RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

sábado, 6 de febrero de 2016

Mujeres silenciadas en la Edad Media

La obra, de Sandra Ferrer, habla, entre otras cosas, de la vida de la médica Trotula de Ruggiero y la abadesa Hildegard von Bingen


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La Edad Media no fue el horror que nos vendieron. Ocurrieron muchas cosas más que esa ininterrumpida ignorancia, aquellas supersticiones y la opresión social. Hoy, los académicos ven el milenio que separa la caída del Imperio Romano del Renacimiento como el proceso en el que emerge la idea de Europa como entidad cultural. Pero, aun así, la vida en el Medievo debía ser dura. Y, si eras mujer, seguramente fuera más complicada. Esta es una de las conclusiones a las que ha llegado Sandra Ferrer, autora del libro Mujeres silenciadas en la Edad Media.
«Durante la Edad Media se desarrolló una idea muy misógina de la mujer, basada en las ideas de Aristóteles, que consideraba a la mujer un ser incompleto al faltarle los genitales masculinos», explica al teléfono, «y la Iglesia establecía dos modelos para ellas. Podían dedicarse a ser esposas y madres, a la sombra de de su marido, o entrar en un convento y quedar bajo la tutela eclesiástica». Además, sufrían los múltiples partos necesarios para formar una familia, debido a la alta mortandad infantil. Eso hacía que las posibilidades de morir aumentaran drásticamente.
«No querían que las mujeres despuntarán en ningún ámbito y a cualquiera que quisiera sacar los pies del plato y quisiera ser científica o doctora, fuera considerada una amenaza», asegura la creadora del blog Mujeres en la Historia.
La obra tiene varios ejemplos de este silenciamiento. El primero es el caso de Hildegard von Bingen, una abadesa benedictina que vivió en la Alemania del siglo XII. «Escribió libros de medicina, compuso diferentes piezas musicales, obras de teatro, ilustró sus obras místicas con ayuda de las monjas de su convento… Además, hizo cuatro viajes fuera de los muros de las distintas abadías que fundó, algo muy raro en una época que los hombres salían a predicar pero las mujeres no, era inaudito. Habló con emperadores, papas… les escribió cartas criticando su gestión», rememora Ferrer. «Si hubiera sido hombre, habría estado en todos los libros de historia medieval».
Ferrer ve la prueba del opacamiento a este modelo de mujer fuerte en su proceso de canonización. Abierto poco después de su muerte, se paró hasta el siglo XXI. Juan Pablo II, en el 800 aniversario de su muerte, la denominó profetisa y santa. Su sucesor, Benedicto XVI, también se acordó de ella y finalmente en 2012 la inscribió en el registro de santos. «Tuvieron que pasar siglos hasta que se reconoció su valor».

Otro ejemplo es el de la médica Trotula de Ruggiero. Hija de un galeno de la universidad sita en esa ciudad, su padre reconoció la inteligencia y capacidad de su niña y aceptó que estudiará. Eso la convirtió en doctora. Existen varios manuscritos firmados por ella. Passionibus Mulierum Curandorum es el más importante. «Es de medicina femenina, como la obstetricia, y habla de cosas tan novedosas para su tiempo como que la infertilidad también podía ser causa del hombre y lo demostraba con razonamientos científicos», explica. Algunos historiadores negaron su existencia hasta el siglo XX con el alegato de que esa vida era demasiado compleja para una mujer. «De haber sido un hombre, no habría problemas de autoría».

Angela Davis, tres veces rebelde: mujer, negra y comunista

2016-02-05, Bilbo. Angela Davisen militante feministaren hitzaldia.

05-02-2016, Bilbo. Charla de la militante feminista Angela Davis
La gira de Angela Davis por Euskal Herria está concitando mucho interés. Mañana a las 13.00 NAIZ ofrecerá en directo la entrevista que Maider Eizmendi, David Fernández y Laura Mintegi le realizarán en el Guggenheim, con el aforo completo. Antes tratará de visitar a Arnaldo Otegi en Logroño. Este es el retrato de un icono mundial en la lucha por los derechos civiles y políticos.
Beñat Zaldua |06/02/2016
No es la primera vez que Angela Davis pisa Euskal Herria. Hace más de medio siglo, un 15 de setiembre de 1963, se encontraba en Biarritz cuando un grupo de extremistas blancos mató a cuatro menores en una iglesia de Birmingham (Alabama), muy cerca del lugar donde Davis creció con las leyes de la segregación racial como paisaje de fondo. Un lugar conocido como Dynamite Hill, la colina dinamita, por los atentados racistas perpetrados allí por el Ku Klux Klan contra familias negras.
El atentado quedó grabado en la memoria de la joven Davis, que posteriormente dedicará varias de sus obras a las cuatro víctimas. Pero en aquel año 63, en plena efervescencia de la lucha por los derechos civiles en EEUU (en agosto el mundo escuchó el sueño de Martin Luther King), se encontraba estudiando en la Sorbona de París gracias a una beca; luchando con su particular versión de Jano, el dios romano de las puertas, los comienzos y los finales, representado con una cabeza de dos caras. Una imagen que la acompañará y a la que se referirá en más de una ocasión a lo largo de su vida.
Gracias a unos resultados extraordinarios, su carrera académica pasaba entonces por Europa, pero su compromiso militante la llamaba a casa. «Tenía la cabeza de Jano fijada; una cara llena de ganas de estar en la hermandad de Birminghan, la otra contemplando mi propio futuro. Pasó un largo tiempo antes de que ambos perfiles convergiesen», escribió en su autobiografía.
La balanza de Jano basculó así de un lado a otro hasta encontrar un siempre difícil equilibrio. Después de seguir sus estudios en la Universidad Goethe de Alemania, rechazó realizar el doctorado al lado de nombres propios de la escuela de Frankfurt como Theodor X. Adorno o Jürgen Habermas y regresó a EEUU, a la Universidad de California en San Diego, junto al filósofo Herbert Marcuse. Eran los años de los Black Panthers y la lucha contra la guerra de Vietnam.
Davis encontró cobijo militante en el Partido Comunista y refugio académico en la Universidad de California de Los Ángeles. Jano acecha y la primera trinchera le costará la segunda, junto a la enemistad vitalicia del entonces gobernador del Estado y posteriormente presidente Ronald Reagan. Fue expulsada después de que un agente oculto del FBI denunciase su militancia comunista. No sería su último encontronazo con los servicios secretos. Tampoco con un presidente de los EEUU.
Perseguida y amenazada por siglos de racismo institucionalizado y por el anticomunismo enfermizo herencia de los años de McCarthy, en ocasiones armada y con guardaespaldas, Davis se implicó con todo en el caso de los Soledad Brothers, tres afroamericanos acusados sin pruebas de la muerte de un carcelero blanco en el penal de Soledad. El 7 de agosto, el hermano de uno de los acusados, de 17 años, irrumpió fuertemente armado en el juicio para reclamar la libertad de los prisioneros. En la acción mueren él, dos presos y el juez. Davis es acusada de participar en la acción, el FBI la incluye entre los 10 criminales más buscados del país y comienza una huida que finaliza el 13 de octubre de 1971 en New York. El entonces presidente Nixon felicita al eterno director del FBI, J. Edgar Hoover, por la captura de la «peligrosa terrorista».
Tras unos meses en prisión, y arropada por la espectacular campaña «Free Angela», ella misma asume su defensa en un juicio en el que la acusaron de «asesinato», «secuestro» y «conspiración criminal», tres cargos penados con la condena a muerte. Fue absuelta. Más aun, Angela Davis recuperó la libertad convertida ya en icono de la lucha contra el racismo en EEUU y en el mundo. Desde Pablo Milanés a los Rolling Stones, pasando por John Lennon, no hubo quien no le dedicase una canción a Davis en aquellos años.
Conciliando a Jano
Mujer, negra y comunista, asumió con orgullo los tres dones que, cinco años antes, desde un mundo paralelo, la poeta catalana Maria Mercé Marçal agradeció al azar: «haber nacido mujer, de clase baja y nación oprimida». De hecho, es en la cárcel donde arranca la serie de reflexiones que desembocarán en su obra canónica, publicada en 1981: ‘Mujeres, raza y clase’.
Basado tanto en sus investigaciones académicas como en su experiencia militante, el libro, vigente 35 años después, reconcilia las dos caras de Jano, que son teoría y práctica, y que son también pasado y futuro. Echa mano del siempre semienterrado hilo de la historia e incluye la perspectiva de género a una todavía hoy incompleta historia de la esclavitud, del mismo modo en que denuncia el racismo y el clasismo de ciertos movimientos de mujeres, como el sufragista. Todo en vista a la construcción de futuro que pretende igualitario, pero del cual no se acaba de fiar.
«Sentía una insoportable tensión, era como si yo fuese dos personas, dos caras de la cabeza de Jano. Un perfil miraba fija y desconsoladamente el pasado, el fastidioso, violento y limitante pasado roto solo por ocasionales manchas de sentido. El otro miraba fijamente, con deseo y aprensión, el futuro; un futuro iluminado por el reto, pero que al mismo tiempo albergaba la posibilidad de la derrota», había dejado escrito antes en la autobiografía ya citada, publicada en 1974.
De la esclavitud a las prisiones
Davis ha pasado las dos últimas décadas estudiando el sistema penitenciario estadounidense y luchando por la abolición de las prisiones. En unos EEUU que, con el 5% de la población mundial, aportan el 25% de la población carcelaria, de la que una parte igualmente desproporcionada la constituyen presos y presas afroamericanas, dedicarse al estudio de las prisiones no fue ningún cambio de tercio en la carrera académica de Davis.
De hecho, no fue sino la evolución lógica y natural de un recorrido que sigue puntada a puntada el hilo histórico que de la esclavitud pasó al sistema de arrendamiento de convictos, un esquema con el que la población negra fue criminalizada en la segunda mitad del siglo XIX, detenida masivamente para luego, con la condena sobre la espalda, convertirse en mano de obra a disposición del Estado. En una frase: los negros y las negras dejaron de ser esclavos para convertirse en criminales. Y como tales, carentes de cualquier tipo de derechos civiles.
El sistema de arrendamiento de convictos como tal pasó a la historia, pero su herencia sigue bien vigente a día de hoy, en un país en el que 5,85 millones de personas, uno de cada cuarenta, no tienen derecho a voto a consecuencia de un juicio criminal. En porcentajes, el 7,7% de la población afroamericana tiene vetada su participación política en los EEUU, frente al 1,8% del resto de la población. La cifra, que clama al cielo, es la que lleva a Davis a denunciar que el fuertemente militarizado sistema carcelario estadounidense no es sino la prolongación de un estado de excepción con siglos de antigüedad. «De la prisión de la esclavitud, a la esclavitud de la prisión», resumió la propia Davis en un texto de 1995. Es esta constatación la que le lleva a rechazar la reforma del sistema de prisiones y a defender la abolición completa de las cárceles, asegurando que, mientras tanto, será la democracia la que quede permanentemente abolida.
Lejos de limitarse al sistema penitenciario estadounidense, Davis ha abordado los sistemas penales de diversos países (Cuba y Holanda, especialmente), consciente de que las vulneraciones de derechos pocas veces conocen fronteras. Un internacionalismo aprendido en el París de finales de los años 60, en plena lucha de liberación argelina, y que hoy, 7 de febrero de 2016, medio siglo después de la angustiosa jornada vivida en Biarritz, le lleva a viajar a Logroño a exigir la libertad de otro preso político.
foto. Angela Davis, durante la charla ofrecida ayer en Bilbo. (Monika DEL VALLE / ARGAZKI PRESS)

viernes, 5 de febrero de 2016

Ignorando el terrorismo machista

Se debe empezar reconociendo que este texto se escribe desde una mezcla de visceralidad, enfado y el intento por mantener la razón despejada tal y como siempre es necesario para el análisis y la reflexión. Aunque muchas veces en la vida, y ésta es una de esas, todo empuja a que sea lo visceral, lo irreflexivo lo que domine el análisis.
Partimos de la constatación de que el estado no considera las violencias machistas como un asunto de máxima prioridad en sus políticas, manteniéndolas en la dimensión de un problema, condenable sí, pero limitado en el fondo a una cuestión del ámbito privado, algo menor. Posible, por tanto, de solventar con declaraciones, concentraciones institucionales y alguna campaña en la televisión a cargo de institutos diversos de la mujer. Acciones que se convierten en casi pura demagogia ante la dura evidencia del continuo aumento de las agresiones y asesinatos. En este sentido, el estado considera que las violencias machistas son una cuestión coyuntural, que tienen más que ver con la individualidad retorcida y machista de determinados hombres, que con un problema que hunde sus raíces en la sociedad y en el sistema dominante, en lo estructural por lo tanto. Lo que automáticamente, adjudicará a dicha sociedad un papel de simple, aunque indignada, espectadora pasiva ante un hecho lamentable, ante un incidente más y al estado le libra de su responsabilidad.
Sin embargo, como se suele decir popularmente la realidad es testaruda y hoy ésta nos demuestra que vivir en la ficción del reduccionismo del problema a hechos aislados no es lo mejor, especialmente para las mujeres que siguen siendo agredidas o asesinadas de múltiples formas. Así, es un hecho innegable que las violencias machistas causan de media más de una cincuentena de asesinatos de mujeres en el estado español anualmente. Además, habría que sumar al cómputo de estas violencias, lo cual no suele hacerse nunca, a todas aquellas miles de mujeres que no son asesinadas, pero si golpeadas sistemáticamente día sí y día también. Sin entrar en la más abultada estadística que saldría de un sencillo estudio de las veces que las mujeres son agredidas psicológicamente, tanto en la casa como en el trabajo, en los centros de estudios o en la calle. Un hecho más son los múltiples casos de marginación o insulto verbal que sufren muchas mujeres por el hecho de serlo. En este mismo sentido, se puede constatar la distinta vara de medir a mujeres y hombres que ocupan cargos públicos. Valga, como ejemplo paradigmático, el caso recientemente denunciado por las mujeres de la CUP (Candidatura d’Unitat Popular) en Catalunya, sistemáticamente insultadas (“putas”, “amargadas”, “mal folladas”, “feas”, “viejas”…) desde una parte importante de la clase política tradicional y muchos comentaristas en periódicos y radios, por el solo hecho de ser mujeres con ideas políticas propias, diferentes a las del sistema dominante. Insultos asociados directamente a su condición de mujeres y no al hecho de su ser o hacer político.
Todo esto evidencia la magnitud de la sistemática agresividad a la que se somete a las mujeres. No es un mero problema de cuatro locos machistas y, por mucho que esto sea el civilizado occidente, no somos una sociedad donde las mujeres vivan en igualdad y equidad; es mentira esa percepción y los hechos antes citados así lo demuestran. Y por ello, la sociedad, pero especialmente el estado debería aceptar que las violencias machistas no son un problema familiar, no es un “problemilla” casero que se soluciona con las reiteradas concentraciones de repulsa de las instituciones cada vez que ocurre un nuevo asesinato. Nos juntamos unos minutos, alguno de éstos estamos en silencio, otros hacemos declaraciones grandilocuentes a los medios, salimos en las fotos y volvemos a lo nuestro, a esa labor política cotidiana que solo se volverá a sobresaltar con este asunto ante la próxima concentración por un nuevo asesinato de otra mujer.
Pero, tratemos de ahondar un poco más. El problema no se convierte en prioritario, no es política de estado, posiblemente porque las violencias machistas no ponen en cuestión el sistema, al contrario, son resultado del mismo porque éste es patriarcal, aunque estas dos últimas características (ser sistema y ser patriarcal) se trate permanentemente de ocultar. Así, cuando el estado habla de terrorismo, rápidamente argumenta el hecho de que esa violencia pone en cuestión la democracia, el orden establecido, afecta a toda la sociedad, en suma, cuestiona el sistema, ya hablemos del político, social o económico. Ahí no hay dudas y con agilidad y resolución firme el estado analiza, propone, aprueba e implementa medidas políticas, define campañas mediáticas con los medios de comunicación, retuerce el código penal o genera nuevos planes de estudio para luchar contra dicha violencia. Todo ello, en un reconocimiento explícito de que ese terrorismo supone una amenaza para él mismo. Se siente atacado, luego se revuelve y ataca.
Sin embargo, las violencias machistas, comparten hoy en día muchas de las características con las que el estado define el terrorismo. Entre éstas, el hecho de ser violencia directa y continua, de tener intencionalidad política para mantener el sistema de dominación patriarcal, o que agrede a unas para aterrorizar y mantener el control sobre todas, induciendo mediante el miedo a modificaciones en los comportamientos. Y así, ese terror se extiende entre prácticamente la mitad de la población que no sabe cuándo podrá ser violada en un descampado, manoseada en unas fiestas, vejada en el trabajo o asesinada por su pareja. Pero este terror no cuestiona el sistema, no lo amenaza. Además, esa misma omisión de la responsabilidad política del estado y la propia cultura patriarcal, inciden también en mantener la idea en la otra mitad de la población, la de los hombres, en la consideración de que eso de las violencias machistas está mal, sí, pero no le implican directamente. Lo cual refuerza la actitud de “mirar para otro lado”, en vez de ser parte activa y contundente en la lucha contra las violencias machistas.
Pero, no sólo el estado es responsable en esta situación, aunque es importante decir con claridad que tiene la máxima responsabilidad. Los medios de comunicación igualmente, tienen un importante papel respecto a estas violencias. Mientras, por ejemplo, en muchos programas televisivos se siga presentando a los hombres como machos protectores (luego con autoridad) y a las mujeres como indefensas princesas en espera de esa protección, se mantendrá la imagen de la mujer como objeto al servicio del hombre o, en el “mejor” de los casos, en situación de inferioridad, en espera de ser protegidas por éste. De ahí, es fácil inferir que el hombre tendrá autoridad para castigar a la mujer si ésta se sale de esa norma.  Al fin y al cabo, la idea no difiere tanto de la consideración y actuación que los esclavistas tenían hacia sus esclavos. Unos los “protegían”, siempre que les sirvieran, otros, les castigaban si faltaban, o les asesinaban cuando ya no les eran útiles, les molestaban demasiado o pretendían salirse de la norma establecida. Pero ninguno podía considerarles en igualdad de condiciones o con derecho a la libertad. Eso era inimaginable.
Por todo ello, y para finalizar este texto, es necesario decir, susurrar y gritar con la máxima claridad que las violencias que se ejercen contra las mujeres hoy es terrorismo machista y supone por ello mantener a la mitad de la población en un déficit evidente de derechos, por ello y por la inacción y/o tolerancia del estado. Y aunque se van dando pasos firmes, sobre todo a nivel social, para la deslegitimación más absoluta de las distintas violencias machistas, todavía queda mucho por andar, tanto respecto a la más evidente agresividad, como hacia aquellas otras violencias más sutiles que permanecen casi ocultas y no se perciben como tales (micromachismos). Y ante esta situación, el estado debería así entender las violencias contra las mujeres, como terrorismo machista, y actuar en consecuencia. Es su responsabilidad, no se puede ni se debe ignorar.

Jesus González Pazos
Miembro de Mugarik Gabe
2016/02/05

martes, 2 de febrero de 2016

De Berta a Teo, historia de un tránsito


Teo Valls, protagonista de un documental que relata su proceso de cambio de género

Periódico Diagonal


Teo tiene 30 años, imparte talleres de autodefensa feminista con mujeres y talleres de cuestionamiento del privilegio masculino con hombres. Trabaja como asistente personal y como terapeuta gestalt. Es el protagonista de De Berta a Teo, historia de un tránsito, documental que relata su proceso de cambio de género desde una perspectiva personal e íntima. Hablamos con él sobre esta experiencia.¿Cómo te has sentido llevando a cabo esta grabación?
En principio no lo hacía para que fuese algo público y por eso ha sido algo muy sincero y me sentí bastante cómodo grabándolo. También muy agradecido y muy emocionado al ser un proceso que no he hecho solo. Mucha gente se ha implicado. A parte de grabarme a mí también se ha grabado a mi hermano, a la gente de mi casa, a mi hermana, a mi pareja en aquel entonces. Y ha sido muy conmovedor, tanto para mí como para la gente que se ha puesto frente a la cámara para grabar el impacto que le había producido despedirse de Berta y recibir a Teo: una se había enfadado, la otra se había puesto triste... Ha sido un proceso muy bonito de compartir, porque son cosas que no se hablan a nivel emocional y que, de repente, al hacer el documental salen. Y ha servido para fortalecer vínculos.
Además, al hacerlo en equipo me he sentido muy apoyado, de mil maneras. Mostrarte públicamente es algo que da miedo, pero como ha sido algo tan colectivo estoy muy ilusionado y muy contento.
Queremos estrenarlo este sábado en la Enredadera de Tetuán, a las 20h. Y el dinero que saquemos de este evento y de su difusión en otros espacios será para financiar mi operación para quitarme el pecho. La gente podrá seguir este proceso a través de la página de facebook Berta a Teo. Ahí contaré los eventos y cómo van yendo los pasos hacia la operación.
La idea es hacer otras proyecciones y que el documental sea una herramienta de visibilización de la lucha trans, de difusión desde una perspectiva no victimizadora, empoderante, dando otra mirada a lo que es la lucha trans y contado desde un trans y su entorno. Desde lo emocional, y no tanto lo políticamente correcto. No tanto hablando desde el discurso, sino más bien desde qué le pasa a cada quién y qué me pasa a mí al cambiarme de género.
¿El deseo de operarte el pecho siempre ha estado presente o ha sido fruto de un proceso?La operación ha estado presente desde el inicio del tránsito, pero de diferentes maneras, al igual que la relación con mis pechos. Ha sido como un viaje de mucha contradicción. Por un lado, lo deseaba por una cuestión estética y por una cuestión social, sabiendo que sin ellas podría desarrollar mi vida de manera mas fácil. En vestuarios, por ejemplo, poder ducharme. Poder habitar los espacios públicos. Poder recuperar la piscina. Porque, si fuera un transexual hormonado, con un montón de barba y una voz super fuerte y estuviera mucho más cerca de la masculinidad hegemónica, con el poco pecho que tengo, igual se me vería raro pero no se me cuestionaría mi identidad. Ahora sí me encuentro cuestionado, y señalado y no solamente se trata de que se me pueda herir o no el orgullo o me pueda doler. Es que me imposibilita en muchos momentos hacer vida normal. Y tengo que salir del vestuario con la camiseta sudada y llegar a casa a cambiarme. Querer tener un cotidiano mas fácil es mi deseo.
Después hay otra parte, y es que me apetece. Pero esto ha sido algo que me ha causado mucha contradicción. Todavía uso esta frase respecto a mis tetas: “cómplices en la cama y enemigas en la calle”. Es una decisión que me ha costado mucho tomar, porque es entrar en un quirófano por voluntad propia, y llenarme el cuerpo de anestesia general. Y tener que conseguir un montón de dinero, que eso también me hacía no planteármelo, porque estamos hablando de 6.000 euros. El documental ha sido la forma de hacer algo político, buscar y encontrar apoyo en la red, en los afectos y vínculos para poder conseguirlo. Y a la vez hacer este proceso de forma colectiva, que para mí también es romper con la imagen de aislamiento que hay en torno a la comunidad trans. Yo me he dado cuenta que cuanto más he naturalizado mi proceso más aceptación he recibido, y cuanto más lo he acercado a la gente, mas apoyado he sido, y eso es muy empoderante y conmovedor.
¿Te has llegado a preguntar cuánto hay de deseo personal y cuánto de exigencia social?Lo he pensado mucho. Si a nivel social a mí se me aceptara como chico con tetas, y eso se naturalizara y no tuviera problemas en los vestuarios, en lo público, en fiestas, en lo que fuera, ¿eso implicaría o no llegar a la operación? Pues probablemente, ahora mismo, sí, porque hay un deseo de querer tener torso masculino. Evidentemente, eso pasa por unos estereotipos construidos y unos estereotipos que son hegemónicos. La masculinidad hegemónica no tiene tetas. Yo como trans no quiero tetas. Y soy consciente de ello. También soy sincero con lo que quiero. Y, si se me aceptara, yo probablemente ahora mismo me querría operar igual. O, quien sabe, si no tuviera ninguna mirada extraña sobre mi cuerpo al quitarme la camiseta, si nadie me cuestionara, me preguntara, si no se me echara de un vestuario por eso y mil etcéteras más... Es decir, si hablásemos de una aceptación total, y que dentro del imaginario social todas y todos viéramos que un pecho masculino puede tener tetas, igual no necesitaría operarme. Pero eso no te lo puedo decir hasta que no pase, y por ahora no pasa.
Por ahora, el hecho de que tenga pecho hace que la gente a veces me lea en femenino, aún teniendo tan poco pecho. Es algo que me pasa mucho. Y muchas veces, cuando la gente me lee, lo primero que hace como forma de verificar mi género es mirarme el pecho.
Pero, por ejemplo, yo no me planteo para nada ponerme pito. Es mi imagen de cómo quiero yo ser trans, que entiendo que cada trans tiene su idea y su dibujo corporal y sus necesidades. Yo me encuentro bien, me encuentro cómodo, me gusto, con cicatrices, sin pecho y con coño. Es mi forma andrógina de vivir mi propio proceso.
¿Cómo compaginas el cuestionamiento a la masculinidad normativa con el deseo de acercarte a ella porque, evidentemente, te hace la vida más fácil?T.V.: Esta reivindicación yo la hago desde cómo cuestiono la masculinidad hegemónica. Y cómo me construyo otros referentes de masculinidad, qué referentes elijo, siendo muy consciente de qué es lo que tomo de la masculinidad hegemónica, y qué no. Hay cosas que me gustan y tomo, y me sirven porque me dan seguridad en mi cotidiano y me hacen sentir bien y me permiten poder desarrollarme de una forma segura y cómoda. Pero hay muchas cosas que no tomo, que cuestiono, que desdibujo y deconstruyo. En mí no pasa tanto por la apariencia física que tenga o no tenga, sino por los roles que abandono, cuáles deconstruyo, de qué forma suelto mis privilegios como trans masculino, de qué forma habito el espacio, qué espacio ocupa mi palabra, qué lugar le doy a los cuidados, a los afectos...
Es decir, mi forma de llevar una masculinidad disidente a la hegemónica no pasa tanto por quitarme o no quitarme las tetas, sino por la manera en que soy hombre, o no soy hombre, la manera de comportarme, los roles que transformo. Y esto es algo que me estoy repensando mucho a raíz de mi tránsito y es hacia donde quiero enfocar éste. Quiero generar otras masculinidades trans, otros referentes. Reivindicándome como chico trans masculino con coño. Yo no me nombro como hombre, porque tengo muy claro que nunca he sido una tía y tengo claro que nunca voy a ser un hombre, ni lo voy a querer ser. Por eso no quiero operarme los genitales. En cambio, el pecho me apetece. Es como mi forma de poner en jaque el género, en la gente, y en mi propio cuerpo.
¿Y qué opinas de las terapias de hormonación?Yo no me he hormonado. Me lo pensé mucho. Por un lado siempre ha estado el sentimiento de masculinizarme más por esta cuestión de tenerlo más fácil, de tener más seguridad, de ser leído como me siento y, por lo tanto, poder ser yo. Pero me di cuenta de que hormonarme lo hacía para que se me nombrara en masculino, no tanto por querer vivir esa metamorfosis corporal y tener otra voz, otro aspecto.
Para mí fue mucho más importante trabajar a nivel emocional lo que significaba para mí ser nombrado en femenino, la humillación que me suponía, la rabia, la impotencia. Y cuando me pude trabajar eso con mi proceso terapéutico me di cuenta de que no necesitaba hormonarme. Que frente a eso necesitaba generar estrategias de respuesta desde el humor, o desde donde fuera. Herramientas de respuesta y de aceptación interna para que no supusiera un impacto en mi cuerpo y, por lo tanto, no tuviera que ser algo que pasara por encima de mí. La hormonación pasó a ser algo que no deseaba, que no necesitaba, y eso me ha dado mucha libertad. Por eso tengo muy claro el tema de la operación. He hecho este mismo proceso con la cuestión del pecho y he llegado a ver que sí lo quiero.
De todas formas, yo estoy a favor de la hormonación. Si a una persona trans le da libertad, la empodera y la hace sentirse bien, me parece perfecto. Lo que me parece un problema es que la hormonación sea algo impuesto, como que lo sea una operación, y que nuestra identidad sólo esté respaldada por esos cambios físicos. Yo creo que la identidad es algo mucho más profundo y que va mucho más allá de una imagen física, y ahí está lo complejo de estos procesos. Las personas trans necesitamos ser leídas como nos sentimos, para reforzar y consolidar nuestra identidad. Y ahí es donde entra el ojo externo. Por eso la importancia constante de cómo nos leen, Que se te cuestione la identidad es algo realmente muy doloroso, porque es tocar la raíz más interna, es que te estén cuestionando tu ser.
Mi miedo es que se tomen estas decisiones sin ser conscientes o sin que sean elegidas conscientemente. Muchas veces la presión social a los trans nos hace tomar decisiones que igual si tuviéramos otras opciones no tomaríamos, o tomaríamos de otra manera, sin tanta inmediatez, sin tanto sufrimiento. Creo que si estas decisiones son de corazón, adelante, porque con tu cuerpo y tu proceso haz lo que quieras. El problema es, para mí, cuando estas decisiones están intentando cubrir un anhelo que nunca va a llegar. Yo, por ejemplo, me di cuenta de que poniéndome testosterona, que estuve dos semanas, lo que hacía era poner un parche, y lo hacía para que se me dejara de nombrar en femenino. Era mi forma de intentar encajar. Me di cuenta de que el problema no era si encajaba o no, sino lo que me pasaba a nivel emocional cuando no encajaba. El dolor interno es tan fuerte que haces cualquier cosa. Cuando me trabajé eso me di cuenta de que no encajar me encanta, y dejé de buscar el refuerzo identitario en la mirada externa y empecé a encontrarlo en mi propia mirada interna. Entonces lo tuve muy claro. No necesitaba hormonarme.
¿Y qué opinas de la atención a las personas trans dentro de la Seguridad Social?Lo veo muy complejo y muy jodido, porque las opciones que hay dentro de la S.S. son nefastas. Para mí son instituciones de violencia de género, destinadas a patologizar los cuerpos trans, con mucho poder institucional, con mucha presión... Te dicen qué tienes que hacer, cómo tienes que hacerlo y lo más duro, para mí, es que son profesionales que no tienen una perspectiva feminista. Están reforzando el binarismo de una forma muy cañera. Y creo que reforzar el binarismo para un trans es muy complejo. Si el binarismo no existiera, si no existieran hombres y mujeres, yo no existiría como trans, no me tendría que nombrar como trans. Por eso, para mí, no tomar hormonación ha sido algo muy reivindicativo. Ha significado decir “yo no quiero pasar por un tío y que se me lea como tío. Que pase esto es invisibilizarme a mí como trans”. Yo prefiero que no sepas cómo me lees y que te pongas en jaque y que te cuestiones este binarismo de género, al verme, que no que me leas en masculino y que sigamos nutriendo este monstruo. Que veas qué pasa si me nombras en femenino o en masculino, y qué pasa contigo, con tu género y con tu necesidad de clasificar en hombres y en mujeres, más que ser leído en masculino y que siga rodando el engranaje que tiene este mundo tan binario. Para mí es una violencia estructural muy fuerte, porque al final es decir que sólo hay blanco y hay negro ¿Y todos los grises que hay en medio dónde se quedan?
Ahora mismo, las instituciones de asesoramiento a personas trans no tienen esta perspectiva, sino un discurso basado en “tú vives en un cuerpo equivocado, estás sufriendo mucho, lo que tienes que hacer es ser un hombre, y serlo ya”. Y yo no lo comparto. Yo he tenido claro que nunca voy a llegar a ser un hombre. Lo que pasa muchas veces con personas trans es que hipotecamos nuestra vida para llegar a ser un hombre o a ser una mujer. Al final, toda nuestra vida se va en intentar conseguir algo que tiene un coste muy grande, porque proyectamos nuestra identidad en el físico, entonces buscamos conseguir ese cuerpo normativo, que de por sí, para cualquier persona, es muy difícil, pero encima para una persona trans es mucho más complejo. Imagínate todo lo que tienes que hacer: operaciones, hormonaciones, procesos legales en torno al cambio de nombre... Es mucha energía, mucho cansancio, mucha frustración para intentar encajar, y en muchos momentos hipotecar nuestras vidas y nuestra felicidad para conseguir ese fin. Yo prefiero no encajar. Prefiero no encajar y que todas nos cuestionemos qué pasa con este sistema binario de opresión. Por eso estoy a favor de la hormonación si te hace sentir bien, pero no como única opción frente a la transexualidad. Es una opción más e igual hay muchos trans que no se quieren nombrar trans, y que se quieren nombrar hombres, y lo respeto 100 por cien, pero no es mi forma de verlo y ni mucho menos de vivirlo. Ahora me quito las tetas, ahora me hormono, ahora me pongo pito, ahora me opero de la nuez... Siempre habrá un paso más, y este camino sin fin es lo que constantemente te está poniendo en riesgo y diciéndote que tú eres como una copia falsa. Por eso, éste no es mi camino...
Es muy diferente dar pasos porque te mueve el deseo y la ilusión, siendo consciente de hacia donde vas, que correr desesperadamente hacia un fin, pensando que en el fin está la solución. Y para mí lo bonito es disfrutar del proceso, no perseguir un fin a costa del proceso, porque al final este proceso es tu vida.
Tú has coordinado un grupo de terapia con otras personas trans. ¿Cómo ha sido la experiencia?Muy interesante. Fue un espacio donde toda la gente que estábamos éramos trans, llevado desde la perspectiva “gestaltica”. La idea era que cada quien usara ese espacio para poder llegar a ser protagonista de su propio tránsito. Normalmente te marcan mucho el camino cuando eres trans: endocrino, hormonación, operación, cambio de nombre... Te marcan los pasos a seguir y el tiempo. Desde mi punto de vista muchas veces son procesos muy acelerados, que cuesta mucho asimilar tanto a nivel corporal como emocional. Como si hacer el tránsito rápido fuera la solución a reducir la angustia. Todos estos pasos forman el camino a seguir, que yo no lo juzgo, pero hay muchos más caminos y eso no se nos explica. Los procesos vitales son muy diversos. Y este grupo ayudaba a darse cuenta y a tomar conciencia, y que cada quien pudiera elegir su propio camino. No era decir tienes que ir por aquí o por allá. Daba herramientas de autoconciencia para poder elegir.
Fuente: https://www.diagonalperiodico.net/cuerpo/28499-berta-teo-historia-transito.html

De cómo Occidente ha socavado los derechos de la mujer en el mundo árabe


Jadaliyya.com

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

La madre del mártir
(Foto de Nicola Pratt)
Este artículo se basa en algunas de las investigaciones que he llevado a cabo durante los dos últimos años sobre el activismo de las mujeres en Egipto, Líbano y Jordania, desde la independencia hasta los levantamientos árabes. Recogí alrededor de cien relatos personales de mujeres activistas de clase media de diferentes generaciones. Esta investigación se enmarcó inicialmente en referencia a lo que se percibe como una “paradoja de género”: a pesar de más de un siglo de activismo femenino, ¿por qué las mujeres de los países árabes continúan teniendo que enfrentarse a algunas de las mayores desigualdades de género en el mundo?
Descolonizando el género en el mundo árabe
Mi investigación ha intentado comprometerse críticamente con dos supuestos básicos que sustentan la formulación de tal paradoja. El primer supuesto es el que reduce el activismo de la mujer al acto de resistir frente al patriarcado. Este supuesto está incrustado dentro del concepto de la división público/privada por el que las feministas sostienen que las mujeres se ven relegadas a la esfera de lo privado, mientras que los hombres dominan la esfera pública. Esta división resulta problemática cuando miramos las evidencias del mundo árabe, donde se ha promovido la participación de la mujer como medio e indicador de modernización. Desde finales del siglo XIX, el discurso nacionalista en Oriente Medio construyó la figura de una llamada nueva mujer, educada y públicamente visible [1]. En este contexto, las mujeres de las elites y las clases medias empezaron a entrar en la vida pública, fundando básicamente asociaciones de beneficencia para pasar a crear después uniones de mujeres que exigían mayores derechos para la mujer dentro del matrimonio y que se ampliara el acceso de la mujer a la educación. Estas mujeres no se limitaban a “resistir al patriarcado” sino que más bien se consideraban a sí mismas como colaboradoras en la lucha contra el “atraso” y por la modernización de la nación. La visibilidad de las mujeres se convirtió particularmente en un marcador clave de identidad para las clases medias emergentes y la materialización de la noción de la “modernidad de la clase media” [2].
El segundo supuesto sobre el que se sustenta la cuestión de los derechos de la mujer en el mundo árabe aparece incrustado dentro de una epistemología orientalista que desde hace mucho tiempo ve la condición de la mujer como uno de los indicadores del atraso del mundo árabe. Sobre esta base, la respuesta popular entre los comentaristas occidentales a por qué el activismo de la mujer no ha conseguido el progreso de sus derechos “se debe a la resistencia del patriarcado árabe”. Esta respuesta es controvertida por la forma en que reduce las causas de la subordinación de la mujer a los valores y creencias culturales árabes, lo que implica que es “Occidente” quien establece el estándar de civilización en los derechos de la mujer. Por otra parte, los argumentos acerca de la naturaleza deficiente de la cultura árabe respecto a la mujer olvidan completamente las estructuras de poder basadas especialmente en la clase y nacionalidad e ignoran el papel de la economía política global y la geopolítica en la reproducción de estas jerarquías que se entrecruzan. Por tanto, la formulación del título de este artículo “De cómo Occidente ha socavado los derechos de la mujer en el mundo árabe” no promete un exposé de operaciones clandestinas de los gobiernos occidentales, sino que más bien pretende cuestionar desde el comienzo la forma de pensar habitual sobre los derechos de la mujer y el activismo de la mujer en el mundo árabe. Deseo hacer especialmente hincapié en las dimensiones geopolíticas de la construcción de normas de género más allá de leyes y políticas públicas para incluir las formas en las que las mujeres subvierten y vuelven a dar significado a las normas de género a través de su participación pública.
El ascenso de los movimientos radicales a partir de 1967
Este artículo se centra en el período que va desde 1967 hasta la década de 1980, durante el cual el mundo árabe vivió un ascenso de movimientos radicales y revolucionarios que desafiaban el statu quo geopolítico y la política, y su posterior derrota por los aliados occidentales en la región (en particular, los regímenes egipcio, jordano, saudí e israelí). Al conmemorar el quinto aniversario de los levantamientos árabes, es importante que reflexionemos sobre la agitación política y las políticas contenciosas desplegadas después de 1967, que revelan algunos paralelismos interesantes con el período 2011-2013.
La derrota masiva de los ejércitos árabes en la guerra árabo-israelí de 1967 puso en tela de juicio la legitimidad del proyecto panárabe y abrió una nueva era en la política árabe. Se ha escrito mucho sobre las dimensiones políticas y militares de la guerra de 1967 (entre otros, Louis y Shlaim [3]), así como sobre la búsqueda del alma intelectual que siguió a la masiva derrota [4]. Sin embargo, casi no se ha prestado atención a las implicaciones de género de la derrota. Esto es importante no sólo porque margina las experiencias particulares de la mujer, y por tanto del hombre, como sujetos y ciudadanos de género. Es también importante porque la derrota de 1967 creó una nueva oportunidad para que las mujeres transgredieran las normas de género feministas del Estado que habían sido parte integral de la construcción de ese Estado tras la independencia.
En Egipto, la profunda conmoción causada por la derrota de 1967 desencadenó nuevos movimientos de oposición, en cuyo centro estaba el movimiento estudiantil. Se desató inicialmente a causa de la indignación ante las leves penas de prisión impuestas a los generales del ejército responsables de la derrota de Egipto en la guerra. Sin embargo, las exigencias de los estudiantes fueron mucho más lejos, incluyendo demandas de mayores libertades políticas, así como la eliminación del personal de inteligencia y policía de los campus universitarios [5]. En enero de 1972, miles de estudiantes participaron en las manifestaciones que acabaron con una sentada en la Plaza Tahrir. Al día siguiente, dispersaron a la fuerza a los estudiantes, arrestando a algunos. Sin embargo, los estudiantes radicales continuaron elevando sus demandas políticas y nacionales, además de protestar contra el arresto de sus colegas.
Dentro de estos movimientos izquierdistas y nacionalistas, las cuestiones de los derechos de la mujer y la liberación estaban subordinados a los objetivos nacionales y políticos de la resistencia al imperialismo y al autoritarismo, a la lucha por la justicia social y la liberación de Palestina. Aunque los líderes del movimiento creían que las mujeres debían movilizarse y participar en la esfera pública como medio de modernizar las sociedades árabes, ignoraron las desigualdades de género dentro de la esfera privada [6].
No obstante, estos movimientos movilizaron con éxito a las mujeres jóvenes en el activismo político a un nivel sin precedentes. El torbellino político posterior a 1967 proporcionó oportunidades para que las jóvenes transgredieran las normas de género. La activista egipcia de los derechos humanos Aisa Seif al-Dawa recuerda su experiencia en la universidad durante el momento álgido del movimiento estudiantil egipcio.
Recuerdo que hice cosas entonces que ahora no creo que fuera capaz de hacer […]. Entrabas en un aula y decías: ‘¿Qué demonios estáis haciendo sentados aquí en el aula? ¡Deberíais uniros al movimiento!’ […] Y después de decir eso te marchabas, ahora me siento abochornada al pensarlo…”
Otra de las activista era Hala Shukrallah, nacida en El Cairo en 1954 y que había pasado gran parte de su juventud en Canadá, donde su padre era embajador de la Liga de Estados Árabes. Volvió a Egipto en 1971; el arresto de sus hermanos, que eran activistas del movimiento estudiantil, hizo que se incorporara a la lucha. A pesar de su juventud, se convirtió en una de las líderes del movimiento de las familias de los arrestados. Recuerda una reunión con el portavoz del parlamento, que conocía a su padre muy bien:
“… Así que empezó a hablarme en un tono muy personal: ‘Oh, Hala, te conozco desde que eras una niña’. Yo le dije: ¡Por favor, compórtese de forma profesional’. Que le dijera eso le sentó muy mal. Sé que fui impertinente. Pero, de todas formas, eso era algo normal en aquella época.”
Los recuerdos de muchas de las mujeres que entrevisté sugieren un entorno socio-político muy cambiante en el período posterior a la derrota de 1967. Habían aparecido diversos movimientos sociales y políticos que desafiaban el statu quo político, geopolítico y social. Aunque ideológicamente esos movimientos presentaban actitudes problemáticas hacia la igualdad de géneros, sin embargo, proporcionaban un terreno fértil para que las mujeres de clase media pudieran subvertir las jerarquías de género y transgredir las normas dominantes de la respetabilidad de género al participar en manifestaciones callejeras, incorporarse a grupos políticos, desafiar a las autoridades y desobedecer a los padres. Algunas fueron arrestadas. De esta forma, las mujeres alinearon sus nuevos comportamientos radicales de género con la resistencia al statu quo socio-político y geopolítico.
La contrarrevolución
Sin embargo, esta oleada revolucionaria posterior a 1967 en los países árabes fue finalmente derrotada por los aliados de Occidente en la región. En particular, el apoyo estadounidense a Egipto subió a miles de millones de dólares de ayuda después de que el presidente Anwar al-Sada firmara el tratado de paz con Israel en 1979 [7]. La contrarrevolución no sólo acosó a las fuerzas políticas radicales sino también a las mujeres y las luchas de género.
El presidente Sadat intentó en un primer momento socavar los movimientos políticos radicales permitiendo que los islamistas actuaran abiertamente en los campus universitarios, en contraste con el gobierno de su predecesor Gamal Abdel-Naser, durante el cual los islamistas habían sido encarcelados e incluso ejecutados [8]. Los cuerpos de las mujeres y las normas de género fueron fundamentales en esa contrarrevolución. Aida Seif al-Dawla recuerda que los islamistas se hicieron con el sindicato de estudiantes en 1975 y empezaron a promocionar la vestimenta islámica a precios reducidos: “Y fue durante esa época […] [cuando] llegué a conocer a una pareja de jóvenes, ambas iban veladas y nos llevábamos bien, así que […] empezaron a decirme ‘¿por qué no te pones el velo?’”.
Aida recuerda también los conflictos entre los islamistas y otros estudiantes:
Sí, aquellos últimos años en la universidad, estaban los islamistas por un lado y los naseristas por otro. Y los enfrentamientos fueron violentos, […] los estudiantes recibieron palizas. Desde luego, a nosotras, al ser mujeres, no nos pegaron. Al menos, a mí no. Pero nos trataban muy mal […], nos llamaban ‘zorras’ y ‘putas’ y nos decían que ‘íbamos allí a buscar marido’, que por eso nos metíamos en la política, y cosas así. Estaba deseando acabar y licenciarme.”
El apoyo de Sadat a los estudiantes islamistas y su acercamiento más abierto al islamismo político no fue sólo una vía para contrarrestar la influencia del naserismo y los grupos políticos de izquierda sino también una señal de clara ruptura con el régimen laico modernizante de Naser, fundamental en lo que había sido un feminismo estatal. Sadat acabó con algunos de los avances conseguidos por las mujeres de clase media a través de la introducción de las infitah o reformas económicas que favorecían al sector privado. El descenso relativo en los salarios del sector público como consecuencia de las infitah impactó de forma desproporcionada en las mujeres, para quienes el sector público era el empleador de primera elección. Por vez primera, y en una marcada desviación de la era naserista, hubo debates públicos que cuestionaban el deseo de las mujeres de trabajar y el gobierno “ofreció numerosos incentivos [a las mujeres] para que pidieran excedencias sin salario para criar a sus hijos y/o trabajar a tiempo parcial” [9]. Esas actitudes reflejaban un creciente conservadurismo social que estaba siendo fomentado por los islamistas.
La resistencia popular ante las infitah culminó en el levantamiento de 1977, denominado en los medios occidentales los “disturbios del pan”, o por los egipcios “la revuelta del pan”. Las protestas fueron provocadas por el anuncio del gobierno de eliminar los subsidios a varios productos básicos, incluyendo el azúcar, el pan y el arroz, así como reducciones en los salarios del Estado, que llevó a duplicar los precios de la noche a la mañana. El 17 de enero, los obreros salieron de sus fábricas y a ellos se unieron después miles de estudiantes, funcionarios y otros egipcios, marchando todos hacia el centro de El Cairo. Las protestas se extendieron por todo el país.
Al final, las fuerzas de seguridad mataron a 160 manifestantes e hirieron a unos 800 [10]. Miles de izquierdistas fueron rodeados y encarcelados, acusados de intentar derrocar al régimen [11]. Muchos fueron liberados sin cargos pero no antes de pasar hasta seis meses en detención administrativa [12]. La activista de los derechos humanos Magda Adli, entonces estudiante de medicina en la universidad de Al-Azhar, fue una de las veinte personas arrestadas por su implicación en el levantamiento y pasó más de un año en prisión.
Me arrestaron en la universidad y me acusaron de intentar derrocar al régimen y de pertenecer a una organización secreta y todo el resto de la lista de acusaciones que la seguridad del Estado sigue todavía hoy utilizando. Pasé catorce o quince meses en la cárcel. […] Eso me supuso perder un año de universidad […] Fui sentenciada a tres años de cárcel, junto con otras personas, nos sentenciaron a unas veinte […] pero no cumplí toda la condena… Estaba bajo vigilancia de la seguridad estatal todo el tiempo incluso cuando hacía mis exámenes… y cada nuevo caso que la seguridad estatal tenía contra activistas políticas o socialistas o quien fuera, me sometían a interrogatorio […] Todo el tiempo estuve jugando al gato y al ratón con ellos, por eso no pudieron cogerme aunque me acusaron aún en tres ocasiones, hasta que me licencié.”
La represión a gran escala contra los activistas después de 1977 marcó el fin del movimiento estudiantil de izquierdas como fuerza dentro de la política egipcia. Muchas de las organizaciones marxistas clandestinas empezaron a deshacerse. Algo parecido a lo que hemos visto en Egipto desde el verano de 2013, con muchos activistas desilusionados y retirándose del activismo público. Muchos se tomaron tiempo para leer, seguir con sus carreras o estudios de doctorado en el extranjero y reflexionar y revisar sus anteriores creencias político-ideológicas. Las mujeres que asistían a la universidad en la década de 1980 me comentaron que casi no había activismo político en los campus egipcios más allá de los grupos de estudiantes islamistas.
Desgajando las agendas del activismo y los derechos de la mujer de las luchas populares
Una parte fundamental de la contrarrevolución fue la restauración del anterior statu quo de género, en el que se esperaba que las mujeres obedecieran las jerarquías de género y las nociones de respetabilidad femenina. Sin embargo, esto no puso fin a la participación política de la mujer. Quizá de forma paradójica, las iniciativas y organizaciones independientes de mujeres empezaron a florecer en las secuelas de la contrarrevolución. El grupo de estudio Nueva Mujer, que se convirtió más tarde en la Fundación de la Nueva Mujer, se inició con antiguos integrantes del movimiento estudiantil a fin de entender la subordinación específica de la mujer. Nawal El-Saadawi estableció la Asociación de Solidaridad de las Mujeres Árabes, planteando la cuestión de la violencia contra las mujeres. En 1985, un grupo de abogadas y activistas creó una coalición contra la revocación de las relativamente progresistas enmiendas de 1979 a la ley del estatuto personal, entre otras iniciativas de la década de 1980 (véase Al-Ali para más detalles) [13].
El resurgimiento de las asociaciones independientes de mujeres en Egipto por vez primera desde la década de 1950, dio espacio a las mujeres para que pudieran articular un nuevo discurso de género que escapaba de la problemática subordinación de las cuestiones de la mujer dentro de las ideologías revolucionarias y radicales. Sin embargo, en un contexto en el que las fuerzas populares habían sido derrotadas y los grupos de la oposición política, con excepción de los islamistas, eran débiles, también llevó al aislamiento de las agendas de los derechos de la mujer dentro de la política regional e interna. Este aislamiento se exacerbó por la creciente “ONGeización” de los movimientos de mujeres después de 1990 [14], que no apoyaban la movilización de electorados más amplios. Además, las demandas de los derechos de la mujer quedaron deslegitimados por el hecho de que el régimen egipcio instrumentalizaba selectivamente esos derechos e intentaba cooptar, por ejemplo, a las organizaciones de mujeres a través del Consejo Nacional para la Mujer. Esto formaba parte del intento de proyectar una imagen “moderna” en el extranjero y asegurar los derechos de la mujer dentro de la alianza liderada por EEUU contra el “terrorismo” [15].
No es por tanto sorprendente que cuando empezaron a surgir movimientos populares después del año 2000, inicialmente auspiciados por la II Intifada palestina, las cuestiones de los derechos de la mujer no estuvieran en la agenda. Las mujeres eran muy visibles en estos movimientos y, sin embargo, a diferencia de los movimientos revolucionarios posteriores a 1967, casi no había intentos de incluir “la cuestión de la mujer” dentro de estos movimientos de oposición al imperialismo, neoliberalismo y autoritarismo estadounidense.
Volviendo a popularizar y a despopularizar los derechos de la mujer después de 2011
Fue sólo entre 2011 y 2013 cuando las mujeres pudieron reinsertar la “cuestión de la mujer” en los movimientos populares. En respuesta a las amenazas a los derechos de la mujer y al aumento de la violencia contra las mujeres activistas bajo el gobierno del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y de la Hermandad Musulmana, las organizaciones masivas de mujeres aparecieron fuera de las ONG establecidas de mujeres. Las activistas egipcias estuvieron a la vanguardia de las luchas por la justicia social y la democracia en el Egipto post-Mubarak, aunque también plantearon demandas específicas de género con respecto a la participación de la mujer y a la integridad de sus cuerpos. De hecho, lograron integrar la transformación de las normas de género en demandas de transformaciones sociopolíticas más amplias (véanse varios capítulos en El Said, Meari y Pratt) [16].
Sin embargo, los logros del activismo de masas independiente de las mujeres han quedado debilitados a causa de la polarización política y el creciente autoritarismo que se están viviendo desde el derrocamiento del presidente de la Hermandad Musulmana, Mohammed Morsi, en julio de 2013. Aunque el régimen posterior a julio de 2013 ha ampliado los derechos de la mujer a través de la constitución y la ley contra el acoso sexual de 2014, ha restringido también duramente la libertad de asociación y de expresión. Para la contrarrevolución es fundamental que exista un nuevo trato patriarcal, en el cual el régimen protege los derechos de la mujer y, a cambio, la mujer debe abandonar su libertad para organizar y definir su propia agenda. Como escribí el año pasado, las activistas se están enfrentando a un enorme desafío en sus intentos simultáneos de mantener su paradigma dinámico por la justicia de género, resistir la cooptación del Estado y las imposiciones de arriba a abajo e integrar las construcciones revolucionarias de género desde la base hacia arriba.
Conclusión
En este artículo me propuse cuestionar dos supuestos sobre el activismo de la mujer y sus derechos en el mundo árabe. En primer lugar, he intentado ampliar nuestra concepción respecto a la capacidad de actuar de la mujer más allá de la resistencia al patriarcado y a demostrar las vías por las que la subversión y los nuevos significados de las normas de género eran también parte de un movimiento contrahegemónico frente el orden socio-político y geopolítico posterior a 1967. En otras palabras, de la participación de la mujer en movimientos radicales que encarnan transformaciones sociopolíticas, incluida la transformación de las normas de género. A este respecto, vemos paralelismos en la aparición del activismo de masas de la mujer como parte de las luchas revolucionarias posteriores a 2011.
En segundo lugar, he tratado de cuestionar la noción de que Occidente es un agente de progreso de los derechos de la mujer en el mundo árabe porque la realidad es que, como resultado de sus intereses geopolíticos, se ha dedicado más bien a apoyar a regímenes que han reprimido los movimientos populares radicales y revolucionarios y suprimido la encarnación de la mujer en feminidades radicales. A largo plazo, la desaparición de los movimientos laicos y radicales ha llevado a la escisión de las agendas laicas de los derechos de la mujer de los proyectos populares locales, allanando el camino para su cooptación e instrumentalización por regímenes autoritarios y actores internacionales, volviendo vulnerables a las activistas por los derechos laicos de la mujer ante las acusaciones de representar agendas extranjeras. Las activistas se enfrentan hoy a peligros muy parecidos en el contexto de la contrarrevolución en curso por todo el mundo árabe.

Notas:
[1] Abu-Lughod, Lila (1998) Remaking Women: Feminism and Modernity in the Middle East , Princeton: Princeton University Press.
[2] Watenpaugh, Keith David (2006) Being Modern in the Middle East: Revolution, Nationalism, Colonialism and the Arab Middle Class , Princeton: Princeton University Press.
[3] Louis, Wm. Roger and Avi Shlaim, eds. (2012). The 1967 Arab-Israeli War: Origins and Consequences, Cambridge: Cambridge University Press.
[4] Ajami, Fouad (1981) The Arab Predicament: Arab Political Thought and Practice since 1967 , Cambridge: Cambridge University Press.
[5] Abdalla, Ahmed (1985) The Student Movement and National Politics in Egypt 1923-1973 , London: Saqi Books, pp. 151-153.
[6] Hasso, Frances S. (2000) Modernity and Gender in Arab Accounts of the 1948 and 1967 Defeats, International Journal of Middle East Studies , 32: 4, pp. 491-510.
[7] Brownlee, Jason (2012) Democracy Prevention, Cambridge: Cambridge University Press.
[8] Abdalla, Ahmed (1985) The Student Movement and National Politics in Egypt 1923-1973, London: Saqi Books. Ayubi, Nazih (1991) Political Islam: Religion and Politics in the Arab World , London: Routledge. Gerges, Fawaz (2012) The Transformation of Arab Politics: Disentangling Myth from Reality, in Louis, Wm. Roger and Avi Shlaim, eds. The 1967 Arab-Israeli War: Origins and Consequences. Cambridge: Cambridge University Press, pp. 285-314.
[9] Hatem, Mervat (1992) Economic and Political Liberation in Egypt and the Demise of State Feminism, International Journal of Middle East Studies , 24:2, pp. 231-251.
[10] Kandil, Hazem (2012) Soldiers, Spies, and Statesmen: Egypt’s Road to Revolt, London: Verso Books, p. 169
[11] Hirst, David (1977) Egyptians Riot over Price Rises, The Guardian, January 19, p. 1. Stevens, Janet (1978) Political Repression in Egypt, Middle East Research and Information Project Report , no. 66, pp. 18-21.
[12] Stevens, Janet (1978) Political Repression in Egypt, Middle East Research and Information Project Report , no. 66, pp. 18-21.
[13] Al-Ali, Nadje Sadig (2000) Secularism, Gender and the State in the Middle East: The Egyptian Women’s Movement , Cambridge: Cambridge University Press.
[14] Jad, Islah (2004) The NGO-ization of the Arab Women’s Movements, IDS Bulletin, 35:4, pp. 34-42.
[15] Pratt, Nicola (2012) The Gender Logics of Resistance to the ‘War on Terror’: constructing sex–gender difference through the erasure of patriarchy in the Middle East, Third World Quarterly , 33:10, pp. 1821-1836.
[16] El Said, Maha, Lena Meari and Nicola Pratt, eds. Rethinking Gender in Revolutions and Resistance: Lessons from the Arab World , London: Zed.
Nicola Pratt es profesora adjunta de Política Internacional del Oriente Medio en la Universidad de Warwick, Reino Unido. Es coautora, junto con Nadje Al-Ali, de “What Kind of Liberation? Women and the Occupation of Iraq” (University of California Press, 2009) y coeditora , también con Nadje Al-Ali , de “ Women and War in the Middle East” (Zed Press, 2009).

[Este artículo es una versión condensada de una conferencia con el mismo nombre impartida en el LSE Middle East Centre el 20 de enero de 2016.]
Fuente: http://www.jadaliyya.com/pages/index/23693/how-the-west-undermined-women%E2%80%99s-rights-in-the-arab

lunes, 1 de febrero de 2016

“El estereotipo 90-60-90 del cuerpo femenino está muy presente en nuestra cultura”

Entrevista con Nadia Fink, autora de "Antiprincesas"
Foto: Florencia Ferioli - ANCCOM

El Desconcierto

Desde una editorial independiente y autogestiva, nacieron en Argentina las “Antiprincesas”: mujeres reales, independientes, latinoamericanas y revolucionarias en formato de cuentos para niños y niñas. Su autora conversa con El Desconcierto de las motivaciones y la lucha contra los estereotipos de los cuentos tradicionales.

En el barrio de Agronomía, en la ciudad de Buenos Aires, una niña llegó a la escuela con su edición de Juana de Azurduy, de Antiprincesas, para compartir con sus compañeras. Pero al llegar a la sala, se encontró con que sus compañeras tenían la edición Frida Kahlo y otras tenían la de Violeta Parra. La anécdota llegó a los oídos de Nadia Fink, periodista argentina y escritora de la serie de libros infantiles que busca, a través de historias de mujeres reales y latinoamericanas, contrastar el ideal de que promueven los clásicos cuentos infantiles.Desde su lanzamiento a mediados del año pasado, la serie Antiprincesas tuvo una repercusión inesperada. Desde una editorial independiente -Chirimbote- y de manera autogestiva, los argentinos Nadia Fink (escritora), Martín Azcurra (diseñador) y Pipo (dibujante), tomaron los casos de Parra, Kahlo y de Azurduy para contarles a los niños las historias de estas mujeres libres, pensantes, independientes y revolucionarias. Todas lejos del estereotipo de género clásicos de los cuentos infantiles, donde la princesa espera a ser rescatada por un príncipe.
En conversación con eldesconcierto.cl, Nadia Fink cuenta cómo ella misma de niña sufrió con el estereotipo que transmiten los cuentos infantiles. “La idea de ser la mujer que tenía que quedarse esperando que la rescataran me resultaba muy aburrido y siempre terminaba pidiendo ser hombre, no por una cuestión de género, sino por diversión”.
– ¿Qué es lo que los motivó a lanzar un proyecto como este?
Veníamos pensando hace varios años laburar la infancia, porque nos parecía que tanto los medios independientes, las editoriales o como la izquierda misma, se debía un trabajo con la infancia. A veces se trabaja de la inmediatez de la noticia, de la información y la infancia queda un poco relegada a quienes se ocupan de su educación o de su cultura. Y lo de hacer historias de mujeres reales nos parecía bueno para romper un poco con los estereotipos de princesas, que muchas veces se repiten en la crianzas. Tenemos presente en nuestra cultura el estereotipo del 90-60-90 en el cuerpo femenino, de los pelos preciosos y larguísimos, hay fiestas para nenas que festejan su cumpleaños a los 7-8 años. Nos parece que más allá de que se avance en un montón de discusiones, las princesas que más permanecen de Disney son las clásicas, Blancanieves, la Bella y la Bestia.
– Y ahí toman la decisión de romper los estereotipos tradicionales a través de mujeres con historias de vida dura y que son parte de la cultura latinoamericana. ¿Por qué?
Justamente, los cuentos clásicos se repiten permanentemente, no hay mucho cuestionamiento. Creo que a veces el final feliz opaca toda una vida de penurias, tristezas, degradaciones en casi todas las historias. Sí, tuvieron vidas más reales, más cercanas a lo que pueda tener cualquier mujer. Y que sean latinoamericanas nos parece trascendental porque ese tipo de libros se han focalizado siempre en la cultura europea y creemos que nuestras niñas necesitan estos espejos diferentes donde mirarse, que se acerquen más a su realidad, a su contexto, a su vida, a sus colores, sus tamaños. No parecía que estas tres primeras heroínas que elegimos, estas tres primeras anti princesas tenían características de haber trascendido a su tiempo, de haber intentado ser felices a partir de lo que generaron, de superar sus dolencias físicas y emocionales para seguir tras su objetivo, de tener un objetivo colectivo más común.
– ¿Qué esperan que aprendan los niños después de leer estos libros?
Un libro solo no cambia la vida o el pensamiento de nadie. Sí generan preguntas que ayudan a ser disparadores para quienes están trabajando, sobre todo adultos y adultas que pueden tener otras herramientas desde donde trabajar. Tratamos de proponerlos como disparadores para que se sigan trabajando otros temas y por suerte han resultado muy atractivos para los chicos y las chicas. La imagen también es fundamental, que Pitu consigue de manera sensible, creativa, original, cercana del espíritu de la niñez, y en eso tratamos de no espantarnos con asemejarnos a lo industrial en el sentido de darle importancia a la imagen. Eso también es un desafío que tenemos que superar desde la autogestión y la independencia.
– ¿Cómo analizas la repercusión mundial que ha tenido la colección?
No lo esperábamos. Venimos trabajando de manera autogestiva de hace muchos años y no esperábamos que tuviera esta repercusión porque estábamos haciendo las cosas de la misma manera, no hicimos nada nuevo y diferente, sino simplemente que se fue propagando, gestándose una movida de boca en boca, de muro en muro como digo yo. Nos gusta porque si bien hay mucha gente que lo compra porque conoce a Frida Kahlo y le llamó la atención la imagen, adentro se encuentra con algo mucho más profundo, que trata de romper desde estereotipos hasta algunas concepciones de temáticas.
– ¿Y cómo presentan esas temáticas distintas desde la literatura infantil? Asumen que lidian con niños y niñas pensantes, capaces de reflexionar sobre estos cuentos…
Lo que tratamos de hacer es simplificar el lenguaje pero no empobrecerlo, de sumar palabras difíciles con este recurso que ideó Martín Azcurra, el diseñador, que es generar vínculos, ventanitas, que emulan las nuevas tecnologías y ayudan a definir palabras difíciles y hay un pajarito preguntón, un perrito preguntón, va rotando el animalito o el objeto que interviene en esas preguntas que a veces se hacen los niños y las niñas cuando se lee en voz alta, así que el relato va teniendo sus idas y vueltas.
– La sociedad chilena, por ejemplo, es muy conservadora y está discutiendo un proyecto de aborto en tres causales. ¿Esa fórmula que dices les permitiría abordar temas como aborto, matrimonio homosexual, transgéneros, a través de la literatura infantil?
En realidad vamos sumando de a poco ciertas temáticas. Cómo plantear el aborto de verdad que no tengo idea jaja, supongo que llevará bastante tiempo, pensando que no en todos lados es legal. Acá en Argentina se da una disputa de hace muchos años, más allá del progresismo kirchnerista, es un tema que no se puede debatir y hasta el día de hoy, si bien hay un protocolo ante ciertos casos, los médicos no los cumplen. Así que ese tema será para mucho más adelante porque es para niños y niñas. Tenemos que pensar en un tema que no sea para bajar líneas sino que esté dentro de una historia, una narración, un cuento, con personajes y otras características. Sí hablamos en los libros -en el caso de Frida- de la revolución, de amor libre, de homosexualidad, en caso de Violeta de la crianza sola de los hijos e hijas que les sucede a muchas mujeres. Hablamos de la muerte, de la enfermedad, lo planteamos dentro de la historia que estamos contando. Por eso tratamos de que todo esté inserto en un relato y no algo que trate de llamar más la atención. En general han tenido buena recepción, incluso en padres o madres que no son tan progres por decirlo de una manera y que eligen como contárselos también.
– En el libro de Violeta Parra omiten el tema del suicidio. ¿Por qué?
Tratamos de ver qué queremos contar y qué focalizar de cada vida. En caso de Frida, se habla de la muerte, y está contada a partir de una leyenda azteca. Pero en Violeta decidimos obviarlo porque queríamos rescatar otras cosas y nos pareció que contar el suicidio podría querer transmitir que las mujeres que se animan terminan todas mal. Entonces íbamos cuidando y tuvimos una nueva manera de encarar el relato. En eso también tratamos de jugar, en que cada libro sea único y que nos lleva a nosotros a la experimentación creativa también.
 La última publicación es de Julio Cortázar el primer Antihéroe. ¿Qué aspectos de su vida lo hacen ser un antihéroe?
En realidad los anti héroes serían, más que anti heroes, anti súper héroes. Algunos nos decían, por qué no anti príncipes. Pero el tema es que el príncipe no ocupa un lugar protagónico en la vida de los niños, en general son figuras que están a disposición de un princesa. En cambio los súper héroes si son lugares de donde se puede desarrollar el estereotipo masculino, el que tiene la fuerza, el súper poder, que es burlado e ignorado hasta que todos descubren que es un genio que puede salvar al mundo. Estos hombres, anti héroes, tienen superpoderes, pero en caso de Cortazar es el súper poder de la palabra puesta en juego, que es algo que nos interesa de él. Y justamente que hablamos de hombres que se destacaron en algunos aspectos, también no profundizamos mucho en lo biográfico, como sí lo hacemos en su legado. En Cortázar es un recorrido a los saltitos -emulando a La Rayuela- de su obra y de sus personajes más entrañables.

Desde la editorial independiente Chirimbote ya decidieron las próximas ediciones de los populares cuentos para chicos y chicas: El Che Guevara, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano y el Subcomandante Marcos serán los Antihéroes, mientras que las Antiprincesas serán Clarice Lispector, Mercedes Sosa, la colombiana Policarpa Salavarrieta y Eva Perón.
En Chile se pueden conseguir las ediciones de Violeta Parra, Frida Kahlo y Juana de Azurduy – y próximamente Julio Cortázar- a través de la editorial Chirimbote Chile y librería Proyección.
Fuente: http://www.eldesconcierto.cl/sin-fronteras/2016/02/01/nadia-fink-autora-de-antiprincesas-el-estereotipo-90-60-90-del-cuerpo-femenino-esta-muy-presente-en-nuestra-cultura/

El señor y la niña bella

La niña más bonita de la aldea será también la más infeliz

No se necesita un escenario de guerra para observar las múltiples amenazas que rodean, como si se tratara de algo natural, la vida de niñas, adolescentes y mujeres impidiéndoles desarrollarse de manera plena para gozar de su vida en libertad y con todas las garantías propias de un sistema de legalidad. Este tema es la denuncia constante de activistas de derechos humanos, académicos y estudiosos del fenómeno social en países en desarrollo y de quien quiera detenerse a echar una mirada curiosa en aldeas, caseríos y ciudades de nuestra América Latina.
Niñas embarazadas es la constante. Sus familias, pobres y privadas de todo beneficio por obra y gracia de un sistema de privilegios, prefieren entregar a sus hijas en matrimonios precoces –la mayoría forzados- en aras de quitarse el peso de alimentar una boca más, pero hacerlo de modo de evitar el bochorno ante el resto de la comunidad. Para ello las negocian con hombres maduros que ofrecen cualquier prebenda a cambio de esa niña cuya voluntad no cuenta en la transacción y cuyo destino es marcado con la huella estampada en el acta de matrimonio.
Los datos son espeluznantes y van en aumento. Pero no solo en matrimonios a temprana edad, sino en uniones forzadas, secuestros, violaciones y trata de niñas menores de 14 años, perpetrados tanto por sus familiares cercanos, quienes las consideran un sub producto útil para transar, como por autoridades de las comunidades en donde nacen y se desarrollan. Pero a esto se han sumado también las organizaciones criminales, cuyos territorios abarcan todo lo abandonado por los Estados de la región en términos de seguridad, protección de la infancia y establecimiento del estado de Derecho.
Esos matrimonios constituyen una patología social de larga data y para erradicarlos por completo no bastará una normativa legal que ponga un límite de edad para contraer nupcias. Y tampoco es cuestión de establecer castigos severos a los infractores, la mayoría de los cuales ni siquieran comprenden el concepto de estas restricciones, porque vienen a cuestionar una norma de vida comunitaria desde tiempos de sus ancestros.
El trabajo de cambiar la visión tiene desafíos casi imposibles desde el punto de vista logístico y eso lo saben todas las entidades nacionales e internacionales cuya misión es propiciar una transformación profunda de este estado de cosas. Los estudios de campo muestran un escenario, incomprensible para quienes tienen una perspectiva urbana e intelectual, en el cual tanto hombres como mujeres de sectores marginales, pobres y mayoritariamente rurales, consideran estas prácticas como algo perfectamente aceptable.
En aras de darle un vuelco de 90 grados a la situación de las niñas en condición de pobreza y exclusión -las principales víctimas de este tráfico muchas veces legalizado- la educación es la única herramienta posible. Pero la educación solo será efectiva en un contexto de respeto por los derechos humanos y una administración de gobierno capaz de priorizar las políticas orientadas a satisfacer las necesidades de este sector de la población.
El pensamiento patriarcal, patente y soberano en todas las instancias de las sociedades latinoamericanas, deberá dejar paso a un sistema de justicia social, el mismo que en la actualidad representa una amenaza para las naciones más desarrolladas. La triste suerte de millones de niñas, aunque a simple vista no lo parezca, es otro de los hilos de la trama de un sistema capitalista despiadado y voraz.
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