RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

domingo, 27 de septiembre de 2020

Una reflexión sobre la no violencia



¿Es la solidaridad la única manera de sobrevivir? La pregunta conduce a la postulación de la no violencia y sus estrategias de resistencia, como único modo de darle valor a cada vida.


Sin duda, vivimos en tiempos en los que abundan las atrocidades y las muertes sin sentido, y por eso surge una de las preguntas éticas y políticas más importantes: ¿de qué modos de representación disponemos para aprehender la violencia? Algunos dirían que las autoridades globales y regionales deben identificar a los grupos vulnerables y ofrecerles protección. Y aunque no me opongo a la proliferación de «estudios sobre vulnerabilidad» que permitirían que más migrantes cruzaran las fronteras, me pregunto si esa particular formación de discurso y poder llega al corazón del problema. Hoy son bien conocidas las críticas de que el discurso de “los grupos vulnerables” reproduce el poder paternalista y otorga poder a los organismos regulatorios que tienen sus propios intereses y limitaciones. Al mismo tiempo, soy consciente de que muchos defensores de la vulnerabilidad han intentado abordar este tema en sus trabajos teóricos y empíricos.

Lo que queda en claro es que, por importante que sea revaluar la vulnerabilidad y darle lugar al cuidado, ni la vulnerabilidad ni el cuidado pueden servir de base para una política. Seguramente querría ser una mejor persona y esforzarme por convertirme en una, en parte reconociendo mi aparentemente profunda y recurrente falibilidad. Pero ninguno de nosotros buscaría convertirse en santo si eso significara que uno se guarda todo el bien para sí, expulsando la dimensión defectuosa o destructiva de la mente humana hacia los actores que están afuera, esos que viven en la región del “no son como yo”, con quienes nos desidentificamos. Si, por ejemplo, por una política y una ética del “cuidado” entendemos una disposición humana en progreso y sin conflictos que puede y debería dar lugar a un marco político para el feminismo, entonces hemos entrado en una realidad bifurcada en la que nuestra propia agresión ha sido editada y queda fuera de cuadro, proyectada a los otros. De modo similar, resultaría fácil y eficiente si pudiéramos establecer la vulnerabilidad como el cimiento para una nueva política; pero considerada como una condición, no puede aislarse de otras expresiones ni ser el tipo de fenómeno que puede servir de base. Por ejemplo, ¿es alguien vulnerable sin persistir en una situación de vulnerabilidad? Más aún, si pensamos en aquellos que, en una condición de vulnerabilidad, resisten esa condición, ¿cómo debemos entender esa dualidad?

Plantearía que la tarea no es juntar a las criaturas vulnerables o crear una clase de personas que se identifiquen primariamente con la vulnerabilidad. Al retratar a personas y comunidades que están sujetas a una violencia sistemática, ¿les hacemos justicia, respetamos la dignidad de su lucha si los reducimos a ser “vulnerables”? En el contexto de los derechos humanos, la categoría “poblaciones vulnerables” incluye a aquellos que precisan protección y cuidado. Por supuesto, resulta crucial hacer pública la situación de aquellos que carecen de requerimientos básicos como comida o refugio, pero también la de aquellos a los que se les niega la libertad de movimiento y el derecho a una ciudadanía legal, si no se los criminaliza. Ciertamente, una cantidad creciente de refugiados ha sido abandonada por un gran número de Estados nación y organismos transnacionales, incluyendo, por supuesto, a la Unión Europea. Y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estima que hay casi diez millones de personas sin patria que viven hoy en el mundo. También hablamos de la misma manera sobre las víctimas de femicidio en América Latina (casi tres mil al año, con porcentajes altos en Honduras, Guatemala, Brasil, Argentina, Venezuela y El Salvador), un término que incluye a cualquiera que sea maltratada o asesinada en virtud de ser feminizada, incluyendo a un gran número de mujeres trans. Al mismo tiempo, el movimiento Ni Una Menos ha movilizado a más de un millón de mujeres a lo largo de América Latina (y España e Italia) que han ganado las calles para protestar contra la violencia machista. Al organizar comunidades de mujeres y trans, así como también de travestis, Ni Una Menos ha entrado en escuelas, iglesias y sindicatos para conectarse con mujeres de todas las clases sociales y de diferentes comunidades regionales para oponerse al asesinato de mujeres y personas trans, pero también para luchar contra la persistencia de la discriminación, las agresiones y la desigualdad sistemática.

Con frecuencia las muertes por femicidio se informan de una forma sensacionalista, tras lo cual se produce una conmoción transitoria. Y luego vuelven a ocurrir. Ciertamente es un horror, pero no siempre se lo vincula con un análisis y una movilización centrados en la ira colectiva. El carácter sistemático de esa violencia se borra al decir que los hombres cometen esos crímenes porque sufren trastornos de personalidad o condiciones patológicas individuales. Ese mismo ocultamiento sucede cuando una muerte se considera “trágica”, como si las fuerzas en pugna en el universo condujeran a ese desafortunado final. En Costa Rica, la socióloga Montserrat Sagot sostiene que la violencia contra las mujeres no solo pone en primer plano la desigualdad sistemática entre hombres y mujeres que atraviesa la sociedad, sino que también manifiesta formas de terror que son parte del legado del poder dictatorial y la violencia militar. La impunidad de la que gozan estos crímenes brutales continúa la herencia de tiempos en los que eran moneda corriente el dominio, el terror, la vulnerabilidad social y el exterminio. Desde su perspectiva, no sirve explicar los asesinatos de este tipo recurriendo a características individuales, patologías o incluso a la agresión masculina. En realidad, estos actos asesinos deben entenderse en términos de reproducción de una estructura social. Más adelante, sostiene que se los debe describir como una forma extrema de terrorismo sexista.

Para Sagot, el asesinato es la forma más extrema de dominación, y otros modos, incluyendo la discriminación, el acoso y la violencia deben entenderse como un continuo con el femicidio. No es un argumento caprichoso porque toda forma de dominación tiene como potencial este resultado letal. La violencia sexual implica la amenaza de muerte y, con demasiada frecuencia, esa promesa se cumple (…).

El asesinato es el acto violento más obvio en este escenario, pero no se reproduciría con tanta velocidad e intensidad si no fuera por aquellos que desestiman el crimen, culpan a la víctima o patologizan al asesino con el objetivo de exculparlo. De hecho, con demasiada frecuencia la impunidad se construye en la estructura legal (que es la razón por la que las autoridades locales se resisten a la intervención de la Corte Interamericana de Derechos Humanos), lo que significa que el rechazo a recibir los informes, las amenazas a aquellos que los confeccionan y la reticencia a reconocer el crimen, todo eso perpetúa la violencia y da permiso para matar. En ese caso, debemos localizar la violencia en el acto, pero también en la amenaza imaginada de la dominación social de las mujeres y de las personas feminizadas. La violencia ocurre en la serie de rechazos legales y en la negativa a reconocerla como tal: que no haya informe significa que no hay crimen ni castigo ni reparación.

Si el femicidio se entiende como un acto generador de terror sexual, entonces estas luchas de feministas y trans no solo van de la mano (como debería ser), sino que también están ligadas a las luchas de las personas queer, de todos aquellos que se enfrentan a la homofobia y de la gente de color que son, con mucho, el principal blanco de la violencia o el abandono. Si el terror sexual se relaciona no solo con la dominación, sino también con el exterminio, entonces la violencia sexual constituye un espacio denso para complejas historias de opresión, así como para luchas de resistencia. Como individuos y terribles como son sin duda cada una de estas pérdidas, pertenecen a una estructura social que considera que las mujeres no son duelables. La violencia pone en acto la estructura social y esa estructura social excede cada uno de esos actos de violencia a través de los cuales se manifiesta y se reproduce. Se trata de pérdidas que no debieron haber ocurrido y que no deben volver a ocurrir: Ni Una Menos (…).

Mi ejemplo no le hace justicia a la especificidad histórica de estos actos de violencia, pero tal vez introduzca un conjunto de preguntas que pueden ser útiles si buscamos entender un asesinato tras de otro como algo diferente de actos aislados y terribles. La exigencia ética y epistemológica de proponer un panorama global y dar cuenta de esta realidad debe incluir los asesinatos que ocurren en las prisiones y las calles de los Estados Unidos, responsabilidad de la policía que suele dejar la ley de lado. El populismo derechista adhiere a los nuevos autoritarismos, a las nuevas racionalidades aplicadas a la seguridad y a los nuevos poderes para las fuerzas de seguridad, policía y militares (y la particular fusión de las tres que parece monitorear cada vez más el espacio público) y supone que esas letales instituciones son necesarias para “proteger” a la “gente” de la violencia. Sin embargo, esas justificaciones solo sirven para expandir los poderes de la policía y someter a aquellos que están en los márgenes a estrategias carcelarias de contención y represión cada vez más intensas.

¿Existe un modo de nombrar y contrarrestar las formas necropolíticas de discriminación como estas sin producir una clase de víctimas que niegan a las mujeres, queers, personas trans y gente de color (más generalmente) sus redes, sus teorías y análisis, sus solidaridades y su poder para armar una verdadera oposición? La policía busca “proteger” a la gente de la violencia y expandir sus poderes carcelarios en nombre de esa protección. ¿No estamos haciendo sin desearlo algo similar cuando hablamos de “poblaciones vulnerables” y, por lo tanto, la tarea debería convertirse en liberarlos de esa vulnerabilidad? Esta tarea está a cargo de una organización o agencia que busca proveer ese alivio. El alivio de la precariedad es algo bueno, ¿pero ese enfoque comprende y se opone a las formas estructurales de la violencia y a la economía que lleva a las poblaciones a una precariedad invivible? ¿Por qué “nosotros” no descartamos la opción paternalista para unirnos a redes solidarias, oponiendo a esas formas de dominación social y de violencia otras que son al mismo tiempo vulnerables y combativas? Una vez que “los vulnerables” están constituidos como tales, ¿se supone que seguirán manteniendo y ejerciendo su propio poder?, ¿o la situación de vulnerabilidad se ha desvanecido para reaparecer como el poder de la protección paternalista obligada ahora a intervenir?

¿Qué pasa si la situación de aquellos considerados vulnerables es, de hecho, una constelación de vulnerabilidad, ira, persistencia y resistencia que emerge bajo esas mismas condiciones históricas? Sería igual de imprudente “quitar” la vulnerabilidad de esa constelación; de hecho, la vulnerabilidad atraviesa y condiciona las relaciones sociales y sin esa perspectiva tenemos pocas posibilidades de imaginar qué clase de igualdad sustantiva se desea. La vulnerabilidad no debería identificarse exclusivamente con la pasividad; solo tiene sentido a la luz de un conjunto de relaciones sociales concretas, que incluyen prácticas de resistencia. Una perspectiva de la vulnerabilidad como parte de relaciones y acciones sociales concretas puede ayudarnos a entender cómo y por qué surgen formas de resistencia como lo hacen. (…).

Dicho esto, queda claro que el carácter organizado de las privaciones y la muerte que viene ocurriendo a lo largo de las fronteras de Europa es enorme y que es crucial la resistencia de los migrantes y sus aliados, aunque sea esporádica. Aproximadamente 5400 personas murieron solo tratando de cruzar el Mediterráneo entre 2017 y 2018, y eso incluye al gran número de kurdos que buscaron migrar a través del mar. La Red Siria por los Derechos Humanos informa que durante el octavo aniversario del levantamiento, en marzo de 2019, la cifra de civiles muertos alcanzó las 221.161 personas. Hay muchos ejemplos, además del femicidio, que nos permitirían plantear la pregunta de cómo llegar a nombrar y comprender la organización de poblaciones definidas por la desposesión y la muerte; incluirían el brutal tratamiento a sirios y kurdos, apiñados en la frontera de Turquía y el racismo antimusulmán en Europa y los Estados Unidos, así como su convergencia con el racismo antimigrantes y antinegros que crea la noción de personas prescindibles: aquellos considerados en el umbral de la muerte o directamente muertos.

Al mismo tiempo, aquellos que han perdido apoyo infraestructural han desarrollado redes que comunican horarios y buscan entender y usar las leyes marítimas internacionales en el Mediterráneo a su favor para moverse a través de las fronteras, para armar una ruta y conectarse con comunidades que puedan proveer apoyo de algún tipo, como los anarquistas que los ayudan a ocupar hoteles vacíos. Quienes están apiñados en las fronteras de Europa no forman parte precisamente de aquello que el filósofo político Georgio Agamben describía como una “vida desnuda”; es decir, no reconocemos su sufrimiento para luego privarlos de toda capacidad. Más bien, están, la mayoría, en una terrible situación: improvisan formas de sociabilidad, usan teléfonos celulares, arman y desarrollan acciones cuando es posible, dibujan mapas, aprenden idiomas, pese a que esas actividades no suelen ser posibles. Aun cuando su intervención se bloquea a cada paso, todavía hay modos de resistir ese mismo bloqueo, formas de entrar al campo de fuerza de la violencia para impedir que continúe. Cuando exigen papeles para moverse, para entrar, no están superando su vulnerabilidad, precisamente: la están demostrando y demostrándola a través de ella. Lo que ocurre no es la milagrosa o heroica transformación de la vulnerabilidad en fuerza, sino la articulación de la demanda de que solo una vida que recibe apoyo puede persistir como vida. A veces la demanda se realiza con el cuerpo, presentándose en un lugar donde se está expuesto al poder policial y rehusándose a moverse. La imagen del celular del manifestante convierte el caso de un episodio virtual a un hecho real y muestra cómo depende la vida de su circulación virtual. El cuerpo solo puede afirmar “esto es una vida” si pueden establecerse las condiciones para la afirmación, es decir, a través de su enfática y pública manifestación. Consideremos, por ejemplo, el diario alemán Daily Resistance, publicado en farsi, árabe, turco, alemán, francés e inglés, que contiene artículos de refugiados que han formulado un conjunto de demandas políticas, que incluyen la abolición de todos los campos de refugiados, el fin de la política alemana de “Residenzpflicht” (que reduce la libertad de movimiento de los refugiados a límites muy estrechos), un alto a todas las deportaciones y permisos para que los refugiados puedan trabajar y estudiar. En 2012 varios refugiados de la ciudad de Würzburg se cosieron la boca en protesta contra el hecho de que el gobierno se había rehusado a contestarles. Ese gesto se ha repetido en varios lugares, más recientemente por parte de migrantes iraníes en Calais, Francia, en marzo de 2017, antes de la destrucción y evacuación de su campo. Su opinión, ampliamente compartida, es que sin una respuesta política, los refugiados se quedan sin voz, ya que no se escucha ni se registra y, por lo tanto, no es política. Por supuesto que ellos no plantearon el reclamo de esta forma proposicional. Pero dejaron en claro su posición a través de un gesto legible y visible que enmudeció la voz como signo y sustancia de su demanda. La imagen de los labios cosidos muestra que la demanda no puede expresarse y entonces hace su propia demanda sin voz. Muestra su falta de voz en una imagen para dejar en claro una posición acerca de los límites políticos impuestos sobre lo audible. En cierta manera, volvemos a ver una forma teatral de política que afirma su poder y, al mismo tiempo, los límites impuestos a ese poder (…).

No violencia

La prosperidad asociada a la vida humana se conecta con la prosperidad de las criaturas no humanas, la vida humana y la no humana están relacionadas en virtud de los procesos vitales que las constituyen, comparten y requieren, planteando todo tipo de interrogantes sobre la administración que merecen toda la atención de catedráticos e intelectuales de diferentes campos. El concepto político de autoconservación, frecuentemente usado para defender acciones violentas, no tiene en cuenta que la preservación del yo requiere de la preservación del planeta y que no estamos “en” el contexto global como seres que subsisten por sí solos, sino que subsistiremos en la medida en que la Tierra lo haga. Lo que es verdad para los seres humanos lo es para las criaturas vivientes que requieren de un suelo no tóxico y de agua potable para la continuidad de la vida. Si alguno de nosotros ha de sobrevivir, de florecer, incluso para intentar llevar una buena vida, será una vida vivida con otros: una vida que no es tal sin esos otros. No voy a perder el “yo” que soy en esas condiciones; más bien, si tengo suerte, y es la palabra adecuada, quienquiera que sea estaré sostenido y seré transformado por mis conexiones con los demás, las formas de contacto me cambian y me sostienen.

La relación diádica cuenta solo una parte de la historia, aquella que puede ejemplificarse con el encuentro. Este “yo” requiere de un “tú” para sobrevivir y crecer. Pero tanto el “yo” como el “tú” necesitan de un mundo que los sostenga. Estas relaciones sociales pueden servir de base para pensar las obligaciones globales más amplias respecto de la no violencia que nos debemos los unos a los otros: no puedo vivir si no convivo con un conjunto de personas, y es invariable que el potencial de destrucción habite precisamente en esa necesaria relación. Que un grupo no puede vivir sin convivir con otro grupo significa que la vida propia es ya, en cierto sentido, la vida del otro. Y luego está el número creciente de aquellos que ya no pertenecen a una nación o que han perdido su pertenencia territorial, que han visto cómo su país era bombardeado o robado; aquellos que han sido expulsados de cualquier categoría tenue que los mantenía dentro de sus límites, y que cargan con pérdidas insoportables en un idioma que apenas empezaron a aprender, sumariamente agrupados como los “apátridas”, los “migrantes” o los “indígenas”.

Los lazos que nos unen potencialmente a través de las zonas de violencia geopolítica pueden ser desconocidos o frágiles, estar cargados de paternalismo y de poder, pero pueden fortalecerse por medio de formas transversales de solidaridad que cuestionen la primacía y la necesidad de la violencia. Los sentimientos de solidaridad que persisten son aquellos que aceptan el carácter transversal de nuestras alianzas, la perpetua demanda de traducción así como los límites epistémicos que marcan sus fracasos, incluyendo sus apropiaciones y borramientos. Declarar que la vulnerabilidad no es un atributo del sujeto, sino un rasgo de las relaciones sociales no implica que la vulnerabilidad sea una identidad, una categoría o un espacio para la acción política. Más aún, la persistencia en una condición de vulnerabilidad demuestra ser su propio tipo de fuerza, distinta de aquella que aboga por la fuerza como un logro de la invulnerabilidad. Esa condición de dominio reproduce las formas de dominación a las que hay que oponerse, subestima esas formas de susceptibilidad y contagio que forman las alianzas solidarias y transformadoras.

Del mismo modo, el prejuicio contra la no violencia por juzgarla pasiva e inútil se basa implícitamente en una división genérica de atributos por la cual la masculinidad se asocia a la acción y la femineidad a lo pasivo. Ninguna transvaloración de estos valores derrotará la falsedad de esta oposición binaria. En verdad, el poder de la no violencia, su fuerza, se encuentra en los modos de resistencia a una fuerza de violencia que suele ocultar su verdadero nombre. La no violencia expone las tretas por medio de las cuales la violencia estatal se defiende a sí misma de las personas negras o mestizas, las personas queer, los migrantes, los sin techo, los disidentes, como si al tomarlos juntos sumaran la cantidad a ser detenidos, encarcelados o expulsados por “razones de seguridad”. Esa “fuerza del alma” que Gandhi tenía en mente nunca fue del todo separable de una actitud corporal, una manera de vivir en el cuerpo y persistir precisamente en condiciones que atentan contra las posibilidades de persistencia. A veces, seguir existiendo en lo conflictivo de las relaciones sociales es la derrota definitiva del poder violento.

Vincular una práctica de la no violencia con una fuerza y una solidez que se distingue de la violencia destructiva, que se manifiesta en alianzas solidarias de resistencia y persistencia, implica rechazar la caracterización de la no violencia como una débil e inútil pasividad. Rechazar no es lo mismo que no hacer nada. Las huelgas de hambre rechazan reproducir el cuerpo del prisionero, al acusar a los poderes carcelarios que están atacando la existencia de los encarcelados. La huelga puede no parecer una “acción” pero afirma su poder abandonando las labores que son esenciales para la continuidad de la forma de explotación capitalista. La desobediencia civil puede parecer una simple “exclusión voluntaria” pero hace pública la opinión de que un sistema no es justo. Requiere el ejercicio de un juicio extralegal. Cruzar la puerta o la pared destinada a dejar a la gente afuera es precisamente hacer un reclamo extralegal de libertad, uno que el régimen legal existente no logra satisfacer en sus propios términos. Boicotear un régimen que continúa con un poder colonial, que intensifica las privaciones y los desplazamientos —como si al tomarlos juntos sumaran la cantidad a ser detenidos, encarcelados o expulsados por “razones de seguridad”— es afirmar la injusticia de ese régimen, negarse a aceptar el crimen como normal.

Para que la no violencia escape de la lógica de la guerra que diferencia entre vidas que merecen preservarse y vidas prescindibles, debe formar parte de una política de igualdad. Por consiguiente, se requiere una intervención en la esfera de visibilidad —los medios y todas las versiones contemporáneas de la esfera pública— para que cada vida sea duelable, es decir, digna de su propia vida, de merecerla. Exigir que toda vida sea duelable es otra manera de decir que todas las vidas deben estar en condiciones de persistir en sus vidas sin estar sometidas a la violencia, el abandono sistemático o la erradicación en manos de las fuerzas armadas.

Contrarrestar el esquema de fantasmagoría letal que con tanta frecuencia justifica la violencia policial hacia las comunidades negras y mestizas, la violencia militar hacia los migrantes y la violencia estatal hacia los disidentes, requiere de un nuevo imaginario, un imaginario igualitario que aprehenda la interdependencia de las vidas. Poco realista e inútil, sí, pero posiblemente sea una manera de dar nacimiento a una nueva realidad que no se base en las lógicas instrumentales y en la fantasmagoría racial que reproducen la violencia estatal. En la “falta de realismo” de ese imaginario reside su fuerza. No es solo que en un mundo así cada vida merecería que se la tratara como a un igual, o que cada uno tendría el mismo derecho a vivir y desarrollarse, aunque ciertamente se deben afirmar ambas posibilidades. Pero se requiere de un paso más: “cada uno” es, desde el inicio, entregado a otro, social, dependiente, pero sin los recursos adecuados para saber si esa dependencia que se requiere para vivir es explotación o amor.

No estamos obligados a amar a otro para comprometernos en una solidaridad significativa. La emergencia de la facultad crítica, de la crítica en sí, está vinculada con la conflictiva y preciada relación de solidaridad, en la que nuestros “sentimientos” navegan por la ambivalencia que los constituye. Siempre podemos derrumbarnos. Ese es el motivo por el cual luchamos para estar juntos. Solo entonces tendremos la posibilidad de persistir en una crítica común: cuando la no violencia se convierta en el deseo por el deseo del otro de vivir, una manera de decir: “Eres duelable, perderte sería intolerable y quiero que vivas, quiero que quieras vivir, así que toma mi deseo como tu deseo, pues el tuyo ya es el mío”. El “yo” no es “tú”, pero sigue siendo impensable sin el “tú”, mudo, insostenible. Así, sea que quedemos atrapados en la ira o en el amor —amor iracundo, pacifismo militante, no violencia agresiva, persistencia radical— tengamos la esperanza de vivir ese dilema de maneras que nos permitan vivir con los vivos, conscientes de la muerte, demostrando persistencia en medio de la pena y de la ira, de la escabrosa y conflictiva trayectoria de la acción colectiva en las sombras de la fatalidad.


FUENTE: https://noticias.perfil.com/noticias/cultura/una-reflexion-sobre-la-no-violencia.phtml?_ga=2.261148109.1329839862.1601333629-amp-E_bdiZMPqFWUVs6yPJ7iVYyW5pHXMpNyj3m521mRxJaDSsbyzaTmaWhOjKR4m-s0

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jueves, 24 de septiembre de 2020

Reseña de El consentimiento, de Vanessa Springora, Manifiestos vergonzosos


En demasiadas ocasiones, la izquierda subestima la importancia de las batallas culturales. Y es un error, porque esas batallas no sólo definen los contornos de una época: a través de ellas, se instalan en el imaginario colectivo los distintos modelos de sociedad en liza. Mucho más incluso que a través de la confrontación de los programas, siempre contingentes, de los partidos que se disputan el poder. Valga esta reflexión a tenor de dos acontecimientos aparentemente dispares, uno literario y otro político, acaecidos estos días.

Acaba de editarse en España El consentimiento, una narración autobiográfica de la escritora francesa Vanessa Springora, cuya publicación ha tenido un enorme impacto en el país vecino. El relato no puede dejar al lector indiferente. Nos habla de la traumática experiencia de la autora cuando, adolescente, apenas cumplidos los catorce años, fue seducida por el entonces escritor de éxito Gabriel Matzneff, que a la sazón rebasaba los cincuenta. Una relación sentimental que, lejos de ser una pasión única, se inscribía en una larga lista de adolescentes que habían pasado por el lecho de este auténtico depredador sexual, habilidoso para detectar muchachas en situación de vulnerabilidad familiar y personal. Resulta tremendo el impacto de semejante relación en la vida de una joven cuya personalidad está en formación y que es iniciada en la sexualidad desde la dominación y el control. La historia de V –así se identifica a si misma la autora-, declinada sin aspavientos ni efectos literarios, da cuenta de los duraderos estragos psicológicos causados por una experiencia que una adolescente no está en condiciones de procesar y que la arrastra en un destructor torbellino emocional. Hay que decir que Matzneff no ocultaba precisamente sus inclinaciones pedófilas. Su libro Los menores de dieciséis, que causó gran revuelo y propulsó su carrera literaria, exaltaba la voluptuosidad de la sensualidad adolescente que, a sus ojos, se ofrecía a los adultos. Por otro lado, sus escapadas a Manila para gozar de niños de once o doce años en un país convertido en destino de turismo sexual, eran harto conocidas en los salones parisinos. Es impactante como, en su primer encuentro sexual con una desconcertada Vanessa, su amante la sodomiza diciéndole: “Como si fueras un chico”.

Pero tales abusos sólo podían prolongarse y multiplicarse en un marco permisivo. Y la intelectualidad francesa de la década de los 70 y los 80 lo era. La sexualidad escandalosa era una suerte de valor añadido al reconocimiento de un artista, que incluso podía exhibirla como fuente de inspiración y estímulo creativo. En determinados ambientes, Mayo del 68 había dejado como principal recuerdo un “prohibido prohibir” que muy pronto se revelaría más liberal que libertario. Así pues, una adolescente fascinada por los libros pasa, sin transición, de verse a sí misma como el patito feo del instituto a ser cortejada por un autor famoso –que presumía incluso de gozar del favor del presidente Mitterrand, conocido por su afición a las letras. La relación no podía ser más desigual. El supuesto “consentimiento” de la joven –Matzneff llegó a publicar las cartas que ella le dirigió como material literario-, no puede ocultar el abuso, la manipulación, el control y la tortura psicológica por parte de quien disfruta de una indiscutible posición de poder.

Sin embargo, ese “consentimiento” –que hace a la víctima única responsable de cuanto le ocurre– fue ampliamente reconocido y avalado por la más destacada intelectualidad progresista de aquellos años. “A finales de los años setenta, un buen número de diarios y de intelectuales de izquierdas habían defendido públicamente a adultos acusados de haber mantenido relaciones “culpables” con adolescentes. En 1977, “Le Monde” publicó una carta abierta a favor de la despenalización de las relaciones sexuales entre menores y adultos (…) La firmaban y apoyaban eminentes intelectuales, psicoanalistas y filósofos de renombre, escritores en el punto álgido de su carrera, la mayoría de izquierdas. Aparecían, entre otros, los nombres de Roland Barthes, Gilles Deleuze, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, André Glucksmann, Louis Aragon… El texto protestaba contra la prisión preventiva de tres hombres que estaban pendientes de juicio por haber mantenido (y fotografiado) relaciones sexuales con menores de trece y catorce años. Entre otras cosas, decía: “Una prisión preventiva tan larga para la instrucción de un simple caso de “moral”, en el que los menores no fueron víctimas de ningún tipo de violencia, sino que, muy al contrario, precisaron ante los jueces de instrucción que habían consentido a tales relaciones (aunque ahora la justicia les deniegue el derecho al consentimiento), nos parece de entrada escandalosa”. (Otras figuras relevantes, como Marguerite Duras, Hélène Cixous o Michel Foucault, rehusaron sin embargo sumarse a esa campaña).

Gracias sobre todo a los avances de la lucha feminista, hoy puede parecernos sobrecogedora esa ceguera, esa negación de la violencia implícita en una relación desigual en que el más débil no puede por menos que “consentir”, plegándose a la voluntad del más fuerte, de quien detenta un ascendente indiscutible o posee la palabra. Mucho más tarde se sabría que el texto había sido redactado por el propio Matzneff, que forjaba así la línea argumental de su defensa ante el mundo. Pero la pléyade de personalidades que secundó su iniciativa resulta pasmosa. Sin embargo, ese era “l’air du temps”. “Aquel mismo año, señala Springora, Le Monde publicó otra petición, bajo el título de “Llamamiento a la reforma del Código Penal acerca de las relaciones entre menores y adultos”, que aún concitó un mayor número de adhesiones (a los nombres precedentes se añadieron los de Françoise Dolto, Louis Althusser o Jacques Derrida, por citar sólo algunos, pero la carta abierta contó con ochenta firmas entre las personalidades más famosas del momento). En 1979 apareció otra petición, esta vez en las páginas de Libération, en apoyo a un tal Gérard R., acusado de vivir con niñas de seis a doce años, igualmente firmada por importantes personalidades del mundo literario”.

Ciertamente, con el paso de los años, muchos de esos firmantes han ido reconociendo su error. Pero el hecho de que se produjera –¡y con tal alcance!– nos indica hasta qué punto la intelligentsia puede perder el norte en términos ideológicos. Mayo del 68 fue un importante momento de contestación de la moral dominante. Pero la reivindicación de la libertad sexual estalló en un contexto en que el movimiento feminista todavía no había crecido lo suficiente como para instalar en amplios sectores de la sociedad los valores de la igualdad y la descodificación del dominio patriarcal. La “libertad sexual” se entendió, en gran medida, como la libertad de los hombres para acceder a todas las mujeres, emplazándolas a estar disponibles a los deseos masculinos “liberados”. Y, muy pronto, surgiría la lectura de la pedofilia, entre otras prácticas, como una suerte de “sexualidad disidente” y “transgresora”. La antropóloga cultural americana Gayle Rubin teorizaría esa idea en ensayos de gran repercusión. Una moral se hundía, socavada por la evolución de la sociedad. Pero, el movimiento histórico progresista –del que forman parte el movimiento de emancipación de las mujeres y la izquierda en su sentido más amplio– distaba mucho de proyectar con claridad y fuerza suficiente una nueva escala de valores, acorde con las necesidades del desarrollo humano. En el interregno, proliferaron la confusión… y los monstruos. Y, en eso, irrumpió la globalización neoliberal. El sentimiento de haber llegado al final de la Historia impregnó toda la cultura, contaminando incluso el pensamiento de quienes contestan el poder omnímodo del capital financiero y las grandes corporaciones. Hoy, en pleno desorden global, cuando se abre ante nosotros un período convulso y cargado de incertidumbres, la izquierda sigue enmarañada en los mismos dilemas.

En efecto. Estos días ha estado recogiendo adhesiones en toda España un manifiesto que reclama el reconocimiento de “OTRAS” como “sindicato de trabajadoras sexuales”. El texto ha contado con el apoyo de destacados dirigentes de la izquierda radical, desde anticapitalistas hasta responsables de Podemos o los comunes. El hecho no tiene nada de anecdótico. A estas alturas, no se puede argüir desinformación y la ingenuidad ya no es de recibo: quienes tienen responsabilidades de liderazgo no pueden ignorar que ese pretendido sindicato está impulsado por el lobby proxeneta, deseoso de desarmar cualquier resistencia a una legalización de la prostitución que les permitiría seguir expandiendo su lucrativo negocio. La prostitución no es un trabajo. No ha existido, ni puede existir un sindicato del ramo de la prostitución. En ella, la relación que se establece se da desde la desigualdad y se sitúa por debajo del umbral de los derechos humanos más elementales. La esclavitud no es sindicable. En ningún lugar del mundo ninguna organización ha propuesto un “Estatuto de la trabajadora sexual”, ni negociado ningún convenio colectivo. Tratar de imaginar siquiera sus cláusulas conlleva establecer una violación sistemática de los deberes de protección de la infancia, de las conquistas en materia de igualdad y de los derechos adquiridos por el movimiento obrero. Alemania, donde socialdemócratas y verdes legalizaron en su día la prostitución, la situación de las mujeres no ha hecho sino empeorar. El negocio proxeneta ha crecido de modo exponencial. Unas 400.000 mujeres, en gran medida procedentes de las regiones económicamente más deprimidas de Europa del Este, son explotadas en los burdeles alemanes: en los legales y también en los circuitos ilegales y más degradados, que han proliferado igualmente con el aumento de la demanda. No hay apenas inscripciones en la Seguridad Social. Por el contrario, el Estado y las comunidades locales, recaudan cuantiosos impuestos sin mirar demasiado lo que pasa en esos locales de ocio donde es posible adquirir tarifas planas para consumir alcohol y mujeres convertidas en pura mercancía. Una mercancía que se desgasta rápidamente y cuyo stock hay que renovar con frecuencia. La sociedad normaliza el consumo de sexo de pago, reproduciendo las pautas patriarcales de desigualdad y dominio de los hombres sobre las mujeres. El Estado deviene el primer proxeneta, corrompiendo así la democracia.

“Todas las democracias contemporáneas –escribe Raúl Cordero, secretario general de la Comarca Sur de CCOO de Madrid en “Cuarto poder”– limitan la capacidad contractual individual para garantizar, precisamente, la libertad y la propia democracia. (…) Los sindicatos somos de naturaleza abolicionista, porque nuestra razón de ser depende de la convicción de que es necesario limitar la capacidad contractual individual en sociedades estructuralmente desiguales”.

Es hora de ponerse las pilas. Aceptar la idea misma del “trabajo sexual” supone acreditar el “consentimiento” de las mujeres prostituidas, haciéndolas responsables de su prostitución y obviando el continuum de violencias que se abate sobre ellas. Encerrar a la víctima en la prisión mental de un “consentimiento” que no está en condiciones, materiales o emocionales, de rehusar… He aquí el ingenio de los depredadores sexuales y de los proxenetas. ¿Qué clase de izquierda puede hacerse eco de ese discurso criminal? (1) La intelectualidad francesa que cayó en la trampa de normalizar la pederastia tardó años en recuperar, avergonzada, la razón. La izquierda alternativa no puede permitirse el lujo de flirtear tanto tiempo con la normalización de esa violencia extrema contra mujeres y niñas que representa la prostitución. Porque es profundamente inmoral. Sí, hay una moral de la izquierda, que consiste en ponerse, por principio, junto al débil frente al abuso del fuerte. Una moral que exige desenmascarar las argucias de la opresión, aunque ello suponga enfrentarse a las modas o a los estados de ánimo de una opinión pública moldeada por el adversario. Basta ya de firmar manifiestos infames que nos dan hoy una apariencia de modernidad… pero que harán que nos tengamos que sonrojar mañana ante nuestras propias hijas.

Notas.

(1) Para entender en qué compañía sitúan a la izquierda determinados deslices, basta con echar un vistazo al “Manifiesto ideológico” de las JNC, las juventudes de la derecha nacionalista: “Proponemos una regulación de la prostitución para afrontar la grave situación que viven las trabajadoras sexuales”. C’s, que la izquierda alternativa se esfuerza, por otro lado, de ahuyentar de los PGE, no piensa otra cosa.

Fuente: https://lluisrabell.com/2020/09/21/manifiestos-vergonzosos-2/




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lunes, 21 de septiembre de 2020

La nueva sexualidad, los viejos estereotipos

Quizás sea un buen momento para contagiarnos de pensamiento crítico y en lugar de centrarnos en el miedo de preguntarnos cómo enriquecer nuestras sexualidades, cómo ampliar el campo de nuestros deseos y cómo habitar sexualidades más allá de la hegemonía y de la norma. Lejos de los señores expertos.

Ilustración de María Romero

Ilustración de María Romero

Recientemente, han aparecido recomendaciones de organismos y entidades relacionadas con la salud sexual para prevenir la transmisión del Covid-19 durante las relaciones sexuales. Nos advierten de que los besos son una práctica de alto riesgo por la concentración vírica en la saliva, como también lo es el rimming, el contacto de la boca con el ano. ¡Cómo no! ¡Los culos siempre en el punto de mira!

Nos informan de que posiciones como “el perrito” son mucho más seguras que el follar cara a cara. También nos recomiendan follar sólo con nuestra pareja habitual, con la que hemos mantenido un confinamiento a rajatabla y, en caso de no tenerla, nos recomiendan abstenernos del sexo con personas desconocidas. Pobres de nosotras las solteronas. Menos mal que siempre nos quedará la masturbación. Eso sí, después de lavarnos a conciencia las manos durante al menos 30 segundos.

Nos invitan a practicar sexting o cibersexo y nos pone contentas que se amplíen las prácticas sexuales más allá del corset coitocéntrico (que por cierto, se ha hecho viral en las redes mediante el coronasutra). Sin embargo, nos llama la atención que el sexting aparezca ahora como una tabla de salvación, tras años de culpabilización de las mujeres que lo han practicado y luego han sufrido sexpreading (la difusión de fotos con contenido sexual por parte de otra persona sin su consentimiento).

En los artículos de prensa que hemos recogido en nuestro centro de documentación, sobre sexualidad y Covid-19, las fotos que acompañan a los artículos, generalmente, son de parejas heterosexuales. Para nuestro desconcierto, las ilustraciones de perritos practicando sexo también abundan. Si ya antes de la pandemia escaseaba la información dirigida a personas con sexualidades no normativas, en tiempos de pandemia podemos confirmar que esto no ha cambiado. En los discursos presentes en los medios de comunicación sólo se representa la sexualidad heteronormativa y, además, aparece confinada en la esfera del riesgo y del peligro. Por si fuera poco, las propuestas para el cuidado de la salud sexual de nuestros cuerpos parecen enfocarse únicamente en el miedo, la amenaza y el castigo.

Los mensajes sobre cómo deben nuestras “nuevas” sexualidades responden a la tónica general de las campañas lanzadas por las autoridades sobre la prevención del virus. Hemos podido ver hasta pistolas y hornos crematorios, en las campañas de Aragón y Madrid respectivamente. No faltan tampoco campañas con música épica en plan Juego de Tronos, pero ni la Covid-19 es una guerra, ni el sexo una batalla. Desde la experiencia acumulada en relación con la prevención del VIH, sabemos que los mensajes basados en el riesgo y el miedo no facilitan la toma de decisiones, no activan las estrategias de cuidado, solo generan procesos de culpa y estigmatización.

Tampoco podemos dejar de comentar que estas campañas reproducen los estereotipos de la familia nuclear. En la del gobierno de Canarias, ella saca una tarta mientras ellos comparten alcohol alegremente. Además, jerarquizan los afectos. La campaña de la Generalitat, #COVIDSPOILER, dirigida a jóvenes, dice: “Con los amigos aire”. Dicho sea de paso, uno de los clips de esta campaña está protagonizado por un par de chicas que se quieren besar. Puede que nadie les haya avisado que asociar la visibilidad lésbica con el estigma era una muy mala idea. Eso o han entendido “malamente” la idea de la transversalidad en las políticas LGTBI.

Nosotras no somos expertas en virología y no tenemos muchas respuestas que ofrecer ante esta situación de emergencia sanitaria, en la que la incertidumbre parece ser la tónica general. Lo que sí tenemos son muchas preguntas. Si nos están recomendando estar a metro y medio por el tema de las micropartículas, ¿cómo haces para follar, aunque no sea cara a cara? Si la Covid-19 tiene un índice de contagio mucho mayor que otros virus como el resfriado común o la gripe, ¿es una medida efectiva follar por detrás? Puestas a echarle imaginación, ¿podríamos darle la vuelta a los roles estereotipados de la postura? ¿Por qué a los expertos y las expertas en sexología no se les ocurren otras maneras de vivir una sexualidad placentera que no sea a través “del perrito”? ¿No existen recomendaciones para la promoción de la salud sexual más allá de la abstinencia, la masturbación y la pareja estable?

Por otra parte, ¿por qué dar recomendaciones sobre cómo protegerse de la Covid-19 en salud sexual si no es una ITS? ¿No será mejor reflexionar sobre cómo las desigualdades estructurales afectan a la salud de las personas? Si los factores sociales condicionan en buena medida la salud sexual de las personas y dificultan el ejercicio de sus derechos, ¿por qué es de lo que menos se habla?

En estos tiempos de incertidumbre, podemos reflexionar sobre cómo protegemos nuestra salud sexual, con o sin Covid-19. ¿Qué nos hace sentirnos seguras? ¿Cómo negociamos nuestras prácticas y juegos con las otras personas? ¿Qué tiene que ver el género a la hora de negociar? ¿Qué otros factores facilitan o dificultan la negociación? ¿Cómo comunicamos nuestros deseos y límites? ¿Qué estrategias utilizamos para cuidarnos? ¿Utilizamos siempre medidas de protección? ¿Por qué a veces no nos protegemos? ¿Hace cuánto no nos hacemos pruebas de ITS? Una de las bases del cuidado de la salud sexual es la autonomía, pero ¿pueden ser comunitarias también las estrategias de cuidado? ¿Cómo podríamos vivir sexualidades más seguras y más placenteras?

Quizás sea un buen momento para contagiarnos de pensamiento crítico y en lugar de centrarnos en el miedo; de preguntarnos cómo enriquecer nuestras sexualidades, cómo ampliar el campo de nuestros deseos y cómo habitar sexualidades más allá de la hegemonía y de la norma. Lejos de los señores expertos.

Este texto se ha publicado en catalán en La Directa. El periodismo feminista comparte y no compite con otros medios

Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2020/09/la-nueva-sexualidad-los-viejos-estereotipos/



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sábado, 19 de septiembre de 2020

Puede que millones de niñas no vuelvan a las aulas después de la pandemia. Así podemos ayudarlas

Cuando los líderes mundiales se reúnan esta semana, no deberían buscar un regreso a la normalidad anterior, sino un compromiso con una estrategia de futuro mejor.

Puede que millones de niñas no vuelvan a las aulas después de la pandemia. Así  podemos ayudarlas

Aula de un colegio

Algunas crisis, como la actual pandemia de COVID-19, dejan al descubierto la fragilidad de nuestros sistemas y la solidez de nuestras promesas. Más allá de los efectos de esta pandemia sobre la salud y la economía, nuestro mundo se enfrenta a una emergencia educativa cada vez mayor, y la respuesta que demos tendrá un impacto sobre generaciones de niños y niñas.

En algún momento de este año, la mayoría de los países del mundo han cerrado sus escuelas en respuesta a la pandemia. Si bien esta interrupción de la educación tiene profundos efectos para todos, el impacto es particularmente grave para los estudiantes más vulnerables y sus familias, especialmente en los países más pobres. Las consecuencias educativas del coronavirus perdurarán más allá del período de cierre de las escuelas y afectarán desproporcionadamente a las niñas que ya estaban en situación de marginación.

Estas niñas corren un mayor riesgo que los niños de abandonar los estudios tras el cierre de las escuelas, y las mujeres y las niñas son más vulnerables a los peores efectos de la pandemia. Tras el brote de ébola de 2014-2015 y el cierre de escuelas en Sierra Leona, Guinea y Liberia, las tasas de matriculación de las niñas disminuyeron. El aumento de las tasas de pobreza, las responsabilidades domésticas, el trabajo infantil, el matrimonio infantil y el embarazo en la adolescencia impidió que muchas niñas volvieran a la escuela.

Malala Fund estima que aproximadamente 20 millones de niñas en edad de asistir a la escuela secundaria tal vez no vuelvan nunca a las aulas después de la pandemia, si el abandono escolar aumenta al mismo ritmo. A más largo plazo, los países más pobres tal vez tengan dificultades para dotar de suficientes recursos a la educación, especialmente para apoyar a las escuelas, los maestros y los estudiantes para luchar contra la reaparición del virus y protegerse de los efectos indirectos de nuevos brotes.

A pesar de algunas medidas para promover la educación a distancia, se estima que más de 450 millones de estudiantes no reciben educación durante el cierre escolar. Las nuevas cifras publicadas por el informe de seguimiento de la educación mundial de la Unesco muestran que la pandemia de COVID-19 podría aumentar el déficit de financiación de la educación mundial a 200.000 millones de dólares (unos 168.000 millones de euros) anuales.

Lo cierto es que la COVID-19 no ha hecho más que exacerbar las desigualdades existentes. Antes de la pandemia, 129 millones de niñas no iban a la escuela, y aunque millones más sí lo hacían, no alcanzaban los objetivos mínimos de aprendizaje. Esta semana, cuando comience la Asamblea General de la ONU, los líderes mundiales tendrán que tomar una decisión: una recuperación que nos permita volver a la «normalidad» o un reajuste que impulse el progreso. En el caso de la educación, la respuesta es evidente.

Volver a la normalidad significa escuelas sin recursos, profesores infravalorados y aulas con demasiados alumnos. Significa sistemas económicos que priorizan el beneficio en detrimento de servicios públicos como la educación; incluso cuando sabemos que educar a todas las niñas durante un periodo de 12 años podría generar un beneficio de 30 billones de dólares (25 billones de euros). Significa también la supervivencia de normas de género perjudiciales que limitan las ambiciones de las niñas y aumentan su exposición a la violencia y la explotación. La normalidad es una educación que reproduce los valores y comportamientos de nuestro mundo actual, en el que la crisis climática se acelera y las desigualdades raciales y de género se perpetúan.

Los líderes pueden dar los primeros pasos hacia un cambio transformador proporcionando un estímulo económico considerable a la educación. Tenemos que proteger los fondos de ayuda, pero también aumentar los recursos nacionales disponibles para invertir en educación. El año pasado, 24 países de bajos ingresos gastaron más en el pago de la deuda externa del gobierno que en educación. En abril, los ministros de economía del G20 acordaron una suspensión temporal de estos pagos para algunos países, pero esta acción no incluyó a entidades no gubernamentales como el Banco Mundial, uno de los mayores acreedores.

Organizaciones dedicadas a la educación piden a los gobiernos donantes que prorroguen la suspensión de los pagos hasta 2022 y que se comprometan a cancelar muchas de esas deudas. Es la forma más rápida de liberar fondos en los países de bajos ingresos y permitirles redirigir los recursos a su respuesta a la pandemia de COVID-19, incluida la educación. Además de la cancelación de la deuda, podemos reducir el flujo de financiación de los países de bajos ingresos mediante la reforma de la política fiscal mundial, permitiendo las inversiones necesarias en educación para que todas las niñas vuelvan a la escuela y puedan seguir aprendiendo.

Nuestro objetivo no debería ser regresar a las cosas como estaban, sino pactar un compromiso para conseguir que el mundo fuera como debería ser, un mundo en el que todas y cada una de las niñas puedan aprender y liderar. Para lograrlo, debemos asegurarnos de que nuestras economías, sociedades y sistemas educativos trabajen para las niñas, no en su contra.

Durante mi infancia, circunstancias fuera de mi control sumieron mi educación y mis sueños de futuro en la incertidumbre. Ahora mismo, una generación de niñas está en la misma situación. Los líderes mundiales se reúnen esta semana, aunque de forma más virtual que en ocasiones anteriores, para debatir las mejores estrategias de futuro. Espero que se unan para dar a todos los niños y niñas la mejor oportunidad de construir un mundo mejor.

Malala Yousafzai es premio Nobel de la paz y cofundadora de Malala Fund. @MalalaFund

Traducido por Emma Reverter.

Fuente: https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/millones-ninas-no-vuelvan-aulas-despues-pandemia-ayudarlas_129_6224819.html



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viernes, 11 de septiembre de 2020

Crítica feminista de la película Crímenes de familia

Los pros y contras de la película más interseccional del cine argentino.

Sin lugar a dudas la industria cinematográfica argentina es una de las más prolíficas de América Latina. Sin embargo, el recurso del grupete varonil no parece desgastarse. Del talante son las emblemáticas OkupasNueve ReinasPlata QuemadaPizza, birra y faso y Los simuladores. En éstas el pacto patriarcal no se rompe: los guiones femeninos son mínimos y subsecuentes a los guiones de los varones. Es decir, siempre son una respuesta a una sentencia afirmativa en la trama del grupo varonil que a su vez se desvive por demostrar su virilidad; no hay diálogos entre mujeres; las mujeres jóvenes de la trama tienen obligatoriamente un vínculo sexual con los protagonistas; las mujeres mayores son madres, etc.

El ocaso del pacto patriarcal del cine argentino parece llegar (¡Por fin!) con la producción protagonizada por la misionera Janina Ávila y la porteña Cecilia Roth. El diálogo entre ambas mujeres entraña conflictos de raza, clase y territorio: Yanina representa a una provinciana que trabaja cama adentro en la casa de una porteña de estrato medio/alto, un perfil reiterativo de Cecilia Roth.

Evitando spoilers, aunque la película enuncia la trama principal en los primeros momentos, su riqueza se basa en los recursos sociales: la sororidad como un valor comunitario aporta veracidad a la resolución de las violencias patriarcales. Además, la gestión social de la maternidad, como problemática y como decisión, se escenifica concomitante a la condición de clase, como también lo es la diferencia cuantitativa y cualitativa entre el trabajo doméstico pago y el no pago. La producción performatiza la jerarquía al interior de las mal llamadas “economías familiares”, como una relación verticalizada de mujer a mujer: una relación entre la jefa de hogar y la empleada, entre comillas, doméstica (!). Sobre la domesticidad, la reificación y los roles del hogar, la película extiende enormes recursos que darán a ustedes mucho de qué hablar.

Por lo demás, deja sabor a poco el desarrollo salvífico que atenúa la responsabilidad política, económica y social del personaje protagonizado por Roth. O sea, romper el pacto patriarcal no es romper con el legado iluminista de la moralina sarmientina. Para soslayar un tanto el desenlace aristocrático y democrático -que deja un tufillo a feminismo blanco- hay que anotar que la película está basada en el poema La infanticida Marie Farrat de Bertolt Brecht. No dejen de apreciarlo después de ver la peli.

Finalmente, la ley 24377 de 1994 que regula el cine nacional argentino y por ende los contenidos patriarcales, ha habilitado durante años a los abogados de la industria un sin fin de abusos laborales e ideológicos por motivos de géneros. Crímenes de familia propone un punto y aparte en la historia patriarcal y blanqueadora del cine argentino.

Posdata: si ya vieron la nota de editorial Sudestada sobre la remuneración de Yanina, no se pierdan la entrevista realizada en Página12 “Yanina Ávila, de empleada de limpieza en 25 de mayo a estrella de Netflix”. Resta a la victimización y suma al autocuidado.



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Identidad & Feminismo: Identidad feminista no es identidad de género


Fuentes: Rebelión

En la identidad feminista influye el sexo (mujer) y el género (femenino). Pero no de forma determinista, sea biológica o estructural. Sí tiene importancia la realidad vivida, sentida y percibida de una desigualdad injusta, es decir, la pertenencia a un grupo social discriminado y con desventajas concretas, o bien con suficiente sensibilidad y solidaridad respecto de su situación.

Pero, sobre todo, el elemento sustantivo que configura ese proceso identificador feminista es la acción práctica, los vínculos sociales, la experiencia relacional por oponerse a esa subordinación y avanzar en la igualdad y la emancipación de las mujeres. La identificación feminista deriva del proceso de superación de la desigualdad basada en la conformación de géneros jerarquizados. Se trata de la actitud transformadora respecto de las funciones sociales, productivas y reproductivas desventajosas para la mitad de la población. Supone un cambio de su estatus vital subordinado.

En ese sentido, el feminismo es inclusivo para todas las personas que comparten esa dinámica igualitaria y, por tanto, ligada a la disconformidad con una realidad discriminatoria y la participación en un proyecto emancipador. El triple plano, situación desigual, experiencia social y aspiración de cambio, está entrelazado.

Tratándose de un proceso activador y desde un enfoque crítico y relacional, el aspecto principal es esa vinculación práctica, convenientemente valorada, esa experiencia compartida conectada con los otros dos componentes. Por un lado, la realidad vivida, percibida e interpretada desde un juicio ético. Por otro lado, las demandas y los proyectos de cambio. Ambos son imprescindibles para complementar la actitud transformadora, pero por sí solos no forman los sujetos y los procesos democrático-igualitarios.

En consecuencia, para formar el sujeto sociopolítico, el llamado movimiento social y cultural feminista, es relativa la condición de la pertenencia a un sexo, un género o una opción sexual determinada, aunque haya diferencias entre ellas. Lo importante no es la situación ‘objetiva’ estática y rígida, sino la experiencia vivida y percibida como injusta de una situación discriminatoria y la actitud solidaria y de cambio frente a ella.

La polémica de quién conforma el movimiento feminista derivada de esa posición ‘objetiva’, estructural y biológica o por la opción sexual y de género, está mal planteada. No es la condición de mujer (discriminada) la que determina la identificación con el feminismo y su acción liberadora, excluyendo a los hombres o las mujeres trans. Igualmente, es insuficiente el compartir algunas ideas o propuestas para adquirir una identidad y constituir el sujeto feminista. Falta la característica principal: la participación duradera en una acción individual y colectiva para superar la desigualdad de género y avanzar en la emancipación femenina.

O sea, la pertenencia colectiva se deriva, sobre todo, de una actitud sociopolítica y cultural transformadora, de una práctica relacional solidaria, de una interacción humana que forja vínculos comunes en torno a un proceso igualitario-emancipador frente a una estructura segregadora patriarcal-capitalista.

Por tanto, la pregunta a responder es qué personas y grupos sociales participan y forman, por sus implicaciones prácticas y subjetivas, esa corriente social feminista. Y la respuesta exige un análisis empírico y realista de los distintos niveles de identificación y participación en la acción sociopolítica y cultural feminista. Los rasgos objetivos, biológicos y estructurales, y/o las características subjetivas, emocionales o discursivas, son complementarias. Su interacción con el comportamiento real configura, social e históricamente, el sujeto de cambio feminista en el que obviamente predominan las mujeres, como las personas más afectadas, interpeladas y dispuestas.

La formación del sujeto feminista

El nuevo lenguaje (transfeminismo, postfeminismo, interseccional), adecuado para señalar algunas experiencias parciales o compartidas, es polisémico y, a veces, no aporta mucha claridad a los problemas articuladores de fondo del movimiento feminista como actor que actúa para la igualdad y la emancipación femenina. Es necesario aclarar su sentido.

La palabra trans admite una doble acepción: estar al lado y estar más allá como forma superadora. El transfeminismo no sustituye al feminismo, lo debe complementar. Así, ampliar el feminismo a las personas trans que se sienten mujeres tiene fundamento. Ya he dicho que la pertenencia al feminismo se debe reconocer por la práctica relacional y solidaria en la igualdad y la emancipación, no por las características biológicas, de género, estructurales o de opción sexual. Es decir, desde el punto de vista inclusivo, pueden identificarse como feministas incluso varones heterosexuales solidarios con la causa feminista. Por tanto, ese debate tiene poco recorrido, salvo para élites esencialistas que defienden sus privilegios de representación de lo que consideran ‘mujer’.

No obstante, transfeminismo como superador del feminismo tiene el riesgo de difuminar los perfiles principales del movimiento feminista, cuando tiene un peso social relevante. Me centro en ello desde el ámbito sociopolítico: la convergencia del conjunto de movimientos sociales en un movimiento popular global. El transfeminismo (o el postfeminismo), como discurso aparentemente superador del feminismo, pretende construir un marco interpretativo y de demandas que permitan integrar las de otros actores y conformar un movimiento popular interseccional. Hasta ahí, no habría problemas.

Pero hay que aclarar su alcance y sus medios. El peligro es hacerlo con propuestas más ambiguas y abstractas (con significantes vacíos) que cada cual puede rellenar a su gusto, a costa de la contundencia de los objetivos feministas específicos y sus apoyos sociales. O bien, con la ilusión de que el tener un enemigo común (el neoliberalismo, el poder establecido o el capitalismo patriarcal) resuelve la unificación de las luchas parciales de carácter inmediato y las convierte en procesos revolucionarios de conjunto. El carácter idealista, en ambos casos, genera en los distintos actores su falta de conexión con las realidades concretas de cada grupo social y debilita su capacidad movilizadora, normativa y transformadora.

Una confluencia o plataforma transversal debe facilitar la convergencia e integrar los procesos sociopolíticos de fondo, conectados con los problemas específicos de los distintos grupos y movimientos sociales, especialmente, de género, clase social, etnia-nación y ecologistas. Por ejemplo, una dinámica consistente llevaría a una especie de unidad popular (o del 99%), con la convergencia de los movimientos y corrientes feministas, LGTBI, sindicales, ecologistas, antirracistas o de solidaridad… y sus correspondientes representaciones sociales, políticas e institucionales, llamadas fuerzas progresistas o de izquierda. El proceso o dinámica resultante sería ‘trans’ o ‘post’ en su acepción literal de estar más allá de cada movimiento o actor particular. Ahora bien, no sería transversal en el sentido de centrista, neutral o integrador del resto de expresiones públicas, incluidas las derechas, el poder económico-empresarial y los grupos liberales y conservadores.

La movilización feminista, amplia e inclusiva, está conectada y ha integrado elementos de todos esos actores sociales, pero configurar un movimiento popular democrático o una corriente social crítica supone un proceso complejo de interacción y de suma, no de dilución o de subordinación a una problemática o sujeto supuestamente central con aspiraciones hegemonistas. La historia está llena de enseñanzas sobre ello.

En la tradición marxista era la clase trabajadora o el bloque social histórico quien articulaba el conjunto popular; en los proyectos liberales era el Estado y la nación (o el pueblo soberano) quien representaba, a través de sus élites, el interés general. Estamos, pues, ante la cuestión tradicional de la configuración y la denominación del sujeto colectivo global de progreso, así como de la pugna hegemónica (y contrahegemónica) por la prevalencia y dominio de cada sector social para representar y gestionar lo común.

La formación de un sujeto unitario superador de los sujetos o actores parciales va más allá de un liderazgo común (simbólico y legítimo), un objetivo genérico compartido (la democracia y la igualdad) o un enemigo similar (el poder establecido patriarcal-capitalista). Es un proceso sociohistórico y relacional complejo que necesita una prolongada experiencia compartida y una identificación múltiple que debe superar las tensiones derivadas de los intereses corporativos y sectarios de cada élite respectiva, con su rigidez doctrinal legitimadora.

Por otra parte, los programas, los discursos y las propuestas de derechos sirven para orientar la acción colectiva, pero son insuficientes para conformar la movilización social o la activación cívica. Su operatividad depende de su conexión con las mayorías sociales y con el poder real y la legitimidad de cada élite.

En la medida que sectores significativos viven una situación de subordinación, percibida como injusta, y sin expectativas de reformas institucionales progresivas, la gente indignada, junto con su articulación asociativa y su experiencia relacional y cultural, participa en la exigencia colectiva de sus demandas. O sea, las propuestas reivindicativas y de nuevos derechos deben estar conectadas con una situación discriminatoria y un agente transformador. El trípode es imprescindible. Es la experiencia del movimiento feminista en su conformación sociohistórica y relacional como sujeto transformador.


Antonio Antón. Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor del libro Identidades feministas y teoría crítica

@antonioantonUAM



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Macroencuesta & Violencia de Género: Más de la mitad de las mujeres españolas mayores de 16 años ha sufrido violencia machista


Fuentes: www.publico.es

Según la Macroencuesta sobre Violencia sobre las Mujeres hecha pública este jueves 10 de Septiembre, un total de 11.688.411 mujeres españolas mayores de 16 años (un 57% del total) han sufrido a lo largo de su vida algún tipo de violencia por el hecho de ser mujeres.

Más de una de cada dos mujeres en nuestro país ha sufrido algún tipo de violencia por el hecho de ser mujer. Así lo afirma la Macroencuesta sobre Violencia contra la Mujer hecha pública este jueves por el Ministerio de Igualdad, cuyos datos fueron recogidos a lo largo del año pasado entre cerca de 10.000 mujeres mayores de 16 años residentes en nuestro país. 

Según el estudio, considerado como la operación estadística más relevante sobre este tipo de violencias que se realiza en España, un total de 11.688.411 de mujeres han sufrido algún tipo de agresión, lo que supone un 57,3% del total.

La encuesta, realizada a un total de 9.568 mujeres, desvela que una de cada cinco mujeres (un 19,8%) la ha sufrido en los últimos 12 meses, lo que supone que sólo a lo largo del último años más de cuatro millones de mujeres mayores de 16 años se han visto sometidas a algún tipo de violencia machista.

​Si bien la violencia se ejerce a lo largo de toda la vida de las mujeres, la encuesta revela que son las más jóvenes las que más violencia sufren o perciben. El 71,2% de las mujeres de 16 a 24 años y el 68,3% de las mujeres de 25 a 34 años han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de sus vidas frente al 42,1% de las que tienen 65 o más años. Aunque el dato sobre la prevalencia de la violencia hacia las jóvenes es muy llamativo, el estudio afirma que es necesario un análisis en más profundidad para determinar este alto índice. Es posible que la violencia hacia las jóvenes efectivamente se haya incrementado, pero también es posible que sean más proclives a detectar la violencia y a hablar sobre ella, afirman fuentes del Miniterio de Igualdad.

Si nos fijamos en la violencia que se ejerce dentro del ámbito de la pareja o expereja (es decir, aquella violencia que está amparada en la actualidad por la ley de violencia de género de 2004), la encuesta revela que la violencia física o sexual afecta al 14,2% de las mujeres, es decir, más de 2,9 millones de mujeres. Po lo que se refiere a la violencia de control y económica dentro de las relaciones afectivas, éstas alcanzan al 31,9% de las mujeres encuestadas

En términos generales, la violencia de género, es decir aquella que tiene lugar en el ámbito de la pareja, afecta a una de cada tres mujeres, o al 32,4% (más de 6.600.000 mujeres).

El estudio no sólo se centra en la violencia dentro de la pareja, sino que amplía el ámbito a un amplio espectro de violencias fuera de las relaciones afectivas, con un especial interés hacia el acoso sexual el stalking (la violencia repetida), la violencia sexual fuera de la pareja, así como preguntas para medir la otros tipos de violencia como la psicológica y económica dentro de la pareja

Se trata de la primera vez que unan encuesta analiza de forman amplia las violencias fuera de la pareja. En la anterior macroencuesta llevada a cabo en 2015, ya se preguntó sobre violencia sexual fuera de la pareja, pero ahora el cuestionario es mucho mas amplio. Esto, explican fuentes del Ministerio, cumple con los requisitos estadísticos del Convenio del Consejo de Europa, más conocido como Convenio de Estambul, que obliga a los Estados miembros a tener en cuenta todas las violencias que se ejercen contra las mujeres, así como cumplir con los mandatos del Pacto de Estado acordado en el Congreso en 2017.

Casi un 14% de mujeres sufre violencia sexual

La encuesta revela que del total de mujeres mayores de 16 años, casi tres millones (el 13,7%) han sufrido violencia sexual proveniente de cualquier hombre, no sólo de su pareja, sino fuera de sus relaciones afectivas estables y un 21.5% del total (casi 4,4 millones) han sufrido violencia física.

Para la delegada contra la violencia de género, Victoria Rosel, una de las principales conclusiones de esta macroencuesta es que la violencia contra las mujeres es un problema estructural y oculto. «Conocemos todos la punta del iceberg y hablamos de los 31 asesinatos por violencia machista que se han producido este año sólo teniendo en cuenta los cometidos por la pareja o expareja, así como el tremendo incremento de llamadas al 016», pero los datos demuestran que este tipo de violencia va más allá. «Se trata de una violencia estructural no sólo por su prevalencia, sino porque no se trata de episodios aislados, sino que son relaciones de violencia por su frecuencia y por la combinación de violencias, puesto que la mayoría de las víctimas la sufren más de una vez y forman parte de su vida cotidiana».

El estudio revela que la mitad de las mujeres que han sufrido violencia sexual fuera de la pareja (el 50,4%) afirma que esta violencia ha tenido lugar solo una vez frente y casi la misma cifra (un 49,6%) reconoce que ha sucedido en más de una ocasión. De las que responden que tuvo lugar más de una vez, el 41% dicen que la violencia sexual tenía lugar al menos una vez al mes.

Para la delegada del Gobierno, es clave que algunos de los datos desvelados en el estudio van en contra del imaginario colectivo y son sumamente útiles a la hora de legislar y de desarrollar políticas públicas. Este es el caso de las violaciones. Sólo un 18% de las encuestadas afirman haber sido violadas por desconocidos. «Esto implica que el 82% de las que fueron violadas conocían a su agresor», afirma Rosell. Otro caso significativo en el que la creencia popular y los datos de la encuesta son totalmente divergentes es en la proporción de agresores sexuales extranjeros, que Rosell califica como insignificante en las estadísticas, a pesar de que las fuerzas de ultraderecha se empeñen en decir lo contrario.

También es llamativo el lugar donde se cometen este tipo de agresiones. Entre las mujeres que han sufrido una violación, un 59,1% afirma que ésta se cometió en una casa.

El 99,6% de los agresores sexuales son hombres

Casi la totalidad de las agresiones sexuales sufridas por mujeres mayores de 16 años en nuestro país la han realizado hombres. Según la encuesta, el 99,6% de esta violencia la ejercen varones y conocidos de la víctima. El 21,6% de la mujeres que afirman haber sufrido este tipo de violencia, revelan que el agresor era un hombre de la familia, el 49% un amigo o conocido y un 39,1% afirma que el agresor era un hombre desconocido. El 49% de las agresiones sexuales las realizaron personas conocidas de la víctima: familiares, amigos, vecinos, profesores….  

Uno de los datos más llamativos en relación a la violencia sexual es su bajo índice de denuncia, que mantiene este tipo de violencia en la oscuridad. Según los datos el estudio tan sólo un 8% de la mujeres que viven este tipo de violencias las denuncian ante la Policía o los juzgados, lo que supone que más del 80% de estas agresiones permanecen ocultas y no perseguidas, porque tal como afirmó Rosell durante la presentación de la encuesta, la única forma de perseguir estos delitos es mediante al denuncia.

Entre los principales motivos citados por las encuestadas para no denunciar este tipo de violencia, figura en primer lugar el hecho de que «era menor o era una niña», motivo que menciona el 34,5% de las mujeres. Otro de los motivos es no conceder importancia a los sucedido (30,5%), la vergüenza (25,9%), que los hechos ocurrieron «en otros tiempos en los que no se hablaba de estas cosas” (22,1%) y el temor a no ser creída (20,8%).

Más de 1,6 millones de menores viven la violencia

Tal como resalta el estudio, la violencia de género no afecta únicamente a la mujer, sino que también tiene repercusiones importantes sobre sus hijos e hijas, o sobre otros menores que vivan en el hogar. Según las respuestas a la encuesta, el 89,6% de las mujeres que han sufrido la violencia de género por parte de su pareja o expareja tenían hijos menores en el momento en el que se produjeron los episodios de violencia y afirman que éstos presenciaron o escucharon la violencia contra la madre y que sufrieron la misma violencia que ellas.

En total, el estudio revela que 1.678.959 menores viven en hogares en los que la mujer está sufriendo en la actualidad algún tipo de violencia (física, sexual, control, emocional, económica o miedo) en la pareja.

Otra de las claves del estudio es la que se refiere a las consecuencias que tiene la violencia que se ejerce contra mujeres y sus hijos. Según el estudio este tipo de violencia constituye un problema de salud pública y afecta a la integridad física y psíquica de mujeres y menores. Las secuelas físicas, es decir lesiones, afectan al 46.6% y más del 70% sufre secuelas psicológicas.  Sufrir una violación multiplica por 6 el riesgo de cometer suicidio y un 26,6% han consumido alcohol o drogas debido a esta violencia.

Faltan indicadores sobre violencia institucional

Entre las distintas preguntas, que según la memoria de la encuesta fue exhaustiva y muy amplia, no se encuentra ninguna que aborde específicamente la violencia institucional que sufren las mujeres. Esta ya había sido una reclamación de sectores del feminismo en la anterior encuesta de 2015. Fuentes del ministerio reconocen que la amplitud y la profundidad de la encuesta diseñada en la anterior legislatura obligó a reducir el número de temáticas y que la violencia institucional que sufren o perciben las mujeres, especialmente en el recorrido judicial, no formó parte de la encuesta. Fuentes del Ministerio de Igualdad reconocen que sería importante conocer esta percepción a la hora de implementar cambios y políticas públicas en el sistema judicial.

Cabe recordar que las grandes protestas y movilizaciones de los últimos años se han producido precisamente por decisiones judiciales o por falta de acción de la justicia. Recientemente el caso de María Salmerón volvió a poner sobre la mesa el hecho del maltrato institucional a las víctimas de la violencia machista y de sus hijos e hijas. Salmerón, indultada parcialmente en tres ocasiones por el Gobierno para no entrar en la cárcel, tiene sobre ella una nueva condena y la ministra de Igualdad ya apuntó que podría volver a ser indultada si esta se lleva a cabo. 

Una guía para implementar políticas públicas

La macroencuesta (la sexta que se elabora hasta la fecha) tiene como objetivo tener una radiografía sobre el estado de la violencia sobre las mujeres en nuestro país, con el fin de poder elaborar políticas públicas que las prevengan y la eliminen. 

En este sentido, la ministra de Igualdad, Irene Montero, anunció durante la presentación de los datos de la macroencuesta, que el Gobierno pondrá en marcha una Estrategia Nacional contra la Violencia Machista que se implementará entre el 2021 y el 2025 y que viene a sustituir la que acabó en 2016, que estaba centrada principalmente en la violencia que se ejerce dentro de la pareja. Aunque no especificó el momento de inicio de este plan, afirmó que estaría listo par ser presentado en el primer semestre del año próximo. 

«Los datos de la macroencuesta nos dicen que debemos seguir reforzando aún más todas las medidas encaminadas a actuar no solamente cuando ya se ha ejercido la violencia, sino a fortalecer todos los mecanismos de prevención», afirmó Montero en la presentación de los datos. 

«Es urgente que las mujeres crean en las instituciones publicas que tienen el deber de acompañarlas en el proceso de reparación, por lo que es imprescindible contar con una guía, con una hoja de ruta, de una políticas pública y una estrategia que de una respuesta eficaz e integrada frente a las violencias que se ejercen contra las mujeres», dijo la ministra. Para esto, la estrategia irá de la mano del pacto de Estado y lo reforzará, añadió.


Fuente: https://www.publico.es/sociedad/mitad-mujeres-espanolas-mahores-16-anos-sufrido-violencia-machista.html



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