RADIO "PONCHOSVERDES.FM"

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Feminismo y globalización: una mirada desde América Latina


Francesca Gargallo
UACM, 10 de septiembre de 2008
Las primeras y más contundentes evidencias de que la globalización del sistema capitalista financiero tiene muy poco que ver con un mundo de cambios científico-tecnológicos unificado bajo la égida de la justicia planetaria son el crecimiento vertiginoso de las diferencias entre ricos y pobres, así como la doble medida con que los sistemas de comunicación y los sistemas políticos y económicos del mundo tratan a los liberales pertenecientes a ese 21 por ciento de la población mundial que controla el 78 por ciento de la producción de bienes y servicios y consume el 75 por ciento de los recursos económicos, alimentarios y energéticos de la Tierra, y las mujeres y los hombres que pertenecen al 79 por ciento de la humanidad restante, en los países de industrialización  dependiente, cuando son críticos del supuesto desarrollo científico y de la economía de mercado.
Esta doble medida las feministas la conocemos bien, puesto que la evidenciamos hace años para denunciar cómo el sistema de dominación responde de manera diferenciada a las mismas acciones si son llevadas a cabo por los miembros de un grupo considerado hegemónico (los hombres) y los de un grupo dominado (las mujeres). Nosotras empezamos a hablar de doble moral sexual, doble rasero jurídico, y doble valoración económica cuando quisimos visibilizar que una acción efectuada por los hombres era bien vista, o aceptada, o tolerada, mientras era duramente reprimida y condenada –social, económica o jurídicamente- si efectuada por las mujeres. Esta doble moral es efecto de una relación social –material, concreta e histórica- que refuerza con su ejercicio: la relación entre las mujeres y los hombres, ligada al sistema de producción y trabajo, que consagra la explotación de las primeras por los segundos, oponiendo sus intereses.[1]
Hoy las feministas debemos empezar a reflexionar si el 79 por ciento de la humanidad ha sido “feminizada” (literalmente reducida a la clase social de las mujeres) por el sistema financiero transnacional, en modo de poderse permitir la represión de todos los actos que lleve a cabo para detener su explotación, o si las mujeres siempre fuimos el más evidente y totalizado de los grupos dominados por las sociedades desiguales, por lo que hoy otras mayorías son relegadas a una posición secundaria por el sistema, como nosotras lo fuimos en el pasado reciente y lo seguimos siendo en el presente a pesar de la visibilidad y poder que algunas, muy pocas, están alcanzando al interior del sistema mismo.
La feminización de lo que se quiere conquistar es una constante en la historia de la Modernidad,[2] habiendo iniciado con la conversión del territorio llamado América por sus invasores en una “tierra para otros”,[3] eso es en una tierra y poblaciones al servicio de la riqueza y bienestar de otros, donde los habitantes originarios fueron desplazados en su propio territorio, al mismo tiempo que se explotaba su fuerza de trabajo y se naturalizaba su inferioridad social.
Parecería que hoy el mundo entero y todos los pueblos y personas que no pertenecen a un puñado de clases dirigentes de la Europa centro-occidental, el Asia nororiental y el norte de Norteamérica son excluidos de la autorrepresentación de la modernidad -su civilización y su desarrollo- exactamente porque su trabajo le es indispensable a ese puñado de clases dirigentes para definirse como portadoras de una cultura política y económica modelo.[4] La globalización consiste básicamente en una reorganización profunda del sistema de producción, distribución y consumo a escala mundial. En nombre de una modernidad que sólo beneficia a quien la impone, se violenta el trabajo de las mayorías, las tierras ancestrales de pueblos que se han resistido a renunciar a su cultura tradicional, las riquezas ambientales de la humanidad, las formas agrícolas ancestrales de producción. La feminización del mundo no dominante correspondería por lo tanto a la apropiación por el occidente masculinizado del trabajo de hombres y mujeres, su cosificación como herramienta de producción y reproducción. Ahora bien, para perpetuarse, esta feminización necesita naturalizarse, volverse explicable mediante un esquema que jerarquiza la desigualdad en nombre de superioridades e inferioridades “naturales”, cuando no “raciales”[5] -o sea inmutables, ajenas a toda emancipación y marginadas de la historia- entre los seres humanos.
Para analizar la globalización como un proceso de feminización de todas las mayorías del mundo debemos recordar que éste es el resultado último de un complejo sistema de represión de la materialidad e identidad de quienes el mismo occidente masculinizado define de antemano como impropios de emancipación política, libertad de juicio, derechos económicos y autodeterminación ambiental, por “atrasados” frente al modelo que impone y prohíbe alcanzar al mismo tiempo.
Por nuestra experiencia histórica, rescatada por los estudios feministas, las mujeres sabemos que las sociedades dominantes que se identifican con la masculinidad linear y sus imposiciones culturales provocan que las y los dominados no accedan al conocimiento de su propia realidad. Terminan por vivirla como algo determinado desde fuera de su voluntad, sin relación con su ser, como algo impuesto por quien los odia. Según Carla Rice, “el odio hacia las mujeres –expresado tanto en las imágenes como en los actos de violencia cotidianos- nos empuja hacia fuera de nuestros cuerpos. Nos hace igualmente perder la razón”;[6] de idéntica manera, las mujeres y los hombres de los pueblos campesinos de México, India, Centroamérica, la región andina, la Amazonía, el África subsahariana, China, y otras regiones, sufren la expulsión de sus tierras y la violencia contra sus formas de vida, con la subsecuente conversión en indigentes urbanos dispuestos a cualquier trabajo legal o ilegal, como una condena de un poder que los rebasa y contra el que cuesta la razón organizarse.
A la vez, así como muchas mujeres “migraron” hacia las formas de vida que consideran prerrogativas de la clase social de los hombres e intentan “masculinizarse”  para sobrevivir a la violencia de la misoginia, millones de seres humanos migran hoy hacia Europa y América del Norte con la ilusión de alcanzar el modelo de vida de quien los explota. Lo que pierden al hacerlo no pueden analizarlo mientras enfrentan el hecho duro que desde 1980 no ha habido una disminución de la pobreza, sino que ésta se ha incrementado, provocando la dispersión y la agudización regional de un hambre que mata o crea daños irreversibles en las capacidades neuronales de la mayoría de niñas y niños del mundo.[7] Al no poderlo analizar, las mayorías pauperizadas de la globalización no pueden entenderlo: aun la vida en su condición de oprimidas y oprimidos sólo les representa un valor por ser el único capital que pueden invertir para la adquisición del status de trabajador-a-es de un país que dirige el proceso de globalización.[8]
De tal modo, la experiencia de las mujeres echa luz sobre los procesos por los que atraviesan grupos de personas siempre mayores, por no decir la mayoría absoluta de la humanidad, y nos recuerda que cuando “una cultura siembra la desconfianza sobre sí misma, así como sobre el ser humano, logra constituir una sociedad agresiva y en constante defensa”.[9]  Así cuando leemos al Secretario General de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Juan Somavia, afirmar que “La globalización destruye las industrias tradicionales y crea en consecuencia un aumento del número de desempleados superior al que los sectores industriales de tecnologías avanzadas son capaces de absorber. El resultado es la marginación de los trabajadores del mundo industrializado y también del menos desarrollado, que no disponen de posibilidades de adaptarse a la nueva situación”;[10] pues, cuando leemos estas palabras, deberíamos ser capaces de entender que esa mayoría que somos las y los trabajadores no sólo no dispone de las posibilidades de adaptarse sino que sufre la violencia de un cambio estructural impuesto.
Según Óscar Olivera y Raquel Gutiérrez, “el viejo asalariado, con contrato fijo, concentrado en grandes empresas, sindicalizado con derechos laborales asegurados y reconocimiento corporativo ante el estado, rápidamente está dejando de existir, pero simultáneamente estamos ante un crecimiento de un nuevo tipo de trabajador asalariado y de obrero social mucho más numeroso y más importante económicamente que antes, aunque carente de organización, materialmente fragmentado, temeroso, sin presencia legítima ante el estado que no sea el simple voto ciudadano y desconocido en el valor económico de su agregación”.[11]
La transformación laboral de la globalización no toma en cuenta ninguna organización gremial, precisamente para que las mayorías feminizadas no tengan el tiempo y las condiciones para adaptarse, se desbanden y no puedan defenderse colectivamente. De ahí a separar las y los obreros en unidades productivas menores, insertas en los ámbitos de la dominación patronal, muy semejantes a las familias donde la dominación masculina recluye a las mujeres, no hay sino un paso.
La lectura de la feminización de las mayorías en la globalización es muy fácil para quien tiene claro que las mujeres no son inferiores a los hombres, sino que fueron arrojadas a conformar una clase social basada en el sexo, una “megaclase” interna a las demás clases  que atraviesa las etnias y las religiones, para que su explotación sea considerada natural y su rebelión un hecho contra-natura. Como todas las desviaciones, la rebelión de las personas feminizadas debe reprimirse necesariamente en cuanto aparezca, pero es mejor que no se manifieste. Para ello, el sistema de explotación capitalista global aplica la constante represión de las opiniones divergentes a su discurso ordenador –ver los encarcelamientos de periodistas en la Convencional Nacional Republicana en Estados Unidos, por ejemplo- y desarrolla mecanismos (des)educativos de internalización de la inmutabilidad de la situación de las mayorías.
No obstante, no podemos decir que, dada la feminización de todas las mayorías en la globalización, la miseria y la supervivencia no se están convirtiendo en condiciones muy específicas y generalizadas de las mujeres, así como que las mujeres sufren los embates de la transformación de la economía mundial de la misma manera que los hombres. Por un lado tienen una más antigua tradición de resistencia a la opresión generalizada, lo que les permite mantenerse en lucha aun cuando parece no haber esperanzas, y por el otro parten de una situación de desventaja inicial que hace más difícil sobrellevar la carga de la desigualdad que la globalización agudiza.
Hablar de la feminización de la pobreza, por ejemplo, dadas las prácticas de despojo agrario, tecnologización del trabajo otrora campesino, pérdida de los apoyos sociales para las tareas de reposición de la mano de obra, “es hablar de una realidad que viene de lejos: el feminismo lleva tiempo utilizando esta expresión para connotar el creciente empobrecimiento material de las mujeres, el empeoramiento de sus condiciones de vida y la vulneración de sus derechos fundamentales. Cuando la impresión generalizada es la de que las vidas de las mujeres están mejorando en todo el mundo, las cifras desmienten este tópico. Es un hecho verificable, por ejemplo, que en las familias del Primer y del Tercer Mundo, el reparto de la renta no sigue pautas de igualdad, sino que sus miembros acceden a un orden jerárquico de reparto presidido por criterios de género”.[12]
Uno de los efectos más rotundos de los programas de ajuste estructural inherentes a las políticas neoliberales es el crecimiento del trabajo gratuito de las mujeres en el ámbito doméstico, resultado de los recortes de los programas sociales por parte de los gobiernos en Europa y Estados Unidos, y, en América Latina, de la pérdida de credibilidad de los discursos sindicales, gremiales, colectivistas donde las mujeres pujaban para que las transformaciones políticas se dieran en los ámbitos público, privado e íntimo. Las funciones de cuidado (a la salud, a las niñas y niños, ancianos y en general a las personas dependientes, a la higiene, la nutrición y la educación) recaen nuevamente con todo su peso en las mujeres de familias que apenas principiaban a liberarse de ellas.
Paralelamente, y no sin contradicciones, sobre todo en las periferias urbanas del continente latinoamericano, los crecientes índices de inseguridad social y violencia callejera conllevan nuevas obligaciones para las mujeres, desde las de evitar la visibilidad -tanto frente a la delincuencia como frente a la policía para no convertirse en víctimas sin esperanza de obtención de justicia- hasta las de asumir los cargos del cuidado colectivo, adquiriendo un rol de madres simbólicas de algunos sectores populares urbanos. En este caso, su trabajo obtiene un peso social, público aunque todavía no político, que redunda en la mayor seguridad de todas las mujeres, en la lucha por la vivienda, en la valoración de su experiencia, y en la configuración de relaciones sociales “diferentes de las hegemónicas”.[13] El cuidado colectivo, se explicita en comedores comunales, en organización popular femenina, en comités del vaso de leche, clubes de madres, juntas vecinales, escuelas y guarderías comunitarias, en Bogotá, Lima y demás ciudades, y siempre tiene que ver con la situación de pobreza de las mujeres-madres implicadas en él.[14] Estas mujeres-madres simbólicas y reales se anclan al barrio para proteger la movilidad de las otras mujeres y de  los hombres de un núcleo familiar tan ampliado que abarca a la totalidad de su territorio. Los beneficios que reciben no son materiales, se ubican más bien en el nivel de la autoestima y la identificación social, pues sus trabajos “ofrecen a las participantes la oportunidad de salir del hogar y superar la situación de aislamiento que caracteriza su vida”.[15]
No obstante, esta actividad agotadora y socialmente indispensable, no desmiente que el empleo asalariado de la mano de obra femenina se ha convertido para las mujeres de todos los sectores sociales en la casi única forma de trabajo reconocida por los censos, por muy disgregados por género que estén. Tampoco impide que las mujeres accedan al mercado de trabajo global en condiciones laborales inimaginables tan sólo en la década de 1980. Se les exige flexibilidad en los horarios y adaptación a actividades diversas, se les despide sin compensación, se controla su fecundidad, se calcula su disposición a trabajar en horarios irregulares, parciales o totales, sin ofrecerles ninguna condición de seguridad para acceder a las maquilas (no es casual que feminicidios y maquilas convivan en todo el territorio mexicano y centroamericano),[16] o se les obliga a prestar sus servicios a domicilio. “Saskia Sassen no sólo sostiene que se está feminizando la pobreza, sino que se está feminizando la supervivencia. En efecto, la producción alimenticia de subsistencia, el trabajo informal, la emigración o la prostitución son actividades económicas que han adquirido una importancia mucho mayor como opciones de supervivencia para las mujeres”[17] en la última década y media.
Más allá de que las mujeres hayamos sido empujadas al trabajo asalariado cuando éste perdió todas sus garantías sociales, es necesario también notar que las estrategias de desarrollo que acompañan y sostienen la globalización neoliberal, al fomentar la idea que el trabajo es básicamente servicio, nos empuja al trabajo doméstico asalariado, a la industria del sexo –como tal o como derivada del turismo y el mundo del espectáculo- y de las remesas de dinero que las migrantes envían a sus países de origen. Éstas, como lo hace notar muy bien Jules Falquet al decir que las mujeres hemos sido obligadas –de manera forzada o por convencimiento mediático- a entrar a la globalización, son las herramientas de los gobiernos y de los organismos internacionales para amortiguar el desempleo provocado por la terminación del antiguo pacto social-demócrata del estado social y la modificación del mercado de trabajo,[18] en particular el abandono de la preferencia por la producción localizada por la de la comercialización global financiera.
Como hace dos siglos la revolución industrial, la actual globalización “libera” una gran cantidad de mano de obra del campo, a través de privatizaciones forzadas de la tierra cultivable por las políticas de desarrollo y los planes regionales. Se trata literalmente de explotar las “últimas reservas de mano de obra disponibles, muy en particular la femenina y rural, que habían quedado en parte fuera de las relaciones de producción asalariadas”.[19] En Chile como en México, entre las silvicultoras y las pescadoras, en Colombia como en Paraguay, en toda Centroamérica, contra la propiedad colectiva y las organizaciones de pueblos originarios, se reforman las leyes, se lanzan planes regionales, se disminuye la producción de alimentos remplazándolos por productos agrícolas industrializables (la soya transgénica tanto como el maíz para los hidrocarburos), demostrando que los estados otrora impulsores de la emancipación y el desarrollo económico, se han tornado en instrumentos de la (des)regularización del mercado, enteramente subordinados al mundo de los negocios. De tal manera que lejos de desaparecer o “aligerarse” como pretenden los teóricos liberales, hoy son los organizadores de que al lado de la economía formal se desarrolle una vasta esfera de economía informal-mafiosa ligada a las finanzas especulativas, a los paraísos fiscales, a las ventas de armas, drogas y órganos, al tráfico de seres humanos, una “criminalidad financiera” que reinvierte sin fin sus considerables ganancias sin propiciar el bienestar de ninguna población.[20] Se sirve de ese mismo estado, pretendidamente débil o “adelgazado”, para que utilice todo el peso de su fuerza como capacidad represora, porque la criminalidad financiera necesita del orden de la propiedad privada, de la seguridad para sus inversiones y sobre todo del control de las mayorías para actuar cobijado por una impunidad que ya es legal.[21] En este clima político donde el límite entre delincuencia y legalidad se ha perdido, la Organización de las Naciones Unidas, la mayoría de las grandes empresas técnicas de asistencia (ONGs, misiones de apoyo, fondos), el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, aunque sean de hecho pesadas instituciones burocráticas, impulsan el fortalecimiento de la globalización al mediar con los elementos duros de las políticas financieras estatales, ejerciendo como instrumentos de persuasión/coerción de las bondades de la democracia occidental, del sistema de mercado, del turismo diferenciado,[22] de la no participación política, del consenso social. En pocas palabras, hacen el papel del policía “bueno” que en las sesiones de tortura intenta convencer a la víctima de colaborar con el policía “malo” para su bien.
La resistencia al sistema me parece hoy la única forma de ganar tiempo, de detenernos en la corrida alocada hacia el fin del mundo al que nos condenan el ecocidio y el magnicidio que acompañan la globalización neoliberal. Un tiempo indispensable para crear una-s alternativa-s sociales a la globalización que no impliquen necesariamente el regreso al feudalismo. El feminismo nos puede explicar cómo las mujeres hemos desarrollados estrategias de sobrevivencia a la misoginia, para poderlas socializar y convertir en prácticas de enfrentamiento a la globalización neoliberal en cuanto formas de lucha contra el sistema de clase-género (se trata de estrategias políticas no hegemónicas ligadas a la historia particular de las mujeres como grupo dominado económica, cultural y socialmente, una historia que define su diferencia al interior del sistema de dominación masculina y que por ello mismo permite a las mujeres que tienen conciencia de ella construir alternativas a la idea eje del patriarcado, que es la idea de poder).
Para ello es muy importante visibilizar (para controlar el hecho en sí como diría Foucault), denunciando y organizando a su alrededor la resistencia, que el sistema financiero global, al ser legalizador del crimen como método de gobierno, por un lado feminiza a todas las mayorías del mundo al convertirlas en una megaclase oprimida sin derecho a la emancipación, y por el otro ahonda las diferencia entre las mujeres y los hombres con el fin de reorganizar, como propone inteligentemente Falquet, el mercado de trabajo con base en la existencia de dos megagrupos humanos, el de los hombres en armas –que no importa cuantas mujeres, entendidas como seres sexuados, incluya- y el de las mujeres de servicio –que no importa a cuantos hombres incorpore. Estos dos grupos siguen siendo jerárquicos, pues las “mujeres de servicios”, lejos de alcanzar la igualdad sexual mediante su incorporación al trabajo, sufren un endurecimiento de las relaciones sociales por sexo al deberles servicios sexuales, laborales, de descanso, domésticos, de entretenimiento, de seguridad a los “hombres en armas” a cambio de su supervivencia económica. Eso es las mujeres se reconfiguran como clase laboral dependiente que sostiene el mercado de armas y de personas encarnado por los hombres definidos por su labor en los ejércitos nacionales y supranacionales, las policías privadas y públicas, las bandas delincuenciales, los traficantes de niñas, niños, armas, drogas, órganos, y mujeres para el solaz de un divertimiento “masculino” que incluye el espectáculo de la tortura y la muerte a nivel global.
Para las feministas la lucha contra el sistema patriarcal capitalista, el sistema de dominación masculina en su etapa neoliberal de rápida movilización de bienes e informaciones,  resulta urgente, pues en él todos los sistemas de explotación/opresión/dominación se refuerzan, el sistema de clases y el sistema racista, pero sobre todo el sistema jerárquico de opresión sexual.

[1] “Esta relación social es una relación de clase, ligada al sistema de producción, al trabajo y a la explotación de una clase por otra. Es una relación social que las constituye en clase social de las mujeres frente a la clase de los varones, en una relación antagónica (ni guerra de sexos, ni complementariedad, sino que llanamente una oposición de intereses cuya resolución supone el fin de la explotación y la desaparición de las mujeres y de los varones como clase)”: Ochi Curiel y Jules Falquet (compiladoras), El patriarcado al desnudo. Tres feministas materialistas: Colette Guillaumin, Paola Tabet, Nicole Claude Mathieu, Brecha Lésbica, Buenos Aires, 2005, p. 8.
[2] Doy a la categoría de “modernidad” el significado de Sistema-Mundo propuesto por el historiador y sociólogo Immanuel Wallerstein para definir el sistema capitalista de matriz occidental y expansiva, cuyo desarrollo sistémico inició con la invasión de América en 1492, y que él hoy define en crisis terminal. “El moderno sistema mundial, como sistema histórico, ha entrado en una crisis terminal y dentro de cincuenta año es poco probable que exista”, Immanuel Wallestein, Conocer el mundo, saber el mundo. El fin de lo aprendido. Una ciencia social para el siglo XXI, Siglo XXI editores-UNAM, México, 2001, p.5
[3] La idea que las mujeres en su conjunto, como “segundo sexo”, son construidas como “seres para otro”, se encuentra formulada en Simone de Beauvoir, El Segundo Sexo, (1947) Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1981, dos vols.
[4] La idea que los modelos son propuestos exactamente porque son inalcanzables, convirtiéndolos en imposiciones culturales –o “coerciones seductoras”- con consecuencias materiales, la he trabajado en muchas ocasiones en talleres y artículos para denunciar la “masculinización” como modelo propuesto por el sistema a las mujeres, con el fin de que se desgasten en conseguir ser como hombres y no puedan proponer una-s alternativa-s al sistema dominante (alternativas civilizatorias, como las definiría Margarita Pisano). Esta idea se encuentra también en Francesca Gargallo,Ideas feministas latinoamericanas, UACM, México, 2006.
[5] Por supuesto, no hay razas biológicas entre los seres humanos, pero la idea de raza ha ejercido su peso discriminatorio en la historia de la humanidad, y fundamentalmente a partir del proceso de Modernidad que racializó la esclavitud, ligándola al proceso de guerra y comercialización de las personas raptadas en África por el aparato comercial-colonial europeo para ser vendidas en América, racializando de paso también la sumisión, como actitud propia de los pueblos indios.
[6] Carla Rice, Mi cuerpo es un campo de batalla. Análisis y testimonios, ediciones La Burbuja, Valencia, 2006, citado por María Elena Méndez, Adelay Carías y Melissa Cardoza, La vida vive en mi cuerpo, Centro de Estudios de la Mujer de Honduras, Tegucigalpa, 2008, p. 67.
[7] Bernardo Kliksberg, “La discriminación de la mujer en el mundo globalizado y en América Latina: un tema crucial para las políticas públicas”, VII Congreso Internacional del CLAD sobre la Reforma del estado y de la Administración Pública, Lisboa, 8-11 de octubre de 2002, en www.clad.org.ve/fulltext.0044502.pdf. Desde hace veinte años, la FAO intenta una desesperada defensa de sus actividades subrayando que pobreza y hambre no son sinónimos, y que la “revolución verde” que propició en la India a principios de la década de 1970 ha sido exitosa ya que ha reducido las hambrunas del subcontinente paquistano-indio-bengalí (Ver al propósito: “0cho falsos tópicos sobre el hambre en el mundo”, publicado en ABC, Madrid, 10 de noviembre de 1996, p.90-91, se encuentra también enhttp://es.geocities.com/gazteluko/bioetica101.html). A pesar del embate defensivo, numerosos estudios críticos posteriores demuestran que la relación pobreza-hambre es un hecho que desemboca en la desnutrición crónica y la muerte por inanición de enteras poblaciones (Laila Jauri Simarro utilizó datos de la misma Fao y de Unicef y el World Food Programme de 2005 para afirmar que “el hambre y la desnutrición son factores importantes del ciclo de la pobreza”, ver: “Desnutrición y pobreza. La plaga del siglo XXI”,  enhttp://www.fao.org/worldfoodsummit/spanish/fsheets/food.pdf)  y que la “revolución verde” ha contribuido con creces en la desertificación del mundo, las hambrunas y la reducción de las tierras cultivables por desgaste ecológico (Ver: Mariela Zunino: “Argentina: lo que la soya se llevó… Desnutrición y hambre en el país de los alimentos”, Boletín CIEPAC, n.544, San Cristóbal de las Casas, 21 de septiembre de 2007, también enhttp://www.ecoportal.net/content/view/full/72703 )  
[8] A pesar de que la globalización es presentada por sus sostenedores como un proceso de construcción de la “aldea global”, en realidad es un proyecto imperialista de dimensiones extremas, donde los capitales se mueven rápidamente de un país a otro, aunque no dejan de pertenecer a un-os grupo-s  de capitalistas o a conglomerados empresariales de un estado-nación capaz de imponer el libre mercado a los países que domina manteniendo para sí el privilegio del “proteger”  su producción y su mercado. Este tipo de estado-nación dominante pone al servicio de su clase dirigente todo su poder de represión económica y militar.
[9] Margarita Pisano, El triunfo de la masculinidad, Surada ediciones,  Santiago de Chile, 2001, p. 15.
[10] Juan Somavia, Intervención en la X Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, UNCTAD, 16 de febrero de 2000.
[11] Oscar Olivera, Raquel Gutiérrez y muchos otros, Nosotros somos la coordinadora, Fundación Abril-Textos rebeldes, La Paz Bolivia, 2008, p. 84.
[12] Rosa  Cobo y Luisa Posada, “La feminización de la pobreza”, El País, Madrid, 15 de junio de 2006. También enwww.mujeresenred.net/spip.php?article620
[13] Raúl Zibechi, América Latina: periferias urbanas, territorios en resistencia, Ediciones Desde Abajo, Bogotá, 2008
[14] “Los comedores alimentan alrededor del 7% de la población de Lima, estimada en unos 7,5 millones. Pero ese medio millón de platos que reparten diariamente supone casi el 20% de la población en situación de pobreza extrema”, Raúl Zibechi, Ob. cit., p. 142.
[15] Cecilia Blondet y Carmen Moreno, “Cucharas en alto”, IEP, Lima, 2004,  p. 20.
[16] A este propósito ver el estudio de Mariana Berlanga Gayón, El feminicidio: un problema social de América latina. Los casos de México y Guatemala, tesis para obtener el grado de Maestra en Estudios Latinoamericanos, UNAM, FFyL, agosto de 2008.
[17] Rosa Cobo y Luisa Posada, Ob. Cit.
[18] Jules Falquet, De gré ou de force. Les femmes dans la mondialisation, La Dispute, París, 2008
[19] Jules Falquet, Ob. Cit., p. 36-37
[20] Jean Maillard, Un monde sans loi. La criminalité financière en images, Stock, París, 1998, citado por Jules Falquet,Ob. Cit, p. 43.
[21] Un caso paradigmático del uso de los estados por parte del capital financiero es el de las compañías hoteleras transnacionales. En Honduras, por ejemplo, éstas utilizan a los órganos represivos del estado hondureño para obligar, mediante medidas coercitivas que llegan al asesinato, a las mujeres garífunas a renunciar a sus tierras de labranza frente al mar (necesarias para que su cultura se sostenga, ya que implica el doble trabajo tradicional de la comunidad, el pesquero masculino y el agrícola femenino: ver Francesca Gargallo, Garífuna, Garínagu, Caribe, Siglo XXI Editores, México, 2001) en nombre del “desarrollo” de complejos turísticos en la costa Caribe del golfo de Honduras. En la actualidad, las y los garífunas de las comunidades de San Juan Tela, Tornabé, Miami, Triunfo de la Cruz están enfrentando un proyecto financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) a través de un crédito de 14,9 millones de dólares, que prevé la construcción de un mega complejo que ocupará más de 500 hectáreas de tierra y una franja de playa de tres kilómetros, “Los Micos Beach & Resort Centre”, en cuyo interior se prevé edificar cuatro hoteles de alta gama, 256 casas de lujo, centros comerciales, parques temáticos, recorridos para paseos a caballo y el infaltable campo de golf. Para su realización, deben rellenarse 80 hectáreas dentro de la Laguna de Micos, lo que equivale a incrementar los peligros en caso de huracanes y a exacerbar la grave crisis hídrica que viven las comunidades de la zona, comprometiendo su equilibrio ecológico, provocando la alteración de los cursos de agua y, por tanto, del funcionamiento de los mismos humedales. La Laguna de Micos está registrada bajo el número 722 dentro de los humedales protegidos por la Convención Internacional de Protección a los Humedales, conocida como RAMSAR, y es parte del Parque Nacional Jeannette Kawas (PNJK). Según la Organización Fraternal Negra de Honduras (OFRANEH), “El proyecto turístico Los Micos Beach & Resort Centre, que prevé una inversión de entre 140 y 200 millones de dólares, es parte del proyecto del BID conocido como el Programa Nacional de Turismo Sostenible (HO-0195), el cual también pretendió la construcción de un aeropuerto vecino a las Ruinas de Copán, lugar conocido con el nombre de Piedras Amarillas. La intervención de la UNESCO logró frenar las pretensiones del BID y de los empresarios turísticos, los que llegaron al extremo de utilizar al actual Ministro de Cultura para insinuar al organismo internacional que le retirará la distinción de Patrimonio de la Humanidad a las ruinas mayas, y así poder proceder a la construcción del aeropuerto”. El proyecto turístico de Los Micos viola numerosos acuerdos internacionales (Acuerdo sobre la Diversidad Biológica-CBD; el Convenio para la Conservación de la Biodiversidad y Protección de las Áreas Naturales en América Central -decreto 183/94), leyes forestales nacionales, directrices ambientales del propio BID , así como el reglamento interno del Parque.
La historia de explotación del Caribe hondureño está manchada de sangre y ha sido ejemplo de represión en contra de las comunidades garífunas organizadas de la zona, que se oponen a la ocupación y explotación de sus tierras ancestrales en las cuales viven desde 1797. El 30 de junio de 2006, el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, COPINH, tuvo que emitir un comunicado de solidaridad  con la comunidad Garífuna de San Juan Tela, y en particular con “Jessica García, presidenta del Patronato de San Juan Tela. El día 22 del presente mes, un desconocido llegó a su casa para ofrecerle dinero a cambio de su firma de un documento reconociendo los derechos de la empresa privada PROMOTUR a las tierras comunitarias. Cuando rehusó aceptar la propuesta, le obligó firmar el documento a la fuerza, encañonándola con una pistola y amenazándola”. Asimismo, COPINH denunciaba: “la larga serie de amenazas y ataques contra la comunidad de San Juan Tela y la persecución de sus líderes comunitarios, hechos que han quedado en la impunidad. En noviembre del 2005, le quemaron la casa y archivos de Wilfredo Guerrero, presidente del Comité de Defensa de Tierras, quien ha sido encarcelado en varias ocasiones por su lucha en defensa de la tierra de la comunidad. En enero del año en curso, sicarios armados y encapuchados acompañaron a representantes de la PROMOTUR en San Juan e intimidaron a la comunidad. En marzo y abril del 2006, otras casas de miembros de la comunidad fueron destruidas. Es más, aún no se ha esclarecido el macabro asesinato del 26 de febrero de este año, cuando los cadáveres de Epson Andrés Castillo y Yino Eligio López se encontraron en una laguna. Los jóvenes Garífunas de la comunidad de San Juan Tela fueron detenidos la noche anterior por agentes de las fuerzas armadas de Honduras, quienes se informa estaban asignados a proteger el área destinada a la construcción del megaproyecto turístico Los Micos en la bahía de Tela”.
[22] El turismo global es en realidad un sistema de servicios y prostitución de las poblaciones del sur del mundo, como lugar de destino turístico, para masas indocumentadas de habitantes del norte del mundo. El turismo no tiene reciprocidad para el derecho a la libertad de movimiento de las poblaciones del sur, pues tienen los caminos hacia el norte cerrados por falta de acceso a las visas y los requisitos económicos para su estadía. El turismo tiene por fin explícito propiciar los ingresos de las compañías hoteleras globales, todas de matriz europea, norteamericana o japonesa, que han suplantado las posadas familiares y la hotelería y los servicios de alimentación locales, y no el conocimiento de otras realidades, lugares y culturas.

martes, 26 de agosto de 2008

MIEDO AL FEMINISMO.


Todavía en nuestros tiempos la palabra feminismo da miedo. Todavía ser feminista significa para algunas mujeres distanciarse de los hombres ser una mujer distinta, agresiva, amenazadora de la paz y de la convivencia. Todavía hay mujeres que sienten pavor a ser ellas mismas, a expresar sus opiniones, a salir del mundo, quizás porque se sienten atacadas por el entorno y prefieren adaptarse a él, quizás porque, hoy día, mantener una actitud crítica y reflexiva no es fácil.
Las críticas sobre el feminismo y las feministas son hoy más sutiles y más subterráneas que en los tiempos del sufragismo, quizás porque a veces solo se analizan los aspectos más externos de su lucha, sin intentar profundizar en las causas que la motivan.
Para algunos, las feministas son mujeres frustradas, sexual y afectivamente, que desembocan su fracaso personal hacia un abusivo enfrentamiento entre los sexos.
Hay quien piensa que el feminismo es una revancha irracional contra la supremacía masculina, una especie de machismo al revés.
A lo largo de la historia de la humanidad, ha habido pocos movimientos tan anatematizados, ridiculizados e incluso ignorados como el feminista.
El miedo al feminismo parte del desconocimiento de las causas de la opresión de la mujer, el feminismo es un análisis riguroso y exhaustivo del porqué de la opresión secular de una parte de la humanidad, se expresa, hoy día, a través de varias opciones políticas.
La libertad de las mujeres no implica la esclavitud de los hombres, de la misma manera de estos no pueden soñar con ser libres si siguen oprimiendo a las mujeres, al mismo tiempo, el feminismo significa la recuperación de la palabra de la mujer, de su propia historia, individual y colectiva, sin tabúes, sin leyes restrictivas, sin miedos paralizadores.
El feminismo impulsa a que se desarrolle la conciencia activa de la mujer, de todas las mujeres que se proponen saber, las mujeres han sido consideradas seres inferiores, o dicho de otro modo “el sexo débil”.
El feminismo, pues, defiende la razón y la vida y, a la larga lucha para que la palabra libertad no sea una palabra abstracta y privilegio de unos pocos.
IDEOLOGÍAS CONTEMPORÁNEAS Y FEMINISMO.
Ideólogos socialistas y anarquistas de los siglos XIX y XX atentos a los cambios políticos y sociales que la Revolución Industrial había provocado, escribieron sobre la posición de la mujer en la nueva sociedad que ellos soñaban.
A excepción de proundhon que consideraban a la mujer como un ser “naturalmente” inferior, con dos únicas salidas: madre o prostituta, y Bakunin escribía: “Sólo soy libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres”.La libertad de otra gente, lejos de ponerme limites, o de ser la negación de mi libertad, es, por el contrario, tan necesaria para su existencia como una confirmación de la misma.
El socialista utópico Charles Fourier relacionaba la liberación de la mujer con el cambio total de la estructura social. Según él, grado de emancipación de las mujeres es la medida natural de la emancipación general, idea que fue recogida por el joven Marx. Engels, sin embargo estaba convencido de que la opresión de la mujer desaparecería en el momento en que esta se integrara plenamente en el mundo de la producción y cuando las tareas domésticas privadas fueran transformadas en industrias social, Isaac Bebel, discípulo de Engels y cofundador del partido socialdemócrata alemán, remarcó la función procreadora de la mujer, que socialmente la convertía en una ser subordinario al hombre. “La mujer fue esclava antes que el esclavo existiera”. Todos estos pensadores se abstuvieron, sin embargo, de marcar estratehias concretas para integrar, dentro de la mujer. Pensadoras socialistas como Clara Zetkin, Alexandra kollontai o Rosa Luxemburgo lucharon dentro de las filas del movimiento obrero para transformar una sociedad que le permitían, entre otras opresiones y explotaciones, la de la mujer. Zetkin y Kollontai, principalmente, defendieron la tesis de que las mujeres obreras debían organizarse por su cuenta dentro del marco de los partidos políticos y de los sindicatos.
Alexandra Kollontai también tuvo que matizar, con los años, sus primeras ideas sobre la abolición de la familia, la práctica del amor libre y la asunción de la maternidad como un hecho colectivo.
El divorcio entre feministas y socialismo se hizo cada vez más patente.
De ahí que durante muchos años, las feministas adoptaron el camino reformista y las socialistas se alejarán del feminismo, pensando que era un producto típico de las mujeres intelectuales de la clase media. Solo el feminismo más reciente ha batallado en el terreno de las ideas por encontrar la síntesis entre la lucha de clases y la de la liberación de la mujer.
De todas las ideologías que sustentaron los grandes movimientos de masas de siglo xx, fue la nacionalsocialista en Alemania la que en mayor grado redujo el papel social de la mujer a sus funciones más tradicionals, imponiéndoselo de la manera más autoritaria y coercitiva. Según sus ideólogos, la mujer estaba llamada a dedicarse exclusivamente a la maternidad y a la familia.
Expulsada de los cargos profesionales más elevados y marginada de la educación superior, la mujer fue reducida al papel de procreadora de hijos sanos y fuertes para ofrecer a la nación. El trabajo ennoblece tanto a la mujer como al hombre; pero el hijo ennoblece a la madre, esto lo escribió Adolf Hitler en MI LUCHA. Los ideólogos del fascismo italiano, aunque de manera más burda, corroboraron estas teorias.
La ideología nazi exaltó hasta el paroxismo los valores de la “supremacía masculina”, sometió a la mujer a la voluntad del hombre y a las exigencias del engrandecimiento de la Patria.
El sistema patriarcal adquiría, así, en la Alemania nazi, un grado superlativo, asentado no solo sobre necesidades económicas y políticas sino también puramente emotivas. Nunca una ideología engendró, sistematizó e impuso de una manera tan autoritaria y coercitiva los valores más represivos del patriarcado como la de los teóricos nazis y fascistas.
MUJER Y TRABAJO.
Trabajar fuera de casa en una sociedad como la nuestra, que codifica rígidamente la diferencia entre lo “exterior” y lo “interior”, representa un paso importante en la lucha por la liberación de la mujer, pues atenta contra la escisión entre lo privado y lo público y permite a las mujeres tener una mayor consciencia de su condición. Es necesario también conocer las tarabas con la que se encuentran en la práctica muchas trabajadoras en las sociedades industriales desarrolladas, quienes la mayoría de las veces no son consideradas en un plano de exacta igualdad con los hombres.
Trabajar fuera de casa, manteniendo al mismo tiempo la organización de la familia actual, obliga a muchas mujeres a realizar un arduo esfuerzo para no desvalorizarse a sí mismas ni quedar desvalorizadas ante los demás. Entre otras cosas, porque la fuerte presión social, imbuida de ideología patriarcal intenta culpabilizar a las que son madres y que al mimo tiempo trabajan fuera de casa.
Pero, de una forma u otra, el caso es que la gran mayoría de las mujeres de la sociedad industrial ha entrado en el mundo de la producción por la puerta del servicio. Casi siempre se les ha encomendado tareas manuales, rutinarias, sin interés y sin posibilidades de creación individual. Su salario es, por lo general, inferior al de sus compañeros varones, aunque nrealizen trabajos similares, y pocas veces se las promociona, aunque valgan para ello, para que ocupen cargos directivos o de mayor responsabilidad.
Por otra parte, en momentos de fuerte regresión económica y de acuciante falta de trabajo, las mujeres son vistas como competidoras por sus compañeros de trabajo, los cuales se reafirman en las posturas más conservadoras reclamando que el lugar de la mujer está en su casa.
Se ha relegado, pues, a la mayoría de las mujeres en la zona de las llamadas “profesiones femeninas”, que prolongan la vida domésticas de la cocina, costura, e incluso del cuidado de la belleza, aunque aquí también se admite que en la cúspide de la pirámide están los grandes cocineros, modistos y peluqueros, pues los hombres son “creadores” y las mujeres “artesanas”.
Se atribuye al hombre el poder de la creación e invención, y se hace creer a las mujeres que son solo transmisoras del pensamiento masculino.
Al no considerar que las tareas domésticas forman parte de la vida laboral de millones y millones de mujeres, se ha desprestigiado socialmente el trabajo del ama de casa y se la ha reducido a la nada económicamente.
Por otra parte, casi todas las mujeres que trabajan además fuera del hogar se ven forzadas a llevar cotidianamente una doble jornada laboral, dentro y fuera de la casa.
Aquellas mujeres que han conseguido ser respetadas y valoradas en el mundo exterior del trabajo, sea profesional o artístico, muchas veces se convierten en seres mimados por la misma sociedad que discrimina a la gran masa de mujeres trabajadoras.
Si no se dan cuenta que son unas privilegiadas y que han podido realizarse gracias a su origen acomodado o porque han renunciado a facetas más íntimas de su vida personal, pueden ser utilizadas como falsos ejemplos tendentes a demostrar que, oy día, cualquier mujer se liberará con solo conseguir un trabajo.
Además por otra parte, la ideología del hombre burgués, que en el siglo pasado quiso colocar, para su prestigio, a la mujer dentro del altar pasivo del hogar, ha trascendido a otras clases sociales, y hoy muchos maridos proletarios se sienten orgullosos de que sus mujeres no trabajen, de que ellos puedan mantenerlas. Se admite como natural el prejuicio de que el marido, que representa la máxima jerarquía dentro de la familia, se sienta desgraciado si su mujer gana más dinero que él. Así, las sociedades industriales avanzadas han mantenido el mundo del trabajo en base a la rígida estructuración entre el mundo exterior -masculino- y el mundo interior -femenino-. Muchas mujeres, pues, se sienten dentro del mundo del trabajo productivo como miembros ajenos y circunstanciales.
La incorporación de la mujer al mundo del trabajo es, un paso importante y decisivo, pero no el único medio en la lucha por su liberación, ya que al mismo tiempo es necesario que se transforme el concepto actual de trabajo alienado y se creen las bases para que desaparezca la actual opresión y marginación de la mujer.
LA ONU Y LA MUJER.
La Organización de las Naciones Unidas no podía quedar al margen de las precupaciones por la injusta situación en que se encuentran las mujeres en el mundo sin incurrir en contradición con sus propios principios.

Machismo y feminismo


INTRODUCCIÓN
Machismo y feminismo, una idea que está a la orden del día en todo el mundo.
Una de las acciones más antiguas del hombre es el ser machista, la cual, ha sido soportada por las mujeres hasta nuestros días. A pesar de lo evolucionados que nos creemos, aún en nuestra sociedad existen acciones machistas en el trabajo, la religión y la sociedad en general.
Las mujeres empezaron a reaccionar en el año 1970, año de la Revolución Feminista, con lo que consiguieron algunos de los derechos más importantes, no acabando por eso el machismo en nuestra sociedad pero si reduciéndose en gran número.
El año 1975 fue declarado como año de la mujer y cada diez años esto se celebra uniendo a cientos de mujeres que intentan mejorar su estatus social con una convención mundial.
Feminista: Partidario/a del feminismo.
Machista: Partidario/a del machismo.
Feminismo: movimiento a favor de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. El feminismo niega la “inevitabilidad” de la superioridad masculina tanto en el ámbito profesional como en el personal, afirmando que esta dominación masculina sobre la mujer surge no de una superioridad física o intelectual, sino de una amplia gama de estereotipos relativos al sexo.
Machismo: discriminación a la mujer adoptada por los hombres.
MOVIMIENTO FEMINISTA
Movimiento Para conseguir la igualdad política, social y económica entre hombres y mujeres.
Surgió en Europa a finales del siglo XVIII, aunque ya en 1970 la mayoría de las mujeres habían conseguido mejorar sus derechos, por el momento, aún no se ha logrado la total igualdad política, social y económica.
Algunos de los derechos de igualdad más importantes que se defienden son la igualdad de oportunidades en el trabajo y la educación, el derecho al voto, el control a la propiedad privada y el derecho a la libertad sexual.
No tiene una estructura jerárquica tampoco se basa en un conjunto de principios formales, su tema central es que las mujeres sufren la opresión no compartida por el hombre, ya que estos son beneficiados en todos los sentidos.
El feminismo occidental resurgió en el 1960, anunciando que los hechos ocurridos no era un caso aislado sino común. Se desecho la idea de la hermandad devido al racismo.
Tiene tres líneas de actuación: campañas con relación a los temas públicos (aborto, igualdad de salarios, cuidado de los hijos y maltratos en el hogar), exploración de una nueva solidaridad y conciencia (político y social) y el estudio del feminismo.
ESTATUS TRADICIONAL
Origen:
Desde que la historia a sido escrita, los hombres han tenido dominio sobre la mujer en las sociedades.
El dominio masculino se remonta al paleolítico, ya que fue muy valorada la acción de la caza, la cual realizaban los hombres.
Antigüedad:
En la legislación romana el hombre y la mujer eran considerados uno, siendo la mujer la posesión y no teniendo poder alguno en sus tierras, su propia persona, su dinero y sus hijos. Las mujeres respetables debían ser castas y fieles, pero los hombres no.
En la Edad Media las tierras y el poder político eran heredados por vía masculina, lo que favorecía la subordinación de la mujer.
En Babilonia y Egipto, tenían derecho a la propiedad; en Europa formaban parte en los gremios y a veces en el carácter religioso (chamanes, curanderas siberianas, sacerdotisas romanas). Autoridad política: reinas egipcias y bizantinas, madres superioras de los conventos medievales y las mujeres de tribus iroquesas (designaban hombres para el clan).
En China y Roma en la época del renacimiento europeo destacaron algunas mujeres instruidas.
Religión:
Las religiones monoteístas están a favor de la idea de que las mujeres son más débiles e inferiores al hombre.
En la Biblia, San Pablo pide a las mujeres que obedezcan a sus maridos y Dios situó a Eva bajo el mandato de Adán, en estos momentos nos planteamos una pregunta: ¿Dios era machista?, nos basamos en el hecho, por ejemplo, que no hubiera ningún apóstol mujer, es posible que en todo el mundo, no hubiera una mujer digna de esa tarea, que ni una sola mujer fuera más adecuada para ese puesto que un hombre, aunque también podemos plantearnos esta otra pregunta: ¿Dios se adaptó a su tiempo y ya que la sociedad era machista pensó que las mujeres no serían respetadas?.
En el hinduismo la mujer debe adorar al hombre y dicen que esa adoración será la que los proteja y mantenga.
Familia:
La mujer se encuentra en desventaja en las familias tradicionales.
Su educación es limitada a las labores de la casa y no pueden presidir cargos de poder.
El matrimonio es una forma de protegerlas, pero que a la vez las presiona en dar a luz a sus hijos, los cuales se prefieren varones. La mujer casada obtiene el estatus del marido (en estas sociedades), vive con la familia de él y no dispone de recursos cuando suceden casos de malos tratos o abandono.
INICIOS DEL CAMBIO
El Siglo de las luces (igualdad política) y la Revolución industrial crearon la aparición del feminismo y otros movimientos reformadores (S XVIII-XIX)
En Francia los clubes republicanos de mujeres pidieron que la libertad, igualdad y fraternidad fuera sometida a ambos sexos de igual manera, pero no fue posible por la aprobación del Código Napoleónico.
En Inglaterra, Mary Wollstonegraft publicó “Una reivindicación de los derechos de la mujer” (1792), publicada por William Godwin ( en esta obra la escritora inglesa y feminista, afirmó que el matrimonio reside en la afinidad intelestual y abogó por la igualdad educativa y de oportunidades para ambos sexos).
Revolución industrial:
La realización de trabajos manuales gratuitamente hecha por las mujeres, se cambia, ya que las mujeres empiezan a trabajar en fábricas con un sueldo, aquí comienza la independencia y proletarización, aunque sus condiciones no eran buenas y sus salarios bajos y aún controlados por los maridos.
Las mujeres de clase media y alta se quedaban en casa para mostrar a la gente el éxito de sus maridos respecto al trabajo.
La posibilidad de trabajo de las mujeres de cualquier clase era la de doncellas, profesoras o vendedoras.
Grupos feministas:
Surgieron en Europa y no se extendieron demasiado.
La iglesia se opuso ya que decía que destruía la familia patriarcal.
Los países agrícolas seguían igual y en las fábricas las quejas eran sofocadas por el movimiento socialista.
Feminismo:
Mayor aceptación en Gran Bretaña (muy industrializada) y en E.E.U.U..
Las mujeres cultas y reformistas de clase media eran sus dirigentes.
Más de 100 personas celebraron la primera convención de los derechos de la mujer en Séneca Falls, Nueva York (1848), dirigida por Lucretia Molt y Elizabeth Cady Stanton (igualdad de derechos, incluido el de voto, y el fin de la doble moralidad).
Las feministas británicas se reunieron por primera vez en 1855.
El libro “Sobre la esclavitud de las mujeres” (1869), por Jhon Stuart Mill fue basado en las conversaciones con su mujer (Harriet Taylor Mill), se centraba en el derecho del voto y ayudó mucho para este hecho,ya que fue escrito por un hombre, aunque este derecho no se incluyó hasta finales del siglo XIX y bien entrado el XX, en España se concedió en 1932 en la II República. Existen países como Kuwait, Arabia Saudí y Jordania donde la mujer no tiene derecho a votar.
AVANCES DEL SIGLO XX
Después de las guerras y revoluciones en China (1949) y Rusia (1917), los gobiernos apoyaron la igualdad de sexos y el control de la natalidad. En la Unión Soviética las trabajadoras realizaban trabajos mal remunerados y estaban escasamente representadas en el partidos y en los consejos de gobierno.
Las técnicas de control de natalidad eran poco eficaces y las madres trabajadoras eran responsables del hogar y los hijos en mayor parte.
China seguía discriminando en cierta medida a la mujer en el trabajo.
En 1960 hubo un cambio de patrones demográficos, económicos y sociales de los países occidentales lo que dio lugar a la aparición de la condición sociocultural de la mujer.
El descenso de la mortalidad infantil, mayor esperanza de vida y los anticonceptivos hizo que la mujer tuviera menos responsabilidades en el cuidado de los niños, ellos con la inflación (necesitar dos salarios) y el alto índice de divorcios hizo que trabajaran muchas más mujeres.
El movimiento feminista cuestionaba instituciones sociales y los valores morales. Las diferencias entre el hombre y mujer no son biológicas sino culturales, muchas mujeres dicen que el lenguaje perpetua este problema, esto da lugar a nuevos tipos de relaciones en las que incluso se comparten las labores del hogar.
Entre 1960 y 1970 las feministas organizan grupos pro derechos de la mujer.
Objetivos: igualdad de salario a trabajo igual, ayuda estatal para el cuidado de los niños, derechos para las lesbianas, legalización del aborto y un análisis profundo de los problemas de violación, malos tratos y discriminación de las mujeres mayores y de minorías. Están en estudio la reproducción y el acoso sexual en el trabajo.
Logros: en la mayoría de los países: la mujer puede votar y ocupar cargos públicos, es ayudada por la Comisión de las Naciones Unidas para el Estatus de la Mujer (1946), más derechos y un mayor acceso a la educación y al mercado laboral, sin embargo, en algunos países la industrialización a hecho que las mujeres tengan que trabajar en fábricas mal pagadas.
El fundamentalismo religioso a hecho que la mujer vuelva a ser presionada.
Los países en vías de desarrollo han intentado mejorar su estatus social a través de campañas contra los códigos legales y sociales discriminatorios como el pudra en Arabia y en las sociedades islámicas y el sistema de dotes en India oponiéndose a la mutilación genital femenina.
En África más de las dos terceras partes de la agricultura es conseguida por mujeres y se está pensando en formarlas y prepararlas tecnológica y agrícolamente.
La Organización de las Naciones Unidas proclamó 1975 como Año Internacional de la Mujer, a la vez que se iniciaba un programa llamado Década de la Mujer, y en 1975, 1980, 1985 y 1995 se han celebrado importantes conferencias mundiales.
PERSONAJES SIGNIFICATIVOS EN LA LUCHA POR LOS DERECHOS DE LA MUJER
Gloria Stein: Tras comenzar su carrera literaria como articulista para una revista, a finales de la década de 1960, Gloria Steinem comenzó a apoyar en sus escritos el movimiento feminista. Más tarde fundó la revista Ms y creó numerosos grupos de apoyo a la mujer. Poco después de 1968, se comprometió con la causa feminista y pronto se convirtió en una de las principales figuras de este movimiento. En 1971, junto con Betty Friedan, Bella Abzug y Shirley Chisholm, Steinem contribuyó a la fundación del National Women's Political Caucus. Ese mismo año, y en colaboración con Pat Carbine en calidad de editora jefe, lanzó la primera publicación feminista, la revista Ms (una propuesta lingüística de unificar las fórmulas de cortesía inglesas mister (Mr), Miss o Missis). A partir de ese momento Steinem fue un modelo para las mujeres jóvenes y se mantuvo fiel a su creencia de que cuando las mujeres se liberen los hombres también se convertirán en seres humanos plenos. Entre sus escritos cabe destacar una colección de ensayos y artículos titulada Actos escandalosos y Rebeldías cotidianas (1983) y Marilyn (1986), una biografía de la famosa actriz cinematográfica. En La revolución interior (1991) analiza sus sentimientos hacia sí misma en el contexto del movimiento feminista.
Elizabeth Cady: fue una de las líderes del movimiento en favor de los derechos de la mujer en Estados Unidos junto con Lucretia C. Mott y Susan B. Anthony. Convenció al senador Aaron Sargent de California para que defendiera una enmienda a la Constitución en favor del voto de la mujer en 1878. Esta enmienda fue presentada cada año hasta que el Congreso la aprobó finalmente en 1919.
En 1848 Stanton y Lucretia Coffin Mott, a quien había conocido en 1840, organizaron la primera asamblea en defensa de los derechos de la mujer en Seneca Falls (Nueva York). Para este congreso, Stanton redactó una Declaración de Sentimientos, en la que propuso una resolución que exigía el derecho al voto para la mujer. Fue en este congreso donde conoció a Susan B. Anthony. Desde 1868 hasta 1870, ambas publicaron el semanario Revolution, en Nueva York, y en 1869 fundaron la Asociación Nacional para el Sufragio Femenino (que a partir de 1890 se llamó Asociación Nacional para el Sufragio de las Mujeres Estadounidenses), de la cual Stanton fue presidenta hasta 1892. En 1888 colaboró en la fundación del Consejo Internacional de las Mujeres. Fue coautora, junto con Anthony y Matilda Joslyn Gage, de los tres primeros volúmenes de Historia del sufragio femenino, (6 volúmenes, 1881-1922). Stanton murió el 26 de octubre de 1902 en Nueva York.
Estas fueron dos de las mujeres más importantes del movimiento feminista.