RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

lunes, 27 de mayo de 2019

Obligada a ver el partido en sujetador por llevar una camiseta en favor de los presos

Por El Periódico

La seguridad del campo le hizo quitar la prenda y como la mujer no lleva recambio tuvo que ver el encuentro en ropa interior


















Una seguidora del Barça, Sílvia Guerrero, se vio obligada a ver el partido en sujetador porque un agente de la Policía Nacional le requisó la camiseta que llevaba en favor de la libertad de los políticos catalanes presos. Así lo denunció ante las cámaras de TV-3 donde explicó que no le quedó más remedio que seguir la final en ropa interior porque no lleva ninguna otra prenda de recambio.




▶️🔵🔴👕❌Una aficionada blaugrana haurà de veure la final de la Copa del Rei en sostenidors perquè li han requisat la samarreta en l'accés a l'estadi 😅🏆

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Al conocer el incidente el expresidente de la Generalitat, Carles Puidemont, protestó desde Bélgica por la situación que acababa de producirse en Sevilla a través de las redes sociales.




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Argentina. Madre Memoria: La victoria de las Villaflor anónimas


Por casapueblos
La investigadora Malena Haboba reconstruye con crítica feminista la historia de dos mujeres militantes del Peronismo de Base y de las Fuerzas Armadas Peronistas, desaparecidas en la Esma
Por Jesica Rivero / Cosecha Roja
“¡Viste qué linda la beba que tengo! Hay que ver si la puedo ver crecer, si me dejan estos hijos de puta”, dijo Josefina Villaflor, la Negrita, a su mamá a principios de 1980. Tenía a su hija Celeste a upa y al represor Ricardo Cavallo delante. Ella, junto a su cuñada Elsa, habían sido llevadas de “visita” a la casa de su madre en Avellaneda, como parte de lo que el aparato represivo llamaba “proceso de recuperación”. Ambas estaban en cautiverio en la Esma. Esa frase le costaría serias represalias en la vuelta al centro clandestino. Ninguna de las dos pudo ver crecer a sus hijas.
Celeste Hazan Villaflor es hija de Josefina Villaflor, la Negrita. Laura y Elsa Villaflor Garreiro son hijas de Elsa Martínez Garreiro, la Petisa. Militantes del Peronismo de Base y de las Fuerzas Armadas Peronistas, ellas fueron secuestradas, torturadas y desaparecidas por la última dictadura militar. Junto a sus maridos, José Luis Hazan y Raimundo Villaflor, estuvieron detenidas en el centro clandestino de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada. En la investigación “Las Villaflor. Identidad fragmentaria y memoria colectiva”, Malena Haboba reconstruye la biografía familiar y militante de dos mujeres desaparecidas de Avellaneda a partir, sobre todo, del testimonio de sus hijas.
Malena Haboba es periodista feminista. Se graduó el año pasado en la Universidad Nacional de Avellaneda con la tesis “Las Villaflor. Identidad fragmentaria y memoria colectiva”. Durante seis años juntó retazos de una historia atravesada por la lucha sindical, los derechos humanos y el horror de la dictadura. Se reunió con militantes sindicales, parientes, historiadores y compañerxs de ellas, las Villaflor anónimas, como las llaman.
Compañeras, amigas y cuñadas, Elsa y Josefina protagonizaron la militancia de los 60 y 70 y algunas de sus escenas cotidianas aparecen en la investigación a partir de diversos relatos.
La investigadora reconstruye la memoria de dos mujeres militantes desaparecidas a partir de una crítica feminista, observando no sólo la trayectoria biográfica de ellas sino visibilizando el lugar que ocupaban en sus respectivos espacios militantes. Sin embargo, parece anhelar mucho más. Ella dice que “así como maternan a sus hijxs, Laura, Celeste y Elsa, maternan la memoria de sus madres”.
“Las hijas fueron el punto de partida, ellas hilaron un relato que me fue llevando a otras personas, a otros testimonios”, dice Haboba.
“La principal motivación era la avidez que tenía de información”, recuerda Celeste Hazan Villaflor, hija de Josefina, la Negrita. “Es bastante poco lo que yo sé y es mucho lo que averiguó Malena. Para mí siempre fue difícil indagar, conectarme con la gente que me podía acercar alguna historia y conectarme con la vida de mis viejos”.
Una tarde de 2012 las primas Celeste y Laura dijeron que querían hablar  de las “Villaflor anónimas”. El teje se ponía en marcha. Malena Haboba preparó la lapicera que sostuvo durante 6 años y que la llevó a hacer más de 26 entrevistas y a recorrer sedes sindicales, bares históricos, casas y bibliotecas, a la vez que juntaba documentos judiciales, políticos y familiares.
Las primas forman parte una familia emblemática para el sindicalismo argentino y los derechos humanos: lxs Villaflor, cuya integrante más reconocida es la prima de la Negrita, Azucena Villaflor, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo, detenida-desaparecida en 1977.
“Hay una historia que queda guardada en el cuerpo de las mujeres, es así desde nuestras ancestras. Sus vidas y trayectorias son invisibilizadas y silenciadas y por un pacto patriarcal de silenciamiento. Esto no significa que haya varones diciendo: «No, no hablemos de esto», sino que hay todo un sistema social, cultural, político y económico que habla de ciertas cosas y de otras no”, sostiene Haboba. “Hay dos cosas importantes al momento de pensar, investigar y narrar las historias de las mujeres: primero, ver de qué forma aparecen contadas sus vidas, y cómo aparecen. Y por otro lado, ver la voz de estas mujeres, en calidad de qué aparecen. ¿Son protagonistas? ¿O aparecen acompañando a otros? Pensar eso es fundamental para poder narrar con perspectiva feminista”.
En “Caleidoscopio”, uno de los capítulos de la primera entrega en formato crónica de la investigación, los recuerdos de la militancia se cruzan con la ternura cotidiana. La Negrita Josefina aparece como una mujer con carácter muy fuerte: “De mierda, como el mío”, dice Celeste. Ella dirigiendo asambleas, discutiendo fuerte y poniendo límites, pero también feliz en fotos guardadas por su hija, rodeada de niñxs en la colonia del Sindicato. De Elsa las referencias están más vinculadas con ese rol maternal asignado culturalmente a las mujeres. “Mi mamá era muy mamá y la Negrita era muy intransigente”, dice Laura.
Un año después del secuestro de su mamá Elsa y su papá Raimundo, las hermanas Villaflor fueron separadas. Laura quedó viviendo en Avellaneda con lxs abuelxs paternos. A Elsa la llevaron a Montevideo para vivir con su abuela materna. De allí la cercanía de Laura con su prima Celeste Hazan Villaflor y el vínculo atravesado por el Río de la Plata con su hermana Elsa. Hoy las tres mujeres son mayores que sus madres al momento del secuestro.
“El vínculo con Malena fue fundamental para poder compartir esta investigación, porque no es lo mismo compartir cosas tan íntimas y personales con alguien desconocido que con alguien a quien tenemos un cariño, una amistad”, dice Celeste. Tanto ella como su prima Laura conocían a Haboba previamente y ese vínculo, afirman, les posibilitó recorrer estos años de búsqueda con amorosidad.
“No siempre es fácil recabar información sobre lo que pasó en la última dictadura porque lo que prevalece son los relatos del horror. Ir a entrevistar a sobrevivientes, familiares, hijxs implica un proceso de revictimización para la persona que habla. Aunque vayamos a hablar de las cosas lindas, son personas a las que les arrebataron a sus seres queridos. Hay testimonios que todavía no pude plasmar en esta investigación porque son diálogos que voy construyendo y son mujeres que no están listas para hablar y contar con detalle algo que aún les lastima”, retrata la periodista, y cuenta que está dando tiempo a estos testimonios con los que espera elaborar una segunda parte de su investigación.
“Las Villaflor” muestra fragmentos de las vidas de Elsa y Josefina, historias de su cotidianidad, situaciones de la vida fuera y dentro del cautiverio, anécdotas de militancia y de afectos que forman un “caleidoscopio identitario” no sólo de ellas, las madres, sino también de las hijas.
Elsa fue una de las 40 militantxs fundadoras del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros en Uruguay y una de las 15 fundadoras de las FAP en la Argentina. En esta última organización asumió la conducción junto a otros dos varones luego de la caída de todos los responsables en Taco Ralo. De los tres libros sobre la experiencia de las FAP, dos no la nombran y en uno aparece como una militante más. Según Haboba, “Esto es importante para poder pensar dónde y cómo se da ese pacto de silenciamiento patriarcal que decía antes”.
Celeste relata que el hallazgo que más la conmovió y marcó es una anécdota contada por una militante de la Federación Gráfica Bonaerense. “Ella y mi vieja eran las guardaespaldas de Raimundo Ongaro. Y me resultó un poco contradictorio ese dato, porque por un lado siempre se cuenta la participación de las mujeres como en actividades secundarias, pero ellas cuidaban a un tipo enorme. Y por otro lado, la imagen de mi madre, flaquita, menudita, siendo guardaespaldas de un referente como él. Me resultó un dato un poco bizarro, raro”.
En una carta llevada en una de las salidas de la Esma, la Negrita Josefina Villaflor le decía a Celeste: “Hija, que siempre tu camino esté marcado por lo que dicte tu corazón y tu conciencia. Mamita y Papito te extrañan, te quieren, te necesitan y aunque circunstancialmente hoy no estemos juntos los tres, te tenemos presente, porque en definitiva vos sos la continuación de nuestra propia vida. Mamá”.
Fuente: elciudadanoweb.com



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domingo, 26 de mayo de 2019

Guatemala. El país de las trabajadoras indígenas que sufren por la impunidad


Por Sebastián Escalón

El cúmulo de afectaciones que impacta en la vida de las trabajadoras del hogar pasa sin mayor ruido para las autoridades en Guatemala. Mientras el máximo órgano de defensa del Estado registró a dos víctimas de violación sexual en el último año, una organización civil revela una cifra oculta: un 40% de trabajadoras fue víctima de episodios de violencia. Un sector ocupado por mujeres indígenas.
Desde los 16 años, Josefa Pérez ha trabajado en casas particulares de la Ciudad de Guatemala para mantener a su familia. En cuarenta años de vida dedicados al servicio doméstico, esta mujer maya k’iché, originaria de la aldea Canel, Quezaltenango, ha pasado por todas las situaciones posibles: sueldos miserables, mala comida, cuartos insalubres, insultos racistas, reclamos, despidos, y hasta un intento de violación por parte del nieto de una de sus empleadoras.
También ha conocido experiencias buenas, familias o personas para quienes le dio gusto trabajar. Una regla, dice, la ha guiado: “donde me tratan bien me quedo, donde no, me voy y busco otro trabajo”. Pero basta con que cuente parte de su vida para entender que esa regla no siempre se puede aplicar. Muchas veces ha callado y aguantado maltratos pensando en el dinero que tiene que mes a mes tiene mandar a su aldea natal.
—A veces, uno se pone a pensar: si hay tantos ladrones puede ser por lo mal que lo tratan a uno. Tal vez ir a robar es más fácil que aguantar la humillación que uno sufre en casas. Es duro. Una trabaja, piensa en sus hijos, en qué estarán haciendo. Cuando empiezan a estudiar, uno no puede ayudar con las tareas. Mi pequeño, con dos años y medio lo dejé, y solo podía volver cuatro o cinco días cada cuatro meses, reflexiona esta migrante interna que tuvo que dejar a sus dos hijos al cuidado de la abuela para poder mantenerlos.
ANUNCIO
Para Maritza Velásquez, directora de la asociación de trabajadoras del hogar, a domicilio y de maquila (Atrahdom), “el trabajo doméstico es una de las ramas más vulnerables. Es una forma de esclavitud moderna”.
Es, en efecto, un sector en el cual, todas las normas laborales que pretenden convertir el trabajo en una institución moderna, se han topado con un sistema paralelo de servidumbre que atraviesa todas las clases sociales.
Los datos de la Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos de 2016 muestran que, en promedio, las trabajadoras domésticas ganan Q831, es decir, el 27% del salario mínimo de ley, US$107 por trabajar un mes entero. La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de 2014 recuerda que el 98.9% de las trabajadoras del hogar carecen de contrato laboral. El 13% de las trabajadoras del hogar son menores de edad. Es decir, en Guatemala, hay más de 40 mil niñas y adolescentes trabajando en casas ajenas.
ABUSO E IMPUNIDAD. El máximo órgano de defensa legal de Guatemala registró dos denuncias de trabajadoras del hogar en el 2018. Sin embargo, una encuesta de la organización Atrahdom reveló una cifra oculta: un 40% de casos de violencia, entre ellas, el abuso sexual. Foto: Gabriela Ríos
ABUSO E IMPUNIDAD. El máximo órgano de defensa legal de Guatemala registró dos denuncias de trabajadoras del hogar en el 2018. Sin embargo, una encuesta de la organización Atrahdom reveló una cifra oculta: un 40% de casos de violencia, entre ellas, el abuso sexual. Foto: Gabriela Ríos
Esta situación debería inundar el Ministerio de Trabajo con denuncias por violación a todas las normas laborales. No es el caso. Datos obtenidos mediante la ley de acceso a la información muestran que, entre 2015 y 2019, el Ministerio recibió a penas 720 denuncias por parte de 727 trabajadoras domésticas, sector que emplea a 240 000 mujeres. Estas denuncias corresponden al 0.6% de las denuncias recibidas por el Ministerio, cuando las trabajadoras domésticas constituyen el 3.9% de los trabajadores en Guatemala.
Para el abogado laboralista Alejandro Argueta, ese bajo número de denuncias se explica por el bajo nivel educativo de unas trabajadoras y por el miedo que aún define a la sociedad guatemalteca. La ineficiencia y corrupción de las instituciones, agrega, también alejan a las trabajadoras del hogar.
La directora Maritza Velásquez complementa:
—Ellas no denuncian. Hay veces en que el empleador las ha amenazado. Les dice que él tiene amigos, poder. Ellas creen que si ponen denuncia ya no van a encontrar trabajo en otro lado.
En ocasiones, ante una denuncia de su empleada, los patronos responden denunciándola a ella, generalmente por robo. Con lo cual, cualquier intento de hacer valer sus derechos o buscar justicia, se pone rápidamente cuesta arriba.
Fidelia Castellanos, secretaria general del Sindicato de Trabajadoras Doméstica, Similares y A Cuenta Propia (Sitradomsa), explica que ellas ayudan a las trabajadoras del hogar a plantear las denuncias ante el Ministerio de Trabajo. El caso más común es que, al ser despedidas, o al renunciar a su trabajo, el empleador no les paga el pasivo laboral al que tienen derecho. A partir de la declaración de la trabajadora, el inspector de trabajo hace el cálculo del dinero que se le debe en base al salario mínimo, las vacaciones, aguinaldo, horas extra, y luego convoca al empleador a una reunión de conciliación con la empleada.
En teoría, en esta reunión, las dos partes deben negociar el monto de la prestación en base al cálculo del auditor, y, tras ponerse de acuerdo, saldar cuentas. Pero en la práctica, y aunque Sitradomsa ha logrado 30 conciliaciones en cuatro años desde 2015, este sistema raras veces funciona.
De las 720 denuncias recibidas en cuatro años por el Ministerio de Trabajo, sólo se resolvieron 176 de manera conciliada, el 24% de los casos. Los casos en que o no se llegó a un acuerdo, o en que una de las partes no acudió a la citación, o en que la trabajadora “no siguió la denuncia” son más numerosos (246 casos, 34%). Otro tercio de los casos, incluso los que fueron interpuestos en 2015, siguen “en trámite”.
Si el Ministerio de Trabajo no logra resolver un reclamo laboral, la trabajadora debería acudir al Ministerio Público a poner una denuncia formal. Pero esto raramente sucede. Según la secretaria general Fidelia Castellanos, “las compañeras se resisten a ir a denunciar porque a veces los casos se alargan. Ellas tienen que trabajar, buscan un trabajo nuevo, y en ese nuevo ya no les dan permiso de acudir a las audiencias”.
Es por esta razón que el sindicato, durante las conciliaciones con los empleadores, recomienda a la empleada sacrificar una parte de su pasivo por no alargar un proceso judicial eterno al que, probablemente, no podrán dar seguimiento.
El peso de la colonia: ¿Usted es indígena?
—‘¿Usted, como mujer indígena, cree que los maltratos que ha sufrido tienen que ver con racismo?’, me preguntó una vez una patrona—, recuerda Josefa Pérez.
—Bien (sí), uno lo siente. A veces a una le dicen así: ‘como usted es una india’. ¿Y usted qué es?, me preguntaba. Sabe que todos somos hijos de Dios. Dios no mira diferencias, ama a los hijos sean como sean. A una la discriminan por el traje. Muchas veces me han dicho ‘¿por qué no se quita el traje, se pone pantalón, usa vestido, se corta el pelo?’. Yo digo, me siento bien con mi traje. ¿Por qué me lo voy a quitar si nos sentimos orgullosos del traje que es nuestro?
El 60% de las trabajadoras del hogar en Guatemala son indígenas. Esto lleva, según la antropóloga Aura Cumes, quien escribió su tesis de doctorado sobre el trabajo doméstico, a que en el imaginario de la población se haya arraigado una homología: “las mujeres indígenas son sirvientas y las sirvientas son indígenas”. Esto es una herencia más de la Colonia. “Durante la Colonia es cuando nos convertimos en sirvientas. Es la colonización la que pone a las blancas en la condición de patronas y a las indígenas en la de servidumbre,” explica Cumes, quien es maya kakchiquel.
Las trabajadoras domésticas mayas, migrantes internas, son blanco de burla y discriminación racial. Para la antropóloga Cumes, el racismo atávico de la sociedad guatemalteco tiene múltiples formas. Va desde los casos extremos de violencia, golpes, encierros, insultos, hasta formas más o menos conscientes de discriminación disfrazada de benevolencia.
—Existen esas patronas que, dentro de un marco maternalista, dicen cosas como ‘yo la casé, le hice su fiestecita, le di su regalito’… con esos diminutivos que muestran que no ven a la empleada como una igual.
INVISIBLES. Las denuncias interpuestas ante el Estado son atendidas con poca efectividad: de las 720 denuncias recibidas en cuatro años por el Ministerio de Trabajo, sólo se resolvieron 176 de manera conciliada, apenas el 24% de los casos. Foto: Gabriela Ríos
INVISIBLES. Las denuncias interpuestas ante el Estado son atendidas con poca efectividad: de las 720 denuncias recibidas en cuatro años por el Ministerio de Trabajo, sólo se resolvieron 176 de manera conciliada, apenas el 24% de los casos. Foto: Gabriela Ríos
Pero, aquí también, las denuncias por discriminación racial siguen siendo excepcionales. Según los datos facilitados por la Comisión Presidencial contra la Discriminación y el Racismo mediante la ley de acceso a la información, la institución solo ha recibido dos quejas por parte de trabajadoras domésticas, una 2013 y la otra en 2018. Ambas ‘siguen en investigación’ en el Ministerio Público.
Violencia sin castigo
Según las encuestas realizadas por Atrahdom, un 40% de las trabajadoras ha conocido alguna forma de violencia, incluida violencia sexual. Pero aquí también, el nivel de denuncia es bajísimo.
Una de las misiones del Instituto de la Defensoría Pública Penal (IDPP) consiste en representar de forma gratuita a mujeres que han sido víctimas de violencia y abusos ante los juzgados. Es, para las mujeres de escasos recursos que han sufrido maltratos, una institución clave para obtener reparaciones, tramitar órdenes de alejamiento y castigar a sus victimarios. Nydia Arévalo de Corzantes, directora del IDPP, admite que, de los 8,629 casos conocidos por la institución en 2018, solo tres, uno, dos y tres, fueron presentados por trabajadoras de casa particular. Se trata de dos casos de violación y un intento de violación con violencia física en los que el agresor, según la funcionaria, “era el marido de la empleadora”; es decir, el patrón. No da más detalles ya que los procesos están en litigio.
¿Qué nos dice un número tan bajo de casos?, se le pregunta a la directora Arévalo. “Una, podría ser que no sea un fenómeno muy común, pero yo lo veo difícil. Y la otra es que no existe la cultura de la denuncia. Si no denuncian, el Estado no puede reaccionar”.
“No vamos a legislar que tengan salario mínimo”
Según los dos sindicatos que representan a las trabajadoras domésticas, una herramienta clave para mejorar sus condiciones laborales y aliviar la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran es el Convenio 189 de la OIT. Este convenio exige a los países signatarios mejorar la situación laboral de las trabajadoras del hogar brindándoles una serie de derechos como salario mínimo, vacaciones, acceso al seguro social. Guatemala lo firmó en 2011, pero el Congreso aún no lo ha ratificado.
Tras la firma del Convenio, se hubiera podido pensar que la ratificación sería un simple trámite: los sindicatos abogaron con fuerza por él, la Secretaría Presidencial de la Mujer emitió una opinión favorable, el CACIF dijo no oponerse, y la presión internacional buscó que el Convenio se convirtiera en ley. Ningún grupo organizado se pronunció abiertamente en su contra. Sin embargo, la iniciativa de ley lleva ocho años paralizada en el Congreso, desde la parte final del gobierno de la Álvaro Colom, todo el del Otto Pérez Molina y casi todo el de Jimmy Morales. Para la diputada Sandra Morán, quien ha hecho lo posible por esta ratificación, el salario mínimo que contempla el convenio aún suscita la oposición de los congresistas.
SILENCIO. La Comisión Presidencial contra la Discriminación y el Racismo solo ha recibido dos quejas por parte de trabajadoras domésticas, pese a que existe un 60% de mujeres de origen indígena que se dedican a esta labor. Foto: Gabriela Ríos
SILENCIO. La Comisión Presidencial contra la Discriminación y el Racismo solo ha recibido dos quejas por parte de trabajadoras domésticas, pese a que existe un 60% de mujeres de origen indígena que se dedican a esta labor. Foto: Gabriela Ríos
—Partimos de que, en Guatemala, las personas de clase media o media baja usan el apoyo de otra persona. Ellas han dicho que no tienen la capacidad de pagar salario mínimo.
Según Sandra Morán, la oposición más fuerte en el Congreso ha venido, paradójicamente, de las diputadas.
—Ellas dicen que las mujeres en sus distritos les han dicho que no pasen la ley. Hablamos de mujeres profesionales, médicas, maestras, que hablan con las diputadas y les dicen ‘no puedo pagar’.
En el sistema patriarcal guatemalteco, son sobre todo las mujeres de clase media que trabajan, las que según las diputadas se sienten amenazadas por los derechos laborales de las trabajadoras domésticas. Para los hombres, con o sin trabajadora doméstica, los quehaceres de la casa siguen siendo un problema ajeno.
El único que expresa más abiertamente su rechazo a la ratificación del convenio 189, es el estrambótico diputado Fernando Linares Beltranena, de extrema derecha.
—Elevar el salario mínimo va a provocar el despido de trabajadoras domésticas, en especial de las más pobres y necesitadas. La mayoría de personas que hoy recibe menos que el salario mínimo será despedida. Esa medida solo serviría para empoderar a unos sindicatos que promueven la lucha de clases entre empleadores y empleadas, y que viven del resentimiento. Es socialismo empobrecedor.
El diputado afirma ser él uno de los que alertaron al resto de diputados sobre los peligros de la ratificación. Con esto, Guatemala es uno de los únicos países de América Latina, junto a México, El Salvador y Honduras, en no haber ratificado el Convenio.
Para la diputada Sandra Morán y la activista Maritza Velásquez, una manera para que las familias de la clase media puedan otorgar salario mínimo a sus trabajadoras del hogar, es contratándolas a tiempo parcial. Al final, indica Morán, la importancia del convenio 189 es que enfatiza el valor que tiene el trabajo doméstico, el peso tan importante como ignorado que tiene en la economía.
—Si pensamos en las mujeres y los hombres que migran a los Estados Unidos para hacer allá trabajos domésticos y que mandan remesas, y a esto le sumamos el trabajo doméstico que se hace aquí, vemos que el trabajo doméstico le da vida a este país—, indica la diputada Morán.
El abogado laboralista Alejandro Argueta opina que el problema no es tanto la falta de legislación, sino la falta de implementación de la normativa laboral actual. Según el experto, las trabajadoras del hogar ya deberían cobrar sueldo mínimo, pero esto es algo que nadie exige. La dificultad del tema radica en que no es una lucha entre la clase alta y la clase baja, sino de trabajadores con trabajadores, de clase media contra clase baja. Cita el caso de trabajadoras de las maquilas quienes, para ir a trabajar, necesitan que una empleada doméstica les cuide a los niños. Cobrando sueldo mínimo, les es imposible pagar sueldo mínimo a su empleada. Además, cuando vuelven a su casa, traen con ellas el peso de las humillaciones y maltratos que ellas recibieron en su lugar de trabajo, y eso lo reflejan en su trato con su empleada. Para el abogado Argueta, es toda la estructura laboral, en todos los ámbitos, la que hay que dignificar.
Ahora que Guatemala entra en periodo electoral, es imposible que el Convenio se apruebe este año. Para las activistas de la asociación Atrahdom, o del sindicato Sitradom, esto significa que el año que viene, deberán recorrer de nuevo los pasillos del Congreso e intentar formar nuevas alianzas con los diputados que queden electos.
“Con mi liquidación, pude pagar el colegio de mi hijo”
Para mientras, queda esperar que pequeñas victorias sean una señal de que algún cambio se esté operando. Josefa Pérez fue despedida el 1 de febrero, después de 4 años de trabajo en la misma casa. Esa misma mañana, su patrona le pidió que se sentara frente a la mesa y le presentó unos documentos para que los firmara. Pretendía entregarle 12 mil quetzales como pago de su pasivo laboral. Josefa Pérez rechazó el dinero y en vez de firmar, llamó a la abogada del sindicato Sitradom. “Hable usted con mi abogada”, le dijo Josefa Pérez a sus patronos, quienes no se lo podían creer. La abogada hizo un cálculo del pasivo laboral de Josefa y llegó a la cifra de Q22 mil. Tras una negociación algo tensa entre los empleadores, la abogada y Josefa Pérez, esta última logró que le dieran Q18 mil.
—Con eso cancelé unas deudas que tenía, y pude pagar la carrera (bachillerato) de mi hijo. Porque mi hijo se graduó este año, ya terminó la carrera, dice orgullosa. Su plan de futuro: seguir trabajando unos años, ahorrar, poner un negocio y vivir con su hijo del que siempre estuvo separada por trabajar en la casa de los demás, cuidando hijos ajenos.
***
Este texto forma parte de una investigación regional sobre uno de los grupos más vulnerables del continente: las trabajadoras del hogar. Las historias recogidas en cuatro países, ofrecen un panorama dramático sobre los abusos laborales, daños a la integridad física y psicológica, y una serie de situaciones violatorias de los derechos humanos de miles de personas, incluso menores de edad, de manera cotidiana y a puerta cerrada, mientras los gobiernos de distintos países siguen discutiendo el alcance de sus derechos en pleno siglo XXI.
nomada.gt/identidades/guatemala-urbana/guatemala-el-pais-de-las-trabajadoras-indigenas-que-sufren-por-la-impunidad/



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sábado, 25 de mayo de 2019

Luisa Carnés y la mujer obrera

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La giganta digital


En 1932 la escritora Luisa Carnés atravesaba un mal momento vital. Sin trabajo, sin dinero para tirar hacia adelante, cambiando de residencia con cierta frecuencia, se vio obligada a dejar aparcada su carrera literaria, a la que aspiraba a dedicarse de manera profesional, y trabajar como dependienta en lo que entonces se conocía en Madrid como una “tea room”, o sea, una cafetería donde se servían pasteles, café o té, entre otras cosas. De su experiencia como trabajadora en este salón de té surgió Tea rooms, mujeres obreras, la mejor novela de la autora madrileña y, con absoluta seguridad, una de las mejores novelas escrita en castellano de lo que podríamos llamar “literatura obrera” o “narrativa social de preguerra”, como la denominan algunos estudiosos.

Luisa Genoveva Carnés Caballero había nacido en la ciudad de Madrid el 3 de enero de 1905. Su padre era barbero y practicante y su madre costurera. Además de Luisa, que fue la primogénita, la pareja tuvo otros cinco hijos, por lo que, como ya se puede imaginar, en su casa no se ataban los perros con longaniza. La niña tuvo una infancia dura, con muy pocos años de escuela y muchos de penurias y escasez de todo tipo. A los once años ya estaba trabajando de aprendiza en un taller de sombreros que regentaba su tía. Así era la España de la época.

Pero Luisa era una niña con una sed de conocimientos desbordante. Por eso, no haber ido de manera regular al colegio no supuso un impedimento para poder dedicarse de forma destacada a la literatura y el periodismo. Su universidad fueron las lecturas semanales de las obras de Dostoievski, de Tolstoi, de Gorki, de Dickens, de Eliot, de Gaskell, de Balzac o de Cervantes en la prensa de la época, en la que estaba muy de moda publicar grandes novelas por entregas semanales. De esta manera, en sus años de adolescencia y juventud, Luisa leyó todo cuanto cayó en sus manos, sacando tiempo de donde no lo había, pues no podemos olvidar que era una mujer que trabajaba para ganarse la vida. Durante todos estos años desempeñó numerosos trabajos: costurera, telefonista, camarera, correctora en una editorial, periodista, etc.

El día 22 de octubre de 1926, a los 21 años de edad, consigue hacer realidad uno de sus grandes sueños: publicar su primer relato. Tan magno acontecimiento en la vida de la escritora tuvo lugar en el diario La voz. El cuento se titulaba “Mar adentro”. Imaginamos la alegría inmensa que sintió la joven al ver su cuento impreso en papel, la satisfacción de sentir que lo que tantas veces había anhelado podía ser una realidad, el orgullo de poder trasladar a la página impresa sus ideas y sus pensamientos. Después de “Mar adentro” vinieron muchos más cuentos. El relato corto era un género en el que Luisa Carnés se sentía muy cómoda y que le proporcionó grandes momentos. Terminó por convertirse en una gran cuentista. En la actualidad todos sus cuentos han sido recopilados por la editorial Renacimiento en dos volúmenes: Rojo y gris y Donde brotó el laurel. En ambas obras se recogen los cerca de setenta relatos que publicó durante su carrera como escritora. Además existe una recopilación de sus mejores cuentos titulada Trece relatos que recapitula los que podrían ser considerados los trece mejores cuentos de la autora. Sin duda, un libro muy recomendable para entrar en el universo Carnés.

Pero no solo de cuentos se nutrió la bibliografía de Luisa Carnés. La narradora madrileña escribió y publicó en vida varias novelas, libros de memorias, teatro, etc. Su primer libro fue Peregrinos de calvario (1928), una colección de tres relatos más o menos extensos, unidos entre sí, donde se evidencian sus gustos de juventud. Natacha, su primera novela, ya supone un salto cualitativo en su obra. Fue publicada en 1930, y narra la historia de una joven que trabaja en un taller de costura y que se siente deslumbrada por la Revolución Soviética. Luisa Carnés echa mano de sus recuerdos para escribir su primera novela, todo un hallazgo en una España que estaba a punto de entrar en una nueva era política, la que traería la República.

Con el colapso de la Monarquía borbónica y el auge republicano, Luisa Carnés va tomando conciencia de su lugar en el mundo, como mujer y como trabajadora. De ahí a afiliarse al Partido Comunista hay un paso muy pequeño, que ella terminará por dar. En sus escritos de esta época ya podemos encontrar a una gran narradora comprometida con la causa de la clase obrera, en general, y con la situación de las mujeres, en particular. Luisa es consciente de que ser mujer en la España de la época es desolador: desigualdad, violencia extrema contra las mujeres en todos los ámbitos (doméstico, laboral, eclesiástico), pobreza, incultura, etc. Y decide no solo denunciarlo en sus textos sino que además, decide ofrecer soluciones. Es necesaria una mujer nueva, combativa y valiente, una mujer que no piense que solo se puede elegir entre la esclavitud laboral y/o doméstica y la prostitución. Hay otras salidas, pero no se conseguirán sin luchar. Ese es el mensaje más interesante de cuantos se pueden extraer de su obra Tea rooms, mujeres obreras. Sin duda, su mejor novela, y una de las mejores de la Segunda República.

Tea rooms, mujeres obreras es un documento interesantísimo para entender el momento histórico que se vivía en este país cuando empieza el régimen republicano. En la obra se narran las vicisitudes de un grupo de mujeres que trabajan en la confitería de un rico empresario. Un ecosistema particular pero que, al mismo tiempo, nos sirve para hacernos una idea certera de cómo era el país en ese momento. Podríamos decir que Tea rooms, mujeres obreras es una novela de denuncia y no mentiríamos. Pero tampoco estaríamos diciendo toda la verdad. Porque esta novela es mucho más que eso. Para empezar está muy bien escrita. Luisa Carnés tenía una gran habilidad técnica para llevar al papel el habla popular. Ese es un gran acierto de la obra. Los diálogos son ágiles, verosímiles, reales y te atrapan desde la primera línea. Una novela que mantiene intacta toda su vigencia y que urge recuperar como lectura obligada.

Después de Tea rooms, mujeres obreras vino la Guerra Civil, y Luisa Carnés tomó partido hasta mancharse, y participó activamente en la defensa de la legalidad republicana frente al fascismo y al involucionismo que suponían Franco y sus huestes asesinas. En el relato “En casa”, publicado en 1950, lo contaba, en boca de la protagonista, de esta manera:

Me dolía el dolor de los heridos que llegaban en los camiones a los hospitales y el de las madres que perdían a sus hijos en los frentes, me sentí identificada con los soldados que desfilaban: con las mujeres que hacían colas al amanecer, ante las tiendas; con las que daban su sangre para las transfusiones en los hospitales; con las que cosían uniformes para el ejército en los viejos clubes, solo accesibles antes a los señoritos; con las que, de una manera u de otra, habíanse entregado en cuerpo y alma a aquel heroico despertar del pueblo. Me sentía unida a todo y a todos.

Después vino la derrota, y el exilio, primero en Francia y más tarde en México, donde establecería su residencia. Y vinieron otros libros, otras historias. Libros como De Barcelona a la Bretaña francesaEl eslabón perdidoJuan Caballero Rosalía, obra dedicada a la figura de la gran poeta gallega Rosalía de Castro. Todo acabó con un accidente de tráfico que se llevó por delante la vida de esta mujer comprometida y luchadora. Era el día ocho de marzo de 1964. Venía de dar una conferencia con motivo del Día de la Mujer. Murió cuatro días más tarde.

Durante muchos años, su obra y su figura quedaron sepultadas por el olvido. Afortunadamente, gracias sobre todo al trabajo incansable del profesor Antonio Plaza Plaza, su nombre se ha vuelto a recuperar para que las nuevas generaciones puedan disfrutar de ella, de sus ideas emancipadoras, de su actitud pionera, de su extraordinaria prosa, de su gran humanidad. Para que nosotros, lectores y lectoras del siglo XXI, podamos deleitarnos con todos esos libros que merecen la pena ser rescatados de la herrumbre del tiempo.



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