RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

martes, 26 de agosto de 2008

MIEDO AL FEMINISMO.


Todavía en nuestros tiempos la palabra feminismo da miedo. Todavía ser feminista significa para algunas mujeres distanciarse de los hombres ser una mujer distinta, agresiva, amenazadora de la paz y de la convivencia. Todavía hay mujeres que sienten pavor a ser ellas mismas, a expresar sus opiniones, a salir del mundo, quizás porque se sienten atacadas por el entorno y prefieren adaptarse a él, quizás porque, hoy día, mantener una actitud crítica y reflexiva no es fácil.
Las críticas sobre el feminismo y las feministas son hoy más sutiles y más subterráneas que en los tiempos del sufragismo, quizás porque a veces solo se analizan los aspectos más externos de su lucha, sin intentar profundizar en las causas que la motivan.
Para algunos, las feministas son mujeres frustradas, sexual y afectivamente, que desembocan su fracaso personal hacia un abusivo enfrentamiento entre los sexos.
Hay quien piensa que el feminismo es una revancha irracional contra la supremacía masculina, una especie de machismo al revés.
A lo largo de la historia de la humanidad, ha habido pocos movimientos tan anatematizados, ridiculizados e incluso ignorados como el feminista.
El miedo al feminismo parte del desconocimiento de las causas de la opresión de la mujer, el feminismo es un análisis riguroso y exhaustivo del porqué de la opresión secular de una parte de la humanidad, se expresa, hoy día, a través de varias opciones políticas.
La libertad de las mujeres no implica la esclavitud de los hombres, de la misma manera de estos no pueden soñar con ser libres si siguen oprimiendo a las mujeres, al mismo tiempo, el feminismo significa la recuperación de la palabra de la mujer, de su propia historia, individual y colectiva, sin tabúes, sin leyes restrictivas, sin miedos paralizadores.
El feminismo impulsa a que se desarrolle la conciencia activa de la mujer, de todas las mujeres que se proponen saber, las mujeres han sido consideradas seres inferiores, o dicho de otro modo “el sexo débil”.
El feminismo, pues, defiende la razón y la vida y, a la larga lucha para que la palabra libertad no sea una palabra abstracta y privilegio de unos pocos.
IDEOLOGÍAS CONTEMPORÁNEAS Y FEMINISMO.
Ideólogos socialistas y anarquistas de los siglos XIX y XX atentos a los cambios políticos y sociales que la Revolución Industrial había provocado, escribieron sobre la posición de la mujer en la nueva sociedad que ellos soñaban.
A excepción de proundhon que consideraban a la mujer como un ser “naturalmente” inferior, con dos únicas salidas: madre o prostituta, y Bakunin escribía: “Sólo soy libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres”.La libertad de otra gente, lejos de ponerme limites, o de ser la negación de mi libertad, es, por el contrario, tan necesaria para su existencia como una confirmación de la misma.
El socialista utópico Charles Fourier relacionaba la liberación de la mujer con el cambio total de la estructura social. Según él, grado de emancipación de las mujeres es la medida natural de la emancipación general, idea que fue recogida por el joven Marx. Engels, sin embargo estaba convencido de que la opresión de la mujer desaparecería en el momento en que esta se integrara plenamente en el mundo de la producción y cuando las tareas domésticas privadas fueran transformadas en industrias social, Isaac Bebel, discípulo de Engels y cofundador del partido socialdemócrata alemán, remarcó la función procreadora de la mujer, que socialmente la convertía en una ser subordinario al hombre. “La mujer fue esclava antes que el esclavo existiera”. Todos estos pensadores se abstuvieron, sin embargo, de marcar estratehias concretas para integrar, dentro de la mujer. Pensadoras socialistas como Clara Zetkin, Alexandra kollontai o Rosa Luxemburgo lucharon dentro de las filas del movimiento obrero para transformar una sociedad que le permitían, entre otras opresiones y explotaciones, la de la mujer. Zetkin y Kollontai, principalmente, defendieron la tesis de que las mujeres obreras debían organizarse por su cuenta dentro del marco de los partidos políticos y de los sindicatos.
Alexandra Kollontai también tuvo que matizar, con los años, sus primeras ideas sobre la abolición de la familia, la práctica del amor libre y la asunción de la maternidad como un hecho colectivo.
El divorcio entre feministas y socialismo se hizo cada vez más patente.
De ahí que durante muchos años, las feministas adoptaron el camino reformista y las socialistas se alejarán del feminismo, pensando que era un producto típico de las mujeres intelectuales de la clase media. Solo el feminismo más reciente ha batallado en el terreno de las ideas por encontrar la síntesis entre la lucha de clases y la de la liberación de la mujer.
De todas las ideologías que sustentaron los grandes movimientos de masas de siglo xx, fue la nacionalsocialista en Alemania la que en mayor grado redujo el papel social de la mujer a sus funciones más tradicionals, imponiéndoselo de la manera más autoritaria y coercitiva. Según sus ideólogos, la mujer estaba llamada a dedicarse exclusivamente a la maternidad y a la familia.
Expulsada de los cargos profesionales más elevados y marginada de la educación superior, la mujer fue reducida al papel de procreadora de hijos sanos y fuertes para ofrecer a la nación. El trabajo ennoblece tanto a la mujer como al hombre; pero el hijo ennoblece a la madre, esto lo escribió Adolf Hitler en MI LUCHA. Los ideólogos del fascismo italiano, aunque de manera más burda, corroboraron estas teorias.
La ideología nazi exaltó hasta el paroxismo los valores de la “supremacía masculina”, sometió a la mujer a la voluntad del hombre y a las exigencias del engrandecimiento de la Patria.
El sistema patriarcal adquiría, así, en la Alemania nazi, un grado superlativo, asentado no solo sobre necesidades económicas y políticas sino también puramente emotivas. Nunca una ideología engendró, sistematizó e impuso de una manera tan autoritaria y coercitiva los valores más represivos del patriarcado como la de los teóricos nazis y fascistas.
MUJER Y TRABAJO.
Trabajar fuera de casa en una sociedad como la nuestra, que codifica rígidamente la diferencia entre lo “exterior” y lo “interior”, representa un paso importante en la lucha por la liberación de la mujer, pues atenta contra la escisión entre lo privado y lo público y permite a las mujeres tener una mayor consciencia de su condición. Es necesario también conocer las tarabas con la que se encuentran en la práctica muchas trabajadoras en las sociedades industriales desarrolladas, quienes la mayoría de las veces no son consideradas en un plano de exacta igualdad con los hombres.
Trabajar fuera de casa, manteniendo al mismo tiempo la organización de la familia actual, obliga a muchas mujeres a realizar un arduo esfuerzo para no desvalorizarse a sí mismas ni quedar desvalorizadas ante los demás. Entre otras cosas, porque la fuerte presión social, imbuida de ideología patriarcal intenta culpabilizar a las que son madres y que al mimo tiempo trabajan fuera de casa.
Pero, de una forma u otra, el caso es que la gran mayoría de las mujeres de la sociedad industrial ha entrado en el mundo de la producción por la puerta del servicio. Casi siempre se les ha encomendado tareas manuales, rutinarias, sin interés y sin posibilidades de creación individual. Su salario es, por lo general, inferior al de sus compañeros varones, aunque nrealizen trabajos similares, y pocas veces se las promociona, aunque valgan para ello, para que ocupen cargos directivos o de mayor responsabilidad.
Por otra parte, en momentos de fuerte regresión económica y de acuciante falta de trabajo, las mujeres son vistas como competidoras por sus compañeros de trabajo, los cuales se reafirman en las posturas más conservadoras reclamando que el lugar de la mujer está en su casa.
Se ha relegado, pues, a la mayoría de las mujeres en la zona de las llamadas “profesiones femeninas”, que prolongan la vida domésticas de la cocina, costura, e incluso del cuidado de la belleza, aunque aquí también se admite que en la cúspide de la pirámide están los grandes cocineros, modistos y peluqueros, pues los hombres son “creadores” y las mujeres “artesanas”.
Se atribuye al hombre el poder de la creación e invención, y se hace creer a las mujeres que son solo transmisoras del pensamiento masculino.
Al no considerar que las tareas domésticas forman parte de la vida laboral de millones y millones de mujeres, se ha desprestigiado socialmente el trabajo del ama de casa y se la ha reducido a la nada económicamente.
Por otra parte, casi todas las mujeres que trabajan además fuera del hogar se ven forzadas a llevar cotidianamente una doble jornada laboral, dentro y fuera de la casa.
Aquellas mujeres que han conseguido ser respetadas y valoradas en el mundo exterior del trabajo, sea profesional o artístico, muchas veces se convierten en seres mimados por la misma sociedad que discrimina a la gran masa de mujeres trabajadoras.
Si no se dan cuenta que son unas privilegiadas y que han podido realizarse gracias a su origen acomodado o porque han renunciado a facetas más íntimas de su vida personal, pueden ser utilizadas como falsos ejemplos tendentes a demostrar que, oy día, cualquier mujer se liberará con solo conseguir un trabajo.
Además por otra parte, la ideología del hombre burgués, que en el siglo pasado quiso colocar, para su prestigio, a la mujer dentro del altar pasivo del hogar, ha trascendido a otras clases sociales, y hoy muchos maridos proletarios se sienten orgullosos de que sus mujeres no trabajen, de que ellos puedan mantenerlas. Se admite como natural el prejuicio de que el marido, que representa la máxima jerarquía dentro de la familia, se sienta desgraciado si su mujer gana más dinero que él. Así, las sociedades industriales avanzadas han mantenido el mundo del trabajo en base a la rígida estructuración entre el mundo exterior -masculino- y el mundo interior -femenino-. Muchas mujeres, pues, se sienten dentro del mundo del trabajo productivo como miembros ajenos y circunstanciales.
La incorporación de la mujer al mundo del trabajo es, un paso importante y decisivo, pero no el único medio en la lucha por su liberación, ya que al mismo tiempo es necesario que se transforme el concepto actual de trabajo alienado y se creen las bases para que desaparezca la actual opresión y marginación de la mujer.
LA ONU Y LA MUJER.
La Organización de las Naciones Unidas no podía quedar al margen de las precupaciones por la injusta situación en que se encuentran las mujeres en el mundo sin incurrir en contradición con sus propios principios.

Machismo y feminismo


INTRODUCCIÓN
Machismo y feminismo, una idea que está a la orden del día en todo el mundo.
Una de las acciones más antiguas del hombre es el ser machista, la cual, ha sido soportada por las mujeres hasta nuestros días. A pesar de lo evolucionados que nos creemos, aún en nuestra sociedad existen acciones machistas en el trabajo, la religión y la sociedad en general.
Las mujeres empezaron a reaccionar en el año 1970, año de la Revolución Feminista, con lo que consiguieron algunos de los derechos más importantes, no acabando por eso el machismo en nuestra sociedad pero si reduciéndose en gran número.
El año 1975 fue declarado como año de la mujer y cada diez años esto se celebra uniendo a cientos de mujeres que intentan mejorar su estatus social con una convención mundial.
Feminista: Partidario/a del feminismo.
Machista: Partidario/a del machismo.
Feminismo: movimiento a favor de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. El feminismo niega la “inevitabilidad” de la superioridad masculina tanto en el ámbito profesional como en el personal, afirmando que esta dominación masculina sobre la mujer surge no de una superioridad física o intelectual, sino de una amplia gama de estereotipos relativos al sexo.
Machismo: discriminación a la mujer adoptada por los hombres.
MOVIMIENTO FEMINISTA
Movimiento Para conseguir la igualdad política, social y económica entre hombres y mujeres.
Surgió en Europa a finales del siglo XVIII, aunque ya en 1970 la mayoría de las mujeres habían conseguido mejorar sus derechos, por el momento, aún no se ha logrado la total igualdad política, social y económica.
Algunos de los derechos de igualdad más importantes que se defienden son la igualdad de oportunidades en el trabajo y la educación, el derecho al voto, el control a la propiedad privada y el derecho a la libertad sexual.
No tiene una estructura jerárquica tampoco se basa en un conjunto de principios formales, su tema central es que las mujeres sufren la opresión no compartida por el hombre, ya que estos son beneficiados en todos los sentidos.
El feminismo occidental resurgió en el 1960, anunciando que los hechos ocurridos no era un caso aislado sino común. Se desecho la idea de la hermandad devido al racismo.
Tiene tres líneas de actuación: campañas con relación a los temas públicos (aborto, igualdad de salarios, cuidado de los hijos y maltratos en el hogar), exploración de una nueva solidaridad y conciencia (político y social) y el estudio del feminismo.
ESTATUS TRADICIONAL
Origen:
Desde que la historia a sido escrita, los hombres han tenido dominio sobre la mujer en las sociedades.
El dominio masculino se remonta al paleolítico, ya que fue muy valorada la acción de la caza, la cual realizaban los hombres.
Antigüedad:
En la legislación romana el hombre y la mujer eran considerados uno, siendo la mujer la posesión y no teniendo poder alguno en sus tierras, su propia persona, su dinero y sus hijos. Las mujeres respetables debían ser castas y fieles, pero los hombres no.
En la Edad Media las tierras y el poder político eran heredados por vía masculina, lo que favorecía la subordinación de la mujer.
En Babilonia y Egipto, tenían derecho a la propiedad; en Europa formaban parte en los gremios y a veces en el carácter religioso (chamanes, curanderas siberianas, sacerdotisas romanas). Autoridad política: reinas egipcias y bizantinas, madres superioras de los conventos medievales y las mujeres de tribus iroquesas (designaban hombres para el clan).
En China y Roma en la época del renacimiento europeo destacaron algunas mujeres instruidas.
Religión:
Las religiones monoteístas están a favor de la idea de que las mujeres son más débiles e inferiores al hombre.
En la Biblia, San Pablo pide a las mujeres que obedezcan a sus maridos y Dios situó a Eva bajo el mandato de Adán, en estos momentos nos planteamos una pregunta: ¿Dios era machista?, nos basamos en el hecho, por ejemplo, que no hubiera ningún apóstol mujer, es posible que en todo el mundo, no hubiera una mujer digna de esa tarea, que ni una sola mujer fuera más adecuada para ese puesto que un hombre, aunque también podemos plantearnos esta otra pregunta: ¿Dios se adaptó a su tiempo y ya que la sociedad era machista pensó que las mujeres no serían respetadas?.
En el hinduismo la mujer debe adorar al hombre y dicen que esa adoración será la que los proteja y mantenga.
Familia:
La mujer se encuentra en desventaja en las familias tradicionales.
Su educación es limitada a las labores de la casa y no pueden presidir cargos de poder.
El matrimonio es una forma de protegerlas, pero que a la vez las presiona en dar a luz a sus hijos, los cuales se prefieren varones. La mujer casada obtiene el estatus del marido (en estas sociedades), vive con la familia de él y no dispone de recursos cuando suceden casos de malos tratos o abandono.
INICIOS DEL CAMBIO
El Siglo de las luces (igualdad política) y la Revolución industrial crearon la aparición del feminismo y otros movimientos reformadores (S XVIII-XIX)
En Francia los clubes republicanos de mujeres pidieron que la libertad, igualdad y fraternidad fuera sometida a ambos sexos de igual manera, pero no fue posible por la aprobación del Código Napoleónico.
En Inglaterra, Mary Wollstonegraft publicó “Una reivindicación de los derechos de la mujer” (1792), publicada por William Godwin ( en esta obra la escritora inglesa y feminista, afirmó que el matrimonio reside en la afinidad intelestual y abogó por la igualdad educativa y de oportunidades para ambos sexos).
Revolución industrial:
La realización de trabajos manuales gratuitamente hecha por las mujeres, se cambia, ya que las mujeres empiezan a trabajar en fábricas con un sueldo, aquí comienza la independencia y proletarización, aunque sus condiciones no eran buenas y sus salarios bajos y aún controlados por los maridos.
Las mujeres de clase media y alta se quedaban en casa para mostrar a la gente el éxito de sus maridos respecto al trabajo.
La posibilidad de trabajo de las mujeres de cualquier clase era la de doncellas, profesoras o vendedoras.
Grupos feministas:
Surgieron en Europa y no se extendieron demasiado.
La iglesia se opuso ya que decía que destruía la familia patriarcal.
Los países agrícolas seguían igual y en las fábricas las quejas eran sofocadas por el movimiento socialista.
Feminismo:
Mayor aceptación en Gran Bretaña (muy industrializada) y en E.E.U.U..
Las mujeres cultas y reformistas de clase media eran sus dirigentes.
Más de 100 personas celebraron la primera convención de los derechos de la mujer en Séneca Falls, Nueva York (1848), dirigida por Lucretia Molt y Elizabeth Cady Stanton (igualdad de derechos, incluido el de voto, y el fin de la doble moralidad).
Las feministas británicas se reunieron por primera vez en 1855.
El libro “Sobre la esclavitud de las mujeres” (1869), por Jhon Stuart Mill fue basado en las conversaciones con su mujer (Harriet Taylor Mill), se centraba en el derecho del voto y ayudó mucho para este hecho,ya que fue escrito por un hombre, aunque este derecho no se incluyó hasta finales del siglo XIX y bien entrado el XX, en España se concedió en 1932 en la II República. Existen países como Kuwait, Arabia Saudí y Jordania donde la mujer no tiene derecho a votar.
AVANCES DEL SIGLO XX
Después de las guerras y revoluciones en China (1949) y Rusia (1917), los gobiernos apoyaron la igualdad de sexos y el control de la natalidad. En la Unión Soviética las trabajadoras realizaban trabajos mal remunerados y estaban escasamente representadas en el partidos y en los consejos de gobierno.
Las técnicas de control de natalidad eran poco eficaces y las madres trabajadoras eran responsables del hogar y los hijos en mayor parte.
China seguía discriminando en cierta medida a la mujer en el trabajo.
En 1960 hubo un cambio de patrones demográficos, económicos y sociales de los países occidentales lo que dio lugar a la aparición de la condición sociocultural de la mujer.
El descenso de la mortalidad infantil, mayor esperanza de vida y los anticonceptivos hizo que la mujer tuviera menos responsabilidades en el cuidado de los niños, ellos con la inflación (necesitar dos salarios) y el alto índice de divorcios hizo que trabajaran muchas más mujeres.
El movimiento feminista cuestionaba instituciones sociales y los valores morales. Las diferencias entre el hombre y mujer no son biológicas sino culturales, muchas mujeres dicen que el lenguaje perpetua este problema, esto da lugar a nuevos tipos de relaciones en las que incluso se comparten las labores del hogar.
Entre 1960 y 1970 las feministas organizan grupos pro derechos de la mujer.
Objetivos: igualdad de salario a trabajo igual, ayuda estatal para el cuidado de los niños, derechos para las lesbianas, legalización del aborto y un análisis profundo de los problemas de violación, malos tratos y discriminación de las mujeres mayores y de minorías. Están en estudio la reproducción y el acoso sexual en el trabajo.
Logros: en la mayoría de los países: la mujer puede votar y ocupar cargos públicos, es ayudada por la Comisión de las Naciones Unidas para el Estatus de la Mujer (1946), más derechos y un mayor acceso a la educación y al mercado laboral, sin embargo, en algunos países la industrialización a hecho que las mujeres tengan que trabajar en fábricas mal pagadas.
El fundamentalismo religioso a hecho que la mujer vuelva a ser presionada.
Los países en vías de desarrollo han intentado mejorar su estatus social a través de campañas contra los códigos legales y sociales discriminatorios como el pudra en Arabia y en las sociedades islámicas y el sistema de dotes en India oponiéndose a la mutilación genital femenina.
En África más de las dos terceras partes de la agricultura es conseguida por mujeres y se está pensando en formarlas y prepararlas tecnológica y agrícolamente.
La Organización de las Naciones Unidas proclamó 1975 como Año Internacional de la Mujer, a la vez que se iniciaba un programa llamado Década de la Mujer, y en 1975, 1980, 1985 y 1995 se han celebrado importantes conferencias mundiales.
PERSONAJES SIGNIFICATIVOS EN LA LUCHA POR LOS DERECHOS DE LA MUJER
Gloria Stein: Tras comenzar su carrera literaria como articulista para una revista, a finales de la década de 1960, Gloria Steinem comenzó a apoyar en sus escritos el movimiento feminista. Más tarde fundó la revista Ms y creó numerosos grupos de apoyo a la mujer. Poco después de 1968, se comprometió con la causa feminista y pronto se convirtió en una de las principales figuras de este movimiento. En 1971, junto con Betty Friedan, Bella Abzug y Shirley Chisholm, Steinem contribuyó a la fundación del National Women's Political Caucus. Ese mismo año, y en colaboración con Pat Carbine en calidad de editora jefe, lanzó la primera publicación feminista, la revista Ms (una propuesta lingüística de unificar las fórmulas de cortesía inglesas mister (Mr), Miss o Missis). A partir de ese momento Steinem fue un modelo para las mujeres jóvenes y se mantuvo fiel a su creencia de que cuando las mujeres se liberen los hombres también se convertirán en seres humanos plenos. Entre sus escritos cabe destacar una colección de ensayos y artículos titulada Actos escandalosos y Rebeldías cotidianas (1983) y Marilyn (1986), una biografía de la famosa actriz cinematográfica. En La revolución interior (1991) analiza sus sentimientos hacia sí misma en el contexto del movimiento feminista.
Elizabeth Cady: fue una de las líderes del movimiento en favor de los derechos de la mujer en Estados Unidos junto con Lucretia C. Mott y Susan B. Anthony. Convenció al senador Aaron Sargent de California para que defendiera una enmienda a la Constitución en favor del voto de la mujer en 1878. Esta enmienda fue presentada cada año hasta que el Congreso la aprobó finalmente en 1919.
En 1848 Stanton y Lucretia Coffin Mott, a quien había conocido en 1840, organizaron la primera asamblea en defensa de los derechos de la mujer en Seneca Falls (Nueva York). Para este congreso, Stanton redactó una Declaración de Sentimientos, en la que propuso una resolución que exigía el derecho al voto para la mujer. Fue en este congreso donde conoció a Susan B. Anthony. Desde 1868 hasta 1870, ambas publicaron el semanario Revolution, en Nueva York, y en 1869 fundaron la Asociación Nacional para el Sufragio Femenino (que a partir de 1890 se llamó Asociación Nacional para el Sufragio de las Mujeres Estadounidenses), de la cual Stanton fue presidenta hasta 1892. En 1888 colaboró en la fundación del Consejo Internacional de las Mujeres. Fue coautora, junto con Anthony y Matilda Joslyn Gage, de los tres primeros volúmenes de Historia del sufragio femenino, (6 volúmenes, 1881-1922). Stanton murió el 26 de octubre de 1902 en Nueva York.
Estas fueron dos de las mujeres más importantes del movimiento feminista.

miércoles, 23 de abril de 2008

Ecofeminismo y ambientalismo feminista. Una reflexión crítica

Ecofeminismo e o resgate do sagrado feminino | Lua que sente




Las primeras conexiones entre el feminismo y la ecología que dieron origen al ecofeminismo se encuentran en las utopías literarias de las feministas de la década de 1970.1 El término “ecofeminismo” se refiere a una pluralidad de posiciones que han girado en torno a los movimientos de finales de la década de 1970 hasta principios de la de 1980: el movimiento feminista occidental (radical, liberal y socialista) y el movimiento pacifista.

Aunque el ecofeminismo surgió en distintos países casi al mismo tiempo —en Francia, Alemania, Estados Unidos, Italia, Japón, Venezuela, Australia y Finlandia—,2 Estados Unidos fue el que dominó las primeras aportaciones a la corriente ecofeminista.3

El ecofeminismo en Estados Unidos giraba en torno a dos corrientes: el feminismo radical/cultural/espiritual, que tendía a resaltar la afinidad “natural” de las mujeres con el mundo natural y el que se orientaba hacia perspectivas políticas más sociales derivadas del socialismo y el marxismo.4

Sin embargo, al ecofeminismo se le ha identificado principalmente con la corriente radical/cultural/espiritual. Esto ha ocasionado que se le critique de “esencialista”.5 El intentar hacer una clasificación precisa de las diferentes posturas ecofeministas, así como de sus principales autoras, resulta complejo y se podría caer en un reduccionismo. Por ejemplo, Ariel Salleh una ecofeminista socialista ha sido criticada de acercarse demasiado a los terrenos del esencialismo.6

Vandana Shiva, nacida en la India, ha sido una de las voces más influyentes del ecofeminismo en todo el mundo. Su pensamiento se basa en la religión y la filosofía hindúes que describen el “principio femenino” como la fuente de vida y la base de un desarrollo sustentable. Asimismo, critica el modelo económico dominante, ya que propaga las técnicas de plantación de monocultivos tanto en los bosques como en la agricultura; considera que el sistema económico indio tradicional preserva la relación mutua con la naturaleza a través del policultivo, cuyo objetivo es la producción de subsistencia local con insumos propios.7

Shiva critica la revolución verde por desarrollar especies de semillas que demandan mayores cantidades de químicos, fertilizantes y pesticidas, así como mayores cantidades de agua. Esto, aunado a que los agricultores tienen que comprar semillas nuevas cada año —ya que las comerciales producen semillas que son estériles—, desplaza la práctica tradicional de selección de semillas de sus propias cosechas. La pérdida de diversidad y de especies y el control comercial de las semillas ha sido una de las principales preocupaciones de esta autora. Ella ha extendido este análisis a todos los sectores del aparato productivo capitalista, condenando sus sistemas tecnológicos y organización del trabajo.

Para la ecofeminista socialista8 Ariel Salleh la vida de las mujeres está interconectada en una red de relaciones sociales que son parte de una realidad material, por lo que ella propone que un materialismo histórico ecofeminista explore la conexión entre las diferencias biológicas de hombres y mujeres y la construcción social que gira en torno de ellas.

En la postura de Salleh, en mi opinión, es necesario agregar las relaciones de género que se construyen al interior de las sociedades. En efecto, el materialismo histórico explica la totalidad del desarrollo de las sociedades humanas como un complejo de procesos dialécticos cuyo estímulo primordial es la acción del ser humano y del mundo material que lo rodea en el proceso social, pero es importante hacer hincapié en la necesidad de analizar bajo esta postura si estas fuerzas productivas materiales de la sociedad han entrado en contradicción con las relaciones de producción existentes.

La postura de Shiva, así como la de Salleh, convergen al plantear que la dominación que se da en la sociedad patriarcal se sustenta en las relaciones socioeconómicas de la sociedad industrial que ha llevado a la crisis ecológica.

En este sentido, las mujeres son consideradas como “cuidadoras innatas del planeta y víctimas de la degradación ambiental, ocurrida debido a un modelo de desarrollo que atenta contra la naturaleza y la población femenina. Esta última, por ende, es concebida como agente de cambio y liberación, dada su “perspectiva de sobrevivencia” o “principio de feminidad”, a partir de cuya actuación será posible restaurar una relación armoniosa entre ambiente y sociedad.9

Bina Agarwal sugiere un marco alternativo el cual llama ambientalismo feminista. En este marco se entiende la relación de las mujeres y de los hombres con la naturaleza enraizada en su realidad material y en sus formas específicas de interacción con el medio ambiente. Para esta autora el razonamiento feminista con el que está construido el ecofeminismo resulta problemático ya que:

1) postula a la mujer como una categoría unitaria y no diferencia a las mujeres según su clase, raza, etnicidad, entre otros factores; 2) ubica la dominación de las mujeres y de la naturaleza casi exclusivamente en el campo de la ideología, ignorando las fuentes materiales de esta dominación; 3) aún en el campo de las creaciones ideológicas, dice poco sobre las estructuras sociales, económicas y políticas dentro de las cuales se producen y transforman estas creaciones; 4) el razonamiento feminista no toma en cuenta la relación que viven las mujeres con la naturaleza en oposición a la relación que puedan concebir los demás o ellas mismas; 5) se puede considerar que las corrientes del ecofeminismo que atribuyen la conexión entre las mujeres y la naturaleza a lo biológico están adheridas a una forma de esencialismo. Esta formulación desaparece frente a la evidencia amplia de que los conceptos de naturaleza, cultura, género, etcétera, se han ido construyendo histórica y socialmente y varían entre una cultura y otra, en el interior de una misma cultura y de una época a otra.10
Considera que el vínculo entre las mujeres y el medio ambiente está determinado por una estructura que comprende diversos aspectos, incluyendo género, clase (casta/raza), organización de la producción, reproducción y distribución de ingreso. Al mismo tiempo, resalta que los procesos de degradación ambiental y de apropiación de los recursos naturales por unos cuantos tienen implicaciones específicas de clase, género y ubicación geográfica; “son las mujeres provenientes de áreas rurales y familias pobres las que resultan afectadas de manera más negativa y las que han participado más activamente en los movimientos ecológicos. Por lo tanto, no se puede considerar a las ‘mujeres’ como una categoría unitaria”.11

Agarwal sugiere que las feministas deberían de cuestionar y transformar las nociones respecto al género, además de luchar en contra de la actual división sexual del trabajo; por su parte, las ambientalistas también deberían cuestionar y transformar las representaciones de la relación entre la naturaleza y la gente, además de los actuales métodos de apropiación de los recursos naturales para el beneficio de unos cuantos.12
En términos de acción, esta perspectiva llamaría a luchar por los recursos y los significados. Implicaría lidiar con los grupos dominantes que tienen la propiedad, el poder y el privilegio de controlar los recursos, y éstos u otros grupos que controlan lo que se piensa sobre ellos a través de los medios de comunicación e instituciones educativas, religiosas y legales. En el frente feminista habría la necesidad de desafiar y transformar las nociones sobre género y la división misma del trabajo y de recursos entre los géneros. En el frente ambientalista habría la necesidad de desafiar y transformar no sólo las nociones sobre la relación entre las personas y la naturaleza, sino también los métodos mismos de la apropiación de los recursos de la naturaleza por unos cuantos. El ambientalismo feminista subraya la necesidad de enfrentar estas dimensiones desde ambos frentes.13
Finalmente, señala que el enfoque sugerido por el ambientalismo feminista requiere de cambios complejos e interre–lacionados en la composición de la producción; en las tecnologías que se usan para la producción, los procesos a partir de los cuales se llega a decisiones sobre los productos y las tecnologías, los sistemas de conocimiento sobre los cuales se basan las decisiones y la distribución de los productos y las tareas por clase y por género.

CONCLUSIÓN

Abordar las cuestiones de género y medio ambiente representa un reto teórico, que lleva a la necesidad de examinar con detalle aspectos relacionados con la redistribución y el desarrollo. Éstos ya no pueden ser vistos bajo la neutralidad de la ciencia, ya que como proceso dinámico y complejo se requiere de una pluralidad de perspectivas —no admisibles dentro de la teoría neoclásica, ya que no hay lugar a la multidisciplina, y los problemas ambientales se reducen a externalidades, fallas de mercado, definición de derecho de propiedad y valoración de la naturaleza. El ecofemi–nismo, no obstante que se le ha criticado de esencialista —en el entendido que estas críticas han girado principalmente en torno a aquellas corrientes que atribuyen una relación directa entre las mujeres y la naturaleza a lo biológico—, es una referencia obligada para analizar propuestas que tienen que ver con la relación entre el medio ambiente y el género. La contribución que hace Agarwal con su propuesta alternativa de ambientalismo feminista es importante en la medida en que toma en cuenta para su análisis las diferencias de sexo/género, así como clase/casta/raza, organización de la producción, reproducción y distribución de ingreso, ignoradas en algunas corrientes ecofeministas. Estas posturas convergen con la economía ecológica (EE) al desarrollar nuevos paradigmas que integran procesos económicos, ecológicos y culturales. Asimismo la EE da cabida a los planteamientos teóricos que integran a los diversos actores que participan en el proceso transformador de la sociedad.

BIBLIOGRAFÍA

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Velázquez Gutiérrez, Margarita (2003), “Hacia la construcción de la sustentabilidad social: ambiente, relaciones de género y unidades domésticas”, en Tuñón Pablos Esperanza (coord.), Género y medio ambiente, Plaza y Valdés, México, pp. 79–105. [ Links ]

NOTAS

1 Una primera voz fue la de Rachel Carson (1962), quien alertó al público e incitó a la gente a reaccionar en contra del abuso de los pesticidas químicos. Fue hasta 1974 que Françoise d’Eaubonne adoptó por primera vez el término de ecofeminismo. Lo hizo para representar el potencial que tenían las mujeres para encabezar una revolución ecológica que conllevara nuevas relaciones de género entre hombres y mujeres y una relación distinta entre los seres humanos y la naturaleza (Mellor, 2000).

2 Mary Mellor, “Nature, (Re) Production and Power. A Materialist Ecofeminist Perspective”, en Fred P. Gale y Michael M’Gonigle (eds.), 2000, p. 59.

3 En Estados Unidos las primeras proponentes del ecofeminismo se reunieron en el primer congreso ecofeminista en marzo de 1980 en Amherst, Massachusetts: “Mujeres y Vida en la Tierra”. Fue una respuesta a la crisis generada por el accidente ocurrido en la planta núcleo–eléctrica de Three Mile Island en 1979. En este evento se analizaron las relaciones entre ecología, salud, feminismo y militarización. María Mies y Shiva Vandana, “Del porqué escribimos este libro juntas”, en Verónica Vázquez García y Margarita Velázquez Gutiérrez (coords.), Miradas al futuro, PUEG/CRIM/CP, México, 1998, pp. 71–94.

4 Mery Mellor, op. cit., p. 64.

5 El ecofeminismo esencialista considera que las diferencias tienen sus raíces en la propia naturaleza diferencial de hombres y mujeres, lo que sitúa a las mujeres más próximas a la naturaleza y, por lo tanto, más proclives a solucionar los problemas medioambientales. La corriente radical/cultural/espiritual destaca las conexiones históricas, biológicas y sociales entre la naturaleza y las mujeres, por lo cual considera que el dominio del orden patriarcal es el causante de la explotación y opresión tanto de la mujer como de la naturaleza.

6 Mery Mellor, op. cit., p. 65.

7 Rosi Braidotti, “Mujeres, medio ambiente y desarrollo sustentable. Surgimiento del tema y diversas aproximaciones”, en Verónica Vázquez García y Margarita Velázquez Gutiérrez (coords.), Miradas al futuro, PUEG/CRIM/CP, México, 1998.

8 El ecofeminismo socialista considera que el origen de las diferencias de relación que hombres y mujeres mantienen con el entorno está en las funciones socialmente asignadas a cada uno de los géneros: la reproducción social y el cuidado del grupo familiar condicionan que sean las mujeres las que tienen un contacto más directo con los recursos naturales (agua, suelos, bosques, etcétera); especialmente en sistemas económicos de subsistencia. Es importante resaltar que de ese contacto más directo se deriva un conocimiento diferente, cotidiano, basado en lo concreto y con mayor capacidad y sensibilidad para percibir los problemas medioambientales que puedan afectar a la vida cotidiana, la salud e incluso la supervivencia del grupo familiar. Las ecofeministas socialistas proponen la construcción de una sociedad basada en una nueva relación entre los géneros y una relación distinta con la naturaleza.

9 Margarita Velázquez Gutiérrez, “Hacia la construcción de la sustentabilidad social: ambiente, relaciones de género y unidades domésticas”, en Tuñón Pablos Esperanza (coord.), Género y medio ambiente, Plaza y Valdés, México, 2003, p. 88.

10 Bina Agarwal, “El debate sobre género y medio ambiente: lecciones de la India”, en Vázquez García y Velázquez Gutiérrez, 1998, p. 244.

11 Ibid., p. 249.

12 Rosi Braidotti, op. cit., p. 52.

13 Bina Agarwal, op. cit., p. 250.

fuente:http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-57952008000100010

Érika Carcaño Valencia*

* Estudiante del Posgrado en Ciencias Económicas de la Universidad Autónoma Metropolitana. Colaboradora del Grupo de Economía Ecológica de México.
Para tener más información sobre la página y nosotrxs, nos puedes escribir al mail: ecofeminismo.bolivia@gmail.com

jueves, 17 de abril de 2008

MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS







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lunes, 31 de marzo de 2008

Identidad de género, igualdad y entramado del poder


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Directora CIEG – Centro Interdisciplinario de Estudios de Género
Facultad de Ciencias Sociales
Universidad de Chile
Resumen
Entender las tensiones y contradicciones entre hombres y mujeres, su construcción identitaria y sus posiciones desiguales supone analizar la historia de los signos que las formulan, pero de modo crucial comprender esos signos en su inexorable vínculo con un determinado modelo económico, y el de hoy es el de la acumulación global del capital. En este contexto, la igualdad de géneros se presenta como una imagen sin verdadero sustento en la realidad, donde la rebelión de la mujer por alcanzar derechos e igualdad no ha logrado romper el desquilibrio de participación en el entramado del poder. El discurso liberal chileno ha construido la noción de igualdad entre hombres y mujeres sólo en el ámbito de lo público dejando intocado el privado.
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“Como ser de frontera, biología y sentido, una mujer es susceptible de participar en las dos vertientes de lo sagrado: en el tranquilo sosiego en el que la natividad se afirma en eternidad…, pero también en el desgarro de la capa sagrada donde el lenguaje y toda representación se hunden en espasmos y delirios” (Julia Kristeva, 2000: 25).
Resulta interesante reflexionar sobre las formas en que hombres y mujeres habitan el mundo, afincadas en las coordenadas de un espacio y de un tiempo particulares: el Chile de hoy. Pero, decir hoy es restituir las marcas, los remiendos y los gestos de una historia que nos constituye en trazos que deshechamos, en otros que olvidamos y en los nuevos horizontes que levantamos para autocomprendernos. Y sobre todo porque cuando se dice hombres y mujeres se está nombrando una relación que ha fundado, se quiera o no, nuestra existencia social. Entre la bajada del árbol al roce permanente de la tierra como escenario de la vida humana hubo un largo proceso en el que las diferencias biológicas de machos y hembras fueron deviniendo distinciones sociales, pues el lenguaje escribió sobre los cuerpos las ideas de lo femenino y masculino, elaborando simultaneamente una ritualidad sacrificial que separó naturaleza de cultura.
En nuestra sociedad actual, que tiende a generar un discurso que borronea todas las fronteras, incluso las de género, este proceso del sacrificio que funda lo social, ya sea entendido como represión de los instintos, como prohibición del incesto, como “primera economía” (ofrendar sacrificios a los dioses para obtener su reciprocidad) o en el sentido cristiano como oblación única e irrepetible, todavía opera como base estructural de los límites sociales y es el sustrato de la circulación y acumulación de las cosas y de las personas (sobre todo de las mujeres).
Por otro lado, pese a los intentos por superar las demarcaciones de lo femenino y masculino, pese a la intervención sobre los cuerpos, dislocando sus referentes biológicos (lo queer, lo transexual, lo bisexual, entre otros), las categorías hombre y mujer continuan siendo el locus de relaciones de poder que operan como espejo y reflejo de relaciones políticas, económicas y simbólicas que asignan un estatus y una valoración diferencial a lo femenino y a lo masculino, erigiendo así un andamiaje de desigualdades que se expresará en las diversas esferas en las que se construyen las subjetividades y las prácticas los sujetos.
De dadoras de vida a dadoras de sentido
En Chile, y en otros países del contexto latinoamericano que lo abraza, las identidades de género–entendidas como plurales y de posiciones cambiantes de acuerdo a la clase, la pertenencia étnica y la generación -, se han visto tensionadas por una dinámica de transformaciones que han derivado en la incorporación creciente de las mujeres al trabajo remunerado y en menor medida al poder político. Si en el pasado la condición de madre posicionaba a las identidades femeninas dentro del sitio socialmente admitido de “donantes de la vida”, otorgando a los hombres el de “donantes del sentido” (Kristeva y Clément, 2000), hoy las mujeres han comenzado a reclamar, y ursurpar, también el reino de los sentidos.
Así casa y calle son los lugares donde la experiencia femenina se debate y trama su inclusión en el intrincado y espinoso escenario de la “ciudadanía”. Por eso incursionar en el espacio público -entendido por Ana Arendt en tanto tinglado donde se expresany negocian las diferencias- insertarse en el mercado laboral, participar en el entremado del poder político, ocupar un espacio en la producción y circulación de signos, supone interrogar las maneras en que lo femenino y su simbólica se transforma y reelabora, del mismo modo en quelo masculino “impactado” por estos nuevos tránsitos femeninos se reinterpreta o acantona en sus definiciones y prácticas.
Palomas entre cóndores
En el año 1932, Gabriela Mistral se preguntó algo parecido cuando las mujeres chilenas tuvieron el acceso al voto municipal. En un pequeño artículo “El Sufragio Femenino” abre un tema, que a mi juicio sigue vigente. Detengámonos en su reflexión: “Las mujeres chilenas podemos ahora votar. Lo elemental es que votemos no como adláteres, sino como mujeres que anhelan aportar algo de feminización a la democracia…estábamos convencidas –trabajadas por dentro, sería más exacto- de que el hombre desde todo tiempo produce las ideas sin jadeo, como quien juega o simula esforzarse. Ahora ya no le damos un amén servil a ese pregonado monopolio de la inteligencia viril: hemos constatado tantos casos de mujeres a la par o por encima de varones reconocidamente “ponderados” que ya no se nos puede tratar como a criaturas desvalidas, o dulcemente taradas, con el seso a medio desarollar”.
Gabriela Mistral fija un horizonte para el cambio que se está produciendo: la “feminización” de la democracia que consiste no en “..quedarse en una inútil duplicación del hombre (porque) toda la vida criolla está saturada de ideas patriarcales” sino en su convicción de que sólo las mujeres “podemos auxiliar la vida y el mundo” y que estamos en la hora de que “lado a lado de ese hombre que nos “representaba”, nos representemos nosotras mismas en cuerpo y alma”. El dilema que actualiza en estas ideas es el que ha perseguido a la mujer desde siglos: hablar por ellas mismas, autorepresentarse, rompiendo con la colonización simbólica de haber sido siempre habladas por otros. Y digo dilema porque no es claro todavía cuál sería el lenguaje “propio” de las mujeres, libre de las sintaxis de la devaluación o de la mistificación.
Pero, la Mistral -hija de su época- reclama una “…segunda etapa de nuestro feminismo actuante. Organizarnos hasta adquirir la cultura social entera”, lo que significaba ilustrarnos en las diversas disciplinas del saber académico (incluso en las estadísticas : “esa esgrima de cifras que lucen los varones sin…espada”), así se estaría preparada no sólo para votar sino para ser candidatas. Y aconseja: “Si votamos, pero sólo por hombres, seguiremos relegadas, sin cobrar verdadero agarre sobre el timón de mando”. Se adelanta al tiempo y avisora que habrán senadoras, “..palomas entre cóndores aportando allí el zureo hogareño, la vocación de estabilidad doméstica…”.
La “feminización” de la democracia consistirá así en la incorporación de los saberes de la casa a la calle, la patria entendida como un “hogar grande”, las mujeres en la política no serán “antihogares” sino por el contrario los restaurarán allí donde son carencia y aportarán con un movimiento sensible de la “tierra a la mesa, de lo tangible a lo factible”. Y termina diciendo: “Por eso algún día Chile elegirá a una mujer para la presidencia de la República”.
Esta predicción que hace la Mistral devuelve, luego de más de medio siglo, la pregunta por la especificidad de lo femenino en el universo de lo público y por las consecuencias reales de su desplazamiento desde una identidad relacional (la madre, la esposa, la hija, la hermana de) a una definida por el estatus (la profesional, la trabajadora, la política, la artista, etc). El drama que avisoró nuestra pensadora fue que el desplazamiento del hogar no se realizó hacia una calle construida bajo los valores de la igualdad, sino por el contrario a un dominio basado en estructuras de prestigio y poder fundadas en la acumulación y posesión de bienes, en clases marcadas por su posición en los procesos de producción y reproducción, en un sistema de valores donde lo doméstico es devaluado (aunque fetichizada la madre como límite del amor) y en un esquema de pensamiento que segrega a lo femenino a haceres que son prolongaciones de su “esencia” (docentes, enfermeras, parvularias, secretarias, etc.). Esa segregación, a su vez, coincide con bajos salarios y con la depreciación de las carreras, oficios y labores donde son mayoritarias las mujeres (el caso del profesorado resulta paradigmático), y con todas las consecuencias de feminización de la pobreza que hoy día conocemos muy bien.
Así, ese universo de lo doméstico, esa “sensibilidad de las mujeres” no pudo dialogar en igualdad de condiciones ni equilibrarse en esa “patria hecha de decisiones viriles” como decía Gabriela Mistral porque la inserción se realizó al interior de una estructura social que prefería a la madre , y al poder de la madre, dentro de la casa y no fuera de ella como donadora de sentido. Por eso el periplo hacia lo público, el “callejeo” y la lucha por constituirse en un sujeto político no fue ni es fácil. En nuestro caso, se agrega el de una cultura que, por razones históricas, ha hiperbolizado lo materno, que ha legitimado la identidad femenina desde lo generatriz, dibujando permanentemente la figura de la madre presente y el padre ausente como correlatos de lo femenino y masculino, bordando esa metáfora de la madre y sus huachos (que a pesar de leyes de filiación y pruebas de ADN) se resiste a desaparecer. Diamela Eltit ha sostenido, con razón, que una de las singularidades culturales nuestras, radica justamente en “… la maternidad, artesanía privativa del cuerpo de las mujeres, (con) una relación quizás gozosa del cuerpo que crea incesantemente..creación (que) define a la mujer por (las) múltiples gestaciones…de un cuerpo especialmente activo en los sectores sociales signados por las mayores carencias” (2000).
Dentro de ese universo interpretativo de relación entre los géneros, las mujeres han experimentado el conflictivo tránsito de asumirse como dadoras de sentido. En este deambular entre lo público y lo privado emerge en Chile –y uso este término con todo su carga emblemática- la figura de la huacha, ya no en el sentido de una ilegitima al interior de las estructuras del parentesco (ella siempre puede advenir en madre), sino de una sujeto que comienza a interrogarse por la igualdad, abarrancada en un sistema social fracturado, donde las diferencias entrañan iniquidades, desventajas y discriminaciones. Huacha porque los discursos culturales que la construyen como mujer resquebrajan su inclusión tornándola un ser a medio camino, ya no entre naturaleza y cultura –como lo pensaba la antropologa Sherry Ortner-, sino entre lo productivo y lo reproductivo, lo público y lo doméstico. Ese habitar “entre” y el sentimiento de “estar permanentemente en corral ajeno” –como lo ha sostenido Adriana Valdés- es lo que parece definir esta condición de huachas, huérfanas de tradición en las esferas del poder simbólico, económico y político, bastardas en su filiación con el logos, al margen de la lucha por la interpretación del mundo.
Sacrificios y fecundidades. La igualdad y el entramado del poder
Aunque parezca un tema contemporáneo y occidental la difícil relación de las mujeres con el poder no es nueva ni exclusiva, así como tampoco lo es la reflexión sobre las posiciones y espacios que ellas y los hombres deben ocupar en la vida en comunidad. Es extraño encontrar alguna sociedad del pasado o del presente que no haya construido una “explicación”, un relato o un conjunto de creencias que legitimen los desiguales accesos al poder entre hombres y mujeres. Quizás uno de los relatos más significativos sea el de nuestros antepasados selknam, quienes construyeron un andamiaje mítico que ejemplifica de manera prístina algo que permanece en nuestra psiquis ya sea como remiendo, recuerdo o fragmento de un pasado que siempre vuelve. Me refiero al relato que explica las ceremonias de iniciación masculina, el kloketen, y que permitían el paso de los varonesdel estatus de niño al de hombre.
Sintetizando la versión del sacerdote alemán Martín Gusinde (recogida a inicios del siglo xx): Hubo un tiempo, el de los inicios de la vida, en que las mujeres tenían la última y decisiva palabra. Los hombres estaban subordinados y se sometían a las mujeres quienes los obligaban a permanecer en las chozas y encargarse de cocinar y cuidar a los niños. Pero como los hombres eran más fuertes y había muchos las mujeres temían que pudieran rebelarse. Las más astuta de las mujeres era Kra (Luna), esposa de Kran (Sol) quien reunió a las demás, en juntas secretas, y reflexionaron sobre ello por mucho tiempo. Finalmente construyeron una choza muy grande en la que se juntaban a pensar y desde allí vigilaban a los hombres. Cada una de las mujeres pintaba su cuerpo con dibujos especiales y se colocaba sobre su cabeza máscaras de corteza de tal modo que era imposible reconocerlas. Algunas hicieron creer a sus esposos que esos seres descendían del cielo o venían de las profundidades de la tierra, los señalaron con diversos nombres como Xalpen, Soorte, Tanu, y así los engañaron infundiéndoles miedo y terror. De ese modo los hombres quedaron respetuosamente subordinados a las mujeres. quienes los visitaban algunas noches y dormían con ellos, pero la mayor parte del tiempo vivían juntas en la choza grande dándoles órdenes de que cazaran y ofrendaran carnes asadas a los espíritus que eran ellas mismas. El esposo de Luna, era el mejor cazador de guanacos y cierto día, descansando cerca de la choza grande vio a dos muchachas que llevaban los dibujos del espíritu Keternen, éstas reían jocosamente y se burlaban del miedoy estupidez de los hombres, se vanagloriaban de su astucia de hacerlos creer que ellas eran los espíritus. Sol encolerizado les gritó ¡mujeres traidoras, habeis engañado a los hombres¡ las jovenes asustadas se lanzaron al agua y se transformaron en aves acuáticas. Sol juntó a los hombres y les mostró lo que ocurría en la choza de las mujeres. Así tramaron su venganza y armados con garrotes se dirigieron hacia ellas, y cada hombre ultimó a la primera mujer que se le puso enfrente. En poco tiempo, las mujeres y las jovenes estaban tiradas en el suelo, sangrando, muertas. Se produjo entonces un gran cambio, muchas de esas mujeres se convirtieron en animales, en ballenas, en cisnes, en pájaros (que se reconocen porque tienen las mismas pinturas con que ellas dibujaban sus cuerpos). Por último,el Sol tomó un leño encendido y se lo arrojó a su poderosa esposa, mas ella huyó saltando al cielo. Enseguida Sol la persiguió, pero hasta hoy no la ha podido alcanzar, sin embargo aún podemos ver las cicatrices que le dejó en el rostro. Esta historia era narrada en secreto a los niños en una ceremonia en la cual los hombres se pintaban y colocaban las mismas máscaras que las mujeres habían inventando, sólo que ahora a ellas les estaba vedado ese conocimiento.
Muchos han leído en este relato el “testimonio” de la existencia de un matriarcado en los inicios de sociedad humana, pero no hay verificación antropológica sobre ello (mucho de lo que se ha entendido como matriarcado es más bien la presencia de una organización matrilineal en donde son los hermanos de la madre los que transmiten a sus sobrinos la tierra, los bienes, etc.), tampoco esas sociedades que algunos denominan matrísticas por la presencia de cultos de la fertilidad a través de diosas madres arrojan evidencia de un matriarcado, porque se necesitan más factores (como los económicos y políticos) que los puramente religiosos para construir un poder hegemónico.
Hay muchos mitos que dan cuenta que las diferencias sexuales son un problema. Francois Heritier, por ejemplo, trae a nosotros un relato africano en el que no se habla ni del poder de las mujeres ni el de los hombres, sino de su separación espacial: un dios les prohibía verse y había extendido en el suelo un gran tapiz de hojas secas que los dividía. Así no podían reunirse sin hacer ruido y delatarse como infractores ante el dios. Pero los hombres no podían sujetar su deseo y humedecieron las hojas, entonces se arrastraron sin hacer ruido y se juntaron con las mujeres. Cuando el dios se dio cuenta, ordenó que vivieran juntos con todos los inconvenientes que ello les acarrearía.
Se aprecia entonces que estas interrogantes poseen larga data. En el caso de los selknam, se sabe por Anne Chapman –una estudiosa contemporánea-, algo que “curiosamente” el sacerdote Gusinde no registró: que las mujeres vivían bajo un regimen de gran opresión, y sujetas a la violencia físicay que incluso el marido podía asesinarlas sin recibir sanción alguna. Además, eran sometidas en las ceremonias de iniciación a la masculinidad, a verdaderas sesiones de terror inflingidas por las máscaras, esos antiguos espíritus femeninos. Así los mitos son el gran velo que legitima, envolviendo, las relaciones sociales de poder entre los géneros, o como sostiene Herietier “El mito declara explicitamente que toda cultura, toda sociedad está fundada en la desigualdad sexual y que esta desigualdad es una violencia”.
En general el pensamiento simbólico de los distintos grupos humanos sobre las relaciones de género se construye de manera binaria y en oposiciones cuyos polos casi siempre sitúan a lo femenino en un lugar de menor valoración y prestigio, o en un sitio sospechoso, peligroso o contaminante. Una de las explicaciones que se ha tejido es que las desigualdades de género se anclan, en gran medida, en la fecundidad, ya que el dominio masculino “consiste en el control y apropiación de la fecundidad de la mujer”. De allí que desde antiguo, el locus de la vulnerabilidad anide en su cuerpo.
La noción de sacrificio puede servir ahora para colocar un nuevo sedimento a esta suerte de microantropología de lo psíquico que opera en nuestra memoria y que el mito selknam nos actualiza. Aquello femenino que debe reprimirse es algo que tiene mucho poder: me refiero al poder de la procreación de la especie humana que las mujeres portan, eso que se llamó al comienzo, su capacidad de dadoras de la vida. En el mito, el “ escándalo” es que esas mujeres se situaron, además, en el papel de donadoras de sentido: crearon ritos, ceremonias, espíritus, relatos y los usaron para producir una política de dominación. Por ello, se las debe sacrificar, inmolar y a la vez ocultar el que alguna vez tuvieron ese poder. Así se las domina en nombre de los propios símbolos que ellas crearon. Sin ir más lejos, el relato bíblico sobre los orígenes ¿ no nos habla acaso del castigo, el sacrificio, que se nos impuso por la desobediencia femenina: es decir, conocer la muerte, dejar el paraíso, parir con dolor?. Nótese que esa desobediencia tenía que ver de nuevo con el deseo de acceder al sentido (el árbol prohibido, era el árbol de conocimiento).
Horst Kurnitzky ha sostenido que la cultura se ha erigido en base al sacrificio femenino, primera ofrenda que inaugura la reciprocidad entre los hombres y los dioses, que permite luego la circulación primaria de los bienes y su posterior acuñación. Sacrificio arcaico que será sustituido, vicariamente, por los productos del trabajo humano y luego por su símbolo: las monedas y el dinero. Así cuerpo sacrificado, cuerpo donado, que origina el intercambio y la fetichización de las relaciones sociales; pero siempre fantasma que reaparece como amenaza del orden basado en la preeminencia de lo masculino. La maternidad (la construcción cultural de la fecundidad), entonces, será para las mujeres al mismo tiempo el centro de su poder y de su subordinación. Sabemos que la noción de sacrificio en general ha sido el tinglado de un devenir humano entrampado en la muerte del otro como justificación de la vida de los demás (¿no son acaso las guerras el síntoma de ello y los ejercitos la institución que legitima el sacrificio –la muerte- como producción del orden?, recordemos que nosotros vivimos en un tiempo no lejano la experiencia de que bajo la oposición orden- caos se justificó el asesinato y la represión), por ello cuando hablamos del sacrificio de lo femenino lo decimos en sentido real y figurado: como represión y negación de su capacidad de sujeto, como confinación a un único destino: el de su cuerpo.
Los espejismos de la igualdad, la rebelión y la tensión moderna
Sin duda la emancipación de las mujeres ha constituido una de las profundas mutaciones a las que ha asistido nuestra sociedad. En el pasado la posibilidad de ejercer los derechos políticos y civiles,el acceso a la educación, el derecho al trabajo y a la propiedad de los bienes; en el presente la contracepción, el derecho a disponer del propio cuerpo, la violación considerada como un atentado, el acoso sexual, entre otras conquistas constituyen los argumentos que el sentido común enarbola para sostener que las mujeres ya están en relación de igualdad con los hombres.
Sin embargo, sabemos que la inclusión contractual de esos derechos no ha significado una transformación de la discriminación, segregación y desigualdades y más aún que ellas se rearticulan en torno a los nuevos rostros que adquiere el orden social. Sobre todo en nuestra compleja realidad mestiza, de estilo oxolotl –comodiría Monsivais- o para usar el bestiario nuestro, estilo imbunche ( un ser cocido, que salta en un pie y que es el fetiche maldadoso de los brujos); los derechos y su conversación social son antes que la puesta en escena de una reflexión y discusión participativa, un asunto en el que el poder interpretativo de las instituciones pugna por clausurar, obturar y cerrar cualquier insterticio por donde se pueda derramar un poquito de “insolencia” y desorden. La no resolución legal de las prácticas abortivas, la píldora del día después es un ejemplo, entre muchos de esta extraña modernidad –imbunchada- que nos asiste.
Mas leo el núcleo, el nudo fontal de las desigualdades entre mujeres y hombres en nuestro viejo tema del control de la fecundidad y en la circulación y control de los cuerpos femeninos. Esto es: hasta ahora las políticas sociales se han acantonado en la reproducción de la cualidad materna de las mujeres. Es decir, es la virtualidad de cada mujer como madre la que se quiere “preservar” (el pre y post-natal y los derechos que implican; premios a las empresas que favorecen a las madres; jardines infantiles en las instituciones, el acceso a la educación de las madres adolescentes, etc). Estos derechos son por cierto muy importantes, pero poseen una contracara:favorecen la existencia de un modelo donde la paternidad no es parte central de la constitución masculina. Y de manera más profunda lo que esconden es la legitimación de un sistema de género que asigna exclusivamente a las mujeres el universo de lo reproductivo (con ello se hace referencia no sólo al parir sino a todo el trabajo de mantención o administración del orden doméstico y de crianza de los hijos e hijas). ¿Es que acaso los hombres no son biológica y socialmente padres, o quizás la sociedad piensa que su función es más que nada tener descendencia (trascender), pero no asumir el trabajo que implica?
Esta acentuación del modelo de madre presente y padre ausente, ha tenido como consecuencia no la igualdad sino la ampliación perversa de las esferas del trabajo femenino y como las huachas están permanentemente asediadas por esa sensación de estar en lo ajeno, en el ámbito de lo público, se esfuerzan (autoexplotan) doblemente en todo tipo de labor productiva, por lograr legitimidad. El resultado visible, desde una óptica de la antropología del género, es que más allá de las dobles o triples jornadas, los cambios no han implicado que transitemos de una identidad relacional a una de estatus sino que ésta última se resemantiza en la primera. La desigualdad con los hombres, en este plano, es evidente y hace encallar los intentos por superar los desequilibrios.
En el último informe del PNUD (2004) este problema aparece de manera cristalina. Los entrevistados y entrevistadas asumían que el poder actual de las mujeres era innegable, caracterizándolo como un “mando inteligente, entretenido, no autoritario, amigable”, de una “conducción suave”. Esta capacidad estaría relacionada con el sentido femenino del sacrificio: las mujeres pueden renunciar a sí mismas para entregarse a los demás (pp.111). Pero, el informe constata que a pesar de ello, no se sienten cómodas en el mundo del poder ( ¡el síndrome de la huacha¡). Por su lado, los hombres se muestran perplejos ante este nuevo dominio que experimentan en la vida cotidiana del trabajo y en la familia, “..hay una suerte de descolocación y lenta adaptación a un nuevo orden, el cual está todavía en plena constitución” (112).
¿Cuál es ese nuevo orden? ¡Sin duda no es el de nuestro mito selknam¡ Desde nuestras observaciones lo que se atisba es más bien el surgimiento de lo que hemos llamado el “neomachismo”, una resignificación de las viejas prácticas del dominio masculino que obedece a la respuesta de los hombres ante la pérdida crecientede su propio poder. Es claro que la mayor autonomía de las mujeres, la instalación de discursos culturales que condenan el machismo y el proceso femenino de ocupación de la casa y la calle que he descrito anteriormente, comienza a poner en cuestión el papel tradicional de los hombres. Sin embargo, se constata que tras las declaraciones “políticamente correctas”, de la discriminación positiva y de una mayor aceptación de la participación de las mujeres en la construcción del destino común, las mujeres –y así lo demuestran las cifras- son igualmente segregadas, ganan sueldos más bajos, son objeto de violencia y en general su condición es desmedrada en relación a los hombres. Hay una frase que el propio informe del PNUD destaca y que ilustra, de manera notable, el neomachismo: “Quiero que me vean como el que manda, pero no quiero mandar”.
¿Cómo se explica esta tensión? Quizás desde lo simbólico y en lo político. En el primer caso, se ha hablado de la circulación de los cuerpos femeninos como elemento fundante de lo social (las estructuras de parentesco), aludiendo al intercambio de mujeres entre grupos de hombres. Se sabe que aún la sociedad organiza la procreación de ese modo y que a pesar de las nuevas tecnologías reproductivas, la gente sigue casándose o emparejándose para formar núcleos de descendencia, y lo hace dentro de estructuras determinadas. Sin embargo, lo que se aprecia hoy día, al interior del modelo neoliberal que enmarca nuestra existencia, es que los cuerpos femeninos circulan ya no sólo entre linajes masculinos, sino entre empresas, trasnacionales de diverso orden, que por un lado necesitan de su imagen para vender, pero también necesitan convertir esos cuerpos en productos estandarizados. Las industrias cosméticas, de la moda, de la alimentación, farmacéuticas, deportivas, etc. crean imaginarios sobre el cuerpo femenino (“ser bellas por dentro y por fuera” como dice María Elena Acuña), reproducidos hasta el cansancio a través de otra industria, la cultural, en su vertiente de los medios de comunicación,imponiendo modelos de mujerque sirven para aumentar las ganancias de sus negocios utilizando como telón de fondo nuestra entrada a la modernidad. Así nos enfrentamos a una ética y una estética con la que,como dice Diamela Eltit “… se justifica el desenfreno del capital y el agobio consumista desigual, mediante el que se violenta el cuerpo social para despolitizarlo” (2000).
Así mientras más “liberación”, más simbólica femenina como objeto circulante, como cuerpo de deseo y como cuerpo de posesión. Ello porque el mercado y sus adalides saben que la prisión cultural que limita a las mujeres a su presencia física en el mundo ha sido el resorte simbólico de la reproducción y de la acumulación deriqueza y poder social. Nos enfrentamos así a la construcción de una identidad femenina sobresaturada, exigida y envuelta en una serie de presiones cuyo resultado es una nueva vulnerabilidad. Las altas tasas de depresión y de enfermedades que afectan especialmente a las mujeres –un último informe sobre las Isapres da cuenta que las que más los padecenson las que poseen mayor nivel educacional y mejores ingresos- evidencian la “incomodidad” que las aqueja. Ese “malestar” femenino, que en el pasado se canalizó vía movimientos por alcanzar derechos e igualdad, hoy –como muchos movimientos sociales- no opera sino como rebelión –en el sentido de Camus- (..una toma de posición que cuestiona desde sus raíces el mundo, citado por Hinkelamert: 161), o bien como protesta autosacrificial (la anorexia, la bulimia, el acoholismo, el stress, por ejemplo).
Como se ve, entender las tensiones y contradicciones entre hombres y mujeres, su construcción identitaria y sus posiciones desiguales supone analizar la historia de los signos que las formulan, pero de modo crucial comprender esos signos en su inexorable vínculo con un determinado modelo económico, y el de hoy es el de la acumulación global del capital (Hinkelamert).
Arribando al plano de lo político, de los conflictos por la interpretación de los mejores caminos hacia el bien común, reiteremos que las relaciones de género son relaciones sociales de poder y por eso es preciso problematizar los modos en que lo político incide en la mantención o superación de las desigualdades. Y acá es necesario retomar el diálogo inicial con el texto de Gabriela Mistral. En primer lugar, el discurso liberal chileno ha construido la noción de igualdad entre hombres y mujeres sólo en el ámbito de lo público dejando intocado el privado. En ese sentido no asume que el locus central para el logro de la igualdad radica en esa esfera, lugar donde se transmiten, aprenden y experimentan las desigualdades y los discursos que las legitiman, pero también en el que se generan resistencias y contrarespuestas. Por otro lado, la política liberal descansa conceptualmente en “la mujer” sin internalizar el concepto de género (la relacionalidad entre hombres y mujeres) y por ello produce efectos no esperados (como las tensiones y paradojas descritas). Es claro que asumir el concepto de relaciones de género implica cuestionar los modelos dominantes de ciudadanía, política y sus correlatos en el sistema económico. Realizar este gesto supone una rebelión, en el sentido ya mencionado, y el estado liberal de la cuestión hoy día es más bien el de naturalizar el sistema global de acumulación, resignarse a su profundización porque hay un gran mito que lo legitima: el del progreso infinito, liderado por el Dios del progreso como dice Hinkelamert. Así hay que confiar, casi a ciegas, en que poco a poco se alcanzará, vía el mercado, la utopía de una sociedad igualitaria.
Un punto de vista femenino puede ayudar a la desacralización de ese mito, que esa idea mistraliana de la feminización de la democracia quizás, releida, haga vislumbrar un camino. La reflexión feminista al respecto ha opuesto la “ética del cuidado” a la “ética de la justicia”. La primera contempla el conjunto de valores basados en la experiencia de las mujeres, propugna una política guiada por el amor, el reconocimiento de las necesidades del otro, y el modelo social de la madre. La ética de la justica, supone la ciudadanía moderna y una igualdad civil masculina e individualista.
Estas concepciones duales no superan el problema, pues esencializan las identidades. Sabemos que las identidades no son transparentes, y que las personas nos construimos como sujetos múltiples que experimentamos el ser mujer u hombre desde una clase, una edad, una pertenencia étnica y un contexto histórico. Si se logra avanzar desmontando esta “naturalización” de las diferencias se podrán superar las discriminaciones. No será entonces uno de nuestros rasgos el que nos defina, sino los múltiples posicionamientos que tenemos en la vida social y la comprensión que es la cultura, es decir nuestra propia capacidad de simbolizar, jerarquizar y distribuir los valores quien edifica las categorías de lo femenino y lo masculino.
Entonces, siguiendo el pensamiento de Chantal Mooffe, el problema radica en la adscripción a lo que ella denomina una democracia radical que persigue la libertad y la igualdad para todos y todas. Eso supone tener muy claro en que momento, por ejemplo, la categoría mujer o femenino se construye como diferencia que entraña desigualdad y como se legitiman relaciones de subordinación a partir de esa diferencia. Así se puede admitir que pueden coexistir distintas formas de ciudadanía en la medida en que hay múltiples formas de dominación. La propia Mouffe planteará que para que una política feminista supere el esencialismo debe luchar por transformar los discursos, prácticas y relaciones que construyen la categoría mujer como escenario de la subordinación, y como lucha contra todas las demás formas de opresión (étnicas, de clase, de opciones sexuales, etc.).
Esta solución, sin embargo, no responde completamente al nudo que se ha planteado, que es el vínculo de las mujeres con el sentido. El mito selknam sitúa el tema dentro de una concepción pre-moderna donde el poder se tomaba por la fuerza y su legitimidad se hacía en base al terror; la Mistral proponía algo más moderno: participar del poder portando la especificidad de lo doméstico y lo materno, y las ideas post-modernas más bien alientan a una autonomía del poder. Sin embargo, en la medida en que no deconstruyamos las bases en que se asientan las dominaciones de unos sobre otros será imposible alcanzar la igualdad entre los géneros, si no se comprende que la diferencia (de género, de clase, de etnia) no tiene por qué implicar desigualdad, nada se sacará con tener o luchar por el poder. Una mujer que no posea conciencia de su posición de género -y de “ese trabajo por dentro” al que aludía la Mistral y que a veces conduce a a la mujer a reproducir la dominación simbólica – dificilmente podrá aportar una “política diferente”, escasamente podrá “feminizar la democracia” porque simplemente remedará los gestos del poder. Si se resemantiza lo femenino -construyendo una nueva cartografía de casa y calle- y se pone en valor esa posibilidad de constante subversión del orden, esa capacidad de convivir con lo sagrado materno, pero a la vez con sus delirios y espamos, como dice la Kristeva, quizás se pueda elaborar un nuevo horizonte utópico donde dar el sentido y dar la vida no sea concebido como un “escándalo” sino como un aporte civilizatorio. Dar la vida las hace justamente estar al lado de aquello que fecunda, pero dar el sentido las haría quizás más poderosas en el desmontaje de los mecanismos que, mediante el sacrificio han construido el orden social y se avanzaría en representaciones identitarias y políticas más plurales, más abiertas y más felices.
La literatura es quizás uno de los espacios de producción de sentidos donde es posible destejer ese trabajo de la cultura, por ello y para finalizar, se presenta un poema de Delia Dominguez que resume, de otro modo, algo de lo que aquí se ha dicho: “Requiem porque murió la Rita” Pero no la Hayworth, ni la etiquetada Tres Medallas, tampoco la de Casia abogada de los imposibles. Esta es la que gritó en Misa de Doce: “yo soy humilde y, tú ¿eres humilde? ¿quién es humilde aquíiii?.. la que provocó parálisis de lengua y silencios perpetuos. La Rita mía creció sin garantía en los caminos, loca y valiente como perra de circo…La Rita “Murió de ausencia en un psiquiátrico de Santiago” y la escritora le ruega: “Rita, por favor, no descanses en paz. Sigue preguntando desde arriba, ¿quién es humilde aquí?..a lo mejor, algunos duros podrían responderte, entonces pasarías de loca a milagrera. ¿Qué te parece Rita de Corales? No descanses, aunque sea en homenaje al circo”.
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Prof. Sonia Montecino Aguirre
Antropóloga y escritora
Profesora Asociada
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