RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

martes, 18 de mayo de 2021

Historias de vida & Violencias machistas: De víctima a superviviente


Fuentes: JotDown

Cuatro mujeres que han sufrido violencia machista cuentan su historia. No como víctimas sino como supervivientes de una sociedad y un sistema que las ha cuestionado y las ha convertido en ello.


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Jèssica. Fotografía: Guillem Valle.

«Lo siento, chica, la vida es dura. Yo no sé cómo estás ni quiero un informe del amigo de papá que diga que la niña no está bien». Esta fue la respuesta de la jefa de estudios de la facultad donde Jèssica, de veinticinco años, está estudiando. Hacía poco más de un año que había sido violada por dos desconocidos en los alrededores de esta facultad, de noche, cuando iba a buscar el coche para volver a casa. Cuando acabe la carrera llevará estos hechos a los tribunales. Mientras se reserva, comienza a narrar su historia: «Caminaba sola y sentí que me llamaban pero no hice caso. Ni me giré, pero eran muy insistentes y me puse nerviosa y caminaba más deprisa. De repente noté que me tiraban del pelo y el cuello. Fue muy rápido. Me estaban ahogando y me empezaron a pegar; primero, en la cara, y después por todo el cuerpo». Inspira y continúa: «Me decían que no me girara y cuando intentaba defenderme me pegaban más fuerte. Me destrozaron la cara, la mandíbula, un ojo, y el cuello me quedó marcado. No les vi la cara». Pausa larga: «Me arrancaron la ropa y me agredieron sexualmente». Con los ojos anegados, baja la mirada. «Notaba que tenía mucha sangre en la cara, todavía no sé cómo, di una patada y huí corriendo sin mirar atrás. Subí al coche y, hasta llegar a mi pueblo, no recuerdo nada más». 

Desde entonces no ha dejado de luchar ni un solo día para salir del infierno en el que la hundieron aquellos dos hombres. A pesar de la insistencia de la familia, no quiso denunciarlo y reconoce que no sabe muy bien por qué, que tal vez tenía miedo de tener que admitir los hechos. Y conocía casos de chicas que no se habían sentido bien tratadas durante todo el proceso y en ese momento no se sintió capaz de afrontarlo. A los dos meses inició terapia con un psicólogo e intentó seguir la vida que llevaba con normalidad. Un año después, sin embargo, la violencia sufrida se manifestó en una depresión que la llevó a tener pensamientos suicidas. Explica que el trato que recibió de la facultad, la mala atención del departamento de psiquiatría del Centro de Atención Primaria (CAP) de su pueblo, así como comentarios del entorno, la hundieron aún más. La jefa de estudios negó el cambio de grupo porque consideraba que las razones de Jèssica no tenían suficiente peso: «La vida es dura, pero es que ya hace un año de todo eso», le respondió. Ir al grupo de tarde le suponía tener que hacer, de noche, el mismo recorrido del lugar donde la agredieron. Finalmente, a medio semestre le concedieron el cambio, no sin recordarle: «Ya veremos si apruebas esta asignatura». Terminó el semestre, aprobando la asignatura, y aquel curso no se volvió a matricular. En plena depresión, era incapaz de levantarse de la cama y no podía dormir. El psicólogo le recomendó que fuera al CAP para que le dieran medicación. Allí se encontró otro muro: «Me recetaron una medicación que me hizo una mala reacción. Intenté volver a ver a la psiquiatra, hasta que fui personalmente y la recepcionista me dijo: “¿Crees que la gente no tiene vida social? Cuando pueda ya te llamará”». Y nunca la llamaron.

«No están nada preparados para tratar con víctimas de agresiones sexuales. Las personas que trabajan en servicios públicos o instituciones deberían tener unos mínimos. Me estaban hundiendo, ¡me hacían sentir culpable por estar mal!‏», exclama ahora con la mirada oscurecida. «Yo solo quiero volver a ser la de antes, no quiero estar marcada por este hecho. Lucho cada día para salir adelante, pero la sociedad no me ayuda». Y remarca: «Hoy estoy aquí gracias a mi pareja, a mi familia y a mí misma, que soy la persona más valiente del mundo. Si fuera por el trato externo, me habría quedado encerrada en esa habitación sin ganas de vivir». Reflexiona que se siente mal por no haberlo denunciado y que todas las mujeres deberían hacerlo, pero que, después de todo a lo que ha tenido que enfrentarse, no sabe qué haría ahora: «Y es triste pensar así, pero quiero que se sepa cómo me siento y cómo me han tratado unos servicios que de alguna manera, dentro de su ámbito, tienen una parte de responsabilidad porque tienen que acompañar, ayudar, sanar. Y no juzgo a las personas, sino que critico el sistema. Se me ha victimizado constantemente cuando yo necesito justo lo contrario para poder superarlo».

En España se denuncia una agresión sexual cada ocho horas. Según los datos oficiales del Ministerio de Interior, en el año 2016 se computaron 1127 agresiones sexuales con penetración, tres al día. Se estima que la cifra negra en torno a este delito es muy alta ya que solo un 20 % de la mujeres que han sufrido una violación lo denuncian. Cuando una mujer ha sido víctima de una agresión machista, necesita un proceso de recuperación. Una de las consecuencias más frecuentes es que desarrolle un trastorno de estrés postraumático que en el peor de los casos puede ser crónico. La respuesta de los equipos profesionales que tratan con la víctima, policía, SEM, judicatura, servicios sociales, es muy importante para esta recuperación, así como la de responsables de centros públicos donde la víctima tiene un vínculo fundamental para su desarrollo social. La realidad, sin embargo, es que muchas mujeres tienen que tratar con personas que no están preparadas para atender a víctimas de violencia machista. No entienden el impacto psicológico que supone haber sido agredida sexualmente en el portal de casa, golpeada y forzada por dos desconocidos en una calle oscura o anulada, maltratada y violada día tras día durante años.

En Europa un tercio de las mujeres han sufrido violencia sexual a manos de una pareja o expareja, siendo las agresiones a manos de desconocidos las que representan el porcentaje más bajo. «Después de una agresión se pide a las víctimas que, de manera casi inmediata, cuando están todavía con una grave afectación por la agresión sufrida, lo denuncien», dice Carla Vall, abogada penalista y miembro de Mujeres Juristas de Cataluña. «Pero la denuncia no tendría que estar al principio del camino sino al final del proceso de recuperación. Las mujeres saben que el procedimiento judicial es lento, complicado y lleno de dificultades, por lo que no se puede exigir que atraviesen dos procedimientos llenos de agravios y paralelos». Y añade: «La sociedad debe aspirar a destruir el estigma de ser víctima de violencia sexual y atribuir una nueva identidad, llena de reconocimiento, la de supervivientes».

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Angie. Fotografía: Guillem Valle.

Angie es enfermera y tiene veinticinco años. Una noche fue agredida por un desconocido en el ascensor de su casa. «Subió conmigo, me agarró por detrás y me empezó a dar golpes muy fuertes. Me defendí con todas mis fuerzas. Me arrancó la ropa y me tocaba por todas partes y le dije con furia: “Antes me matas que me violas”. Me hacía mucho daño, pero yo no dejaba de luchar. Finalmente, se abrió la puerta y con una pierna la pude aguantar. Yo gritaba mucho y los vecinos salieron a la escalera y al ver la situación reaccionaron y redujeron al agresor hasta que llegó la policía. No sé cuánto tiempo duró». Explica que la actuación de la policía y la ambulancia fue correcta, y denunció la agresión. Esperó más de un año para el juicio. Los días posteriores al ataque quiso hacer vida normal creyendo que «estaba bien», pero cuando comenzó un tratamiento psicológico —en el servicio de la Oficina de Atención a la Víctima del Delito de los juzgados de Barcelona (OAVD)— se dio cuenta de que no lo había superado. Cuatro años después, cuando ve a un hombre por la calle con características similares a las de su agresor se angustia. «La policía me contó que el chico no había conseguido penetrarme porque era un principiante y me molestó que nadie, ni de mi entorno, señalara la posibilidad de que no lo hubiera hecho porque me defendí mucho. Y tuve que oír comentarios que cuestionaban por qué volvía a casa de madrugada o me preguntaban cómo iba vestida». Cuando recuerda el proceso judicial, se inclina hacia la mesa y explica, indignada: «Fue muy lento, frío y estuve muy poco informada. Al abogado de oficio solo lo vi una vez y no estaba especializado en casos como el mío. No tenía ni idea de cómo me sentía yo. Además, el juez denegó la petición de poner un separador en la sala del juicio. Sentí mucha angustia pensando que tendría que volver a ver al agresor y, peor aún, si él no recordaba mi cara, entonces la tendría muy presente. No puedo describir cómo me hizo sufrir eso». Y destaca una desazón que tendrá que afrontar durante muchos años: «A mi agresor, aparte de prisión, lo condenaron a pagar una indemnización fraccionada, y durante treinta años, cada mes, tendré que recordar que fui agredida sexualmente en el portal de mi casa. Treinta años».

Rubén Sánchez, psicólogo de la OAVD y agente de igualdad, explica el impacto sobre las víctimas cuando se deniega una mampara en un juicio: «Puede afectar la declaración judicial. La inquietud, la angustia, el malestar pueden condicionar el estado de la víctima durante las preguntas y llegar, incluso, a bloquearla y perjudicar la declaración. En algunas ocasiones he sido testigo de situaciones que han desembocado en una crisis de ansiedad y se ha tenido que detener el juicio. La mampara es un medio, junto con la videoconferencia, que tiene que estar dentro del procedimiento de manera ordinaria, no puede ser excepcional».

Xihui ha tenido que afrontar un proceso judicial largo durante el cual se tuvo que defender a sí misma porque nadie le informó verbalmente de su derecho a disponer de un abogado de oficio. A pesar de que en el atestado policial sí consta que la víctima había sido informada de ello. Xihui, de veintidós años, hacía un año que estudiaba en Barcelona, había venido de Alemania y no entendía de procesos judiciales, pero tuvo que aprender deprisa. El agresor la atacó de madrugada: «Estaba entrando en el portal de casa y él se hizo pasar por un vecino más. Me agredió por detrás. Me siento muy orgullosa de mí misma, luché muchísimo». Se retira el pelo negro hacia un lado con un gesto de confianza y continúa: «Me hacía mucho daño, estaba tirada en el suelo y luchaba por mantener la puerta abierta del ascensor. Él me hacía de todo y me arrancó la ropa y… Bueno, en ese momento entendí cómo soy de fuerte. Me defendí tanto que se asustó y huyó». Corrió a cerrar bien el portal y, escondida y muy asustada, llamó a una amiga. «No quería que me viera nadie, no quería causar problemas a la comunidad y, sobre todo, a la señora mayor con quien vivía. Mi amiga me convenció de avisar a la policía. Llegaron enseguida y ya dentro de la ambulancia les hice la descripción del agresor. Lo encontraron dos semanas más tarde». «Durante todo el procedimiento me sentí sola e impotente. Pero entendí que el juicio era una oportunidad que tenía para defenderme y lo hice enérgicamente». También le denegaron un separador: «Notaba su mirada fija pero no me giré en ningún momento. Estaba muy nerviosa y sentía rabia por dentro, pero contesté todas las preguntas que me hizo el abogado defensor, incluso las más insultantes y humillantes. Casi no me dejaba hablar e insinuaba con firmeza que yo estaba confundida y que seguramente no era cierto que había habido penetración digital. Eso me ofendió mucho». Y añade, agravada: «Sobre el tema de la penetración, aunque no sea de pene, es una penetración. Pero tuve problemas con el informe forense que me hicieron en el hospital porque omitieron este hecho y me sentí muy mal. Cada detalle era muy importante. Y en el juicio, aunque insistí en los hechos, no lo tuvieron en cuenta». Llorosa y con un tono de rencor recuerda las muchas veces que fue a la Audiencia Provincial de Barcelona a pedir información sobre el estado de su caso. «Salí llorando de allí tantas veces… Ni un solo funcionario de aquel edificio me trató con atención. No conseguí nunca nada».

Dos años después del juicio recibió una carta de la OAVD de los juzgados de Barcelona en la que le informaban de que tenía derecho a recibir atención psicológica. Habían pasado tres años de la agresión. Sánchez subraya la importancia de recibir atención psicológica inmediata: «Una superviviente de una agresión machista puede desarrollar un trastorno de estrés postraumático crónico con graves consecuencias para la salud mental y la calidad de vida. Se puede hacer prevención y evitar que pase de agudo a crónico con una buena intervención lo antes posible».

Xihui explica que a raíz de lo que le pasó entró en contacto con otras víctimas de violencia sexual, y constató la falta de apoyo social y humano que reciben. «En este país me he dado cuenta de que las personas no son educadas para tener la capacidad de defenderse», reflexiona. Y añade que «las víctimas no deberían sentirse avergonzadas ni culpables por haber sido agredidas, sino que deberían defenderse en un juzgado y si es necesario también de la sociedad».

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Silvia. Fotografía: Guillem Valle.

Silvia. «Llegué al CAP y cuando la médico me hizo un reconocimiento y vio las lesiones internas y externas que tenía, me dijo: ¿Lo denuncias tú o lo hago yo?». El cuerpo de Silvia delataba la violencia que había estado sufriendo durante dieciocho años a manos de su pareja. Con el informe médico que concluía que padecía «síndrome del maltrato», fue a interponer una denuncia a su agresor. No se la admitieron por falta de pruebas. «¿Quieres decir que si vuelvo otro día con la cara destrozada o el brazo roto me la aceptaréis?», le dijo a la mosso de esquadra que la atendió. «Sí». En ese momento su agresor la llamó, le pedía que volviera a casa. «Me das miedo», respondió ella temblorosa. «Tú no tienes ni puta idea de lo que es tener miedo, ahora lo sabrás». Aunque la mosso fue testigo de la amenaza, la respuesta fue la misma. La negativa se repitió en una segunda ocasión. Era el año 2009. Silvia, de cincuenta y un años, licenciada en Derecho, entendió enseguida la situación: «Estaban vulnerando mis derechos como ciudadana». Escribió a la Consejería de Interior de la Generalitat de Cataluña y el propio conseller se puso en contacto con ella y se aseguró personalmente de que pudiera tramitar la denuncia.

Relata una odisea judicial e institucional, a ratos airada, a ratos se le entrecorta la voz y pide perdón porque llora, y en otros le sale aún más la rabia por todo el dolor que esta situación le está causando. «Cuando caí en manos de las instituciones, vi claro que de entrada yo era culpable y tenía que demostrar que el culpable era él», dice. Durante los años de horror en los que su pareja, poco a poco al principio y desenfrenado los últimos tiempos, la estuvo anulando, humillando, controlando, le estuvo pegando y abusando de ella físicamente, nadie de su entorno la ayudó. La hacían sentir responsable. Y ella, confundida, cedió a su agresor y aceptó aquella culpa. «Me disocié: en casa era una mierda, una mujer que se merecía esa violencia porque no era digna de ser tratada de otra manera, y en el trabajo ocupaba un cargo de responsabilidad como international manager y me valoraban. Eso fue un detonante de la agresividad de mi expareja». La violencia que ejercía sobre Sílvia era sobre todo psicológica, pero también física: las palizas y los golpes siempre parecían accidentes, excepto las agresiones sexuales. «Cuando me pegaba, él siempre justificaba cada golpe y yo lo aceptaba. Tenía cinco perros a los que quería por encima de cualquier cosa —ahora sólo le queda Shy— y él les pegaba mucho, los maltrataba para hacerme daño a mí y, cuando me ponía delante para protegerlos me pegaba a mí, muy fuerte: “¿Lo ves? Has recibido golpes porque te lo has buscado”, me decía». Sílvia estaba tan anulada que, por una parte, reaccionó a aquel infierno asumiendo que no podía ver sufrir más a sus animales, mientras que, por otra, comenzó a tener «pequeñas alarmas» que le hacían ver que «realmente él era muy peligroso». Explica tensa: «Una noche volvió muy colocado, comenzó a insultarme, me agarró mientras me amenazaba con un objeto contundente con mucha furia, estaba fuera de sí. Aterrorizada, me encerré en una habitación y puse un mueble delante de la puerta. Me pasé horas ahí. Estaba a oscuras y él gritaba: «¡No me hagas esto!». Como pude me escapé y corrí al coche. Cuando estaba a punto de entrar, él me atrapó y me suplicó que no me fuera, que no me haría nada. Yo no sabía dónde ir y ni siquiera llevaba la documentación encima. Me quedé. Durante una semana hice como si nada y un día me miré al espejo y, literalmente, no me vi. Me asusté tanto que mi cerebro hizo una especie de clic y entendí que tenía que ponerle fin. Pero todavía tenía una percepción sesgada porque entendía que era culpa mía, hasta que un día vi un vaso sobre la mesa y me di cuenta de que no tenía la distancia que él querría con el borde de la mesa y lo moví. «Lo mueves porque tienes miedo», pensé. Decidió que la mejor salida era la muerte. Mientras preparaba el suicidio, en silencio, de repente alguien la rescató: «Una amiga me llamó y me dijo que al día siguiente venía a comer. Pensé que era una buena ocasión para darle mi testamento». Pero la amiga tenía otros planes: apenas abrió la puerta se encaró al agresor mientras Sílvia, con un ataque de ansiedad, se encerró en la habitación hasta que, finalmente, esa mujer se la llevó mientras de fondo se oían los gritos del agresor: «¡Si te vas haré que te pegues un tiro!».

Se instaló en casa de la amiga. Y poco a poco comenzó a asumir qué había estado pasando durante todos esos años y por primera vez habló de ello. Inmersa en un desconcierto absoluto, vio cómo enfermaba gravemente y perdía el trabajo, mientras su agresor continuaba viviendo en su casa y le vaciaba la cuenta corriente. Confiada en que el sistema judicial la ayudaría, sacó fuerzas de donde creía que ya no quedaban y luchó para recuperarlo todo. Su casa, su vida, a ella misma. Pero no fue así. «A pesar de que estaba de baja, constaba que tenía trabajo, así que no tenía derecho a abogado de oficio y, haciendo investigación, supe que había un servicio de atención a la mujer en Barcelona, el PIAD (Punt d’Informació i Atenció a la Dona). Allí me proporcionaron una abogada especializada. Confié en ella, pero no me ayudó nada. Casi no estuvo pendiente de mi caso, no me contestaba los correos, las llamadas y, peor, insistió para evitar el juicio y pactar con el agresor. Yo no entendía nada. Estaba absorta». Y tuvo que sacar todavía más fuerzas, de no se sabe dónde, para defenderse a sí misma; de todo y en los tribunales.

Se enciende un cigarrillo, toma un trago de café y relata pausadamente: «En el juzgado de la mujer primero me juzgaron a mí y tuve que demostrar que yo era la víctima. Durante la fase de instrucción, que se prolongó muchos meses, el día a día de mi agresor como imputado no se alteró: tenía su trabajo, continuaba viviendo en el mismo domicilio, malgastaba mi dinero y estaba obsesionado conmigo. ¿Quién me protegía? El fiscal, durante la vista en la que se decidía si se daba credibilidad a mi denuncia, me preguntó si me constaba que mi expareja tuviera arma de fuego en casa. “No”, dije. Y no consideraron mi caso como una situación de riesgo para mi vida. Durante la entrevista clínica, el forense al principio fue muy brusco y me cuestionaba y me tenía que defender de él, pero enseguida vio mis secuelas, sobre todo psicológicas, y cambió de tono, fue amable y pidió un separador para el juicio». Y añade: «El proceso se ralentizó mucho por incompetencia del sistema e incluso algunos funcionarios me lo admitieron. Tuve que insistir para estar informada y menos mal que soy abogada y entendía los procesos, pero pensaba en las mujeres que no saben nada de esto y van perdidas por ahí, no están bien asesoradas, no conocen sus derechos. El día del juicio fue horrible. De entrada estaba confinada en una habitación muy pequeña, sin ventilación ni agua, es la sala de víctimas. Desde allí se oyen los gritos de presuntos agresores que esperan en celdas. Muy desagradable. Pasas horas ahí. Sin saber nada. En una ocasión entró una funcionaria y llamó a una mujer diciendo: «La de la agresión sexual, ¡te toca!». Y los imputados están en una sala de donde pueden entrar y salir libremente y tienen servicios como máquina de refrescos y snacks». Explica que al inicio del juicio, durante el cual una funcionaria estuvo haciendo papiroflexia, el juez le dijo: «Que sepas que tengo muy buen olfato para las denuncias falsas» (según un estudio del Consejo General del Poder Judicial, las denuncias falsas por violencia de género no llegan al 0,2%.), se quedó helada. A medida que iba avanzando el juicio, sin embargo, el juez fue mostrando interés por el caso. En un momento de receso, Silvia fue al servicio y allí, abatida por la ansiedad y el dolor, se desmayó. Al agresor lo condenaron a una Medida Penal Alternativa, y así evitaba prisión, y tiene una orden de alejamiento. Habían pasado dos años de la denuncia. Hace poco Sílvia se enteró de que su expareja se había empadronado en una vivienda a pocos metros de su domicilio actual y añade con la voz cansada: «Y sé que me sigue». Mientras se despide en la puerta añade con un desaire tierno: «Necesitaría descansar y recuperarme de todo, pero ahora no tengo tiempo, estoy preparando escritos y denuncias. El sistema no nos protege, a las mujeres, y no puedo permitir que ni una más pase por lo que he tenido que pasar yo. La estructura falla y yo me pregunto: ¿quién es el responsable?».

Fuente: https://www.jotdown.es/2018/01/de-victima-a-superviviente/





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sábado, 15 de mayo de 2021

Crítica feminista a la entrevista a Abuy Nfubea: Otro señor más que nos “explica cosas”



Un tal Abuy Nfubea nos explica tranquilamente lo malas que somos las feministas blancas (Diario Público del 09/05/2021)


Empieza dando a entender que, hasta que no llegó el colonialismo, las sociedades autóctonas de África no eran patriarcales (o solo lo eran someramente). Lo suelta y se queda tan fresco.

Luego, asegura que nadie (ojo, nadie) en el mundo occidental, cuestiona el racismo-colonialismo … Y también se queda tan fresco.

Más adelante, añade textualmente:

“No creo que haya una lucha de los hombres y otra de las mujeres, porque ambos combaten por lo mismo, lo que sucede es que a algunos la situación les afecta de una forma más profunda”.

De sus palabras deducimos, pues, que el patriarcado nos oprime por igual y estamos ante una mera cuestión de profundidad … O sea, que las diferencias existentes entre hombres y mujeres en lo relativo a tiempo dedicado al hogar y los hijos (y más generalmente a los cuidados de otros), las de salario y pensiones, el acceso a trabajos bien pagados, etc. son solo cuestión de profundidad. Pregunto, por ejemplo: en los países en los que durante siglos se ha practicado (y se sigue practicando) la ablación del clítoris ¿a los hombres también les cortaban el pene, aunque de forma no tan profunda? ¿Acaso, en España, tres hombres son violados cada día, aunque de manera más “superficial? Y así podríamos seguir preguntando durante bastantes páginas.

Si, según Abuy Nfubea, hombres y mujeres combaten por lo mismo: ¿feminismo somos todas, todos y todes?

En algo tiene razón Abuy Nfubea: como sigue imperando el capitalismo y el patriarcado, sigue habiendo clases sociales, países ricos y pobres y otros vectores de desigualdad, las mujeres emigrantes son, en su conjunto, las que peor parte llevan. Y, ciertamente, si son negras o tienen rasgos no europeos, sufrirán un plus de racismo.

Pero Abuy Nfubea no analiza la opresión de esas mujeres estudiando tal complejidad ni profundizando en la intersección de desigualdades que crea sino acudiendo al conocido mantra: las mujeres blancas se aprovechan de las negras para que limpien “sus casas” (obsérvese que las casas han pasado a ser de las señoras, no de los señores; ellos, pobrecillos, no tienen casa). Y añade: “Eso no significa que esas mujeres blancas sean racistas, sino que el sistema colonial les favorece y no van a promover ninguna ley para que la señora que limpia su casa cobre más o goce de mayores libertades, aunque siempre tienen en la boca palabras como «derechos» o «libertades»”.

Abuy Nfubea no analiza la opresión de esas mujeres estudiando tal complejidad ni profundizando en la intersección de desigualdades que crea sino acudiendo al conocido mantra: las mujeres blancas se aprovechan de las negras para que limpien “sus casas”

Y claro, las señoras no van a promover ninguna ley para que la limpiadora “cobre más o goce de mayores libertades”. Las mujeres (y concretamente las que reclamamos “derechos” y “libertades”, o sea, las feministas) somos, pues, las responsables de la explotación laboral y, además, no luchamos contra ella.

Los hombres, como no son responsables ni del sistema patriarcal ni del capitalista (ni siquiera tienen casa, como ya notamos) pueden estar tan tranquilos mientras miran cómo nos maltratamos unas a otras…

Supongo que, cuando Abuy Nfubea dice que las mujeres no somos racistas, pretende dulcificar sus acusaciones, pero solo consigue añadir otra tontería más, porque sí, claro que hay mujeres racistas, igual que hay mujeres que luchan contra el racismo, la explotación laboral, la xenofobia…

Conclusión: otro señor más que nos “explica cosas” y, encima, falsedades porque:

  1. Se puede analizar toda la crueldad e injusticia del sistema colonial sin dulcificar, ocultar ni embellecer el patriarcado “autóctono”.
  2. No son precisamente las mujeres quienes implantaron el colonialismo, la explotación capitalista, el sometimiento ni la esclavitud. Ni en tiempos pasados ni ahora.
  3. De la carencia de derechos laborales y sociales que sufren ciertas capas de la población -y concretamente de las empleadas de la limpieza- tampoco son responsables las mujeres: las estructuras de poder (que son las que pueden actuar eficazmente contra los abusos) siguen siendo básicamente masculinas (aunque haya alguna que otra “artista invitada”).
  4. Quienes se aprovechan en mayor medida de la existencia de mujeres subpagadas y explotadas en los hogares son los hombres, esos que no asumen la responsabilidad de las tareas domésticas, ni siquiera la de contratar o pagar a la empleada (aunque, por supuesto, repito, son los que más provecho obtienen).
  5. Sabemos que hay personas oprimidas por varios sistemas complementarios y solidarios entre sí: racismo, capitalismo, colonialismo, patriarcado… Y sabemos que hay mujeres que se benefician de alguno de esos entramados, pero, insisto: no son mujeres quienes los controlan ni dirigen.

Y, por último, la gran pregunta: ¿Cómo es posible que un señor, tan sensible a los padecimientos de las mujeres negras, no tenga ni una palabra de condena hacia las que viven esclavizadas por las mafias puteras? ¿No sabe que hay muchas más mujeres negras –pero muchas, muchas más- humilladas, sobadas y penetradas por puteros blancos que tiranizadas por mujeres españolas?

A este hombre ¿no se le cae la cara de verguenza?


Fuente: https://tribunafeminista.elplural.com/2021/05/otro-senor-mas-que-nos-explica-cosas/



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lunes, 10 de mayo de 2021

Neomachismo & Odio al feminismo: STOP “STOP FEMINAZIS”


Fuentes: https://miguelorenteautopsia.wordpress.com

Exhibir un cartel con “Stop feminazis” no es libertad de expresión, es actuar libre e impunemente para negar la VG y contra quienes buscan erradicarla. Hay que hacer stop al “Stop feminazis”.


Hay que poner fin a ese machismo exhibicionista que vive asentado a las puertas de determinados juzgados o que acude a ciertas citas para levantar sus pancartas y carteles con las que reivindican la impunidad de la violencia contra las mujeres y el rechazo a las políticas de igualdad y al feminismo. 

Me refiero a ese grupo de hombres que lleva años aprovechando cualquier caso o situación para mostrar sus pancartas con el mensaje de “Stop feminazis” ante alguna cámara de televisión sin que nadie haga nada. 

Ante esta situación surgen varias cuestiones. 

  • No creo que ninguna organización pudiera estar asentada libremente alrededor de los edificios judiciales con sus pancartas preparadas en espera de que llegue alguien que haya levantado interés mediático, para situarse detrás y levantar sus carteles que critican que se actúe contra la violencia que sufren las mujeres. ¿Piensan que sería posible que hubiera grupos similares que atacarán a quienes luchan contra el racismo, contra el terrorismo, o contra el narcotráfico? 
  • ¿Creen que sería factible que, además, lo hicieran considerando como nazis a quién trabaja contra el racismo, el terrorismo o el narcotráfico, y los llamarán “anti-racisnazis”, “anti-terronazis” o “anti-narconazis?
  • Con esa estrategia lo que en realidad hacen es propaganda del nazismo al legitimar sus argumentos. La situación es sencilla, si ellos legitiman que existen estrategias “nazis” por parte del feminismo, lo que en realidad están legitimando es que se utilicen ese mismo tipo de estrategias nazis en contra de estas iniciativas, que es justo lo que luego lleva a cabo la ultraderecha y sus grupos afines al cuestionar la existencia de la violencia de género, y al decir que las propuestas a favor de la Igualdad son un ataque al orden social y a la libertad de las familias, presentándolas como una especie de “ingeniería social” a la que llaman “adoctrinamiento de género”. 

Al llamar “feminazismo” al feminismo presentan la igualdad como un instrumento de opresión dirigido contra aquel grupo de personas que no comparte la condición defendida por el feminismo. Y para hacerlo creíble afirman que el feminismo va contra todos los hombres, al igual que dicen que las leyes de violencia de género van también contra todos los hombres. Una estrategia que en realidad busca aumentar el odio contra aquellas organizaciones y personas que trabajan para corregir la desigualdad y erradicar la violencia de género, y, de paso, mantener la misoginia original del machismo.

Actuar contra el feminismo es defender la realidad que pretende transformar el feminismo, es decir, el machismo. Y, por tanto, significa darle valor a la construcción androcéntrica levantada sobre la idea de que la condición masculina es superior a la de las mujeres, y que el orden que debe definir la realidad social es el de la desigualdad con los hombres dirigiendo el destino de nuestros días. Todo ello demuestra que se busca perpetuar los privilegios históricos de los hombres, entre ellos el hecho de utilizar la violencia contra las mujeres sin que la inmensa mayoría de los agresores sean denunciados (aproximadamente el 75% no es denunciado), y que sólo se condene alrededor de un 22% del 25% que se denuncia. Esta situación lleva a que en la práctica la violencia de género resulte prácticamente impune para quienes la ejercen, lo cual no deja de ser un gran privilegio. 

Presentarse con carteles defendiendo esas ideas es incitar al odio y a la violencia,pues, además de defender el orden actual con su violencia impune, también aprovechan para mandar el mensaje de las “denuncias falsas” y de que las mujeres arruinan la vida a los hombres al “quitarle los hijos, la casa, y la paga”; o lo que es peor, diciendo que bajo estas circunstancias son abocados al suicidio, como también plantean desde estas posiciones. 

Al igual que no se puede defender el racismo, ni el terrorismo, ni el narcotráfico, ni la xenofobia, ni ningún planteamiento de este tipo exhibiendo carteles en lugares públicos, no debería permitirse que estos hombres paseen con sus carteles por las puertas de los juzgados y otros lugares donde aparezca una cámara de televisión para exhibirse, como hemos visto estos días con Rocío Carrasco.  Y da la sensación de que deben tener algún contacto interno cuando saben qué día, a qué hora y en qué juzgado aparecerá la persona mediática junto a la que mostrar sus pancartas.

Exhibir un cartel con “Stop feminazis” no es libertad de expresión, es actuar libre e impunemente para negar la violencia de género y contra quienes buscan erradicarla. Quienes tienen la responsabilidad de evitar que se incite al odio deben actuar para hacer stop al “Stop feminazis”.


Fuente: https://miguelorenteautopsia.wordpress.com/2021/05/09/stop-stop-feminazis/




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viernes, 7 de mayo de 2021

Invisibilización de la violencia de género “Todas las violencias”


La resistencia tiene muchas formas de evitar el avance, puede cavar rampas, poner obstáculos, cortar caminos, presentar desvíos inexistentes, negar el destino… en cambio, la acción solo puede avanzar hacia el objetivo pretendido a través de los cauces que nos demos como sociedad.


uando de lo que se trata es de avanzar para dejar atrás las grandes injusticias de una cultura androcéntrica hecha a imagen y semejanza de los hombres, las posibilidades de la resistencia son aún mayores, pues no sólo se pueden utilizar elementos objetivos como los que hemos nombrado, sino que basta con la manipulación de la normalidad para crear una falsa conciencia de realidad, o directamente generar confusión para llevar a la gente al distanciamiento y a la inacción.

Es lo que ocurre con la violencia de género, una violencia tan objetiva que se traduce en 60 homicidios de media al año y en cientos de miles de mujeres maltratadas, a pesar de lo cual se sigue negando de forma explícita desde la ultraderecha, y de manera indirecta desde la derecha y sus juegos de palabras nada inocentes.

Es lo que ahora vemos en Madrid cuando la candidata Díaz Ayuso, al preguntarle por la violencia contra las mujeres dice que los hombres sufren más violencia y que hay que hablar de “todas las violencias”, o cuando el presidente de su partido, Pablo Casado, comenta que hablar de violencia de género es enfrentar a los sexos. 

Todo ello se integra en su estrategia para generar confusión. De manera que ya tienen tres estrategias: el negacionismo, el “afirmacionismo”, y ahora el “confusionismo”. Y en esta estrategia “confusionista” de la violencia de género sin duda la referencia a “todas las violencias”ocupa el protagonismo.

La idea no es nueva, cuando alguien tiene que posicionarse ante diferentes posibilidades y no quiere hacerlo, pero tampoco quiere reconocer aquello por lo que se le pregunta, acude a la táctica inclusiva de englobar en su respuesta todas las opciones. Por ejemplo, si hay diferentes trabajos y se pregunta a alguien cuál es el mejor, pero esta persona no quiere reconocerlo, contesta que “todos son buenos”. Sí hay varias películas y le preguntan por cuál es la de más calidad, dice que “todas están bien”. Si se trata de varios sillones y preguntan por cuál es el más confortable, responde que “todos son muy cómodos”

Con esta estrategia “globalizadora” se oculta el factor que define la realidad de cuál de los elementos es el más destacado entre los que no tienen la calidad o características sobre las que se preguntan. O sea, lo que se hace es una manipulaciónque evita destacar lo importante y necesario para poder adoptar una posición, al tiempo que impide descartar y rechazar aquellas opciones o situaciones cercanas que están dificultando abordar la realidad, debido a su proximidad con el elemento sobre el que hay que actuar y a la confusión que originan. 

Es lo que sucede cuando se pregunta sobre violencia de género y se dice que “todas las violencias son importantes. Con esa respuesta lo que en verdad se dice es que la violencia de género no es importante, pues se equipara a otras violencias que no tienen las características etiológicas basadas en la construcción cultural, ni generan el impacto objetivo de 60 homicidios anuales, cientos de miles de mujeres maltratadas, y más de un millón de niños y niñas sufriéndola en sus hogares. 

A nadie se le ocurriría decir ante la pandemia que “todos los virus son importantes”, o ante los accidentes de tráfico que “todos los accidentes son importantes”, menos aún si tienen responsabilidades sobre esas áreas. En cambio, en violencia de género es una de las respuestas habituales para que no se hable de ella, que repiten, incluso, quienes tienen responsabilidades políticas. 

La perversión es mayor cuando junto con esa afirmación se manda el mensaje que hace creer que hablar de violencia contra las mujeres significa desconsiderar al resto de las violencias. 

Referirse a todas las violencias debe ser el punto de partida para abordar cada una de ellas con su especificidad y sobre sus elementos, no el destino para mezclarlas, confundirlas y ocultar la que históricamente ha sido invisibilizada y negada, como ha sucedido con la violencia de género. 

En medicina se tratan todas las enfermedades, pero cada una sobre sus elementos etiológicos y fisiopatológicos. A nadie se le ocurre decir ante una campaña contra la hepatitis C que todas las hepatitis son importantes, que hay órganos que sufren más patologías que el hígado, o que al hablar de hepatitis C se está discriminando a las personas que tienen otro tipo de hepatitis.

Resulta curioso que quienes hacen referencia al argumento de “todas las violencias” para ocultar la violencia de género, son los mismos que cuestionan que se hable de “todos los hombres” como elemento común y posición de partida de todos aquellos hombres que deciden ejercerla dentro de la normalidad de la cultura androcéntrica. 

La conclusión es sencilla, el machismo necesita a “todas las violencias” y a “todos los hombres” para ocultar la violencia de género y a cada uno de los maltratadoresque la llevan a cabo. 


Fuente: https://miguelorenteautopsia.wordpress.com/2021/05/02/todas-las-violencias/



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martes, 4 de mayo de 2021

Una fuerza liberadora “El feminismo es una forma de ver la vida, de construirla y de transitarla”



Entrevista a Lucila Puyol, militante argentina

Los movimientos feministas y las mujeres presentes en las calles marcan los ritmos de muchas de las principales movilizaciones sociales de los últimos años en buena parte de América Latina.

El feminismo juega un rol preponderante, significa una entrega ilimitada y constituye una fuerza liberadora: síntesis del pensamiento de Lucila Puyol, quien integra desde su creación la agrupación H.I.J.O.S. (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio). Puyol es hija de dos militantes de la década del 70: su padre está desaparecido desde diciembre de 1976 –en plena época de la Dictadura Militar–, y su madre fue presa política durante casi seis años entre 1975 y 1980.

Se autodefine como feminista, militante en derechos humanos y de género. Es abogada en causas donde se juzgan delitos de lesa humanidad. En diciembre de 2019 fue designada Secretaria de Derechos Humanos y Diversidad de la Provincia de Santa Fe, Argentina.

P: ¿Cómo presentaría, muy brevemente, el movimiento feminista?

Lucila Puyol (LP): Los Encuentros Nacionales de Mujeres (ENM), la Campaña Nacional por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito y el Movimiento Ni Una Menos son prueba de que las mujeres tenemos imaginación, sabemos lo que queremos y contamos con una visión estratégica. El ENM es, tal vez, una experiencia única a nivel mundial. El primero, se convocó en Buenos Aires en 1986 y hasta ahora se han realizado 35 encuentros.

Es interesante comprobar que, en estos años, todas las reformas legislativas que se refieren a la mujer nacieron de estos encuentros: divorcio, patria potestad compartida, el primer taller de anticoncepción y aborto, la lucha por la visibilidad de la violencia contra la mujer, el surgimiento de la Campaña Nacional por el derecho al aborto, entre otras.

En cuanto a nuestra visión, el feminismo en nuestro país –y en América Latina– es un movimiento profundamente político –aunque no partidario–, potente, con definiciones claras a favor de los derechos humanos.

P: ¿También en Argentina, como en tantos otros países, existen diversas concepciones de feminismo?

LP: Es cierto. No hay un solo feminismo. Junto con otros miles de mujeres, lo entendemos como un feminismo popular. Es decir, anticapitalista, antiimperialista, antirracista y profundamente anti patriarcal. Nos definimos como movimiento feminista de mujeres, lesbianas, travestis y trans. Por lo tanto, otro desafío es la ruptura del binarismo y el cuestionamiento a la heteronormatividad impuesta.

Nuestro principal desafío es abolir el patriarcado: sistema político, cultural y económico que nos somete a las mujeres, a las disidencias y a todos los sectores oprimidos desde hace siglos.

Y en ese camino, es mucho lo que nos falta todavía: la autonomía sobre nuestros cuerpos es prioritaria; la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), también es fundamental. Pero no son suficientes. La lista de reivindicaciones es extensa:  el derecho al acceso a los métodos anticonceptivos y a la educación sexual; las tareas de cuidado equitativas; la erradicación de la violencia de género y su máxima expresión: los femicidios y la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual.

No menos significativa es la disputa por el lenguaje. Es otra batalla que también estamos dando las feministas, ya que lo que no se nombra, no existe. Fue así que hace años empezamos a nombrarnos: nosotras y nosotros, todas y todos…


La pandemia limitó la movilización

P: ¿En qué medida las organizaciones de mujeres de Argentina han debido readaptar su trabajo y movilización en época de pandemia?  

LP: Uno de los mayores obstáculos que impuso esta crisis sanitaria es no poder movilizarnos en la calle. Nuestro movimiento mueve miles de mujeres y disidencias en marchas, encuentros, festivales, luchas concretas, etc.

Sin embargo, cuando en diciembre de 2020 el Parlamento Nacional trató el proyecto de la IVE, recuperamos nuevamente las calles. Con barbijos, distanciamiento, y todos los cuidados. Era esencial mostrar la fuerza del movimiento porque los grupos anti derechos –que no cumplen con las disposiciones anti pandémicas– también habían salido a la calle.

Lucha esencial de Madres y Abuelas

P:  A nivel internacional, la lucha argentina antidictatorial y por la democracia se conoció, principalmente, a través de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo.

LP: En Argentina, y América Latina en general, el feminismo nació en las organizaciones del pueblo y al calor de las luchas de resistencia contra las dictaduras. En nuestro país está íntimamente unido al movimiento de derechos humanos.

En ese combate resaltamos el papel central de las mujeres y especialmente de nuestras Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. La irrupción de estas mujeres en el ámbito público transformó ese espacio –“la plaza”- a partir de la lucha para encontrar sus familiares, incluyendo a los nietos y las nietas desaparecido-as.

El concepto “lo personal es político”, tal como lo definía la feminista estadounidense Kate Millet, se encarnó en estas mujeres gigantes.

Estamos persuadidas de que la perspectiva de género y de derechos humanos debe atravesar todas las políticas públicas y todos los aspectos de la sociedad. Sólo así construiremos un mundo más humano.

Los valores internacionalistas de una lucha común

P: ¿Ese mundo más humano del cual habla requiere una visión de feminismo bien amplia?

LP:  El feminismo popular en el que me inscribo es profundamente revolucionario e internacionalista porque plantea un horizonte emancipatorio: vino a romper con el orden injustamente establecido, a discutir lo que quieren callar, a dar luz lo que se pretende ocultar. ¡Ya no hay vuelta atrás, a este mundo lo vamos a cambiar!

El feminismo tiene la mirada amplia: sabemos lo que es la discriminación, sabemos lo que es el maltrato y el no reconocimiento, porque los hemos sufrido por siglos. Por eso abrazamos a quienes también sufren esa discriminación y maltrato en sus cuerpos en cualquier parte del mundo. Para nosotras, el feminismo es una forma de ver la vida, de construirla y de transitarla.




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sábado, 1 de mayo de 2021

Historia del feminismo Mary Wollstonecraft: la educación de las mujeres como principio básico de igualdad e independencia



Mary Wollstonecraft, la primera filósofa feminista de la historia. Causó un enorme revuelo en su época. La vida y la obra de Mary Wollstonecraft son un ejemplo de la búsqueda de la independencia, que trató de contagiar a las mujeres de su tiempo, pero también, y muy especialmente, a las generaciones que estaban por venir.


En el siglo XVIII se difundió en Europa la idea de la igualdad de las personas, ligada a la Revolución Francesa de 1789. Un gran número de mujeres tomó parte en los levantamientos, como en la legendaria «Marcha sobre Versalles» del 5 de octubre, a la que se unieron más de 8000 trabajadoras y ciudadanas. La libertad, igualdad y fraternidad eran los tres pilares que se reclamaban a viva voz. Si bien la movilización social iba generando cambios, como la creación de nuevas formas de gobierno, el poder seguía estando en mano de los hombres. La Constitución Francesa de 1791 abogaba por la eliminación de los privilegios aristocráticos en nombre de los «Derechos del hombre y del ciudadano», pero denegaba a las mujeres los derechos de ciudadanía igualitaria. La artista y activista francesa Olympe de Gouges escribió ese mismo año Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, cuestionando que el elevado objetivo de construir una nueva sociedad en la cual todos los hombres fueran libres e iguales, se dirigiera solo a la mitad de la humanidad. Otros temas que ya habían motivado su activismo eran la abolición de la esclavitud y el derecho al divorcio, pero en 1793 la guillotina puso fin a su vida. Siguiendo las ideas de su libro, en 1792 la escritora inglesa Mary Wollstonecraft publicó Vindicación de los derechos de la mujer, denunciando el estado de ignorancia y dependencia civil en el que se seguía relegando a las mujeres, así como también apelando a legisladores y a la población en general para generar conciencia social sobre la necesidad de un cambio aún mayor.

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En una época en la que una fuerte tradición misógina difamaba a aquellas escritoras que intentaban entrar en el «universo masculino de la literatura», considerando una «falta de recato» que osaran publicar y llevando a muchas a permanecer en el anonimato, Wollstonecraft desafió con sus escritos las sesgadas miradas de prominentes figuras intelectuales y formó parte del estimulante círculo que incluía a Samuel Johnson y Thomas Paine. Como una gran pionera de los movimientos feministas que surgirían años después, tanto sus cartas como sus libros reflejan con gran audacia y originalidad una exploración de los problemas sociales desde una posición que reconoce la humanidad en su totalidad. Los ideales que defendía no habían sido alcanzados hasta el momento ya que delineaban, sin considerar distinciones de clase o casta, la igualdad social e intelectual de los sexos a la vez que asociaban los privilegios de los hombres con la subyugación de la mujer. La consistencia de su planteamiento por la justicia social permea toda su obra, engranando un amplio espectro de temas como la tiranía con que ciertas instituciones sociales oprimen al ser humano, la educación como base de independencia y libertad, las nefastas consecuencias del matrimonio como única alternativa «decente» para una mujer, las degradantes condiciones de los trabajadores pobres y la corruptibilidad de los políticos. El pensamiento filosófico de John Locke y el de Richard Price influyeron en su trabajo, con la afirmación recurrente de que el crecimiento moral e intelectual eran inseparables, iluminándose mutuamente la fe y la mente. Pero su referente destacado fue la historiadora Catharine Macaulay que en 1790 publicó Cartas sobre la educación, afirmando que si hombres y mujeres eran iguales ante Dios también debían serlo en su vida terrenal, proponiendo un modelo educativo que dejara de suprimir la energía natural de las mujeres hasta convertirlas, según el ideal femenino de entonces, en personas dependientes, sentimentales y débiles.

En Reflexiones sobre la educación de las hijas, primer libro de Wollstonecraft de 1786, ya pueden identificarse ciertos trazos de las temáticas que se expondrán en su Vindicación. Se trata de un conjunto de ensayos sobre los cuidados en la infancia, con especial énfasis en la educación de las niñas. Si bien eran comunes los libros de conducta, el suyo se diferenciaba de los tradicionales, y fue su sorprendente enfoque lo que llamó de inmediato la atención del editor Joseph Johnson, quien apostaría por su trabajo desde ese momento. En un capítulo titulado «Situaciones desafortunadas», describe las dificultades a las que se enfrentaban las jóvenes que debían ganar su sustento porque sus padres habían perdido sus medios económicos. Gran parte del contenido surgió de su propia experiencia, puesto que su progenitor era alcohólico y había despilfarrado la herencia familiar. A los 19 años Mary dejó su hogar para trabajar como dama de compañía de una viuda adinerada y luego también como institutriz en una familia de raíces aristócratas. En contraste con la realidad de su propia familia, estas vivencias le brindaron la oportunidad de conocer y reflexionar sobre ciertos estilos de vida que conducían a existencias superficiales y ociosas; puntualizando en la formación que se dirigía a las mujeres, basada en una excesiva importancia en el aspecto exterior, trivialidades y modales artificiales, pensados para impresionar al «sexo opuesto». También ejerció como docente y en su firme compromiso con la educación de todas las personas, expresó ideas revolucionarias para la mentalidad de la época, como promover el ejercicio mental sin descuidar el desarrollo emocional de niños y niñas, sin temor a formar mujeres inteligentes e independientes y hombres preparados para experimentar y mostrar su sensibilidad.

En 1788 publicó la novela Mary y el ejemplar de literatura infantil Relatos originales de la vida real, que en su reedición de 1791 contó con ilustraciones del poeta y grabador William Blake, xilografías que en perfecta armonía con el estilo de Wollstonecraft rompían con la ornamentación rococó de principios del siglo dieciocho y se centraban en iluminar los estados del ser. Hasta ese momento, sus escritos se habían mantenido dentro de lo que se consideraba géneros literarios menores, abiertos en parte a las mujeres: ficción, libros de comportamiento e infantiles. Pero en 1790, con la edición de Vindicación de los derechos del hombre, la escritora entra en un ámbito reservado en ese periodo solo a los varones: la política. Se trató de una respuesta a Reflexiones sobre la Revolución francesa, elocuente y enérgico ataque que Edmund Burke hacía al levantamiento y a sus simpatizantes ingleses. Su aplomo, resolución e integridad la llevaron a desafiar a un oponente del calibre de Burke, quien había sido durante años uno de los principales oradores en la Cámara de los Comunes, representando siempre los intereses de la nobleza y los valores asociados a la caballería. La magnífica argumentación que ella presenta como contrapartida a esa nostalgia por los obsoletos códigos de comportamiento de las clases altas, es un ataque al sistema de valores de la aristocracia que mantenía sometida a la mayor parte de la humanidad, y en sus pasajes más reivindicativos, representa las desventajas y sufrimientos de las clases bajas inglesas, impugnando las verdaderas motivaciones de Burke.

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A pesar de los importantes cambios que la revolución proclamaba, Wollstonecraft sintió un duro golpe tras confirmar que no afectarían materialmente la posición de la mujer en la sociedad. Fue entonces cuando escribió Vindicación de los derechos de la mujer, un libro sin precedentes en cuanto a las observaciones de primera mano que brindaba sobre los obstáculos y situaciones indignas a las que se enfrentaban las mujeres, condenando esa injusticia de manera articulada y contundente. En el Capítulo V, dedica una sección entera a rebatir las teorías expuestas por Rousseau en Emile, sobre la debilidad innata e inferioridad intelectual de las mujeres. Cada una de las páginas de Vindicación está destinada a demoler el estigma que las asociaba con criaturas sentimentales e intuitivas, carentes de capacidad para desarrollar su intelecto, pero muy proclives a desplegar astutamente su coquetería para conseguir sus fines. Afirma que el diferente tipo de educación que hombres y mujeres habían recibido hasta entonces se debía a prejuicios irracionales sobre sus diversas naturalezas, promoviendo mujeres oprimidas, centradas en aspectos superficiales que lograran atraer la protección de un hombre y satisfacer sus necesidades. En sus palabras: «…Es tiempo de realizar una revolución en las formas de conducta enseñadas a las mujeres —tiempo de devolverles la dignidad perdida—…»; «Fortalecer la mente de la mujer para otorgarle amplitud, y de esta forma terminar con la obediencia ciega; pero como la obediencia ciega es algo que necesitan quienes ostentan el poder, tiranos y hedonistas están en lo cierto cuando se esfuerzan por mantener a la mujer en la oscuridad, porque los primeros quieren esclavos, y los segundos objetos de placer»; «Mi deseo no es que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas». Su perspectiva era notablemente radical en un periodo en el que las mujeres no poseían derechos políticos; los roles que podían desempeñar fuera de sus hogares se limitaban a unos pocos como empleadas domésticas, institutrices o cuidadoras; y como personas perdían sus derechos legales tras el matrimonio, pasando a manos de sus maridos todos sus bienes.

El libro causó sensación, tuvo una segunda edición ese mismo año en Inglaterra, otras en Estados Unidos y traducciones al francés y alemán. Resultó escandaloso para las mentes más conservadoras e incluso recibió respuestas satíricas, como Vindicación de los derechos de las bestias, del filósofo neoplatónico Thomas Taylor; pero, por otro lado, ecos de sus lúcidos análisis se vislumbran ya en la literatura femenina del siglo XIX. En Villette y en Jane Eyre, la escritora Charlotte Brönte retrató muy bien los aprietos experimentados por las jóvenes que sin dinero y sin una «posición adecuada» debían ejercer como institutrices o maestras en internados. En las novelas de Jane Austen Orgullo y prejuicio, Mansfield Park y Persuasión, algunos de sus personajes femeninos reprueban el modelo tradicional que se espera de ellas, como Elizabeth Bennet que opta «engreídamente» por defender su independencia; Fanny Price que rechaza las trivialidades; y Anne Elliot, quien afirma: «Los hombres han tenido la ventaja sobre nosotras de contar su propia historia. La educación que se les ha brindado ha sido superior a la nuestra: la pluma ha estado en sus manos». La futura poeta Elizabeth Barret solo tenía 18 años cuando leyó Vindicación en 1818 y dos años más tarde declaró su natural independencia de mente así como su repudio por la superficialidad asociada a la vida de las mujeres. En su poema narrativo «Aurora Leigh», escrito en 1857, el énfasis en la educación de la heroína es evidente, así como su necesidad de desarrollarse como artista. Por su parte, en la década de 1850 la escritora George Eliot escribió un interesante artículo en Westminster Review, luego de leer con admiración el libro y observó que en la Inglaterra Victoriana, el libro casi no se vendía, hecho que no resulta sorpresivo siendo una época que se caracterizó por considerar a la mujer «el ángel del hogar». Casi un siglo después, en 1929, Virginia Woolf publicaría un ensayo sobre Wollstonecraft, afirmando: «Está viva y activa, debate y experimenta, escuchamos su voz y rastreamos su influencia, incluso entre los vivos». Y, efectivamente, su trabajo es considerado hoy un clásico de influencia trascendental en la historia social de las mujeres, lectura de referencia de líderes de los movimientos feministas.

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Recientemente (noviembre de 2020) se inauguró una escultura dedicada a Mary Wollstonecraft en la plaza Newington Green en Londres, ciudad en la que más del 90% de los monumentos celebran a hombres. La artista Maggi Hambling ha sido su creadora, dando forma a una figura de mujer desnuda en bronce que emerge sobre lo que parece ser la cumbre de un agudo peñasco. Un gran número de críticas surgieron de inmediato, causando furor entre quienes consideran inadecuado un cuerpo desnudo como su homenaje. Hambling ha explicado su decisión proclamando que la ropa define y restringe las reacciones de la gente, la figura está desnuda, libre de las ataduras de su época y representa a todas las mujeres; ella fue una escritora rebelde y pionera, la escultura motiva un diálogo visual con todos los obstáculos que tuvo que superar y los ideales por los que luchó. En el pedestal, las palabras «For Mary Wollstonecraft» dejan claro que es una obra de arte dedicada a la artista, y no un reflejo de su aspecto físico como pueden ser los retratos que de ella se han realizado. La Tate Gallery de Londres conserva un cuadro pintado por John Opie en 1791, en el que se puede ver a Mary retratada con un aspecto muy acorde al estilo de su época. Fue encargado por un admirador, mientras la autora se encontraba escribiendo Vindicación de los derechos de la mujer, y fue ella quien le dijo: «Si el retrato no se me parece, podrá encontrar un boceto mucho más fidedigno en mi próximo libro… en el cual yo misma apareceré… en mente y corazón». Falleció a los 38 años, días después de dar a luz a su hija Mary Shelley, quien también dejaría una huella indeleble en la historia de la literatura universal como autora de la novela gótica Frankenstein.


Bibliografía—-

FLEXNER, Eleanor (1972) Mary Wollstonecraft. A biography. New York: Coward, McCann & Geoghegan
GORDON, Lyndall (2005) Mary Wollstonecraft: A New Genus. London: Little, Brown & Company
GREENBLATT, Stephen (ed.) (2012) The Norton Anthology of English Literature. Volume 2. New York: W.W. Norton & Company, Inc.
MAZEL, Ella (ed.) (1995) Ahead of her time. A sample of the life and thought of Mary Wollstonecraft. New York: Bernel Books
WOLLSTONECRAFT, Mary (1989) A Vindication of the Rights of Women. New York: Prometheus Books


Fuente:https://tribunafeminista.elplural.com/2021/04/mary-wollstonecraft-la-educacion-de-las-mujeres-como-principio-basico-de-igualdad-e-independencia/





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