Sabemos que es posible y urgente construir un modo de vida respetuoso con el planeta que permita vivir vidas dignas a todas las personas y seres vivos que lo habitamos en un mundo más justo y sostenible.
El ecofeminismo es una corriente de pensamiento política y un movimiento social; es una filosofía de vida; es una mirada y una práctica que se nutre de los encuentros y posibles sinergias entre ecologismo y feminismo, y se constituye como un movimiento social universal que abraza la diversidad, la pluralidad y las potencialidades de todos los seres vivos.
En este momento de crisis civilizatoria, el ecofeminismo prioriza el sostenimiento de la vida humana y de todos los seres vivos con los que compartimos el planeta, poniendo la vida en el centro y construyendo resistencias y alternativas esperanzadoras hacia un mundo justo, amable y sostenible.
El pensamiento ecofeminista analiza críticamente la cosmovisión occidental que se asienta sobre una matriz patriarcal, capitalista y colonial de ideas y creencias que implica la discriminación de las mujeres y otros sujetos no hegemónicos, y lleva al límite la sobre explotación de la naturaleza y de todos los seres vivos, poniendo en riesgo la supervivencia global.
Desde esta perspectiva, los ecofeminismos cuestionan el modelo de vida capitalista, patriarcal y colonial el cual, para mantenerse, somete tanto a los seres humanos como al resto del mundo vivo:
– El patriarcado, que fundamenta un sistema social construido sobre valores que discriminan a la mujer por considerarla inferior y subordinada al varón. Este pensamiento, denominado androcéntrico, sitúa al hombre como centro y protagonista de la historia y la civilización humana, y a las mujeres y niñas como subalternos al varón. En consecuencia, las mujeres y los hombres tienen asignados en la vida roles de género determinados según su sexo, por lo que cada uno debe cumplir con tareas y funciones pre establecidas por el sistema patriarcal. Este pensamiento se refuerza con una serie de estereotipos de género que tienen matices según las sociedades y momentos históricos.
– El capitalismo es un sistema socioeconómico que responde a la lógica de la dominación y del sometimiento de la vida, donde las relaciones de explotación sobre la naturaleza tienen la misma raíz que la opresión contra las mujeres. Su fin es la acumulación y el beneficio material individual y, para ello, subordina a las mujeres y explota la naturaleza.
– El colonialismo es un sistema basado en la ocupación y control de territorios por una potencia extranjera con el fin último de explotar sus bienes naturales y su población. Bajo ese prisma se ven y tratan a la tierra y los cuerpos desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad. Se acompañan además de la imposición de estructuras políticas, económicas y culturales por parte de los colonizadores, quienes suelen considerar a las sociedades sometidas como inferiores en términos sociales, culturales o biológicos.
– El antropocentrismo, creencia que sitúa al ser humano en el centro de la creación y por encima del resto de seres vivos a los que somete y utiliza en su beneficio, permite al sistema capitalista justificar y llevar al límite prácticas depredadoras y ecocidas por todo el planeta, las cuales ponen en evidencia el conflicto capital-vida en el que actualmente estamos.
Cuando unimos patriarcado y capitalismo entendemos cómo bajo este sistema socioeconómico los trabajos de cuidados no tienen valor económico ni social a pesar de ser imprescindibles para la reproducción y el mantenimiento de la vida, tanto la humana como la no humana. Estas tareas representan la base sine qua non del sistema socioeconómico capitalista actual
La perspectiva ecofeminista pone en cuestión los mitos fundacionales del pensamiento occidental hegemónico basada en una lógica dicotómica y jerarquizante: cultura versus naturaleza o razón versus emoción; donde el varón (como sujeto patriarcal) siempre es identificado con la cultura y la civilización y las mujeres y otros sujetos no hegemónicos, con la naturaleza y la esfera salvaje. Además, desde una mirada decolonial, someten a revisión conceptos clave de nuestra cultura muy aceptados hoy en día, tales como el crecimiento económico ilimitado, el beneficio económico individual como finalidad civilizatoria, y el progreso medido en términos de productividad y consumo material. Desarrollan por lo tanto una mirada alternativa sobre el actual modelo social, económico y cultural aportando una perspectiva diferente sobre la realidad cotidiana y la política dando valor a elementos, prácticas y sujetos que han sido designados por el pensamiento occidental hegemónico y colonial como inferiores.
Existen históricamente diferentes corrientes de pensamiento ecofeminista y todas ellas coinciden en denunciar que el modelo económico predominante -el capitalismo neoliberal- no tiene en cuenta los ciclos vitales de los seres humanos ni los límites biofísicos del planeta y sus ecosistemas, ignorando dos hechos evidentes:
– La vida humana transcurre encarnada en un territorio mucho más inmediato y próximo: el cuerpo. Todos los cuerpos, en su naturaleza vulnerable, tienen necesidades que deben ser cubiertas para poder mantenerse vivos. Para poder sobrevivir, sus cuerpos necesitan ser atendidos y cuidados a lo largo de toda su existencia y, especialmente, en algunos momentos de ciclo vital. Son tareas son realizadas mayoritariamente por mujeres. Somos por lo tanto seres interdependientes.
– Como todas las especies, los seres humanos interactuamos con la trama de la vida para obtener lo necesario para mantener la existencia: agua, alimento, energía, minerales, oxígeno, madera, semillas….No hay nada de lo que el ser humano pueda necesitar que no dependa de lo que produce la naturaleza. Podemos decir que no hay vida sin naturaleza. Por lo tanto somos también seres ecodependientes.
Abrazamos un enfoque basado en la sostenibilidad de la vida, perspectiva que combina aportaciones de la economía feminista, las miradas decoloniales y las cosmovisiones no occidentales respecto a la naturaleza y la defensa del territorio, de las comunidades y de las vidas y cuerpos de las mujeres.
La perspectiva ecofeminista proporciona claves para repensar las contradicciones actuales, revertir los imaginarios dominantes y la narrativa hegemónica sobre el mundo y proponer nuevas formas de relación con la naturaleza y entre las personas que permitan caminar hacia una cultura de paz, y hacia un futuro verde y sin violencia.
Por ello, el ecofeminismo lucha activamente para prevenir, denunciar y erradicar la violencia de género contra las mujeres y contra las disidencias identitarias, asi como contra todas las violencias específicas que el patriarcado ejerce con el fin de someter cuerpos y territorios. En esta línea el ecofeminismo se opone activamente, denuncia y rechaza la militarización de las sociedades y la economía de la guerra. Por ello aboga por la defensa de la biodiversidad y la ideodiversidad como estrategias de supervivencia colectiva, siendo imprescindibles para crear comunidades en equilibrio con los territorios.
Igualmente su perspectiva interseccional incorpora enfoques y reivindicaciones de luchas como el sindicalismo, en antirracismo, el antimilitarismo, el naturalismo, el antiespecismo, etc., con las que entreteje visiones compartidas y propone alternativas inclusivas y situadas en la diversidad y complejidad de los territorios y las personas. Por ello las miradas ecofeministas también tienen vocación de inspirar a ciertos movimientos sociales en la construcción de una sociedad bases en la justicia ecosocial.
Desde el ecofeminismo, elaboramos propuestas para transformaciones posibles donde la vida esté en el centro. Desde el reparto de trabajos, tiempos y riqueza, hasta el decrecimiento, transitando por temas como la minería, el derecho a una vivienda asequible y digna, la soberanía energética, la agricultura orgánica y local, la inmigración, etc. Así, el ecofeminismo denuncia y al mismo tiempo propone alternativas en todas las dimensiones de nuestras vidas.
Para el ecofeminismo actual es clave actuar para hacer realidad una transición ecosocial justa donde el sistema socioeconómico priorice los trabajos esenciales y necesarios para el sostenimiento de todas las vidas y la reproducción social de los seres humanos y de los ecosistemas, desde una mirada inclusiva, antirracista y decolonial.
Finalmente, desde el Área Ecofeminista de Ecologistas en Acción creemos que vivimos un momento de crisis múltiples que se interrelacionan y dan lugar a una crisis sistémica o policrisis (sanitaria, económica, social, ecológica, energética…). En este contexto, la mirada y los principios del ecofeminismo son una gran fuerza transformadora, de emancipación, que aportan solidez a los movimientos ecologista y feminista, y proponen una mirada global y esperanzada; cuya ética trata de conciliar nuestras prioridades, necesidades y deseos con principios como la solidaridad, corresponsabilidad, justicia, distribución, equidad, frugalidad, suficiencia, cuidados, cooperación y sostenibilidad.
Sabemos que es posible y urgente construir un modo de vida respetuoso con el planeta que permita vivir vidas dignas a todas las personas y seres vivos que lo habitamos en un mundo más justo y sostenible.
Nuestra compañera Salomé Preciado reflexiona sobre cuál es el verdadero kit de supervivencia que necesitamos para afrontar los tiempos que vivimos.
Escribo estas líneas desde la perspectiva y la distancia, tanto física como emocional, que me permite hacerlo estando en tierras africanas. Me ha traído hasta aquí la propuesta por participar en un proyecto de prevención de la malnutrición en la infancia en calidad de enfermera y la inquietud por conocer otras formas de ser y estar en el mundo.
Salir de la rutina y de los espacios de seguridad siempre me supone un reto, aunque haya sido una decisión tomada con libertad. Sin embargo, no dejo de ser consciente de que mi condición de mujer europea apela a la blanquitud que me habita y a los privilegios que me atraviesan. Y es desde esa posición desde la cual me acerco a esta experiencia.
Por poner contexto esta reflexión en forma de relato, os contaré que mi compañera y yo estamos alojadas en una humilde casa con electricidad y agua (aunque los cortes de suministro sean tan continuos como impredecibles) amueblada con apenas una mesa con cuatro sillas y dos camas con colchón. Aún así sentimos que contamos con lo necesario para disfrutar de cierto confort en un contexto como este. Tal es la situación de adaptación al medio que el día que nos trajeron dos ventiladores – nuestro móvil nos decía que estábamos a 36 grados con sensación térmica de 42- , casi lloramos de la alegría.
A pesar de o como causa de ese calor, durante las últimas tres tardes consecutivas hemos vivido tormentas tropicales que, si bien no son las primeras que vivencio, sí han sido las que más han llegado a preocuparme por su violencia en forma de vientos semihuracanados y granizos del tamaño de canicas.
El kit de supervivencia de la UE
Mientras estábamos resguardadas al calor de nuestro hogar y a la luz de unas velas de citronela antimosquitos, nos venía a la mente el recuerdo velado sobre el kit de supervivencia recomendado por la UE en caso de guerra o desastre natural hace unas semanas. Según declaraciones, gracias a ese kit podríamos contar con una serie de elementos para poder subsistir durante al menos setenta y dos horas sin necesidad de “ayuda exterior”, contando con la mayor autonomía posible. Mi compañera y yo, con mentalidad decolonial, fantaseábamos con que esa ayuda del exterior pudiera llegar de países africanos o latinoamericanos, con la esperanza de que se entendiera de una vez que la interdependencia no opera únicamente dentro de nuestras fronteras y nuestros estados-fortaleza.
Recuerdo que, cuando escuché la noticia sobre ese famoso kit en la televisión de mi madre, me saltaron todas las alarmas. De inmediato sentí que se proponía, una vez más, una “solución” individual a un problema claramente global. Así que, mientras caían granizos como puños sobre el tejado de uralita, provocando un ruido ensordecedor, pensábamos en las estrategias de supervivencia que nos estaba mostrando el pueblo africano, en particular sus mujeres.
Hemos visto cómo son ellas las que preparan las semillas que después se convertirán, primero en harina y luego en nutritiva papilla. Son ellas las que saben disponer de un buen fuego para sus ollas, colocadas sobre unas grandes piedras que primeramente han colocado en un sitio estratégico sobre el suelo, con la madera que previamente han seleccionado y almacenado cuidadosamente. Son ellas las que generan la fuerza necesaria con sus cuerpos para extraer el agua de las fuentes o pozos a unos quince metro de profundidad y luego la acarrean con baldes metálicos en sus cabezas durante varios metros hasta sus casas. Un agua que es fundamental para lavar, limpiar, cocinar. Esencial para sostener las vidas.
Y todo ello lo hacen en comunidad, junto a otras mujeres, mientras portean, amamantan, atienden y alimentan a sus criaturas. Y charlotean entre ellas, y ríen y cantan animadas melodías, si se da el caso.
Aprovechamos nuestra estancia en aldeas más apartadas para integrarnos cual antropólogas inocentes entre las mujeres y su día a día. No compartimos idioma pero encontramos la manera de comunicarnos. Saben que estamos allí para compartir nuestros conocimientos como sanitarias y así poder ayudar al mejor desarrollo de sus hijas e hijos. Nosotras sabemos que estamos aquí para entender cómo las políticas internacionales impactan sobre las vidas humanas.
A la pregunta de “dónde están o qué hacen los hombres” nos responden “que ellos trabajan en otras cosas”, aunque en ciertos contextos sus tareas son bastante invisibles a nuestros ojos. Probablemente se encuentren en otros espacios menos domésticos, cotidianos o accesibles para nosotras como mujeres. Lo que no podemos obviar es que ellas conocen perfectamente los bienes naturales a su alcance en su entorno y los ponen al servicio de las tareas de reproducción de la vida social.
Nuestro kit
Así que con varias anotaciones en nuestros cuadernos y muchas imágenes coloridas registradas en nuestras retinas intentamos dar forma a nuestras reflexiones, con la intención de extraer aquellas lecciones que puedan sernos útiles en nuestras propias formas habitar el mundo.
Y con esos elementos nos proponemos ir conformando nuestro kit. O nuestra mochila, bolsa o zurrón, según preferencias personales y localismos varios. En él meteremos todo aquello que queremos y reivindicamos para nosotras pero también para el conjunto de la sociedad. Esa mochila deberá estar cargada de conocimientos útiles para poder compartir, de saberes populares y situados. Probablemente llevemos impresa una copia del manual de Técnicas humildes para el decrecimiento de nuestras compañeras y compañeros de Ecologistas en Acción. Si se avecina un apagón generalizado, puede que nos sea de gran utilidad. Sin duda tendremos identificadas de antemano tantos las necesidades esenciales propias como aquellas de nuestras vecinas y de las personas que viven en nuestro entorno más próximo. Para ello habremos ido entretejido redes de confianza y resistencia colectiva por lo que, a esas alturas de la catástrofe de turno que pueda llegar, sabremos cuales son las mejores formas de satisfacerlas con los medios con los que disponemos a nuestro alcance.
En esa mochila habrá cabida para un mapa o croquis gracias al cual saber encontrar las fuentes de agua potable más cercanas pero también los refugios a los cuales acudir en caso de gravedad. Porque esos espacios serán, antes que posibles refugios climáticos o antibombas, centros sociales, autogestionados y de uso colectivo. Y en ese plano no faltarán tampoco señalados las personas y contactos a los cuales podremos acudir para compartir nuestros alimentos, que serán además con quienes podremos cocinar en un gran puchero colaborativo. Habrá personas que sepan como cultivar alimentos en terrenos inhóspitos e incluso habremos podido reflexionar de manera conjunta y sosegada sobre la necesidad ejercer una soberanía alimentaria bajo los principios de justicia y redistribución.
Yo ofreceré mi contacto para formar parte de esa lista previamente confeccionada, poniendo al servicio mis conocimientos como sanitaria para quien pueda necesitarlos. Y a su vez me propondré para servir de “medio de comunicación analógico”. En mi mochila no faltarán una libreta y un bolígrafo, para llevar mensajes entre personas o dejar notas útiles en uno u otro lado.
Con todo ello, y con el aporte de cada persona con la que me encuentre y así lo considere, iremos formado nuestro kit de supervivencia. Una vivencia y supervivencia basada en las relaciones de calidad, de reciprocidad, de confianza, de cuidados y apoyo mutuo. Un kit donde además, si la situación lo permite, tenga cabida la alegría, el disfrute y sin lugar a dudas, la dignidad de todas las personas.
Salomé Preciado Diez. Área de Ecofeminismo, Ecologistas en Acción
Para tener más información sobre la página y nosotrxs, nos puedes escribir al mail: ecofeminismo.bolivia@gmail.com
La escritora Mona Chollet asegura que una mujer heterosexual que no se pliegue a los mandatos de la feminidad “se arriesga a poner en peligro su vida amorosa”, mientras que la psicóloga Susana Covas se pregunta: “¿Existen hoy hombres que permitan relaciones igualitarias donde las mujeres no se tengan que empequeñecer?”.
La portada de la revista Paris Match de julio de 2019 mostraba a un Nicolas Sarkozy y una Carla Bruni felices y acaramelados. Pero la imagen no cuadraba: Bruni, diez centímetros más alta que su pareja, aparecía más baja que él, con su cabeza apoyada en el hombro del expresidente, que aparecía claramente más grande. Más o menos por aquella fecha una amiga me contó el acuerdo al que otra amiga había llegado con su pareja. Ella deseaba profundamente tener un segundo hijo, algo que él no compartía. El conflicto estaba poniendo en peligro su pareja. El ‘acuerdo’ que ella ofreció fue reducir su jornada de trabajo aún más y dormir con su hija y con el bebé a solas durante el primer año para que él no viera mermado su sueño y su energía para el trabajo. Así se hizo.
Son varias las autoras que en los últimos años han puesto el amor y las relaciones heterosexuales en el centro de sus investigaciones sociológicas y periodísticas. Eva Illouz, Mona Chollet o Liv Stromquist son algunas de ellas y comparten algunas premisas, por ejemplo, que el amor y las relaciones íntimas son un espacio fundamental de disputa por el poder –de género– en la actualidad. Y que la profunda y diferente socialización que arrastramos hombres y mujeres nos lleva a un escenario en el que esas relaciones reproducen desigualdad casi sin que nos demos cuenta.
En Reinventar el amor. Cómo el patriarcado sabotea las relaciones heterosexuales (Paidós), la escritora Mona Chollet asegura que una mujer heterosexual que no se autocensure en nada, “que no se pliegue a esas pequeñas o grandes alteraciones de sí misma que exige la feminidad tradicional, se arriesga a poner en peligro su vida amorosa”, a menos que encuentre un hombre “que no tema que se burlen de él o lo ridiculicen”. Chollet reflexiona sobre las diferentes formas de ‘empequeñecerse’ que llegan a adoptar las mujeres, desde las que tienen que ver con el físico y lo estético –ocupar poco espacio, moldear el cuerpo pero para que esté delgado y no musculoso y fuerte, el control de la imagen–, a las relacionadas con lo vital, lo económico y lo profesional –la renuncia a estándares importantes para sí misma, a objetivos personales, asumir más cargas en algún sentido, etcétera–.
Valeria cuenta, por ejemplo, que cuando está con su novio en un grupo de amistades se siente mal si nota que los demás le prestan más atención a ella que a él: “A veces me callo”. Carla dice que su novio y ella eran de los que mejores notas sacaban en la universidad. “Jamás llegué a hacer mal adrede un examen, pero sí a tener miedo de sacar mejor nota que él porque eso implicaba un drama y una bronca de varios días. Una vez que fui a reclamar por una asignatura que me encantaba y en la que iba a por el diez, me sentí casi como si le traicionara porque esa vez él sí había sacado mejor nota”, relata. María confiesa que haciendo deporte con su pareja se ha dejado ganar unos puntos “para que él no se sienta mal”. “Me controlo sobre todo al mostrar mi intelectualidad, lo que leo, lo que escribo…”, relata Mariana.
La escritora Flor Freijo explica en Decididas (Planeta) cómo el amor romántico se configuró desde la antigüedad como una relación de supervivencia (económica y de derechos) e intercambio para las mujeres. “Los vínculos de supervivencia económica continúan porque incluso en la actualidad seguimos en una situación de desventaja respecto a los varones. Pero no son solo las barreras objetivas las que nos ponen en una situación de desigualdad dentro del vínculo heterosexual sino las barreras subjetivas, que tienen que ver con la dependencia de la mirada del otro”, relata a elDiario.es. Esa dependencia de la mirada del otro, en la que las mujeres somos entrenadas desde pequeñas, hace que vigilemos constantemente desde nuestro aspecto hasta nuestro tono de voz, nuestro enfado o las demandas que le hacemos al otro.
“El mandato de sumisión y debilidad en el amor sigue muy presente. Pensamos en qué posición tenemos sexo para que nuestro cuerpo se vea mejor, nos esforzamos por mostrarnos atractivas, dóciles o vulnerables… Parece que tengamos que ceder cotas de poder, mostrarnos más chiquitas para poder ser amadas”, prosigue Freijo, que señala que el problema está en el vínculo y en el papel que el patriarcado asigna a cada sexo en las relaciones heterosexuales.
“O me hago la tonta o no ligo”
En una reciente formación con adolescentes, al sexólogo Erik Pescador se le acercó una chica: “Me dijo, sí, algunos hombres han cambiado pero yo a la hora de ligar o me hago la tonta o no ligo. Y es algo que me han dicho desde adolescentes hasta mujeres de 30, 40, 50 o 60 años. Es como si tuvieran que rebajar su lugar de poder para poder acercarse en lo afectivo en los hombres y que ellos se encuentren cómodos o seguros”. Pescador cuenta que los hombres tienden a estar acostumbrados a ejercer el poder de formas sutiles dentro de las relaciones, por ejemplo, marcando los tiempos o los ritmos, o decidiendo qué es aceptable o qué no .
“No cuidar lo suficiente o no reconocerlas demasiado es parte de esa estructura de control. Incluso no dar amor para esperar recibirlo, no dar un beso y espero a que tú me lo des… son reclamos que se hacen desde el poder. En el amor seguimos jugando ese papel de controladores de la relación en el sentido de controlar el cuándo, el cómo, de qué forma… eso deja poco espacio para la identidad, la decisión y el lugar propio de las mujeres”, explica Erik Pescador.
El sexólogo menciona la “ventaja competitiva” que tienen los hombres en el patriarcado: “Para las mujeres el mandato es el del amor, el de tener pareja. Para los hombres el mandato no es el vínculo, no es el encuentro”. Mona Chollet argumenta una idea parecida: “Me parece innegable que, alimentando a las niñas y a las mujeres con romanzas, alabándoles los encantos y la importancia de la presencia de un hombre en sus vidas, se las alienta a aceptar su rol tradicional de proveedoras de cuidados. Se las coloca así en una posición de debilidad en su vida sentimental: si la existencia y la viabilidad de la relación les importan más que a sus compañeros, en caso de desacuerdo sobre cualquier tema, son siempre ellas las que cederán, las que llegarán a un compromiso o se sacrificarán”. La ensayista subraya la complementariedad machista del sistema. Mientras que a ellas se las educa para dar, a ellos se les educa para recibir; mientras a ellas se les inculca “el universo mental de la vida a dos”, a ellos se les invita a fantasear casi con lo contrario, con un universo de soltería o de independencia que enseguida percibe cualquier demanda o vulnerabilidad como algo difícilmente tolerable.
Susana Covas es psicóloga especialista en feminismo aplicado a la vida cotidiana de las mujeres y ha investigado en profundidad el fenómeno de las nuevas masculinidades. Covas cree que no se puede hablar del amor desde las mujeres o desde lo hombres “porque esto es una cosa de a dos”. Y se hace varias preguntas: “¿Hay hoy hombres disponibles para tener vínculos amorosos en los que se pueda no empequeñecerse para estar con ellos?, ¿existen esos hombres que permiten relaciones igualitarias donde las mujeres no se tengan que empequeñecer?, ¿existen hombres con los que ella puede sentirse bien y gustable si no responde a ciertos cánones estéticos?, ¿existen hombres que lleven bien, fomenten y promuevan que las mujeres no renuncien a su intelectualidad o principios para estar con ellos?”.
‘Dumping amoroso’
Chollet describe la situación como dumping amoroso. Entiende que esta dinámica estructural puede empujar a muchas mujeres a conceder su amor a un hombre “rebajando sus exigencias en la relación –su demanda de reciprocidad en términos de atención, de empatía, de compromiso personal, de reparto de las tareas, etcétera– en comparación con otras parejas potenciales con las que compiten, absorbiendo el coste que ello implica para sí mismas”. La escritora asegura que esta estrategia proporciona a esas mujeres “una ventaja individual momentánea”, pero las perjudica a largo plazo, y tiene como objetivo “debilitar a las mujeres heterosexuales en su conjunto”.
“Permite a los hombres no sufrir jamás las consecuencias de un comportamiento negligente o maltratador. Así, no se ven nunca obligados a poner en cuestión los presupuestos que les ha inculcado su educación en cuanto a su lugar y a sus derechos. Están en disposición de dictar las modalidades de la relación y, si una mujer los abandona, están seguros de encontrar a otra que aceptará sus condiciones”, afirma.
La psicóloga Paula Delgado explica de qué manera la socialización de género se expresa a nivel psicológico: “La valía de las mujeres se une a lo buenas que somos atendiendo las necesidades ajenas, se une a ser buena pareja, buena amiga, buena hija, buena madre y eso queda por encima del bienestar personal”. Delgado cree que esa idea está detrás de ese empequeñecimiento de muchas mujeres, “al final cedemos y nos hacemos pequeñas por miedo a ocupar nuestro espacio o a que, si lo hacemos, sea una molestia”. Ese empequeñecimiento, prosigue, está relacionado por ejemplo con la renuncia a expresar con claridad emociones o necesidades en las relaciones, bien porque se entiende que no van a ser tenidas en cuenta, que van a molestar al otro, o que pueden suponer un problema que ponga incluso en riesgo el vínculo. Ese empequeñecimiento puede ser también agachar la cabeza lánguidamente, como Carla Bruni en esa portada de Paris Match.
Mona Chollet deja hueco para la esperanza: no empequeñecerse protege a las mujeres, puesto que obligará a los hombres a “revelar su verdadero rostro”; “si sale huyendo lo más probable es que no sea una gran pérdida; más bien representaba un peligro”. En cualquier caso, Chollet defiende la oportunidad de inventar unas relaciones amorosas más igualitarias y excitantes. “Y poco a poco, paso a paso, hacer que por fin se desplace el monolito de una cultura que coloca a las mujeres ante una alternativa imposible, obligándolas a elegir entre su realización amorosa y su integridad personal, como si lo uno fuera posible sin lo otro; como si se pudiera conocer la felicidad, dar y recibir amor a partir de un ser truncado”.
Un nuevo #3J irrumpe en un escenario político argentino particular. Como hace años, la consigna Vivas, Libres y Desendeudadas/es recorrió las plazas y las calles de todo el país, consigna que fue acumulando la densidad política de los sectores y expresiones contenidos en el movimiento feminista y disidente. El 3 de junio de 2015 nació el movimiento Ni una menos como una expresión masiva destinada a visibilizar la violencia por motivos de género.
Poder visualizar los procesos organizativos, los debates y tensiones que hacen síntesis en las banderas, significa nada más ni nada menos que ver la construcción del programa de la fuerza social y política de la cual los feminismos populares son un componente central.
Su protagonismo con capacidad de visualizar las causas de los problemas profundos de los sectores populares y sus responsables es innegable, en los últimos años de la política argentina.
Desde el primer paro al gobierno neoliberal de Mauricio Macri, hasta la gran batalla por la reforma previsional, hito de constitución de la fuerza que logró construir poder y realizarlo en la victoria electoral del Frente de Todes. Las mujeres y disidencias, lograron superar los límites de sus organizaciones y espacios políticos, para ir tejiendo la red que permitió ampliar las alianzas y lograr la unidad, frente al proyecto neoliberal que representaba el macrismo y los actores económicos concentrados.
Desde aquellos momentos, la exigencia de querernos desendeudades expresaba la claridad de los feminismos sobre las consecuencias que traería a la sociedad argentina el acuerdo que Macri consumó nuevamente con el Fondo Monetario Internacional en 2018. Varios años después, las proyecciones se cumplen, con mayores índices de pobreza, desocupación y hambre.
Dicha situación fue obviamente agravada por la pandemia y el confinamiento consecuente, a 99 días de asumido el gobierno del Frente de Todes. La conjugación de “las dos pandemias” (tal y como nombró la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner al gobierno de Mauricio Macri, seguido de la emergencia sanitaria), afectó mayormente a mujeres y disidencias, producto de desigualdades históricas y estructurales.
El confinamiento social por Covid-19 aumentó también las estadísticas de violencias de géneros. Se hizo aún más evidente que nuestros hogares no parecen ser lugares tan seguros, y menos para nosotres. Confinadas a la reducción de nuestros encuentros sociales, con mayor violencia económica producto de la crisis, con aumento de las exigencias de trabajos de cuidado no remunerados, y con la impotencia de no poder tomar las calles masivamente, se hizo necesario ocupar también las redes sociales.
Estas se constituyeron en espacios de posibilidad de encontrar resguardo en las redes sororas. Es que cuando la violencia irrumpe, no hay opción, está en juego la vida de cada une de nosotres.
Este 3 de junio la calle fue habitada nuevamente por miles de mujeres y disidencias, en una movilización que realizó un proceso organizativo de construcción de poder que la precede. Proceso que tiene como protagonistas a organizaciones, sindicatos y todo tipo de expresiones que transversalizan el movimiento.
Los feminismos populares construyen su programa de lucha como parte de la fuerza política general, no por fuera, no en los márgenes, no como “comisión de género” de los espacios políticos. Y es fundamental comprender este hecho, desde el interior de las propias organizaciones, para asumirlo como potencialidad y no como amenaza, o al menos, para no subestimarlo.
La experiencia histórica demuestra que en general, el papel de las mujeres ha sido invisibilizado. Parece ser hora de asumir toda la complejidad que contienen y expresan los procesos populares.
En un escenario de grandes incertidumbres, y hasta de cierta dispersión política agudizada por el confinamiento que inmovilizó de alguna manera el músculo de calle de la fuerza política popular, los feminismos tuvieron por ejemplo, la capacidad el 8M, día de paro internacional, de poner como consigna central “que la paguen los que la fugaron. La deuda es con nosotres”.
La consigna sintetizó claridad respecto del enemigo y una salida concreta al problema de la asfixia por endeudamiento a la que nos condenó el macrismo y el Fondo Monetario Internacional, de violencia política y económica que supone condenar a un pueblo al hambre. Dicha consigna fue tomada por Cristina Kirchner y materializada en una serie de acciones para responsabilizar a quienes saquean al país a través de la fuga de capitales y la especulación que deja vacías las mesas de les argentines.
El feminismo como campo de disputas
La expresión popular de los feminismos, de la mano de compañeres con una larga trayectoria histórica de lucha en sus organizaciones, se enfrenta en los debates y en las acciones con fracciones conducidas por un feminismo liberal, importado desde otros centros de poder mediante la penetración de ONG y financiamiento internacional, o de expresiones que imponen la discusión sobre antinomias o cambios reformistas, que abonan a la dispersión y claramente, atentan contra los procesos organizativos.
A este fenómeno no hay que subestimarlo, pero es fundamental entenderlo. Los feminismos están en disputa, como cada fracción del campo del pueblo: abandonar esta disputa constituye un error estratégico.
Un movimiento que está teniendo capacidad de tejer un hilo de continuidad entre generaciones, sumando la experiencia organizativa a la capacidad de cuestionar el status quo de millones de jóvenes, fuera todavía del proceso de corporativización ciudadana, esa imposición de relaciones sistémicas difíciles de poner en tensión. Esta conjunción intergeneracional, de circulación de conocimientos, formas de lucha, dan al movimiento la potencialidad de cambiarlo todo.
Hoy está más claro que nunca que aquí reside la fuerza instituyente para transformar de raíz las formas de organización para enfrentar a un enemigo que ha cambiado sus formas, en un tiempo histórico donde crujen las estructuras mismas del sistema capitalista y patriarcal, pero donde se agudizan las condiciones de explotación.
Hay que poder pensar por qué las fracciones más conservadoras del poder atacan directamente a los feminismos y sus consignas, preguntarnos dónde reside la supuesta peligrosidad que dichos sectores le atribuyen a su fuerza de cambio.
O por qué dichos sectores también están logrando aglutinar a parte del campo popular bajo un discurso de extrema derecha, que contiene también un discurso antisistema, cuestionando el fondo del Estado y sus instituciones, pero que bajo su conducción, se vuelve antipolítica, socavando la única vía que tiene el campo popular para terminar con las condiciones de opresión en las que vive bajo estas relaciones sociales.
Saltadas las vallas que impone el proceso de conformar una fuerza social, el desafío que se presenta ahora es el de articular un programa de justicia social capaz de cuestionar el carácter sistémico sobre el que se configura el patriarcado, que nos permita seguir identificando el enemigo común, construyendo las herramientas de organización para realizar el poder que nos da la fuerza de calle.
Un programa que permita trazar un horizonte, aglutinar a les indecises, construir la mística y la épica que ha caracterizado cada proceso de lucha histórica, que permita salir de la inmovilidad, superar los discursos de moderación y consenso con los poderosos, escenario donde las grandes mayorías siempre pierden potencia. Un programa que permita radicalizar la fuerza hacia un feminismo popular.
* Psicóloga, magíster, militante sindical y feminista, colaboradora del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).
Para tener más información sobre la página y nosotrxs, nos puedes escribir al mail: ecofeminismo.bolivia@gmail.com
– Con motivo de la celebración del 8M, Ecologistas en Acción pone de manifiesto que la crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha agudizado y acelerado la crisis ecológica, económica, social y de género que la precedían.
– La organización ecologista propone diez medidas ecofeministas para construir la nueva normalidad encaminada a la sostenibilidad ambiental, justicia social y equidad de género.
– Asimismo, desde el ecofeminismo se aprovecha esta fecha para visibilizar y reconocer la labor de colectivos como las jornaleras en lucha, las mujeres de la PAH, Ganaderas en Red, los colectivos de empleo de hogar o las defensoras del territorio contra los proyectos extractivistas.
La pandemia de la COVID-19 ha mostrado las costuras de un sistema sostenido en relaciones desiguales, de expolio y violencia, y ha agudizado y acelerado las múltiples crisis estructurales que existían previamente: ecológica, económica, social y de género. Nos encontramos ante un prólogo civilizatorio, un acontecimiento que incide en todos los ámbitos de la vida y lo cambia todo. Esta coyuntura nos ha mostrado la rapidez con la que la sociedad puede transformarse y qué actividades y trabajos han sido y son esenciales para sostener la vida.
La respuesta a la emergencia sanitaria solo afronta los síntomas, pero no las raíces, las que son la fuente causal de la misma, provocados por la acelerada desaparición y degradación de los ecosistemas debido a la acción humana, el mal uso de las energías fósiles, la hipermovilidad, la ganadería industrial, las industrias extractivas, la deforestación y la destrucción de la biodiversidad. De la misma manera que nuestro modelo de desarrollo se apropia de la naturaleza, también se apropia del trabajo y los cuerpos de las mujeres, especialmente de aquellas que viven en territorios del Sur global. La desigualdad de género, el sexismo, el racismo, la LGTBfobia y otras formas de dominación, han condicionado el devenir de la pandemia para miles de personas.
Todos estos factores nos han llevado a adoptar un modelo de habitar el planeta incompatible con la vida, que solo atiende al beneficio a corto plazo y al crecimiento ilimitado, en un planeta con recursos finitos. Un modelo que funciona gracias a los trabajos de cuidados y mantenimiento de la vida -realizados principalmente por mujeres- que se realizan en condiciones de explotación y precariedad.
La desconexión entre el neoliberalismo global y las bases materiales que permiten la vida ignora nuestra dependencia como especie -tanto de la naturaleza como de otras personas que cuidan de nuestros cuerpos vulnerables- así como las profundas desigualdades que nuestro modelo de desarrollo genera.
Aunque durante la pandemia la presión sobre los ecosistemas ha disminuido drásticamente, mejorando algunos indicadores ambientales, la actividad extractivista en otros lugares no solo se ha consolidado, sino que se ha visto aumentada. También se han agudizado las diferencias sociales y la exclusión de muchas personas, la mayoría mujeres.
Además de la pérdida de cientos de miles de vidas, de empleos e ingresos, la salud de las mujeres se ha visto afectada de forma dramática. Son las mujeres las que en situación de mayor precariedad y con diferente estatus migratorio, realizan mayoritariamente los trabajos considerados como esenciales, sobre todo de cuidados, tanto en el ámbito laboral como privado, en los hogares, con graves impactos psicosociales en algunos casos.
En este contexto de crisis civilizatoria, Ecologistas en Acción señala que se necesita promover otro orden social que enfrente las desigualdades y relaciones de poder existentes y tenga en cuenta la interdependencia y la ecodependencia. Por ello, la organización ecologista ha elaborado un decálogo de medidas que haga posible vivir vidas dignas y compatibles con el equilibrio de la naturaleza, y que defiendan la justicia social, la equidad, la sostenibilidad y lo comunitario:
1. Una transición ecológica justa, para alcanzar una sociedad sin energías fósiles, que revierta la pérdida de biodiversidad y que respete los límites de los ecosistemas. Fomentar el consumo de cercanía adaptado a los ciclos de la naturaleza y sustituir los sectores productivos más contaminantes. Es necesario establecer mecanismos para que la producción y distribución estén arraigadas en el territorio, sin depender de la rentabilidad monetaria, garantizando su accesibilidad y sostenibilidad. Los Fondos Europeos de Recuperación, Transformación y Resiliencia y la llamada política Palanca VIII (Nueva economía de los cuidados y políticas de empleo), deberían emplearse para la construcción de una nueva economía y acelerar la urgente y necesaria transición ecológica.
2. Una reforma profunda y urgente del sistema fiscal para que sea progresivo, justo, verde y ecofeminista.
3. Reconocer el derecho al cuidado como un derecho fundamental universal en todos los niveles, tanto público como comunitario, sacarlo del ámbito privado y doméstico y de la responsabilidad exclusiva de las mujeres, que los vienen realizando de manera gratuita e invisible. Se debe garantizar la corresponsabilidad del trabajo doméstico y de cuidados entre todas las personas, la sociedad y el Estado.
4. Reorganización socioeconómica de nuestro sistema productivo, orientándolo hacia una economía de los cuidados que priorice las tareas necesarias para el mantenimiento de nuestras vidas y evite su mercantilización. Un nuevo equilibrio social que corrija las desigualdades por razón de sexo, género, raza (entendida como contrucción social) clase, diversidad funcional, orientación sexual o identidad de género, con una redistribución y democratización del trabajo, productivo y reproductivo, que sea indispensable y necesario.
5. Justicia antirracista y decolonial. Los territorios del Sur global y sus saberes son expoliados desde hace siglos, perpetuando el desequilibrio de poder y legitimando la violencia hacia estos colectivos de forma sistémica. Es necesario atajar el racismo estructural, revertir estas dinámicas y ubicar los límites de cada posición (histórica, política, subjetiva) para hacer un frente común contra la dominación colonial, capitalista, racista y patriarcal. No habrá justicia climática sin justicia decolonial.
6. Abogar por una dieta sana, ecológica y sostenible sustentada por la soberanía alimentaria y la implementación de la agroecología, en donde el papel de las mujeres siempre ha estado muy presente y vinculado a estas prácticas, compatibles con el respeto a la naturaleza y animales no humanos. La experiencia y demandas en materia de igualdad de colectivos de mujeres rurales deben ser escuchadas. No podemos seguir manteniendo las prácticas de la agricultura y ganadería intensivas ni asumiendo prácticas que agudicen las desigualdades.
7. Garantizar servicios y suministros esenciales (agua, comida, saneamiento, energía, vivienda digna) y el derecho a la educación pública de calidad, incluyendo la educación para la sostenibilidad, la educación ecofeminista, educación para la paz, educación sexual, la justicia restaurativa, la interculturalidad y empoderamiento de mujeres y hombres como ciudadanos y ciudadanas globales.
8. Garantizar el derecho a la salud (física, ambiental, comunitaria, sexual, mental). Esto exige una sanidad 100 % pública y universal, protección frente a la contaminación, impulso a la atención primaria, a la medicina preventiva y a la salud pública, así como a la educación respetuosa con la diversidad de identidades de género y relaciones sexoafectivas bajo la lógica público-social-comunitaria, en detrimento de la lógica de mercado.
9. Ciudades y pueblos sanos y habitables, con especial cuidado a las periferias, donde se priorice la participación comunitaria y no organizando el trabajo y el consumo en función del capital y en oposición y disociación con la naturaleza. Deben ser entendidas como espacios comunes, producidos y reproducidos por quienes los habitan. Lugares inclusivos y saludables que prioricen la coexistencia intergeneracional y la proximidad de espacios naturales, una movilidad sostenible que prime la cercanía, el uso peatonal y en bicicleta y el transporte colectivo, basadas en una economía no lineal sino circular, que cierre ciclos.
10. Sociedades libres de violencias machistas y racistas, que garanticen los derechos humanos (entre ellos los derechos sexuales y reproductivos) de todas las personas, especialmente de quienes los ven amenazados de manera especial (mujeres, personas LGTBQ+, migrantes, habitantes del Sur global, personas amenazadas por defender el territorio).
Además de publicar este decálogo ecofeminista, Ecologistas en Acción quiere poner en valor luchas de mujeres que trabajan en dirección a los objetivos planteados. «Desde el sindicalismo feminista de las jornaleras en lucha, a las activistas de la PAH dejándose la piel por el derecho a la vivienda, Territorio doméstico luchando por el 189, Ganaderas en red visibilizando la situación de las mujeres en la ganaderías, o las defensoras del territorio poniendo el cuerpo contra los proyectos extractivistas», destacan.
Rosana Cervera, portavoz de Ecologistas en Acción: «Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, Ecologistas en Acción hacemos un llamamiento a todas las personas, y especialmente a las mujeres, para seguir tejiendo alianzas entre las organizaciones feministas y las ecologistas, junto con organizaciones sociales de todo tipo, como las organizaciones que trabajan en defensa de los servicios públicos o los derechos humanos. Porque sabemos que está en riesgo la sostenibilidad de la vida, y que solo podremos asegurarla trabajando desde el ecofeminismo por la justicia socioambiental. El futuro será ecofeminista, o no será».
Artículo escrito para ABP sobre una investigación realizada por Taraceas y Andaira para Women´s Link Worldwide
Una investigación de las cooperativas de investigación social Andaira y Taracea para Women´s Link Worldwide saca a la luz las continuas vulneraciones de derechos que sufren las mujeres marroquíes contratadas para trabajar en la recolecta de la fresa en Huelva.
A finales de abril de 2018, la publicación en un medio digital alemán del reportaje “Violadas en los campos de Europa”, que denunciaba la violaciones y abusos sexuales sufridos por trabajadoras marroquíes que vinieron a recoger la fresa a Huelva durante la campaña 2016/2017, puso en el punto de mira de la prensa nacional e internacional las condiciones de trabajo y estancia de las temporeras contratadas en origen.
En 2019, las cooperativas de investigación social Andaira y Taracea y otras expertas independientes realizaron una investigación a petición de la organización internacional Women’s Link Worldwide. Dicha investigación identificó las principales vulneraciones de derechos de las trabajadoras marroquíes en 2019, que persistían pese a que, supuestamente, ya se habían implementado medidas (protocolo de actuación frente al acoso sexual, contratación de mediadores culturales…) a raíz del escándalo del año 2018.
A partir de entrevistas en profundidad a actores claves (sindicatos, empresa, sector sanitario, entidades de acción social y medios de comunicación) y trabajadoras, la investigación identificó una práctica sistemática y persistente de vulneraciones de derechos durante el periodo de contratación en origen, estancia y trabajo de las mujeres marroquíes contratadas para trabajar en la fresa de Huelva. En el presente artículo se exponen algunos de los principales hallazgos fruto de esa investigación.
Los inicios de la contratación en origen
La provincia de Huelva es la principal zona productora de fresa en Europa. El sector se inserta en una cadena agroalimentaria globalizada, en la que ocupa una posición subordinada con respecto a las grandes multinacionales de insumos agrícolas y la distribución comercial.
Se trata de un modelo productivo muy intensivo en trabajo en el que la contención de los costes de la mano de obra constituye una de las principales estrategias utilizadas por los agricultores para asegurar el margen de beneficios. En consecuencia, desde los años 90, el sector ha recurrido a la mano de obra inmigrante bajo diferentes modalidades y empleada en condiciones de gran precariedad. Los trabajadores irregulares que
trabajaban en el sector en la década de los 90 se vieron sustituidos, a partir del año 2000, por mujeres temporeras «contratadas en origen».
En 2006, las trabajadoras marroquíes adquieren un importante papel en estas contrataciones. Ello estuvo causado por la inminente entrada en la Unión Europea de los principales países de origen de las trabajadoras contratadas hasta entonces, Polonia y Rumania. Al mismo tiempo, la existencia de financiación europea, a través del programa Aeneas-Cartaya, consolidó el papel de Marruecos como principal proveedor de trabajadoras.
Las contrataciones en origen en Marruecos conocieron un crecimiento entre 2005 y 2008, que se vio súbitamente frenado debido a las importantes tasas de desempleo que se alcanzaron en el Estado y en la provincia de Huelva en el contexto de la crisis económica. Ello hizo que, entre 2012 y 2017, éstas quedaran reducidas a un contingente mínimo de unas 2.000 temporeras repetidoras. En la temporada 2017/2018 se produce un nuevo cambio de tendencia que marcaba el retorno de la contratación en origen a Marruecos. Se emitieron 15.000 nuevas autorizaciones que, para 2018/2019, subirían hasta 19.179.
Tanto en Marruecos como en los países de Europa del Este, las contrataciones en origen estuvieron, desde el principio, dirigidas exclusivamente a mujeres, hecho que ha provocado una importante feminización del mercado de trabajo del sector. Asimismo, en el marco del programa Aeneas, las organizaciones agrarias onubenses y las autoridades marroquíes establecieron que los contratos se destinarían exclusivamente a mujeres casadas o viudas con hijos menores de 14 años a su cargo, criterios que se han mantenido vigentes hasta la actualidad. La selección casi exclusiva de mujeres de entre 25 y 45 años con hijos menores a su cargo contradice los supuestos de no discriminación que establece la Orden Ministerial que regula estas contrataciones5 y el artículo 14 y 35.1 de la Constitución española
Asimismo, y a pesar de que las contrataciones en origen han sido erigidas como modelo de «migración ética y ordenada», se trata de un dispositivo que presenta serios déficits a la hora de garantizar la protección de los derechos de las trabajadoras. Ello está íntimamente relacionado con que los contratos en origen proporcionan a las temporeras un permiso de trabajo y residencia vinculados a una zona geográfica, un sector de actividad y un empleador concreto, hecho que coloca a las trabajadoras en una posición de dependencia de cara a su empleador. Su permanencia legal en el territorio español y el acceso a un contrato en próximas temporadas dependen exclusivamente de la voluntad de este último.
Vulneración de derechos vinculada al proceso de selección
Los principios de igualdad de oportunidades y no discriminación se incumplen al aplicar criterios de selección que excluyen a determinadas trabajadoras y que permiten el acceso a los contratos de forma casi exclusiva a mujeres con hijos menores a su cargo, a menudo divorciadas o viudas. Las mujeres deben acreditar su situación familiar presentando el libro de familia durante el proceso de selección. Este criterio parece querer garantizar el retorno de las temporeras al finalizar la campaña, así como contratar a mujeres en una situación de mayor responsabilidad familiar y vulnerabilidad y, por lo tanto, con menor posibilidad de posicionamiento crítico antes futuras situaciones de abuso.
En relación con la transparencia, la información recibida en origen resulta insuficiente y, en muchos casos, totalmente contraria a lo que después encontrarán al llegar a Huelva.
Las mujeres desconocen las condiciones exactas que establecen sus contratos laborales o los derechos que garantiza el Convenio Colectivo provincial. Los precontratos que se firman en Marruecos están en francés, idioma que la mayoría de las temporeras ni habla ni lee y no se les proporciona una traducción escrita. Tampoco se facilita en todos los casos una copia del contrato firmado (tampoco cuando llegan a España). Se les informa oralmente de algunas características del contrato, el salario aproximado, su derecho a descanso semanal y pausas durante la jornada, o la posibilidad de acceder a cursos de español, todos aspectos que luego no siempre se cumplen. También las condiciones de alojamiento que se informa a las candidatas mediante fotos y vídeos distarán de la realidad encontrada en destino.
Respecto a la gratuidad de la participación en el proceso, se ha constatado que en la práctica las mujeres deben asumir una serie de gastos para poder acceder a los contratos. Éstos incluyen la tramitación del certificado médico, el pasaporte y el visado. Todos estos requisitos, exigidos con la oferta de trabajo. También deben hacer frente al coste de desplazamiento a los centros urbanos para realizar trámites administrativos y acudir a las citas en ANAPEC (para su inscripción, selección y firma de contrato), adquirir comida, indumentaria y utensilios de cocina para su estancia en Huelva.
Dado que el perfil de mujer que se busca, en estas contrataciones, suele coincidir con un perfil de alta vulnerabilidad (mujeres con carga familiar, sin estudios, procedentes de ámbitos rurales diseminados), es habitual que pidan este dinero prestado, por lo que empezar a trabajar ya les endeuda. Un motivo más para seguir trabajando bajo cualquier condición.
Vulneración de derechos vinculada a la actividad laboral
Las irregularidades también se dan en la firma de contratos en destino. Por ejemplo, la firma del contrato puede retrasarse para adaptar las fechas de inicio de actividad a conveniencia del empleador. Otra infracción identificada fue la del traspaso informal de trabajadoras entre empresas, no respetando en la práctica la vinculación laboral con el empleador.
Según la investigación realizada, tampoco se respetan algunos aspectos relacionados con la jornada laboral, incumpliendo lo estipulado en el Convenio. Por ejemplo, en relación a los descansos, se pudo comprobar que no siempre disfrutan de la pausa de media hora durante la jornada y se priva a las trabajadoras del día de descanso semanal. Asimismo, se identificaron situaciones en las que se imponían horas extraordinarias bajo lógicas de control de la productividad mediante las cuales se fijaba un mínimo de cajas a recoger por día, lo que a veces les obligaba a trabajar más que las horas establecidas en el Convenio. Estas horas extra en ocasiones se imponen bajo amenazas de castigo y sanciones que consisten fundamentalmente en privar a las trabajadoras de jornadas de trabajo y en el impago de horas extraordinarias o su pago a la tarifa normal.
Con respecto a los pagos, la investigación puso de manifiesto muchas irregularidades como falta de horas contabilizadas, omisión de días trabajados, descuentos indebidos por gastos de suministros, pago inferior al jornal en la recogida de la fresa para la industria (más conocida como “fresa de segunda”).
La forma de pago también genera una situación de extrema vulnerabilidad. Quienes reciben su salario en metálico, no cuentan con evidencias para denunciar. Aquellas que cobran mediante transferencia bancaria no encuentran siempre correspondencia entre lo que debería percibir y lo que terminan cobrando. Aquí el idioma es fundamental. Las mujeres contratadas en origen no hablan español, no conocen la estructura burocrática administrativa de nuestro país y no pueden ni saben cómo denunciar. Algo tan sencillo como sacar dinero de un cajero se convierte en un problema, al no saber leer castellano no saben qué opción marcar ni en que banco sacar dinero para que no se les cobre comisiones.
Por último, se identificaron también abusos relacionados con situaciones de baja y/o despido. Ya sea porque se manipulan cláusulas del contrato extendiendo el período de prueba de 15 a 30 días, durante los cuales la empresa puede desistir de la relación laboral sin alegar causa; o bien porque a las trabajadoras se les hace firmar documentos de baja voluntaria sin explicar el significado.
Vulneración de derechos vinculada a las condiciones de alojamiento y estancia
En el momento del estudio, el Convenio Colectivo de Trabajadores del Campo de la Provincia de Huelva de 2018 establece en su artículo 13 la gratuidad de los alojamientos y especifica que no podrá descontarse alquiler alguno a las trabajadoras o trabajadores. Asimismo, esta información consta en la oferta laboral en origen, donde se indica que tanto el alojamiento, como el desplazamiento del lugar de residencia al lugar de trabajo serán facilitados por el empleador. Sin embargo, se producen casos en los que los empresarios descuentan a las temporeras los costes de agua, luz y alquiler y, de manera generalizada, el gas. Los descuentos se realizan de manera directa y no suelen figurar ni en los contratos, ni en las nóminas. Otra modalidad de cobro por suministros identificada es a través del pago en horas de trabajo, esto es, se añade media hora de trabajo no pagada a la jornada para pagar los gastos relacionados con el alojamiento.
El mismo artículo del Convenio estipula que los alojamientos facilitados por las empresas, “principalmente en los casos en que se produce inmigración de trabajadores/as con motivo de recogida de cosecha, inexcusablemente, deberán reunir los requisitos adecuados de sanidad e higiene exigidos por la legislación vigente, para que las personas trabajadoras puedan habitar en ellos de una forma digna”. Sin embargo, durante la investigación se identificaron condiciones de habitabilidad precarias e insalubre en muchos de los asentamientos visitados: escasez de agua potable, imposibilidad de contar con agua caliente para la higiene personal (bombonas de butano gastadas que no se reponían, termos eléctricos pequeños para abastecer a un número alto de personas), alojamientos en situación de hacinamiento, inadecuada gestión de residuos y aguas fecales, asentamientos a pie de explotación sin zona de sombra ni espacios comunes, caravanas o casetas de madera sin sistema de climatización.
Vulneración de derechos vinculada al acceso al sistema sanitario público
Desde el punto de vista legal, el derecho de acceso al sistema sanitario público de las trabajadoras marroquíes contratadas en origen es equiparable al de cualquier persona extranjera con residencia legal en el Estado español; tienen derecho a cobertura sanitaria y a que se les tramite una tarjeta sanitaria o, en su defecto, se les registre en la base de datos de personas usuarias del Sistema Sanitario Público de Andalucía (BDU) mientras se les tramita la tarjeta.
Sin embargo, se identificaron diferentes obstáculos a la hora de ejercer estos derechos:
Ausencia de información: las mujeres marroquís no conocen el sistema sanitario español y no saben cómo acceder a él.
Dificultades para tramitar sus tarjetas sanitarias: muchas trabajadoras no tenían ni copia de los contratos que justifican su estancia en España.
La barrera del idioma: les costaba explicar sus dolencias y entender los diagnósticos y tratamientos.
Las restricciones de movilidad: para llegar a los centros de salud y la farmacia necesitan que las lleven manijeros o empleadores. Cuando esto no sucede, intentan llegar andando o esperan en la carretera alguien que pase y las pueda llevar en coche, lo que las expone a situaciones de extrema vulnerabilidad.
Las afecciones más habituales tienen que ver con el trabajo físico (heridas, golpes), con las situaciones de insalubridad (gastroenteritis) y con las condiciones laborales por falta de descanso y la exposición prolongada al sol (golpes de calor, desmayos).
Otro de los motivos por los que suelen acudir a los centros de salud es para la atención a embarazos, la mayoría no deseados. Así lo explicaron representantes de entidades de acción social y las propias mujeres, refiriéndose a otras compañeras, durante la investigación realizada para Women’s Link Worldwide. No obstante, no fue posible obtener más evidencias de este hecho.
Vulneración de derechos vinculada a situaciones de acoso sexual
La inestabilidad del trabajo jornalero y la precariedad jurídica que entraña la contratación en origen, sitúa a estas trabajadoras en una posición muy vulnerable frente al ejercicio de la violencia. La selección de mujeres pobres con menores a su cargo y, a menudo, divorciadas o viudas, coloca a las temporeras en una situación de fuerte dependencia frente a los contratos y su renovación. Además, el poder de retornar a las trabajadoras al país de origen reposa directamente sobre la voluntad del manijero o del jefe. Igualmente, el aislamiento en los lugares de residencia, el desconocimiento del entorno local y del español, así como las limitadas relaciones sociales fuera de las explotaciones, contribuyen a aumentar la desprotección de las trabajadoras. Por último, cabría añadir que las dificultades encontradas para abandonar de manera definitiva las fincas agrícolas hacen que, en muchas ocasiones, las trabajadoras tiendan a recurrir a personas del exterior para lograr su cometido, exponiéndolas a nuevos tipos de dependencias. Este contexto favorece la aparición de violencia sexual contra las trabajadoras.
En la investigación realizada, se utilizó una definición amplia de acoso sexual: chistes, bromas o piropos ofensivos con intencionalidad sexual; miradas o gestos lascivos; acercamientos invasivos; comentarios sobre la vida sexual; mostrar imágenes con contenidos sexuales; proposiciones de intercambios sexuales; tocamientos, besos, roces o palmadas y chantajes sexuales.
Casi todas las entrevistadas declararon haber sufrido comentarios y comportamientos sexistas como insultos, actitudes degradantes y, en algunos casos, violencia física. Atribuyen generalmente los comportamientos vejatorios que han debido soportar a los encargados de las fincas. Por su parte, miembros de organizaciones sociales dieron cuenta también de la existencia de trato vejatorio en algunas fincas en las que las temporeras son empujadas, insultadas, se les prohíbe ir a al baño, levantar la cabeza, o les tiran la caja en el suelo porque no está bien recogida. En cuanto a situaciones de acoso sexual, las entrevistadas señalaron haber tenido conocimiento de dos casos que se habrían producido en una de las fincas visitadas.
Otro factor que supone una importante limitación para abordar esta problemática y que critican desde distintos colectivos, es la ausencia de datos públicos. Como señaló uno de los entrevistados, esta carencia de información impide dar cuenta de la amplitud del fenómeno y es aprovechada por las organizaciones patronales para insistir en que se trata de casos aislados.
Vulneración de derechos vinculada a obstáculos para acceder a la justicia
Los elementos presentados hasta ahora dan cuenta de los límites estructurales que encuentran las temporeras para hacer públicos y denunciar los distintos tipos de abuso de los que son víctimas y, por ende, acceder a la justicia.
La situación de desinformación hace extremadamente difícil denunciar los abusos, a ello se añade las dificultades del idioma y un factor clave para las empresas, la temporalidad de la contratación y el miedo de las mujeres a perder el trabajo. Cuando las mujeres deciden contactar a sindicatos, o asociaciones para reclamar, el retorno previsto limita las posibilidades de emprender acciones contra los empleadores. Por último, el aislamiento y desconocimiento del medio y el temor a perder sus empleos y ser devueltas a Marruecos y verse excluidas de la contratación en próximas temporadas, inhiben la interposición de denuncias por parte de las trabajadoras.
Derivado de la ubicación de su alojamiento, las mujeres marroquíes se ven expuestas a realizar andando o en autostop, el camino hasta el pueblo más cercano, generando situaciones potencialmente peligrosas para la integridad física de estas personas. Son manijeros y empleadores quienes tienen el control sobre la vida de estas personas, generándose todo un ecosistema social propio de hábitos y costumbres muy parecidas a las relaciones de servidumbre. Esto último también lastra la posibilidad de la denuncia por parte de las mujeres, porque llega un momento en el que, para ellas, no está tan claro qué situaciones de las que viven son normales o deberían ser denunciadas.
A modo de conclusión
La situación que viven las mujeres marroquíes contratadas en origen solo se puede entender si se asume la interseccionalidad de las diferentes situaciones de vulnerabilidad que soportan. Por sus características sociodemográficas, se trata de mujeres que ya estaban en situación de riesgo de exclusión social en su país (en la mayoría de los casos son familias monomarentales con menores a cargo y empleos precarios, sin estudios, provenientes de pequeñas y alejadas zonas rurales). Vienen a España sin conocer el idioma, con información poco exacta o contraria a lo que se van a encontrar, se le suele requisar su documentación al llegar a España y no siempre se le devuelve (los empresarios dicen realizar esta práctica para evitar que se queden y se conviertan en población migrante en situación irregular), además no cuentan con cobertura en nuestro país para minimizar el impacto de esta situación (escasez de mediadores, ningún personal con conocimiento de árabe en los principales servicios: sanidad, entidades bancarias, ayuntamiento). Su puesto de trabajo está aislado, viven dónde trabajan, en plantaciones alejadas de los núcleos de población, limitando la posibilidad de contacto con otras personas y dificultando el acceso a servicios básicos, estos espacios se convierten en guetos dónde todo el mundo sabe lo que ocurre, pero nadie hace nada.
Numerosas organizaciones sociales han denunciado repetidamente esta situación. Recientemente, la organización internacional Women’s Link Worldwide, con el apoyo de otras 7 organizaciones, envió una comunicación urgente a diferentes organismos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), informando sobre las vulneraciones de derechos humanos que sufren las temporeras marroquíes y otras personas migrantes, y advirtiendo de que la situación se había agravado como consecuencia de la pandemia provocada por la COVID-19. Ante la inacción del Estado español, sería muy positivo que organismos internacionales se pronunciaran y demandaran medidas urgentes y efectivas que obligaran a las empresas y al Estado a respetar los derechos de las trabajadoras por encima de los intereses económicos.