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viernes, 4 de abril de 2025

Las condiciones materiales que perpetúan la dominación sobre la mujer





¿Por qué la dominación sobre las mujeres sigue vigente a pesar de tantos cambios históricos? ¿Qué condiciones se resisten a transformarse, para así posibilitar nuestra emancipación? ¿Cómo el capitalismo consigue adaptar las relaciones de dominación anteriores para favorecer su ciclo de acumulación? ¿Qué podríamos hacer para derribar esas condiciones?

Es fundamental debatir sobre todas estas preguntas ya que la explotación, opresión y violencia contra las mujeres no son problemas nuevos, sino penosas continuidades ancladas al pasado. El que antes no existieran registros y estadísticas adecuadas, no esconde una realidad que era descarnadamente visible -y audible- en todos y cada uno de los barrios y veredas de Colombia. El menosprecio, los insultos y los malos tratos contra las esposas eran el pan de cada día en buena parte de los hogares del campo y la ciudad. Es, por tanto, una lacra que viene de muy lejos en el tiempo. No arranca con el imperialismo y sus influencias culturales, aunque a través de algunas de ellas se muestre de la forma más grosera. Tampoco comienza con el capitalismo, aunque se aproveche de las estructuras de dominación anteriores, configurándolas a su favor e intensificándolas en los aspectos que le interesa. Ni tan siquiera empieza con el sistema colonial, absolutamente machista y opresor.

La dominación sobre las mujeres es muy anterior a estas épocas históricas. En muchas sociedades anteriores al neolítico, donde incluso la propiedad era todavía comunal, existían ya formas de dominación masculina para controlar el papel de las mujeres en la reproducción de la comunidad. Por tanto hay que prevenir la tentación de buscar salidas hacia atrás, que además de ilusas son irremediablemente conservadoras y contrarrevolucionarias. En realidad, como pasa con el resto de las relaciones de dominación y explotación, su superación sólo se puede acometer enfilando camino hacia adelante, hacia una sociedad que acabe con todas las formas de explotación, opresión y discriminación.

Y es que la tarea política de la emancipación femenina -que va de la mano de la emancipación proletaria- no permite idealizar el pasado, ni naturalizar las viejas costumbres, si no que implica actuar con audacia y resolución, siguiendo la máxima de “Para atrás, ni para coger impulso”. Al fin y al cabo en eso consisten los proyectos revolucionarios, en transformar radicalmente el presente y el pasado para construir un futuro basado en relaciones libres e igualitarias que rompan el calabozo de las tradiciones milenarias, las ideas conservadoras y las prácticas añejas. Como dijo Marx al inicio del Dieciocho de Brumario, la tradición de todas las generaciones muertas pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos, y podemos afirmar sin temor a equivocarnos que esas tradiciones pesan doblemente sobre el cerebro y la espalda de las mujeres.

Pero, además de las condiciones que tradicionalmente habían apuntalado la opresión de la mujer y que siguen recargándose sobre nuestros hombros, con el desarrollo del capitalismo surgieron otras prácticas y medidas legales que buscaban mantener y redireccionar las relaciones patriarcales en su provecho. Estos determinantes de subordinación de las mujeres se afianzaron durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX, cuando las mujeres fueron apartadas de la producción mercantil o relegadas en ella a un papel marginal, circunstancial e infravalorado.1 A la vez, se construyó un entramado social que volvió a encerrarlas parcialmente en el hogar, condenándolas al trabajo de la reproducción y cuidado del conjunto de la unidad familiar, trabajo que además de no remunerado, tampoco es reconocido socialmente. Este papel devaluado de la mujer le vino muy bien al capital, ya que a través del trabajo gratuito de la mujer en el hogar pudo comprar la fuerza de trabajo por debajo de su costo social de reproducción. Adicionalmente el capital usaba la fuerza de trabajo femenina como ejercito de reserva “basculante”, favoreciendo o dificultando su entrada al mercado laboral a través de diversas legislaciones, pero siempre manteniéndola como fuerza de trabajo de segunda categoría2. Al etiquetarlo como de segunda, los capitalistas pasaron a pagar un precio menor por el mismo trabajo, de tal forma que esa segregación laboral se convirtió además en una fuente de salvajes sobre-beneficios para los capitalistas.

Convertidas en una subclase dentro de la clase proletaria, utilizadas por el capital para abaratar la fuerza de trabajo y reducidas a ser un “cómodo” colchón con el que amortiguar los efectos más conflictivos de sus crisis periódicas, las mujeres no sólo quedaban bajo las sujeción y dominación del sistema capitalista de forma más precaria y deprimida, si no que además quedaban sometidas a la brutalidad y al menosprecio de las relaciones patriarcales dentro de la familia. Estas relaciones autoritarias y machistas dentro del hogar afianzan la devaluación y resometimiento histórico de la mujer a partir de una relación de complicidad entre el capital y los jefes varones de la familia. El capital convirtió entonces al proletario explotado, humillado y enajenado en la fábrica, en el “dueño y señor” de su casa y de su familia, consiguiendo que ese espacio social funcionara como válvula de drenaje para la frustración y la rabia del hombre proletario, transformándose en una especie de aliviadero doméstico de las contradicciones del capital.

Para las mujeres proletarias la situación era distinta, ya que fueron y siguen siendo explotadas y humilladas tanto en el lugar de trabajo como en el hogar, sin contar con ningún espacio en el que se compensasen sus sufrimientos. Al no tener ese espacio social donde resarcirse -ni individual, ni colectivamente-, se les impuso la idea de que su realización iba mediada por el matrimonio, la familia y el hogar. Es decir, se fechitizaron las mismas circunstancias que coartaban su emancipación.

Es claro que la configuración de las unidades familiares ha ido cambiando y con ello, en cierta medida, la forma en que se reproduce la sociedad y la clase proletaria. Las mujeres ahora tienen mayor posibilidad de inserción en la educación superior y en el mercado laboral. Además, las unidades familiares tienen menos hijos o deciden no tener ninguno, mientras que van aumentando y sucediéndose las uniones consensuales y las rupturas conyugales, en tanto los matrimonios ya no son “hasta que la muerte nos separe”- aunque muchos bestias feminicidas sigan pensado que sí-.

Sin embargo, estas circunstancias no han modificado mucho la situación de opresión de la mujer, sobretodo en los hogares proletarios más pobres. La mayor facilidad de disolución de los lazos conyugales -que debería haber contribuido a un gran avance en la emancipación femenina- se ha transformado en un incremento de la sobreexplotación que sufren las mujeres, ya que los padres en buena medida se lavan las manos respecto a la manutención y cuidado de los hijos, al igual que el Estado, que no implementa medidas suficientes de servicios sociales y de cuidado para garantizar la responsabilidad social en la crianza y educación de los niños y niñas. Según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida (ECV) 20233, el 64% de los menores de 5 años no asisten a espacios colectivos de cuidado como hogares comunitarios, jardines o colegios, si no que pasan la mayor parte de su tiempo al cuidado de su madre, abuela u otra familiar cercana. Las mujeres cabeza de familia- madres solteras, separadas o viudas- que ya alcanzan el 45,4%4 del total de hogares de Colombia, viven la carga familiar de manera más angustiante, viéndose abocadas a vender su fuerza de trabajo en las condiciones más precarias, a gastar un porcentaje importante de su salario en guarderías y servicios para complementar el cuidado y a no disponer de tiempo de ocio para ellas mismas. El 69% de estas mujeres cabeza de familia no tienen cónyuge o pareja y para el 31% que sí la tienen, suele suceder que su la “jefatura de hogar” se traduce en que “los hijos son tuyos y tuya es la responsabilidad de cuidarlos”.

Por tanto, a pesar de que el avance en algunas condiciones materiales deberían garantizar unas mejores condiciones de vida para las mujeres, vemos como esta mejoría no llega a todos los sectores. Las mujeres proletarias, a pesar de los cambios formales en la configuración de las unidades familiares siguen soportando la mayor parte de la carga, y sobretodo la más ingrata, de la reproducción de la clase proletaria.

Por estas razones, entre otras, las proletarias son protagonistas indispensables en el proyecto de superación del capitalismo, o sea en la construcción de una sociedad socialista. No por esos cuentos maternalistas y conservadores de una presunta superioridad natural o biológica de las mujeres, ni porque el supuesto “don” de dar vida o el papel de cuidadoras -impuesto históricamente- les hagan moralmente mejores. Lo que las convierte en un motor fundamental de transformación es el peso de unas condiciones materiales que perpetúan una opresión y explotación que es aún más cruenta y déspota contra las mujeres que contra el resto del proletariado. Esas circunstancias alientan a tensar los límites del capital, luchando por la transformación radical en la conformación y funciones de las unidades domésticas (familias), elemento clave para la reproducción de la propiedad privada, el mercado, la lógica de acumulación de capital y nuestras propias cadenas. Y ese impulso es mucho mayor en las mujeres proletarias que en los proletarios, ya que éstos tienden a acomodarse disfrutando de las ventajas que les otorga esa institución, sin reparar en el yugo colectivo que supone y retrasando así la emancipación colectiva del proletariado.

El papel de la “Sagrada Familia” y su entramado patriarcal en el sostenimiento del capitalismo

Para enfocar bien una lucha que apunte tanto a la superación de las relaciones patriarcales, como al debilitamiento de las bases de reproducción del capital, debemos entender en qué se basan esas condiciones que marcan el carácter diferencial y acrecentado de la opresión y explotación de las mujeres.

Estas circunstancias gravitan en torno al papel histórico asignado a la mujer en la reproducción social y física de la fuerza de trabajo y concretado en la institución familiar. Este papel a medida que se desarrolla el capitalismo, afianza e institucionaliza una división dentro de la esfera de la producción social, que se caracterizará en ir separando cada vez más: a) la esfera de la producción mercantil, que se considerará “producción social” y que se lleva a cabo en los espacios de trabajo asalariados; y b) la esfera de la reproducción de la fuerza de trabajo, que se considerará producción privada para uso doméstico y que se lleva a cabo en el hogar.

Esa escisión entre producción y consumo se mantiene a pesar de que cambien las conformación y tipología de las unidades familiares y refleja el doble carácter esclavizante del capitalismo, donde la clase proletaria está obligada a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario y después es nuevamente obligada a comprar, con ese mismo salario, los bienes que ella misma ha producido, es decir, los frutos generados por la utilización de su fuerza de trabajo. El capitalismo precisa que ese ciclo se repita de forma continuada. Es decir, que constantemente se reproduzcan esas unidades familiares necesitadas de acudir diariamente al mercado laboral para recibir un salario por producir mercancías, parte de las cuales tendrán que comprar ellas mismas, ya que funcionan como medios de consumo con los cuales se regenera la fuerza de trabajo. Así se segmenta la vida misma de los proletarios y proletarias y se garantiza la realización de la ganancia capitalista, que no es otra cosa que la apropiación del plusvalor que produce la clase proletaria (o el excedente social si hablamos para el conjunto de la sociedad). Esto lo reconoce de alguna forma el Observatorio de familia del DNP, en su Boletín n.º 17 cuando afirma que “las familias están en el centro de la reproducción y transmisión intergeneracional de la desigualdad»5 , es decir y para matizarlo mejor, están en el centro de la reproducción y transmisión intergeneracional de las condiciones de sostenimiento del capitalismo, que es el que genera y perpetua la desigualdad social.

Cuando examinamos la unidad familiar desde el mercado de bienes y servicios, el lugar del trabajo remunerado o extradoméstico es el espacio relacionado con la producción de mercancías, mientras que el espacio doméstico está relacionado con el consumo. Sin embargo, cuando analizamos el mercado laboral y la mercancía “fuerza de trabajo” nos damos cuenta que ésta se produce y reproduce en una buena medida dentro de la esfera doméstica, pero se consume en la esfera de la producción mercantil. En consecuencia, la unidad familiar tal como existe en la actualidad sirve de mediación y anclaje entre el mercado de la fuerza de trabajo y el mercado de bienes de consumo, y lo hace a través de trabajo doméstico y del salario.

En esa división, entre la esfera de la producción mercantil y la esfera de la reproducción de la fuerza de trabajo en unidades privadas individuales (familias), intervienen y se afianzan muchas relaciones sociales esenciales para el sistema capitalista, como la propiedad privada y su transmisión, la relación salarial, el mercado y su papel de mediación entre la dos esferas, la explotación capitalista directa y la explotación indirecta a través de la succión de trabajo gratuito en el hogar, o a través de los arrendamientos y de los préstamos hipotecarios, entre otras.

Pero además, cuanto más se refuerza el carácter individual de esas unidades, más se dificulta la construcción de una organización proletaria fuerte y solidaria. En la política, el proletariado puede avanzar hacia la construcción de organizaciones políticas fuertes. En la economía, el propio desarrollo del capitalismo le hace avanzar hacia la socialización de los procesos productivos y permite a los trabajadores y trabajadoras agruparse en sindicatos para defenderse mejor de las arremetidas del capital. En contraste, en la vida familiar, el proletariado se encuentra dividido en millones de células aisladas, protegidas por muros mucho más sofocantes de lo que aparentan, recintos cerrados donde no entran las decisiones colectivas, ni la solidaridad. El hogar es el espacio de lo privado por excelencia, por eso al capitalismo le interesa revestir a la familia con el manto de lo sagrado, natural e intemporal, ya que las unidades familiares privadas son la materialización de la fragmentación de la clase proletaria y el estandarte del mantenimiento de la propiedad privada.

Las unidades familiares son además el espacio donde, casi sin reflexionar, el proletariado defiende la propiedad privada y la herencia; la jerarquía y el autoritarismo; la obediencia y sumisión; las dependencias y subordinaciones económicas; así como, los valores morales burgueses y la diferenciación social como elemento de antisolidaridad proletaria. Es decir, dentro de las unidades familiares, además de la comida, se cocina una parte importante de las condiciones de reproducción del capital. Y esto sucede porque las unidades familiares, en su anquilosamiento costumbrista de siglos o milenios y en su papel de transmisión generacional de los valores pasados, son el espacio donde lo seres humanos en mayor medida somos el producto y no los y las creadoras de nuestras condiciones de vida.

Además son uno de los espacios donde más se reproduce y normaliza la violencia. Recordemos que la mayoría de los asesinatos, violaciones y malos tratos contra las mujeres se llevan a cabo dentro del hogar, así como los abusos sexuales y la violencia física y sicológica contra niños, niñas y adolescentes. Adicionalmente, la familia es el primer y más importante espacio de adiestramiento en la aceptación de la jerarquía y la verticalidad, donde se normaliza como en ningún otro espacio, que el mantenimiento y respeto a la autoridad justifica el uso de sanciones, castigos e incluso de la fuerza.

Por todas estas razones es que las unidades familiares domésticas son tan fundamentales para la realización y reproducción del ciclo del capital, y de ahí la importancia de luchar en pro de la superación de ese espacio.

Este reto lo podemos identificar desde los primeros socialistas que identificaron claramente la relación entre la dominación de la mujer y el sostenimiento del sistema capitalista; y también en consecuencia entre la liberación de la mujer y la construcción del socialismo. En “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, Engels no trata este asunto como “un problema ético de inclusión”, como parecen comprenderlo algunos ahora, sino en su relación directa con las bases constitutivas del capitalismo. Es decir, en su relación con el mantenimiento de la propiedad privada, de las clases sociales, del fetichismo de la libertad individual y de la contradicción “producción social vs. consumo privado”, que sustenta el régimen del trabajo asalariado y, por tanto, la reproducción del capital, como acabamos de explicar.

Ya en 1921 Lenin afincó la idea de que bajo el capitalismo las mujeres son doblemente explotadas y oprimidas. “Las mujeres son explotadas por el capital de forma más acentuada, son oprimidas por unas leyes que les niegan la igualdad formal con el hombre, pero sobretodo se les mantiene en la «esclavitud casera», son «esclavas del hogar», viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más dura y más embrutecedora: la de la cocina y, en general, la de la economía doméstica familiar individual…. El tránsito es difícil, pues se trata de transformar las normas» más arraigadas, rutinarias, rudas y osificadas (a decir verdad, no son “normas” si no bochorno y salvajismo).”

La revolución soviética inmediatamente proclamó leyes en pro de la igualdad entre hombres y mujeres, que ningún otro país había promulgado antes. Además dio pasos cardinales al abolir la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas o al ser el primer país en reducir la jornada laboral a ocho horas diarias. “Ocho horas de trabajo, ocho horas de sueño, ocho horas de tiempo libre” era la vieja consigna del movimiento obrero. ¿Pero cómo ese logro iba a beneficiar a las mujeres si en sus ocho horas de tiempo libre tenían que dedicarse a las tareas del hogar? Sin duda para avanzar en el camino de la emancipación completa y efectiva de la mujer, para su liberación de la «esclavitud casera», se debía pasar de la pequeña economía doméstica individual a la economía grande y socializada. Lo que Lenin defiende en ese discurso no es sólo la incorporación de las mujeres a las fábricas, si no además la transformación de las unidades domésticas en economía socializada, lo que se conoce como “socialización del trabajo doméstico”.

Lenin identificara claramente el papel de la mujer en la familia como una traba fundamental en la superación del capitalismo y en el logro de la emancipación. “La mujer continúa siendo el esclavo doméstico a pesar de todas las leyes liberadoras, puesto que la pequeña economía doméstica la oprime, la ahoga, la embrutece, la humilla, atándola a la cocina, a la habitación de los niños, obligándola a gastar sus fuerzas en tareas terriblemente improductivas, mezquinas, irritantes, alelantes, deprimentes. La verdadera liberación de la mujer, el verdadero comunismo comenzará allí y cuando comience la lucha de masas (dirigida por el proletariado que posee el poder) contra esta pequeña economía doméstica o, más exactamente, durante su transformación masiva en gran economía socialista.”

Socialización del trabajo doméstico y generalización de los medios de consumo colectivos6

Socializar el trabajo doméstico significa en primer lugar “sacarlo de la casa”, del ámbito privado y recluido donde se lleva a cabo. Implica, por tanto, realizarlo en colectivo, convertirlo en industria social7 . Ese paso inicial es fundamental para romper con el aislamiento social de las mujeres que realizan día tras día, año tras año, el mismo trabajo simple, alienante e intrascendente, encerradas entre cuatro paredes. 8

La condición más subyugadora y opresiva del trabajo doméstico privado no es su falta de retribución, si no que se realiza en condiciones de aislamiento y que impide la interacción social directa. Mas que una cárcel, es una celda de aislamiento donde están condenadas a hacer diariamente un trabajo ingrato que no termina y que no es valorado socialmente. Es como si se repitiera el mito griego de las “Danaides”9, en el que cincuenta hermanas defienden el derecho a disponer de su vida, su sexualidad y su propio cuerpo, resistiéndose con todas sus fuerzas a la esclavitud del matrimonio; motivo por el que son condenadas en el Inframundo a llenar día tras día, eternamente, un tonel sin fondo con agua, usando jarras agujereadas. De la misma forma es que el trabajo doméstico sabotea el potencial creador, productivo y revolucionario de las mujeres.

Socializarlo significa que esas mismas actividades que cada día se realizan de forma individual, aislada, sin medios técnicos y que suponen sobrejornadas excesivas que consumen nuestra energía y vida, sean asumidas por el conjunto de la sociedad, de forma racional, tecnificada y planificada. Supone convertir el trabajo aislado, que se realiza de forma servil y arcaica, en industrias públicas (o público-cooperativas) que incorporen todos los avances técnicos-científicos y que pueden suponer interesantes experiencias de aprendizaje colectivo de planificación. Según el DANE las mujeres dedican 50.4 horas semanales al cuidado no remunerado, lo que supone más horas que la jornada laboral semanal misma. Por tanto, al socializar el trabajo doméstico se podría ahorrar más del 30% del tiempo social de trabajo de toda la sociedad para usarlo en mejorar el sector de la educación, la cultura, la salud, la producción agrícola, la industria, etc. mejorando enormemente la productividad social, y así generando condiciones reales para incrementar el tiempo lúdico-creativo.

La socialización del trabajo doméstico se puede plasmar de muchas formas: a través de lavanderías, restaurantes, fábricas de comida procesada, guarderías con instalaciones modernas y bien acondicionadas, ludotecas, sistemas de transporte escolar y extraescolar, gimnasios, espacios de cuidado y recreación para las personas mayores, entre otras muchas.

Es cierto que estos espacios ya existen dentro del capitalismo, pero una parte importante funcionan dentro de la esfera mercantil privada, por lo que en ellos prima el lucro y muchas veces la especulación. Por esta razón, los sectores sociales que más los necesitan no pueden utilizarlos porque son muy costosos o porque no hay suficiente y adecuada oferta pública.

Por ejemplo, la cobertura en Centros Día y teleasistencia para adultos mayores sólo llega al 8% y está concentrado en las ciudades10, mientras que el 80% del cuidado sigue siendo informal (familias, principalmente mujeres) (ENUT 2022). Por otra parte, según el DANE las guarderías públicas solo cubren 1.2 millones de niños, dejando por fuera al 60% de hogares de estratos 1-2 que demanda estos servicios11. En las ciudades grandes y los centros rurales la situación es peor. Según Informe de Cobertura Educativa 2023 de la Secretaría de Educación de Bogotá «En 2023, se disponía de 12,000 cupos en guarderías públicas (jardines infantiles oficiales y hogares comunitarios), frente a una demanda estimada de 150,000 niños en edad de 0 a 5 años no cubiertos por el ICBF o colegios privados». Por otro lado, la oferta de preescolares públicos es mayor, pero pocos tienen horario extendido, ofreciendo la mayoría atención en jornada única de 5 horas en la mañana o en la tarde, lo que difícilmente se adapta a las necesidades de las madres. En el resto de actividades como restaurantes, lavanderías, gimnasios o ludotecas la oferta pública es casi inexistente.

Por eso es fundamental que en el conjunto de las reivindicaciones de los movimientos sociales se incluya la exigencia de que estos servicios públicos se masifiquen, incrementen sus coberturas y horarios y sean de carácter publico y gratuito, además de ofrecer salarios dignos y plenas garantías laborales y de derechos sociales a quienes trabajen en ellos. Es importante constatar y continuar denunciando que una parte importante de la oferta de servicios públicos de cuidado se basan en la sobreexplotación, tercerización y desconocimiento de derechos de las personas que laboran en ellos.12 Igualmente, en el caso de los Hogares comunitarios por ejemplo, se sigue reproduciendo la forma de trabajo individual, aislada, sin medios técnicos y con sobrejornadas excesivas, sólo que con un salario que para colmo está en lo más bajo de la escala salarial13.

La verdadera socialización del trabajo domestico debe hacer parte de una política más general de incremento de los medios de consumo colectivos. Es decir, la socialización del trabajo doméstico y de las unidades familiares está inscrito dentro de la tarea de generalizar la socialización de los medios consumo colectivos. Es decir, que no estén mediados por el intercambio mercantil, si no que tenga carácter público y gratuito. Y aquí hay que recordar que el que los Bienes de Consumo Colectivo sean de prestación gratuita no significa que sean un regalo -ya que todos los bienes y servicios son producto del trabajo colectivo de la clase proletaria- si no que su disfrute no está mediado por el intercambio mercantil.

De esta manera, no sólo se avanzaría en romper las cadenas de dominación económica que aún pesan sobre las mujeres, sino también en atenuar la dependencia de las comunidades proletarias de los circuitos mercantiles del capital privado. Además, se limitarían las desigualdades económicas y sociales, con lo que aumentarían las condiciones para la solidaridad intraclasista y el fortalecimiento de las organizaciones proletarias. Pero, lo más importante es que con estas propuestas se contribuye a combatir un eslabón fundamental del ciclo autoreproductivo del capital, ya que se batalla contra la fragmentación de la esfera de la producción y la esfera del consumo, a través de la cual los capitalistas mantienen al proletariado dependiente de la relación salarial y del mercado.

Por tanto, igual que debemos recordar que un feminismo que no enfrente la explotación del proletariado y luche contra el capital, nunca será una verdadera lucha por la emancipación; también debemos recordar que ningún proyecto proletario podrá superar el capitalismo si subordina o posterga la lucha por la emancipación de la mujer, ya que esa lucha es una transformación proletaria fundamental en sí misma.

Susana Gómez Ruiz, Centro de Pensamiento y Teoría Crítica PRAXIS

Notas:

1El Código Napoleónico en Francia (1804) estableció que las mujeres casadas debían obediencia a sus maridos y limitaba su autonomía legal, incluyendo la capacidad para trabajar sin autorización marital. Este modelo se extendió después al resto de Europa donde las mujeres casadas tendrían restricciones legales para firmar contratos laborales o administrar propiedades sin permiso del esposo. Estas legislaciones restrictivas empeorarían con el auge del fascismo y con las políticas pronatalistas que se impondrían después de las dos guerras mundiales.


2https://www.centropraxis.co/post/la-emancipacion-de-las-proletarias-es-tambien-la-lucha-de-la-clase-proletaria

3(https://www.dane.gov.co/files/operaciones/ECV/bol-ECV-2023.pdf)

4Boletin ECV 2023, DANE.

5DNP, Observatorio de familia. Boletín n.º 17. Familias y matriz de la desigualdad social en Colombia. Pág 4 (https://observatoriodefamilia.dnp.gov.co/Documents/Boletines/Boletin%2017.pdf)

6Se utiliza el término Medios de Consumo Colectivo para referirse no sólo a los bienes, servicios y actividades que intervienen en la reproducción de los seres humanos, si no a los espacios y relaciones sociales a través de las que se lleva a cabo. Así, no sólo incluye los Bienes de Uso Colectivo actuales como servicios públicos, educación, salud,etc. si no todas las actividades de consumo y reposición de la vida que hoy aún se realizan de forma privada y fragmentada.

7https://www.aporrea.org/endogeno/a139570.html

8Susana Gómez, “La socialización del trabajo doméstico y la generalización de los medios de consumo colectivos como estrategias para eliminar el patriarcado y construir el modo de vida socialista”, El Papel de la Comuna en el proceso de emancipación, pp.10-30, 2011, Ediciones Insumisas.

9La obra del dramaturgo griego Esquilo escrita hacía el 500 a. C. con título “Las Suplicantes” es una corta e interesante obra de teatro que además de relatar el mito de las Danaides y su lucha por “la causa de las mujeres”, defiende el poder político de la Asamblea Popular por encima del rey y de los gobernantes.

10DNP. Documento CONPES 4080 de 2022: Política Pública Nacional de Equidad de Género para las Mujeres. Capítulo 4, página 67.

11 DANE. Encuesta Nacional de Calidad de Vida (ENCV 2022): «El 40% de los hogares con niños menores de 5 años en estratos 1-2 acceden a guarderías públicas, frente a una demanda potencial del 100%».

12https://www.observatoriosocioterritorial.org/post/bolet%C3%ADn-no-5-conflictos-sobre-el-trabajo-y-la-gestio-n-popular-del-territorio-en-bogota-sabana

13Susana Gómez, «No me llames madre en mi horario de trabajo” , Correo del Orinoco, 20 de enero de 2015, p.22 (https://www.noticiasdiarias.informe25.com/2015/01/opinion-no-me-llamen-madre-en-mi.html)






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lunes, 14 de junio de 2021

Violencias machistas: A las que se quedan



Lees en las noticias que alguien, un hombre cualquiera, una tarde cualquiera, le dice a una mujer, a una madre: “No las vas a volver a ver en tu vida”. Y el aullido hace eco en ti. Hay un temblor universal que te sacude, una porción de vértigo que te hermana con la mujer que oyó esas palabras.


Todo pasa en un día cualquiera. Una tarde cualquiera caminábamos por el barrio y, como si de cualquier cosa hablara, mi hija mayor interrumpió uno de sus momentos de silenciosa abstracción con una pregunta a bocajarro. “Y si ya no estuviésemos, ¿qué pasaría?”. No era la primera vez que se interrogaba sobre el no estar, ya hace unos años me comunicó su envidia hacia los árboles longevos que la sobrevivirían a ella y a sus abuelos, a su mejor amiga, y a todo el barrio. En otra ocasión, aún a más tierna edad, me transmitió su sufrimiento ante la perspectiva de que nos tocara extinguirnos como a los dinosaurios.

“Mi hermana y yo, qué pasaría si ya no estuviésemos”, esta vez su pregunta era más concreta y terrible que todas las extinciones. “Pues la verdad”, le dije con la sinceridad de una tarde cualquiera, “lo he pensado, yo creo que si os fuerais yo me iría”. Sin hacer ruido, sin enfado con la vida, agradeciendo el camino previo a su existencia, agradeciendo la vida compartida con ellas, pero eligiendo no vivir en el desgarro. 

Yo no glorifico la maternidad, no creo que la vida sea mejor o peor teniendo hijos, por eso cuando me preguntaban amigas que ponderaban la pertinencia o no de traer gente al mundo, lo que me salía pensar, aunque menos veces decir, era: la maternidad es conocer una nueva dimensión del miedo. Un miedo indescriptible, cuchillas afiladas que penden sobre los órganos vitales, a las que a veces bastan unos minutos de buscar a un pequeño extraviado en un parque, unas horas sin localizar al teléfono a esos familiares o amigos que se los llevaron de viaje, una noche en cuidados intensivos, un mal diagnóstico, para empezar a seccionarte por dentro. El miedo a la pérdida, un aullido primitivo, un vértigo ancestral difícil de traducir.

Y entonces lees en las noticias que alguien, un hombre cualquiera, una tarde cualquiera, le dice a una mujer, a una madre: “No las vas a volver a ver en tu vida”. Y el aullido hace eco en ti, y aunque solo sea un eco lejano, una resonancia vana lejos del epicentro del dolor, hay un temblor universal que te sacude, una porción de vértigo que te hermana con la mujer que se oyó decir esas palabras, y la imaginas deconstruyendo la historia, el desamparo ante sus denuncias, las cosas que él dijo y cómo, si pudo hace algo o no, cómo fue aquella tarde cualquiera. Y ves las fotos de las niñas en los medios, y esa pulsión te agarra, el aullido te abraza y rebañas esperanzas contra toda lógica, hasta que toda esperanza se acaba.   

Solo alcanzo a dedicar estas líneas escritas a toda prisa a las que se quedan, a las que sobreviven, sin una palabra en la que encontrarse, abandonadas por las instituciones, atosigadas por el ruido, condenadas a un silencio irreparable

Yo sé que hoy toca hacer muchas cosas. Toca recordar que esto no es el acto cruel de un enfermo, si no la forma en la que la violencia machista se manifiesta: el poder asociado con la capacidad de infligir daño, un daño bestial como calculado objetivo de quien tiene que quedar por encima, vencer, arrasar, intocado por la responsabilidad, el amor, el vínculo, la empatía o la ternura. Toca insistir en que esa es la educación “dogmática”, —la de la responsabilidad y la empatía— que necesitamos imponer en las escuelas, que es un crimen de Estado, no haberla impuesto ya, permitir que generaciones y generaciones de hombres puedan aprender matemáticas, y filosofía, sin sentarte con ellos a desimbricar el fatal hilo que une el poder con la capacidad de causar dolor, que legitima el egoísmo y aleja del cuidado, que posibilita que veas a tus hijas no como sujetos a quienes acompañar el resto de sus vidas desde tus vulnerabilidades, tristezas y fracasos, sino como un arma, como un mero instrumento para quedar por encima. Gritar “gané” con las manos manchadas de sangre.

Toca también hablar de lo irreparable, lo irrestituible. Todo lo que se alza después de eso, es puto ruido, o peor, batir de alas de buitres: especiales desde el lugar, corresponsales de voz afectada, políticos pidiendo mano dura, #hashtag vomitivos. Incluso el odio sobra, incluso la rabia inútil es prescindible, comprensible, claro, humana, pero estéril a la hora de tocar hueso, de conjurar el aullido, de evitar que otro hombre, hoy o mañana, cualquier tarde, encuentre sentido o redención, una patriarcal idea de justicia o alivio, en hacer daño, en matar a quienes dijo amar. Sea desde la frialdad y el cálculo, sea desde lo que los medios, algún abogado defensor, o algún juez llamará aún, un momento de enajenación o furia. 

Sé que toca politizar el dolor, como las madres de la Plaza de Mayo, como quienes ya están preparando convocatorias para aullar juntas, desde la vulnerabilidad y el miedo, desde la fuerza que da entender la profundidad del desgarro, pero también asumir que no es inevitable ni casual, que no es suceso, mala suerte, maldad, o enfermedad, que es un guión escrito con pautas estructurales, que es el dictado patriarcal de imponerse, dominar y cuando no se puede, y cuando no se logra, hacer el mayor daño. 

Sé que toca hacer todo esto, pero yo solo alcanzo a dedicar estas líneas escritas a toda prisa a las que se quedan, a las que sobreviven, sin una palabra en la que encontrarse —existe huérfana, existe viuda, ¿será que perder un hijo es innombrable?— abandonadas por las instituciones, atosigadas por el ruido, condenadas a un silencio irreparable. A ti, que luchaste hasta el final, a quien te fallamos todos. No estás sola. Lloramos contigo. Aullamos contigo. Ojalá nos sientas. 


Fuente: https://www.elsaltodiario.com/violencia-machista/a-las-que-se-quedan





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miércoles, 13 de enero de 2021

De ‘Élite’ a ‘Euphoria’: sexualidades, relaciones, sentimientos y preocupaciones adolescentes


¿Qué series ven los adolescentes en Netflix? ¿De qué tratan estas series? ¿Hablan de sexo? ¿De drogas? ¿De consumo de alcohol? Estas son algunas de las preguntas que muchos padres y madres se hacen en el actual ecosistema mediático en que vivimos.

Con la llegada de plataformas como HBO, Amazon Prime Video o YouTube, entre otras, hemos podido observar cómo las formas, aparatos y espacios de consumo mediático se han diversificado y modificado. El consumo se ha desplazado del salón de la casa a otros espacios más íntimos como las habitaciones e, incluso, el baño.

También a espacios públicos. De hecho, no es difícil encontrar adolescentes viendo una serie en el metro o visionando vídeos de YouTube con sus amigos mientras comparten tiempo en un parque.

Por su parte, el televisor se ha visto reemplazado por otros dispositivos, como el móvil o el portátil, y otras plataformas. La pequeña pantalla del móvil no es un obstáculo para los y las adolescentes y, a cambio, les permite un consumo individual y personalizado, a través de las plataformas de vídeo bajo demanda (ya hablaremos en otro momento de algoritmos y de la importancia del usuario).

El tránsito a la vida adulta y la representación

Todos estos cambios, de alguna manera, generan incertidumbre y preguntas, como las expuestas anteriormente, entre los padres y las madres.

De nuevo, ¿qué ven hijos e hijas en las plataformas de vídeo? En su último libro, Joan Ferrés señala que “las pantallas, como los espejos, sólo tienen valor en cuanto reflejan a la persona que interacciona con ellas”. Es decir, solo tienen sentido para el interlocutor cuando éste se ve representado en ellas.

Es lógico, por lo tanto, pensar que los y las adolescentes buscan productos juveniles que les hablen sobre ellos mismos y esto implica, necesariamente, hablarles del tránsito a la vida adulta y de la búsqueda del ‘yo’.

Se trata de series, películas y vídeos donde se ven reflejadas las primeras experiencias en el ámbito amoroso y sexual, pero también las relaciones con los amigos y con los padres, el consumo de alcohol y otras sustancias, el uso de las redes sociales, etc. Así que, respondiendo a las preguntas que iniciaban este artículo: sí, estas series hablan de sexo, de drogas y, también, de mucho más…

Por 13 razones: suicidio y cultura de la violación

La trama de la serie Por trece razones (Netflix), por ejemplo, se articula alrededor del suicidio de una chica adolescente y, a través de la escucha de 13 cintas y del recurso del flashback, conoceremos a esta chica y su día a día en un instituto de Estados Unidos.

Una rutina donde destacarán el micromachismo y el bullying. Cabe señalar que Por trece razones no ha escapado a la controversia. De hecho, la prensa se hizo eco de cierta preocupación por la posible incitación al suicidio que podría promover la serie entre los adolescentes y jóvenes vulnerables.

Por otra parte, también se ha discutido sobre la cultura de la violación que puede reforzar la serie a través de la culpabilización de las víctimas. Debates que, de una manera u otra, nos llevan a hablar de suicidio y depresión adolescentes, cultura de la violación y revictimización de las mujeres que han sufrido una violación, entre otros.

Élite: riesgos y marginalidad

La serie española éxito de audiencia Élite (Netflix) también resulta un ejemplo interesante en este sentido. Élite nos habla de corrupción, de xenofobia, de homosexualidad, de clases sociales y de marginalidad. Y lo hace de manera compleja y arriesgada, tanto a nivel de tratamiento temático como de puesta en escena y estética.

Nos presenta un thriller juvenil de suspense con toques de cine negro (es inevitable no destacar la interesante construcción de la femme fatal adolescente del personaje de Carla) que consigue sumergir y enganchar al espectador en la narrativa.

Quizás el punto más interesante sea el intento de la serie por desestigmatizar una enfermedad todavía muy vinculada a la marginalidad, el VIH. Y lo hace a través de Marina, una chica adolescente heterosexual y de clase alta.

Élite (Netflix, 2018).

Euphoria, sexo y drogas

Por último, resultaría imposible no hablar de una de las series adolescentes que más revuelo ha despertado: Euphoria (HBO). Es, seguramente, una de las series que más pueda asustar o escandalizar a padres y madres, pero que nos puede ayudar a trabajar y entender preocupaciones actuales de la adolescencia.

Euphoria nos presenta los conflictos y problemas que viven un grupo de adolescentes de EEUU. A través de sus protagonistas nos habla de la angustia y depresión adolescente, del consumo de drogas, de la violencia de género, de la aceptación del propio cuerpo, del estigma unido a la pérdida de la virginidad, del consumo de porno, etc.

Todo ello lo hace presentándonos nuevas masculinidades y feminidades y, seguramente el punto más interesante de la serie, con las vivencias de una adolescente transgénero: Jules. Con una estética rápida, en continuo movimiento, dinámica y colorida que parece querer representar el estrés y transvase que puede suponer el crecimiento, el dejar de ser niño/a, Euphoria nos habla de temas que, hasta el momento, era difícil encontrar en una narrativa adolescente.

El éxito de los temas adolescentes

Como podemos observar, Netflix o HBO, junto a otras plataformas, ofrecen a los adolescentes múltiples productos juveniles. Y muchos de estos, como las series comentadas aquí, han tenido un gran éxito de audiencia y de crítica (pero también han despertado controversias).

Esto no es nuevo. Hace más de una década la serie Física o Química (Antena 3) ya fue definida como un “fenómeno adolescente”. Y hace solo unos días hemos podido ser testigos de la importancia que tuvo para toda una generación, ya que FoQ: el Reencuentro ha vuelto a ser éxito de audiencia 12 años después de la emisión de su primera temporada.

El papel que estas series tienen para los y las adolescentes es importante. Se trata de productos juveniles protagonizados por personajes adolescentes que presentan intereses y preocupaciones de los y las jóvenes. Por lo tanto, conocer los productos audiovisuales que ven significa, también, conocerlos a ellos y ellas, entender un poco más sus preocupaciones y sus mundos.

Por este motivo puede resultar interesante ser partícipes de estas experiencias. Tal vez sea difícil, pero sería interesante superar los consumos mediáticos individualizados e intentar promover una experiencia de visionado colectiva (padres y madres con hijos e hijas, por ejemplo). Esto nos puede ayudar a acercarnos al mundo adolescente y a sus inquietudes, a través de debates y conversaciones que despierten las narrativas de las propias series. Y, si no, como mínimo, servirá para compartir tiempo de entretenimiento en familia.






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lunes, 21 de septiembre de 2020

La nueva sexualidad, los viejos estereotipos

Quizás sea un buen momento para contagiarnos de pensamiento crítico y en lugar de centrarnos en el miedo de preguntarnos cómo enriquecer nuestras sexualidades, cómo ampliar el campo de nuestros deseos y cómo habitar sexualidades más allá de la hegemonía y de la norma. Lejos de los señores expertos.

Ilustración de María Romero

Ilustración de María Romero

Recientemente, han aparecido recomendaciones de organismos y entidades relacionadas con la salud sexual para prevenir la transmisión del Covid-19 durante las relaciones sexuales. Nos advierten de que los besos son una práctica de alto riesgo por la concentración vírica en la saliva, como también lo es el rimming, el contacto de la boca con el ano. ¡Cómo no! ¡Los culos siempre en el punto de mira!

Nos informan de que posiciones como “el perrito” son mucho más seguras que el follar cara a cara. También nos recomiendan follar sólo con nuestra pareja habitual, con la que hemos mantenido un confinamiento a rajatabla y, en caso de no tenerla, nos recomiendan abstenernos del sexo con personas desconocidas. Pobres de nosotras las solteronas. Menos mal que siempre nos quedará la masturbación. Eso sí, después de lavarnos a conciencia las manos durante al menos 30 segundos.

Nos invitan a practicar sexting o cibersexo y nos pone contentas que se amplíen las prácticas sexuales más allá del corset coitocéntrico (que por cierto, se ha hecho viral en las redes mediante el coronasutra). Sin embargo, nos llama la atención que el sexting aparezca ahora como una tabla de salvación, tras años de culpabilización de las mujeres que lo han practicado y luego han sufrido sexpreading (la difusión de fotos con contenido sexual por parte de otra persona sin su consentimiento).

En los artículos de prensa que hemos recogido en nuestro centro de documentación, sobre sexualidad y Covid-19, las fotos que acompañan a los artículos, generalmente, son de parejas heterosexuales. Para nuestro desconcierto, las ilustraciones de perritos practicando sexo también abundan. Si ya antes de la pandemia escaseaba la información dirigida a personas con sexualidades no normativas, en tiempos de pandemia podemos confirmar que esto no ha cambiado. En los discursos presentes en los medios de comunicación sólo se representa la sexualidad heteronormativa y, además, aparece confinada en la esfera del riesgo y del peligro. Por si fuera poco, las propuestas para el cuidado de la salud sexual de nuestros cuerpos parecen enfocarse únicamente en el miedo, la amenaza y el castigo.

Los mensajes sobre cómo deben nuestras “nuevas” sexualidades responden a la tónica general de las campañas lanzadas por las autoridades sobre la prevención del virus. Hemos podido ver hasta pistolas y hornos crematorios, en las campañas de Aragón y Madrid respectivamente. No faltan tampoco campañas con música épica en plan Juego de Tronos, pero ni la Covid-19 es una guerra, ni el sexo una batalla. Desde la experiencia acumulada en relación con la prevención del VIH, sabemos que los mensajes basados en el riesgo y el miedo no facilitan la toma de decisiones, no activan las estrategias de cuidado, solo generan procesos de culpa y estigmatización.

Tampoco podemos dejar de comentar que estas campañas reproducen los estereotipos de la familia nuclear. En la del gobierno de Canarias, ella saca una tarta mientras ellos comparten alcohol alegremente. Además, jerarquizan los afectos. La campaña de la Generalitat, #COVIDSPOILER, dirigida a jóvenes, dice: “Con los amigos aire”. Dicho sea de paso, uno de los clips de esta campaña está protagonizado por un par de chicas que se quieren besar. Puede que nadie les haya avisado que asociar la visibilidad lésbica con el estigma era una muy mala idea. Eso o han entendido “malamente” la idea de la transversalidad en las políticas LGTBI.

Nosotras no somos expertas en virología y no tenemos muchas respuestas que ofrecer ante esta situación de emergencia sanitaria, en la que la incertidumbre parece ser la tónica general. Lo que sí tenemos son muchas preguntas. Si nos están recomendando estar a metro y medio por el tema de las micropartículas, ¿cómo haces para follar, aunque no sea cara a cara? Si la Covid-19 tiene un índice de contagio mucho mayor que otros virus como el resfriado común o la gripe, ¿es una medida efectiva follar por detrás? Puestas a echarle imaginación, ¿podríamos darle la vuelta a los roles estereotipados de la postura? ¿Por qué a los expertos y las expertas en sexología no se les ocurren otras maneras de vivir una sexualidad placentera que no sea a través “del perrito”? ¿No existen recomendaciones para la promoción de la salud sexual más allá de la abstinencia, la masturbación y la pareja estable?

Por otra parte, ¿por qué dar recomendaciones sobre cómo protegerse de la Covid-19 en salud sexual si no es una ITS? ¿No será mejor reflexionar sobre cómo las desigualdades estructurales afectan a la salud de las personas? Si los factores sociales condicionan en buena medida la salud sexual de las personas y dificultan el ejercicio de sus derechos, ¿por qué es de lo que menos se habla?

En estos tiempos de incertidumbre, podemos reflexionar sobre cómo protegemos nuestra salud sexual, con o sin Covid-19. ¿Qué nos hace sentirnos seguras? ¿Cómo negociamos nuestras prácticas y juegos con las otras personas? ¿Qué tiene que ver el género a la hora de negociar? ¿Qué otros factores facilitan o dificultan la negociación? ¿Cómo comunicamos nuestros deseos y límites? ¿Qué estrategias utilizamos para cuidarnos? ¿Utilizamos siempre medidas de protección? ¿Por qué a veces no nos protegemos? ¿Hace cuánto no nos hacemos pruebas de ITS? Una de las bases del cuidado de la salud sexual es la autonomía, pero ¿pueden ser comunitarias también las estrategias de cuidado? ¿Cómo podríamos vivir sexualidades más seguras y más placenteras?

Quizás sea un buen momento para contagiarnos de pensamiento crítico y en lugar de centrarnos en el miedo; de preguntarnos cómo enriquecer nuestras sexualidades, cómo ampliar el campo de nuestros deseos y cómo habitar sexualidades más allá de la hegemonía y de la norma. Lejos de los señores expertos.

Este texto se ha publicado en catalán en La Directa. El periodismo feminista comparte y no compite con otros medios

Fuente: https://www.pikaramagazine.com/2020/09/la-nueva-sexualidad-los-viejos-estereotipos/



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lunes, 24 de agosto de 2020

Mujeres, racismo y capitalismo (IV) “Para ellos somos como las jeringas, descartables”

Para ellos somos como las jeringas, descartables” | ctxt.es
Concentración de las limpiadoras del Hospital Gregorio Marañón contra la privatización el 11 de junio. Twitter @iDiarioES

Las vidas de limpiadoras, auxiliares, cuidadoras, enfermeras… importan. Estas mujeres, eslabones más precarios de la atención sanitaria, se movilizan desde Madrid a Buenos Aires para reclamar sus derechos

Limpiadoras, celadoras, auxiliares, cuidadoras, enfermeras… sus cuerpos exhaustos son los eslabones más precarios en la cadena de la atención sanitaria. Quienes se han expuesto en primera línea para combatir una pandemia que nadie esperaba, y para la que no estábamos preparados. Desde Madrid a la provincia de Buenos Aires, en Argentina, ellas se organizan contra privatizaciones y recortes, porque las vidas de las trabajadoras también importan y la sanidad no debería ser un negocio. 

“Somos esenciales. Sin una buena limpieza, un hospital no funciona”

Durante la primera ola de la pandemia, las limpiadoras sanitarias estuvieron en el centro de la tormenta. En Madrid, epicentro de la crisis, arriesgaron sus vidas para desinfectar salas de urgencia, fregar suelos y quirófanos, sin contar con la protección adecuada. ¿Y cómo les pagaron? El gobierno de Díaz Ayuso anunciaba el 3 de junio la privatización del servicio de limpieza del Hospital Gregorio Marañón (el único hospital de la ciudad que hasta ahora mantiene a las limpiadoras en plantilla). Gracias a la lucha de las trabajadoras y las denuncias presentadas por los sindicatos, la licitación se ha frenado, pero puede retomarse en cualquier momento. Por eso, ellas se han organizado y siguen en pie de guerra. En pleno verano, durante julio y agosto, se las podía ver con sus batas verdes y amarillas frente a las puertas del hospital, acompañadas por vecinos, estudiantes y organizaciones solidarias. Ahora preparan una gran manifestación para septiembre. 

María Villa Fuentes Sánchez empezó a trabajar en el Gregorio Marañón hace 15 años. Primero haciendo suplencias, y con un puesto estable desde el 2015. “La pandemia la vivimos con susto, era algo que no conocíamos, y nadie nos explicaba nada. No teníamos materiales para enfrentarnos a desinfecciones, con personas que habían contraído el virus e incluso que habían fallecido”. Cuenta que los protocolos cambiaban todos los días, la incertidumbre era total y terminaban agotadas. Son 553 limpiadoras, entre el Hospital Central y la Maternidad, incluyendo el personal que se contrató para reforzar la lucha contra el coronavirus.

“Todas las compañeras nos mirábamos sin decir nada y con una gran tristeza. Y luego la vuelta a casa era lo más duro, porque no sabíamos lo que podíamos llevar a nuestros hijos o nuestros padres, personas mayores”. Su relato es estremecedor: “Fue como el peor de los sueños, como una película de ciencia ficción, donde por un simple virus la gente va muriendo y hay un caos tremendo. Pues eso es lo que vivimos allí. Y después de todo lo que hemos pasado, que fueron meses muy duros y agotadores, nos dan la noticia de que quieren privatizar el servicio de limpieza de este hospital”, dice con indignación. “En el servicio de limpieza somos las grandes olvidadas, las invisibles, pero nos hemos dado cuenta de que somos muy importantes. Somos esenciales. Porque si en esta pandemia no hubiera habido una limpieza profesional, exhaustiva y minuciosa, hubiera muerto muchísima más gente.” 

A Elvira Díaz Maroto también te la puedes encontrar en cada concentración, megáfono en mano, cantando a viva voz: “Con nuestras bayetas y fregonas hemos luchado, ahora vosotros nos dais un palo”. Es limpiadora en el Gregorio Marañón hace poco más de un año, donde cubre la baja de una compañera. La pandemia la vivió como una pesadilla, lo recuerda y no puede evitar la emoción: “He llegado a estar limpiando una cama y que un abuelo que me agarre la mano y me diga: ‘¿Me estoy muriendo, ¿verdad?’.  Y tener que mirarle, sonreírle y decirle: ‘No, hombre, usted tranquilo, que va a salir de esta’. Y saber que no tenía a nadie de su familia”.

Al miedo y la inseguridad se sumó el maltrato de parte de la gerencia del hospital. “Nos empezamos a dar cuenta que las de limpieza estábamos totalmente desprotegidas, porque solo había mascarillas para el personal sanitario, como lo llaman ellos, y nosotras no entrábamos dentro de su proyecto de personal sanitario. De hecho, no entrábamos porque el señor gerente y la señora Ayuso ya tenían en vista que la limpieza iban a privatizarla, se la iban a entregar a una empresa privada”.

Empresas como Clece de Florentino Pérez o Ferrovial podrían quedarse con la gestión de la limpieza del Gregorio Marañón. Grupos privados que gestionan la salud como un negocio, con fatales consecuencias para la población, como ya se vio en las residencias de mayores en Madrid –focos del contagio, con la mayor cantidad de muertos–. Estas grandes empresas que proveen servicios de limpieza a hospitales, oficinas y universidades tienen como marca registrada la precariedad de una mano de obra feminizada y racializada. 

En el Gregorio Marañón, las trabajadoras aseguran que, si hay privatización, la ecuación es simple: se reducen los puestos de trabajo, se pierden derechos y se trabaja más, en peores condiciones. ¿Y quién quiere ser ingresado en un hospital que no garantice un buen servicio de limpieza? En las privadas “el personal no es profesional ni está cualificado para atender limpieza de hospitales y mucho menos frente a una pandemia como la que estamos volviendo a sufrir”, asegura María Villa. Por eso “no es bueno para la salud de los madrileños, si consentimos que esta señora siga privatizando”. Elvira piensa igual: “Nuestra lucha no es solo por nosotras, es por todo el mundo, porque nos merecemos una sanidad pública. No se merece nadie que jueguen con nuestra salud, que nos metan empresas privadas y haya un mal funcionamiento.” 

“Ayer nos aplaudíais, hoy necesitamos que nos apoyéis y luchemos juntos por una sanidad 100% pública»”, piden las trabajadoras. 

Las vidas de las trabajadoras importan

“El papel de la mujer en los servicios de salud puede considerarse como una extensión de sus funciones de cuidado en el ámbito doméstico; la división del trabajo en el hogar por sexo se traslada al lugar de trabajo”. Así explica Natalia Aguilera la relación entre feminización del trabajo en los hospitales y la precariedad que viven cada día las trabajadoras sanitarias. Ella es enfermera en el Hospital San Martín de La Plata, en Argentina, e integra la Corriente de Izquierda por la Salud Pública. En este país, como en gran parte de América Latina, la sanidad se cae a pedazos, y solo se sostiene gracias al esfuerzo de sus trabajadores y trabajadoras. 

La precariedad se ha profundizado en la última década, con mayores recortes en todas las áreas, lo que afecta en especial a las trabajadoras: “Con condiciones laborales sumamente precarias, sin derechos de ningún tipo y horarios flexibles, para poder amoldar los horarios de trabajo en el hospital (el salario no llega a cubrir la canasta básica y muchas somos cabezas de hogar) y las tareas domésticas en nuestros hogares y de cuidados que demandan nuestros hijes”, señala. 

“En momentos de pandemia corremos de un trabajo al otro, con los riesgos que esto implica, aumentando más la posibilidad de contagio. Esta sobrecarga laboral nos lleva a un lógico estrés y agotamiento, no sólo físico sino emocional. Sumado a que quienes trabajamos en el ámbito de la salud nos enfrentamos todos los días a ganarle una carrera a la enfermedad y la muerte”.

La crisis de la covid está golpeando por múltiples vías a la población más vulnerable en Argentina. A la emergencia sanitaria y el contagio de quienes deben salir a trabajar para comer, se suma el aumento de la pobreza y la indigencia, algo que no ha cambiado bajo los diferentes gobiernos. “Quienes trabajamos en la salud y sobre todo la salud pública somos quienes recibimos y percibimos en forma directa el deterioro en el que se encuentra la salud de los trabajadores y el pueblo, que son quienes acuden al hospital público. Somos nosotros muchas veces con nuestro propio esfuerzo sorteando la falta de insumos, de personal, cansados por dobles jornadas los que le ponemos el cuerpo cotidianamente para que de alguna manera la salud pública funcione”.

En medio de esta catástrofe, las trabajadoras y trabajadores del hospital están poniendo en pie una nueva organización, eligiendo representantes desde todos los sectores, para coordinarse. “Si hay algo que les trabajadores tenemos es imaginación y este momento no fue la excepción. Les trabajadores de la Salud nos organizamos también en Pandemia”, apunta con entusiasmo Aguilera. 

“Ahí no importa si sos de terapia, de maternidad, clínico, de la guardia, camillero o administrativo, médico, enfermero, higiene, residente, cuidador, estamos todos unidos en una misma lucha, construyendo una herramienta que nos permite la coordinación entre los sectores, y desde no solo exigimos nuestras demandas, sino también controlamos que se efectivicen”. De este modo, han logrado superar las divisiones entre diferentes sectores y entre los diversos sindicatos. “Sacamos la conclusión de que debíamos construir una herramienta de base, que tuviera la expresión de todo el equipo de Salud junto a los sindicatos que están en la Salud, es decir nuestro primer cuerpo de delegados y delegadas”.

Al igual que las limpiadoras madrileñas, las enfermeras y el personal sanitario de muchos hospitales en Argentina están luchando contra recortes y privatizaciones de los gobiernos y contra los grupos económicos que especulan con las clínicas privadas, mientras se deteriora la sanidad pública: “Actualmente son los mismos quienes ganan, esos poderosos que no tienen escrúpulos en llenarse sus bolsillos a costa no solo de nuestra salud sino de nuestras vidas”. 

Aguilera sostiene que es importante transformar toda esa indignación y el cabreo en fuerza para seguir luchando “no solo por nuestros puestos de trabajo, condiciones de vida, sino para atacar nuestro verdadero enemigo: un sistema social que genera hambre, familias en la calle, discriminación, maltrato, miseria, pobreza para nosotros los trabajadores, mientras unos pocos se la siguen llevando en pala”. 

“Por eso la construcción de una herramienta política de los trabajadores, las mujeres y la juventud se hace imprescindible”, agrega. “Somos esenciales, pero para ellos somos como las jeringas, descartables. Es ahí donde se hace fuerte y se impone la idea de que las vidas trabajadoras importan, que es un sentimiento que nos sale de las entrañas y que recorre el mundo. ¡Porque esta crisis la tienen que pagar quienes la generaron, exigimos que dejen de hacer negocios con nuestras vidas!”, afirma Natalia Aguilera desde el otro lado de la línea que une –mucho más de lo que parece– Madrid con Buenos Aires. 

Fuente: https://ctxt.es/es/20200801/Politica/33176/Josefina-L-Martinez-mujeres-capitalismo-limpiadoras-cuidadoras-enfermeras-sanidad.htm



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