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viernes, 4 de abril de 2025

Las condiciones materiales que perpetúan la dominación sobre la mujer





¿Por qué la dominación sobre las mujeres sigue vigente a pesar de tantos cambios históricos? ¿Qué condiciones se resisten a transformarse, para así posibilitar nuestra emancipación? ¿Cómo el capitalismo consigue adaptar las relaciones de dominación anteriores para favorecer su ciclo de acumulación? ¿Qué podríamos hacer para derribar esas condiciones?

Es fundamental debatir sobre todas estas preguntas ya que la explotación, opresión y violencia contra las mujeres no son problemas nuevos, sino penosas continuidades ancladas al pasado. El que antes no existieran registros y estadísticas adecuadas, no esconde una realidad que era descarnadamente visible -y audible- en todos y cada uno de los barrios y veredas de Colombia. El menosprecio, los insultos y los malos tratos contra las esposas eran el pan de cada día en buena parte de los hogares del campo y la ciudad. Es, por tanto, una lacra que viene de muy lejos en el tiempo. No arranca con el imperialismo y sus influencias culturales, aunque a través de algunas de ellas se muestre de la forma más grosera. Tampoco comienza con el capitalismo, aunque se aproveche de las estructuras de dominación anteriores, configurándolas a su favor e intensificándolas en los aspectos que le interesa. Ni tan siquiera empieza con el sistema colonial, absolutamente machista y opresor.

La dominación sobre las mujeres es muy anterior a estas épocas históricas. En muchas sociedades anteriores al neolítico, donde incluso la propiedad era todavía comunal, existían ya formas de dominación masculina para controlar el papel de las mujeres en la reproducción de la comunidad. Por tanto hay que prevenir la tentación de buscar salidas hacia atrás, que además de ilusas son irremediablemente conservadoras y contrarrevolucionarias. En realidad, como pasa con el resto de las relaciones de dominación y explotación, su superación sólo se puede acometer enfilando camino hacia adelante, hacia una sociedad que acabe con todas las formas de explotación, opresión y discriminación.

Y es que la tarea política de la emancipación femenina -que va de la mano de la emancipación proletaria- no permite idealizar el pasado, ni naturalizar las viejas costumbres, si no que implica actuar con audacia y resolución, siguiendo la máxima de “Para atrás, ni para coger impulso”. Al fin y al cabo en eso consisten los proyectos revolucionarios, en transformar radicalmente el presente y el pasado para construir un futuro basado en relaciones libres e igualitarias que rompan el calabozo de las tradiciones milenarias, las ideas conservadoras y las prácticas añejas. Como dijo Marx al inicio del Dieciocho de Brumario, la tradición de todas las generaciones muertas pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos, y podemos afirmar sin temor a equivocarnos que esas tradiciones pesan doblemente sobre el cerebro y la espalda de las mujeres.

Pero, además de las condiciones que tradicionalmente habían apuntalado la opresión de la mujer y que siguen recargándose sobre nuestros hombros, con el desarrollo del capitalismo surgieron otras prácticas y medidas legales que buscaban mantener y redireccionar las relaciones patriarcales en su provecho. Estos determinantes de subordinación de las mujeres se afianzaron durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX, cuando las mujeres fueron apartadas de la producción mercantil o relegadas en ella a un papel marginal, circunstancial e infravalorado.1 A la vez, se construyó un entramado social que volvió a encerrarlas parcialmente en el hogar, condenándolas al trabajo de la reproducción y cuidado del conjunto de la unidad familiar, trabajo que además de no remunerado, tampoco es reconocido socialmente. Este papel devaluado de la mujer le vino muy bien al capital, ya que a través del trabajo gratuito de la mujer en el hogar pudo comprar la fuerza de trabajo por debajo de su costo social de reproducción. Adicionalmente el capital usaba la fuerza de trabajo femenina como ejercito de reserva “basculante”, favoreciendo o dificultando su entrada al mercado laboral a través de diversas legislaciones, pero siempre manteniéndola como fuerza de trabajo de segunda categoría2. Al etiquetarlo como de segunda, los capitalistas pasaron a pagar un precio menor por el mismo trabajo, de tal forma que esa segregación laboral se convirtió además en una fuente de salvajes sobre-beneficios para los capitalistas.

Convertidas en una subclase dentro de la clase proletaria, utilizadas por el capital para abaratar la fuerza de trabajo y reducidas a ser un “cómodo” colchón con el que amortiguar los efectos más conflictivos de sus crisis periódicas, las mujeres no sólo quedaban bajo las sujeción y dominación del sistema capitalista de forma más precaria y deprimida, si no que además quedaban sometidas a la brutalidad y al menosprecio de las relaciones patriarcales dentro de la familia. Estas relaciones autoritarias y machistas dentro del hogar afianzan la devaluación y resometimiento histórico de la mujer a partir de una relación de complicidad entre el capital y los jefes varones de la familia. El capital convirtió entonces al proletario explotado, humillado y enajenado en la fábrica, en el “dueño y señor” de su casa y de su familia, consiguiendo que ese espacio social funcionara como válvula de drenaje para la frustración y la rabia del hombre proletario, transformándose en una especie de aliviadero doméstico de las contradicciones del capital.

Para las mujeres proletarias la situación era distinta, ya que fueron y siguen siendo explotadas y humilladas tanto en el lugar de trabajo como en el hogar, sin contar con ningún espacio en el que se compensasen sus sufrimientos. Al no tener ese espacio social donde resarcirse -ni individual, ni colectivamente-, se les impuso la idea de que su realización iba mediada por el matrimonio, la familia y el hogar. Es decir, se fechitizaron las mismas circunstancias que coartaban su emancipación.

Es claro que la configuración de las unidades familiares ha ido cambiando y con ello, en cierta medida, la forma en que se reproduce la sociedad y la clase proletaria. Las mujeres ahora tienen mayor posibilidad de inserción en la educación superior y en el mercado laboral. Además, las unidades familiares tienen menos hijos o deciden no tener ninguno, mientras que van aumentando y sucediéndose las uniones consensuales y las rupturas conyugales, en tanto los matrimonios ya no son “hasta que la muerte nos separe”- aunque muchos bestias feminicidas sigan pensado que sí-.

Sin embargo, estas circunstancias no han modificado mucho la situación de opresión de la mujer, sobretodo en los hogares proletarios más pobres. La mayor facilidad de disolución de los lazos conyugales -que debería haber contribuido a un gran avance en la emancipación femenina- se ha transformado en un incremento de la sobreexplotación que sufren las mujeres, ya que los padres en buena medida se lavan las manos respecto a la manutención y cuidado de los hijos, al igual que el Estado, que no implementa medidas suficientes de servicios sociales y de cuidado para garantizar la responsabilidad social en la crianza y educación de los niños y niñas. Según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida (ECV) 20233, el 64% de los menores de 5 años no asisten a espacios colectivos de cuidado como hogares comunitarios, jardines o colegios, si no que pasan la mayor parte de su tiempo al cuidado de su madre, abuela u otra familiar cercana. Las mujeres cabeza de familia- madres solteras, separadas o viudas- que ya alcanzan el 45,4%4 del total de hogares de Colombia, viven la carga familiar de manera más angustiante, viéndose abocadas a vender su fuerza de trabajo en las condiciones más precarias, a gastar un porcentaje importante de su salario en guarderías y servicios para complementar el cuidado y a no disponer de tiempo de ocio para ellas mismas. El 69% de estas mujeres cabeza de familia no tienen cónyuge o pareja y para el 31% que sí la tienen, suele suceder que su la “jefatura de hogar” se traduce en que “los hijos son tuyos y tuya es la responsabilidad de cuidarlos”.

Por tanto, a pesar de que el avance en algunas condiciones materiales deberían garantizar unas mejores condiciones de vida para las mujeres, vemos como esta mejoría no llega a todos los sectores. Las mujeres proletarias, a pesar de los cambios formales en la configuración de las unidades familiares siguen soportando la mayor parte de la carga, y sobretodo la más ingrata, de la reproducción de la clase proletaria.

Por estas razones, entre otras, las proletarias son protagonistas indispensables en el proyecto de superación del capitalismo, o sea en la construcción de una sociedad socialista. No por esos cuentos maternalistas y conservadores de una presunta superioridad natural o biológica de las mujeres, ni porque el supuesto “don” de dar vida o el papel de cuidadoras -impuesto históricamente- les hagan moralmente mejores. Lo que las convierte en un motor fundamental de transformación es el peso de unas condiciones materiales que perpetúan una opresión y explotación que es aún más cruenta y déspota contra las mujeres que contra el resto del proletariado. Esas circunstancias alientan a tensar los límites del capital, luchando por la transformación radical en la conformación y funciones de las unidades domésticas (familias), elemento clave para la reproducción de la propiedad privada, el mercado, la lógica de acumulación de capital y nuestras propias cadenas. Y ese impulso es mucho mayor en las mujeres proletarias que en los proletarios, ya que éstos tienden a acomodarse disfrutando de las ventajas que les otorga esa institución, sin reparar en el yugo colectivo que supone y retrasando así la emancipación colectiva del proletariado.

El papel de la “Sagrada Familia” y su entramado patriarcal en el sostenimiento del capitalismo

Para enfocar bien una lucha que apunte tanto a la superación de las relaciones patriarcales, como al debilitamiento de las bases de reproducción del capital, debemos entender en qué se basan esas condiciones que marcan el carácter diferencial y acrecentado de la opresión y explotación de las mujeres.

Estas circunstancias gravitan en torno al papel histórico asignado a la mujer en la reproducción social y física de la fuerza de trabajo y concretado en la institución familiar. Este papel a medida que se desarrolla el capitalismo, afianza e institucionaliza una división dentro de la esfera de la producción social, que se caracterizará en ir separando cada vez más: a) la esfera de la producción mercantil, que se considerará “producción social” y que se lleva a cabo en los espacios de trabajo asalariados; y b) la esfera de la reproducción de la fuerza de trabajo, que se considerará producción privada para uso doméstico y que se lleva a cabo en el hogar.

Esa escisión entre producción y consumo se mantiene a pesar de que cambien las conformación y tipología de las unidades familiares y refleja el doble carácter esclavizante del capitalismo, donde la clase proletaria está obligada a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario y después es nuevamente obligada a comprar, con ese mismo salario, los bienes que ella misma ha producido, es decir, los frutos generados por la utilización de su fuerza de trabajo. El capitalismo precisa que ese ciclo se repita de forma continuada. Es decir, que constantemente se reproduzcan esas unidades familiares necesitadas de acudir diariamente al mercado laboral para recibir un salario por producir mercancías, parte de las cuales tendrán que comprar ellas mismas, ya que funcionan como medios de consumo con los cuales se regenera la fuerza de trabajo. Así se segmenta la vida misma de los proletarios y proletarias y se garantiza la realización de la ganancia capitalista, que no es otra cosa que la apropiación del plusvalor que produce la clase proletaria (o el excedente social si hablamos para el conjunto de la sociedad). Esto lo reconoce de alguna forma el Observatorio de familia del DNP, en su Boletín n.º 17 cuando afirma que “las familias están en el centro de la reproducción y transmisión intergeneracional de la desigualdad»5 , es decir y para matizarlo mejor, están en el centro de la reproducción y transmisión intergeneracional de las condiciones de sostenimiento del capitalismo, que es el que genera y perpetua la desigualdad social.

Cuando examinamos la unidad familiar desde el mercado de bienes y servicios, el lugar del trabajo remunerado o extradoméstico es el espacio relacionado con la producción de mercancías, mientras que el espacio doméstico está relacionado con el consumo. Sin embargo, cuando analizamos el mercado laboral y la mercancía “fuerza de trabajo” nos damos cuenta que ésta se produce y reproduce en una buena medida dentro de la esfera doméstica, pero se consume en la esfera de la producción mercantil. En consecuencia, la unidad familiar tal como existe en la actualidad sirve de mediación y anclaje entre el mercado de la fuerza de trabajo y el mercado de bienes de consumo, y lo hace a través de trabajo doméstico y del salario.

En esa división, entre la esfera de la producción mercantil y la esfera de la reproducción de la fuerza de trabajo en unidades privadas individuales (familias), intervienen y se afianzan muchas relaciones sociales esenciales para el sistema capitalista, como la propiedad privada y su transmisión, la relación salarial, el mercado y su papel de mediación entre la dos esferas, la explotación capitalista directa y la explotación indirecta a través de la succión de trabajo gratuito en el hogar, o a través de los arrendamientos y de los préstamos hipotecarios, entre otras.

Pero además, cuanto más se refuerza el carácter individual de esas unidades, más se dificulta la construcción de una organización proletaria fuerte y solidaria. En la política, el proletariado puede avanzar hacia la construcción de organizaciones políticas fuertes. En la economía, el propio desarrollo del capitalismo le hace avanzar hacia la socialización de los procesos productivos y permite a los trabajadores y trabajadoras agruparse en sindicatos para defenderse mejor de las arremetidas del capital. En contraste, en la vida familiar, el proletariado se encuentra dividido en millones de células aisladas, protegidas por muros mucho más sofocantes de lo que aparentan, recintos cerrados donde no entran las decisiones colectivas, ni la solidaridad. El hogar es el espacio de lo privado por excelencia, por eso al capitalismo le interesa revestir a la familia con el manto de lo sagrado, natural e intemporal, ya que las unidades familiares privadas son la materialización de la fragmentación de la clase proletaria y el estandarte del mantenimiento de la propiedad privada.

Las unidades familiares son además el espacio donde, casi sin reflexionar, el proletariado defiende la propiedad privada y la herencia; la jerarquía y el autoritarismo; la obediencia y sumisión; las dependencias y subordinaciones económicas; así como, los valores morales burgueses y la diferenciación social como elemento de antisolidaridad proletaria. Es decir, dentro de las unidades familiares, además de la comida, se cocina una parte importante de las condiciones de reproducción del capital. Y esto sucede porque las unidades familiares, en su anquilosamiento costumbrista de siglos o milenios y en su papel de transmisión generacional de los valores pasados, son el espacio donde lo seres humanos en mayor medida somos el producto y no los y las creadoras de nuestras condiciones de vida.

Además son uno de los espacios donde más se reproduce y normaliza la violencia. Recordemos que la mayoría de los asesinatos, violaciones y malos tratos contra las mujeres se llevan a cabo dentro del hogar, así como los abusos sexuales y la violencia física y sicológica contra niños, niñas y adolescentes. Adicionalmente, la familia es el primer y más importante espacio de adiestramiento en la aceptación de la jerarquía y la verticalidad, donde se normaliza como en ningún otro espacio, que el mantenimiento y respeto a la autoridad justifica el uso de sanciones, castigos e incluso de la fuerza.

Por todas estas razones es que las unidades familiares domésticas son tan fundamentales para la realización y reproducción del ciclo del capital, y de ahí la importancia de luchar en pro de la superación de ese espacio.

Este reto lo podemos identificar desde los primeros socialistas que identificaron claramente la relación entre la dominación de la mujer y el sostenimiento del sistema capitalista; y también en consecuencia entre la liberación de la mujer y la construcción del socialismo. En “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, Engels no trata este asunto como “un problema ético de inclusión”, como parecen comprenderlo algunos ahora, sino en su relación directa con las bases constitutivas del capitalismo. Es decir, en su relación con el mantenimiento de la propiedad privada, de las clases sociales, del fetichismo de la libertad individual y de la contradicción “producción social vs. consumo privado”, que sustenta el régimen del trabajo asalariado y, por tanto, la reproducción del capital, como acabamos de explicar.

Ya en 1921 Lenin afincó la idea de que bajo el capitalismo las mujeres son doblemente explotadas y oprimidas. “Las mujeres son explotadas por el capital de forma más acentuada, son oprimidas por unas leyes que les niegan la igualdad formal con el hombre, pero sobretodo se les mantiene en la «esclavitud casera», son «esclavas del hogar», viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más dura y más embrutecedora: la de la cocina y, en general, la de la economía doméstica familiar individual…. El tránsito es difícil, pues se trata de transformar las normas» más arraigadas, rutinarias, rudas y osificadas (a decir verdad, no son “normas” si no bochorno y salvajismo).”

La revolución soviética inmediatamente proclamó leyes en pro de la igualdad entre hombres y mujeres, que ningún otro país había promulgado antes. Además dio pasos cardinales al abolir la propiedad privada sobre la tierra y las fábricas o al ser el primer país en reducir la jornada laboral a ocho horas diarias. “Ocho horas de trabajo, ocho horas de sueño, ocho horas de tiempo libre” era la vieja consigna del movimiento obrero. ¿Pero cómo ese logro iba a beneficiar a las mujeres si en sus ocho horas de tiempo libre tenían que dedicarse a las tareas del hogar? Sin duda para avanzar en el camino de la emancipación completa y efectiva de la mujer, para su liberación de la «esclavitud casera», se debía pasar de la pequeña economía doméstica individual a la economía grande y socializada. Lo que Lenin defiende en ese discurso no es sólo la incorporación de las mujeres a las fábricas, si no además la transformación de las unidades domésticas en economía socializada, lo que se conoce como “socialización del trabajo doméstico”.

Lenin identificara claramente el papel de la mujer en la familia como una traba fundamental en la superación del capitalismo y en el logro de la emancipación. “La mujer continúa siendo el esclavo doméstico a pesar de todas las leyes liberadoras, puesto que la pequeña economía doméstica la oprime, la ahoga, la embrutece, la humilla, atándola a la cocina, a la habitación de los niños, obligándola a gastar sus fuerzas en tareas terriblemente improductivas, mezquinas, irritantes, alelantes, deprimentes. La verdadera liberación de la mujer, el verdadero comunismo comenzará allí y cuando comience la lucha de masas (dirigida por el proletariado que posee el poder) contra esta pequeña economía doméstica o, más exactamente, durante su transformación masiva en gran economía socialista.”

Socialización del trabajo doméstico y generalización de los medios de consumo colectivos6

Socializar el trabajo doméstico significa en primer lugar “sacarlo de la casa”, del ámbito privado y recluido donde se lleva a cabo. Implica, por tanto, realizarlo en colectivo, convertirlo en industria social7 . Ese paso inicial es fundamental para romper con el aislamiento social de las mujeres que realizan día tras día, año tras año, el mismo trabajo simple, alienante e intrascendente, encerradas entre cuatro paredes. 8

La condición más subyugadora y opresiva del trabajo doméstico privado no es su falta de retribución, si no que se realiza en condiciones de aislamiento y que impide la interacción social directa. Mas que una cárcel, es una celda de aislamiento donde están condenadas a hacer diariamente un trabajo ingrato que no termina y que no es valorado socialmente. Es como si se repitiera el mito griego de las “Danaides”9, en el que cincuenta hermanas defienden el derecho a disponer de su vida, su sexualidad y su propio cuerpo, resistiéndose con todas sus fuerzas a la esclavitud del matrimonio; motivo por el que son condenadas en el Inframundo a llenar día tras día, eternamente, un tonel sin fondo con agua, usando jarras agujereadas. De la misma forma es que el trabajo doméstico sabotea el potencial creador, productivo y revolucionario de las mujeres.

Socializarlo significa que esas mismas actividades que cada día se realizan de forma individual, aislada, sin medios técnicos y que suponen sobrejornadas excesivas que consumen nuestra energía y vida, sean asumidas por el conjunto de la sociedad, de forma racional, tecnificada y planificada. Supone convertir el trabajo aislado, que se realiza de forma servil y arcaica, en industrias públicas (o público-cooperativas) que incorporen todos los avances técnicos-científicos y que pueden suponer interesantes experiencias de aprendizaje colectivo de planificación. Según el DANE las mujeres dedican 50.4 horas semanales al cuidado no remunerado, lo que supone más horas que la jornada laboral semanal misma. Por tanto, al socializar el trabajo doméstico se podría ahorrar más del 30% del tiempo social de trabajo de toda la sociedad para usarlo en mejorar el sector de la educación, la cultura, la salud, la producción agrícola, la industria, etc. mejorando enormemente la productividad social, y así generando condiciones reales para incrementar el tiempo lúdico-creativo.

La socialización del trabajo doméstico se puede plasmar de muchas formas: a través de lavanderías, restaurantes, fábricas de comida procesada, guarderías con instalaciones modernas y bien acondicionadas, ludotecas, sistemas de transporte escolar y extraescolar, gimnasios, espacios de cuidado y recreación para las personas mayores, entre otras muchas.

Es cierto que estos espacios ya existen dentro del capitalismo, pero una parte importante funcionan dentro de la esfera mercantil privada, por lo que en ellos prima el lucro y muchas veces la especulación. Por esta razón, los sectores sociales que más los necesitan no pueden utilizarlos porque son muy costosos o porque no hay suficiente y adecuada oferta pública.

Por ejemplo, la cobertura en Centros Día y teleasistencia para adultos mayores sólo llega al 8% y está concentrado en las ciudades10, mientras que el 80% del cuidado sigue siendo informal (familias, principalmente mujeres) (ENUT 2022). Por otra parte, según el DANE las guarderías públicas solo cubren 1.2 millones de niños, dejando por fuera al 60% de hogares de estratos 1-2 que demanda estos servicios11. En las ciudades grandes y los centros rurales la situación es peor. Según Informe de Cobertura Educativa 2023 de la Secretaría de Educación de Bogotá «En 2023, se disponía de 12,000 cupos en guarderías públicas (jardines infantiles oficiales y hogares comunitarios), frente a una demanda estimada de 150,000 niños en edad de 0 a 5 años no cubiertos por el ICBF o colegios privados». Por otro lado, la oferta de preescolares públicos es mayor, pero pocos tienen horario extendido, ofreciendo la mayoría atención en jornada única de 5 horas en la mañana o en la tarde, lo que difícilmente se adapta a las necesidades de las madres. En el resto de actividades como restaurantes, lavanderías, gimnasios o ludotecas la oferta pública es casi inexistente.

Por eso es fundamental que en el conjunto de las reivindicaciones de los movimientos sociales se incluya la exigencia de que estos servicios públicos se masifiquen, incrementen sus coberturas y horarios y sean de carácter publico y gratuito, además de ofrecer salarios dignos y plenas garantías laborales y de derechos sociales a quienes trabajen en ellos. Es importante constatar y continuar denunciando que una parte importante de la oferta de servicios públicos de cuidado se basan en la sobreexplotación, tercerización y desconocimiento de derechos de las personas que laboran en ellos.12 Igualmente, en el caso de los Hogares comunitarios por ejemplo, se sigue reproduciendo la forma de trabajo individual, aislada, sin medios técnicos y con sobrejornadas excesivas, sólo que con un salario que para colmo está en lo más bajo de la escala salarial13.

La verdadera socialización del trabajo domestico debe hacer parte de una política más general de incremento de los medios de consumo colectivos. Es decir, la socialización del trabajo doméstico y de las unidades familiares está inscrito dentro de la tarea de generalizar la socialización de los medios consumo colectivos. Es decir, que no estén mediados por el intercambio mercantil, si no que tenga carácter público y gratuito. Y aquí hay que recordar que el que los Bienes de Consumo Colectivo sean de prestación gratuita no significa que sean un regalo -ya que todos los bienes y servicios son producto del trabajo colectivo de la clase proletaria- si no que su disfrute no está mediado por el intercambio mercantil.

De esta manera, no sólo se avanzaría en romper las cadenas de dominación económica que aún pesan sobre las mujeres, sino también en atenuar la dependencia de las comunidades proletarias de los circuitos mercantiles del capital privado. Además, se limitarían las desigualdades económicas y sociales, con lo que aumentarían las condiciones para la solidaridad intraclasista y el fortalecimiento de las organizaciones proletarias. Pero, lo más importante es que con estas propuestas se contribuye a combatir un eslabón fundamental del ciclo autoreproductivo del capital, ya que se batalla contra la fragmentación de la esfera de la producción y la esfera del consumo, a través de la cual los capitalistas mantienen al proletariado dependiente de la relación salarial y del mercado.

Por tanto, igual que debemos recordar que un feminismo que no enfrente la explotación del proletariado y luche contra el capital, nunca será una verdadera lucha por la emancipación; también debemos recordar que ningún proyecto proletario podrá superar el capitalismo si subordina o posterga la lucha por la emancipación de la mujer, ya que esa lucha es una transformación proletaria fundamental en sí misma.

Susana Gómez Ruiz, Centro de Pensamiento y Teoría Crítica PRAXIS

Notas:

1El Código Napoleónico en Francia (1804) estableció que las mujeres casadas debían obediencia a sus maridos y limitaba su autonomía legal, incluyendo la capacidad para trabajar sin autorización marital. Este modelo se extendió después al resto de Europa donde las mujeres casadas tendrían restricciones legales para firmar contratos laborales o administrar propiedades sin permiso del esposo. Estas legislaciones restrictivas empeorarían con el auge del fascismo y con las políticas pronatalistas que se impondrían después de las dos guerras mundiales.


2https://www.centropraxis.co/post/la-emancipacion-de-las-proletarias-es-tambien-la-lucha-de-la-clase-proletaria

3(https://www.dane.gov.co/files/operaciones/ECV/bol-ECV-2023.pdf)

4Boletin ECV 2023, DANE.

5DNP, Observatorio de familia. Boletín n.º 17. Familias y matriz de la desigualdad social en Colombia. Pág 4 (https://observatoriodefamilia.dnp.gov.co/Documents/Boletines/Boletin%2017.pdf)

6Se utiliza el término Medios de Consumo Colectivo para referirse no sólo a los bienes, servicios y actividades que intervienen en la reproducción de los seres humanos, si no a los espacios y relaciones sociales a través de las que se lleva a cabo. Así, no sólo incluye los Bienes de Uso Colectivo actuales como servicios públicos, educación, salud,etc. si no todas las actividades de consumo y reposición de la vida que hoy aún se realizan de forma privada y fragmentada.

7https://www.aporrea.org/endogeno/a139570.html

8Susana Gómez, “La socialización del trabajo doméstico y la generalización de los medios de consumo colectivos como estrategias para eliminar el patriarcado y construir el modo de vida socialista”, El Papel de la Comuna en el proceso de emancipación, pp.10-30, 2011, Ediciones Insumisas.

9La obra del dramaturgo griego Esquilo escrita hacía el 500 a. C. con título “Las Suplicantes” es una corta e interesante obra de teatro que además de relatar el mito de las Danaides y su lucha por “la causa de las mujeres”, defiende el poder político de la Asamblea Popular por encima del rey y de los gobernantes.

10DNP. Documento CONPES 4080 de 2022: Política Pública Nacional de Equidad de Género para las Mujeres. Capítulo 4, página 67.

11 DANE. Encuesta Nacional de Calidad de Vida (ENCV 2022): «El 40% de los hogares con niños menores de 5 años en estratos 1-2 acceden a guarderías públicas, frente a una demanda potencial del 100%».

12https://www.observatoriosocioterritorial.org/post/bolet%C3%ADn-no-5-conflictos-sobre-el-trabajo-y-la-gestio-n-popular-del-territorio-en-bogota-sabana

13Susana Gómez, «No me llames madre en mi horario de trabajo” , Correo del Orinoco, 20 de enero de 2015, p.22 (https://www.noticiasdiarias.informe25.com/2015/01/opinion-no-me-llamen-madre-en-mi.html)






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viernes, 17 de febrero de 2023

Una forma de violencia digital en América Latina: Antifeminismo


Fuentes: Nueva Sociedad

El antifeminismo se ha convertido en uno de los elementos discursivos centrales de las nuevas derechas populistas en Europa y en América Latina.

Si bien en la calle no ha sido capaz de superar la movilización popular feminista, en las redes sociales el antifeminismo ha conseguido visibilizarse a través de prácticas que combinan el ciberacoso con otras violencias digitales, y que tienen por objetivo silenciar a las activistas feministas y hacer aparecer como hegemónicos discursos que son minoritarios en las sociedades.

Desde Tijuana hasta Magallanes, el movimiento feminista se ha hecho cada vez más presente en las calles y plazas de América Latina, hasta el punto de convertirse en uno de los principales agentes del actual ciclo de movilización y de cambio. Miles de mujeres han participado en marchas y reclamos para exigir el derecho a disponer de una vida digna, en libertad y sin violencia. La movilización feminista en el espacio público es solo la punta del iceberg de un cambio cultural más profundo que afecta la región. De acuerdo con la encuesta desarrollada por Ipsos Mori en 2019, «Actitudes globales sobre la equidad de género», países como Brasil, Chile, Colombia, México y Perú se cuentan entre los diez primeros en porcentaje de personas que se identifican a sí mismas como feministas, muy por encima de Francia, Canadá, Alemania o Países Bajos; lo que contrasta con los imaginarios populares sobre América Latina y Europa.

No obstante, esta presencia abrumadora del movimiento en las calles choca con la reacción antifeminista que se observa especialmente en el ámbito digital, donde se han multiplicado las amenazas, los discursos de odio y los insultos contra cualquier usuaria sospechosa de simpatizar con el feminismo. Este no es un fenómeno exclusivamente latinoamericano, sino que sigue una tendencia antes observada en Estados Unidos y también en España: cuando más fuerte es el feminismo en las calles, más crece su oposición en las redes sociales. Podría parecer que se trata de una mero rechazo espontáneo y emocional por parte de sujetos machistas que se oponen a los avances en las políticas de igualdad y reconocimiento. Sin embargo, esta explicación ignora un factor clave: el movimiento antifeminista actúa a menudo como un contramovimiento organizado[1], por lo que no puede explicarse tan solo por actitudes o prejuicios como la misoginia o el machismo, aunque claramente se alimente de estos y contribuya a su expansión.

De hecho, el antifeminismo actual se articula a través de una red de organizaciones y movimientos diversos y no siempre congruentes entre sí, que han sabido generar marcos discursivos reaccionarios de contestación a las demandas feministas, así como establecer alianzas con otros movimientos neoconservadores y populistas de derecha. Así, el antifeminismo se ha convertido hoy en uno de los elementos discursivos centrales del nuevo populismo de derecha, tal y como se ha evidenciado durante la presidencia de Jair Bolsonaro en Brasil, con su voluntad de limitar y prohibir la educación sexual y de género en el currículum educativo; durante el referéndum sobre los Acuerdos de Paz en Colombia, cuando la derecha religiosa se movilizó para mostrar su rechazo aduciendo que estos acuerdos reforzaban la perspectiva de género; y también en Perú, en la alianza entre el fujimorismo y la extrema derecha evangélica, una de las principales impulsoras de la campaña «Con mis hijos no te metas» (cmhntm), contraria a la implementación del enfoque de género en el currículum educativo y que logró expandirse a diferentes países de la región.

Una de las características de este antifeminismo es su participación en las redes sociales, que no se limita solo a difundir su discurso a través de hashtags como #AbortoNoEsNiUnaMenos, #AdopcionPrenatal, #ElAborto NoSeCelebra, #NoALaIdeologiaDeGenero o #SalvemosLasDosVidas, sino que ampara y difunde diferentes formas de ciberacoso y otros modos de violencia digital contra activistas y mujeres con relevancia pública en la red por expresar posiciones profeministas. De este modo, tal y como ya denunció Amnistía Internacional en un informe publicado en 2018,[2] redes como Twitter han pasado a ser un lugar tóxico para activistas, periodistas y mujeres con relevancia pública que se han convertido en objeto de diferentes violencias.

La matriz religiosa del antifeminismo latinoamericano

El antifeminismo latinoamericano se distingue de los antifeminismos europeos por el mayor peso que adquiere el componente religioso en su articulación, así como por su carácter más preventivo que reactivo. Mientras que en Europa el antifeminismo ha adoptado ropajes más seculares (masculinismo, cibermisoginia, posfeminismo, etc.), en el caso de América Latina se ha basado en una alianza entre el conservadurismo católico y la nueva derecha cristiana evangélica, con el fin de bloquear la aprobación de políticas de igualdad y el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos.

En este contexto, es preciso señalar que a pesar de la relevancia que pueda haber tenido la voz de determinados cardenales y obispos contra el reconocimiento del matrimonio igualitario y de los derechos sexuales y reproductivos, han sido sobre todo los líderes evangélicos, del ala conservadora, quienes más han destacado en su tarea de activar la movilización contra las demandas feministas. Es por ello que, si queremos conocer cómo operan los antifeminismos latinoamericanos, es preciso atender a la transformación de la composición religiosa de la región y a la derechización ideológica que ha afectado a determinados sectores de las iglesias católica y evangélicas.

De acuerdo con datos de Latinobarómetro de 2021, 83,4% de la población latinoamericana declara profesar algún tipo de religión, de la cual 68,3% se declara católica, seguida de 27,6% que se adscribe a un culto evangélico[3]. Si bien América Latina continúa siendo la región con mayor porcentaje de población católica del mundo, esta ha ido descendiendo en las últimas décadas, y lo ha hecho a partir de dos fenómenos concomitantes: por una parte, la tendencia a la secularización, especialmente avanzada en los países del Cono Sur: Uruguay, Chile y Argentina; y por otra, el crecimiento del culto evangélico, que en el caso de los países centroamericanos ha llegado a igualar e incluso a superar a los adeptos al catolicismo.

Asimismo, cabe señalar que ciertos sectores de las iglesias católica y evangélicas han sufrido un proceso de derechización, que tiene su origen en la oposición a las teologías de la liberación que se desarrollaron en el continente a partir de los años 60. En el caso del catolicismo, esta reacción se hizo manifiesta durante el papado de Juan Pablo ii en los años 80 y en el ascenso en la región de organizaciones conservadoras como el Opus Dei o los movimientos carismáticos; respecto del evangelismo, esta influencia se vincula con el dominio que ha ejercido un determinado sector de las iglesias evangélicas de eeuu, que ha enarbolado la oposición a cualquier avance en los derechos sexuales y reproductivos, abogando por una nueva agenda moral basada en la defensa de la familia y los valores tradicionales. 

Estos sectores, que podemos caracterizar de «nueva derecha cristiana latinoamericana» por analogía con la estadounidense, disponen actualmente de un creciente número de altavoces mediáticos: canales de televisión, emisoras de radio y, sobre todo, una presencia muy activa en las redes sociales, a través de las cuales hacen llegar su mensaje a diferentes sectores de la población, desde las capas más acomodadas hasta los sectores más humildes.

Asimismo, en los últimos años se evidencia que esta nueva derecha evangélica ha fortalecido su alianza con el neoconservadurismo católico[4], representado por organizaciones de matriz española como el Opus Dei, el Camino Neocatecumenal o, especialmente, grupos de presión como CitizenGo, impulsado en 2013 por la organización ultraconservadora española Hazte Oír y que dispone de una influencia creciente en el ámbito latinoamericano. Esta influencia se evidenció en las campañas #sosJeanineAñez para pedir la libertad de la ex-mandataria boliviana, en prisión por su participación en el golpe de Estado de 2019, y #ConMisHijosNoTeMetas, que contó también con el apoyo de diferentes iglesias evangélicas.

Igualmente, cabe señalar el surgimiento de colectivos y redes transnacionales que agrupan al neoconservadorismo católico y evangélico, que se caracterizan por la defensa de los roles de género y de los modelos familiares considerados tradicionales y que perciben el feminismo como una amenaza a lo que denominan «familia cristiana». 

A menudo, estos colectivos se autodenominan «defensores de la familia tradicional» y emplean la expresión «ideología de género» –surgida en el seno de los sectores más conservadores de la Iglesia católica durante el papado de Juan Pablo ii para desacreditar el pensamiento y las demandas feministas y lgbti+–, centrando su línea de actuación en la oposición al aborto, a la introducción de la educación sexoafectiva en las escuelas y al reconocimiento de la diversidad de modelos familiares. Ejemplos de estas redes transnacionales neoconservadoras serían el Congreso Iberoamericano por la Vida y la Familia, o la Unión Iberoamericana de Parlamentarios Cristianos liderada por Fabricio Alvarado, político evangélico y conservador costarricense cuya carrera política ha estado marcada por su oposición al aborto, al matrimonio igualitario, a las técnicas de reproducción asistida y a la incorporación de la educación sexual y de género.

Frente a este antifeminismo de corte más tradicional, también se evidencia en tiempos recientes la aparición de otras formas de antifeminismo secular no vinculadas directamente con la matriz religiosa, pero que destacan por compatibilizar sus críticas al feminismo con la defensa a ultranza del liberalismo económico. A diferencia del antifeminismo religioso, cuyo objetivo es incidir en la política a través de la movilización del voto religioso y del apoyo a los políticos comprometidos con su programa moral, este antifeminismo ultraliberal mantiene una doble orientación: incidir en la esfera pública a través de las denominadas batallas culturales y constituir nuevos partidos, para así ocupar el poder político y desarrollar su programa de rebajas fiscales y desmantelamiento de los servicios asistenciales en beneficio de las capas más adineradas. En este sentido, se compatibiliza la defensa de la institución familiar y de los roles de género tradicionales con el neoliberalismo, al convertirse tales roles en garantes de la provisión social que debe realizarse al margen de la intervención del Estado.

Una de las ideas claves de este antifeminismo es la victimización imaginaria que afectaría a los hombres que estarían en una posición de sumisión, lo que genera una suerte de inversión simbólica. A diferencia del antifeminismo religioso, este nuevo antifeminismo se desarrolla sobre todo en sociedades más secularizadas y está representado en Argentina por comunicadores y políticos paleolibertarios como Javier Milei e intelectuales-influencers como Agustín Laje, y en el caso de Chile, por José Antonio Kast, quien combina elementos de antifeminismo secular y religioso. Un caso más extremo de esta alianza entre ambos antifeminismos es el de Jair Bolsonaro en Brasil, quien ha sabido combinar el apoyo de las clases media y alta brasileña del sur-sureste y centro-oeste del país, deseosa de políticas securitarias y rebajas fiscales, con el voto religioso del preocupado por la agenda moral, que proviene mayoritariamente de las capas populares del norte-noreste del país.

La reacción digital

Si bien no podemos menospreciar el peso del antifeminismo en la región y su capacidad de movilización ciudadana, reflejada en las marchas contra la «ideología de género» en México y Colombia en 2016, en Ecuador y Uruguay en 2017 y 2018, y en Perú en 2017 y 2019, o en las manifestaciones contra la legalización del aborto en Argentina en 2018 y 2019, su capacidad de incidencia ha quedado eclipsada por las históricas movilizaciones impulsadas por el movimiento feminista, tales como el Paro Internacional de Mujeres del 8 de marzo, o aquellas por los derechos sexuales y reproductivos y contra los feminicidios que se han desarrollado en distintos países como Argentina, México, Colombia, Bolivia o Chile. 

Las movilizaciones feministas en la región han superado claramente a las antifeministas. Esto ha llevado al antifeminismo a orientar su acción al ámbito de las redes sociales, que se convierten en un espacio de impunidad y violencia contra las activistas feministas. Si en sus inicios internet fue visto como un espacio de comunicación libre y horizontal que abría nuevos horizontes de posibilidad a los colectivos marginalizados, la penetración de los discursos de odio y la multiplicación de ataques contra activistas o mujeres comprometidas en la lucha por la igualdad y no discriminación están convirtiendo las redes sociales en un territorio cada vez más hostil para expresar reclamos feministas. Un ejemplo de cómo operan estos ataques y sus efectos podemos encontrarlo en el informe de Amnistía Internacional «Corazones verdes. Violencia online contra las mujeres durante el debate por la legalización del aborto en Argentina»[5], en el que se recogen las diferentes formas de violencia y abuso online que sufrieron las mujeres en las redes sociales durante el debate sobre la interrupción legal del embarazo. 

Estos ataques acostumbran a adquirir un carácter masivo, enmascarándose en el anonimato de la red, y a seguir ciertos patrones estratégicos similares a los que hemos observado en Europa y eeuu. En un estudio reciente impulsado por el Fondo de Mujeres Calala[6], se evidencia cómo estos discursos a menudo amparan, legitiman y activan diferentes formas de violencia digital contra activistas feministas y mujeres, aprovechándose de los vacíos legales existentes en el ámbito de los discursos de odio y las violencias digitales. De este modo, el antifeminismo no representa solamente una amenaza discursiva a los procesos democratizadores en curso, sino que supone una amenaza a la integridad y a la seguridad de las mujeres que puede llegar a amparar acciones violentas, adoptando con frecuencia la forma de un enjambre en el que la persona convertida en objetivo recibe múltiples violencias simultáneas frente a las cuales es imposible reaccionar. Entre las distintas formas de violencia digital implicadas en los ataques antifeministas, podemos encontrar ciberacoso, insultos, amenazas, inducción al suicidio, relevamiento de datos personales o privados (doxing), discursos de odio, reportes falsos con objetivo de silenciar cuentas y, en algunos casos, el acceso no autorizado a las propias cuentas personales.

La naturaleza y el carácter masivo de estos ataques evidencian que no se trata de fenómenos aislados, sino que suelen responder a una estrategia planificada. De hecho, muchas de estas formas de violencia tienen como objetivo acallar las voces feministas que pueden llegar a expresarse o adquirir relevancia en las redes, con el fin de generar una espiral del silencio[7] en la que las voces feministas tiendan a autocensurarse y aparezcan cada vez más como minoritarias. Para ello, se utiliza tanto a usuarios reales como bots automatizados cuya función es amplificar el ataque y el discurso de odio implícito, amparándose en la ausencia legal de responsabilidades por parte de las grandes compañías tecnológicas, cuya inacción genera un sentimiento de indefensión en las mujeres que sufren estas violencias.

Asimismo, estos ataques generan entre los atacantes un sentimiento de pertenencia a una comunidad, al sentirse partícipes de una acción y mantener un discurso compartido que es utilizado para denigrar a las activistas feministas («feminazi», «ideología de género», etc.), y que es amplificado por los influencers digitales asociados a las nuevas derechas populistas, que en muchos casos actúan como señaladores de los objetivos e impulsores de los ataques. Por otra parte, se evidencia una afinidad cada vez mayor entre las cuentas políticas de los partidos y líderes populistas de la derecha radical y los influencers antifeministas, a punto tal que los primeros comparten frecuentemente el contenido de los segundos. Otro efecto observable de esta espiral del silencio es que, al acallar las voces profeministas, el antifeminismo puede llegar a presentarse como hegemónico en determinadas comunidades virtuales.

La sombra de la extrema derecha 2.0

Si bien la alianza entre el movimiento antifeminista y el pensamiento ultraconservador no es nueva, sí lo es la centralidad que el antifeminismo está adquiriendo dentro de los discursos de las nuevas derechas populistas radicales, que han sabido actualizar su relato y adaptar sus prácticas a la nueva realidad del mundo digital, tal y como describe Steven Forti[8]. Nuria Alabao apunta que las formaciones populistas han situado en el centro de su discurso las denominadas «guerras de género», dentro de la narrativa de las «guerras culturales», a fin de impulsar una derechización del cuerpo social que vuelve a poner en el centro los conceptos de familia y nación[9]. 

Actualmente, la reacción (backlash) conservadora[10] frente a los movimientos de emancipación (feminista, lgbti+, antirracista, etc.) se ha convertido en uno de los principales ejes discursivos de estas nuevas derechas, en tanto consideran estos movimientos como parte integrante del «globalismo»[11]. Para las nuevas derechas populistas, el feminismo no constituiría un movimiento emancipatorio por la igualdad y la no discriminación, sino que respondería a una estrategia impulsada por las elites globales para debilitar las señas de identidad nacional y los fundamentos societarios, frente a la cual el «pueblo» reaccionaría utilizando las redes sociales como mecanismo de expresión de su descontento a través de la generación de «un nuevo sentido común» basado en el antiprogresismo[12].

Asimismo, las políticas de igualdad de oportunidades o de acción afirmativa habrían servido para sustentar una red de organizaciones subvencionadas, caracterizadas como lobbies, que tendrían por objetivo transformar los valores sociales y reproducir el discurso de la corrección política al servicio de las elites globales. Esta teoría se ha visto reforzada en el contexto de la pandemia de covid-19 por otras narrativas basadas en las teorías de la conspiración, a punto tal de llegar a responsabilizar al movimiento feminista de la extensión de la pandemia en España por la organización de las manifestaciones del 8 de marzo[13].

La acumulación de situaciones adversas, como el aumento de la precariedad laboral, la inseguridad existencial, la ausencia de perspectivas de futuro, así como los sentimientos de angustia generados en el marco de la pandemia de covid-19, ha favorecido la necesidad de buscar identidades-refugio como la masculinidad, lo que explicaría la recepción que tiene el antifeminismo dentro de un cierto sector de varones. Este grupo social correspondería a lo que Michael Kimmel[14] ha denominado la comunidad de «hombres blancos cabreados», varones que ven amenazada su anterior posición social a resultas de los avances en la igualdad de género, social y de trato en relación con los grupos racializados, lo que genera un sentimiento de derecho/privilegio agraviado. Este grupo social constituye la principal base de movilización social tanto del antifeminismo como de las nuevas derechas radicales.

Una de las consecuencias de esta alianza ha sido el fortalecimiento de la interseccionalidad de odios, es decir, la confluencia entre discursos antifeministas, racistas y homófobos, ya se expresen de forma literal o aparezcan enmascarados detrás de la denominada incorrección política, que acostumbra a camuflar los discursos de odio en el uso estratégico del humor negro, el sarcasmo y la ironía. De hecho, es habitual la participación de esta comunidad de odio, formada por hombres que sienten sus privilegios agraviados, en los ataques coordinados contra activistas feministas, siendo estos mucho más encarnizados cuando su objetivo es una persona que expresa una preferencia sexual o de género no normativa y/o que pertenece a un colectivo racializado.

Finalmente, podemos concluir que la principal causa de la aparición de los nuevos antifeminismos es la reacción frente al auge experimentado por el movimiento feminista en estos últimos años. Sin embargo, sería incorrecto culpar al feminismo de la aparición del antifeminismo. Ante cada momento de avance social, aparecen contramovimientos que tienen por objetivo frenar y oponerse a los procesos de cambio, tal y como sucedió en el sur de eeuu durante la lucha contra la segregación racial, o en Argentina con el movimiento antiabortista de los pañuelos celestes. La aparición de estos contramovimientos no es una mera reacción a la aparición de un movimiento social como el feminismo, sino que es la respuesta a la fractura del consenso valórico que había sustentado la anterior estructura de desigualdades. Es en aquellos momentos en que emerge la posibilidad de un cambio (el fin de la segregación, la aprobación de los derechos sexuales y reproductivos, el reconocimiento del movimiento igualitario) cuando el contramovimiento adquiere fuerza. Asimismo, cabe señalar que la reacción antifeminista conecta con una reacción más amplia, aquella impulsada por las fuerzas conservadoras ante la fractura del consenso neoliberal. Una reacción que puede llegar a adoptar retóricas supuestamente antineoliberales, pero que tiene por objetivo frenar los procesos de transformación social.

Notas:

[1] J. Bonet-Martí: «Los antifeminismos como contramovimiento: una revisión bibliográfica de las principales perspectivas teóricas y de los debates actuales» en Teknocultura vol. 18 No 1, 2021.

[2] Amnistía Internacional: «Toxic Twitter: A Toxic Place for Women», 2018, disponible en www.amnesty.org/en/latest/research/2018/03/online-violence-against-women-chapter-1-1/.

[3] Corporación Latinobarómetro: Informe 2021, Santiago de Chile, 2021.

[4] Cristina Vega: «La ideología de género y sus destrezas» en Karin Gabbert y Miriam Lang (eds.): ¿Cómo se sostiene la vida en América Latina? Feminismos y re-existencias en tiempos de oscuridad, Ediciones Abya Yala / Fundación Rosa Luxemburgo, Quito, 2019.

[5] Amnistía Internacional: «Corazones verdes. Violencia online contra las mujeres durante el debate por la legalización del aborto en Argentina», 2019, disponible en https://amnistia.org.ar/corazonesverdes/informe-corazones-verdes.

[6] Diana Morena-Balaguer, Gloria García-Romeral y Mar Binimelis-Adell: «Diagnóstico sobre las violencias de género contra activistas feministas en el ámbito digital», Fondo de Mujeres Calala / Universitat de Vic, 2022.

[7] Elisabeth Noelle-Neumann: La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social, Paidós, Buenos Aires, 2010.

[8] S. Forti: Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla, Siglo XXI, Madrid, 2021.

[9] N. Alabao: «Las guerras de género: la extrema derecha contra el feminismo» en Miquel Ramos et al.: De los neocón a los neonazis. La derecha radical en el Estado español, Fundación Rosa Luxemburgo, Madrid, 2021.

[10] Susan Faludi: Backlash: The Undeclared War against American Women, Crown, Nueva York, 2006.

[11] Pippa Norris y Ronald Inglehart: Cultural Backlash: Trump, Brexit, and Authoritarian Populism, Cambridge UP, Cambridge, 2019.

[12] Pablo Stefanoni: ¿La rebeldía se volvió de derechas?, Siglo XXI / Clave Intelectual, Madrid, 2021.

[13] J. Bonet Martí: «Análisis de las estrategias discursivas empleadas en la construcción de discurso antifeminista en redes sociales» en Psicoperspectivas vol. 19 No 3, 2020.

[14] M. Kimmel: White Angry Men: American Masculinity at the End of an Era, Bold Type Books, Nueva York, 2013.

Fuente: https://nuso.org/articulo/302-antifeminismo/





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lunes, 10 de mayo de 2021

Neomachismo & Odio al feminismo: STOP “STOP FEMINAZIS”


Fuentes: https://miguelorenteautopsia.wordpress.com

Exhibir un cartel con “Stop feminazis” no es libertad de expresión, es actuar libre e impunemente para negar la VG y contra quienes buscan erradicarla. Hay que hacer stop al “Stop feminazis”.


Hay que poner fin a ese machismo exhibicionista que vive asentado a las puertas de determinados juzgados o que acude a ciertas citas para levantar sus pancartas y carteles con las que reivindican la impunidad de la violencia contra las mujeres y el rechazo a las políticas de igualdad y al feminismo. 

Me refiero a ese grupo de hombres que lleva años aprovechando cualquier caso o situación para mostrar sus pancartas con el mensaje de “Stop feminazis” ante alguna cámara de televisión sin que nadie haga nada. 

Ante esta situación surgen varias cuestiones. 

  • No creo que ninguna organización pudiera estar asentada libremente alrededor de los edificios judiciales con sus pancartas preparadas en espera de que llegue alguien que haya levantado interés mediático, para situarse detrás y levantar sus carteles que critican que se actúe contra la violencia que sufren las mujeres. ¿Piensan que sería posible que hubiera grupos similares que atacarán a quienes luchan contra el racismo, contra el terrorismo, o contra el narcotráfico? 
  • ¿Creen que sería factible que, además, lo hicieran considerando como nazis a quién trabaja contra el racismo, el terrorismo o el narcotráfico, y los llamarán “anti-racisnazis”, “anti-terronazis” o “anti-narconazis?
  • Con esa estrategia lo que en realidad hacen es propaganda del nazismo al legitimar sus argumentos. La situación es sencilla, si ellos legitiman que existen estrategias “nazis” por parte del feminismo, lo que en realidad están legitimando es que se utilicen ese mismo tipo de estrategias nazis en contra de estas iniciativas, que es justo lo que luego lleva a cabo la ultraderecha y sus grupos afines al cuestionar la existencia de la violencia de género, y al decir que las propuestas a favor de la Igualdad son un ataque al orden social y a la libertad de las familias, presentándolas como una especie de “ingeniería social” a la que llaman “adoctrinamiento de género”. 

Al llamar “feminazismo” al feminismo presentan la igualdad como un instrumento de opresión dirigido contra aquel grupo de personas que no comparte la condición defendida por el feminismo. Y para hacerlo creíble afirman que el feminismo va contra todos los hombres, al igual que dicen que las leyes de violencia de género van también contra todos los hombres. Una estrategia que en realidad busca aumentar el odio contra aquellas organizaciones y personas que trabajan para corregir la desigualdad y erradicar la violencia de género, y, de paso, mantener la misoginia original del machismo.

Actuar contra el feminismo es defender la realidad que pretende transformar el feminismo, es decir, el machismo. Y, por tanto, significa darle valor a la construcción androcéntrica levantada sobre la idea de que la condición masculina es superior a la de las mujeres, y que el orden que debe definir la realidad social es el de la desigualdad con los hombres dirigiendo el destino de nuestros días. Todo ello demuestra que se busca perpetuar los privilegios históricos de los hombres, entre ellos el hecho de utilizar la violencia contra las mujeres sin que la inmensa mayoría de los agresores sean denunciados (aproximadamente el 75% no es denunciado), y que sólo se condene alrededor de un 22% del 25% que se denuncia. Esta situación lleva a que en la práctica la violencia de género resulte prácticamente impune para quienes la ejercen, lo cual no deja de ser un gran privilegio. 

Presentarse con carteles defendiendo esas ideas es incitar al odio y a la violencia,pues, además de defender el orden actual con su violencia impune, también aprovechan para mandar el mensaje de las “denuncias falsas” y de que las mujeres arruinan la vida a los hombres al “quitarle los hijos, la casa, y la paga”; o lo que es peor, diciendo que bajo estas circunstancias son abocados al suicidio, como también plantean desde estas posiciones. 

Al igual que no se puede defender el racismo, ni el terrorismo, ni el narcotráfico, ni la xenofobia, ni ningún planteamiento de este tipo exhibiendo carteles en lugares públicos, no debería permitirse que estos hombres paseen con sus carteles por las puertas de los juzgados y otros lugares donde aparezca una cámara de televisión para exhibirse, como hemos visto estos días con Rocío Carrasco.  Y da la sensación de que deben tener algún contacto interno cuando saben qué día, a qué hora y en qué juzgado aparecerá la persona mediática junto a la que mostrar sus pancartas.

Exhibir un cartel con “Stop feminazis” no es libertad de expresión, es actuar libre e impunemente para negar la violencia de género y contra quienes buscan erradicarla. Quienes tienen la responsabilidad de evitar que se incite al odio deben actuar para hacer stop al “Stop feminazis”.


Fuente: https://miguelorenteautopsia.wordpress.com/2021/05/09/stop-stop-feminazis/




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domingo, 28 de febrero de 2021

Violencia callejera & Machismo: Machismo callejero


Fuentes: https://miguelorenteautopsia.wordpress.com

No me extraña que la nave “Perseverance” ni ninguna otra de las anteriores no hayan encontrado marcianos en Marte, porque todos deben estar aquí en la Tierra. Es lo que se deduce del comportamiento de muchos cuando su conducta se muestra tan alejada de la realidad que dicen habitar.


La “violencia callejera” que estamos viendo estos días forma parte del modelo machista que busca con ella conseguir dos objetivos principales. Por un lado, el resultado concreto de cada una de las acciones, y por otro, la reivindicación de quiénes están legitimados para usarla, qué son los hombres y sus estrategias. De ese modo, se refuerza la alianza impuesta por el androcentrismo entre lo individual y lo social para apuntalar lo cultural: los hombres son más hombres al usar la violencia, y el sistema machista es más sólido con la violencia “normalizada” y “justificada” que ejercen los hombres que así lo deciden. 

Sólo hay que ver cómo algunos de los violentos compiten entre sí para ver quién hace la “hombrada” más grande al ponerse frente a la policía o al quemar el contenedor de mayor tamaño, o al romper la luna del comercio más significativo, o directamente al golpear a los policías ante la admiración del resto de violentos. ¿Creen que alguno de estos agresores es cuestionado por el resto del grupo al llevar a cabo estas acciones? Todo lo contrario, con ellas logran la heroicidad de ser reconocidos por su violencia, para luego continuar con la estrategia violenta de su modelo y ocupar en ella puestos más relevantes. 

Un partido de izquierdas debe tener claro cuáles son los elementos que definen el modelo de convivencia que busca la izquierda.

Siempre he dicho que la diferencia fundamental entre la derecha y la izquierda no está en el número de machistas, sino en el número de feministas. Quienes defienden la violencia desde las posiciones de izquierdas no buscan transformar el modelo patriarcal, sino reforzarlo para beneficiarse de él a la hora de desarrollar sus ideas. Podrán hacer planteamientos muy diferentes con las políticas que implementen, redistribuir la riqueza, potenciar un modelo social, defender y reforzar lo público… y todo lo que desde sus posiciones consideren necesario, pero lo harán con unos valores machistas que perpetuarán el protagonismo de los hombres y lo masculino, la jerarquización como modelo de relación en la sociedad, y la consecuente injusticia social que se deriva de todo ello. Así ha ocurrido en las dictaduras de izquierdas, que han sido de izquierdas y machistas.

La única referencia transformadora de la realidad es el feminismo, y el feminismo es pacifismo. No se puede ser de izquierdas a medias o de 8 a 3, es algo que deben entender quienes buscan transformar la realidad, no sólo hacer algunos cambios en ella. Y quienes hablan desde posiciones referentes de la izquierda, como ha hecho Pablo Echenique al amparar la violencia en nombre de los objetivos que se pretenden alcanzar a través de ella, deben tenerlo aún más claro, y apartarse de todo lo que signifique mantener las referencias del modelo patriarcal. La utilización de la violencia es tan machista que al final, cuando se defiende, se utilizan los mismos argumentos para minimizarla, y se dice que “sólo son unos pocos”, o que desde el otro lado también hay violencia, pero “de otro modo”, justo lo mismo que dicen los maltratadores. 

No hacerlo tiene una doble consecuencia, por un lado, la ya comentada de perpetuar el modelo, y por otro, legitimar la violencia y darle espacio dentro de la convivencia bajo el argumento de que hay razones para usarla. Una vez que acepta esta premisa del modelo, la consecuencia es que cada uno utiliza sus razones para llevarla a cabo, pero sin dudar de que la violencia es una parte esencial de la estrategia del sistema.

La irresponsabilidad de quienes actúan de ese modo desde posiciones institucionales es mayor, pues junto al mensaje aparece la legitimidad de quienes ven en su posición un refuerzo de sus ideas y decisiones. Es lo mismo que ocurre cuando desde la derecha y la ultraderecha cuestionan la realidad de la violencia de género, y luego muchos utilizan ese respaldo institucional para cuestionar y atacar con más intensidad las medidas dirigidas a erradicarla.

En democracia existen mecanismos para actuar contra las decisiones o contra, como se ha dicho, la “violencia policial”. Pero la violencia nunca justifica la violencia ni una decisión injusta. Esa es otra de las trampas del machismo para no renunciar a su estrategia y permitir la continuidad de sus instrumentos y tácticas; o sea, su propia continuidad.

La democracia no se debilita ni es deficitaria cuando se aplican las leyes elaboradas por el Parlamento, la deficiencia democrática se produce cuando las críticas se hacen a través de la violencia, sobre todo cuando se acompañan del respaldo o la justificación de quienes están en posiciones institucionales y en condiciones de impulsar el desarrollo nuevas leyes.

La democracia no se puede imponer a la fuerza, debe ser parte de la manera de entender la convivencia.Y la violencia es incompatible con la convivencia y con la Igualdad. No se deben confundir los límites democráticos con la imposición que establece el modelo patriarcal, y, por tanto, no se puede usar la violencia en nombre de la libertad, porque al hacerlo no se defiende la libertad y la democracia, sino el modelo de poder injusto que tiene en la violencia un instrumento estructural.

La violencia siempre conduce a más violencia.


Fuente: https://miguelorenteautopsia.wordpress.com/2021/02/19/machismo-callejero/amp/?__twitter_impression=true




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