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jueves, 23 de marzo de 2017

Decrecimiento

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Por Geneviève Azam
El paradigma del crecimiento económico ha sido central en las representaciones del mundo y las políticas económicas que se desarrollaron desde 1945. Sin embargo, se ha apagado el crecimiento económico como un proceso regular, continuo, auto-suficiente, que llegó a su apogeo en los “gloriosos treinta” entre el boom de la posguerra y la crisis del petróleo de (1945-1973). El crecimiento, que fue, para este período que siguió a la segunda guerra mundial, la condición del progreso social y el desarrollo, ya no aguanta más el análisis crítico. Este crecimiento, que en efecto se dio en los países industrializados “desarrollados”, involucró a una minoría de la población mundial, se construyó sobre el despilfarro y la expoliación insensata de recursos naturales limitados, sobre el acceso a energías fósiles baratas, sobre la dependencia de tecnologías asesinas, y sobre la fabricación de desigualdades y desequilibrios mundiales que se han revelado insoportables e insostenibles.
El objetivo del “desarrollo” ha sostenido este proceso en tanto generó la ilusión de la posibilidad de una “recuperación” para los países “subdesarrollados” o “en desarrollo”. El desarrollo y el crecimiento se transformaron en la norma global para cualquier tipo de modelo socialista o capitalista. El crecimiento engendró una serie de disparidades que hacían necesario un nuevo crecimiento.
Cuando se hizo patente que los límites geofísicos podían frenar el proceso, entonces se planteó el desarrollo durable o sostenible. El Reporte Brundtland de 1987, Our common future, propugnaba un crecimiento “limpio” que debía asegurar conjuntamente la sostenibilidad ecológica, el desarrollo y la justicia social. La cumbre de la Tierra de Rio de Janeiro en 1992 hizo de este postulado su columna vertebral. Sin embargo, la explosión de las desigualdades y la superación de los límites ecológicos del planeta han hecho obsoletas las esperanzas de desarrollo sostenible.
Al imponerse en todo el mundo, las políticas neoliberales enterraron las políticas precedentes de desarrollo que estuvieron muy marcadas por la intervención estatal. Con la globalización económica y financiera, es la integración de los mercados mundiales la que debe hacerse cargo del trabajo del desarrollo a través de un masivo endeudamiento y del aumento del servicio de la deuda que ha empujado a un crecimiento forzado para asegurar su repago. Ya no se trata de equilibrar los tres pilares constitutivos del desarrollo sostenible, el crecimiento, la justicia social y la sostenibilidad del planeta, sino de confiarle a la economía y al mercado el cuidado de la sociedad en la Tierra. La promoción de la economía verde y del crecimiento verde remplazan a los objetivos del desarrollo sostenible. Esta economía verde busca gestionar de manera óptima los recursos e incorporar a la naturaleza en el gran ciclo de la producción, la fabricación y la valoración del mercado.
A pesar de todo esto, el crecimiento económico no se ha alcanzado. Para los viejos países industrializados, el crecimiento debe ser estimulado por la demanda de los países emergentes que han conocido, es cierto, tasas de crecimiento astronómicas en la década del 2000. Habiendo tomado los mismos modelos económicos que sus hermanos mayores, con un productivismo desenfrenado, una aceleración industrial sin ningún precedente, son ellos mismos quienes han sido confrontados violentamente por los límites del crecimiento. El caso del Brasil es emblemático: después de haber conocido un vertiginoso ascenso de su actividad económica y de haber promovido políticas sociales sobre la base del crecimiento, el proceso se detuvo bruscamente y el país se sumió en una grave crisis social y política. Una vez más, el crecimiento engendra la necesidad de un nuevo crecimiento para apaciguar las frustraciones nacientes de promesas difíciles de cumplir o incumplibles.
Dentro de las sociedades fundadas sobre el crecimiento, el detenimiento de éste significa recesiones económicas insostenibles, con una explosión de la miseria, el agravamiento de políticas productivistas y extractivistas, y los recortes democráticos. Los enfoques críticos del crecimiento muestran que el progreso social, la prosperidad, el buen vivir son posibles sin crecimiento económico y que suponen, para ser efectivos, una bifurcación hacia sociedades de post-crecimiento o decrecimiento.
Los orígenes del debate sobre el crecimiento
El debate sobre el crecimiento se inició públicamente a finales de la década de los sesenta y principios de los años setenta. De manera no exhaustiva, citemos en primer lugar el reporte Meadows del Massachusetts Institute of Technology (MIT) para el Club de Roma en 1972 (Meadows, 1972). Este reporte conducía al cuestionamiento de los fundamentos de la sociedad industrial debido a los límites biofísicos de la Tierra y al crecimiento exponencial de la población. Sus conclusiones proponían el crecimiento cero. Por razones metodológicas y  políticas, este reporte fue muy controvertido para pensadores de derecha, izquierda y del tercer mundo; siendo percibido por estos últimos como un producto de los países dominantes que buscaba cristalizar las inequidades para preservar el acceso a los recursos para los países ricos, y también, como un resurgimiento de las teorías malthusianas.
El mérito de este reporte es que recordó que el crecimiento reposa sobre la extracción de materias primas no renovables. Después de la reactualización del reporte, en 1992 y 2004, Dennis Meadows escribía en 2012, es decir cuarenta años después de la primera versión, que frenar el sistema con una crecimiento cero ya no era posible, porque la capacidad de carga global (carrying capacity) o la huella ecológica ha aumentado más allá de los niveles sostenibles. Es por ello, según él, que es actualmente necesario decrecer.
En el mismo período, y mientras florecían los sueños de colonización de nuevos planetas, la Conferencia de las Naciones Unidas de Estocolmo en 1972 lanzó el slogan: “Sólo tenemos un planeta” (Only One Earth). Sicco Mansholt[1], quien fuera vicepresidente de la comisión europea, exhortó públicamente al fin del crecimiento en un momento en el cual el crecimiento económico parecía todavía infinito.
Al mismo tiempo, los trabajos del economista rumano Nicholas Georgescu Roegen mostraban cómo la termodinámica y las leyes de los seres vivos son inseparables de la economía y de las sociedades (Georgescu-Roegen, N. 1971 y Georgescu-Roegen, N. 2006). El crecimiento material infinito es insostenible por el hecho de la irreversibilidad de la transformación de la energía en materia. La economía es un subsistema incrustado (embedded) de la biosfera, es una bio-economía. A pesar del reciclaje, ningún progreso técnico permitirá la eliminación total de los aspectos entrópicos de la extracción de los recursos y de su transformación mientras las sociedades industriales absorban inyecciones gigantescas de energía contaminante y no renovable.

Goergescu-Roegen quedó como marginal en el mundo del pensamiento económico. Su discípulo y continuador más conocido, Herman Daly, quien fundó la corriente de la economía ecológica, pregonaba por su lado una economía de fase estable (steady-state economy). Goergescu-Roegen rechazaba esta propuesta y afirmaba que la economía debía contraerse para volver a una situación anterior al rebasamiento (overshoot) de la bio-capacidad del planeta (Daly, 1997).
La aproximación bio-económica de Goergescu-Roegen, que subordina la economía a los límites geofísicos de la Tierra y la distribución equitativa de los recursos, implica transformaciones profundas de los sistemas económicos y de los valores que los sustentan. Su propuesta tiene poco que ver con la bio-economía que ahora plantean instituciones internaciones como la OCDE y la Comisión Europea. Esta bio-economía es un avatar del desarrollo sostenible. Sus nuevos conceptos de eficacia, desvinculación y economía circular fabrican una ficción sobre un crecimiento limpio, que reciclaría todos sus desechos y que optimizaría la producción y el consumo de energía.
Otra fuente de inspiración del decrecimiento fue la crítica de “la ayuda para el desarrollo”, teorizada por Truman en 1949, y aquella del desarrollo como “creencia occidental” (Rist, 1997), como proyecto “de occidentalización del mundo” en palabras de Serge Latouche (2006). Sus reflexiones fueron alimentadas por Ivan Illich y un poco más tarde por aquellas de André Gorz y Cornelius Castoriadis. Ellas conducían a impugnar la heteronomía de las sociedades industriales, que dieron a las máquinas un lugar central y a rechazar el consumismo y sus bases imaginarias.
El debate retomó vigor una vez más a partir de los años 2000 con los efectos de la globalización y la aceleración de la catástrofe ecológica. La abundancia, la prosperidad y la paz, prometidas por la globalización y el crecimiento, se convirtieron en una pesadilla: persistencia y agravamiento de la pobreza y de las desigualdades, agotamiento de recursos naturales, calentamiento climático, reducción de la biodiversidad, mal vivir, sucesión acelerada de catástrofes ecológicas y accidentes industriales. La ideología del crecimiento está fracturada por la presencia viva y sentida de manifestaciones que se alejan de las promesas y se acercan a las amenazas. Un ejemplo revelador es el calentamiento global, provocado por el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero vinculadas al aumento de la producción gracias a las energías fósiles.
El término “decrecimiento” es, a propósito, provocador y una blasfemia. Es una expresión que interpela la conciencia en un mundo dominado por el culto del crecimiento por el crecimiento, es decir por la búsqueda de la ganancia por la ganancia. Una de sus limitaciones es que puede ser entendido como la aspiración a una ganancia negativa, y en ese sentido pone sobre la mesa cuestiones civilizatorias. Es por eso que algunos críticos del crecimiento prefieren utilizar los términos de post crecimiento, de a-crecimiento, o bien, como decía Ivan Illich, de “desacostumbrarse al crecimiento”.
El decrecimiento no es el inverso del crecimiento o un crecimiento negativo y no es un concepto económico, aunque se refiere y proviene de estudios económicos. El decrecimiento significa al mismo tiempo:
  • La reducción del consumo de los recursos naturales y de la energía para responder a las restricciones biofísicas y a la capacidad de renovación de los ecosistemas. Implica la salida de un ciclo productivista de producción/consumo.
  • La invención de un nuevo imaginario político y social opuesto a aquello que subyace en la ideología del crecimiento y el desarrollo.
  • Un movimiento social, plural y diverso, en el cual convergen diferentes corrientes, experiencias y estrategias que buscan la construcción de sociedades autónomas y frugales (sencillas y moderadas). El decrecimiento no es una alternativa sino una matriz de alternativas.
  • Caminos diversos para salir del crecimiento y rechazar el exceso.
  • Un movimiento que retoma la cuestión política y democrática: ¿“Cómo queremos vivir juntos y con la naturaleza”, en vez de “¿cómo podemos crecer”?
Decrecimiento y salida de
una economía del crecimiento
Lo que los economistas llaman crecimiento es la evolución de la medida cuantitativa de la producción, calculada por el PIB. En otros términos, el crecimiento es el proceso de acumulación de capital y de riqueza. En la historia del capitalismo, este proceso es continuo, con variaciones según periodos y zonas geográficas. El crecimiento puede ser lento, como fue durante el siglo XIX y como es en las antiguas naciones industriales desde los años ochenta. El episodio de los “gloriosos treinta” -que en realidad duraron apenas veinte años- en los países industriales ha sido generalmente tomado como modelo de un crecimiento fuerte y equilibrado que permitió al mismo tiempo el progreso social. Este periodo, lejos de ser un modelo, es una excepción en la historia del capitalismo. Fue posible gracias al acceso a los recursos naturales baratos de los países del Sur, a una tensión ecológica muy fuerte, y a una racionalización y descalificación masiva del trabajo. De otra parte, algunos derechos sociales y económicos fueron otorgados para hacer frente al bloque comunista y a la protesta social.
Este compromiso fordista fue erigido en modelo económico y social, la conflictividad social parecía reducida a una repartición de la riqueza producida, y se lo asimiló a un tipo de compromiso keynesiano. Keynes en un excelente texto de 1930, Perspectivas económicas para nuestros nietos, escribió: “llegará el tiempo en que la humanidad aprenda a consagrar su energía en objetivos distintos a los económicos” y continúa: “El amor del dinero como objeto de posesión -distinto del amor del dinero como medio para saborear los placeres y las realidades de la vida- será reconocido por lo que es, una pasión mórbida y más bien repugnante, una inclinación mitad criminal mitad patológica, cuyo cuidado se le confía temblando a los especialistas en enfermedades mentales”.
El crecimiento global no sólo moviliza el trabajo y el capital, también necesita energía y recursos naturales. Estos recursos son limitados y no pueden ser reemplazados por el capital tecnológico contrariamente a la hipótesis que plantean los modelos económicos neo-clásicos que reducen la naturaleza a un capital substituible. El proceso capitalista de producción-consumo se nutre de la expropiación y de la destrucción de las condiciones y de las formas de vida que escapan a la valorización del mercado. La globalización económica y financiera desde los años 1980 ha acelerado la mercantilización de los recursos naturales y la vida, y el proceso de extracción de recursos naturales. Por lo tanto, la economía capitalista no puede crecer de manera infinita, o más precisamente, sólo puede crecer si agrava de manera irreversible las destrucciones socio-ambientales y concentra la riqueza producida en unas minorías.
La cuestión sobre los límites externos al modelo económico no concierne sólo al capitalismo: todo sistema de producción y consumo es un subsistema de la biosfera.
Es por eso, que cuando hablamos de decrecimiento, no hablamos de un crecimiento negativo o de un crecimiento cero o estacionario: el decrecimiento no es una adaptación a las fluctuaciones económicas en disminución, no es una recesión. Es una elección política que conduce a una reducción voluntaria y anticipada de la utilización de la energía y de los materiales; a una redefinición de las necesidades y a la elección de una “abundancia frugal”. El “decrecimiento sostenible” es una anticipación de la recesión forzada que, en una sociedad fundada sobre el crecimiento, conduce a desastres sociales, ecológicos y políticos.
En el capitalismo, la disminución de la presión sobre los recursos puede obtenerse ciertamente a un nivel micro económico y micro-sectorial gracias a la utilización de nuevas tecnologías, tecnologías verdes, que aumentan la eficacia técnica y económica. Pero, en un nivel global macroeconómico, en tanto no se pone en cuestión los principios del crecimiento y de la acumulación, el aumento de la eficiencia con la que se usa un recurso, es más probable que genere un aumento del consumo de dicho recurso que una disminución. Es así que el incremento de la eficiencia energética de los automóviles, ha devenido en el aumento de su potencia y en el incremento del volumen global de la producción. Es el efecto rebote, que fue visto y explicado en el siglo XIX por el economista S. Jevons.
Esta es la razón por la cual el crecimiento verde no es una solución para enfrentar los límites de los recursos naturales: es un medio para perpetuar el crecimiento y la acumulación de capital.
Es la misma ilusión que ha alimentado la esperanza de un “desacoplamiento” entre el crecimiento económico y las emisiones de gases de efecto invernadero. Según modelos económicos inspirados por la curva de Kutznets aplicada al medio ambiente, los progresos en la eficiencia energética, que fue posible gracias al crecimiento, deberían llevar a una reducción de las emisiones. Los organismos internacionales dicen que el crecimiento es la solución sin tomar en cuenta el incremento del volumen de producción debido a las mejoras en la eficiencia y la productividad. En realidad el crecimiento es el problema.
Lo mismo se aplica para un crecimiento “inmaterial” que se encontraría en los servicios y en una “economía del conocimiento” o en un capitalismo cognitivo. Esperar la llegada de una economía del crecimiento desmaterializado es ignorar la base súper material de muchos servicios. Si los programas incorporan esencialmente la materia gris, la producción de un ordenador o de chips electrónicos consume materiales, energía y una fuerte cantidad de agua.
En los países industriales, el crecimiento fuerte e intensivo de los “gloriosos treinta” solo fue posible gracias a la extracción de recursos baratos en los países dominados y colonizados. Los países del sur, que conocen hoy un crecimiento, verán ese crecimiento acabarse mucho más rápido que los países industriales ya que se enfrentan a una explosión de la demanda de recursos naturales y se ven obligados, por lo general, a extraer esos recursos naturales en su propio territorio. Por cierto, siempre pueden intentar acaparar esos recursos en otros países, pero se enfrentarán a una verdadera guerra por el control de los recursos.
En el dominio del pensamiento económico, el tema del decrecimiento da continuidad a los trabajos del economista y matemático rumano Georgescu-Roegen, quien reinsertó la economía en la biosfera e incorporó, en el análisis económico, la ley de la entropía, es decir, el principio de la disipación y desorganización de la energía y la materia en el proceso económico. Herman Daly (1997), Tim Jackson (2011) y muchos otros[2] elaboraron una nueva macroeconomía sin crecimiento, un progreso sin crecimiento. Así mismo, el decrecimiento representa una crítica fuerte al economicismo que sólo es posible en una sociedad del decrecimiento.


Decrecimiento y salida de
una sociedad en crecimiento
El crecimiento no solo está relacionado con la economía. El crecimiento es una visión de la sociedad y de los seres humanos, es una representación que hace del “progreso” una norma histórica para todas las sociedades. En el capitalismo, el crecimiento económico es medido por el PIB. Por eso, el crecimiento se convirtió en un objetivo político, en una virtud cívica y obligatoria, en la vía para realizar una sociedad libre y justa, en el camino de la democracia. Esta ideología reduce la sociedad a un pueblo de trabajadores y consumidores, privándolos de la dimensión política. Los conflictos sociales son reducidos a tensiones por la repartición de riquezas, independientemente de su contenido y de las formas que adquieren.
El neoliberalismo ha acelerado este proceso a escala mundial. Podemos comprender las políticas neoliberales, de los años ochenta, como una reacción a la ralentización del crecimiento en los países industriales que se produjo en los años setenta. El libre comercio y la financiarización de las sociedades fueron el brazo armado de la búsqueda desesperada de nuevas fuentes de crecimiento.
Todas las tendencias de tradición social-demócrata consideran el crecimiento como una condición para la justicia social. Ellas creen que se trata de hacer crecer la torta para repartirla de la mejor manera, sin preocuparse de la receta y de los ingredientes. Una postura de esta naturaleza reduce la política a una dimensión de administrador. Sin embargo, la justicia social no puede reducirse a un crecimiento redistribuido. La justicia social sólo es posible a través del reconocimiento de la dignidad por igual para todos los humanos, y ello es inseparable de la preservación de las condiciones materiales de esta dignidad. Es precisamente este espejismo, de un crecimiento económico que reviviría gracias a los tratados de libre comercio y la competencia, el que convirtió a una gran parte de la socialdemocracia a las políticas neoliberales a partir de los años ochenta.
Es por esta razón que el decrecimiento no es una noción económica y más bien comprende al conjunto de la sociedad, a sus representaciones y a sus valores. El decrecimiento cuestiona la noción occidental del progreso y la imposición universal de esa visión. El decrecimiento busca la relocalización de las actividades, la desglobalización, la redistribución de las riquezas, la recuperación del sentido del trabajo, las tecnologías amigables, el des-aceleramiento y el poder de las comunidades de base.
El decrecimiento es la expresión de varias corrientes de pensamiento crítico: crítica del mercado y la globalización, crítica de la técnica y la tecno-ciencia, crítica del antropocentrismo y de la racionalidad instrumental, crítica del “homo oeconomicus” y del utilitarismo, y crítica del exceso.
El decrecimiento se encarna en los movimientos sociales que rechazan el aceleramiento, la globalización económica y financiera, la extracción masiva de recursos, el derroche energético, la publicidad y el consumismo, la injusticia social y medio ambiental.
Desde el año 2008, varias conferencias internacionales han propagado el movimiento por el decrecimiento hasta Leipzig (2014) con más de 3.000 participantes y recientemente en Budapest.
Decrecimiento e imaginario de desarrollo
El desarrollo ha sido vinculado intrínsecamente al crecimiento económico. En realidad debería ser un crecimiento que combine lo cuantitativo con lo cualitativo, ósea un “buen” crecimiento.
Las primeras críticas de la noción occidental del desarrollo comenzaron en los años ochenta, especialmente con los trabajos de d’A. Escobar (1995), Wolfgang Sachs (1992), S. Latouche (1986), G.Rist y también André Gorz, Majid Rahmena, todos influenciados por Ivan Illich. El desarrollo sostenible fue posteriormente analizado como un oxímoron, una contradicción en sí misma. Las tesis post desarrollistas alimentaron diversas corrientes del decrecimiento, y chocaron con corrientes desarrollistas, principalmente en países del sur, que fueron defendidas y utilizadas por fuerzas “progresistas”, que, conforme con la tradición marxista, vieron en el desarrollo de las fuerzas productivas la construcción de la infraestructura necesaria para su emancipación. Es por ello que las primeras alertas sobre el crecimiento en los años 1970 fueron fuertemente criticadas.
Sin embargo, la fe en un crecimiento de tipo universal se ha visto también menoscabada en sociedades del sur. La crítica del crecimiento y del progreso fue, durante mucho tiempo, considerada esencialmente interna a la sociedad occidental y debutó mucho antes de los “gloriosos treinta” con pensadores como W. Benjamin, H. Arendt, G. Anders, J. Ellul, la Escuela de Fráncfort, etc. Estas críticas se expresaron igualmente, y de manera visible, en países del sur en los cuales todavía se considera a los pueblos como aspirantes necesitados del crecimiento. Es por ello que, principalmente en la izquierda, las críticas al crecimiento son asimiladas generalmente como una denegación de humanidad para los pueblos del sur. En otras palabras, el crecimiento constituiría una condición de la vida moral y permitiría a los seres humanos sobrepasar una condición infra humana. La deshumanización y la descivilización de las sociedades occidentales desarman en parte estos argumentos.
La crítica del crecimiento en los países del sur va más allá del desarrollo y aspira a un post-desarrollo. Es el objetivo de trabajos de investigadores y activistas latino-americanos, como el ecuatoriano Alberto Acosta, el uruguayo Eduardo Gudynas, la argentina Maristella Svampa, el venezolano Edgardo Lander y otros reunidos en un grupo de trabajo sobre “más allá del desarrollo”[3]. En otros continentes, Vandana Shiva y Arundhati Roy en el caso de la India, Emmanuel N’Dionne en Senegal, y muchos otros, llevan a cabo desde hace muchas décadas una crítica a la occidentalización del mundo y del desarrollo.
Sin embargo, la convocatoria al decrecimiento no puede realmente tener sentido y plasmarse en políticas públicas en los países del sur mientras no se encamine el proceso en los países industrializados, y exista una redistribución de la riqueza que dibuje un nuevo horizonte. Solo en ese momento, la gran frase de Gandhi tendrá todo su sentido: “vive simplemente, para que otros simplemente puedan vivir”.
El decrecimiento es discutible para las sociedades del sur, sociedades que no han alcanzado un alto nivel de crecimiento y en los cuales su huella ecológica es baja y además las necesidades básicas aún no han sido satisfechas. En este contexto, el decrecimiento es un llamado a no entrar en la sociedad del crecimiento, a romper con la dominación económica y cultural de los países del norte, a encontrar el sentido de la autolimitación y de la moderación, a veces presente en las culturas tradicionales.
Decrecimiento y movimientos sociales
El imaginario del crecimiento se construyó en varios siglos y su deconstrucción tomará necesariamente mucho tiempo. Esta deconstrucción supone prácticas sociales y decisiones políticas que permitan hacer frente a las urgencias del presente y a la vez poner las bases de otras formas de vivir en común y de habitar la Tierra.
Varios movimientos sociales se inscriben en la matriz del decrecimiento, sin obligatoriamente reivindicarse del mismo: redes Norte-Sur sobre el saqueo de recursos; movimientos campesinos que rechazan el productivismo y desarrollan una agricultura campesina; movimientos por la abolición de la deuda ecológica que obliga a los países a exportar cantidades exageradas de productos primarios en desprecio de todo equilibro ecológico; movimientos de recuperación de la tierra; movimientos de los comunes, de acceso al agua, de la justicia climática, de  resistencia a grandes proyectos inútiles que son impuestos (mega represas, aeropuertos, carreteras, vías férreas para trenes de alta velocidad, mega centros comerciales); movimientos por descentralización energética, por ciudades en transición, por Slow Food, Slow Science, Slow Cieties, Low Tech en vez de High Tech, por circuitos cortos, la relocalización y por la desglobalización.
De manera general, se trata de la toma de conciencia concreta del principio de la contra-productividad desarrollado por Ivan Illich. Más allá de un cierto límite, las políticas productivistas no son más eficaces. La agricultura industrial, en lugar de alimentar las poblaciones, envenena o enferma y destroza definitivamente las condiciones de su realización por el desgaste de los suelos; el crecimiento de los gastos en salud mejora las ganancias de los laboratorios farmacéuticos sin mejorar la salud de la mayoría de la población; el aumento del tráfico automotor termina por prolongar las distancias y aumenta el tiempo de transporte; el “crecimiento” mata los empleos o los precariza.
Estas resistencias y experiencias develan otros mundos.  Encaminan un “cambio desde abajo” sin el cual ninguna transformación social y política es pensable. ¿Es esto suficiente? ¿Cuáles son los mecanismos para comenzar transformaciones más globales? Si es relativamente simple comprender y acordar sobre la necesidad del cambio a nivel del imaginario, es mucho más difícil concebir la transición hacia una sociedad de post crecimiento. Las preguntas surgen inmediatamente. ¿Decrecimiento de qué y cómo?  ¿Cuál diversidad de políticas y a qué escalas? ¿Cómo pensar la solidaridad y la justicia sin crecimiento económico? ¿Qué plazos tenemos, que etapas y como organizar una reconversión industrial?
Las alternativas al crecimiento y al productivismo se colocan de manera complementaria en todos los niveles: al nivel individual, local, nacional, internacional.
Para avanzar en las alternativas al crecimiento, los cambios en los países del norte son esenciales por varias razones:
  • Es en los países del norte que fue inventado el capitalismo y el productivismo, así como el “socialismo” productivista.
  • Es a partir de los países del norte que el modelo ha sido exportado, aunque haya encontrado un relevo en otros lugares.
  • Es ahí donde el imaginario del crecimiento ilimitado de riquezas se estableció como condición para el bienestar y la justicia.
  • Es en los países del norte, dónde el deterioro de los ecosistemas golpea a los más pobres (alimentación, salud, hábitat, descanso) y la globalización económica y financiera destroza los empleos, el trabajo y la naturaleza.
En los países del sur también existen numerosos movimientos de resistencia y experiencias concretas que van en sentido de redefinir la relación de las sociedades con el medio ambiente cuestionando el neoliberalismo y el productivismo. Estos movimientos son generalmente antiguos y corresponden, como escribió Joan Martínez Alier a un “ecologismo de los pobres” (Martínez Alier, 2002) que cuestiona los discursos pseudo-compasivos  hacia los países del Sur y los “males” del planeta.
La reflexión no se puede realizar a partir de una élite de iluminados, compuesta por individuos virtuosos y algunos expertos. Nosotros sabemos hasta qué punto esa visión podría ser capaz de llevar nuevas formas de totalitarismo. Por eso, es a partir de relaciones sociales y experiencias concretas que debemos construir nuestra reflexión.
Las fuentes son numerosas y una de nuestras labores consiste en revisarlas. A las que ya hemos citado, debemos aumentar los trabajos de Cornelius Castoriadis, que en oposición a la corriente dominante de los años 1980, mantuvo una crítica del imaginario económico, del desarrollo y del productivismo (Castoriadis, 1998). El articuló su pensamiento a la crítica al capitalismo y al “capitalismo de Estado”, para finalmente lanzar la idea de una necesaria frugalidad, que es la cualidad de ser ahorrativo, próspero, prudente y económico en el uso de recursos consumibles. Es un pensamiento político, que hace de una sociedad frugal la condición básica de una sociedad democrática, de una sociedad que encuentra la posibilidad de elecciones colectivas, en el interior de los límites colectivamente decididos. El coloca en el centro de su análisis las relaciones sociales, los movimientos sociales y la política. La frugalidad, así definida, debe permitir salir de la heteronomía impuesta por la dominación tecno-científica y por el neoliberalismo.
Conclusión
Salir de la sociedad del crecimiento implica cuestionar el capitalismo, fundado sobre la acumulación continua e ilimitada de riquezas y capital. Pero enfrentarse al capitalismo no significa obligatoriamente el cuestionamiento del crecimiento. El capitalismo y el socialismo comparten el productivismo, al igual que la derecha y la izquierda lo comparten siempre en la mayoría de los casos.
Más allá del capitalismo, el decrecimiento cuestiona a una civilización que ha pensado la libertad y la emancipación a través de la dominación y la expoliación de la naturaleza, y que ha sacrificado la autonomía individual y colectiva en el altar de la producción y el consumo ilimitado de las riquezas materiales. El capitalismo ha agravado el despojo de los medios de vida, el sometimiento del trabajo al capital y le mercantilización de la naturaleza. Este proyecto de dominio racional del mundo, de los humanos y de la naturaleza, colapsa.
El decrecimiento, o mejor dicho el post crecimiento, o el “des-acostumbramiento al crecimiento” dibujan vías que se encuentran en las aspiraciones del Buen Vivir, en el reconocimiento de los comunes, en el movimiento por los derechos de la Tierra, en el rechazo del extractivismo, en la desglobalización y, de manera más general, en las luchas por una democracia real.
Bibliografía
Castoriadis, C. (1998). The Imaginary Institution of Society. Cambridge, MA, USA: MIT Press.
Daly H. (1997). Beyond Growth: The Economics of Sustainable Development. Boston, MA, USA: Beacon Press.
Daly H. (1972). Toward a Steady-State Economy. San Francisco, CA, USA: Freeman.
Dietz R. & O’Neill D. (2013). (prefacio Herman Daly), Enough is Enough.  USA: Routledge.
Escobar A. (1995). Encountering Development: The Making and Unmaking of the Third World.  Princeton, NJ, USA: Princeton University Press.
Gadrey J. (2010). Adieu à la croissance. Bien vivre dans un monde solidaire. Paris, France: Les Petits matins.
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Heinberg R. (2011). The End of Growth: Adapting to Our New economic reality. Gabriola Island, Canada: New Society Publishers.
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Latouche S. (1986). Faut-il refuser le développement. Paris, France: PUF.
Latouche S. (1989). L’occidentalisation du monde. Essai sur la signification, la portée et les limites de l’uniformisation planétaire, Paris, France: La Découverte.
Latouche S. (2006). Le pari de la décroissance. Paris, France: Fayard.
Martinez Allier J. (2002).  L’écologisme des pauvres, une étude des conflits environnementaux dans le monde. Paris, France: Les petits matins-Institut Veblen.
Meadows D. (1972). Limits to Growth. New York, NY, USA: Universe books.
Rist G. (1997). The History of Development, From Western Origins to Global Faith. London, England: Zed Books.
Wolfgang S. (1992). The Development Dictionary: A Guide to Knowledge as Power. London, England: Zed Books.

[1] En una entrevista en el Nouvel Observateur del 12-18 junio 1972, declaraba: “Digamos sin rodeos: debemos reducir nuestro crecimiento económico, para abrazar otra noción de cultura, felicidad y bienestar “, citado en The Ecologist, octubre de 2002, p.67.

[2] Jean Gadrey, 2010, Adieu à la croissance. Bien vivre dans un monde solidaire, Les Petits matins, Paris; Richard Heinberg, 2011, The End of Growth Adapting to Our New economic reality, New Society Publishers. Rob Dietz & Dan O’Neill (préface Herman Daly), 2013, Enough is Enough, Routledge.




FUENTE: https://systemicalternatives.org/2017/03/15/decrecimiento/

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