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sábado, 8 de febrero de 2025

«El problema del feminismo blanco es creer que la cultura occidental es la más adecuada para la igualdad»

Entrevista a la escritora y abogada feminista pakistaní Rafia Zakaria



Fuentes: El Diario [Foto: Rafia Zakaria, durante su visita a Madrid. Lourdes Jiménez]

La autora de ‘Contra el feminismo blanco’ critica duramente un marco feminista que sigue teniendo como centro y referencia a las mujeres blancas, sus características, vidas, necesidades e historias.

Detrás de un título algo provocador –Contra el feminismo blanco (Editorial Contintametienes)- hay un libro para pensar y aprender. Lo firma Rafia Zakaria, una abogada feminista pakistaní, escritora, columnista en varios medios de comunicación, que, harta de ver cómo el racismo y la blanquitud se reproducen en la academia, el activismo, las ONG y también en el feminismo, se puso a escribir un manual no apto para ofendiditos u ofendiditas occidentales. Zakaria diserta desde la experiencia concreta y desde todo el conocimiento y experiencia acumulado, no solo desde la teoría, sino desde la práctica, que ella reivindica como fundamental, por encima de nociones elitistas de feminismo que alejan a muchas mujeres de él. Hace unas semanas, la abogada y escritora estuvo en Madrid para participar del ciclo de pensamiento organizado por la asociación Mujeres de Guatemala y La Casa Encendida.

¿Cómo define feminismo blanco y por qué acabar con él?

Uno de los conceptos centrales del libro es la idea de blanquitud, no en el sentido del color de la piel, sino como un sistema de dominación. La blanquitud es el sistema de colonialismo y subyugación, el deseo de mantener ese sistema y su centralidad en nuestro mundo, de modo que, de forma directa o indirecta, se mantiene el statu quo. Implica poner a la gente blanca esencialmente en el centro y priorizar sus preocupaciones y agendas. La razón por la que escribí este libro es que sentía que había un montón de interacciones que estaban teniendo lugar atravesadas por la raza y que, sin embargo, funcionaban bajo la idea de que en general, tienen lugar en igualdad de condiciones, con la misma cantidad de poder. Y eso era completamente erróneo. Hoy en día es muy raro que alguien vaya a ser abiertamente racista, la mayor parte del racismo sucede debajo de la superficie. Así que este concepto busca crear un vocabulario que permita que eso salga a la luz para que la gente entienda que todas nuestras interacciones están cargadas de diferencias de poder y, si no las reconocemos, entonces estamos participando de ello.

¿Cómo diría que funciona el feminismo blanco, de qué maneras concretas se reproduce la blanquitud, también en el feminismo?

Uno de los principales problemas es que las mujeres blancas asumen que la cultura blanca, es decir, la cultura europea occidental y norteamericana, es más adecuada para la igualdad de género y para la libertad de las mujeres que otras culturas. Voy a dar un ejemplo que me acaba de pasar. Hace un par de días hablaba con un grupo de mujeres, la mayoría blancas, y me preguntaban dónde había estado en los últimos tiempos. Conté que acababa de volver de Qatar e inmediatamente una de ellas dijo ‘oh la situación de las mujeres allí debe ser muy mala, debe haber sido difícil para ti estar allí’. Cuando la gente se entera de que soy musulmana sé que van a empezar con el ‘¿qué opinas del velo? ‘. No puedo decirte el número de veces que como mujer marrón y musulmana sufro esta suposición de que vengo de una cultura que es extremadamente represiva en la que las mujeres no tienen idea de cómo luchar por su libertad, así que tenemos que hacerlo por ellas y decirles qué hacer.

No creo que las mujeres blancas tengan una intención maliciosa, o que lo hagan para hacerme sentir por debajo de ellas, pero lo hacen. Exponen la suposición de que otras mujeres están de alguna manera por debajo y tienen menos idea de lo que es ser feminista, cuando la verdad es que las mujeres en estas culturas, como con las que crecí en Pakistán, luchan tanto para sobrevivir como mujer que son mejores luchadoras, grandes y fuertes, porque saben lo que es ir en contra de los hombres todo el tiempo. Hay muchas mujeres blancas que tienden a hablar mucho y a ocupar todo el espacio, y es muy difícil para ellas ceder ese espacio para que las mujeres marrones, negras, asiáticas, etc. también puedan hablar. Aunque estas mujeres son mayoría, tienen muy poca voz dentro del movimiento feminista global.

Pone el ejemplo del sufragismo, que siempre aparece como un hito en la historia del feminismo, tal y como la solemos escuchar y relatar.

Si sabemos algo sobre el sufragismo es por supuesto sobre el sufragismo blanco. El feminismo no empezó cuando las mujeres blancas decidieron luchar por el voto o en la Revolución Francesa. Esa es precisamente la cuestión: ¿qué marco consideramos feminista? Si tienes a una mujer blanca y sólo te fijas en las características de su vida y de sí misma, y si esas son las únicas mujeres en las que estás pensando cuando piensas en el feminismo, entonces eso es lo que encontrarás porque otras características que puedan tener otras mujeres marrones, negras, etc., ni siquiera forman parte del marco, así que quedan fuera. Empezar tu marco con el movimiento sufragista deja fuera a millones y millones de mujeres y a muchísima historia. La consecuencia, y digo esto como alguien que creció en Pakistán, es que si eres una chica pakistaní piensas que allí no ha habido feministas en absoluto, que todas están en América o en Europa. Eso es simplemente incorrecto, y si estamos tratando de crear un movimiento feminista que sea inclusivo pero seguimos haciendo esto, naturalmente que muchas de esas mujeres y chicas dirán ‘no queremos tener nada que ver, esto no se aplica a nuestras vidas’. Cuando creas una historia que deja fuera a tanta gente, naturalmente esas personas no van a estar interesadas en el propósito de esa historia.

En el libro hace una diferencia muy interesante entre los términos ingleses expertise y experience, que en español sería como diferenciar entre las mujeres que son expertas en sentido más teórico, de leer, escribir, estudiar, y las que tienen experiencias en el feminismo, que lo viven desde sus heridas y vivencias. ¿Cuáles son las consecuencias de que generemos esa diferencia?

Empecé mi carrera como abogada, trabajando con mujeres en un refugio para víctimas de violencia. Habían perdido sus hogares, estaban allí con sus hijos, no sabían qué iba a pasar en el futuro, y se les estaba pidiendo que mostraran un increíble grado de fuerza para ser capaces de, básicamente, sobrevivir. Hay millones de mujeres en todo el mundo que están experimentando esto en un nivel u otro. Sin embargo, al mismo tiempo, mis experiencias como estudiante de posgrado en aulas de teoría feminista eran muy diferentes, ya que no se hablaba de los retos reales a los que se enfrentan las mujeres en su día a día. Había conversaciones teóricas muy profundas sobre qué es el feminismo y sobre si deberíamos incluir esto o aquello. No estoy diciendo que esas conversaciones no sean importantes, pero me sentía frustrada porque creía que era urgente hablar de lo que las mujeres necesitan y merecen de la sociedad. Y no había urgencia en esas conversaciones. Tenía la sensación de que esas mujeres se sentían cómodas en su papel de teóricas. También veía que en el caso de las mujeres que estaban creando un importante discurso feminista antirracista dentro del mundo académico, su trabajo no estaba saliendo a la luz. En última instancia, quería señalar que las mujeres que sobreviven a estas situaciones difíciles, sus voces, deben ser fundamentales para el feminismo.

¿Cree que esa diferenciación que se hace está de alguna manera relacionada con las tensiones y debates feministas de los últimos años, con la ‘pelea’ por marcar cuál debe ser la agenda feminista y quiénes son las que pueden hablar en nombre del ‘verdadero’ feminismo?

Absolutamente. En inglés, la palabra que usamos para ello es gatekeeping, que significa que esencialmente están tratando de controlar quién pertenece y quién no pertenece. Eso sucede de varias formas, por ejemplo, cuando se les dice a las mujeres que necesitan estudiar feminismo o que su comprensión de las partes teóricas del feminismo es defectuosa o que no conocen la definición de feminismo. Todas estas réplicas me parecen discriminatorias y excluyentes. Es una forma de mantener a las mujeres fuera del feminismo, de intimidarlas para que guarden silencio, porque entonces piensan ‘quizás yo no sepa nada de feminismo’. Les quitas la confianza para hablar y participar.

Por eso, cuando la gente me pregunta cuál es la definición de feminismo, utilizo una muy sencilla: cualquiera que esté comprometido con la justicia igualitaria de género y con la transformación de las instituciones sociales, políticas y culturales para que reflejen esa igualdad. Y la práctica es crucial. Eso es todo. Las mujeres deberían poder hablar de sus experiencias y conectar a partir de ellas. Y las mujeres que tienen menos poder en la sala son las que deberían poder hablar más, porque son las que más necesitan que se oiga su voz. Estaría bien que alguna gente dejara de preocuparse tanto por la definición de feminismo y viera cómo interactúan en su vida diferentes tipos de discriminación, alienación o subordinación.

¿Está esa diferente forma de entender o definir el feminismo en la base de la disputa por los derechos trans, la autodeterminación de género y lo queer? Es decir, ¿es el intento por definir y controlar qué es el feminismo lo que está condicionando que haya quien señale eso como un problema, una especie de enemigo para las mujeres?

Existe una conexión muy importante. Personalmente, creo que toda la controversia en torno a los derechos trans es una distracción. El verdadero peligro para las mujeres no son las mujeres u hombres trans. Esto que se repite de las mujeres en los deportes, por ejemplo. El hecho es que las oportunidades para las categorías femeninas de todos los deportes son muy pequeñas en comparación con lo que los hombres tienen. Así que una forma de abordar esto sería, tal vez, aumentar la cantidad de recursos disponibles para el deporte femenino. Pero, por supuesto, nadie habla de eso porque es mucho más fácil que las mujeres se peleen entre ellas y se pidan definir qué es esto o lo otro. Es parte de la manera en la que el patriarcado crea ansiedad interna entre las mujeres, incluso por lo poco que tienen. Es una mentalidad de escasez que sucede cuando has sido subyugada durante mucho tiempo. Quiero decir, es asombroso pensar en todas las cosas que estamos viendo -por ejemplo, imágenes en directo de Marte-, pero que todavía estamos en una situación en la que las mujeres tienen que discutir si es importante que estén en la junta de su empresa mientras tantos hombres sienten la necesidad de afirmarse y de excluir a las mujeres de la toma de decisiones, de posiciones importantes y de la formulación de políticas. 

Parece anatema, pero esa es nuestra realidad. Y es una realidad urgente porque estamos en un momento de transformación. En todo el mundo, los sistemas políticos están cambiando la importancia que damos a la democracia, a la igualdad. Y si las mujeres no presentamos al menos una apariencia de frente unido, en el que insistamos en mantener nuestros derechos, será un mundo muy oscuro. El nivel de misoginia en este momento en el mundo parece ser mayor de lo que era en épocas anteriores. No es sólo el tipo habitual que ha existido siempre, siento que hay mucha rabia entre los hombres y el deseo real de hacer daño y de ver a las mujeres subyugadas.

En los últimos años, el término ‘empoderamiento’ se ha convertido en un ‘clásico’ de los encuentros, las políticas y las medidas sobre igualdad y mujeres. Usted es muy crítica con la evolución de ese término y su aplicación. ¿Qué ha pasado con el empoderamiento?

Lo describiría de dos maneras. Por un lado, el término procede originalmente de un colectivo de mujeres indias que lo definió como el movimiento para transformar las instituciones sociales, culturales y políticas de modo que reflejen la igualdad de género. Pasó de eso a ser adoptado por la ONU y formar parte de instrumentos transnacionales. El problema fue que pasó de ser una palabra que tenía significado a una de moda que sonaba bien y que todo el mundo quería poner en sus papeles. Ahora puede significar cualquier cosa, desde la compra de un determinado tipo de sujetador deportivo a luchar contra las guerrillas armadas en Nigeria. Cuando un término se diluye de esa manera, desafortunadamente, tiene muy poco impacto. Por eso ya no soy un gran fan de la palabra empoderamiento.

Por otro lado, soy columnista de un periódico paquistaní desde 2009. Durante gran parte de la guerra contra el terrorismo, yo estuve allí y se invertían cantidades increíbles de dinero en Afganistán y Pakistán para esta idea del empoderamiento. Era una situación muy difícil: como feminista diriges un refugio y de repente, el gobierno de Estados Unidos quiere darte 40 millones y quieres aceptarlo, pero al mismo tiempo era un feminismo ‘de goteo’. Es decir, pones dinero desde arriba y te permite hacer cosas, pero como no hay aceptación de los interesados, de abajo, tan pronto como Estados Unidos se fue, o tan pronto como se acabó la subvención, el proyecto se acabó. Se pusieron millones, por ejemplo, en proyectos para que las niñas afganas pudieran aprender a patinar o jugar al baloncesto o cosas que son buenas, pero si hablamos de una sociedad en la que las mujeres no tienen educación básica y viven en zonas muy alejadas, separadas unas de otras, sin atención sanitaria básica, entonces esa priorización es errónea. ¿Por qué se les da prioridad a que jueguen al baloncesto en lugar de a que puedan recibir las vacunas básicas? Por un lado, bombardeas su aldea y, por otro, decides que vas a construir una escuela en algún lugar.

Entiendo que entonces eso desacreditó esa idea del empoderamiento…

Manchó la idea del empoderamiento y del feminismo para toda una región del mundo, de modo que ahora si estás hablando sobre los derechos de las mujeres es algo controvertido y se considera inherentemente pro-estadounidense. Ese fue el otro motivo por el que llegué a la idea de la blanquitud, porque lo que intentaba mostrarles es que lo que realmente rechazan es la blanquitud, no el empoderamiento de las mujeres. Cuando se habla o se discute sobre los principios feministas, inmediatamente se te considera pro-occidental, pro-estadounidense, anti-Pakistán, anti-Afganistán. Por eso es tan importante separar estas ideas, porque está perfectamente bien que la gente se sienta como se siente sobre la blanquitud y el colonialismo, porque esa ha sido la base de su subyugación. Pero decir que todo discurso sobre la emancipación de las mujeres es de alguna manera occidental es incorrecto. Así que ahora el trabajo dentro de estas sociedades tiene que ser, y está sucediendo, observar a las mujeres dentro de sus propias culturas y saber que lucharon estas luchas desde hace mucho y crear una especie de narrativa indígena del feminismo.

Fuente: https://www.eldiario.es/sociedad/rafia-zakaria-problema-feminismo-blanco-creer-cultura-occidental-adecuada-igualdad_128_11933962.html


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lunes, 3 de febrero de 2025

Carmen de Burgos: una periodista pionera, feminista y republicana


Fuentes: Rebelión

¿Quién fue Carmen de Burgos, periodista y activista por los derechos de las mujeres nacida en 1867, en Almería, y fallecida a los 65 años en Madrid? Firmó una parte significativa de sus textos como Colombine, y la enciclopedia libre Wikipedia la sitúa como integrante de la Generación del 98 y la Edad de Plata […]

¿Quién fue Carmen de Burgos, periodista y activista por los derechos de las mujeres nacida en 1867, en Almería, y fallecida a los 65 años en Madrid? Firmó una parte significativa de sus textos como Colombine, y la enciclopedia libre Wikipedia la sitúa como integrante de la Generación del 98 y la Edad de Plata en España.

Asimismo como la primera periodista profesional en el estado español, redactora en el Diario Universal (periódico liberal, fundado en 1903 por el conde de Romanones), y una de las pioneras en desempeñar -en España- la corresponsalía de guerra; lo hizo desde Melilla, durante el verano de 1909 (conflicto entre el Estado español y las cabilas del Rif).

La también traductora participó en otros medios de comunicación –El Globo, La Correspondencia de España, la revista Nuevo Mundo o Heraldo de Madrid-, y tuvo relación –entre otros escritores- con el autor vanguardista Ramón Gómez de la Serna (conocido por el género de las greguerías).

Pedagoga que se desempeñó como maestra –en Guadalajara, Toledo o Madrid durante la primera década del siglo XX- y de ideología republicana (estuvo afiliada al Partido Radical-Socialista), Carmen de Burgos defendió el derecho al divorcio y el sufragio universal; rechazó la pena de muerte; su lucha militante se concretó, por ejemplo, en la Cruzada de Mujeres Españolas (1920) y en la presidencia de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas.

El Instituto Cervantes resalta, en su página Web, otras causas en las que la activista se implicó: el respaldo a la comunidad judía sefardí y las clases a personas invidentes/sordomudas, además de tomar parte en el Ateneo y la Asociación de la Prensa de la Madrid; la publicación de centenares de textos en la prensa de la época acreditan esta intervención pública (también en Tribuna Pedagógica; La Educación o La España Artística).

“Toda su lucha social –remarca la citada fuente- se ve reflejada en sus escritos; publica más de 50 historias cortas, muchas publicadas por entregas en El Cuento Semanal”; el Instituto Cervantes destaca algunas de las piezas narrativas: El tesoro del castillo (1907); Senderos de Vida (1908); Los negociantes de la Puerta del Sol (1919); El ‘Misericordia’ (1927) o Los endemoniados de Jaca (1932).

Carmen de Burgos Seguí publicó diversas novelas: La hora del amor (1916); Los espirituados (1923); Quiero vivir mi vida (1931); y ensayos: Arte de saber vivir (1918) y El arte de ser mujer. Belleza y perfección (1922).  

Al ensayo La mujer moderna y sus derechos (1927), se refirió la escritora Blanca Bravo Cela –también autora de la biografía Carmen de Burgos ‘Colombine’: contra el silencio (Ed. Espasa, 2003)-, en una reseña publicada por la Real Academia de la Historia (RAH); Bravo Cela subraya las aportaciones al feminismo de la periodista almeriense, así como las reflexiones sobre el divorcio, el sufragio universal, “la capacidad intelectual de la mujer y la libertad del amor”.

“El feminismo revolucionario es una consecuencia lógica de la opresión que sufre la mujer”, escribió Carmen de Burgos; seis años antes vio la luz El artículo 438, relato en que la autora se posicionaba contra las leyes discriminatorias hacia las mujeres.

Blanca Bravo Cela destaca otros aspectos de la biografía e ideario en el artículo de la RAH: el interés por la masonería; sus viajes (Argentina, Francia, Italia, Suiza o Portugal); los escritos biográficos (Gloriosa vida y desdichada muerte de don Rafael del Riego. Un crimen de los Borbones, de 1931); los “momentos de felicidad” al proclamarse la II República en abril de 1931; o las circunstancias del fallecimiento:

“Era octubre del año 1932, el país había sorteado el golpe de Estado de Sanjurjo en agosto y la República seguía con vida. Carmen peroraba en el Centro Socialista de Madrid ofreciendo una conferencia sobre cultura sexual; en uno de los momentos álgidos de la disertación, se detuvo” (por una parada cardiaca); la periodista fue soterrada en el cementerio civil de la capital española.

Habían pasado décadas desde que Carmen de Burgos comenzara a publicar en Diario Universal, una columna al día, que la autora orientaba a la audiencia femenina; se titulaba Lecturas para la mujer, y fue por aquellas fechas cuando empezó a utilizar el seudónimo Colombine, detalla la Red de Bibliotecas de los Archivos Estatales (REBAE).

En el libro Mis viajes por Europa, de 1917, la periodista escribió acerca de una de las regiones mineras de Suecia, Falun: “Se comprende que se conciba el infierno en el centro de la tierra. Todo lo que viene del subsuelo es terrorífico, amedrentador o misterioso. He vuelto a ver la luz con fruición después de salir de la galería de la mina de cobre de Falun. Salir de una mina es resucitar”.

En La mujer moderna y sus derechos, publicada en 1927 por la editorial Sempere de Valencia introduce –en el capítulo cuarto- sobre el Derecho a saber: “La mujer ha tenido que sostener una verdadera lucha para vindicar su derecho a la cultura (…)”; por ejemplo, “las leyendas mismas fueron tejiendo sus mallas en torno de la mujer para aprisionarla más. Son perniciosas las leyendas de Eva, de la Maya india, Isis, Tanit, Milita, de Minerva, de Diana (…)”.

En 2003 TVE emitió, dentro del programa Mujeres en la historia, un documental de 54 minutos sobre Carmen de Burgos, dirigido por María Teresa Álvarez; la película se iniciaba con una crónica de guerra que la reportera envió –el 10 de septiembre de 1909, desde Marruecos-, a Heraldo de Madrid.

Precisamente El cuento semanal, que veía la luz los viernes, insertó como reclamo en la portada del 29 de octubre de 1909 el relato de 18 páginas de Colombine, titulado En la guerra (Episodios de Melilla); así, la introducción exponía al lector las razones de esas cuartillas escritas con urgencia:

“Impresionada por las desgarraduras y crudezas de la guerra vista frente a frente, sin telégrafo ni censura por medio, necesitaba una sangría que me aliviara de todo el exceso de sangre que bebieron mis ojos y de cuya carga deplorable no sabía cómo aligerarme…”; ilustrada por Agustín y a la venta por 30 céntimos, Carmen de Burgos había redactado la novela en el campamento.



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sábado, 1 de febrero de 2025

Mujeres con hachas que reventaron tabernas y el machismo decimonónico

Historia feminista del siglo XIX & WTCU


Fuentes: https://www.pikaramagazine.com

En la primera ola del feminismo anglosajoncéntrica (mediados del siglo XIX, principios del siglo XX), se creó la organización feminista más antigua, grande e influyente de Estados Unidos: la Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza, traducido al castellano (Woman’s Christian Temperance Union, WCTU.


[Abro inciso. Si la palabra cristiana te rechina piensa que, en el siglo XIX, las instituciones religiosas eran la escapatoria ante las cárceles de las mujeres, esto es, el matrimonio y la casa. Los conventos eran los espacios no mixtos y feministas de aquella época; los lugares donde tenían acceso a la cultura y al deseo lésbico. Y, si no, piensa en la monja feminista y lesbiana Sor Juana Inés de la Cruz o en las fundaciones religiosas que crearon centros universitarios femeninos cuando las mujeres no tenían acceso a la universidad. Cierro inciso]

La WCTU fue un movimiento social liderado por mujeres cristianas que luchó para despejar el abuso de alcohol de la ecuación de las violencias machistas. Este movimiento rompió a golpe de hacha las tabernas y el arquetipo del ángel del hogar, creando la primera plataforma política y feminista en Estados Unidos. También fue el precursor de la ley de Volstead, conocida como la ley seca, y del sufragio femenino. No es casualidad que a los siete meses de aprobarse una, se aprobase la otra. Tampoco lo es el borrado histórico que invisibiliza el poderío de estas mujeres que hicieron posible la ley seca -estés o no de acuerdo- y el sufragio femenino en un contexto en el que no tenían voz ni voto -literal-.

EEUU: Estados Ebrios Unidos y Ultramachistas

Para conocer cuál fue la gota que colmó el vaso -nunca mejor dicho- y que llevó a las mujeres a tomar medidas frente a la relación directa entre las violencias machistas y el exceso libatorio, se ha de contextualizar la profunda alcoholización que se dio en aquella época.

Las bebidas etílicas estaban presentes en todas las esferas de la vida. Los médicos recetaban alcohol, ya que el agua potable escaseaba y la que había disponible transmitía enfermedades. Las familias granjeras tenían un barril de sidra en la puerta del que tomaban antes de entrar, bebiendo en cada comida, incluso en el desayuno. Se suministraba a trabajadores y tropas su cuota de licor diaria, de manera que los soldados al volver de sus batallas en la Guerra de Secesión se sumaban a la ola de dipsomanía que se extendía por todo el país.

Para 1830, el hombre promedio de más de 15 años bebía el equivalente a 88 botellas de whisky al año. Por aquel entonces, el gasto anual en alcohol, que representaba el 70 por ciento de los ingresos federales, era mayor que los gastos totales del Gobierno. Todo este dinero iba a parar a la industria cervecera y a las tabernas. Estas últimas eran una institución exclusivamente masculina, ya que el consumo de bebidas espirituosas se consideraba (y aún se considera) signo de hombría. De igual manera, se pensaba que la hambruna convertía en hombres a los hijos, quedando los pater familia excusados cada vez gastaban el salario en las tabernas y empobrecían a sus familias.

Sin el derecho al divorcio ni leyes contra el maltrato machista ni el abuso sexual, fueron las mujeres las que sufrieron los estragos del vicio etílico: miseria; golpes; violaciones sexuales; la muerte de sus maridos y familiares por peleas, accidentes y enfermedades derivadas del alcoholismo… Ante este desamparo estatal, las organizaciones femeninas por la templanza fueron una vía para que las mujeres pudieran expresar sus preocupaciones sobre las violencias machistas. En una época en la que no podían votar, miles de mujeres fueron escuchadas políticamente por primera vez en Estados Unidos.

Un bautismo de poder y libertad

En este periodo histórico se podría decir que detrás de una gran mujer siempre había un gran borracho. Algunas de estas legendarias fueron Susan B. Anthony, Eliza J. Thomson, Frances Willard y Carry A. Nation.

Susan B. Anthony, activista por la abolición de la esclavitud y cuyo papel fue fundamental en el movimiento por el sufragio femenino, fundó en 1852 la primera Sociedad de Templanza de la Mujer del estado de Nueva York, después de que se le impidiera hablar por ser mujer en una conferencia sobre la abstinencia. Pero la que alentó a las mujeres a tomar las calles para frenar la venta de bebidas alcohólicas fue Eliza J. Thomson, impulsora de las revueltas de abstemias políticas, conocidas como la Cruzada de las Mujeres.

El 24 de diciembre de 1873, Thomson reunió a 75 mujeres del pueblo de Hillsboroa (Ohio) para ir a las farmacias pidiendo que se comprometiesen, bajo contrato, a dejar de surtir recetas con etanol. Lo mismo hicieron con las tabernas, frente a las que se situaron de rodillas, o con tabernáculos portátiles, a orar y cantar. Tras impedir el acceso y ahuyentar o persuadir a sus clientes, obligaron a propietarios a cerrar sus locales. De esta forma nació la Cruzada de las Mujeres, que luego se extendió, a los pocos días, por 911 comunidades, logrando cerrar unos 1.300 expendios de licor. Fue tal su éxito que en 1874 disminuyeron los ingresos fiscales por concepto de alcohol.

Con estos actos de desobediencia civil, salieron de los parámetros de comportamiento femenino aceptables y de la sumisión. Miles de mujeres que nunca antes habían sentido que podían hacer algo fuera de las casas, se unieron para celebrar, según dijo una de ellas, “el bautizo de poder y libertad”.

Aunque la Cruzada perdió impulso al cabo de un año, consiguió revitalizar el movimiento temperante y conseguir la implementación de las primeras leyes estatutarias que prohibían la venta de alcoholes en ciertos estados. La Cruzada fue la simiente de la Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza (WCTU).

La influencer estadounidense del siglo XIX

El 18 de noviembre de 1874 se fundó la WCTU, cuyo objetivo fue, en un principio, lograr la abstinencia total. Los frentes políticos de la organización se ampliaron a partir de 1879, año en el que llegó a la presidencia Frances Willard, destacada feminista y lesbiana (camuflada). Teniendo presente que el consumo excesivo de alcohol era la causa y consecuencia de problemas sociales más importantes y no un asunto personal, introdujo la filosofía “do everything” (hacer de todo). Bajo este lema abogó por la justicia social desde la interseccionalidad.

Francis Willard, en un retrato fotográfico de autoría desconocida
Foto Francis Willard, en un retrato fotográfico de autoría desconocida

Para generar un cambio de conciencia, apostó por la educación, fundando en 1880 el Departamento de Instrucción de Templanza Científica. Mediante este organismo se implementaron en el sistema escolar público programas sobre el alcohol y sus males (un pelín exagerados para meterles el miedo en el cuerpo, todo hay que decirlo). En 1896 la WCTU contaba con 39 departamentos destinados a reformar las leyes laborales, educativas, infantiles y penitenciarias, entre otras muchas.

Durante la presidencia de Willard, la WCTU logró aumentar la edad de consentimiento sexual de siete a 16 años en muchos de los estados, la instalación de fuentes de agua públicas en plazas de todo el país como alternativa sana a las bebidas espirituosas y la apertura de centros para mujeres alcohólicas debido a las recetas médicas.

En 1888 fundó la WCTU mundial. Y es que bajo el liderazgo de Willard, la WCTU se convirtió en la organización de mujeres más grande y progresista del siglo XIX.

Alianza sufragista y su caballo de Troya

Convencida de que el voto les daría un poder real para abordar un amplio espectro de problemas sociales, Willard consiguió que la WCTU respaldase formalmente el sufragio femenino en 1881.

Gracias a ella, la WCTU utilizó la templanza como un trampolín hacia el empoderamiento. A menudo llamaba a la organización la “Universidad WCT”. En ella se capacitaba a mujeres en liderazgo, oratoria y pensamiento político. De este campo de entrenamiento salieron las que luego fundaron la Asociación Nacional de Sufragio de Mujeres Estadounidenses (NAWSA, por sus siglas en inglés). 
Otra de las hazañas de Willard fue persuadir a las mujeres que estaban en contra del sufragio femenino. Para ello construyó un caballo de Troya al que llamó “home protection” (protección del hogar). Para esta campaña creó de forma astuta un lema conservador que vinculaba el sufragio con los dos espacios donde le era más fácil acceder a las mujeres: el hogar y la iglesia.

Consciente de que el hogar y la familia eran las principales preocupaciones con respecto a la ingesta inmoderada de alcohol, empleó esta retórica para tranquilizar a las mujeres conservadoras. De esta forma, logró que pensasen que el voto femenino era una causa digna para defender los valores burgueses y tradicionales sin dinamitar la esfera privada.

Así fue como este movimiento atrajo a más mujeres a la lucha por el derecho al voto que cualquier otra organización, confiriéndoles un papel en los asuntos públicos que nunca más perdieron.

Si los hombres no nos hacen caso, hachazo al canto

A veces hace falta una dosis de amenaza para llamar la atención y que te hagan caso. De eso bien sabía Carry A. Nation, la leyenda del movimiento antialcohólico.

Con un hacha en la mano y en la otra la Biblia, destruyó tabernas convirtiéndose en el terror de beodos y taberneros.

Carry A. Nation tomó este apellido de su segundo marido (el primero murió de cirrosis), para hacer el juego de palabras “carry a nation to prohibition” (llevar a la nación a la prohibición), ya que se referían a la ley seca como “prohibition”. Como presidenta de la WCTU del condado Barber (Kansas) dirigió marchas pacíficas hasta que, harta de no ser escuchada, le dijo a los legisladores: “Si no me dais votos, usaré piedras”. Así que esta agitadora, que se definía como “un bulldog que corre a los pies de Jesús, ladrando a lo que él rechaza”, decidió, por orden divina, cumplir con su cometido.

El 7 de junio de 1900 fue a Kiowa (Kansas) cargada con piedras y botellas camufladas como paquetes y entró en varias tabernas rompiendo barriles, botellas y mobiliario. Cuando un policía la arrestó por daños a la propiedad ella gritó: “No estoy dañando nada, lo estoy destruyendo”. Ya entre rejas dijo: “Me encierran como a un cachorro pero saldré como un león rugiendo y haré que todo el infierno aulle”. Dicho y hecho. En cuanto salió la leona, atacó otra taberna con el arma que se convertiría en su símbolo: el hacha. Con la venta de insignias en forma de hacha y las donaciones recibidas en sus conferencias pagó las multas de sus 30 encarcelaciones. Al poco tiempo, se sumaron a ella centenares de personas, creando el Ejército de Defensores del Hogar con el que cerró unas 100 cantinas.

Cuando la WCTU de Topeka (Kansas) declaró no estar de acuerdo con su método, ella contestó: “Déjenme decirles, señoras, que no saben toda la alegría que pueden llegar a sentir hasta que empiecen a destruir y destruir”. Sin embargo, la mala prensa nubló muchas de las buenas acciones que tuvo con diversos colectivos desfavorecidos. Por mencionar una de tantas, compró una casa lo suficientemente grande para convivir con mujeres que habían perdido la suya a causa de sus maridos alcohólicos, o que habían sido abusadas.

Después de esta perorata histórica propongo un brindis (sin alcohol) por todas estas mujeres que hicieron posible el sufragio femenino y que denunciaron la correlación entre la embriaguez y las violencias machistas, reventando tabernas, la esfera privada y, con ello, el machismo decimonónico.


Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2025/01/mujeres-con-hachas-que-reventaron-tabernas-y-el-machismo-decimononico/




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