RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

viernes, 11 de diciembre de 2020

Argentina. Aborto legal: Diputados dio media sanción y solo falta el Senado







Con la presencia de históricas de la Campaña Nacional y funcionaries en los balcones, la Cámara de Diputados dio media sanción a la legalización del aborto. Una verdadera explosión sacudió a la marea verde que acompañó la sesión desde la Plaza del Congreso. Gritos y abrazos como antesala del debate que espera en el Senado para transformar el proyecto en ley.

A las 7.23 de la mañana, el tablero dijo que la interrupción legal del embarazo es ley: lo apoyaron 131 votos, que superaron a los 117 en contra; la cuenta sólo registró 6 abstenciones. “Resulta afirmativo, se comunicará al honorable Senado”, dijo el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, mientras en el recinto los aplausos subían desde las bancas, tras 22 horas de sesión. Los festejos de la calle subían por las ventanas, como habían seguido sonando toda la madrugada: un mar verde que acompañó por segunda vez en dos años un reclamo histórico del movimiento de mujeres argentino.

Las últimas intervenciones habían puesto el tono emotivo para la votación que se auguraba, una mayoría consolidada al calor de acuerdos transversales de las cuatro comisiones en las que se labró el dictamen (Legislación general, Legislación penal, Mujeres y Salud). «En la historia grande de la ampliación de derechos solo se inscribe los que luchan, y nosotras estamos luchando», había cerrado Silvia Lospennato poco despues de que Brenda Austin recordara a Elvira Rawson, Alicia Moreau de Justo, Julieta Lanteri (y su memorable «arden fogatas de emancipación femenina»), y los aplausos llovieron desde las bancas verdes pero también desde los palcos, donde activistas de la Campaña (Marta Alanis, Dolores Fenoy, Nina Brugo, entre otras) se alternaban con funcionarias como la Secretaria Legal y Técnica de Presidencia, Vilma Ibarra, y la ministra de Mujeres, Géneros y Diversidades, Elizabeth Gómez Alcorta.

«Esta “es una lucha con un corte generacional”, dijo la anteúltima oradora, Gabriela Estévez, que agregó: «Si nos asomamos y miramos para afuera, vamos a ver miles de jóvenes que están esperando que este proyecto que estamos tratando tenga media sanción».

Los discursos de cierre de diputadas y diputados que acompañaban el dictamen de minoría, es decir, el rechazo al proyecto de interrupción voluntaria del embarazo, habían reiterado argumentos repetidos desde 2018 y aún antes: la presunta inconstitucionalidad, la asimilación de un embrión con un «niño». «El aborto es el emergente claro de la falta de educación, de las desigualdades, de la violencia contra la mujer», había asegurado, participación virtual mediante, Graciela Camaño.

Antes, alrededor de las 4.30 de la madrugada, un diputado dio cuenta de hasta dónde había llegado el clima de hostilidad nada simbólica que rodeó en las provincias a quienes apoyaban el proyecto de aborto legal. «No es un buen día para mí. Si bien vivimos en democracia, parece que no todos entienden lo que significa la palabra democracia», dijo el jujeño Julio Ferreyra antes de explicar:  «estoy recibiendo todo tipo de amenazas. Esas amenazas llegaron a casa de mi hija en la mañana de hoy». Por esas presiones, Ferreyra, en lugar de votar en favor del proyecto, FERREYRA Sólo su coterránea Gabriela Burgos, unas horas después, alertó sobre la gravedad de esa situación.

«¿Cuánto más hay que esperar?», preguntaba Carla Carrizo instantes después de que Eduardo Valdés anunciara que votaría en contra en general pero a favor de la despenalización.

Casi un día entero de debate

A medianoche la votación quedaba lejos -entrada la madrugada, de acuerdo con los cálculos-, pero en los pasillos del recinto de la Cámara de Diputados el pálpito se inclinaba por un optimismo cauto: aunque los números finales variaban, los poroteos de diputadas, diputados y organizaciones del movimiento de mujeres se inclinaban a señalar que la votación sería favorable al proyecto de aborto legal. La mayor diferencia estribaba en la brecha que podían sembrar indecisos y abstenciones; también en la posibilidad de alguna sorpresa como las que dieron algunos (pocos) legisladores que, entre 2018 y 2020, cambiaron de parecer y, por tanto, dieron vuelta su voto (Flavia Morales, que había votado en contra, anunció que lo haría a favor). Más entrada la noche, mayor la diferencia a favor. Poco antes de las 10 de la noche, cuando había intervenido menos de un centenar de diputadas y diputados, se estimaba en cerca de 130 los apoyos y algo más de 110 los votos en contra.

Al recinto no llegaban los rumores de la calle, con sus manifestaciones de glitter verde de un lado y muñecos ensangrentados y cruces celestes del otro, pero los alrededores de las bancas sí tenían un ritmo propio. En los balcones, con vista al recinto, activistas históricas del feminismo argentino y de la Campaña por el Derecho al Aborto seguían el discurrir de la sesión, algo que era celebrado con aplausos cuando el presidente de la Cámara, Sergio Massa, lo anunciaba.

Inicialmente, se había estimado que la sanción de la ley de interrupción voluntaria del embarazo (IVE) podía votarse alrededor de las 2 de la madrugada, y la del Plan de 1000 días, cuyo tratamiento se había acordado a continuación, aproximadamente a las 4. Sin embargo, a medida que avanzaba la jornada los tiempos se estiraron. La hora estimada se extendía al calor de los discursos, que el presidente de la Cámara, Sergio Massa, trataba infructuosamente de mantener en línea, como había sucedido durante las primeras horas de la sesión. No había caso: con la caída del sol (algo que, recinto adentro, sólo podía intuirse), las intervenciones se excedían cada vez un poco más, y algunas cada vez eran un poco más crispadas y menos respetuosas de la regla de la casa, que impide diálogos entre diputados, para evitar confrontaciones en el debate.

Con el correr de las horas, los argumentos favorables a la ley abrían un abanico de razones: salud pública, derechos de las mujeres, historias personales, deudas con las hijas, nietas, abuelas, la urgencia, la prioridad, la presión de las juventudes. También los recuerdos amargos de mujeres muertas o severamente victimizadas por abortos negados o por abortos clandestinos, como Ana María Acevedo y la niña Lucía, cuyos nombres sobrevolaron reiteradamente la sesión.

Del otro lado, en apoyo a un dictamen de minoría que simplemente consistía en el rechazo del proyecto (y se basaba en dichos cuestionados seriamente que habían sido vertidos en las audiencias informativas por varios expositores), los argumentos fueron de las referencias bíblicas al cuestionamiento de cuáles son las prioridades o, inclusive, las creencias religiosas de la sociedad y la posibilidad de convocar a consultas populares. No todas las voces anti-legalización coincidían en esto último como solución. «Allá afuera están las personas que nos votaron para que los representemos y demos este debate, aunque a algunos no nos resulte tan simpático», cuestionó, por caso, Vanesa Massetani, activa protagonista de la campaña de las iglesias evangélicas y católica que tuvo por lema «La mayoría celeste». Llegando a su cierre, aseguró que la IVE no es la solución para quienes no quieren ser madres, y defendió el rechazo con una argumento sorprendente: «el Estado no obliga a maternar, el Estado obliga a parir”.

Amanecer de una sesión agitada

La sesión comenzó unos treinta minutos después de la hora programada. «Esta fecha es simbólica para un nuevo derecho», dijo la diputada Cecilia Moreau, que había presidido los plenarios en los que las comisiones de Legislación general, Legislación penal, Mujeres y Salud habían llevado adelante el proceso previo a la llegada a recinto, audiencias informativas y reuniones para acordar dictamen incluidas.

Al presentar el proyecto al pleno, la legisladora señaló cuál había sido el enfoque de la iniciativa, que ya labró, inclusive, acuerdos dentro del Senado, para procurar un trámite fluido: es preciso, dijo «entender que se trata de un problema de salud pública y que una de las tareas centrales del Estado es garantizar ese derecho» a mujeres y cuerpos gestantes. Desde uno de los palcos destinados al público invitado, escuchaban la Secretaria Legal y Técnica de Presidencia, Vilma Ibarra, y la ministra de Mujeres, Géneros y Diversidades, Elizabeth Gómez Alcorta, cuya presencia fue anunciada por Massa, quien un poco más tarde repitió el anuncio pero con el ministro de Salud, Ginés González García. La ministra de las Mujeres bonaerense, Estela Díaz, presente en otro palco, fue reconocida como «militante histórica de este derecho» durante  la intervención de Carolina Gaillard, quien tambien agradeció la presencia y los años de activismo de Dora Barrancos, apenas escondida en otro balcón.

El proyecto, explicó poco despues Mónica Macha, no apareció en el vacío. «Hay un linaje político en el cual se inscribe» la iniciativa de IVE, dijo la presidenta de la comisión de Mujeres y Diversidad, y esa idea muchas horas después volvió a emerger en exposiciones de referentes partidarios tan diversos como Maximiliano Ferraro, quien señaló cuán emparentadas están las luchas por los derechos de las mujeres y las que emprende la diversidad sexual, o Claudia Najul (una de las diputadas ante cuyo domicilio particular grupos celestes concurrieron con afán de apriete público), quien advirtió que sería «una ley reparadora, como fue la de divorcio, la de matrimonio igualitario».

La pregunta (celeste) acerca de si el momento era oportuno, si era realmente algo prioritario, tuvo respuestas de voces distintas, en momentos diferentes. «Nunca es el momento para discutir avances de derechos de las mujeres y las personas gestantes», dijo Vanesa Siley, quien en su exposición recordó, también, que el voto para las mujeres fue legal recién en 1947, aunque había sido presentado más de diez veces antes. A su turno, Facundo Suárez Lastra lo evaluó oportuno «porque es urgente cada día que pasa, hay una mujer, una joven, una señora en Argentina que tiene que tomar una decisión».

La bendición de las pioneras

En el aire, durante la sesión, resonaban los nombres de mujeres que ayudaron a construir el linaje político de las militancias en distintas décadas: Florentina Gómez Miranda (a quien recordaron Gabriela Lena y Camila Crescimbeni, que también señaló «nuestra generación quiere poder hablar»), Eva Perón, Mabel Bianco, Cecilia Grierson. En los pasillos, se percibían las negociaciones y reuniones . «No vamos a hacer cambios al dictamen», aseguraron a este diario diputadas verdes, poco después de que al menos dos diputados (Fernando Iglesias y Gonzalo del Cerro) cuestionaran en sus intervenciones «el plazo de las 24 semanas».

Promediaba la tarde del viernes. Desde un balcón, con las manos cruzadas a la espalda, Nina Brugo observaba con detenimiento el recinto. Unos metros más allá, Marta Alanis hacía lo propio; al rato se sumó Nelly Minyersky. En la Cámara de Diputados se debatía desde hacía horas el proyecto de interrupción del embarazo que, como recordó un legislador al fin de la tarde, había llegado a esa instancia gracias a la persistencia de ellas y sus compañeras, las históricas de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto.

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Las mujeres son el germen del movimiento popular argelino


Fuentes: Mientras tanto

Argelia está agitada desde el 22 de febrero de 2019 por un movimiento insurreccional de una amplitud y una índole inéditas, un movimiento transgeneracional que moviliza a millones de personas de todas las categorías sociales.

Uno de los rasgos característicos del movimiento es la participación significativa de mujeres que no se contentan solo con manifestarse sino que toman la palabra, se expresan en los foros organizados al margen de las manifestaciones para alimentar los debates con reflexión e iniciativas, son miembros en toda regla de los comités de estudiantes —punta de lanza de la protesta—, están activamente presentes en las redes de apoyo a los presos políticos y de opinión, entre los cuales también hay mujeres: la portavoz del Partido de los Trabajadores (PT), Louisa Hanoun, condenada a 15 años de reclusión; Samira Messouci, representante de la Agrupación por la Cultura y la Democracia (Rassemblement pour la culture et la démocratie) elegida como miembro de la asamblea popular de la wilaya de Tizi-Ouzu; la estudiante Nour el Houda Dahmani y una ex ministra de Cultura.

Es una mujer ex muyahida [1], Zohra Drif-Bitat, quien preside el comité nacional para la liberación de la portavoz del PT y de todos los presos políticos y de opinión. En un llamamiento a la población firmado el 21 de octubre de 2019, los miembros denunciaron arrestos arbitrarios y exigieron la liberación de todos los presos políticos y de opinión, así como que se pararan las políticas liberticidas y todas las medidas represivas.

Esta presencia de mujeres en los espacios públicos, esta vía recuperada, constituye un hecho nuevo que no puede pasar inadvertido cuando se sabe que el terror instalado durante una guerra civil de diez años y después la losa de silencio que han impuesto sobre el país los 20 largos años del reinado Bouteflika y su camarilla, si bien han alcanzado a toda la población, han afectado particularmente las mujeres.  

Dejando a un lado la lucha feroz y valiente de las mujeres de las familias víctimas de los abusos perpetrados por los terroristas y los agentes del estado, en particular de las víctimas de desapariciones forzosas durante la década negra, que causó un cuarto de millón de muertes y miles de desaparecidos, la resistencia de las mujeres, tanto individualmente como en las asociaciones femeninas, redujo sus dimensiones y sus capacidades de movilización, constreñida como estaba a adaptarse al clima de hostilidad y terror.

El combate de las mujeres y la guerra de liberación

¿Por qué recordar este episodio?

La movilización en el seno del movimiento popular ha alcanzado un pico con ocasión de la celebración del 1º de noviembre, fecha del aniversario del estallido de la guerra de liberación, de la cual Louisa Dris-Aït Hamadouche, profesora de ciencia política con contribuciones de una gran lucidez y pertinencia, dirá que ha fecundado el Hirak.

El peso y los sacrificios exigidos por esta larga y dura lucha armada contra el colonialismo fueron ampliamente asumidos por las mujeres, formaran parte de la guerrilla urbana, se hubieran unido al maquis o –hecho raramente mencionado por la historiografía oficial– hubieran opuesto una resistencia a las estrategias coloniales de desestructuración masiva del tejido social y dislocación de las estructuras de vida, sobre todo en el campo.

Mujeres de la resistencia fueron torturadas y violadas en las prisiones del ejército de ocupación. Este horror impuesto a las mujeres será durante mucho tiempo silenciado por ambas partes y hubo que esperar hasta los años 2000 para que las mujeres osaran hablar y reclamar justicia. En su testimonio estremecedor de 2001 [2] y después en su libro recientemente publicado, Louisa Ighilahriz habla de una vida rota y dice que 45 años después no puede dormir.

A pesar de la glorificación de ciertas figuras simbólicas –utilizada, entre otros, en el marco de la legitimidad histórica para justificar la toma de poder por el “ejército de las fronteras”–, el discurso oficial da muy poco espacio a la memoria del combate y del compromiso de las mujeres, y su silencio sobre las sevicias padecidas, en particular la violación como arma de guerra, es tanto más culpable cuanto que los mismos métodos criminales fueron utilizados contra las mujeres en los centros clandestinos terroristas.

La adhesión de las mujeres a la lucha para la independencia habría podido, habría tenido que alterar el lugar y el rol que les eran asignados y sacudido los arcaísmos de todo tipo que consagran su estatus de inferioridad. No hubo nada o apenas nada de eso, incluso para la élite cuyos miembros eran consideradas ex muyahidas, que se desencantaron rápidamente después de una breve y limitada participación de algunas de ellas en la vida política. «Lo que se quebró, fue la esperanza de una redefinición de sus posiciones familiares, sociales, culturales y políticas después de la independencia» (Christiane Chaulet Achour, en Ecos literarios de una guerra, 2019).

La gran poeta y militante del movimiento de liberación Anna Greki (1931-1966) fue la primera en celebrar la libertad encontrada:

Nuestros muertos que te han soñado se cuentan por millares

Uno solo habría bastado para que yo recuerde

El trazado de los caminos que llevan a la felicidad

[…]

El cielo independiente solo habla al futuro

Nos queda en el presente la energía de la esperanza [3]

Y, a continuación, puso en verso el desencanto:

La independencia con su canto de gallo ¿dónde la has puesto?

Quieres desangrar la granada con un cuchillo

Sumergir cada cerebro en un baño de sal

Que la hierba que allí crece quede a ras de piel

¿Quién es este pueblo rey este perro que es amordazado?

La miseria que aúlla tiene todavía talento.

¿Cómo comprender y explicar esta realidad?

En una reciente entrevista, Mohamed Harbi, actor de la lucha de liberación y conocido historiador, vuelve sobre la génesis del movimiento de liberación, respecto de la cual señala «que los dirigentes que pertenecían a las capas privilegiadas pequeñoburguesas y burguesas se apoyaron en las masas populares de una manera que obstaculizó la formación de una conciencia popular, que habría permitido a la intervención popular tener peso sobre los objetivos del movimiento».

Además, la primacía impuesta de lo militar sobre lo político asfixió las veleidades de dotar a la resistencia de un proyecto de sociedad que se hiciera eco de las expectativas, aspiraciones e intereses de la gran masa que lo sostenía.

Privadas del ejercicio político en un clima democrático, se impidió a las masas populares de las que las mujeres formaban parte imprimir a la resistencia la expresión de sus reivindicaciones propias y de género, no pudiendo de esta manera forjar los medios organizativos para tener peso sobre las decisiones que se tomaron después de la independencia.

En estas condiciones, se dejaba a un lado la cuestión de la igualdad hombre/mujer, de la necesaria liberación de las mujeres del sistema del patriarcado y de las prohibiciones que les ponen trabas desde siempre.

Entre los autores argelinos que han escrito sobre las mujeres, es la talentosa escritora y cineasta de fama mundial Assia Djebbar (1936-2015) quien mejor ha descrito la condición impuesta a las mujeres, su reclusión —«cada  morada es el fondo de un callejón»—, «su silencio revuelto de susurros», «la queja ululante de las sombras veladas flotando en el horizonte», y será a las mujeres a quienes dedicará sus novelas y sus películas para darles visibilidad y prestarles voz.

Y no era la UNFA [Union nationale des femmes algériennes (Unión nacional de mujeres argelinas)] —mero apéndice del partido único FLN [Frente de Liberación Nacional], aparato de estado y encarnación de la traición a las promesas democráticas, una asociación conducida por una élite privilegiada en ruptura total con las preocupaciones y dificultades de las mujeres—la que podía ofrecerles un marco para expresarse, organizarse y reivindicar sus derechos tras la independencia.

A las mujeres que reivindicaban un cambio concreto de su condición, el poder establecido les replicaba que no era el momento de su emancipación, sino de la realización de tareas bastante mayores y más urgentes: «las tareas de construcción nacional».

La educación de las hijas y su acceso al mercado del trabajo

Las mujeres no han bajado los brazos y han aprovechado las oportunidades ofrecidas por la política de democratización de la enseñanza para mejorar su situación. Hoy, el 60% del alumnado que termina el bachillerato son mujeres, y han tomado al asalto las carreras hasta entonces reservadas a sus camaradas hombres, sobre todo las tecnológicas.

La formación adquirida les ha permitido acceder al mundo del trabajo —aunque su porcentaje continúe siendo marginal—, beneficiarse de una relativa autonomía financiera y acceder, aunque sea de manera reducida, al espacio público.

¿Qué incidencia tiene este dato sobre su estatus?

Si bien predominan en dos sectores importantes de actividad (la educación y la salud), la mayoría de mujeres de las mujeres directivas —quienes constituyen por tanto la base de los sindicatos autónomos de su sector, supuestamente opuestos a las prácticas de la central sindical UGTA, sometida por completo al poder— están prácticamente ausentes de los centros de toma de decisiones de sus sindicatos. Se encuentran de hecho privadas del derecho legítimo a participar en la construcción de un marco para la expresión democrática y el ejercicio de la ciudadanía, de modo que no pueden influir sobre la naturaleza de las reivindicaciones y las formas de organización ni desarrollar una conciencia política para forjar las herramientas de una emancipación verdadera.

La hidra islámica y el combate de las mujeres

La ideología oscurantista que ha contaminado las mentes y ensombrecido el cielo de Argelia fue insidiosamente difundida por todos los canales oficiales del poder para controlar a la población, y luego decididamente alentada para aniquilar la esperanza democrática nacida gracias al alzamiento de 1988, salvajemente reprimido. 

El partido islamista entonces reconocido oficialmente, el tristemente célebre HICE, tomó como blanco privilegiado a las mujeres, que mujeres fueron vilipendiadas, agredidas, amenazadas, y el velo que debían llevar para poder continuar estudiando y trabajando fue, en realidad, un velo lanzado sobre toda la sociedad.

Las asociaciones femeninas, la mayoría de las cuales nacieron después de los mismos acontecimientos de 1988, constituyeron sin duda alguna, a través de su lucha para defender los derechos de las mujeres y contra la amenaza integrista que no solo ponía en peligro su porvenir, sino el de toda la nación, la parte más activa del frente social y democrático. Entre sus reivindicaciones insignia se encontraba la abrogación del todavía vigente código de familia, calificado con toda la razón de «código de la infamia», que mantiene a las mujeres en un estatus de menores de edad de por vida.

Incapaces de llegar a un consenso, ambas fuerzas protagonistas de la crisis —la que apuntalaba el poder y la que lo disputaba— impusieron a la población una guerra civil en la que las mujeres pagaron un precio muy alto.

Más de un centenar de mujeres de todas edades, medios sociales y profesiones fueron asesinadas, y la memoria colectiva retendrá el doloroso recuerdo de las 12 profesoras asesinadas el 27 de septiembre de 1997, cuando iban a trabajar, en una emboscada tendida por los terroristas. Se cuentan asimismo por centenares las mujeres secuestradas y violadas en los centros clandestinos terroristas, y miles vieron sus vidas destrozadas por el asesinato terrorista o la desaparición forzosa de miembros de sus familias.

En relación con la violación de mujeres en los centros clandestinos, arma de guerra practicada por los terroristas, el poder adoptará la misma actitud que tras la independencia, y las mujeres víctimas del horror, a menudo con hijos, no solo padecerán un silencio vergonzoso y negador de su tragedia, sino que su drama será tabú y no encontrarán refugio más que en ciertas asociaciones femeninas.

En la era de Buteflika, caracterizada por el cerrojazo de los campos mediáticos y políticos, con la población pudiendo expresarse solo mediante el recurso a las revueltas —12.000 de media cada año, según las cifras oficiales—, las asociaciones femeninas se encontraron —al igual que las demás asociaciones, los sindicatos y los partidos políticos— ante un poder que no toleraba ninguna veleidad de empoderamiento y ahogaba toda voz discordante.

Y entre las voces discordantes está la de las familias de víctimas de desaparición forzosa que, en una lucha conducida principalmente por las mujeres organizadas en asociaciones (de las cuales la más conocida es «SOS Disparues»), desafiaron la represión para sacar a la luz del día su causa y reclamar verdad y justicia. Estas madres coraje, con sus sentadas semanales ante los edificios, sedes y símbolos del poder, al oponer el imperativo de la verdad y la justicia frente a la voluntad de amnesia del poder, han contribuido a mantener con sus medios la llama de la resistencia a la arbitrariedad y a la impunidad.

El movimiento de las mujeres en el Hirak [5]

Es innegable que el movimiento popular ha vuelto a dar aliento al movimiento de mujeres y sus asociaciones. En Bejaïa y después en Orán, en octubre de 2019, un total de 23 asociaciones de mujeres y militantes feministas han mantenido encuentros nacionales. En el comunicado del movimiento MNFA [Movimiento Nacional de Feministas Argelinas] que siguió al último encuentro, reafirman su compromiso con el surgimiento de una Argelia democrática basada en la justicia social y la igualdad ciudadana, indisociables de su lucha contra los textos normativos que minorizan a las mujeres y las prácticas sociales que bloquean su emancipación.

Claramente, las asociaciones agrupadas de esta forma inscriben sus compromisos en el movimiento popular, apoyando sus reivindicaciones, alzándose contra la represión de sus actores, denunciando las decisiones económicas dudosas de los responsables fustigados por el Hirak, llamando las mujeres a movilizarse con fuerza en el seno del movimiento popular para su consecución.

Este regreso del movimiento de las mujeres a la escena pública y política saldrá ganando si las moviliza para:

  • Afirmar con fuerza sus reivindicaciones específicas sin ceder al viejo chantaje de dejarlas para más tarde en beneficio de objetivos más urgentes.
  • Articular estas reivindicaciones dentro de las reivindicaciones colectivas.
  • Inscribir sus reivindicaciones dentro de un compromiso con otras opciones sociopolíticas que rompan con el sistema dominante de extracción de rentas, responsable —más allá del naufragio económico— de mentalidades y comportamientos fundados sobre el arcaísmo, el parasitismo y la violencia.
  • Organizarse según modalidades nuevas que aseguren su mayor participación en la vida política, económica y social y ser un verdadero peso en la definición de los objetivos y las decisiones que se adoptarán para su emancipación y la de la sociedad de manera más general.

[Houria Benaziza (1954) fue militante del partido comunista argelino y sindicalista durante su carrera en la educación nacional. Forma parte del movimiento de madres de desaparecidos. Participa en el Hirak como feminista.]

Trad.: Rosa Ana Alija Fernández

Notas de la traductora:

[1] «Muyahid/a» es el término que se utilizó durante la Guerra de Argelia para designar a los/as argelinos/as alzados/as en armas contra el poder colonial francés.

[2] Louisette Ighilahriz y Anne Nivat, Algérienne, ed. Calman-Levy, 2001.

[3] De «Juillet 1962 – El Houria», en Temps forts, Présence Africaine, París, 1966, pp. 9-10.

[4] De «Les rues d’Alger», en Temps Fortsop. cit., p. 79.

[5] «Hirak» es una palabra árabe novedosa que significa «movimiento» y se viene utilizando desde 2007 para hacer referencia a las protestas en diversos países árabes.

Fuente: http://www.mientrastanto.org/boletin-196/notas/las-mujeres-son-el-germen-del-movimiento-popular-argelino



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Científicas y brecha de género: el cambio debe empezar en la propia universidad


Fuentes: The conversation

En estos tiempos en los que acudimos a más seminarios formativos tal vez hayan observado que los hombres están infrarrepresentados en los eventos sobre género. “La ciencia profesional femenina”, se titulaba un curso reciente en la Universidad de Sevilla con dos asistentes masculinos por 30 femeninos. Esto es algo habitual que se resiste a cambiar, pero que podría ayudar a mitigar el actual protagonismo comunicativo de científicos como Fernando Simón y Margarita del Val, bendito ejemplo de paridad que deja el coronavirus.

La brecha de desigualdad en la ciencia es antigua, y se pronuncia cada vez que hay una crisis. Habrá que observar ahora si mantiene su regularidad. Un análisis publicado en Nature en mayo ya señalaba que las publicaciones de investigadoras habían disminuido durante la pandemia, y que estas habían empezado menos proyectos que sus homólogos masculinos. De hecho, algunos editores han señalado que las mujeres enviaron menos artículos a revistas científicas en los primeros meses de la pandemia. Esto contrasta con que las científicas lideran más de la mitad de los proyectos del CSIC sobre la covid-19. ¿Brotes violetas?

La historia se escribe a partir de muchas científicas con aportaciones relevantes sin reconocimiento. Elizabeth Boody Schumpeter es un ejemplo. A la sistemática invisibilización de sus investigaciones le sucede la consiguiente falta de referentes femeninos. Se une el cuestionamiento social de su dedicación y la segregación sexual, vertical y horizontal. Las científicas se enfrentan así a múltiples barreras para su progreso, a obstáculos arraigados como el techo de cristal, los sesgos en la selección, las relaciones de poder, los estereotipos sobre su validez para generar conocimiento, u otros sexistas y educacionales. Sesgo de la cuerda floja, síndrome de la impostora, sesgo de la maternidad… La suma provoca que las científicas arrastren un hándicap por ser mujeres.

El programa L’Oréal-UNESCO For Women in Science recoge que “las mujeres todavía representan solo el 29 % de las personas investigadoras en todo el mundo”. La infrarrepresentación de las científicas en la universidad es un hecho en todas las etapas de la carrera investigadora, pues hay datos que evidencian la aguda diferencia de género en la tasa de abandono en los estudios de doctorado, de la carrera profesional y de la academia tras el nacimiento del primogénito.

En el CSIC, la proporción femenina desciende según se asciende en la carrera investigadora. Así, según datos de la propia institución, se registra un declive mayor en la etapa predoctoral y en la postdoctoral en el periodo 2010-2020. Pese a defender más tesis doctorales, la presencia de las científicas es menor en todas las categorías profesionales.

También existe un sesgo de género en la actividad científica en los equipos de investigación, la producción (personas líderes o responsables de financiación, remuneradas de comités editoriales de revistas, menor número de citas, etc.) y en la actividad de los Organismos Públicos de Investigación.

Ellas prefieren el acceso abierto

En contraposición, las mujeres publican con mayor frecuencia en acceso abierto y están más representadas en los grandes equipos investigadores. El camino hacia la inclusión en la ciencia se dilata. Por consiguiente, podríamos afirmar que las científicas sufren el sexismo en forma de prejuicios que lastran su éxito. El menosprecio profesional, el abuso de poder, los agravios en la financiación y el limitado reconocimiento profesional lo certifican.

Nuestra propia universidad, la de Sevilla, también tiene que avanzar en una mejora de la representación de las científicas. Tal y como evidencia esta tabla, las mujeres son minoría en todas las áreas. Suenan poco comunes nombres reconocidos como los de Montserrat Vilà Planella, Carmen Ortiz Mellet, Catalina Alarcón de la Lastra Romero y Amparo Mármol Conde. Es necesario darles visibilidad para contrarrestar la desigualdad latente en la ciencia.

Los estudios de género han demostrado que un requisito indispensable para modificar la perspectiva depende de las instituciones. Puede que venga de ahí la vigente tendencia de iniciativas universitarias con científicas en un bottom-up approach, tal como señala el siguiente cuadro. Llegados a este punto, ¿las iniciativas femeninas son colectivas?

Este año será el primero en la historia de España que dos mujeres presenten las campanadas en una televisión pública. Puede, y ojalá sea verdad, que los acontecimientos sociales estén marcando una ruptura paulatina hacia que las científicas asistan al desvanecimiento del sesgo de género en el ámbito académico. Que ocupen los espacios que les pertenecen y también, tal vez, del resto de los ámbitos sociales y profesionales.

La investigadora Lorena Fernández lanzó una propuesta en The Conversation para que las científicas sumaran sus voces. Aquí, con este artículo, recogemos el guante. Por lo pronto, este texto tiene voz exclusivamente femenina en autoría y referencias. Los cambios hay que abordarlos desde la raíz.

Macarena Pérez Suárez. PDI. Departamento de Economía Aplicada III, Universidad de Sevilla

Isadora Sánchez Torné. Universidad de Sevilla

Fuente: https://theconversation.com/cientificas-y-brecha-de-genero-el-cambio-debe-empezar-en-la-propia-universidad-149478?







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jueves, 10 de diciembre de 2020

Mujeres kurdas recogen firmas para procesar a Erdogan

En La Haya y Hamburgo se han recogido firmas para la campaña "100 razones" iniciada por el movimiento de mujeres kurdas para enjuiciar a Erdogan por sus crímenes y detener los feminicidios.


Continúan las actividades relacionadas con la campaña «100 razones para procesar al dictador» lanzada por el Movimiento de Mujeres Kurdas de Europa (TJK-E) el 25 de noviembre. En La Haya y Hamburgo, las activistas recogieron firmas en puestos de información.

En Hamburgo, el consejo de mujeres de Rojbîn informó a la gente sobre la campaña en curso y recogió firmas en la estación de Sternschanze S-Bahn.

La petición también puede ser firmada en línea. Para hoy jueves, día de los derechos humanos, el movimiento de mujeres ha anunciado acciones frente al Consejo de Europa en Bruselas y frente al Bundestag en Berlín, así como en Ginebra.

El llamamiento del TJK-E dice: «Saludamos a todas las mujeres que luchan por su libertad. Detengamos juntos el terror de estado del régimen del AKP / MHP. Detengamos el femicidio y luchemos para que sea reconocido internacionalmente como un crimen. Unamos nuestras fuerzas para que el dictador Erdogan sea procesado!»

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martes, 8 de diciembre de 2020

Nemonte Nenquimo: «la estrella» waorani que ganó el premio Goldman


Fuentes: Mongobay [Foto: Nemonte Nenquimo es la ganadora del Premio Goldman para Sudamérica y América Central. Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines]

Nemonte Nenquimo, una mujer waorani de 35 años, lideró el proceso legal que suspendió la explotación petrolera que amenazaba a su comunidad. Por esa victoria, ha sido reconocida como una de las activistas por los derechos indígenas más importantes del mundo. Su lucha es difícil y su figura divide incluso a activistas y líderes indígenas. Sin embargo, su risa cautiva a todos.

Nenquimo es una de las seis ganadoras del premio Goldman 2020. En septiembre fue reconocida por TIME como una de las 100 personas más influyentes del mundo y el 24 de noviembre, la BBC la incluyó en su lista de las 100 mujeres inspiradoras e influyentes en el mundo.

Si la esperanza pudiera reírse, sonaría como la risa de Nemonte Nenquimo. Ya sea a través de la pantalla de un computador o el parlante de un teléfono celular, el fuerte sonido de su carcajada parece una invitación de amistad imposible de ignorar, así como su lucha por la Amazonía. Nemonte Nenquimo, una mujer indígena waorani de 35 años, ha encabezado la protesta de su gente para que el Estado ecuatoriano respete los territorios y los derechos de las nacionalidades indígenas amazónicas.

En 2016 creó la Alianza Ceibo para atender las necesidades de comunidades a’i kofan, siona, siekopai y waorani. En 2019 encabezó la demanda que suspendió el proyecto de explotación petrolera del bloque 22 en la provincia de Pastaza, un foco de biodiversidad, que a la vez es fuente de petróleo. Esa es la defensa territorial a la que se ha avocado Nemonte Nenquimo, nombre melódico como una sonaja. La victoria legal que obtuvo podría sentar un precedente sobre la explotación petrolera en la Amazonía ecuatoriana y ha conquistado la atención del mundo entero.

Una lideresa de renombre internacional

A Nemonte Nenquimo acaban de darle el premio Goldmanel mayor reconocimiento ambiental que se entrega a nivel mundial. Antes que ella, lo recibieron personajes como: Alberto Curamil, Luis Jorge Rivera, Berta Cáceres, Ruth Buendía y Francia Márquez.

Nemonte Nenquimo, lideresa Waorani de la Amazonía ecuatoriana, con su hija Daime. Foto: Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

Nemonte Nenquimo, lideresa Waorani de la Amazonía ecuatoriana, con su hija Daime. Foto: Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

Curamil lo recibió en 2019 por dirigir a su comunidad mapuche en la detención de la construcción de dos proyectos hidroeléctricos en el sagrado río Cautín de Chile. A Márquez le fue entregado en 2018 por organizar a las mujeres afrocolombianas de La Toma y detener la extracción ilegal de oro en sus tierras ancestrales. En 2016, Rivera lo recibió por liderar una campaña para establecer una reserva natural en el Corredor Ecológico Noreste de Puerto Rico. Cáceres fue galardonada en 2015, un año antes de su asesinato, por emprender una campaña que presionó con éxito al mayor constructor de represas del mundo para que se retirara del proyecto de Agua Zarca. Y en 2014, Buendía lo recibió por unir al pueblo Asháninka en una campaña contra las represas a gran escala en Perú.

A Nemonte Nenquimo, cuyo nombre en wao tereo, su lengua materna, significa estrella, y a quien sus amigos más cercanos llaman Nemo, le entregan el Goldman de 2020 por la defensa de su territorio —específicamente por la victoria legal para evitar la explotación de los pozos petroleros en el bloque 22  de la Amazonía ecuatoriana—. “Ese premio no es para mí, es para todos porque solita no hubiera llegado”, dice Nenquimo, moviendo sus ojos inquietos, pintados con semillas de achiote, con un español fluido y a través de una pantalla —símbolo de estos tiempos pandémicos—.

Su esposo, Mitch Anderson, un estadounidense ambientalista  y director de la organización Amazon Frontlines, dice que el Goldman es una oportunidad para mostrarle al planeta la lucha de los pueblos indígenas: es la tercera vez que un activista ecuatoriano lo gana. En 1994 lo recibió Luis Macas por dirigir una lucha pacífica por los derechos indígenas y en 2008 lo recibieron Pablo Fajardo y Luis Yanza por liderar, durante décadas, el caso por daños ambientales causados por la operación petrolera de Chevron-Texaco en la Amazonía Norte del Ecuador.

Nemonte Nenquimo en su comunidad. Foto: Sophie Pinchetti, Amazon Frontlines.

Nemonte Nenquimo en su comunidad. Foto: Sophie Pinchetti, Amazon Frontlines.

Este reconocimiento ha vuelto a poner a Nemonte Nenquimo en el centro de las páginas de los medios, de los feeds de las redes sociales y de los horarios estelares de los noticieros. Hace unas semanas, el actor Leonardo DiCaprio escribió en la revista Time unos breves párrafos de por qué Nenquimo es una de las 100 personas más influyentes del mundo. En ese entonces, la lideresa indígena dijo que le llamaba la atención que el reconocimiento fuese solo para ella. “Los occidentales son egoístas y siempre reconocen solo a una persona”, dice Nenquimo, mientras deja ver el pequeño espacio entre sus dientes delanteros, por encima de su quijada en punta.

El rostro de una lucha colectiva

Abre sus ojos cafés para decir que la cultura waorani privilegia el colectivismo y ella siente que ni el Goldman, ni la presencia en la prestigiosa lista de Time, se los ha ganado ella sola. “Yo represento a millones de personas indígenas que luchamos por la naturaleza. Si me reconocen a mí, nos están reconociendo a todos”, afirma mientras reconoce lo abrumador que resulta estar en la mirada del planeta entero.

Nemonte Nenquimo asegura que le cansan las cámaras, la atención, los mensajes de WhatsApp y las llamadas. Cuando siente que ya no puede con la presión, se refugia en la naturaleza y se desconecta de todo y de todos. “Me gusta ir a donde hay cascadas. El golpe de la cascada saca el malestar y los malos pensamientos. Me ayuda a aclarar la mente, me fortalece”. Para ella, esa es su terapia: ir a la selva, pensar y respirar.

Nenquimo creció en Nemonpare, una pequeña comunidad waorani donde viven no más de 10 familias grandes, y que está a dos días de caminata de Puyo, la capital de la provincia de Pastaza. Cuando nació, los funcionarios del Registro Civil, arquetipo estatal de la cultura mestiza, no quisieron inscribirla como Nemonte. Su hermano Oswaldo —a quien todos llaman Opi— dice que le pusieron Inés “para complacer a los blancos mestizos. Un nombre de cédula”. Pero en casa siempre fue Nemonte. La tía de su papá le puso ese nombre porque al verla supo que era “como una estrella y quería que llevara su sabiduría y su cultura”, dice Opi. Para él, aunque haya personas que critiquen a su hermana por el nombre de Inés, Nemonte siempre será ‘Nemo’ porque es el espejo de su esencia interior.

Nemonte Nenquimo es presidenta de la Conconawep desde diciembre de 2018. Foto: Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

Nemonte Nenquimo es presidenta de la Conconawep desde diciembre de 2018. Foto: Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

En Nemonpare, entre los onkos —casas triangulares de troncos y palmas entretejidas— y las trochas hacia la selva, Nemonte Nenquimo vivió su infancia y adolescencia. Le gustaba sentarse con los abuelos —pikenani en wao— y cantar. “No podía estar quieta”, recuerda entre risas su hermano Oswaldo. Era la tercera de diez hermanos, y la primera mujer de todos ellos. “Fui como una mamá. Aprendí a cuidar y proteger a mis hermanos, a mis animalitos y a la naturaleza”, dice la lideresa indígena.

A los 15 años se escapó. Sin el permiso de sus padres, se fue hasta la capital del país, Quito, para estudiar en una escuela misionera. “Quería aprender español. A esa edad era muy curiosa de saber el mundo occidental”, dice. Pronto se dio cuenta que ese mundo que algún día le llamó la atención no era lo que imaginaba. “El ambiente era triste. Mi corazón era de volver a mi familia”, recuerda con una voz que se pasea entre la culpa y la nostalgia. Tres años después de vivir en Quito, volvió a su casa.

Ahora que asumió su rol como lideresa waorani, Nemonte Nenquimo viaja por todo el mundo: San Francisco, Ginebra, Río de Janeiro, Nueva York. “Yo escuchaba que Nueva York era muy bonito y que los ecuatorianos se iban allá para hacer una vida mejor”, dice del otro lado de la videollamada. “Pero yo no vi nada mejor, la gente ahí no vive bien, no vive tranquila”, asegura. Por eso, siempre vuelve a casa. “Donde sea que me reconozcan como líder o donde sea que me vaya, nada me va a cambiar. Amo quien soy, una mujer waorani”, afirma. Cuando sale a recorrer el mundo para contar su lucha, es como si llevara consigo su casa.

Una constante lucha por la naturaleza

En 2010 se vinculó a un proyecto de la Asociación de Mujeres Waorani de la Amazonía Ecuatoriana (AMWAE) que buscaba detener el comercio de carne silvestre. En ese entonces, los indígenas waorani cazaban guantas, huanganas, pecarís, y chorongos dentro del Parque Nacional Yasuní para venderlos en el mercado de la comuna Pompeya, al pie del río Napo, al norte de la Amazonía. Las especies se estaban extinguiendo y, además, el comercio de carne silvestre podía ser profundamente problemático: tal como se comprobó con la aparición del COVID-19, la enfermedad causada por un nuevo coronavirus que salió de un mercado de venta de carne silvestre en China.

Nemonte Nenquimo después de una larga audiencia en el tribunal provincial en Pastaza, en la Amazonía ecuatoriana, abril 2019. Foto: Sophie Pinchetti, Amazon Frontlines.

Nemonte Nenquimo después de una larga audiencia en el tribunal provincial en Pastaza, en la Amazonía ecuatoriana, abril 2019. Foto: Sophie Pinchetti, Amazon Frontlines.

Ana Puyol, exdirectora de la Fundación EcoCiencia, estuvo involucrada en la iniciativa que planteaba reemplazar la venta de carne silvestre por prácticas sustentables. Así conoció a Nemonte Nenquimo y cuando la recuerda, piensa en su carcajada. “Era como si tuviera la risa muy cerca de ella siempre”, dice Puyol. También recuerda que, aunque los diálogos sobre la carne silvestre eran difíciles, Nenquimo siempre encontraba una forma de transmitir esperanza y alegría.

Como si le hubiera contado una anécdota graciosa, Puyol se ríe cuando le pregunto cuál es su principal recuerdo de Nemonte Nenquimo. “Su risa es increíble, siempre que la pienso me la imagino con su gran sonrisa. Hasta en el día más duro, siempre nos hacía reír”.  “Nemonte es una luz”, agrega.

La ganadora del Goldman 2020 recuerda los tiempos del proyecto junto a la AMWAE. Bajo la guía de la lideresa waorani Manuela Ima, las mujeres no solo lograron detener el comercio de carne silvestre sino que crearon un programa para hacer y vender artesanías y chocolates, y así ser más independientes. Nenquimo aprendió mucho de ellas.

Las Waorani cantan antes de entrar en la sala de audiencia para la lectura de la sentencia waorani en el tribunal provincial en Pastaza, en la Amazonía ecuatoriana (2019). Foto: Mitch Anderson, Amazon Frontlines.

Las Waorani cantan antes de entrar en la sala de audiencia para la lectura de la sentencia waorani en el tribunal provincial en Pastaza, en la Amazonía ecuatoriana (2019). Foto: Mitch Anderson, Amazon Frontlines.

Sin embargo, la lideresa produce afectos divididos: muchos waorani no la consideran una mujer waorani de verdad porque su mamá es sápara —otra de las 11 nacionalidades indígenas de la Amazonía ecuatoriana—.

Pero Nenquimo dice que nunca se ha sentido menos waorani. “Yo considero ser mujer wao como mi papá. No sé nada de la cultura de mi mamá. En lo más profundo soy mujer waorani”, asegura con determinación.

En 2013 empezó a trabajar en la construcción de un sistema de agua lluvia limpia para su comunidad y allí conoció a Mitch Anderson, que llevaba dos años trabajando en la Amazonía de Ecuador. Los dos tenían una lucha en común por la dignidad de los pueblos indígenas y trabajaban juntos en proyectos para apoyar a las familias y a los niños. Así, en algún punto —que ninguno de los dos recuerda con exactitud— se enamoraron y se casaron.

Sin embargo, para algunas personas del mundo indígena su relación es problemática. Manuela Ima dice que, en la Asociación de Mujeres Waorani de la Amazonía Ecuatoriana, Nemonte Nenquimo nunca podrá ser lideresa porque “para serlo tendría que estar casada con un wao y no lo está”. Alicia Cahuiya, otra lideresa waorani, dice que muchos en su comunidad no están de acuerdo con que una lideresa waorani esté con un “gringo”.

“Mi pareja respeta mi cultura y mis decisiones. Es alguien que tiene mucho respeto, mucho valor, y siempre está conmigo trabajando para proteger el territorio waorani”, asegura Nenquimo. Oswaldo, su hermano, se ríe y recuerda que cuando lo conocieron, pensaron:“¿Gringo aprenderá a vivir en la selva?”. Para responder esa pregunta lo llevaron a cazar con un machete y una escopeta. Regresaron 15 horas después con varios animales y Anderson les demostró por qué ‘Nemo’ se había enamorado de él —era diferente—.

Nemonte Nenquimo en casa preparándose para ir a pescar, comunidad de Nemonpare, Pastaza, Amazonía ecuatoriana. Foto: Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

Nemonte Nenquimo en casa preparándose para ir a pescar, comunidad de Nemonpare, Pastaza, Amazonía ecuatoriana. Foto: Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

En mayo de 2015, nació Daime Omere Anderson Nenquimo, la hija de la pareja. Daime significa arcoiris en wao tereo. Su llegada se convirtió en otra razón para que su madre insistiera en la protección de su territorio y su cultura. Quiere dejarles a sus hijos un ambiente sano, agua limpia, aire puro, y una selva como en la que ella creció: “sin petroleras y sin contaminación”.

Una victoria “histórica”

Mientras construían los sistemas de agua lluvia, en 2013, Nemonte Nenquimo y otros líderes de los pueblos a’i kofan, siona, siekopai y waorani notaron que compartían muchas cosas —resistencias, luchas y visiones—, y que juntos podían hacer más. En 2016 crearon la Alianza Ceibo, una organización que trabaja por la selva, la cultura y el bienestar de las cuatro nacionalidades indígenas. Un proyecto que también les ha traído reconocimientos y alegrías.

En junio de 2020, la alianza ganó el Premio Ecuatorial, un reconocimiento del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que premia iniciativas innovadoras para proteger la biodiversidad y enfrentar el cambio climático. Aunque Nemonte Nenquimo lideró Alianza Ceibo hasta 2018, ese trabajo marcó el inicio de su camino como la reconocida defensora del ambiente y los pueblos indígenas que es hoy.

Nemonte Nenquimo y la comunidad waorani en una marcha. Foto: Mateo Barriga, Amazon Frontlines.

Nemonte Nenquimo y la comunidad waorani en una marcha. Foto: Mateo Barriga, Amazon Frontlines.

Cuando terminó su periodo dirigiendo la alianza, Nenquimo viajó desde Puyo hasta Nemonpare para visitar a su mamá. Allí, en una asamblea donde todos los candidatos eran hombres, la joven indígena se convirtió en la primera presidenta del Consejo de Coordinación de la Nacionalidad Waorani de Pastaza (Conconawep).

Desde ese puesto comenzó su lucha más importante, la cual había sido iniciada por la comunidad en 2012. En ese año, un grupo de técnicos de la entonces Secretaría de Hidrocarburos del Ecuador hizo una supuesta consulta sobre la explotación del bloque petrolero 22, que ocupa unas 200 mil hectáreas en la Amazonía ecuatoriana  —cerca de la mitad de la extensión de Quito—, y  es uno de los 13 proyectos de la llamada “Ronda Suroriente” que el gobierno ecuatoriano planeaba licitar a empresas nacionales e internacionales.

Según Gilberto Nenquimo, líder de la Nacionalidad Waorani del Ecuador (NAWE), la consulta de 2012 “fue una trampa”. El líder asegura que gente del gobierno llegó en helicópteros a varias comunidades waorani, les regalaron botellas de Coca-Cola y alimentos enlatados, y les dijeron que firmaran un papel que decía que el gobierno iba a trabajar para proteger la Amazonía. Los waorani firmaron, pero no sabían que el gobierno utilizó las firmas para decir que los indígenas estaban de acuerdo con la explotación petrolera.

Siete años después de la supuesta consulta, en 2019, Nemonte Nenquimo encabezó la acción legal contra el Estado ecuatoriano por ese “engaño”. La demanda decía que el Estado violentó el derecho del pueblo waorani de Pastaza  a la consulta previa, libre e informada sobre el plan de explotación del bloque 22.  Según la Constitución, antes de siquiera explorar la presencia de recursos no renovables en territorios indígenas, se debe hacer una consulta obligatoria y oportuna. Si la comunidad no da su consentimiento, no se puede explotar ese territorio.

Nemonte Nenquimo con miembros de su comunidad waorani. Foto: Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

Nemonte Nenquimo con miembros de su comunidad waorani. Foto: Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

María Espinosa, una de las abogadas que apoyó el proceso legal, cuenta que preparar la demanda tomó dos años y recuerda un día en la casa de Nemonte Nenquimo en Nemonpare. “Estábamos ahí todos hablando con varias mujeres wao sobre el territorio y el valor que tiene para ellas y entonces Nemonte empezó a cantar”, dice Espinosa en una llamada telefónica. “Nos transmitió algo que sentí como un mensaje poderoso”, dice la abogada. En ese momento Espinosa supo que estaban yendo por buen camino y tenían que seguir adelante.

Andrés Tapia, comunicador de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía Ecuatoriana (Confeniae), recuerda a Nemonte Nenquimo con su hija siempre al lado. “Iba con ella a las marchas, a las asambleas y a las audiencias”, dice Tapia. Para Nenquimo, tener una hija pequeña nunca ha sido un impedimento para luchar. Al contrario, va con ella a todas partes porque quiere que “aprenda sobre su cultura y su lucha”. Mientras hablo con Mitch Anderson vía Zoom, Daime de cinco años, vestida de princesa, se acerca tímida a la pantalla y me saluda en inglés. Me cuenta que extraña a su mamá y dice: “I want to be like her” (quiero ser como ella).

Julio de 2019 fue el mes de la dicha waorani. La Corte Provincial de Pastaza determinó que la supuesta consulta de 2012 hecha a las comunidades no cumplió con estándares nacionales e internacionales. La decisión no solo protegió a las 200 mil hectáreas del bloque 22 sino también a las más de 4 millones de hectáreas de selva que se querían subastar con el proyecto Ronda Suroriente. Carlos Mazabanda dice que la victoria marcó un precedente para que todos los pueblos y nacionalidades indígenas del país puedan exigir que se respeten sus territorios y sus vidas.

Cuando Nemonte Nenquimo piensa en la decisión de los jueces, simplemente sonríe.

Fuente: https://es.mongabay.com/2020/11/nemonte-nenquimo-gana-premio-goldman-indigenas-waorani-ecuador/




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