martes, 26 de febrero de 2013

La bella ha llegado, Nefertiti (Siglo XIV a.C.)


La historia del Antiguo Egipto está plagada de misterios, conjuras y datos oscuros que aun hoy permanecen sin comprobar ni dilucidar. Y si la historia de los faraones a menudo sufre vacíos difícilmente recuperables, las biografías de sus reinas se encuentran mucho más ocultas. Son pocas las reinas cuyo nombre no se ha perdido en el olvido. Escasas las que han permanecido con unos mínimos datos biográficos. Nefertiti es una de las reinas egipcias más conocidas, posiblemente por el bellísimo busto que descansa en el museo egipcio de Berlín y por su papel en el reinado revolucionario de su esposo, el faraón Akenatón. Por primera vez en la historia del Antiguo Egipto nos encontramos con una reina que gobernó al lado de su marido en el conocido como "Periodo de Amarna". Pero en un momento dado del reinado de Akenatón, hacia el año catorce de su gobierno aproximadamente, Nefertiti desaparece. A partir de esta extraña desaparición de la historia historiadores y amantes del Egipto faraónico han desarrollado múltiples teorías sobre el destino de una de las reinas más bellas y misteriosas de aquellos tiempos.

Un origen misterioso
El nombre de Nefertiti significa algo así como "La bondad de Atón, la bella ha llegado”. Una mujer hermosa que llega al trono egipcio desde no se sabe muy bien de dónde. Existen varias teorías acerca de los orígenes de Nefertiti. 

La primera y más extendida asegura que Nefertiti, nacida alrededor del 1370 a.C. fue hija de Ay, quien se convertiría en faraón a la muerte de Tutankamón. Su madre sería una esposa de Ay fallecida cuando Nefertiti era aún una niña. 

La segunda sitúa su origen en Mitani, antiguo reino africano situado al norte de la actual Siria. Esta teoría se basa en la forma abombada de la cabeza de la reina, fruto de una práctica ancestral de dicho país que consistía en manipular artificialmente el cráneo de los niños. 

Y la tercera teoría, la menos creíble, nos dice que Nefertiti fue una princesa de origen nubio que habría sido entregada al faraón por alguna razón desconocida. 

La esposa del rey hereje
Tampoco se sabe con exactitud cuándo se casó Nefertiti con el entonces llamado Amenhotep, si antes o después de que éste subiera al trono de Egipto. Es probable que la pareja estuviera ya casada cuando Amenhotep fue nombrado corregente de su padre, el faraón Amenhotep III.

En el año 1353 a.C. Amenhotep ascendía al trono de su padre, ya fallecido. Empezaba entonces el reinado de Amenhotep IV, de la XVIII Dinastía, un reinado que duraría poco más de diecisiete años. Desde el primer momento, Nefertiti ocupó un papel destacado en el gobierno del imperio. 



Tras los primeros años de reinado, alrededor del año quinto de su dominio, Amenhotep IV decidió dar un giro a su gobierno y a la religión del reino. Abandonó el culto a todos los dioses venerados hasta el momento y centró su fe en un único dios, Atón. Con esta revolución, el entonces autodenominado Akenatón, quiso disminuir el gran poder que el clero de Amón había detentado durante años. 

Trasladó la capital de Tebas a Amarna donde no sólo se reformó el credo, sino también la cultura y la sociedad en general. En todos esos cambios, Nefertiti jugó un papel esencial. Siempre al lado de Akenatón, gobernó como corregente de su esposo. Al ser nombrada Gran Esposa Real, Nefertiti ascendía al rango de reina – faraón bajo el nombre de Nefer Neferu Atón.

En las representaciones que se han conservado de Nefertiti y Akenatón, ambos gobernantes aparecen a menudo en situaciones de la vida cotidiana, rodeadas de algunas de sus seis hijas, algo también totalmente nuevo en el arte de los faraones. 



La desaparición de la reina
Tres años antes de que finalizara el reinado de Akenatón, Nefertiti desapareció de todas las fuentes escritas y de las imágenes esculpidas en las piedras de los templos y palacios egipcios. Muerte violenta, divorcio, un comportamiento inadecuado, nada se sabe a ciencia cierta de las razones que borraron de un plumazo la existencia de la bella esposa real.

En aquel tiempo aparece Smenkhare, un extraño personaje que ascendió a corregente durante los últimos años de reinado de Akenatón y, tras su desaparición, gobernó Egipto como faraón durante un corto periodo de tiempo antes de que subiera al trono Tutankamón.

Algunos historiadores sugieren que Nefertiti continuó gobernando en la sombra como faraón bajo el nombre de aquel misterioso Smenkhare.  

Pero lo único cierto es que ni la fecha exacta de la muerte ni sus restos mortales han sido aún dilucidados por nadie. 


 Si quieres leer sobre ella 


El amante de Nefertiti, Álvaro Bermejo
Género: Novela histórica






Nefertiti, Michelle Morant
Género: Novela histórica







El secreto del Nilo, Antonio Cabanas
Género: Novela histórica







Historia del Antiguo Egipto, Ian Shaw
Género: Ensayo






Por Sandra Ferrer

lunes, 11 de febrero de 2013

La reina amada, Luisa de Mecklemburgo-Strelitz (1776-1810)


La vida de la reina de Prusia, Luisa de Mecklemburgo fue breve pero dejó una profunda impronta en el corazón de su familia, de su reino y de muchos lugares europeos. Luisa de Mecklemburgo fue una mujer bondadosa, entregada a los más necesitados, con un corazón fuerte y una destacada determinación, carácter que fue de gran ayuda para su esposo, el siempre dubitativo Federico Guillermo III de Prusia. La reina Luisa fue madre de un rey, un emperador y una zarina; fue una asesora política de su país en la sombra y llegó a medirse ante la entonces principal amenaza de Europa, Napoleón Bonaparte. 

La princesa huérfana
Luisa Augusta Guillermina Amalia de Mecklemburgo-Strelitz nació el 10 de marzo de 1776 en el Electorado de Brunswick-Lüneburg, en Hannover. Luisa era hija del príncipe alemán Carlos II de Mecklemburgo-Strelitz y la landgravina Federica de Hesse-Darmstadt.

La infancia de Luisa transcurrió alejada de la corte, pues cuando nació, su padre aún no se había convertido en duque, hecho que sucedería en 1794 a la muerte de su hermano. Luisa era la cuarta de seis hijos, que fueron educados por una gobernanta llamada Fräulein von Wolzogen. Los años felices se vieron truncados cuando Luisa tenía apenas seis años y su madre fallecía a causa del enésimo parto. Aquel hecho marcó para siempre el carácter de Luisa que, desde entonces, se volcaría en realizar obras de caridad destinadas a los más necesitados, sobre todo a los niños huérfanos.

Tras la muerte de su esposa, Carlos II y sus hijos dejaron la residencia familiar de Leineschloss y se mudaron al castillo de Herrenhausen, conocido entonces como el pequeño Versalles. El padre de Luisa se volvió a casar dos años después de enviudar con su cuñada Carlota con la que tuvo un hijo. Luisa pronto tomó cariño a su nueva madrastra por lo que su desaparición un año después, volvió a sumir a la niña y a toda la familia en una profunda tristeza.

Carlos II trasladó entonces a sus hijos a Darmstadt donde los pequeños quedaron a cargo de su suegra. En su nuevo hogar, Luisa y sus hermanos tuvieron una existencia tranquila y sencilla. En aquel tiempo la pequeña Luisa se volcó en las obras de caridad en las que se excedía hasta el punto de ser reprendida por su abuela por donar demasiado dinero a los más necesitados. Luisa recibió una buena educación. Aprendió francés, inglés, historia, literatura y música. 

Doble alianza
Luisa con su
esposo Federico Guillermo III
En 1793, la abuela de Luisa se la llevó junto a su hermana Federica a Fráncfort en una visita a su sobrino el rey Federico Guillermo II de Prusia. Aquella visita fue una excusa perfecta para su tío, el duque de Mecklemburgo, quien pensaba en alguna de sus sobrinas para estrechar lazos con la casa real de Prusia. La jugada salió perfecta cuando no sólo el príncipe heredero prusiano, Federico Guillermo se fijó en Luisa, sino que Federica fue pretendida por su hermano, el príncipe Luis Carlos. 

Pocas semanas después de aquel primer encuentro, el 24 de abril de 1793, Luisa y Federico Guillermo se casaban en Darmstadt. Dos días después lo hacían sendos hermanos, Federica y Luis Carlos.

Reina de Prusia
Luisa tenía entonces diecisiete años y su esposo veintitrés y congeniaron desde el primer momento. Desde entonces hasta el fallecimiento prematuro de Luisa, la pareja real se entendió a la perfección y actuaron juntos en todo momento. 

Luisa con uno de sus hijos
La nueva princesa de Prusia se ganó rápidamente el cariño de sus nuevos compatriotas gracias a su espontaneidad, generosidad y cercanía con la gente. Luisa y Federico Guillermo se instalaron en el palacio de Paretz, cerca de Postdam, alejados de la corte donde intentaron mantener una vida más o menos tranquila antes de su ascensión al trono prusiano.

La feliz pareja llegó a tener nueve hijos, entre los que se encontraría el futuro rey de Prusia, Federico Guillermo IV, el primer káiser alemán Guillermo I y la zarina Carlota. 

El 16 de noviembre de 1797 fallecía Federico Guillermo II de Prusia y el esposo de Luisa se convertía en rey y ella en reina consorte. La nueva reina no permaneció al margen del gobierno sino que continuó trabajando al lado de su marido, el rey Federico Guillermo III al que asesoró y ayudó en la política de su país en todo momento. 

En aquellos años Europa luchaba contra las continuas invasiones de Napoleón Bonaparte quien ocupaba Berlín el 27 de octubre de 1806 obligando a la familia real a huir de la capital. La guerra contra Francia terminó con la Paz de Tilsit el 9 de julio de 1807. Aquel tratado firmaba la derrota prusiana quien perdió en la contienda buena parte de su territorio. 

Encuentro de Luisa con Napoleón en Tilsit

En las conversaciones previas a la firma del tratado con Napoleón, la reina Luisa no dudó en presentarse ante el entonces emperador Bonaparte con el que intentó negociar una paz honrosa para su país. A pesar de que Luisa no consiguió doblegar a Napoleón, quien además intentó verter sobre ella distintas calumnias para destruir su reputación, la reina de Prusia salió fortalecida de Tilsit por su determinación y su gran demostración de amor a su patria. 

Los reyes de Prusia vivieron lejos de Berlín, a la que volvieron tres años después. La invasión napoleónica afectó profundamente a Luisa quien se sumió en una profunda tristeza a pesar de que siguió trabajando para el gobierno de Prusia y preparando a su hijo como futuro rey. 

El 19 de julio de 1810, en una visita al ducado de su padre en Hohenzieritz, Mecklemburgo-Strelitz, fallecía de manera prematura a los 34 años de edad. Las causas de la muerte no quedaron claras por lo que sus amados súbditos culparon a la ocupación francesa de la desaparición de su reina. 


Enterrada en los jardines del Palacio de Charlottenburg, la reina Luisa de Mecklemburgo se convirtió en todo un símbolo para sus súbditos. La figura de la reina se convirtió en referente de los ideales femeninos más conservadores llegando a inspirar la creación de la organización de mujeres conservadoras alemanas Luisenbund o Liga de la reina Luisa y el Tercer Reigh utilizó su memoria para representar en su propaganda política su estereotipo de mujer. 

Por Sandra Ferrer

sábado, 2 de febrero de 2013

La madre del santo, Juana de Aza (1135-1205)


Muchos de la larga lista de santos y santas, beatos y beatas de la iglesia católica recibieron esa dignidad por haber fundado alguna orden religiosa, haber levantado un cenobio o alguna otra acción de gran magnitud. El caso de la beata Juana de Aza es distinto. 

Juana subió a los altares de la iglesia católica principalmente por haber sido madre de otro santo, Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden de los dominicos. Al margen de los milagros que se le reconocieron, la vida de Juana fue una vida de piedad, recogimiento y, sobre todo, entrega a los demás. Dispuesta siempre a ayudar a los más necesitados, su nombre fue recordado como el de una mujer buena y solidaria muchos tiempo después de su muerte.

El  perro y la luz
Juana Garcés nació el año 1135 en el seno de una familia noble. Su padre, García Garcés, era mayordomo y tutor de Alfonso IX y su madre, Sancha Bermúdez de Trastámara, pertenecía a una de las casas nobles más importantes de Castilla. 

De su niñez poco se sabe. Sabemos que tenía unos 25 años cuando se casó en 1160 con Félix Núñez de Guzmán, señor de la villa de Caleruega, hombre de alta posición del que tampoco se conocen demasiados datos biográficos. 

Juana y Félix tuvieron tres hijos, Antonio, Manés y Domingo, que dedicarían su existencia a la vida religiosa. Pero fue la llegada de Domingo la que estuvo precedida de una visión extraordinaria. Según cuenta la tradición hagiográfica, Juana tuvo un sueño antes de traer al mundo a su último hijo. En dicho sueño vio cómo un perro saltaba de su seno portando en la boca una antorcha. Al salir de su vientre, aquello luz iluminaba todo el mundo.

Aturdida por la visión que tuvo en sueños, Juana rezó a Santo Domingo de Silos quién la iluminó mostrándole el significado de aquella visión. Sabedora entonces que de ella nacería un hombre que iluminaría el mundo no dudó en darle el mismo nombre del Santo que había guiado sus visiones y sus miedos. 

El milagro del vino
Además de la milagrosa visión del nacimiento de Santo Domingo de Guzmán, a Juana se le atribuyeron una serie de milagros. El más conocido es el de la bodega de su esposo. Cuenta la tradición que cuando Félix marchó a la guerra ella dio a los pobres el vino que su marido guardaba en una cuba en su propia casa. Al volver Félix, éste oyó rumores de la desaparición de todo su vino y pidió a su esposa que le sirviera una buena copa de su caldo. Mientras iba en busca del vino inexistente, angustiada, Juana rezó para encontrar una solución. Cuando fue a abrir la cuba, esta estaba llena de nuevo. 

Milagros aparte, Juana se la reconoció como una mujer piadosa, entregada a los demás. Ayudaba a los pobres y a los más necesitados sin guardarse nada para sí.


Fallecida en la localidad burgalesa de Caleruega, el 2 de agosto de 1205, fue beatificada seis siglos después, en 1828, por el Papa León XII. Su festividad se celebra en conmemoración del día de su muerte.


Por Sandra Ferrer