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miércoles, 3 de septiembre de 2025

Ecofeminismos: construyendo esperanza en tiempos de incertidumbre

Sabemos que es posible y urgente construir un modo de vida respetuoso con el planeta que permita vivir vidas dignas a todas las personas y seres vivos que lo habitamos en un mundo más justo y sostenible.

El ecofeminismo es una corriente de pensamiento política y un movimiento social; es una filosofía de vida; es una mirada y una práctica que se nutre de los encuentros y posibles sinergias entre ecologismo y feminismo, y se constituye como un movimiento social universal que abraza la diversidad, la pluralidad y las potencialidades de todos los seres vivos.

En este momento de crisis civilizatoria, el ecofeminismo prioriza el sostenimiento de la vida humana y de todos los seres vivos con los que compartimos el planeta, poniendo la vida en el centro y construyendo resistencias y alternativas esperanzadoras hacia un mundo justo, amable y sostenible.

El pensamiento ecofeminista analiza críticamente la cosmovisión occidental que se asienta sobre una matriz patriarcal, capitalista y colonial de ideas y creencias que implica la discriminación de las mujeres y otros sujetos no hegemónicos, y lleva al límite la sobre explotación de la naturaleza y de todos los seres vivos, poniendo en riesgo la supervivencia global.

Desde esta perspectiva, los ecofeminismos cuestionan el modelo de vida capitalista, patriarcal y colonial el cual, para mantenerse, somete tanto a los seres humanos como al resto del mundo vivo:

– El patriarcado, que fundamenta un sistema social construido sobre valores que discriminan a la mujer por considerarla inferior y subordinada al varón. Este pensamiento, denominado androcéntrico, sitúa al hombre como centro y protagonista de la historia y la civilización humana, y a las mujeres y niñas como subalternos al varón. En consecuencia, las mujeres y los hombres tienen asignados en la vida roles de género determinados según su sexo, por lo que cada uno debe cumplir con tareas y funciones pre establecidas por el sistema patriarcal. Este pensamiento se refuerza con una serie de estereotipos de género que tienen matices según las sociedades y momentos históricos.

– El capitalismo es un sistema socioeconómico que responde a la lógica de la dominación y del sometimiento de la vida, donde las relaciones de explotación sobre la naturaleza tienen la misma raíz que la opresión contra las mujeres. Su fin es la acumulación y el beneficio material individual y, para ello, subordina a las mujeres y explota la naturaleza.

– El colonialismo es un sistema basado en la ocupación y control de territorios por una potencia extranjera con el fin último de explotar sus bienes naturales y su población. Bajo ese prisma se ven y tratan a la tierra y los cuerpos desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad. Se acompañan además de la imposición de estructuras políticas, económicas y culturales por parte de los colonizadores, quienes suelen considerar a las sociedades sometidas como inferiores en términos sociales, culturales o biológicos.

– El antropocentrismo, creencia que sitúa al ser humano en el centro de la creación y por encima del resto de seres vivos a los que somete y utiliza en su beneficio, permite al sistema capitalista justificar y llevar al límite prácticas depredadoras y ecocidas por todo el planeta, las cuales ponen en evidencia el conflicto capital-vida en el que actualmente estamos.

Cuando unimos patriarcado y capitalismo entendemos cómo bajo este sistema socioeconómico los trabajos de cuidados no tienen valor económico ni social a pesar de ser imprescindibles para la reproducción y el mantenimiento de la vida, tanto la humana como la no humana. Estas tareas representan la base sine qua non del sistema socioeconómico capitalista actual

La perspectiva ecofeminista pone en cuestión los mitos fundacionales del pensamiento occidental hegemónico basada en una lógica dicotómica y jerarquizante: cultura versus naturaleza o razón versus emoción; donde el varón (como sujeto patriarcal) siempre es identificado con la cultura y la civilización y las mujeres y otros sujetos no hegemónicos, con la naturaleza y la esfera salvaje. Además, desde una mirada decolonial, someten a revisión conceptos clave de nuestra cultura muy aceptados hoy en día, tales como el crecimiento económico ilimitado, el beneficio económico individual como finalidad civilizatoria, y el progreso medido en términos de productividad y consumo material. Desarrollan por lo tanto una mirada alternativa sobre el actual modelo social, económico y cultural aportando una perspectiva diferente sobre la realidad cotidiana y la política dando valor a elementos, prácticas y sujetos que han sido designados por el pensamiento occidental hegemónico y colonial como inferiores.

Existen históricamente diferentes corrientes de pensamiento ecofeminista y todas ellas coinciden en denunciar que el modelo económico predominante -el capitalismo neoliberal- no tiene en cuenta los ciclos vitales de los seres humanos ni los límites biofísicos del planeta y sus ecosistemas, ignorando dos hechos evidentes:

– La vida humana transcurre encarnada en un territorio mucho más inmediato y próximo: el cuerpo. Todos los cuerpos, en su naturaleza vulnerable, tienen necesidades que deben ser cubiertas para poder mantenerse vivos. Para poder sobrevivir, sus cuerpos necesitan ser atendidos y cuidados a lo largo de toda su existencia y, especialmente, en algunos momentos de ciclo vital. Son tareas son realizadas mayoritariamente por mujeres. Somos por lo tanto seres interdependientes.

– Como todas las especies, los seres humanos interactuamos con la trama de la vida para obtener lo necesario para mantener la existencia: agua, alimento, energía, minerales, oxígeno, madera, semillas….No hay nada de lo que el ser humano pueda necesitar que no dependa de lo que produce la naturaleza. Podemos decir que no hay vida sin naturaleza. Por lo tanto somos también seres ecodependientes.

Abrazamos un enfoque basado en la sostenibilidad de la vida, perspectiva que combina aportaciones de la economía feminista, las miradas decoloniales y las cosmovisiones no occidentales respecto a la naturaleza y la defensa del territorio, de las comunidades y de las vidas y cuerpos de las mujeres.

La perspectiva ecofeminista proporciona claves para repensar las contradicciones actuales, revertir los imaginarios dominantes y la narrativa hegemónica sobre el mundo y proponer nuevas formas de relación con la naturaleza y entre las personas que permitan caminar hacia una cultura de paz, y hacia un futuro verde y sin violencia.

Por ello, el ecofeminismo lucha activamente para prevenir, denunciar y erradicar la violencia de género contra las mujeres y contra las disidencias identitarias, asi como contra todas las violencias específicas que el patriarcado ejerce con el fin de someter cuerpos y territorios. En esta línea el ecofeminismo se opone activamente, denuncia y rechaza la militarización de las sociedades y la economía de la guerra. Por ello aboga por la defensa de la biodiversidad y la ideodiversidad como estrategias de supervivencia colectiva, siendo imprescindibles para crear comunidades en equilibrio con los territorios.

Igualmente su perspectiva interseccional incorpora enfoques y reivindicaciones de luchas como el sindicalismo, en antirracismo, el antimilitarismo, el naturalismo, el antiespecismo, etc., con las que entreteje visiones compartidas y propone alternativas inclusivas y situadas en la diversidad y complejidad de los territorios y las personas. Por ello las miradas ecofeministas también tienen vocación de inspirar a ciertos movimientos sociales en la construcción de una sociedad bases en la justicia ecosocial.

Desde el ecofeminismo, elaboramos propuestas para transformaciones posibles donde la vida esté en el centro. Desde el reparto de trabajos, tiempos y riqueza, hasta el decrecimiento, transitando por temas como la minería, el derecho a una vivienda asequible y digna, la soberanía energética, la agricultura orgánica y local, la inmigración, etc. Así, el ecofeminismo denuncia y al mismo tiempo propone alternativas en todas las dimensiones de nuestras vidas.

Para el ecofeminismo actual es clave actuar para hacer realidad una transición ecosocial justa donde el sistema socioeconómico priorice los trabajos esenciales y necesarios para el sostenimiento de todas las vidas y la reproducción social de los seres humanos y de los ecosistemas, desde una mirada inclusiva, antirracista y decolonial.

Finalmente, desde el Área Ecofeminista de Ecologistas en Acción creemos que vivimos un momento de crisis múltiples que se interrelacionan y dan lugar a una crisis sistémica o policrisis (sanitaria, económica, social, ecológica, energética…). En este contexto, la mirada y los principios del ecofeminismo son una gran fuerza transformadora, de emancipación, que aportan solidez a los movimientos ecologista y feminista, y proponen una mirada global y esperanzada; cuya ética trata de conciliar nuestras prioridades, necesidades y deseos con principios como la solidaridad, corresponsabilidad, justicia, distribución, equidad, frugalidad, suficiencia, cuidados, cooperación y sostenibilidad.

Sabemos que es posible y urgente construir un modo de vida respetuoso con el planeta que permita vivir vidas dignas a todas las personas y seres vivos que lo habitamos en un mundo más justo y sostenible.

Para contactar con el Área Ecofeminista de Ecologistas en Acción escribe a ecofeminismo@ecologistasenaccion.org


Para tener más información sobre la página y nosotrxs, nos puedes escribir al mail: ecofeminismo.bolivia@gmail.com

jueves, 17 de abril de 2025

Kit de supervivencia ecofeminista

Nuestra compañera Salomé Preciado reflexiona sobre cuál es el verdadero kit de supervivencia que necesitamos para afrontar los tiempos que vivimos.

Escribo estas líneas desde la perspectiva y la distancia, tanto física como emocional, que me permite hacerlo estando en tierras africanas. Me ha traído hasta aquí la propuesta por participar en un proyecto de prevención de la malnutrición en la infancia en calidad de enfermera y la inquietud por conocer otras formas de ser y estar en el mundo.




Salir de la rutina y de los espacios de seguridad siempre me supone un reto, aunque haya sido una decisión tomada con libertad. Sin embargo, no dejo de ser consciente de que mi condición de mujer europea apela a la blanquitud que me habita y a los privilegios que me atraviesan. Y es desde esa posición desde la cual me acerco a esta experiencia.

Por poner contexto esta reflexión en forma de relato, os contaré que mi compañera y yo estamos alojadas en una humilde casa con electricidad y agua (aunque los cortes de suministro sean tan continuos como impredecibles) amueblada con apenas una mesa con cuatro sillas y dos camas con colchón. Aún así sentimos que contamos con lo necesario para disfrutar de cierto confort en un contexto como este. Tal es la situación de adaptación al medio que el día que nos trajeron dos ventiladores – nuestro móvil nos decía que estábamos a 36 grados con sensación térmica de 42- , casi lloramos de la alegría.

A pesar de o como causa de ese calor, durante las últimas tres tardes consecutivas hemos vivido tormentas tropicales que, si bien no son las primeras que vivencio, sí han sido las que más han llegado a preocuparme por su violencia en forma de vientos semihuracanados y granizos del tamaño de canicas.

El kit de supervivencia de la UE

Mientras estábamos resguardadas al calor de nuestro hogar y a la luz de unas velas de citronela antimosquitos, nos venía a la mente el recuerdo velado sobre el kit de supervivencia recomendado por la UE en caso de guerra o desastre natural hace unas semanas. Según declaraciones, gracias a ese kit podríamos contar con una serie de elementos para poder subsistir durante al menos setenta y dos horas sin necesidad de “ayuda exterior”, contando con la mayor autonomía posible. Mi compañera y yo, con mentalidad decolonial, fantaseábamos con que esa ayuda del exterior pudiera llegar de países africanos o latinoamericanos, con la esperanza de que se entendiera de una vez que la interdependencia no opera únicamente dentro de nuestras fronteras y nuestros estados-fortaleza.

Recuerdo que, cuando escuché la noticia sobre ese famoso kit en la televisión de mi madre, me saltaron todas las alarmas. De inmediato sentí que se proponía, una vez más, una “solución” individual a un problema claramente global. Así que, mientras caían granizos como puños sobre el tejado de uralita, provocando un ruido ensordecedor, pensábamos en las estrategias de supervivencia que nos estaba mostrando el pueblo africano, en particular sus mujeres.

Hemos visto cómo son ellas las que preparan las semillas que después se convertirán, primero en harina y luego en nutritiva papilla. Son ellas las que saben disponer de un buen fuego para sus ollas, colocadas sobre unas grandes piedras que primeramente han colocado en un sitio estratégico sobre el suelo, con la madera que previamente han seleccionado y almacenado cuidadosamente. Son ellas las que generan la fuerza necesaria con sus cuerpos para extraer el agua de las fuentes o pozos a unos quince metro de profundidad y luego la acarrean con baldes metálicos en sus cabezas durante varios metros hasta sus casas. Un agua que es fundamental para lavar, limpiar, cocinar. Esencial para sostener las vidas.

Y todo ello lo hacen en comunidad, junto a otras mujeres, mientras portean, amamantan, atienden y alimentan a sus criaturas. Y charlotean entre ellas, y ríen y cantan animadas melodías, si se da el caso.

Aprovechamos nuestra estancia en aldeas más apartadas para integrarnos cual antropólogas inocentes entre las mujeres y su día a día. No compartimos idioma pero encontramos la manera de comunicarnos. Saben que estamos allí para compartir nuestros conocimientos como sanitarias y así poder ayudar al mejor desarrollo de sus hijas e hijos. Nosotras sabemos que estamos aquí para entender cómo las políticas internacionales impactan sobre las vidas humanas.

A la pregunta de “dónde están o qué hacen los hombres” nos responden “que ellos trabajan en otras cosas”, aunque en ciertos contextos sus tareas son bastante invisibles a nuestros ojos. Probablemente se encuentren en otros espacios menos domésticos, cotidianos o accesibles para nosotras como mujeres. Lo que no podemos obviar es que ellas conocen perfectamente los bienes naturales a su alcance en su entorno y los ponen al servicio de las tareas de reproducción de la vida social.

Nuestro kit

Así que con varias anotaciones en nuestros cuadernos y muchas imágenes coloridas registradas en nuestras retinas intentamos dar forma a nuestras reflexiones, con la intención de extraer aquellas lecciones que puedan sernos útiles en nuestras propias formas habitar el mundo.

Y con esos elementos nos proponemos ir conformando nuestro kit. O nuestra mochila, bolsa o zurrón, según preferencias personales y localismos varios. En él meteremos todo aquello que queremos y reivindicamos para nosotras pero también para el conjunto de la sociedad. Esa mochila deberá estar cargada de conocimientos útiles para poder compartir, de saberes populares y situados. Probablemente llevemos impresa una copia del manual de Técnicas humildes para el decrecimiento de nuestras compañeras y compañeros de Ecologistas en Acción. Si se avecina un apagón generalizado, puede que nos sea de gran utilidad. Sin duda tendremos identificadas de antemano tantos las necesidades esenciales propias como aquellas de nuestras vecinas y de las personas que viven en nuestro entorno más próximo. Para ello habremos ido entretejido redes de confianza y resistencia colectiva por lo que, a esas alturas de la catástrofe de turno que pueda llegar, sabremos cuales son las mejores formas de satisfacerlas con los medios con los que disponemos a nuestro alcance.

En esa mochila habrá cabida para un mapa o croquis gracias al cual saber encontrar las fuentes de agua potable más cercanas pero también los refugios a los cuales acudir en caso de gravedad. Porque esos espacios serán, antes que posibles refugios climáticos o antibombas, centros sociales, autogestionados y de uso colectivo. Y en ese plano no faltarán tampoco señalados las personas y contactos a los cuales podremos acudir para compartir nuestros alimentos, que serán además con quienes podremos cocinar en un gran puchero colaborativo. Habrá personas que sepan como cultivar alimentos en terrenos inhóspitos e incluso habremos podido reflexionar de manera conjunta y sosegada sobre la necesidad ejercer una soberanía alimentaria bajo los principios de justicia y redistribución.

Yo ofreceré mi contacto para formar parte de esa lista previamente confeccionada, poniendo al servicio mis conocimientos como sanitaria para quien pueda necesitarlos. Y a su vez me propondré para servir de “medio de comunicación analógico”. En mi mochila no faltarán una libreta y un bolígrafo, para llevar mensajes entre personas o dejar notas útiles en uno u otro lado.

Con todo ello, y con el aporte de cada persona con la que me encuentre y así lo considere, iremos formado nuestro kit de supervivencia. Una vivencia y supervivencia basada en las relaciones de calidad, de reciprocidad, de confianza, de cuidados y apoyo mutuo. Un kit donde además, si la situación lo permite, tenga cabida la alegría, el disfrute y sin lugar a dudas, la dignidad de todas las personas.

Salomé Preciado Diez. Área de Ecofeminismo, Ecologistas en Acción



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martes, 9 de marzo de 2021

Decálogo ecofeminista para salir de la pandemia


Fuentes: Ecologistas en acción

– Con motivo de la celebración del 8M, Ecologistas en Acción pone de manifiesto que la crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha agudizado y acelerado la crisis ecológica, económica, social y de género que la precedían.

– La organización ecologista propone diez medidas ecofeministas para construir la nueva normalidad encaminada a la sostenibilidad ambiental, justicia social y equidad de género.

– Asimismo, desde el ecofeminismo se aprovecha esta fecha para visibilizar y reconocer la labor de colectivos como las jornaleras en lucha, las mujeres de la PAH, Ganaderas en Red, los colectivos de empleo de hogar o las defensoras del territorio contra los proyectos extractivistas. 

La pandemia de la COVID-19 ha mostrado las costuras de un sistema sostenido en relaciones desiguales, de expolio y violencia, y ha agudizado y acelerado las múltiples crisis estructurales que existían previamente: ecológica, económica, social y de género. Nos encontramos ante un prólogo civilizatorio, un acontecimiento que incide en todos los ámbitos de la vida y lo cambia todo. Esta coyuntura nos ha mostrado la rapidez con la que la sociedad puede transformarse y qué actividades y trabajos han sido y son esenciales para sostener la vida.

La respuesta a la emergencia sanitaria solo afronta los síntomas, pero no las raíces, las  que son la fuente causal de la misma, provocados por la acelerada desaparición y degradación de los ecosistemas debido a la acción humana, el mal uso de las energías fósiles, la hipermovilidad, la ganadería industrial, las industrias extractivas, la deforestación y la destrucción de la biodiversidad. De la misma manera que nuestro modelo de desarrollo se apropia de la naturaleza, también se apropia del trabajo y los cuerpos de las mujeres, especialmente de aquellas que viven en territorios del Sur global. La desigualdad de género, el sexismo, el racismo, la LGTBfobia y otras formas de dominación, han condicionado el devenir de la pandemia para miles de personas.

Todos estos factores nos han llevado a adoptar un modelo de habitar el planeta incompatible con la vida, que solo atiende al beneficio a corto plazo y al crecimiento ilimitado, en un planeta con recursos finitos. Un modelo que funciona gracias a los trabajos de cuidados y mantenimiento de la vida -realizados principalmente por mujeres- que se realizan en condiciones de explotación y precariedad.

La desconexión entre el neoliberalismo global y las bases materiales que permiten la vida ignora nuestra dependencia como especie -tanto de la naturaleza como de otras personas que cuidan de nuestros cuerpos vulnerables- así como las profundas desigualdades que nuestro modelo de desarrollo genera.

Aunque durante la pandemia la presión sobre los ecosistemas ha disminuido drásticamente, mejorando algunos indicadores ambientales, la actividad extractivista en otros lugares no solo se ha consolidado, sino que se ha visto aumentada. También se han agudizado las diferencias sociales y la exclusión de muchas personas, la mayoría mujeres.

Además de la pérdida de cientos de miles de vidas, de empleos e ingresos, la salud de las mujeres se ha visto afectada de forma dramática. Son las mujeres las que en situación de mayor precariedad y con diferente estatus migratorio, realizan mayoritariamente los trabajos considerados como esenciales, sobre todo de cuidados, tanto en el ámbito laboral como privado, en los hogares, con graves impactos psicosociales en algunos casos.

En este contexto de crisis civilizatoria, Ecologistas en Acción señala que se necesita  promover otro orden social que enfrente las desigualdades y relaciones de poder existentes y tenga en cuenta la interdependencia y la ecodependencia. Por ello, la organización ecologista ha elaborado un decálogo de medidas que haga posible vivir vidas dignas y compatibles con el equilibrio de la naturaleza, y que defiendan  la justicia social, la equidad, la sostenibilidad y lo comunitario:

1. Una transición ecológica justa, para alcanzar una sociedad sin energías fósiles, que revierta la pérdida de biodiversidad y que respete los límites de los ecosistemas. Fomentar el consumo de cercanía adaptado a los ciclos de la naturaleza y sustituir los sectores productivos más contaminantes. Es necesario establecer mecanismos para que la producción y distribución estén arraigadas en el territorio, sin depender de la rentabilidad monetaria, garantizando su accesibilidad y sostenibilidad. Los Fondos Europeos de Recuperación, Transformación y Resiliencia y la llamada política Palanca VIII (Nueva economía de los cuidados y políticas de empleo), deberían emplearse  para la construcción de una nueva economía y acelerar la urgente y necesaria transición ecológica.

2. Una reforma profunda y urgente del sistema fiscal para que sea progresivo, justo, verde y ecofeminista.

3. Reconocer el derecho al cuidado como un derecho fundamental universal en todos los niveles, tanto público como comunitario, sacarlo del ámbito privado y doméstico y de la responsabilidad exclusiva de las mujeres, que los vienen realizando de manera gratuita e invisible. Se debe garantizar la corresponsabilidad del trabajo doméstico y de cuidados entre todas las personas, la sociedad y el Estado.

4. Reorganización socioeconómica de nuestro sistema productivo, orientándolo hacia una economía de los cuidados que priorice las tareas necesarias para el mantenimiento de nuestras vidas y evite su mercantilización. Un nuevo equilibrio social que corrija las desigualdades por razón de sexo, género, raza (entendida como contrucción social) clase, diversidad funcional, orientación sexual o identidad de género, con una redistribución y democratización del  trabajo, productivo y reproductivo, que sea indispensable y necesario.

5. Justicia antirracista y decolonial. Los territorios del Sur global y sus saberes son expoliados desde hace siglos, perpetuando el desequilibrio de poder y legitimando la violencia hacia estos colectivos de forma sistémica. Es necesario atajar el racismo estructural, revertir estas dinámicas y ubicar los límites de cada posición (histórica, política, subjetiva) para hacer un frente común contra la dominación colonial, capitalista, racista y patriarcal. No habrá justicia climática sin justicia decolonial.

6. Abogar por una dieta sana, ecológica y sostenible sustentada por la soberanía alimentaria y la implementación de la agroecología, en donde el papel de las mujeres siempre ha estado muy presente y vinculado a estas prácticas, compatibles con el respeto a la naturaleza y animales no humanos. La experiencia y demandas en materia de igualdad de colectivos de mujeres rurales  deben ser escuchadas. No podemos seguir manteniendo las prácticas de la agricultura y ganadería intensivas ni asumiendo prácticas que agudicen las desigualdades.

7. Garantizar servicios y suministros esenciales (agua, comida, saneamiento, energía, vivienda digna) y el derecho a la educación pública de calidad, incluyendo la educación para la sostenibilidad, la educación ecofeminista, educación para la paz, educación sexual, la justicia restaurativa, la interculturalidad y empoderamiento de mujeres y hombres como ciudadanos y ciudadanas globales.

8. Garantizar el derecho a la salud (física, ambiental, comunitaria, sexual, mental). Esto exige una sanidad 100 % pública y universal, protección frente a la contaminación, impulso a la atención primaria, a la medicina preventiva y a la salud pública, así como a la educación respetuosa con la diversidad de identidades de género y relaciones sexoafectivas bajo la lógica público-social-comunitaria, en detrimento de la lógica de mercado.

9. Ciudades y pueblos sanos y habitables, con especial cuidado a las periferias, donde se priorice la participación comunitaria y no organizando el trabajo y el consumo en función del capital y en oposición y disociación con la naturaleza. Deben ser entendidas como espacios comunes, producidos y reproducidos por quienes los habitan. Lugares inclusivos y saludables que prioricen la coexistencia intergeneracional y la proximidad de espacios naturales, una movilidad sostenible que prime la cercanía, el uso peatonal y en bicicleta y el transporte colectivo, basadas en una economía no lineal sino circular, que cierre ciclos.

10. Sociedades libres de violencias machistas y racistas, que garanticen los derechos humanos (entre ellos los derechos sexuales y reproductivos) de todas las personas, especialmente de quienes los ven amenazados de manera especial (mujeres, personas LGTBQ+, migrantes, habitantes del Sur global, personas amenazadas por defender el territorio).

Además de publicar este decálogo ecofeminista, Ecologistas en Acción quiere poner en valor luchas de mujeres que trabajan en dirección a los objetivos planteados. «Desde el sindicalismo feminista de las jornaleras en lucha, a las activistas de la PAH dejándose la piel por el derecho a la vivienda, Territorio doméstico luchando por el 189, Ganaderas en red visibilizando la situación de las mujeres en la ganaderías, o las defensoras del territorio poniendo el cuerpo contra los proyectos extractivistas», destacan.

Rosana Cervera, portavoz de Ecologistas en Acción: «Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, Ecologistas en Acción hacemos un llamamiento a todas las personas, y especialmente a las mujeres, para seguir tejiendo alianzas entre las organizaciones feministas y las ecologistas, junto con organizaciones sociales de todo tipo, como las organizaciones que trabajan en defensa de los servicios públicos o los derechos humanos. Porque sabemos que está en riesgo la sostenibilidad de la vida, y que solo podremos asegurarla trabajando desde el ecofeminismo por la justicia socioambiental. El futuro será ecofeminista, o no será».

Fuente: https://www.ecologistasenaccion.org/163738/decalogo-ecofeminista-para-salir-de-la-pandemia/





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martes, 11 de agosto de 2020

TLC y Cambio Climático: una combinación lesa-género



La lucha por el derecho de existencia de las mujeres pasa por denunciar y terminar con los tratados de comercio e inversión. No habrá justicia ambiental, social, económica y ni de género mientras Estados y corporaciones sigan firmando tratados que, directa e indirectamente, condenan las personas a la pobreza y a la muerte.


Vanessa Dourado

Nunca se ha hablado tanto y de forma tan abierta sobre el cambio climático. Las movilizaciones alrededor del mundo han sacudido la opinión pública y los medios de comunicación hegemónicos parecen ahora tocar este tema porque ya no les queda otra. Obviamente, los negacionistas y gobiernos del mundo siguen contribuyendo a la situación de emergencia climática; ya sea por la directa negación de los hechos o por la omisión de aquellos que saben muy bien las causas del problema y que, sin embargo, no dejan de plantear propuestas que profundizan el modelo fosilista y agroindustrial intensivo que son los mayores responsables de la emisión de gases de efecto invernadero (GEI).

A través de los tratados de comercio e inversión se ha planteado salir de la crisis. Una vez más estos proyectos son señalados como una alternativa para salvar a las economías y recuperar el crecimiento económico, generar empleos, desarrollar las industrias, promover el desarrollo sostenible, entre otros tantos elementos cuya realidad solo existe en las cartas de intención.

La lógica que garantiza los derechos de los inversores por encima de los derechos de las personas es gran responsable de la profundización de las desigualdades, lo que también tiene su relación con la capacidad de adaptación al cambio climático y un fuerte impacto sobre las mujeres. Según el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), las personas empobrecidas son más vulnerables y tienen menor capacidad de adaptación al cambio climático y según datos de la ONU un 70% de las personas que viven en situación de pobreza extrema en el mundo son mujeres. La nítida evidencia queda: la existencia de las mujeres es sacrificada para garantizar la ganancia de las corporaciones.

Mientras se desesperan las personas que saben las consecuencias del mantenimiento de este modelo de producción, distribución y consumo, las grandes empresas y empresarios celebran el incremento de sus negocios y se aprovechan de la pandemia para disminuir los obstáculos a sus proyectos. Estos obstáculos son, nítidamente, las leyes de protección ambiental, el monitoreo de zonas históricamente explotadas para el comercio ilegal y la resistencia de la sociedad civil hacia megaproyectos que destruyen y contaminan los ecosistemas.

Mientras arde la Amazonía, los bloques Mercosur y Unión Europea siguen la negociación de un tratado de libre comercio que significará más deforestación y más producción de carne, o sea más GEI, más avance sobre los territorios indígenas y, en consecuencia, más violencia contra los cuerpos de las mujeres originarias y campesinas.

Los proyectos de megaminería son grandes consumidores y contaminantes del agua y unos de los preferidos por las corporaciones para inversión, sobre todo en Latinoamérica. La situación de sequía es cada día más constante y frente a la escasez del agua, que afecta a varias regiones de América Latina, las mujeres y niñas son las responsables por recorrer largas distancias para abastecer a sus hogares. Una vez más recae sobre las mujeres el trabajo (no considerado trabajo y, por ende, no remunerado) de cuidados y de manutención de la vida. Porque sin agua nadie puede sobrevivir por mucho tiempo.

La quema de combustibles fósiles es el mayor responsable del cambio climático y los barcos de contenedores son uno de los grandes responsables por garantizar el comercio entre países. Los barcos que transportan mercancías de un lado a otro del mundo son grandes emisores de GEI: se calcula que en 2009 los 15 barcos cargueros de mayor envergadura emitieron más que 760 millones de automóviles. Más de diez años después, el modelo de transporte de mercancías no ha cambiado. Las consecuencias de esta forma de comercio totalmente irracional son los eventos extremos relacionados a los desequilibrios ambientales y, por ende, los refugiados climáticos. Según la Oxfam, entre un 70 y 80% de las víctimas fatales por tsunamis y huracanes son mujeres. Asimismo, Greenpeace informa que 80% de las personas desplazadas por el cambio climático son mujeres.

Los números dejan en evidencia el carácter lesa-género de las emisiones de GEI, pero también su profunda relación con los tratados de comercio e inversión. La lucha por el derecho de existencia de las mujeres pasa por denunciar y terminar con los tratados de comercio e inversión. No habrá justicia ambiental, social, económica y ni de género mientras Estados y corporaciones sigan firmando tratados que, directa e indirectamente, condenan las personas a la pobreza y a la muerte.

 

Foto: Tribuna Feminista

Fuente: http://virginiabolten.com.ar/mujeres-genero/tlc-y-cambio-climatico-una-combinacion-lesa-genero/



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martes, 7 de julio de 2020

Ecofeminismo

El ecofeminismo nace de la síntesis entre las propuestas feministas y ecologistas. Reúne reflexiones filosóficas y luchas políticas de mujeres que tienen en común la defensa de la vida humana y del medio natural que la mantiene, desde posiciones de insubordinación al orden patriarcal. Los ecofeminismos denuncian un orden cultural —el patriarcado— y un orden económico —el capitalismo— que invisibiliza, desprecia, violenta y se apropia del trabajo de cuidado de la vida humana, realizado en su mayoría por mujeres, y de los trabajos de la naturaleza que nos permiten la supervivencia.



Nuestro sistema económico se adueña hasta el agotamiento de recursos que toma de forma gratuita: bosques, agua limpia, trabajo reproductivo… La naturaleza y la vida humana —la tierra y el trabajo— se convierten en simples herramientas para alimentar el crecimiento del capital. Los beneficios de las corporaciones trasnacionales se asientan sobre esta doble apropiación. Este reduccionismo económico, además de alimentar las cuentas de las grandes empresas, ha escondido el factor esencial en el que se ha de asentar una economía que priorice la supervivencia: el cuidado de la vida.
La lógica del capitalismo es contraria a la lógica de la vida. La primera tiene como objetivo la acumulación de capital al margen de cualquier consideración ética; la segunda, la vida, pretende su reproducción y mantenimiento en condiciones de equilibrio y salud. Cuando ambas lógicas entran en contradicción gana la primera. El precio inasumible de la vivienda, los horarios laborales que impiden la atención a menores o a personas enfermas, las patentes de las farmacéuticas que dificultan el acceso a medicamentos vitales, son muestras de esta incapacidad —y desinterés— de nuestro sistema económico por generar vidas vivibles.


La vida humana y los límites ecológicos en el centro
La tierra y el trabajo de las mujeres tienen un límite: la dignidad y la vida. La crisis ambiental y la crisis de los cuidados son manifestaciones paralelas de este límite. La crisis ambiental se manifiesta en la escasez de tierra fértil, de acceso a agua potable o de aire limpio. La crisis de los cuidados estalla cuando, a pesar de la división sexual del trabajo impuesta por el sistema patriarcal —un sistema que impone a las mujeres la realización de los trabajos reproductivos y de cuidados de forma gratuita—, no alcanza a cubrir las necesidades crecientes de cuidados de la población. La crisis de los cuidados es una manifestación de ese reparto injusto de responsabilidades que permite reproducir y recomponer física y anímicamente la fuerza laboral que mantiene la productividad de las empresas.
El ecofeminismo plantea la inversión de los factores: la vida humana deberá colocarse en el centro y la producción habrá de ponerse a su servicio. Son las necesidades humanas y los límites ecológicos quienes habrán de marcar cuáles sean las producciones deseables y sostenibles y los trabajos que habrá que hacer y repartir. Si el ecologismo aporta la consideración de los límites ambientales, el feminismo plantea la equidad —una reivindicación de las mujeres tan vieja como incumplida— como condición irrenunciable de cualquier propuesta social o económica.
Los movimientos de defensa de la tierra han tenido y tienen entre sus activistas a muchas mujeres. Es conocido el protagonismo de mujeres en el movimiento Chipko en defensa de los bosques del Himalaya, que ha dado a conocer Vandana Shiva; en el movimiento contra las presas del río Narmada en India; en el “cinturón verde” de Kenia, que promovió Wangari Mathai; en la lucha contra los residuos tóxicos del Love Canal en EE.UU., origen del movimiento por la justicia ambiental en EE.UU. Como también lo es su presencia en movimientos locales de defensa de terrenos comunales, en las luchas por el espacio público urbano o por la salubridad de los alimentos. Grandes empresas mineras, forestales, de infraestructuras, se han encontrado de frente a comunidades indígenas y a grupos de mujeres. En el caso de muchas mujeres pobres, su ecologismo es la práctica necesaria de quienes dependen directamente de una tierra fértil y limpia para poder vivir.
Historia del ecofeminismo
El término fue creado por Françoise D’Eaubonne a principio de los años setenta. Con su eslogan «feminismo o muerte», resumía el imprescindible papel del feminismo en la defensa de la vida. En las últimas décadas del siglo pasado el primer ecofeminismo discutió las jerarquías que establece el pensamiento occidental (cultura-naturaleza, mente-cuerpo, hombre-mujer…), revalorizando los términos de la dicotomía antes despreciados: mujer y naturaleza. La cultura protagonizada por los hombres ha desencadenado guerras genocidas, devastamiento y envenenamiento de territorios, y gobiernos despóticos. Las primeras ecofeministas denunciaron los efectos de la tecnociencia en la salud de las mujeres y se enfrentaron al militarismo y a la degradación ambiental, comprendiendo éstos como manifestaciones de una cultura sexista. Petra Kelly es una de sus representantes.
A este primer ecofeminismo, crítico de la masculinidad, siguieron otros propuestos principalmente desde el Sur. Estos consideran a las mujeres portadoras del respeto a la vida. Acusan al “mal desarrollo” occidental de provocar la pobreza de las mujeres y de las poblaciones indígenas, víctimas primeras de la destrucción de la naturaleza. Este es quizá el ecofeminismo más conocido. En esta amplia corriente encontramos a Vandana Shiva o a Ivone Guevara.
Superando el esencialismo de estas posiciones, otros ecofeminismos constructivistas (Bina Agarwal, Val Plumwood) ven en la interacción con el medio ambiente el origen de esa especial conciencia ecológica de las mujeres. Es la división sexual del trabajo y la distribución del poder y la propiedad la que ha sometido a las mujeres y al medio natural del que todas y todos formamos parte. Las dicotomías reduccionistas de nuestra cultura occidental han de romperse para construir una convivencia más respetuosa y libre.
Si el feminismo se dio cuenta bien pronto de cómo la naturalización de la mujer era una herramienta para legitimar al patriarcado, el ecofeminismo comprende que la alternativa no consiste en desnaturalizar a la mujer, sino en “renaturalizar” al hombre, ajustando la organización política, relacional, doméstica y económica a las condiciones de la vida, que naturaleza y mujeres conocen bien. Una “renaturalización” que es al tiempo “reculturización” que convierte en visible la ecodependencia para mujeres y hombres. No se trataría de exaltar lo interiorizado como femenino, de encerrar de nuevo a las mujeres en un espacio reproductivo, negándoles el acceso a la cultura, ni de responsabilizarles, por si les faltaban ocupaciones, de la ingente tarea de luchar contra el capital y rescatar la vida en el planeta. Se trata de hacer visible el sometimiento, denunciar la lógica amoral del sistema, señalar las responsabilidades, invertir el orden de prioridades de nuestro sistema económico y corresponsabilizar a hombres y mujeres en todos los trabajos necesarios para la supervivencia.


BIBLIOGRAFÍA:
  • CARRASCO, C.; BORDERÍAS, C. Y TORNS, T. (2011): El trabajo de cuidados. Historia, teoría y políticas, Libros de la Catarata, Madrid.
  • ECOLOGISTAS EN ACCIÓN (2008): Tejer la vida en verde y violeta. Vínculos entre ecologismo y feminismo, Cuadernos de Ecologistas en Acción, nº 13.
  • MIES, M. Y SHIVA, V. (1993): Ecofeminismo, Icaria, Barcelona.
  • PULEO, A. (2011): Ecofeminismo para otro mundo posible, Cátedra, Madrid.
  • VÁZQUEZ GARCÍA, V. Y VELÁZQUEZ GUTIÉRREZ, M. (2004): Miradas al futuro. Hacia la construcción de sociedades sustentables con equidad de género, Universidad Nacional Autónoma de México.
  • WARREN, K. (2004): Filosofías ecofeministas, Icaria, Barcelona.
Pascual Rodríguez, Marta

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lunes, 20 de abril de 2020

“Si no paras de decir mentiras, el concepto de verdad simplemente desaparece”


Entrevista a Noam Chomsky, filósofo y lingüista

Fuentes: Democracy Now
Noam Chomsky nos atendió el miércoles 8 de abril desde su casa de Tucson (Arizona), donde se refugia con su esposa Valeria. Mantuvimos esta entrevista justo antes de que el senador Bernie Sanders anunciara la suspensión de su campaña para la candidatura del Partido Demócrata, lo que convertía al antiguo vicepresidente Joe Biden en el candidato al que se habrá de enfrentar Donald Trump en las elecciones de noviembre. Empecé preguntándole al profesor Chomsky acerca de lo que está ocurriendo ahora mismo en el contexto de las elecciones de 2020 y de lo que cree que va a ocurrir en noviembre.
Noam Chomsky: Si Trump resulta reelegido, el desastre es indescriptible. Significa que las políticas de estos últimos cuatro años, que han sido sumamente destructivas para la población estadounidense, para el mundo, se seguirán aplicando y probablemente se acelerarán. Lo que esto supondrá sólo para la salud es tremendamente grave. Ya mencioné los datos publicados por The Lancet. Irá a peor. Lo que supone para el medioambiente o la amenaza de una guerra nuclear, algo de lo que nadie habla, pero que es sumamente grave, es indescriptible.
Supongamos que Biden sale elegido. Diría que básicamente sería una continuación de Obama: nada espectacular, pero al menos no totalmente destructivo, y ofrecería oportunidades para que una sociedad organizada cambie lo que se está haciendo, ejerza presión.
Actualmente, con frecuencia se afirma que la campaña de Sanders ha sido un fracaso. Creo que es un error. Creo que ha sido un éxito extraordinario porque ha modificado por completo el escenario de debate y discusión. Cuestiones que eran inconcebibles hace un par de años ahora están en el foco de atención.
El peor delito que ha cometido, a ojos de las clases dirigentes, no es la política que propone, sino el hecho de que ha sido capaz de estimular movimientos populares que ya habían empezado a desarrollarse –Occupy, Black Lives Matter y muchos otros– y convertirlos en una corriente activista que no solo aparece cada dos años para presionar a un dirigente y se da media vuelta, sino que ejerce una presión constante, un activismo constante. Esto podría afectar a un gobierno de Biden. También significa, aunque solo se trate de una acción defensiva preventiva, que ha llegado el momento de lidiar con una crisis de gran magnitud.
Analicemos Medicare for All o la otra pieza principal del programa de Sanders, la educación universitaria gratuita. En todo el espectro de las corrientes ideológicas principales, incluso lo que llaman la izquierda dentro de dichas corrientes, las desaprueban porque las consideran demasiado radical para los estadounidenses. Pensemos en lo que esto significa. Es un ataque a la cultura y la sociedad estadounidenses, algo que se esperaría de un enemigo hostil. Esto significa que afirmar que deberíamos estar a la altura de países similares resulta demasiado radical. Todos tienen algún tipo de sistema nacional de salud, en la mayoría la educación superior es gratuita: los países con mejores resultados, como Finlandia, gratuita; Alemania, gratuita; nuestro vecino del sur, México, un país pobre, posee una educación superior de gran calidad, gratuita. Así que, para los estadounidenses, decir que deberíamos estar a la altura del resto del mundo se considera demasiado radical. Es un comentario asombroso. Como he dicho, es una crítica a Estados Unidos que se esperaría de un enemigo muy hostil.
Esta es la izquierda del espectro político. Lo cual indica que tenemos problemas sumamente graves. No es solo Trump. Él lo ha agravado todo aún más, pero los problemas son mucho más graves, como, por ejemplo, la catástrofe de los respiradores, que describí en su momento, basada en la lógica capitalista y con el mazazo extra de un gobierno ineficaz a la hora de lidiar con cualquier asunto. Esto va mucho más allá de Trump. Y tenemos que enfrentarnos a los hechos. Algunas personas lo hacen. Seguro que informaste –no lo recuerdo–,  probablemente informaste de que había que poner en marcha el Reloj del Apocalipsis en enero. ¿No?
Sí.
Fíjate en lo que ocurrió. Durante todo el mandato de Trump, el minutero del Reloj del Apocalipsis, el mejor indicador general de la situación del mundo, se acercó a la medianoche –el final–,  alcanzó el punto más alto de su historia. El pasado mes de enero, lo sobrepasó. Los analistas pasaron de los minutos a los segundos: cien segundos para alcanzar la medianoche, gracias a Donald Trump.
Y el Partido Republicano, que es monstruoso, ya no se puede calificar de partido político. Se limita a repetir, con vergüenza, todo lo que dice el amo. Carece absolutamente de integridad. Observarlo es increíble. Se ha rodeado de una colección de psicópatas que se limita a repetir con sumisión todo lo que dice. Un verdadero ataque a la democracia, junto con el ataque a la supervivencia de la humanidad… La guerra nuclear, aumentar la amenaza de una guerra nuclear, desmantelar el sistema de control de armas que, en cierto modo, nos ha protegido del desastre total… Observarlo es asombroso.
El mismo memorando que cité sobre el modo en que las políticas que estamos adoptando están arriesgando la supervivencia de la humanidad concluía argumentando que los bancos debían reducir su apoyo a los combustibles fósiles, en parte por las consecuencias para su reputación. La reputación de los bancos se está viendo perjudicada. ¿Y eso qué significa? Significa que los activistas los están presionando y tienen que conservar cierta reputación. Esa es una buena lección.
Y funciona. Hemos visto varios ejemplos muy llamativos. Por ejemplo, el Green New Deal. Hace un par de años era objeto de burla, si es que se llegaba a mencionar. Algún tipo de Green New Deal es esencial para la supervivencia de la humanidad. Ahora forma parte de todas las agendas. ¿A qué se debe? Al compromiso del activismo. Especialmente del Sunrise Movement, un grupo de jóvenes que llevaron a cabo acciones relevantes hasta el punto de llegar a los despachos del congreso. Recibieron el apoyo de Alexandria Ocasio-Cortez y otros jóvenes legisladores que llegaron a su cargo como parte de la oleada popular que se inspiró en Sanders: otro gran éxito. Ed Markey, senador por Massachusetts, se sumó a la causa. Ahora forma parte de la agenda legislativa. El siguiente paso es hacerlo viable para forzar su aprobación. Hay muy buenas ideas para lograrlo. Y esa es la forma de cambiar las cosas.
Si Biden alcanzara la presidencia, no sé si habría un gobierno absolutamente comprensivo, pero al menos sería abordable, se podría ejercer cierta presión. Y eso es muy importante. Si echamos un vistazo al estupendo historiador especializado en asuntos laborales –seguro que conoce a Erik Loomis, que ha estudiado los esfuerzos de la clase trabajadora para introducir cambios en la sociedad, en ocasiones en beneficio de los trabajadores, en ocasiones en beneficio de la sociedad en general–, presentó una idea muy interesante. Esos esfuerzos tenían éxito cuando había un gobierno tolerante o comprensivo, no cuando no lo había. Hay una gran diferencia –una de las muchas diferencias enormes entre Trump, el sociópata, y Biden, que es un poco vacuo– en poder presionar de un modo u otro. Es la elección más crucial de la historia de la humanidad, literalmente. Cuatro años más de Trump nos expondría a un grave problema. 
¿Cómo es posible que Estados Unidos, el país más rico del mundo, se haya convertido en el epicentro de la pandemia?
Los países han reaccionado de formas muy diversas, algunos con notable éxito, otros con más o menos éxito. Hay uno que ha tocado fondo. Nosotros. Estados Unidos es el único país importante que ni siquiera puede proporcionar datos a la Organización Mundial de la Salud porque es sumamente disfuncional.
Esto tiene un origen. Parte de dicho origen es un sistema sanitario vergonzoso, que sencillamente no está preparado para nada que se salga de lo normal. Simplemente no funciona. Esto se ha visto agravado por la presencia de una extraña colección de gánsteres de Washington que pareciera como si, de forma sistemática, hubieran adoptado todas las medidas posibles para hacerlo lo peor posible. Durante el mandato de Trump, estos últimos cuatro años, se han recortado sistemáticamente en todos los aspectos relacionados con la salud. El Pentágono progresa. La construcción de su muro progresa. Pero cualquier otra cosa –de hecho, cualquier cosa que pudiera beneficiar a la población en general– empeora, y en particular la sanidad.
Algunos casos son casi surrealistas. Por ejemplo, en octubre, en un momento tremendamente oportuno, [Trump] canceló por completo un proyecto de la agencia para el Desarrollo de EE. UU. –se llamaba Predict– que trabajaba con países del Tercer Mundo y también en China, para tratar de detectar virus nuevos que podían convertirse en la pandemia prevista. Y de hecho desde entonces se preveía –al menos a partir de la epidemia del SARS en 2003–. De modo que tenemos una combinación de factores, algunos de ellos específicos de Estados Unidos.
Si queremos asegurarnos, o al menos tener la esperanza, de poder evitar nuevas pandemias –que es muy probable que lleguen y más graves que esta, en parte debido a la enorme y creciente amenaza del calentamiento global– tenemos que estudiar el origen de esta. Y es muy importante analizarlo detenidamente. De modo que, si echamos la vista atrás, los científicos llevan años prediciendo pandemias. La epidemia del SARS fue bastante grave. Se logró contener, fue el comienzo del desarrollo de las vacunas, pero nunca llegaron a la fase de prueba. Entonces ya se sabía que iba a ocurrir algo más y hubo otras epidemias.
Pero no basta con saberlo. Alguien tiene que coger el testigo y entregarse a ello. ¿Y quién puede hacerlo? Lo lógico sería que fueran las empresas farmacéuticas, pero no están interesadas. Siguen la buena lógica capitalista: las señales del mercado indican que prepararse para una catástrofe anticipada y prevista no genera beneficios. De modo que no les interesaba.
En ese momento, otra posibilidad es que el gobierno tome cartas en el asunto. Tengo edad suficiente para recordar que se puso fin al horror de la polio gracias a un proyecto que puso en marcha y financió el gobierno y que derivó en la vacuna de Salk, que era gratis, carecía de derechos de propiedad intelectual. Jonas Salk dijo que debía ser libre como el viento. Muy bien, se logró acabar con el horror de la polio, el horror del sarampión y otros. Pero el gobierno no ha podido tomar cartas en este asunto a causa de otro aspecto particular de la época moderna: la plaga neoliberal. Recordemos la alegre sonrisa de Ronald Reagan y su frasecilla que afirmaba que el gobierno es el problema, no la solución. De modo que el gobierno no puede intervenir.
Se han hecho esfuerzos, no obstante, para intentar prepararse para esto. Ahora mismo en Nueva York y otros lugares, médicos y enfermeras se ven obligados a tomar decisiones angustiosas sobre a quién matar –una decisión nada agradable– simplemente porque no tienen suficiente equipamiento. Y el obstáculo principal es la falta de respiradores, una enorme escasez de respiradores. Ahora bien, el gobierno de Obama se esforzó en intentar prepararse para esto. Y esto revela, de forma radical, el tipo de factores que nos conducen a la catástrofe. Contrataron a una pequeña empresa que estaba fabricando respiradores de gran calidad a bajo coste. La empresa fue adquirida por una más grande, Covidien, que fabrica respiradores sofisticados y caros. Y dejaron de lado el proyecto. Presumiblemente no querían que compitieran con los suyos, más costosos. Poco después, comunicaron al gobierno que querían rescindir el contrato. La razón era que no era suficientemente rentable, por lo que no se hicieron más respiradores.
Lo mismo ocurre con los hospitales. Los hospitales, según los programas neoliberales, se supone que tienen que ser rentables, es decir, no pueden tener capacidad de más, solo el suficiente número de camas para arreglárselas. Y de hecho, mucha gente, yo incluido, puede testificar que incluso los mejores hospitales han causado gran dolor y sufrimiento a los  pacientes, ya antes de que estallara esta pandemia, debido a este concepto de eficiencia bajo mínimos que maneja nuestro sistema sanitario privatizado con ánimo de lucro. Cuando algo se sale de lo normal, mala suerte. Y así funciona todo el sistema.
De modo que tenemos una combinación de la lógica capitalista, que es letal pero controlable, pero que es incontrolable siguiendo los programas neoliberales, que además dictan que el gobierno no puede intervenir y coger el testigo cuando el sector privado no lo hace.
Para más inri –y esto atañe específicamente a Estados Unidos– tenemos un espectáculo circense en Washington, un gobierno totalmente disfuncional, que está causando graves problemas. Y no es que no se supiera nada. Durante todo el mandato de Trump, incluso antes, se sabía que se avecinaba una pandemia. Su reacción fue reducir su prevención. Sorprendentemente, esta actitud continuó incluso después de que se manifestara la pandemia.
De modo que, el 10 de febrero, cuando ya era grave, Trump publicó sus presupuestos para el próximo año. Échenle un vistazo. El presupuesto mantiene el recorte de fondos del Centro para el Control de Enfermedades y demás instituciones gubernamentales responsables de la salud, sigue recortándolas. Aumenta la financiación de algunas cosas, como la producción de combustibles fósiles, concede nuevas subvenciones a las industrias de combustibles fósiles. Es decir, es como si el país sencillamente estuviera… Mejor dicho, el país sencillamente está gobernado por sociópatas.
Y la consecuencia, por tanto, es que reducimos los esfuerzos para lidiar con la pandemia que está tomando forma y aumentamos los esfuerzos por destruir el medioambiente –los esfuerzos en los que Estados Unidos, bajo el mandato de Trump, va a la cabeza en la carrera hacia el abismo. Ahora bien, hay que tener en cuenta que eso –obviamente– es muchísimo más grave que la amenaza del coronavirus. Y es nocivo y grave, en particular en Estados Unidos, pero de algún modo nos recuperaremos, a un precio muy alto. No nos recuperaremos del derretimiento de las placas de hielo polar, que está derivando en un efecto retroactivo, bien conocido, que va en aumento: a medida que se derriten, disminuye la superficie reflectante y aumenta la absorción en los mares oscuros. El calentamiento que provoca el derretimiento aumenta. Y solo es uno de los factores que nos lleva a la destrucción, a menos que hagamos algo al respecto.
Y no es ningún secreto. Recientemente, por ejemplo, hace un par de semanas, se filtró algo muy interesante, un memorando de JPMorgan Chase, el banco más importante de Estados Unidos, que advertía de que, según sus propias palabras, “la supervivencia de la humanidad está en peligro si continuamos nuestro camino actual”, que incluía la financiación de las industrias de combustibles fósiles por parte del propio banco; es decir, estamos poniendo en peligro la supervivencia de la humanidad. Cualquiera que tenga los ojos abiertos en el gobierno de Trump es perfectamente consciente de ello. Es difícil encontrar palabras para calificarlo.
(…) Trump está desesperado por encontrar un chivo expiatorio al que culpar por sus espeluznantes errores e incompetencia. El más reciente es la Organización Mundial de la Salud, el ataque a China. El responsable siempre es otro.
Sin embargo, es sencillo, los hechos son muy claros. El pasado mes de diciembre China informó rápidamente a la Organización Mundial de la Salud de que se encontraban con pacientes con síntomas similares a la neumonía de etiología desconocida. No sabían qué era. Aproximadamente una semana después, el 7 de enero, comunicaron a la Organización Mundial de la Salud, la comunidad científica internacional, que los científicos chinos habían descubierto el origen: un coronavirus parecido al virus del SARS. Habían identificado la secuencia, el genoma. Estaban proporcionando la información al mundo.
Los servicios de inteligencia de Estados Unidos eran perfectamente conscientes de ello. Durante los meses de enero y febrero intentaron que alguien en la Casa Blanca prestara atención a la llegada de una grave pandemia. Sencillamente, nadie les escuchaba. Trump estaba fuera jugando al golf o tal vez escuchando o comprobando sus índices de audiencia en televisión. Ayer supimos que a finales de enero, un funcionario de alto nivel, muy cercano al gobierno, Peter Navarro, había enviado un mensaje muy contundente a la Casa Blanca afirmando que se trataba de un peligro real. Pero ni siquiera él tuvo éxito.
Noam, usted menciona a Peter Navarro, delegado de comercio, que envió un memorando –acaba de publicarse en The New York Times– a finales de enero advirtiendo de que con el coronavirus podían morir aproximadamente un millón de personas. Y la reacción de Trump en ese contexto fue prohibir los viajes desde China, no actuar en consecuencia, que era asegurarse de que Estados Unidos tenía los test adecuados y los EPIs, el equipo de protección individual, que los médicos, enfermeras, el personal de limpieza de los hospitales necesitaban para sobrevivir, tratar a los pacientes y ayudarles a ellos a sobrevivir. Y ha salido a la luz que las agencias de inteligencia, en ese momento, incluso antes que Navarro, estaban advirtiendo a Trump. Si pudiéramos retroceder a hace dos años, cuando disolvió la unidad para pandemias dentro del Consejo Nacional de Seguridad, pongamos cuando estaba en China departiendo acerca de gastar dinero en bombas o un muro, que le dijeran: “Señor, también tiene que fijarse en lo que está ocurriendo aquí”. Y esa unidad, la unidad para pandemias, no solo se ocupa de cómo procedemos en Estados Unidos, sino que también se asegura –tal y como hace el Centro de Control de Enfermedades (CDC) y otros organismos del gobierno de Estados Unidos– de enviar científicos a otros países, como China, para investigar y ayudar a otros países, porque cuando se trata de una pandemia tenemos que ir todos a una. De modo que, ¿podría hablarnos de estas advertencias y por qué los test y los equipos de protección individual son tan importantes?
Hay que recordar que esa actitud continuó incluso después de que la pandemia estuviera presente. Ahora bien, la propuesta presupuestaria es asombrosa. Se hace el 10 de febrero, con la pandemia muy avanzada. Trump recorta aún más los materiales gubernamentales relativos a la salud para seguir atacando. Estaban en el patíbulo, al igual que durante todo su mandato.
De hecho, las imágenes que has mostrado antes son parte de una estrategia muy inteligente. Independientemente de que sea algo planeado a conciencia o simplemente intuitivo, eso no lo sé. Pero seguir la pauta de hacer una afirmación, contradecirla mañana y salir con algo nuevo al día siguiente es realmente brillante. Significa que lo van a justificar. Pase lo que pase, lo habrá dicho. Si disparas flechas al azar, alguna dará en el blanco. Y la técnica que emplea con el altavoz de Fox y una base de admiradores que solo sintonizan la Fox, Limbaugh, etc., simplemente van a escoger lo que resultó ser cierto y dirán: “Miren a nuestro maravilloso presidente, el mejor presidente de la historia, nuestro salvador, lo supo desde el principio como muestran sus declaraciones”. No falla.
Se asemeja mucho a la técnica de fabricar mentiras constantemente. Ya sabemos cómo funcionan, no hace falta insistir en el tema. Los diligentes verificadores de informaciones llevan la cuenta. Creo que hasta ahora hay detectadas unas 20.000. Y mientras Trump se muere de la risa. Es perfecto. No paras de decir mentiras y lo que ocurre es que el concepto de verdad simplemente desaparece. 
En un fragmento del The Daily Show, de Trevor Noah, que se llama “Homenaje a los estúpidos heroescépticos de la pandemia del coronavirus”, aparecen varios miembros de los medios de comunicación de derechas, como Sean Hannity, Rush Limbaugh, Tomi Lahren y otros, así como congresistas republicanos y miembros del gobierno de Trump, minimizando o burlándose de la pandemia del coronavirus. Empieza el 24 de febrero y termina con Donald Trump el 17 de marzo y Hannity el 18 de marzo diciendo que ellos siempre se habían tomado la pandemia en serio.  De modo que, cuando usted escucha las noticias de Fox News –que no es un canal cualquiera, es la gente con la que se comunica el presidente Trump. Tal vez sean sus consejeros, porque continuamente le quitaron hierro a la situación–, ¿considera que el presidente Trump es responsable? ¿Diría que tiene las manos manchadas de sangre?
No hay duda. Trump hace una declaración disparatada. Después es amplificada por el altavoz de Fox News. Al día siguiente dice lo contrario. Se hacen eco; el altavoz lo amplifica. Hay que fijarse en el tono, el tono del reportaje es interesante. Es de una confianza absoluta, no lo que cualquier persona sensata y en su sano juicio diría: “No lo sabemos con certeza. Hay mucha incertidumbre. Hoy las cosas están así”. Nada por el estilo. Confianza absoluta. Independientemente de lo que nuestro querido líder diga, lo amplificamos. Y es un diálogo interesante. Amplifican lo que dice. Sean Hannity dice: “Es la mejor maniobra que se ha hecho en la historia universal”. Y a la mañana siguiente, Trump sintoniza Fox & Friends y escucha lo que se ha dicho. Se convierte en su reflexión del día. Es una interacción, Murdoch y Trump se preparan literalmente para intentar destrozar el país y destrozar el mundo, porque en el fondo, no debemos olvidarlo, hay una amenaza muchísimo mayor, que cada vez está más cerca, mientras Trump se abre camino hacia la destrucción.
Recibe ayuda. Así, en el hemisferio sur, bien abajo, hay otro loco, Jair Bolsonaro, que rivaliza con Trump para ver quién puede ser el peor criminal del planeta. Le está diciendo a los brasileños: “Esto no es nada. Solo es un resfriado. Los brasileños no contraemos virus. Somos inmunes”. Su ministro de Sanidad y otros funcionarios están intentando intervenir y decir: “Esto es muy serio”. Muchos gobernadores, afortunadamente, están ignorando lo que dice. Pero Brasil se enfrenta a una terrible crisis. De hecho ha llegado hasta el punto de que en las favelas, los barrios pobres de Río, donde el gobierno no hace nada por la gente, otros han intervenido para, en la medida de lo posible, imponer restricciones sensatas bajo esas miserables condiciones. ¿Quién? Las bandas criminales. Las bandas criminales que torturan a la población han intervenido para intentar imponer normas sanitarias. La población indígena se enfrenta prácticamente a un genocidio, lo cual no le importaría a Bolsonaro porque, en cualquier caso, cree que no deberían estar allí. Entretanto, mientras todo esto ocurre, se publican artículos científicos advirtiendo de que en 15 años el Amazonas pasará de ser un sumidero neto de carbono a un emisor neto de CO2. Algo devastador para Brasil –de hecho, para el mundo entero.
De modo que tenemos al llamado Coloso del Norte en manos de unos sociópatas, que están haciendo todo lo que pueden para perjudicar al país y al mundo. Y al llamado Coloso del Sur que, a su manera, está haciendo lo mismo. Sigo la situación de cerca porque mi esposa Valeria es brasileña y me mantiene al día con las noticias que están apareciendo en Brasil. Y, sencillamente, es asombroso.
Sin embargo, mientras tanto, hay países que están reaccionando con sensatez. De modo que, en cuanto empezaron a llegar las noticias de China –y hubo muchas enseguida, al contrario de lo que se está diciendo– los países de la periferia de China empezaron a reaccionar –Taiwán, Corea del Sur, Singapur–  de una manera bastante efectiva. Algunos de ellos lo tienen básicamente bajo control. Nueva Zelanda aparentemente ha contenido el coronavirus, tal vez casi por completo, con un confinamiento inmediato durante un par de semanas, y parece que está a punto de eliminarlo. En Europa, la mayor parte de los países vacilaron, pero algunos, los mejor organizados, actuaron enseguida. Es muy llamativo. Sería muy útil para los estadounidenses que compararan los desvaríos de Trump con las informaciones y declaraciones sobrias y objetivas de la canciller alemana Angela Merkel dirigidas a la población alemana, describiendo exactamente lo que está ocurriendo y lo que hay que hacer.
Quería preguntarte, mientras conversas con nosotros desde tu casa de Tucson, Arizona, donde estás confinado porque estamos en medio de esta pandemia para evitar la propagación y para protegerte a ti mismo y a tu familia: ¿Qué te da esperanza?
He de decir que sigo un régimen estricto porque mi esposa Valeria está al mando y yo sigo sus órdenes. De modo que Valeria y yo estamos aislados.
Pero lo que me da esperanza son las iniciativas que están adoptando sectores populares por todo el mundo, muchos de ellos. Algunas cosas que están pasando son verdaderamente motivadoras. Por ejemplo los médicos y enfermeros que están trabajando sin descanso bajo unas condiciones sumamente peligrosas, carentes –especialmente en Estados Unidos– del mínimo apoyo, viéndose obligados a tomar unas decisiones angustiosas sobre a quién matar mañana. Pero lo están haciendo. Se trata de un tributo ejemplar a los recursos del espíritu humano, un modelo de lo que se puede hacer, junto con los movimientos populares, los pasos para crear una Internacional Progresista. Son señales muy positivas.
Sin embargo, si nos remontamos a la historia reciente, ha habido épocas en que la situación parecía verdaderamente imposible y desesperada. Pienso en mi infancia, a finales de la década de 1930 y comienzo de la de 1940. Parecía que el ascenso del azote nazi era inexorable, victoria tras victoria. Parecía que era imparable. Fue la invención más espeluznante de la historia de la humanidad. Resulta que –entonces yo lo desconocía– los estrategas de EE. UU. esperaban que durante la posguerra el mundo se dividiera entre un mundo controlado por EE. UU. y otro controlado por Alemania, incluida toda Eurasia: una idea horripilante. Y se superó. Ha habido otros movimientos en defensa de los derechos civiles: el joven movimiento Freedom Riders que se manifestó en Alabama para animar a los granjeros negros a que fueran a votar, a pesar de la grave amenaza de muerte que se cernía sobre ellos y sobre los propios manifestantes. Son algunos ejemplos de lo que los humanos son capaces de hacer y han hecho. Y hoy en día vemos muchas señales: esa es la base de la esperanza.
Traducción de Paloma Farré.




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