se sostiene y asienta el sistema patriarcal. Desde la teoría feminista, hablar de consentimiento sexual es hablar de sexualidad y hablar de sexualidad es hablar del corazón del sistema patriarcal.

– En tu libro haces referencia a la importancia que tuvo la revolución sexual en la cuestión del consentimiento sexual.

– La sexualidad se coloca en el debate público fundamentalmente a comienzos del siglo XX, con el psicoanálisis. Luego, la sexualidad se va a introducir en la agenda cultural y en la agenda política con la revolución sexual y Mayo del 68. Al principio, dice Eva Illouz(socióloga y escritora francesa), que la revolución sexual no tiene sexo. Es decir, la revolución sexual fue reivindicada por los hombres y por las mujeres; la prueba es la influencia enorme que tuvo en el feminismo radical. Pero poco a poco, a medida que la revolución sexual se va desarrollando, es reapropiada por los varones; traducido en clave feminista: la revolución sexual se convierte en la disponibilidad sexual de las mujeres para el acceso de los varones. Cuando la revolución sexual comienza a desarrollarse, muy poco tiempo después aparecen las políticas económicas neoliberales que serán un extraordinario filón en esa sexualidad volcada a construir un mercado de consumo.

“A medida que la revolución sexual se va desarrollando, es reapropiada por los varones”

– ¿Entonces ahora estaríamos en ese estatus en el que la sexualidad es una mercancía más del capitalismo?

– Ahora mismo, el mercado de consumo no hace más que ensancharse y ha aparecido una categoría nueva dentro de ese imaginario de la sexualidad, la del consentimiento sexual, transformada en una instancia fundamental de legitimación de todos los procesos de articulación de las mujeres como mercancías. El consentimiento sexual aparecerá estrechamente vinculado a la exaltación de un individualismo extremo y, en ese proceso de mercantilización que representan la prostitución y la pornografía, las propias mujeres se van a poner al servicio de la aceptación del dominio patriarcal.

– El contrato sexual al que se refiere Carole Pateman, un pacto entre hombres para distribuirse el acceso a las mujeres a través del matrimonio y de la prostitución: ¿consideras que sigue vigente en el siglo XXI?

– El matrimonio se sigue manteniendo como el eje de la vida entre hombres y mujeres y la prostitución lo único que hace es ampliarse cada vez más. De modo que yo creo que el contrato sexual sigue articulando el sistema patriarcal en el siglo XXI. Ahora bien, también creo que hay intentos por romper el contrato sexual y esos intentos vienen, por una parte, del feminismo; el feminismo no acepta esa política de reparto de mujeres que significa el contrato sexual, ni acepta que las mujeres seamos objetos sexuales. O sea que, para el feminismo las mujeres no somos objetos sexuales ni mercancías. El feminismo quiere desactivar el contrato sexual; por otra parte, hay otros grupos que también están interesados en desactivar el contrato sexual.

– ¿A qué grupos te refieres? 

– Según Celia Amorós, a todos aquellos que se sitúan en el paradigma del imaginario libertino. Es decir, aquellos que sostienen que todas las mujeres son para todos. Dentro de ese imaginario entran los puteros y los proxenetas, entra toda esa cadena de mercenarios que sostienen el sistema patriarcal. Entran los feminicidas de Ciudad Juárez y de todos los sitios.

“El feminismo no acepta esa política de reparto de mujeres que significa el contrato sexual”

– Con esto que dices, se me viene a la cabeza el reciente caso de Gisèle Pelicot, en Francia, la mujer a la que su marido drogaba para que fuera violada por decenas de hombres.

– Efectivamente, el caso de Francia es muy extremo, pero al mismo tiempo muy paradigmático, en el que vemos los pequeñísimos límites que pone el sistema patriarcal al poder masculino y que se concretan en el contrato sexual.

– Enlazando a Carole Pateman con Catharine MacKinnon, ¿el consentimiento en el contrato sexual es una trampa para las mujeres?

– MacKinnon publicó el año pasado un libro en Francia, que traducido al castellano se llamaría “La violación redefinida: contra el consentimiento sexual. A favor de la igualdad”. Sostiene que el consentimiento sexual es inviable entre redes patriarcales y también que llevar el consentimiento sexual al código penal es una operación que se volverá contra nosotras. Yo no sé si eso va a ser así y quiero pensar que no.

– Una jurista te diría que hay que matizar esa idea de MacKinnon.

– Ya me lo han dicho, pero como yo no soy jurista, no quiero entrar en esto sino en la otra parte. Después de tres siglos de luchas políticas feministas, no creo que se pueda seguir manteniendo la absoluta y radical inviabilidad del consentimiento sexual. Primero: las mujeres están reclamando tener intercambios sexuales que sean gratificantes y consentidos por su parte; ellos consienten, claro, el consentimiento está de parte de los varones. En segundo lugar, estos tres siglos de historia de lucha feminista han modificado la vida de las mujeres, de todas, pero de algunas más que de otras y hay mujeres que tienen la posibilidad de consentir mucho más que otras. Y esto está relacionado con que han aparecido espacios de igualdad para las mujeres y se han concretado políticamente derechos. Yo creo que esto hace que no podamos seguir afirmando de una forma rotunda que el consentimiento sexual es inviable para todas las mujeres. En el consentimiento sexual hay grados, hay mujeres que no pueden consentir cuando son adolescentes, pero sí cuando son maduras; hay sociedades con unos niveles mucho más significativos de igualdad, donde el consentimiento sexual tiene una densidad mayor que en otras sociedades, en las que simplemente es inexistente. Entonces, el consentimiento sexual es una ficción para la mayoría de las mujeres del mundo, sin embargo, hay pequeños grupos de mujeres que se acercan a grados mucho mayores de consentimiento sexual. Esto está relacionado con el título del libro, al que he llamado La ficción del consentimiento sexualporque es una ficción política como lo es la democracia, o la categoría de ciudadanía. El consentimiento sexual es esa categoría, ese valor ético-político al que las mujeres queremos llegar.

– Entonces, ¿podemos concluir que hay un lugar para el consentimiento sexual en la evolución de los derechos de las mujeres?

– ¡Tiene que haber un lugar para el consentimiento sexual! Ese es el asunto. Las mujeres estamos reclamando intercambios sexuales gratificantes y consentidos, y eso es algo de lo que la agenda feminista se está haciendo cargo, ¿no? Las mujeres queremos relaciones sexuales que sean consentidas y que nos gusten, sobre eso no hay ninguna duda, porque eso ha sido lo que ha hecho que salgan millones de mujeres a la calle en el 2017 y en el 2018 con la cuarta ola feminista, articulada alrededor de la lucha contra la violencia sexual y a favor del consentimiento sexual. Esto no excluye que el consentimiento sexual sea un camino extraordinariamente difícil de recorrer para las mujeres.

“Tiene que haber un lugar para el consentimiento sexual”

– También explicas con claridad en qué se diferencia el feminismo de otros movimientos que se consideran feministas y no lo son.

– Hay sectores de la izquierda entre los que está la nueva izquierda (aunque también sectores de la vieja izquierda), que han reeditado aquella famosísima tesis de que la contradicción principal es la contradicción de clase y la contradicción secundaria es la contradicción patriarcal. Es el caso de Nancy Fraser y los postulados que defiende el feminismo para el 99%. Cuando esta izquierda contempla el mundo, lo que ve es que el capitalismo neoliberal es el monstruo principal, todos los movimientos sociales tienen que colaborar en la destrucción de este monstruo y someterse a esa lucha de clases. En cambio el feminismo sostiene que el capitalismo neoliberal es una fuente inagotable de desigualdad y violencia contra las mujeres, pero que ese capitalismo neoliberal -utilizando la terminología o el concepto de Kate Millett– tiene una política sexual, y la obligación y la tarea histórica del feminismo es luchar contra la política sexual del capitalismo neoliberal. Mientras que la izquierda tiene la obligación de luchar contra el capitalismo neoliberal, nosotras tenemos que centrarnos y focalizar la lucha política en los efectos y el impacto que el capitalismo neoliberal tiene sobre las mujeres. Esto es lo que no está presente en el feminismo para el 99%, profundamente impregnado a su pesar, por toda la ideología del individualismo y capitalismo neoliberal. Consideran que la prostitución, los vientres de alquiler o la pornografía son aceptables porque salen de la decisión de las mujeres. Entonces, en primer lugar, ese análisis es confuso; y en segundo lugar, no es feminista.

El feminismo tiene que “focalizar la lucha política en los efectos y el impacto que el capitalismo neoliberal tiene sobre las mujeres”

– Este análisis que haces incluye al movimiento queer y al libertarismo sexual, ¿verdad?

– A ver: me gustaría que se entendieran dos matices que expongo en mi libro sobre esta cuestión. Primero, el marxismo no es feminista porque su sujeto político es la clase trabajadora. La teoría queer no es una teoría feminista porque su sujeto político no son las mujeres, sino todos aquellos individuos, hombres y mujeres, que están sometidos a procesos de persecución sexual.

Con respecto al segundo matiz, la teoría queer persigue un objetivo y es debilitar los códigos que tienen que ver con la sexualidad. La sexualidad también es un objeto de lucha política para las feministas, sin embargo, el feminismo no puede centrar su agenda política en la libertad sexual. El feminismo tiene que articular su agenda política contra la violencia sexual porque las feministas estimamos que la reducción y la desactivación de la violencia sexual va a tener como consecuencia y como efecto el aumento de la libertad sexual. El libertarismo sexual se mueve en el ámbito de la libertad sexual y el feminismo se mueve en el ámbito de la lucha contra la violencia sexual, que es la gran epidemia del siglo XXI.

– ¿Qué importancia tiene el consentimiento sexual en la agenda política feminista?

– El consentimiento sexual está en el propio corazón de la agenda política del feminismo. Para el libertarismo sexual el consentimiento se concreta en la voluntad, mientras que para el feminismo el consentimiento se concreta en el deseo y en la igualdad, es en este punto donde se diferencian. ¿Por qué el libertarismo sexual dice que cuando una mujer dice “sí” o asiente de cualquier manera, hay consentimiento? Por una razón estratégica: para el libertarismo sexual la definición de violencia sexual está restringida, de modo que el impacto en el derecho penal es menor (representado en el antipunitivismo). La visión que tiene el libertarismo sexual sobre el consentimiento sexual es muy limitada. La lucha por el consentimiento sexual que reivindica el feminismo es la lucha contra la violencia sexual y a favor de la igualdad entre hombres y mujeres.

“El feminismo se mueve en el ámbito de la lucha contra la violencia sexual, que es la gran epidemia del siglo XXI”

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Libro: «La ficcion del consentimiento sexual». Autora : Rosa Cobo

– En el capítulo 4, De “las otras” al “nosotras”, profundizas sobre las mujeres como sexo, el “nosotras” es un genérico para la emancipación de las mujeres. Señalas a Mary Wollstonecraft como una de las autoras feministas que puso la primera piedra sobre este concepto. ¿Puedes ampliar esta idea? 

– Mary Wollstonecraft en Vindicación de los derechos de la mujer explica que no habla en su nombre sino en nombre de su sexo. ¿Por qué habla de las mujeres como un genérico? Las mujeres estamos sometidas a opresión, discriminación y procesos intensísimos de desigualdad. También ella habla de cómo los hombres han construido una segunda naturaleza para las mujeres que el feminismo ha categorizado como gender (género). Esto significa que el sistema patriarcal ha construido unas estructuras materiales y simbólicas, y un conjunto de valores para que las mujeres nos construyamos -como diría Simone de Beauvoir-, como el segundo sexo. La opresión y la explotación de las mujeres se origina, a juicio del feminismo radical, en nuestras capacidades sexuales y reproductivas. Por lo tanto, no se pueden entender la prostitución y la pornografía sin el sexo. Tampoco se pueden entender el trabajo doméstico y la feminización de la pobreza sin la categoría sexo. El feminismo tiene que recuperar la categoría de sexo y también la categoría de género, entendido este último como esa segunda naturaleza de la que hablaba Mary Wollstonecraft, un conjunto de estereotipos que nos colocan en una posición de subordinación.

– ¿Qué pasa con los hombres, Rosa? ¿Por qué el genérico masculino calla ante la cultura de la violación y no debate sobre estos temas ni problematiza el consentimiento sexual?

– Creo varias cosas. La primera es que la línea de investigación académica feminista es una línea de investigación de segunda categoría y los varones no quieren trabajar líneas de investigación que no sean hegemónicas ni dominantes. Desde un punto de vista más explícitamente político, tenemos que pensar que existen dos cuestiones: por una parte, existe el sistema patriarcal y por otra parte existen los varones individuales. En el sistema patriarcal, los varones tienen una relación con ese sistema de dominación de la que no pueden abdicar, independientemente de que algunos de ellos quieran hacerlo. Los movimientos sociales y políticos se crean para luchar por derechos y los varones tienen que crear movimientos para abdicar de los derechos que el sistema patriarcal les ha otorgado. Es una situación compleja. Por eso es más fácil ver a los varones que se organizan para defender sus privilegios que para abolirlos.

– Eres una militante del movimiento abolicionista global. ¿Cómo ves el futuro del abolicionismo? ¿Crees que conseguiremos en España pronto la ley abolicionista del sistema prostitucional?

– El abolicionismo español es un movimiento fuerte y ha impregnado mucho a la sociedad, ya que ha disminuido el porcentaje de la opinión pública a favor de la prostitución y creo que eso lo podemos verificar en todos los sondeos de opinión que se hacen. El abolicionismo se ha colocado en el corazón del feminismo y de su agenda política. A mí me parece que esto es un elemento constitutivo del feminismo español. Ahora: ¿cómo debemos luchar las abolicionistas? En tres niveles: es necesario seguir construyendo en el espacio académico un marco de análisis que desenmascare la ficción del consentimiento sexual y el significado de la sexualidad de las mujeres en el sistema patriarcal. Después, en las organizaciones feministas tenemos que seguir situando el abolicionismo en un lugar de fortaleza, llevar nuestra lucha política a la calle y dirigir nuestras acciones políticas a la sociedad civil. En tercer lugar, tenemos que trabajar en el plano institucional: hacer alianzas con otros movimientos sociales, establecer afinidades con otros grupos que sin ser feministas son abolicionistas; y presionar al poder político para que lo introduzca en su agenda y aplique políticas abolicionistas.


Fuente: https://geoviolenciasexual.com/rosa-cobo-la-sexualidad-es-el-nucleo-fundamental-sobre-el-que-se-sostiene-el-sistema-patriarcal/







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miércoles, 9 de octubre de 2024

El silencio atronador de las mujeres afganas


Fuentes: The Conversation

Los derechos humanos de las mujeres y de las niñas en Afganistán han estado bajo constante y cruel asedio por el Gobierno de facto de los talibanes. En semanas recientes, sin embargo, las restricciones han tomado proporciones insólitas: la Ley para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio, expedida en agosto de 2024 –la ley de moralidad–, prohíbe a las mujeres hablar en público por considerar que la voz femenina solo debe expresarse en un entorno íntimo, e incluso les impide cantar públicamente.

Cuando se lee esta noticia en la prensa, la primera impresión es que podría tratarse de una noticia falsa por lo absurdo y extremo que resulta pensar en vetar una expresión tan normal y propia de la esencia y dignidad humana, además de un derecho fundamental. Tristemente, es real. Esta ley es un componente más de un modelo de sociedad basado en medidas de deshumanización progresiva de las mujeres y las niñas.

Si bien anteriormente el Gobierno de facto en Afganistán ya había intentado borrar y silenciar a las mujeres en los espacios públicos, ahora presenciamos un silenciamiento literal y ya no sólo metafórico.

Normas rígidas también para los hombres y las minorías

La ley de moralidad del Emirato Islámico de Afganistán ordena a las mujeres “cubrirse totalmente el cuerpo y el rostro y no hablar ni cantar en voz alta de un modo en que las puedan oír personas ajenas a su familia”. Cabe hacer notar que los hombres y los niños están sujetos también a normas rígidas de vestimenta por las que deben cubrirse “del ombligo a las rodillas”.

La ley criminaliza y persigue a las personas LGBTQ+ y restringe los derechos de las minorías religiosas, entre otras medidas, prohibiendo las ceremonias no islámicas y prohibiendo también asociarse con no creyentes, afectando con ello no sólo a las mujeres y las niñas –la mitad de la población–, sino también a las minorías étnicas y religiosas no musulmanas.

Se ha enfatizado por personas estudiosas de la Sharia, incluyendo organizaciones feministas musulmanas, que este tipo de perspectivas son una interpretación errónea del islam y que no representan auténticamente la doctrina religiosa musulmana.

La ley de moralidad –condenada por activistas, medios de comunicación, mecanismos independientes de derechos humanos de la ONU y distintos órganos de Naciones Unidas, incluyendo el Consejo de Seguridad, con la notable ausencia de China, Argelia y Rusia– también incluye poderes discrecionales de aplicar castigos severos por su incumplimiento, acrecentando aún más un clima social de miedo e incertidumbre.

Si bien la indignación sobre la situación de las mujeres y niñas en Afganistán es crucial, es también esencial entenderla no como un hecho aislado de un solo país, sino como una situación sintomática –ciertamente de las más graves– de los retrocesos y los ataques a la igualdad de género a nivel global.

Siendo así, Afganistán es una prueba para la comunidad internacional, sus valores fundacionales y sus líneas rojas: la reacción a esta realidad indicará el camino frente a (potenciales) actos de opresión de género en otras partes del mundo. Evocando a Martin Luther King, “recordaremos no las palabras de nuestros enemigos, sino los silencios de nuestros amigos”.

Resulta notable y conmovedor ser testigos de las respuestas de las mujeres afganas que, cubiertas completamente de cuerpo y cara, se han grabado en vídeos circulados en redes sociales, cantando a manera de desafiar el régimen de dominación. La lucha por la igualdad y justicia de género ha sido apoyada por distintas figuras públicas, entre ellas Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz 2014, ella misma sobreviviente de un disparo en la cabeza a los 14 años por parte de fundamentalistas talibanes a raíz de su defensa del derecho a la educación de las niñas.

Persecución de género

La realidad de las mujeres y niñas afganas puede caracterizarse como persecución de género, un crimen contra la humanidad perseguible por la Corte Penal Internacional. Se ha sugerido que la discriminación, segregación y subyugación institucionalizada y sistemática que ellas viven reviste también la condición de apartheid de género y que debe reconocerse así explícitamente por el derecho internacional.

A tres años vista de la toma del poder en Afganistán por los talibanes, resulta decisivo seguir apoyando la lucha de las mujeres afganas y solidarizarnos con sus movimientos. Esto puede hacerse de maneras concretas como la financiación a las organizaciones lideradas por mujeres, la difusión de sus propuestas, el reconocimiento por terceros países del estatuto jurídico de refugiadas a quienes huyen y la ayuda para amplificar sus voces y su esperanza, aún viva, de que otro Afganistán, y otro mundo, son posibles.

Dorothy Estrada Tanck. Profesora Contratada Doctora de Derecho Internacional Público, Facultad de Derecho, Universidad de Murcia

Fuente: https://theconversation.com/el-silencio-atronador-de-las-mujeres-afganas-239369



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domingo, 7 de abril de 2024

En el nombre del padre


Sobre los asesinatos machistas de menores a manos de los supuestos "buenos padres".


Fuentes: https://www.infolibre.es

Qué tiene la paternidad de una sociedad machista para que cada año sean asesinados cinco niños y niñas en un contexto de violencia de género.


Qué tiene para que el 45,5% de las agresiones sexuales que sufren los menores por miembros de la familia sean cometidas por el padre. Qué guarda para que 1.700.000 niños y niñas vivan en sus hogares bajo la violencia causada por las agresiones que ejercen sus padres sobre sus madres.

Qué tiene la paternidad machista para que los hombres no hagan nada ante una realidad social en la que cada año miles de mujeres, jóvenes y niñas (que son sus hijas), sean violadas y maltratadas, y miles de hombres y jóvenes (que son sus hijos), violen y maltraten. Qué tiene esa paternidad para que esos hombres y padres callen y adopten una actitud pasiva ante todo lo que le sucede, y no hagan nada como sí hacen las madres.

Cómo es posible que los padres que hoy pasean a sus bebés por el parque, o que llevan a sus hijos al colegio por la mañana y por la tarde los acompañan a a jugar en los columpios, se ausenten y no contribuyan a cambiar una realidad social que evite esa violencia que mañana protagonizarán sus hijos y sufrirán sus hijas. En qué mundo creen que van a vivir esas niñas y esos niños de hoy. 

Qué grado de ignorancia o hipocresía vive nuestra sociedad para establecer en el Código Civil la referencia del “buen padre de familia”, cuando son las madres las que asumen la responsabilidad del cuidado de los hijos y la realización de las tareas domésticas, tal y como muestran los estudios del CIS. Cómo es posible dejar en manos de esos “buenos padres de familia” la responsabilidad del cuidado y afecto, cuando defienden una sociedad para sus hijos e hijas en la que los hombres violan, maltratan y matan a las mujeres, y en la que se solidarizan antes con esos violentos que con las mujeres que sufren la violencia.

Por qué muchos de esos hombres-padre deciden antes negar toda esta violencia, en lugar de exigir que se aborde con medidas específicas para ser eficaces en su prevención, detección, atención y protección. 

A cuántos niños y niñas tienen que asesinar para que dejemos de preguntarnos “qué ha fallado” en cada uno de esos casos, y seamos conscientes de que lo que falla no es el sistema, sino la sociedad que diseña un sistema lleno de deficiencias y resquicios por donde se cuelan los agresores con su violencia. El problema tiene que ser algo más que una serie de fallos aislados cuando la media anual de hijos e hijas asesinados es de cinco, y cuando de esos casos el 29% había denunciado previamente la violencia sin que la respuesta pudiera evitar el homicidio. 

Todo vale “en el nombre del padre”. Basta hacer referencia al padre para que se abran mares y se muevan montañas con tal de que un hombre pueda ejercer su paternidad, aunque haya hecho justo lo contrario y haya utilizado su posición de padre para ejercer violencia contra la mujer, sus hijos e hijas. La situación es tan inaudita que ni siquiera asesinar a la madre afecta a la patria potestad. De hecho, en las sentencias por homicidio por violencia de género de los dos últimos años analizados por el CGPJ (2021 y 2022), de los 74 casos estudiados solo en 7 se suprime la patria potestad, lo cual significa que en el 90,6% no se suprime y todo sigue igual después de que el padre haya asesinado a la madre.

En el nombre del padre las religiones han recurrido a guerras y violencia, en el nombre del padre las familias viven bajo las agresiones y la violencia, y en el nombre del padre la sociedad se hace hija del patriarcado para que en la calle, en los hogares y en las oraciones todo tenga el mismo sentido.

Nada se hace en el nombre de la madre, porque no se trata de contraponer padres y madres. No es una defensa de cada uno de los hombres, sino del modelo androcéntrico que ellos imponen a través de la cultura, con privilegios y beneficios para los hombres, pero también con consecuencias. Por eso más importante que defender a hombres individuales es cuestionar y atacar a las mujeres y a lo de las mujeres, desde la maternidad en rebeldía hasta sus propuestas para alcanzar la igualdad.

Y es que con argumento de “en el nombre del padre” se consigue un doble objetivo, el de defender el modelo androcéntrico que discrimina a las mujeres, y el de justificar la conducta del hombre individual que actúa en su nombre contra las mujeres, bien sea por denunciar o por no denunciar, por acudir al sistema de protección o por pedir salir de él, por solicitar cancelar el régimen de visitas  o por indicar que se reestablezcan… Siempre se encuentra un argumento para cuestionar antes a la mujer que al hombre agresor.

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Fuente: https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/nombre-padre_129_1747720.html

Miguel Lorente Acosta es médico y profesor en la Universidad de Granada y fue delegado del Gobierno para la Violencia de Género en España entre 2004-2008







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El genocidio de mujeres, niñas y niños más perverso de la historia


Fuentes: Rebelión

Cuando empezaron los bombardeos sionistas en la Franja de Gaza, en octubre pasado, el mundo pensó que se trataba de una persecución al grupo Hamás. Sin embargo, con el pasar de los días su enemigo principal se configuró con un fuerte sesgo de género y generacional. Las bombas y balas tenían como blanco a las mujeres, las niñas y niños palestinos.

El enfoque patriarcal del asedio más cruento de los últimos tiempos se confirma en la cantidad y las historias de las víctimas. Porque son las mujeres, las reproductoras de vida, de cultura, gestoras de la sobrevivencia, organizadoras de la escasa comida y el agua, curanderas milenarias y portadoras de las tradiciones más profundas del pueblo palestino, ellas son las víctimas martirizadas.

En las antiguas batallas, se solían ver a jóvenes y adultos enfrentar los tanques con piedras. En este asedio que empezó hace unos 150 días, el sionismo atacó justamente lo que administran las mujeres: el agua y el pan, las medicinas, los mercados y la vida.

A la mitad de los ataques, cuando Israel se empecinaba en destruir hospitales en la Franja, Naciones Unidas denunció que cerca de cinco mil mujeres embarazadas no tenían donde dar nacimiento a sus hijos e hijas. Mientras más se conocían los pormenores de la destrucción, menos se supo qué sucedió con esas miles de mujeres y recién nacidos.

La estrategia sionista de exterminar el pueblo palestino -a través de las mujeres- apareció estampada en las camisetas de sus soldados: “dispare a una embarazada y mate a un terrorista”, así lo vestían sonrientes los oficiales de la muerte.

Cuántas madres fueron retiradas bajo los escombros abrazadas de sus hijos e hijas. Y cuántas criaturas quedaron enterradas bajo los cementos de cientos de casas y edificios destruidos que tardarían 15 años en reconstruir. Cuántas mujeres desoladas al perder sus familias enteras; cuántos huérfanos y huérfanas obligados a seguir solos en esta vida, con hambre, heridas y lo peor: el terror en el corazón.

El genocidio causado por todos los aliados de Occidente, el silencio de los países árabes, la inacción de las potencias de la seda y el Kremlin ha convertido a Gaza en el cementerio del feminicidio e infanticidio masivos más crueles y perversos de la historia contemporánea.

Las cifras oficiales señalan que en torno al 70% de las víctimas fatales del genocidio, son mujeres, niñas y niños: más de 8.800 mujeres y 13.230 menores de edad, incluidos bebés de pocos meses o años. Estos datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad de Gaza, la ONU considera fiables. Estas cifras suben cada día, y se adhieren denuncias de violación, tortura, robos y otros delitos enfocados en las mujeres.

Desde los feminismos y humanismos sabemos que las cifras no representan el contexto y el dolor de las historias que se esconden detrás de cada muerto. Por eso este Ramadán será rememorado como el año del feminicidio e infanticidio colectivos más crueles de los últimos tiempos, donde solo la resistencia de las hermanas palestinas y la solidaridad internacional superarán el olvido.

Claudia Espinoza Iturri, es periodista de Bolivia

Ilustración de Edwin Calle, artista boliviano




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«Descolonizar el tiempo es renunciar a la acumulación capitalista»

Entrevista a Adriana Guzmán Arroyo educadora popular aymara y feminista

Fuentes: https://www.pikaramagazine.com/

Hemos hablado con Adriana Guzmán Arroyo, educadora popular aymara y referente del feminismo comunitario antipatriarcal en Bolivia, sobre colonialismo, racismo, extractivismo, heterosexualidad obligatoria, familia, comunidad, Estado. privilegios, colores y lenguas minorizadas. Y sobre aprender a levantar la cabeza.


Adriana Guzmán Arroyo es educadora popular aymara, feminista y q’iwsa(no heterosexual, en aymara). Desde pequeña veía los cuerpos de su abuela y abuelo aymaras, su piel, su idioma, su lengua y se sentía muy cerca de ellos, pero no fue hasta después de la masacre del gas de 2003 cuando se reconoció como feminista y aymara, empezando así un camino de ruptura con las ideas coloniales y racistas que se habían ido instalando en su cuerpo.

En 2003, en la masacre del gas lucharon contra el colonialismo, el racismo, el extractivismo, después de que el presidente Gonzalo Sánchez de Lozadaautorizara la represión contra manifestantes que mostraban su rechazo a la decisión del Gobierno de exportar gas: “Ahora se ha puesto de moda el extractivismo, pero hace 500 años que venimos luchando contra la explotación de la plata, la minería y después la explotación de los hidrocarburos que ha destrozado nuestros territorios, que ha generado una mentalidad capitalista que rompe la comunidad, toda otra forma de vida que tenemos en Abya Yala”, explicaba Adriana Guzmán en Bilbao una mañana lluviosa y gris, después de haber participado en el congreso Nuevas narrativas para una educación feminista y antirracista, organizado por InteRed.

¿En qué momento te diste cuenta que esa lucha contra el extractivismo, el racismo, el capitalismo y el colonialismo era también una lucha contra el sistema patriarcal?

Estábamos en las calles organizadas protestando y cuando volvemos a las casas los compañeros quieren que las casas estén limpias y que las wawas [les hijes] hagan sus tareas, que haya comida caliente. Entonces una gran pregunta fue: ¿quién cuida en la revolución? Entendimos que existía también esta forma de opresión a la que luego le vinimos a llamar patriarcado, como lo han hecho otras feministas también. Para nosotras la masacre del gas fue mirarnos al espejo y reconocernos como aymaras. Queremos ser aymaras, pero no bajo los términos patriarcales que nos va a imponer la heterosexualidad obligatoria, no como la mujer que se calla y agacha la cabeza y va detrás del marido, no como la mujer que solo sirve para sembrar la papa. Queremos vivir bien y no se puede vivir bien si las mujeres vivimos mal, si a las mujeres nos matan o nos violan. Queremos cuestionar la revolución dentro de la revolución. Y no queremos solo participar políticamente, queremos decidir, no queremos ser diputadas solo para decir que hay mujeres diputadas. Logramos que en Bolivia el impuesto directo a los hidrocarburos esté destinado a las universidades. Nosotras queríamos que nuestras wawas estudien en una universidad digna, en un espacio de conocimiento desde los pueblos.

“El patriarcado es un sistema de todas las opresiones, articula el colonialismo, el racismo, el capitalismo, el extractivismo, pero se construye sobre el cuerpo de las mujeres”

¿Cómo fue el proceso de elección en la asamblea constituyente de la palabra en aymara para nombrar el concepto “patriarcado”?

A esto lo llamamos la lucha en el territorio de las palabras, porque venimos de la lucha en el territorio. Lo primero que hicimos fue reconocernos feministas. Nuestros compañeros nos dijeron: “Feministas son las académicas, las europeas. Las indígenas no son feministas”. Fue toda una discusión epistemológica y política donde nosotras decimos que nos llamamos feministas porque recuperamos la palabra y nosotras inventamos un contenido. No es que el feminismo nació en Francia, el feminismo va a nacer en todos los territorios donde luchemos contra el patriarcado. Y ahí llegó la segunda palabra, que era “patriarcado”. Había que discutirlo en la asamblea constituyente. Planteamos que el patriarcado es un sistema de todas las opresiones: articula el colonialismo, el racismo, el capitalismo, el extractivismo, pero se construye sobre el cuerpo de las mujeres. ¿Cómo se ha aprendido que a la naturaleza se le pueden sacar los árboles, el agua, el aire, todo? En el cuerpo de las mujeres, porque nos sacan el agua, el aire, los afectos, todo. Pero estaba otra vez la justificación de los hombres aymaras: “En nuestro pueblo no existe la palabra patriarcado”. La palabra patriarcado no existe, pero la realidad patriarcal sí, ¿cómo se puede llamar? Usamos la palabra pacha usutawa: tiempo enfermo, un tiempo que hace daño. O pacha janiw walikiti: un tiempo que no está bien. Unquq pacha en quechua. Y así en guaraní y en distintos idiomas empezamos a construir estos conceptos de patriarcado, de capitalismo, de machismo, de racismo.

“La propuesta fundamental del feminismo comunitario es autoorganización, autonomía y autodeterminación”

Descolonizar la memoria, descolonizar los feminismos (2019) es el título de tu libro. ¿Qué se propone desde el feminismo comunitario antipatriarcal para llevar a cabo esta descolonización?

La comunidad es contraria al Estado, aunque haya sido un Estado plurinacional; nosotras decimos siempre: “Estado plurinacional solo para transitar a la comunidad”. La comunidad te exige la responsabilidad propia de construir lo que quieres con tus manos. Es imposible que un presidente se haga cargo de 11 millones de personas. La comunidad hoy existe, la comunidad que se autoorganiza, que logra tener agua, que en Bolivia durante la pandemia ha logrado tener medicina y no morirse, ha logrado circular la comida. La propuesta fundamental del feminismo comunitario es autoorganización, autonomía y autodeterminación y entendemos que eso se llama comunidad, un sistema político. Hacer comunidad es renunciar al individualismo, a la acumulación, y por eso nos parece una propuesta antipatriarcal, anticapitalista y anticolonial. La misma importancia tienen las personas como las montañas, las aguas, los animales, los pájaros y todo. En la comunidad en la que las wawas dialogan con las abuelas y los abuelos y se valoran sus conocimientos y sabiduría.

“Estos feminismos que ahora están de moda y hablan de la igualdad y el empoderamiento son funcionales al sistema”

“Leer en las arrugas de las abuelas”, te hemos escuchado decir.

Nuestras mamás y nuestras abuelas han peleado por una vida digna, porque nadie nos maltrate. Nos hemos encontrado con que habían luchado por lo mismo que estábamos peleando nosotras: porque no haya extractivismo, no destruyan la comunidad, no se lleven a las niñas en la trata y tráfico, no maten a las mujeres, no destruyan la naturaleza. Hemos empezado a recuperar la memoria de abuelas en todo Abya Yala. La Tránsito Amaguañadice en los años 30 que “es importante la tierra, es importante el territorio, es importante no tener patrón, pero también es importante que no te cases niña”. Recuperar la memoria de Bartolina Sisala Domitilala comandanta Ramonala María Sabina nos hace tener certeza sobre lo que estamos planteando. Frente a semejantes problemas (contaminación, trata y tráfico, que se lleven a tu hija, a tu sobrina, a la hija de tu hermana, que destruyan tu comunidad, el río y la montaña donde has crecido) que te vengan a plantear un discurso de igualdad de género es insuficiente, es indignante. Estos feminismos que ahora están de moda y hablan de la igualdad y el empoderamiento son funcionales al sistema. Nosotras creemos que los feminismos tienen que ser antisistémicos, antipatriarcales.
Por eso creo que un principio fundamental es que podamos dialogar entre todas las feministas, por más diferencias que tengamos hay que seguir discutiendo y politizando la lucha contra el patriarcado y el extractivismo. No basta que las feministas de Europa se vayan a Bolivia a apoyar la lucha contra la hidroeléctrica o denuncien a la empresa de Bolivia, necesitamos que haya acciones más concretas hacia los bancos que financian esas empresas en Europa, a los dueños de estas empresas, así como nosotras perseguimos a los jueces, a los feminicidas y pintamos su casa. Así creo que tendría que funcionar en Europa, la presión social para que estás empresas vayan reduciendo sus intervenciones en Abya Yala o vaya poniéndose más en cuestión esto.

Hablas también de descolonizar la temporalidad y la linealidad en los feminismos y en la manera de entender los procesos históricos.

Hay un feminismo hegemónico, liberal, blanco que habla de empoderamiento, que dice “supérate”, que dice que el mundo ha cambiado porque hay una mujer taxista, porque ha habido una mujer presidenta o porque hay una mujer negra vicepresidenta en los Estados Unidos. Eso no evita que los Estados Unidos siga matando migrantes, siga invadiendo los territorios o financiando, acompañando a Israel en el genocidio en Palestina. No creemos en estos proyectos lineales de que hay que luchar, capacitarse, formarse, hacer la revolución, tomar el poder y la vida va a cambiar. Esa es una linealidad del tiempo que le ha servido a Europa, pero le ha servido porque ha logrado el desarrollo y las comodidades que tiene ahora gracias al saqueo de nuestros pueblos. Descolonizar el tiempo para nosotras es generar condiciones en la lucha que nos permitan vivir bien todos los días, acabar con las relaciones de violencia, criar a las wawas de otra forma, en comunidad. Para recuperar los saberes, hablar con nuestras abuelas, nuestros abuelos, se necesita tiempo. Si te metes en la lógica capitalista de explotación, tienes que correr en los tiempos de productividad que te marca el capitalismo. Descolonizar el tiempo es renunciar a la acumulación capitalista. En el mundo aymara el tiempo es circular y no es un círculo en sí mismo que se repite, nosotras venimos de la comunidad y por tanto es lógico que podamos volver a la comunidad, porque hay una memoria política, hay una memoria genética, hay una memoria territorial. Toda esa insistencia en que querer hacer comunidad es difícil es una justificación del sistema, hacer comunidad es mucho más fácil que vivir en todo este mundo racista individualista y de explotación.

“Nosotras tenemos que transformar el Estado, porque nuestras hijas van a la escuela pública”

¿Qué ha cambiado en Bolivia con la aprobación en 2009 de la Constitución y con la declaración de un Estado plurinacional y en qué aspectos sientes que se podía haber ido más allá?

Desde 2009 hemos estado en la construcción de la ley de educación y en la construcción de la ley de violencia que habla de patriarcado. Hemos estado en la construcción del plan de salud de las mujeres para vivir bien, en las cumbres de justicia para refundar una justicia que no sea patriarcal, que tenga valores mínimos como los tiene la justicia comunitaria. Hemos visto que el Estado era útil para algunas cosas. En las que no vaya a ir más allá, le pedimos que no interrumpa nuestras luchas. Se ha ido extendiendo el cordón del pueblo aymara que va por todo Bolivia, llega hasta el norte de Chile, hasta el norte de Argentina y se han empezado a discutir, a intercambiar, a recuperar la cultura, la música. Más allá de las fronteras de los propios Estados. ¿Qué necesitamos? Qué el Estado no intervenga. Es mucho más fácil construir esa autonomía, esa reconstitución territorial cuando no hay un Estado que te persigue, cuando hay un Estado que es capaz de hablar de descolonización. Mientras exista, necesitamos que plantee un marco mínimo de lo que necesitamos los pueblos para vivir bien. Yo creo que en algunos lugares de Europa hay una mirada muy esencialista e higienizadora de no tener relación con el Estado. Tienen los privilegios y el dinero para hacer sus iniciativas a parte, una educación distinta, una salud distinta, trabajo de autocuidado autónomos. Nosotras tenemos que transformar ese Estado, porque nuestras hijas van a la escuela pública, porque son nuestros territorios los que se están discutiendo en ese Estado y en esa política pública. Incluso a los Estados fascistas hay que presionarlos, primero para sacar a los fascistas de ahí, lo segundo para que cumplan con las garantías mínimas: educación, salud. Tenemos la Constitución de 2009 y un código penal de 1970. No se ha transformado para llevar adelante esa Constitución. También ha habido un golpe de Estado fascista y racista [en 2019 y que implicó la salida de Evo Morales de la presidencia] para dejar claro cuál es nuestro lugar como indígenas: en las casas como sirvientas. El pueblo se ha organizado y ha logrado sacar ese golpe en un año, pero ese fascismo sigue, sigue organizado, está representado en el Parlamento y hay un discurso de odio racista que ha crecido más. Eso ha impedido que se profundice en la Constitución. Hay una ley en educación que que a mí me parece que es muy importante. Hay procesos de educación que se han estado haciendo con transformación curricular y metodológica, descolonizadora y comunitaria. En el sistema de salud también hay transformaciones para concretar la Constitución. Pero este fascismo, este permanente ataque para generar una inestabilidad al Gobierno ha hecho que el Gobierno también tome una posición conservadora: “No voy a profundizar nada más, hasta aquí llegamos, cuidemos lo poco que tenemos”. Y para nosotras esa no es la forma de cuidar, para nosotras hay que profundizar lo que tenemos, porque sino lo poco que tenemos fácilmente se recicla para el sistema y se pierde.

“El castellano nos impone una forma de entender el mundo y nosotras queremos vivir en otro mundo”

En el congreso Nuevas narrativas para una educación feminista y antirracista has hablado de la importancia de que las lenguas de los pueblos estén en el sistema educativo, no como asignatura, sino en todos lados, como acto de dignidad.

Sí, aprender nuestras lenguas no solo para hablar bien, sino para dejar de pensar, sentir y amar en castellano. El castellano nos impone una forma de entender el mundo y nosotras queremos vivir en otro mundo, queremos construir ese otro mundo. Y recuperar esa otra imagen del mundo es recuperar la lengua para poder pensar, sentir, querer y alimentar la rabia desde nuestras propias lenguas, eso es parte de la descolonización, de la autonomía, de la autodeterminación. Es un acto de dignidad no tener que esconder tu lengua, tu color de piel, tu forma de vestir ni tu forma de comer para poder ser reconocida en el mundo. También presentaste el material didáctico Nosotras somos Abya Yala, un libro para colorear creado por les niñes del feminismo comunitario, para dejar de pintar princesas y hombres araña y pintar a las abuelas de las que vosotras les habláis. En esa discusión sobre las abuelas dijimos “tiene que haber reglas para pintar” y una de las reglas es que no hay un color piel, porque toda la vida han estado con maestras y maestros que les han dicho que había que pintar los dibujos de color piel y ese color piel oficial nunca ha sido nuestro color de piel. Y otra regla era “no hay colores feos ni bonitos, ni vivos ni muertos”, porque como nosotras vivimos en un lugar que es 3.800 metros de altura sobre el nivel del mar no existe el naranja de los cítricos y el verde de las palmeras. Yo aprendo a amar y a reconocer los colores que hay en mi entorno, los colores como montaña, como agua. El negro es el color fundamental para nosotras, para nuestra ropa, para nuestra vida. Es más, la Wipala, que tiene muchos colores, antes tenía una franja negra en medio que era el color de la vida, de que todo viene de ahí, contrario a lo que las maestras y maestros dicen, que el negro parece un color muerto. En los colores y en las formas de vestir hay lógicas coloniales. Para mí es una decisión política llevar estas ropas, porque me acerca a mi abuela, mi ropa es una resistencia, es un atentado permanente al sistema. En una escuela había un profesor de gimnasia que decía “¿qué tengo que ver con la despatriarcalización?”. Y le decíamos: “Usted encárguese de que las wawas aprendan a no agachar la cabeza”. Porque eso no es casualidad, no es que vivamos en lugares muy altos y agachamos la cabeza para cubrirnos del frío, porque también nos han planteado eso. Este maestro de gimnasia después de un tiempo nos decía: “Qué difícil es enseñar a levantar la cabeza”. Es el cuerpo que está formado por un mundo colonial, siempre pidiendo perdón, siempre sin mirar a los ojos, porque eso te da poder, seguridad en vos misma. Era un proceso de descolonización para el propio profesor, para que cree sus metodologías y ejercicios que a la vez puedan descolonizar el cuerpo, y eso lo hemos hecho mediante la ley de educación, que obliga a las maestras y maestros a despatriarcalizar en cualquier asignatura.

“Nuestra memoria ancestral están estos cuerpos plurales, estos cuerpos que no eran ni hombre ni mujer. La comunidad también ha sido atravesada por el colonialismo, por el patriarcado y por la heteronormatividad”

En el libro Jiwasa / Nosotras: Resistencias chiquitanas, guarayas, moxeñas, aymaras, quechuas, indias, cholas / Disidencias tevis, mujerengues, q’iwsas, qharimachos, ullupakus, machorras, maricas (2019) explicas tu decisión política de ser lesbiana, como parte del proceso de descolonización, un camino de descolonización del cuerpo, el placer y el deseo.

Nosotras cuestionamos la familia, no queremos familia, porque la familia rompe la comunidad, la familia es una imposición colonial. La heterosexualidad es una imposición colonial. Hay información de que nuestros pueblos no eran heterosexuales. Tenemos una memoria no heterosexual en el cuerpo, pero ese deseo es eliminado, coartado por la heterosexualidad desde el colegio y por las iglesias. Yo decido políticamente siendo feminista y comunitaria ser lesbiana, no lo decido antes porque no sabía que se podía. Me he casado a los 16 años y he tenido una hija a los 16 años y después otra, porque pensé que era la única opción para las mujeres. Esta decisión para mí ha significado reconstruir una relación de deseo, de erotismo con otra mujer, una relación que ha sido cargada de prejuicios, de sentir asco por nuestro cuerpo y por el cuerpo de otra mujer, porque el único cuerpo que podemos desear o que puede ser satisfactorio es el cuerpo de un hombre, el falocentrismo. En un mundo patriarcal, el deseo es patriarcal, el erotismo es patriarcal. También ha habido una discusión sobre si soy lesbiana, si esa es la palabra, porque no deja de ser una palabra que viene del griego, de Lesbos. Yo miraba el movimiento feminista, el movimiento lésbico y no la comunidad, donde había también lesbianas. Empezamos a recuperar la palabra q’iwsa en aymara, que son las personas no heterosexuales. Y ahí profundizamos más esa discusión de que la heterosexualidad es una imposición colonial, porque en nuestra memoria ancestral están estos cuerpos plurales, estos cuerpos que no eran ni hombre ni mujer. La comunidad también ha sido atravesada por el colonialismo, por el patriarcado y por la heteronormatividad, y por eso se habla de que somos hijas del padre sol y de la madre luna, de la Pachamama, del tata inti, toda esa heterosexualización y humanización de la naturaleza que es parte de un sistema patriarcal, las cosmovisiones no son antropocéntricas, pero lo parecen, porque sexualizan a la naturaleza por la colonización. Todo eso hemos cuestionado para poder nombrarnos. Sí, como lesbiana, pero fundamentalmente como q’iwsa, como esta resistencia a una heterosexualidad que es colonial, que es dominación, que es explotación y saqueo.


Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2024/04/descolonizar-el-tiempo-es-renunciar-a-la-acumulacion-capitalista/



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