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miércoles, 3 de septiembre de 2025

Ecofeminismos: construyendo esperanza en tiempos de incertidumbre

Sabemos que es posible y urgente construir un modo de vida respetuoso con el planeta que permita vivir vidas dignas a todas las personas y seres vivos que lo habitamos en un mundo más justo y sostenible.

El ecofeminismo es una corriente de pensamiento política y un movimiento social; es una filosofía de vida; es una mirada y una práctica que se nutre de los encuentros y posibles sinergias entre ecologismo y feminismo, y se constituye como un movimiento social universal que abraza la diversidad, la pluralidad y las potencialidades de todos los seres vivos.

En este momento de crisis civilizatoria, el ecofeminismo prioriza el sostenimiento de la vida humana y de todos los seres vivos con los que compartimos el planeta, poniendo la vida en el centro y construyendo resistencias y alternativas esperanzadoras hacia un mundo justo, amable y sostenible.

El pensamiento ecofeminista analiza críticamente la cosmovisión occidental que se asienta sobre una matriz patriarcal, capitalista y colonial de ideas y creencias que implica la discriminación de las mujeres y otros sujetos no hegemónicos, y lleva al límite la sobre explotación de la naturaleza y de todos los seres vivos, poniendo en riesgo la supervivencia global.

Desde esta perspectiva, los ecofeminismos cuestionan el modelo de vida capitalista, patriarcal y colonial el cual, para mantenerse, somete tanto a los seres humanos como al resto del mundo vivo:

– El patriarcado, que fundamenta un sistema social construido sobre valores que discriminan a la mujer por considerarla inferior y subordinada al varón. Este pensamiento, denominado androcéntrico, sitúa al hombre como centro y protagonista de la historia y la civilización humana, y a las mujeres y niñas como subalternos al varón. En consecuencia, las mujeres y los hombres tienen asignados en la vida roles de género determinados según su sexo, por lo que cada uno debe cumplir con tareas y funciones pre establecidas por el sistema patriarcal. Este pensamiento se refuerza con una serie de estereotipos de género que tienen matices según las sociedades y momentos históricos.

– El capitalismo es un sistema socioeconómico que responde a la lógica de la dominación y del sometimiento de la vida, donde las relaciones de explotación sobre la naturaleza tienen la misma raíz que la opresión contra las mujeres. Su fin es la acumulación y el beneficio material individual y, para ello, subordina a las mujeres y explota la naturaleza.

– El colonialismo es un sistema basado en la ocupación y control de territorios por una potencia extranjera con el fin último de explotar sus bienes naturales y su población. Bajo ese prisma se ven y tratan a la tierra y los cuerpos desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad. Se acompañan además de la imposición de estructuras políticas, económicas y culturales por parte de los colonizadores, quienes suelen considerar a las sociedades sometidas como inferiores en términos sociales, culturales o biológicos.

– El antropocentrismo, creencia que sitúa al ser humano en el centro de la creación y por encima del resto de seres vivos a los que somete y utiliza en su beneficio, permite al sistema capitalista justificar y llevar al límite prácticas depredadoras y ecocidas por todo el planeta, las cuales ponen en evidencia el conflicto capital-vida en el que actualmente estamos.

Cuando unimos patriarcado y capitalismo entendemos cómo bajo este sistema socioeconómico los trabajos de cuidados no tienen valor económico ni social a pesar de ser imprescindibles para la reproducción y el mantenimiento de la vida, tanto la humana como la no humana. Estas tareas representan la base sine qua non del sistema socioeconómico capitalista actual

La perspectiva ecofeminista pone en cuestión los mitos fundacionales del pensamiento occidental hegemónico basada en una lógica dicotómica y jerarquizante: cultura versus naturaleza o razón versus emoción; donde el varón (como sujeto patriarcal) siempre es identificado con la cultura y la civilización y las mujeres y otros sujetos no hegemónicos, con la naturaleza y la esfera salvaje. Además, desde una mirada decolonial, someten a revisión conceptos clave de nuestra cultura muy aceptados hoy en día, tales como el crecimiento económico ilimitado, el beneficio económico individual como finalidad civilizatoria, y el progreso medido en términos de productividad y consumo material. Desarrollan por lo tanto una mirada alternativa sobre el actual modelo social, económico y cultural aportando una perspectiva diferente sobre la realidad cotidiana y la política dando valor a elementos, prácticas y sujetos que han sido designados por el pensamiento occidental hegemónico y colonial como inferiores.

Existen históricamente diferentes corrientes de pensamiento ecofeminista y todas ellas coinciden en denunciar que el modelo económico predominante -el capitalismo neoliberal- no tiene en cuenta los ciclos vitales de los seres humanos ni los límites biofísicos del planeta y sus ecosistemas, ignorando dos hechos evidentes:

– La vida humana transcurre encarnada en un territorio mucho más inmediato y próximo: el cuerpo. Todos los cuerpos, en su naturaleza vulnerable, tienen necesidades que deben ser cubiertas para poder mantenerse vivos. Para poder sobrevivir, sus cuerpos necesitan ser atendidos y cuidados a lo largo de toda su existencia y, especialmente, en algunos momentos de ciclo vital. Son tareas son realizadas mayoritariamente por mujeres. Somos por lo tanto seres interdependientes.

– Como todas las especies, los seres humanos interactuamos con la trama de la vida para obtener lo necesario para mantener la existencia: agua, alimento, energía, minerales, oxígeno, madera, semillas….No hay nada de lo que el ser humano pueda necesitar que no dependa de lo que produce la naturaleza. Podemos decir que no hay vida sin naturaleza. Por lo tanto somos también seres ecodependientes.

Abrazamos un enfoque basado en la sostenibilidad de la vida, perspectiva que combina aportaciones de la economía feminista, las miradas decoloniales y las cosmovisiones no occidentales respecto a la naturaleza y la defensa del territorio, de las comunidades y de las vidas y cuerpos de las mujeres.

La perspectiva ecofeminista proporciona claves para repensar las contradicciones actuales, revertir los imaginarios dominantes y la narrativa hegemónica sobre el mundo y proponer nuevas formas de relación con la naturaleza y entre las personas que permitan caminar hacia una cultura de paz, y hacia un futuro verde y sin violencia.

Por ello, el ecofeminismo lucha activamente para prevenir, denunciar y erradicar la violencia de género contra las mujeres y contra las disidencias identitarias, asi como contra todas las violencias específicas que el patriarcado ejerce con el fin de someter cuerpos y territorios. En esta línea el ecofeminismo se opone activamente, denuncia y rechaza la militarización de las sociedades y la economía de la guerra. Por ello aboga por la defensa de la biodiversidad y la ideodiversidad como estrategias de supervivencia colectiva, siendo imprescindibles para crear comunidades en equilibrio con los territorios.

Igualmente su perspectiva interseccional incorpora enfoques y reivindicaciones de luchas como el sindicalismo, en antirracismo, el antimilitarismo, el naturalismo, el antiespecismo, etc., con las que entreteje visiones compartidas y propone alternativas inclusivas y situadas en la diversidad y complejidad de los territorios y las personas. Por ello las miradas ecofeministas también tienen vocación de inspirar a ciertos movimientos sociales en la construcción de una sociedad bases en la justicia ecosocial.

Desde el ecofeminismo, elaboramos propuestas para transformaciones posibles donde la vida esté en el centro. Desde el reparto de trabajos, tiempos y riqueza, hasta el decrecimiento, transitando por temas como la minería, el derecho a una vivienda asequible y digna, la soberanía energética, la agricultura orgánica y local, la inmigración, etc. Así, el ecofeminismo denuncia y al mismo tiempo propone alternativas en todas las dimensiones de nuestras vidas.

Para el ecofeminismo actual es clave actuar para hacer realidad una transición ecosocial justa donde el sistema socioeconómico priorice los trabajos esenciales y necesarios para el sostenimiento de todas las vidas y la reproducción social de los seres humanos y de los ecosistemas, desde una mirada inclusiva, antirracista y decolonial.

Finalmente, desde el Área Ecofeminista de Ecologistas en Acción creemos que vivimos un momento de crisis múltiples que se interrelacionan y dan lugar a una crisis sistémica o policrisis (sanitaria, económica, social, ecológica, energética…). En este contexto, la mirada y los principios del ecofeminismo son una gran fuerza transformadora, de emancipación, que aportan solidez a los movimientos ecologista y feminista, y proponen una mirada global y esperanzada; cuya ética trata de conciliar nuestras prioridades, necesidades y deseos con principios como la solidaridad, corresponsabilidad, justicia, distribución, equidad, frugalidad, suficiencia, cuidados, cooperación y sostenibilidad.

Sabemos que es posible y urgente construir un modo de vida respetuoso con el planeta que permita vivir vidas dignas a todas las personas y seres vivos que lo habitamos en un mundo más justo y sostenible.

Para contactar con el Área Ecofeminista de Ecologistas en Acción escribe a ecofeminismo@ecologistasenaccion.org


Para tener más información sobre la página y nosotrxs, nos puedes escribir al mail: ecofeminismo.bolivia@gmail.com

viernes, 4 de abril de 2025

Las condiciones materiales que perpetúan la dominación sobre la mujer





¿Por qué la dominación sobre las mujeres sigue vigente a pesar de tantos cambios históricos? ¿Qué condiciones se resisten a transformarse, para así posibilitar nuestra emancipación? ¿Cómo el capitalismo consigue adaptar las relaciones de dominación anteriores para favorecer su ciclo de acumulación? ¿Qué podríamos hacer para derribar esas condiciones?

Es fundamental debatir sobre todas estas preguntas ya que la explotación, opresión y violencia contra las mujeres no son problemas nuevos, sino penosas continuidades ancladas al pasado. El que antes no existieran registros y estadísticas adecuadas, no esconde una realidad que era descarnadamente visible -y audible- en todos y cada uno de los barrios y veredas de Colombia. El menosprecio, los insultos y los malos tratos contra las esposas eran el pan de cada día en buena parte de los hogares del campo y la ciudad. Es, por tanto, una lacra que viene de muy lejos en el tiempo. No arranca con el imperialismo y sus influencias culturales, aunque a través de algunas de ellas se muestre de la forma más grosera. Tampoco comienza con el capitalismo, aunque se aproveche de las estructuras de dominación anteriores, configurándolas a su favor e intensificándolas en los aspectos que le interesa. Ni tan siquiera empieza con el sistema colonial, absolutamente machista y opresor.

La dominación sobre las mujeres es muy anterior a estas épocas históricas. En muchas sociedades anteriores al neolítico, donde incluso la propiedad era todavía comunal, existían ya formas de dominación masculina para controlar el papel de las mujeres en la reproducción de la comunidad. Por tanto hay que prevenir la tentación de buscar salidas hacia atrás, que además de ilusas son irremediablemente conservadoras y contrarrevolucionarias. En realidad, como pasa con el resto de las relaciones de dominación y explotación, su superación sólo se puede acometer enfilando camino hacia adelante, hacia una sociedad que acabe con todas las formas de explotación, opresión y discriminación.

Y es que la tarea política de la emancipación femenina -que va de la mano de la emancipación proletaria- no permite idealizar el pasado, ni naturalizar las viejas costumbres, si no que implica actuar con audacia y resolución, siguiendo la máxima de “Para atrás, ni para coger impulso”. Al fin y al cabo en eso consisten los proyectos revolucionarios, en transformar radicalmente el presente y el pasado para construir un futuro basado en relaciones libres e igualitarias que rompan el calabozo de las tradiciones milenarias, las ideas conservadoras y las prácticas añejas. Como dijo Marx al inicio del Dieciocho de Brumario, la tradición de todas las generaciones muertas pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos, y podemos afirmar sin temor a equivocarnos que esas tradiciones pesan doblemente sobre el cerebro y la espalda de las mujeres.

Pero, además de las condiciones que tradicionalmente habían apuntalado la opresión de la mujer y que siguen recargándose sobre nuestros hombros, con el desarrollo del capitalismo surgieron otras prácticas y medidas legales que buscaban mantener y redireccionar las relaciones patriarcales en su provecho. Estos determinantes de subordinación de las mujeres se afianzaron durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX, cuando las mujeres fueron apartadas de la producción mercantil o relegadas en ella a un papel marginal, circunstancial e infravalorado.1 A la vez, se construyó un entramado social que volvió a encerrarlas parcialmente en el hogar, condenándolas al trabajo de la reproducción y cuidado del conjunto de la unidad familiar, trabajo que además de no remunerado, tampoco es reconocido socialmente. Este papel devaluado de la mujer le vino muy bien al capital, ya que a través del trabajo gratuito de la mujer en el hogar pudo comprar la fuerza de trabajo por debajo de su costo social de reproducción. Adicionalmente el capital usaba la fuerza de trabajo femenina como ejercito de reserva “basculante”, favoreciendo o dificultando su entrada al mercado laboral a través de diversas legislaciones, pero siempre manteniéndola como fuerza de trabajo de segunda categoría2. Al etiquetarlo como de segunda, los capitalistas pasaron a pagar un precio menor por el mismo trabajo, de tal forma que esa segregación laboral se convirtió además en una fuente de salvajes sobre-beneficios para los capitalistas.

Convertidas en una subclase dentro de la clase proletaria, utilizadas por el capital para abaratar la fuerza de trabajo y reducidas a ser un “cómodo” colchón con el que amortiguar los efectos más conflictivos de sus crisis periódicas, las mujeres no sólo quedaban bajo las sujeción y dominación del sistema capitalista de forma más precaria y deprimida, si no que además quedaban sometidas a la brutalidad y al menosprecio de las relaciones patriarcales dentro de la familia. Estas relaciones autoritarias y machistas dentro del hogar afianzan la devaluación y resometimiento histórico de la mujer a partir de una relación de complicidad entre el capital y los jefes varones de la familia. El capital convirtió entonces al proletario explotado, humillado y enajenado en la fábrica, en el “dueño y señor” de su casa y de su familia, consiguiendo que ese espacio social funcionara como válvula de drenaje para la frustración y la rabia del hombre proletario, transformándose en una especie de aliviadero doméstico de las contradicciones del capital.

Para las mujeres proletarias la situación era distinta, ya que fueron y siguen siendo explotadas y humilladas tanto en el lugar de trabajo como en el hogar, sin contar con ningún espacio en el que se compensasen sus sufrimientos. Al no tener ese espacio social donde resarcirse -ni individual, ni colectivamente-, se les impuso la idea de que su realización iba mediada por el matrimonio, la familia y el hogar. Es decir, se fechitizaron las mismas circunstancias que coartaban su emancipación.

Es claro que la configuración de las unidades familiares ha ido cambiando y con ello, en cierta medida, la forma en que se reproduce la sociedad y la clase proletaria. Las mujeres ahora tienen mayor posibilidad de inserción en la educación superior y en el mercado laboral. Además, las unidades familiares tienen menos hijos o deciden no tener ninguno, mientras que van aumentando y sucediéndose las uniones consensuales y las rupturas conyugales, en tanto los matrimonios ya no son “hasta que la muerte nos separe”- aunque muchos bestias feminicidas sigan pensado que sí-.

Sin embargo, estas circunstancias no han modificado mucho la situación de opresión de la mujer, sobretodo en los hogares proletarios más pobres. La mayor facilidad de disolución de los lazos conyugales -que debería haber contribuido a un gran avance en la emancipación femenina- se ha transformado en un incremento de la sobreexplotación que sufren las mujeres, ya que los padres en buena medida se lavan las manos respecto a la manutención y cuidado de los hijos, al igual que el Estado, que no implementa medidas suficientes de servicios sociales y de cuidado para garantizar la responsabilidad social en la crianza y educación de los niños y niñas. Según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida (ECV) 20233, el 64% de los menores de 5 años no asisten a espacios colectivos de cuidado como hogares comunitarios, jardines o colegios, si no que pasan la mayor parte de su tiempo al cuidado de su madre, abuela u otra familiar cercana. Las mujeres cabeza de familia- madres solteras, separadas o viudas- que ya alcanzan el 45,4%4 del total de hogares de Colombia, viven la carga familiar de manera más angustiante, viéndose abocadas a vender su fuerza de trabajo en las condiciones más precarias, a gastar un porcentaje importante de su salario en guarderías y servicios para complementar el cuidado y a no disponer de tiempo de ocio para ellas mismas. El 69% de estas mujeres cabeza de familia no tienen cónyuge o pareja y para el 31% que sí la tienen, suele suceder que su la “jefatura de hogar” se traduce en que “los hijos son tuyos y tuya es la responsabilidad de cuidarlos”.

Por tanto, a pesar de que el avance en algunas condiciones materiales deberían garantizar unas mejores condiciones de vida para las mujeres, vemos como esta mejoría no llega a todos los sectores. Las mujeres proletarias, a pesar de los cambios formales en la configuración de las unidades familiares siguen soportando la mayor parte de la carga, y sobretodo la más ingrata, de la reproducción de la clase proletaria.

Por estas razones, entre otras, las proletarias son protagonistas indispensables en el proyecto de superación del capitalismo, o sea en la construcción de una sociedad socialista. No por esos cuentos maternalistas y conservadores de una presunta superioridad natural o biológica de las mujeres, ni porque el supuesto “don” de dar vida o el papel de cuidadoras -impuesto históricamente- les hagan moralmente mejores. Lo que las convierte en un motor fundamental de transformación es el peso de unas condiciones materiales que perpetúan una opresión y explotación que es aún más cruenta y déspota contra las mujeres que contra el resto del proletariado. Esas circunstancias alientan a tensar los límites del capital, luchando por la transformación radical en la conformación y funciones de las unidades domésticas (familias), elemento clave para la reproducción de la propiedad privada, el mercado, la lógica de acumulación de capital y nuestras propias cadenas. Y ese impulso es mucho mayor en las mujeres proletarias que en los proletarios, ya que éstos tienden a acomodarse disfrutando de las ventajas que les otorga esa institución, sin reparar en el yugo colectivo que supone y retrasando así la emancipación colectiva del proletariado.

El papel de la “Sagrada Familia” y su entramado patriarcal en el sostenimiento del capitalismo

Para enfocar bien una lucha que apunte tanto a la superación de las relaciones patriarcales, como al debilitamiento de las bases de reproducción del capital, debemos entender en qué se basan esas condiciones que marcan el carácter diferencial y acrecentado de la opresión y explotación de las mujeres.

Estas circunstancias gravitan en torno al papel histórico asignado a la mujer en la reproducción social y física de la fuerza de trabajo y concretado en la institución familiar. Este papel a medida que se desarrolla el capitalismo, afianza e institucionaliza una división dentro de la esfera de la producción social, que se caracterizará en ir separando cada vez más: a) la esfera de la producción mercantil, que se considerará “producción social” y que se lleva a cabo en los espacios de trabajo asalariados; y b) la esfera de la reproducción de la fuerza de trabajo, que se considerará producción privada para uso doméstico y que se lleva a cabo en el hogar.

Esa escisión entre producción y consumo se mantiene a pesar de que cambien las conformación y tipología de las unidades familiares y refleja el doble carácter esclavizante del capitalismo, donde la clase proletaria está obligada a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario y después es nuevamente obligada a comprar, con ese mismo salario, los bienes que ella misma ha producido, es decir, los frutos generados por la utilización de su fuerza de trabajo. El capitalismo precisa que ese ciclo se repita de forma continuada. Es decir, que constantemente se reproduzcan esas unidades familiares necesitadas de acudir diariamente al mercado laboral para recibir un salario por producir mercancías, parte de las cuales tendrán que comprar ellas mismas, ya que funcionan como medios de consumo con los cuales se regenera la fuerza de trabajo. Así se segmenta la vida misma de los proletarios y proletarias y se garantiza la realización de la ganancia capitalista, que no es otra cosa que la apropiación del plusvalor que produce la clase proletaria (o el excedente social si hablamos para el conjunto de la sociedad). Esto lo reconoce de alguna forma el Observatorio de familia del DNP, en su Boletín n.º 17 cuando afirma que “las familias están en el centro de la reproducción y transmisión intergeneracional de la desigualdad»5 , es decir y para matizarlo mejor, están en el centro de la reproducción y transmisión intergeneracional de las condiciones de sostenimiento del capitalismo, que es el que genera y perpetua la desigualdad social.

Cuando examinamos la unidad familiar desde el mercado de bienes y servicios, el lugar del trabajo remunerado o extradoméstico es el espacio relacionado con la producción de mercancías, mientras que el espacio doméstico está relacionado con el consumo. Sin embargo, cuando analizamos el mercado laboral y la mercancía “fuerza de trabajo” nos damos cuenta que ésta se produce y reproduce en una buena medida dentro de la esfera doméstica, pero se consume en la esfera de la producción mercantil. En consecuencia, la unidad familiar tal como existe en la actualidad sirve de mediación y anclaje entre el mercado de la fuerza de trabajo y el mercado de bienes de consumo, y lo hace a través de trabajo doméstico y del salario.

En esa división, entre la esfera de la producción mercantil y la esfera de la reproducción de la fuerza de trabajo en unidades privadas individuales (familias), intervienen y se afianzan muchas relaciones sociales esenciales para el sistema capitalista, como la propiedad privada y su transmisión, la relación salarial, el mercado y su papel de mediación entre la dos esferas, la explotación capitalista directa y la explotación indirecta a través de la succión de trabajo gratuito en el hogar, o a través de los arrendamientos y de los préstamos hipotecarios, entre otras.

Pero además, cuanto más se refuerza el carácter individual de esas unidades, más se dificulta la construcción de una organización proletaria fuerte y solidaria. En la política, el proletariado puede avanzar hacia la construcción de organizaciones políticas fuertes. En la economía, el propio desarrollo del capitalismo le hace avanzar hacia la socialización de los procesos productivos y permite a los trabajadores y trabajadoras agruparse en sindicatos para defenderse mejor de las arremetidas del capital. En contraste, en la vida familiar, el proletariado se encuentra dividido en millones de células aisladas, protegidas por muros mucho más sofocantes de lo que aparentan, recintos cerrados donde no entran las decisiones colectivas, ni la solidaridad. El hogar es el espacio de lo privado por excelencia, por eso al capitalismo le interesa revestir a la familia con el manto de lo sagrado, natural e intemporal, ya que las unidades familiares privadas son la materialización de la fragmentación de la clase proletaria y el estandarte del mantenimiento de la propiedad privada.

Las unidades familiares son además el espacio donde, casi sin reflexionar, el proletariado defiende la propiedad privada y la herencia; la jerarquía y el autoritarismo; la obediencia y sumisión; las dependencias y subordinaciones económicas; así como, los valores morales burgueses y la diferenciación social como elemento de antisolidaridad proletaria. Es decir, dentro de las unidades familiares, además de la comida, se cocina una parte importante de las condiciones de reproducción del capital. Y esto sucede porque las unidades familiares, en su anquilosamiento costumbrista de siglos o milenios y en su papel de transmisión generacional de los valores pasados, son el espacio donde lo seres humanos en mayor medida somos el producto y no los y las creadoras de nuestras condiciones de vida.

Además son uno de los espacios donde más se reproduce y normaliza la violencia. Recordemos que la mayoría de los asesinatos, violaciones y malos tratos contra las mujeres se llevan a cabo dentro del hogar, así como los abusos sexuales y la violencia física y sicológica contra niños, niñas y adolescentes. Adicionalmente, la familia es el primer y más importante espacio de adiestramiento en la aceptación de la jerarquía y la verticalidad, donde se normaliza como en ningún otro espacio, que el mantenimiento y respeto a la autoridad justifica el uso de sanciones, castigos e incluso de la fuerza.

Por todas estas razones es que las unidades familiares domésticas son tan fundamentales para la realización y reproducción del ciclo del capital, y de ahí la importancia de luchar en pro de la superación de ese espacio.

Este reto lo podemos identificar desde los primeros socialistas que identificaron claramente la relación entre la dominación de la mujer y el sostenimiento del sistema capitalista; y también en consecuencia entre la liberación de la mujer y la construcción del socialismo. En “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, Engels no trata este asunto como “un problema ético de inclusión”, como parecen comprenderlo algunos ahora, sino en su relación directa con las bases constitutivas del capitalismo. Es decir, en su relación con el mantenimiento de la propiedad privada, de las clases sociales, del fetichismo de la libertad individual y de la contradicción “producción social vs. consumo privado”, que sustenta el régimen del trabajo asalariado y, por tanto, la reproducción del capital, como acabamos de explicar.

Ya en 1921 Lenin afincó la idea de que bajo el capitalismo las mujeres son doblemente explotadas y oprimidas. “Las mujeres son explotadas por el capital de forma más acentuada, son oprimidas por unas leyes que les niegan la igualdad formal con el hombre, pero sobretodo se les mantiene en la «esclavitud casera», son «esclavas del hogar», viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más dura y más embrutecedora: la de la cocina y, en general, la de la economía doméstica familiar individual…. El tránsito es difícil, pues se trata de transformar las normas» más arraigadas, rutinarias, rudas y osificadas (a decir verdad, no son “normas” si no bochorno y salvajismo).”

La revolución soviética inmediatamente proclamó leyes en pro de la igualdad entre hombres y mujeres, que ningún otro país había promulgado antes. Además dio pasos cardinales al abolir la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas o al ser el primer país en reducir la jornada laboral a ocho horas diarias. “Ocho horas de trabajo, ocho horas de sueño, ocho horas de tiempo libre” era la vieja consigna del movimiento obrero. ¿Pero cómo ese logro iba a beneficiar a las mujeres si en sus ocho horas de tiempo libre tenían que dedicarse a las tareas del hogar? Sin duda para avanzar en el camino de la emancipación completa y efectiva de la mujer, para su liberación de la «esclavitud casera», se debía pasar de la pequeña economía doméstica individual a la economía grande y socializada. Lo que Lenin defiende en ese discurso no es sólo la incorporación de las mujeres a las fábricas, si no además la transformación de las unidades domésticas en economía socializada, lo que se conoce como “socialización del trabajo doméstico”.

Lenin identificara claramente el papel de la mujer en la familia como una traba fundamental en la superación del capitalismo y en el logro de la emancipación. “La mujer continúa siendo el esclavo doméstico a pesar de todas las leyes liberadoras, puesto que la pequeña economía doméstica la oprime, la ahoga, la embrutece, la humilla, atándola a la cocina, a la habitación de los niños, obligándola a gastar sus fuerzas en tareas terriblemente improductivas, mezquinas, irritantes, alelantes, deprimentes. La verdadera liberación de la mujer, el verdadero comunismo comenzará allí y cuando comience la lucha de masas (dirigida por el proletariado que posee el poder) contra esta pequeña economía doméstica o, más exactamente, durante su transformación masiva en gran economía socialista.”

Socialización del trabajo doméstico y generalización de los medios de consumo colectivos6

Socializar el trabajo doméstico significa en primer lugar “sacarlo de la casa”, del ámbito privado y recluido donde se lleva a cabo. Implica, por tanto, realizarlo en colectivo, convertirlo en industria social7 . Ese paso inicial es fundamental para romper con el aislamiento social de las mujeres que realizan día tras día, año tras año, el mismo trabajo simple, alienante e intrascendente, encerradas entre cuatro paredes. 8

La condición más subyugadora y opresiva del trabajo doméstico privado no es su falta de retribución, si no que se realiza en condiciones de aislamiento y que impide la interacción social directa. Mas que una cárcel, es una celda de aislamiento donde están condenadas a hacer diariamente un trabajo ingrato que no termina y que no es valorado socialmente. Es como si se repitiera el mito griego de las “Danaides”9, en el que cincuenta hermanas defienden el derecho a disponer de su vida, su sexualidad y su propio cuerpo, resistiéndose con todas sus fuerzas a la esclavitud del matrimonio; motivo por el que son condenadas en el Inframundo a llenar día tras día, eternamente, un tonel sin fondo con agua, usando jarras agujereadas. De la misma forma es que el trabajo doméstico sabotea el potencial creador, productivo y revolucionario de las mujeres.

Socializarlo significa que esas mismas actividades que cada día se realizan de forma individual, aislada, sin medios técnicos y que suponen sobrejornadas excesivas que consumen nuestra energía y vida, sean asumidas por el conjunto de la sociedad, de forma racional, tecnificada y planificada. Supone convertir el trabajo aislado, que se realiza de forma servil y arcaica, en industrias públicas (o público-cooperativas) que incorporen todos los avances técnicos-científicos y que pueden suponer interesantes experiencias de aprendizaje colectivo de planificación. Según el DANE las mujeres dedican 50.4 horas semanales al cuidado no remunerado, lo que supone más horas que la jornada laboral semanal misma. Por tanto, al socializar el trabajo doméstico se podría ahorrar más del 30% del tiempo social de trabajo de toda la sociedad para usarlo en mejorar el sector de la educación, la cultura, la salud, la producción agrícola, la industria, etc. mejorando enormemente la productividad social, y así generando condiciones reales para incrementar el tiempo lúdico-creativo.

La socialización del trabajo doméstico se puede plasmar de muchas formas: a través de lavanderías, restaurantes, fábricas de comida procesada, guarderías con instalaciones modernas y bien acondicionadas, ludotecas, sistemas de transporte escolar y extraescolar, gimnasios, espacios de cuidado y recreación para las personas mayores, entre otras muchas.

Es cierto que estos espacios ya existen dentro del capitalismo, pero una parte importante funcionan dentro de la esfera mercantil privada, por lo que en ellos prima el lucro y muchas veces la especulación. Por esta razón, los sectores sociales que más los necesitan no pueden utilizarlos porque son muy costosos o porque no hay suficiente y adecuada oferta pública.

Por ejemplo, la cobertura en Centros Día y teleasistencia para adultos mayores sólo llega al 8% y está concentrado en las ciudades10, mientras que el 80% del cuidado sigue siendo informal (familias, principalmente mujeres) (ENUT 2022). Por otra parte, según el DANE las guarderías públicas solo cubren 1.2 millones de niños, dejando por fuera al 60% de hogares de estratos 1-2 que demanda estos servicios11. En las ciudades grandes y los centros rurales la situación es peor. Según Informe de Cobertura Educativa 2023 de la Secretaría de Educación de Bogotá «En 2023, se disponía de 12,000 cupos en guarderías públicas (jardines infantiles oficiales y hogares comunitarios), frente a una demanda estimada de 150,000 niños en edad de 0 a 5 años no cubiertos por el ICBF o colegios privados». Por otro lado, la oferta de preescolares públicos es mayor, pero pocos tienen horario extendido, ofreciendo la mayoría atención en jornada única de 5 horas en la mañana o en la tarde, lo que difícilmente se adapta a las necesidades de las madres. En el resto de actividades como restaurantes, lavanderías, gimnasios o ludotecas la oferta pública es casi inexistente.

Por eso es fundamental que en el conjunto de las reivindicaciones de los movimientos sociales se incluya la exigencia de que estos servicios públicos se masifiquen, incrementen sus coberturas y horarios y sean de carácter publico y gratuito, además de ofrecer salarios dignos y plenas garantías laborales y de derechos sociales a quienes trabajen en ellos. Es importante constatar y continuar denunciando que una parte importante de la oferta de servicios públicos de cuidado se basan en la sobreexplotación, tercerización y desconocimiento de derechos de las personas que laboran en ellos.12 Igualmente, en el caso de los Hogares comunitarios por ejemplo, se sigue reproduciendo la forma de trabajo individual, aislada, sin medios técnicos y con sobrejornadas excesivas, sólo que con un salario que para colmo está en lo más bajo de la escala salarial13.

La verdadera socialización del trabajo domestico debe hacer parte de una política más general de incremento de los medios de consumo colectivos. Es decir, la socialización del trabajo doméstico y de las unidades familiares está inscrito dentro de la tarea de generalizar la socialización de los medios consumo colectivos. Es decir, que no estén mediados por el intercambio mercantil, si no que tenga carácter público y gratuito. Y aquí hay que recordar que el que los Bienes de Consumo Colectivo sean de prestación gratuita no significa que sean un regalo -ya que todos los bienes y servicios son producto del trabajo colectivo de la clase proletaria- si no que su disfrute no está mediado por el intercambio mercantil.

De esta manera, no sólo se avanzaría en romper las cadenas de dominación económica que aún pesan sobre las mujeres, sino también en atenuar la dependencia de las comunidades proletarias de los circuitos mercantiles del capital privado. Además, se limitarían las desigualdades económicas y sociales, con lo que aumentarían las condiciones para la solidaridad intraclasista y el fortalecimiento de las organizaciones proletarias. Pero, lo más importante es que con estas propuestas se contribuye a combatir un eslabón fundamental del ciclo autoreproductivo del capital, ya que se batalla contra la fragmentación de la esfera de la producción y la esfera del consumo, a través de la cual los capitalistas mantienen al proletariado dependiente de la relación salarial y del mercado.

Por tanto, igual que debemos recordar que un feminismo que no enfrente la explotación del proletariado y luche contra el capital, nunca será una verdadera lucha por la emancipación; también debemos recordar que ningún proyecto proletario podrá superar el capitalismo si subordina o posterga la lucha por la emancipación de la mujer, ya que esa lucha es una transformación proletaria fundamental en sí misma.

Susana Gómez Ruiz, Centro de Pensamiento y Teoría Crítica PRAXIS

Notas:

1El Código Napoleónico en Francia (1804) estableció que las mujeres casadas debían obediencia a sus maridos y limitaba su autonomía legal, incluyendo la capacidad para trabajar sin autorización marital. Este modelo se extendió después al resto de Europa donde las mujeres casadas tendrían restricciones legales para firmar contratos laborales o administrar propiedades sin permiso del esposo. Estas legislaciones restrictivas empeorarían con el auge del fascismo y con las políticas pronatalistas que se impondrían después de las dos guerras mundiales.


2https://www.centropraxis.co/post/la-emancipacion-de-las-proletarias-es-tambien-la-lucha-de-la-clase-proletaria

3(https://www.dane.gov.co/files/operaciones/ECV/bol-ECV-2023.pdf)

4Boletin ECV 2023, DANE.

5DNP, Observatorio de familia. Boletín n.º 17. Familias y matriz de la desigualdad social en Colombia. Pág 4 (https://observatoriodefamilia.dnp.gov.co/Documents/Boletines/Boletin%2017.pdf)

6Se utiliza el término Medios de Consumo Colectivo para referirse no sólo a los bienes, servicios y actividades que intervienen en la reproducción de los seres humanos, si no a los espacios y relaciones sociales a través de las que se lleva a cabo. Así, no sólo incluye los Bienes de Uso Colectivo actuales como servicios públicos, educación, salud,etc. si no todas las actividades de consumo y reposición de la vida que hoy aún se realizan de forma privada y fragmentada.

7https://www.aporrea.org/endogeno/a139570.html

8Susana Gómez, “La socialización del trabajo doméstico y la generalización de los medios de consumo colectivos como estrategias para eliminar el patriarcado y construir el modo de vida socialista”, El Papel de la Comuna en el proceso de emancipación, pp.10-30, 2011, Ediciones Insumisas.

9La obra del dramaturgo griego Esquilo escrita hacía el 500 a. C. con título “Las Suplicantes” es una corta e interesante obra de teatro que además de relatar el mito de las Danaides y su lucha por “la causa de las mujeres”, defiende el poder político de la Asamblea Popular por encima del rey y de los gobernantes.

10DNP. Documento CONPES 4080 de 2022: Política Pública Nacional de Equidad de Género para las Mujeres. Capítulo 4, página 67.

11 DANE. Encuesta Nacional de Calidad de Vida (ENCV 2022): «El 40% de los hogares con niños menores de 5 años en estratos 1-2 acceden a guarderías públicas, frente a una demanda potencial del 100%».

12https://www.observatoriosocioterritorial.org/post/bolet%C3%ADn-no-5-conflictos-sobre-el-trabajo-y-la-gestio-n-popular-del-territorio-en-bogota-sabana

13Susana Gómez, «No me llames madre en mi horario de trabajo” , Correo del Orinoco, 20 de enero de 2015, p.22 (https://www.noticiasdiarias.informe25.com/2015/01/opinion-no-me-llamen-madre-en-mi.html)






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lunes, 9 de marzo de 2020

Honduras. Mujeres toman la primera línea de defensa de derechos humanos


En conmemoración al “Día Internacional de la Mujer” este 8 de marzo de 2020, se enaltece la labor de las defensoras y la realidad que viven las mujeres defensoras en Honduras. El ambiente hostil por señalar los atropellos del sistema estatal, fundamentalmente porque la nación a la que aspiran es opuesta a la que se impone.
En el año anterior la Asociación por la Democracia y los Derechos Humanos, ASOPODEHU, contabilizó 87 ataques contra mujeres defensoras. Las agresiones se dieron hacia quienes defienden el territorio ancestral, los bienes comunes y naturales, medio ambiente, los derechos sociales y políticos, derechos sociales y económicos, y mujeres que están en los puestos de liderazgo en las organizaciones que defienden y promueven los derechos fundamentales en Honduras.
Aunque en el 2010 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, en su visita a Honduras, recomendó garantizar las condiciones para que los y las defensoras realicen libremente sus actividades, señaló al Estado que debía de “abstenerse de realizar cualquier acción y de adoptar legislación que limite u obstaculice su trabajo” , pero esta recomendación pasó al baúl de los compromisos incumplidos por Honduras
Este 08 de marzo en que se conmemorar el Día Internacional de la Mujer, destacamos la labor de varias defensoras de derechos humanos en el país, aclarando que son decenas de mujeres en la primera línea y que enfrentan graves amenazas, no terminaríamos de nombrarlas en muchas páginas.
Defensoras emblemáticas que la violencia estatal terminó con sus vidas
Jeannette Kawas, nació en Tela, Atlántida, ambientalista que contribuyó a la preservación de 449 especies de plantas, la diversidad de flora y fauna, lagunas costeras, afloramientos rocosos, pantanos, manglares, costas rocosas, playas de arena y selva ubicadas en la zona caribeña de Honduras la reserva protegida “Punta sal” hoy nombrado en su memoria con su nombre. (Asesinada en 1995).
Margarita Murillo. Su vida estuvo dedicada a la lucha por el acceso a la tierra de las mujeres campesinas hondureñas, por esta razón luchó en contra del otorgamiento de los ríos a empresas dedicadas a la construcción de plantas hidroeléctricas por el impacto ambiental y cultural que estas representan en tierras ancestrales. Fue asesinada en el 2014. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, instó al Estado hondureño a que realizará una investigación con debida diligencia sobre su homicidio, pero no ha sucedido nada.
Lesbia Yaneth Urquía, se opuso a la privatización de los ríos para ser cedidos a empresas que promueven la deforestación y la afectación de la flora y fauna. Urquía luchó en contra de una hidroeléctrica internacional en el departamento de La Paz. (Asesinada en el 2016).
Gladys Lanza, coordinó el Movimiento de Mujeres por la Paz Visitación Padilla. Su férrea defensa de los derechos de las mujeres la hizo enfrentar una querellara en el 2015 y que la Sala Uno del Tribunal de Sentencia de Francisco Morazán, la declarara culpable por el delito de difamación constitutiva de calumnias, violentando el Debido Proceso y su Acceso a la Justicia. Un plantón contra el Director de FUNDEVI Juan Carlos Reyes, para protestar contra el acoso sexual denunciado ante esa organización por parte de Lesbia Pacheco, le valió el juicio iniciado desde 2010, donde estuvo en completa indefensión pues el sistema de justicia favoreció al poder y quería aprovechar para criminalizar una de las voces más crítica en Honduras y su organización que no cesa su lucha por la defensa de los derechos de las mujeres.
Por su labor fue víctima de agresiones y persecución. Por esta razón, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, CIDH, le otorgó Medidas Provisionales. También el Estado fue requerido por este ente internacional para que garantizara la protección de la vida y la integridad de la defensora. Murió en el 2016 por graves problemas de salud que le ocasionó tanto acoso. Se fue sin encontrar justicia. En los 80 también debió enfrentar amenazas que la llevaron a la cárcel y al exilio. Escuadrones de la muerte lanzaron una bomba que destruyó su casa. Fue encarcelada y sometida a crueles torturas.
Berta Cáceres, cofundadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, COPINH y Coordinadora General de esta organización en el momento de sus asesinato el 03 de marzo de 2016. Lideró la lucha en contra de proyectos extractivos de empresas transnacionales que traen consigo el desplazamiento forzado y la destrucción de ecosistemas. Su oposición al proyecto Agua Zarca de la Empresa Desarrollos Energéticos, S.A, DESA, le costó la vida. Enfrentó más de 30 amenazas y juicios. La CIDH emitió medidas de protección a su favor, pero el Estado no la protegió y altos mandos militares participaron en su crimen junto a personas de alto nivel de DESA.
Meses antes de su asesinato fue acreedora de los premios Goldman, el máximo galardón mundial para quienes protegen los recursos naturales,  y además el Premio Shalom. Asimismo, uno de los festivales de referencia en el cine medioambiental de talla internacional, decidió llamar a este con el nombre “Berta Cáceres Flores” la activista recibió de manera póstuma el premio Ecozine.
Defensoras que siguen en la primera línea pero que enfrentan la represión
Miriam Miranda, coordinadora de la Organización Fraternal Negra de Honduras, OFRANEH. Ha liderado la lucha por el territorio del pueblo garífuna, también por los derechos de las mujeres. Su activismo en contra del desplazamiento forzado, el robo de tierras cedidas a empresas que se dedican al negocio turístico, el narcotráfico y el cambio climático le ha valido constante acoso. Enfrenta a proyectos hidroeléctricos y de aceite de palma, que le ha traído amenazas, persecución y encarcelamiento.
Miranda recibió el Premio 2019 de Derechos Humanos, de la fundación Friedrich Ebert, FES, por su trayectoria de 30 años y compromiso por la defensa de su pueblo y la protección del medioambiente. También fue declarada co-ganadora del Premio Óscar Romero a los Derechos Humanos, junto con la activista ambiental Berta Cáceres, antes de su asesinato.
Pascualita Vásquez, es una luchadora que impulsó la fundación del municipio de San Francisco de Opalaca en el departamento de Intibucá, comunidad que se enfrentó a empresas que extraían madera de la zona. Actualmente la defensora es la una de las lideresas espirituales del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, COPINH, y sigue activa en la recuperación de los bienes comunes de la naturaleza.
Karla Lara, es una de las fundadoras de la Red de Defensoras de Derechos Humanos de Honduras, militante del movimiento social en especial al colectivo feminista, su labor la ha combinado con la música y varias de sus canciones han contribuido con la reivindicación social del pueblo hondureño. Actualmente sigue en la defensa de los derechos de las mujeres en el país y lucha contra la dictadura.
Berta Zúniga, es la coordinadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, COPINH, asumió el cargo con el apoyo de las comunidades tras el asesinato de su mamá Berta Cáceres. Es defensora del territorio ancestral y activista por los derechos humanos y el medioambiente. Su voz de denuncia contra el crimen de Berta Cáceres mantiene viva la demanda de justicia nacional e internacional.
Laura Zúniga, defensora por los derechos humanos, del territorio y el medioambiente, miembra del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, COPINH. Laura también es hija de la ambientalista Berta Cáceres. Permanece activa en la demanda de justicia contra el crimen de su madre y acompaña protestas en defensa de su pueblo lenca.
Mirian Suazo, tiene 20 años en la defensa de los derechos humanos en el país desde el Centro de Estudios de la Mujer-Honduras, CEMH, y en la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos, en conjunto con otras organizaciones y el movimiento social. Su importante aporte en defensa de los derechos de las mujeres en el país ha posicionado el tema. Su voz y presencia se puede encontrar en todas las luchas tanto de mujeres como de los movimientos sociales en Honduras.
Yessica Trinidad, es la coordinadora de la Red Nacional de Defensoras de Defensoras de Derechos Humanos en Honduras. Ha enfrentado represión por parte del Estado. Ha sido atacada en manifestaciones cuando documenta agresiones contra las mujeres.
En el 2016 policías la lanzaron desde una gradas cuando acuerpaba una protesta por el juicio contra Gladys Lanza. En ese mismo año había sido lanzada al piso por militares y policías que llegaron a desalojar a estudiantes en la UNAH. Ella estaba allí en la primera línea de defensa y protección a jóvenes de esa entidad educativa conducida por la ex rectora Julieta Castellanos, que tenía una persecusión sistemática contra liderazgos estudiantiles que demandaban la no privatización de la educación pública.
Merly Eguigure es la Coordinadora Nacional del Movimiento de Mujeres por la Paz Visitación Padilla, lucha por la equidad e igualdad en derechos de las mujeres hondureñas. Ha estado encarcelada como represalia por defender los derechos de mujeres agredidas y de hacer acciones públicas contra esta violencia. Su organización permanece vigilada constantemente.
Es una voz permanente para denunciar violencia contra las mujeres y su presencia en medios de comunicación ha posicionado el tema con lo cual sensibiliza el pensamiento de periodistas mujeres y hombres. Es directa en sus declaraciones y no tiene miedo de señalar a cualquier agresor de mujeres sea quien sea.
Tomy Morales, de la Asociación por la Democracia y los Derechos Humanos, ASOPODEHU, por su labor y compromiso con el periodismo independiente y la defensa de los derechos fundamentales en Honduras ha sido víctima de agresiones, persecución y criminalización por parte del Estado hondureño, actualmente se encuentra en el exilio porque su vida en el país corre peligro. El 08 de septiembre de 2017 fue torturada y encarcelada por altos mandos policiales cuando defendía a estudiantes en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, UNAH que estaban siendo víctimas de represión en un desalojo violencia. Los responsables de sus torturas gozan de la impunidad que les dio un sobreseimiento definitivo en junio de 2018.
Esly Banegas, conduce la Coordinadora de organizaciones Populares del Aguán, COPA. Por su labor incansable ha sido víctima de agresiones, vigilada, perseguida y amenazada. La represión ha llegado al extrema del asesinato de su hijo y cónyuge. La CIDH emitió una medida cautelar donde ella figura y este ente internacional demanda protección para su vida. Ha sido pieza clave en la protección a defensores de Guapinol e integra el Comité de los Bienes Comunes y Públicos de Tocoa, Colón.
Elizabeth Medina, es defensora de la organización Derechos Humanos Sin Fronteras. Ha sido víctima de agresiones, amenazas y hostigamiento, por parte de los cuerpos represivos del Estado , en momentos en que acompaña a personas en el marco de la protesta. Su presencia ha neutralizado acciones contra la vida de ciudadanos y ciudadanas.
En enero del año anterior el Relator Especial sobre la situación de personas defensoras de derechos humanos, en un informe hace mención sobre la situación de las mujeres defensoras en le país, y señala que “las mujeres defensoras muchas veces enfrentan riesgos diferenciados y adicionales”
También obstáculos que tienen un componente de género y están construidos por los estereotipos de género y las ideas profundamente arraigadas sobre quiénes son las mujeres y cómo deberían ser.
Asimismo, “En el clima político actual, donde existe un rechazo hacia los derechos humanos, las mujeres defensoras muchas veces son las primeras bajo ataque”.
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pasosdeanimalgrande.com/index.php/es/contexto/item/2724-honduras-mujeres-toman-la-primera-linea-de-defensa-de-derechos-humanos



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sábado, 7 de marzo de 2020

Brasil. El cambio que viene de las mujeres: líderes feministas protagonizan la lucha social

Se incrementa la presencia femenina en los movimientos populares y mujeres toman la línea del frente
“Todo lo que pido a nuestros hermanos es que aparten sus pies de nuestros cuellos y nos dejen caminar”. La cita de la activista por los derechos de las mujeres Sarah Moore Grimké, que vivió en el siglo XIX sigue actual. Más de doscientos años después, este pensamiento describe cuál es el obstáculo más grande que las mujeres enfrentan en la búsqueda por igualdad.
Hasta hoy, según los datos divulgados en un informe de OXFAM, las mujeres son las responsables por un 75% del trabajo no remunerado en el mundo. Antes de alcanzar la mayoría de edad, ya dedican un par de horas de su tiempo a un mercado que sustenta el capitalismo: son las responsables por cuidar a los niños, jóvenes y ancianos, por las actividades domésticas y los cuidados básicos de sus maridos y compañeros.
Actualmente, un 42% de las mujeres en edad laboral en Brasil no están en el mercado laboral formal. Entre los hombres, la cifra es de un 6%. A la vez, se incrementa la presencia de las mujeres que protagonizan las luchas sociales. Son ellas que conforman la línea de frente de los movimientos mixtos. En los sindicatos, en las organizaciones populares, en las protestas políticas, el liderazgo femenino sobresale cada vez más en Brasil.
Integrante del equipo de Brasil de Fato y militante del Frente Brasil Popular, la ritmista Lorena Lemos analizó recientemente la participación de las mujeres en las principales batallas de la oposición al gobierno de Jair Bolsonaro.
“Pienso que la fuerza que nosotras siempre hemos buscado y construimos en el cotidiano viene de las mujeres. Nosotras sabemos que aunque seamos la mayoría, nuestra capacidad, nuestra remuneración y nuestras conquistas son disminuidas todo el tiempo. Desde el debate que hacemos, de que tenemos que construir otra sociedad, esta otra sociedad tiene que anclarse en la lucha de las mujeres. En la lucha de las mujeres hay un suelo fértil y eso me da esperanzas porque pienso que el cambio viene de las mujeres”, señala.
Esta semana el Instituto Tricontinental de Investigación Social empezó a publicar la serie de estudios feministas Mujeres en Lucha. A lo largo del año, contarán historias de mujeres que construyeron y siguen construyendo globalmente los movimientos de resistencia. En esta primera edición, el instituto analiza la coyuntura de la lucha de las mujeres en las Américas, Asia y África.
Uno de los casos mencionados en el dossier es la organización del movimiento “Él no”, que surgió en el marco de las elecciones presidenciales de 2019 contra la asunción de Jair Bolsonaro. El alcance de las protestas, con repercusión internacional son fruto de la movilización feminista y hoy es considerada la movilización femenina más grande de la historia del país.
Mujeres del campo, de las selvas y de los ríos
Entre los ejemplos del protagonismo de las mujeres en la lucha social en Brasil está el movimiento por el derecho a la tierra. La Marcha de las Margaridas, organizada por la Confederación Nacional de Trabajadores en la Agricultura (Contag) que desde hace veinte años se moviliza en las calles de Brasilia con participación de miles de mujeres.
En su primera edición, en 2000, participaron 20 mil manifestantes. En 2019, aproximadamente 100 mil mujeres participaron en la marcha, en un momento de ofensiva de la derecha en el país.
Traducción: Luiza Mançano
Edición: Leandro Melito
www.brasildefato.com.br/2020/03/06/el-cambio-que-viene-de-las-mujeres-lideres-feministas-protagonizan-la-lucha-social
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Chile. Este 8M y 9M la Huelga General Feminista ¡Va!


Contra el terrorismo de Estado y hasta que valga la pena vivir
Hace un año las mujeres y disidencias en Chile nos convocábamos en la primera Huelga General Feminista del 8 de marzo. Nos propusimos entonces hacernos parte de la potencia feminista internacionalista en curso y dar un paso el frente con nuestro programa feminista contra la precarización de la vida, construido colectivamente en largos procesos deliberativos previos. Nos dijimos entonces que estábamos ante un vértice histórico entre la descomposición neoliberal y el viraje fascista que esta ha propiciado en algunos países, y la posibilidad que encarnan los movimientos sociales de constituir una alternativa distinta, por la vida.
Nos propusimos ser, desde el feminismo, esa alternativa transformadora, de impugnación a las políticas precarizadoras y a los partidos, gremios empresariales y cúpulas eclesiásticas que las han administrado y sostenido. Nos llamamos a ejercer la Huelga en un país en que no hay derecho a huelga, sabiendo que una Huelga General Feminista sólo podría surgir de un ejercicio de imaginación política radical, como quien juega a prefigurar lo que no existe. Y lo hicimos, nos convocamos a interrumpir la normalidad mediante un llamado múltiple y diverso a parar, a protestar, a boicotear, a ocupar espacios, a organizarnos y a encontrarnos en toda la radicalidad posible. La Huelga General Feminista del 2019 fue la más grande movilización de la posdictadura en Chile.

Transcurrido un año, la noción de proceso desde la que construimos la Huelga ha ganado nitidez, porque la continuidad de las apuestas permiten construir un pasado desde el cual mirarnos. No sabíamos entonces que la irrestricta confianza en la lectura feminista que levantamos empalmaba con el sentir y con la disposición de lucha de millones. No sabíamos que el ejercicio político desplegado, su dinámica, masividad y contenido serían prefigurativos de la revuelta social que irrumpió el 18 de octubre de 2019. No sabíamos, pero lo deseábamos. Y el deseo, cuando se convierte en deliberada apuesta colectiva, moviliza.
Las gigantescas fuerzas populares que irrumpieron el 18 de octubre de 2019 dieron paso a un largo estado de revuelta social, inaugurando un nuevo momento político cuyas potencias están en plena configuración. Quienes parecían no tener reservado un papel en la vida política se han convertido de un momento a otro en los actores principales. Los muros de las calles testimonian un balance colectivo de tres décadas de expoliación neoliberal que sentencia: “la normalidad era el problema”.
La normalidad se ha quebrado en Chile. La quebraron millones de biografías sincronizadas desde el hastío, desde las humillaciones y desde un despecho cocinado en silencio y a fuego muy lento. Cada una de esas historias -las de morir esperando cama en un hospital, las de endeudarse por años para estudiar a cambio de un trabajo precario, las de trabajar toda la vida para obtener una vejez de miseria- se tomaron el escenario social en un movimiento telúrico e incendiario.
Transitoriamente invisibilizado al comienzo, el feminismo retoma la iniciativa en noviembre a través de la intervención de Las Tesis. Revuelta dentro de la revuelta, la potencia feminista irrumpe en un momento de relativo cansancio y en que el discurso del orden contra las formas “violentas” de protesta empezaba a permear la opinión pública. En una síntesis virtuosa, las violencias “íntimas” y “estatales” fueron expuestas en su estructurada articulación. Mediante una suerte de juicio popular coral, los poderes del Estado y sus fuerzas policiales fueron acusadas en calidad de organizadoras de la violencia patriarcal en todas las dimensiones en que esta se presenta. El feminismo toma su lugar en la revuelta en profunda y revitalizante acción de masas de mujeres y disidencias, transgeneracional y transfronteriza.
La autoactividad popular inédita de estos últimos meses ha colocado al movimiento social ante nuevos y potentes desafíos. El 8 y 9 de marzo inauguran el calendario de manifestaciones tras las vacaciones de verano y en estas jornadas están puestas tanto las expectativas del movimiento social como los temores de los partidos del orden.
En el II Encuentro Plurinacional de las y les que Luchan, realizado en el mes de enero de 2020, entre más de tres mil mujeres y disidencias de todo el país realizamos un balance del momento político y nos fijamos tareas y objetivos. Uno de los retos principales es mantener abierta la impugnación en curso, impidiendo un eventual “cierre por arriba”. Esto requiere responder en diferentes temporalidades y niveles a las tres claves principales con que el poder ha intentado procesar la revuelta social: la represión, el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución y la Agenda Social del gobierno.
Este 8 y 9 de marzo nos proponemos levantar nuestra Primera línea contra el terrorismo de Estado, exigiendo la salida de Sebastián Piñera y su gobierno criminal, responsable de haberle declarado la guerra al pueblo. Vamos a la Huelga General Feminista para que nos dejen de matar, de mutilar, de violar y de encarcelar; exigimos la libertad de los más 2.500 presos y presas políticas de la revuelta; la creación de una Comisión de Verdad, Justicia y Reparación ante de las violaciones sistemáticas a los derechos humanos y la violencia político sexual perpetrada por agentes de Estado; exigimos la derogación de todas las leyes que criminalizan la protesta y el cese de la aplicación de la Ley de Seguridad Interior del Estado a quienes se manifiestan; defendemos nuestro derecho a ejercer todas las formas de lucha.
Vamos a la Huelga General Feminista para terminar con la actual Constitución de Pinochet y por una Asamblea Constituyente Feminista, Plurinacional, Popular, Libre y Soberana que desborde los términos del Acuerdo por un Nueva Constitución suscrito por los partidos impugnados a la medida de sus intereses y cuyo itinerario busca consagrar la impunidad.
Vamos a la Huelga con nuestro Programa Feminista contra la Precarización de la Vida, constituyéndonos en alternativa a la agenda gubernamental que profundiza las políticas que contra las que nos levantamos. A través de nuestro programa de dieciséis ejes temáticos, las mujeres y las disidencias hemos decidido hablar de todo para que nadie hable por nosotras. Hemos elaborado demandas y perspectivas centrales expresadas cada una de ellas en clave constitucionales y en clave de pliego de emergencia, configurando un programa capaz de insertarse de manera versátil en todos los escenarios y debates políticos que tendrán lugar este año.
Nos levantamos en Huelga General feminista, antirracista, transfeminista, lesbofeminista, disidente, plurinacional, anticarcelaria, migrante, internacionalista e inclusiva. Nos levantamos en Huelga en el Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras, tributarias de una larga historia nos precede. Somos las de hoy gracias a las de ayer y las de mañana serán gracias a nosotras. Este 8 y 9 de marzo llenaremos las calles sosteniendo el hilo rojo de la historia y saldremos a tomar nuestro lugar en la lucha de clases que se ha abierto paso en Chile. Lo haremos sin miedo, “hasta que valga la pena vivir”.
vientosur.info/spip.php?article15689


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