domingo, 14 de diciembre de 2008

Cosificación del cuerpo femenino

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Por. Ángel Manuel Amaro Quintas
Fuente: Rebelión (14.12.08)
Parece ser que este nuevo siglo, es el siglo de lo virtual y lo efímero. De lo banal y volátil, de la cantidad frente a la calidad, de la mercantilización de los últimos reductos de la sociedad comunitaria (educación y sanidad), y como no, la cosificación de las sexualidades, la (des)identidades, la pornografía, los géneros y los cuerpos.
La cosificación del cuerpo femenino, parcelación indiscriminada del cuerpo de la(s) mujer(es) con el fin de explotarlo y disiparlo en el sexismo, es latente en nuestra sociedad (neo)patriarcal; ejemplos de ellos se encuentran en la prostitución, la tecnociencia farmacológica, la pornografía, en el uso de la mujer como reclamo publicitario, en el lenguaje sexista que merma las capacidades de la mitad de la humanidad.
El caso de la discoteca de Valencia que sorteaba operaciones de cirugía estética es un caso-manifiesto reflejo de una cosificación sistemática estructural a la que se ve sometido el(los) cuerpo(s) de la(s) mujer(es) en la era farmacopolítica y biopolítica de principios de esta mal llamada, sociedad del (des)conocimiento.
En este recién llegado siglo XXI poco parece haber cambiado en el (neo) patriarcado que me vio nacer. Centrándonos en el caso español decir que hemos avanzado en el campo legislativo (aunque poco en el judicial) pero no en el simbólico y social, en definitiva, en el estructural.
Si descendemos de las altas estancias políticas a pie de calle, podemos observar como la violencia simbólica, verbal, psicológica, física y por tanto, estructural, sigue dándose en el estado español, quizás con mayor intensidad que hace treinta años debido a los coletazos de este león herido llamado patriarcado que resiste frente a los envites de las políticas igualitarias.
La imagen de las mujeres, es usada como reclamo publicitario en numerosos ámbitos (pornografía, clínicas de estética, fiestas varias, etc). Carnaza y cebo para hombres heterosexuales que no hace más que perpetuar la imagen de la mujer como un cuerpo desposeído de derechos, y si de unas buenas tetas y un gran trasero.
La cosificación y banalización del cuerpo femenino, y por ende de las mujeres, es la mayor violencia a escala planetaria que se está ejerciendo en la actualidad, pasando desapercibida por cumplir a las mil maravillas sus funciones básicas: silenciar a la mitad de la humanidad, controlar sexualmente sus cuerpos y por tanto su libertad, y silenciar posibles alianzas antipatriarcales.
Eliminar ese proceso de cosificación y sexualización hetero-parcial del cuerpo de la(s) mujere(s), será posible si se deslegitima desde la base -el sustrato ideológico- el (neo)patriarcado.
La (auto)percepción del cuerpo de la(s) mujere(s) ha de tener en cuenta la construcción identitaria de cuerpos libres, sujetos cognoscentes, que en un contexto no hetero- patriarcal se asocian entre-si y para-si con la finalidad de crear vínculos, sean sociales, verbales, sexuales, coitales.
Debemos apre(h)ender a ver el cuerpo de la(s) mujere(s) como un sujeto vivo, no pasivo-objetivizado, con una visión holística del cuerpo femenino y respetando la pluralidad (auto)elegida existente para (auto)construir cuerpos sexuales y parlantes, al igual que (des)identidades, sexualidades, sexos y (trans)géneros pansexuales.
Ángel Manuel Amaro Quintas es Coordinador de Universitari@s Progresistas y Miembro del Centro de Estudios sobre la Mujer de la Universidad de Alicante

sábado, 29 de noviembre de 2008

Mujeres, ciudad y ecología

Hortensia Fernández Medrano


Desde tiempos inmemoriales, se nos ha encomendado a las mujeres el papel de cuidadoras por razones pretendidamente naturales (lo que se ha llamado el destino biológico de las mujeres). El feminismo socialista y racionalista de la igualdad desmontó hace tiempo este mecanismo perverso y rechazó una mayor proximidad de las mujeres con la naturaleza como una maniobra del pensamiento patriarcal para mantenernos dentro del ámbito doméstico y alejadas de lo público y de la cultura.
Sin embargo, también han sido el feminismo posterior de la diferencia y el ecofeminismo los que nos han hecho valorar las actividades tradicionalmente realizadas por las mujeres, eso que hemos llamado la sostenibilidad de la vida humana haciendo alusión a la dimensión ecológica del término ya que sin ella la vida humana no es posible.

Valoración y análisis del cuidado de la vida

Cuidar la vida significa hacer que la vida continúe, pero también es imprescindible para la conservación de la especie humana. Cuidar la vida incluye tareas rutinarias y repetitivas como cocinar, limpiar, cargar, recoger, tareas que exigen mirar y esperar cómo permanecer disponible pero también incluye relaciones afectivas y sociales que posibilitan crear comunidad y proteger a las personas de la posible hostilidad que las puede afectar, sobre todo a las más pobres y desvalidas. Estas atenciones son las que permiten que los niños y niñas se hagan adultos y lleguen a ser obreros, campesinos, jueces o maestros satisfaciendo sus necesidades en la época profesionalmente activa pero también acogiéndolos en la vejez.
Por otro lado es el lugar en el que en el día a día se buscan soluciones para proteger a los más débiles cuando fallan las instituciones como es el caso de una sociedad atenazada por el paro y la explotación, pero también donde se buscan soluciones para proteger la vida en situaciones límite como son las catástrofes o las guerras, y el lugar donde comienza la reconstrucción gestionando la escasez y la esperanza. Así pues tanto en la vida diaria como en la adversidad y la catástrofe, las tareas de las mujeres constituyen una tarea civilizadora, como dicen las feministas italianas de la Librería de Milán, ya que sin ellas no habría civilización humana. (1)

Desde el pensamiento feminista no solo valoramos estas actividades sino que las queremos colocar en el centro de la organización social como las funciones humanas más importantes ya que de ellas depende la vida humana. Valoramos la vida humana y a quienes se han ocupado de su mantenimiento, esto es a las mujeres que realizan y han realizado a lo largo del tiempo y del planeta la función de cuidar la especie humana como amas de casa, madres ,esposas, hijas o hermanas ,siempre ligadas a lo imprescindible y a lo necesario, allí donde está la base de la auténtica economía, es decir ,la gestión de la casa o ámbito doméstico, como su nombre derivado del griego oikos,que quiere decir casa, lo demuestra.
Para analizar este tipo de actividad o tarea realizada por la mayoría de las mujeres hemos recuperado el concepto de labor de la pensadora del siglo XX, Hanna ARENDT (2) cuando reflexiona sobre las características de la vida humana activa. Según ella, podemos distinguir entre el trabajo propiamente dicho que tendría que ver con la producción de algo (bienes o servicios) no relacionado con lo biológico y la labor, que consiste en atender las necesidades vitales producidas en el proceso biológico del cuerpo humano (crecimiento, metabolismo y decadencia). Ambos conceptos labor y trabajo pueden relacionarse con las respectivas tareas que hombres y mujeres vienen haciendo desde los inicios de la humanidad: el trabajo doméstico y de cuidado realizado fundamentalmente por las mujeres y que consiste en dar y cuidar de la vida en todas sus etapas y el trabajo remunerado para la fabricación y distribución de productos que podría relacionarse con lo que ella llama trabajo y que habría sido realizado fundamentalmente por los hombres. Nos interesa particularmente la noción de labor que consistiría en atender las necesidades biológicas producidas en el proceso biológico del cuerpo humano con la que define el tipo de trabajo necesario para el mantenimiento de la vida humana, trabajo ignorado o infravalorado y que tradicionalmente ha sido hecho por las mujeres. Es un tipo de actividad no productiva y muchas veces repetitiva como limpiar, lavar, buscar agua y leña, recolectar, cocinar… pero también cuidar y criar niños, mayores o enfermos y absolutamente necesaria para la supervivencia de la especie humana.

La relación entre humanidad y naturaleza

Pero además cuando hablamos de la sostenibilidad de la vida humana, queremos poner en evidencia el nexo existente entre humanidad y naturaleza relación ignorada en nuestro sistema patriarcal que ha vivido siempre de espaldas al reconocimiento de la existencia de un cuerpo y de sus necesidades, ya que el pensamiento occidental ha estado dominado por el rechazo de la labor que ha sido vista como una esclavitud de la necesidad, rechazo que nos ha sido legado desde la Antigüedad hasta el punto de no considerarse humanas aquellas actividades relacionadas con las necesidades del cuerpo y que pueden ser compartidas con otros animales.

Es decir, no se ha tenido en cuenta como trabajo mas que el trabajo mercantil ya que estamos en una sociedad patriarcal donde solo se valoran la cultura y los valores masculinos que al ser dominantes aparecen como universales y se ignora todo lo demás como son las actividades realizadas tradicionalmente por las mujeres a lo largo de la historia y del mundo, y que el pensamiento feminista hace visible al dar valor al trabajo humano más ligado a las necesidades humanas como es el cuidado de la vida.

El pensamiento feminista, al ocuparse del cuidado de la vida humana se ocupa del aspecto más natural del trabajo humano es decir se reconoce el “sucio secreto de la corporeidad” que diría Ynestra King (3) según el cual la humanidad surge de la naturaleza no humana.

El pensamiento occidental está muy influenciado por una construcción racionalista y dualista de la relación entre naturaleza y humanidad en la cual lo que es auténticamente humano se define contra lo que se toma por natural y el mantenimiento de esta dicotomía y su polarización se realiza por el rechazo y negación de lo que une a los humanos con lo animal y natural como son por ejemplo el cuerpo, la sexualidad, la reproducción y los sentimientos, que son identificados como femeninos, mientras que los rasgos que se toman como característicos del género humano y donde radican sus virtudes especiales son aquellos tales como racionalidad, libertad, etc. y que son tradicionalmente entendidos como masculinos. Por lo tanto la humanidad se define tanto en oposición a la naturaleza como a lo femenino.

Como consecuencia, reconocer el aspecto natural del trabajo humano a través del reconocimiento del trabajo de cuidado de la vida realizado fundamentalmente por las mujeres es desvelar el aspecto natural de la humanidad y por lo tanto romper la estructura dicotómica y jerárquica de la dualidad. 

No se trata pues, de tomar partido por una u otra categoría de la relación sino de reconceptualizar cada una de ellas. No comprender la naturaleza de esta relación nos llevaría a pensar que las mujeres tenemos afinidades específicas con todo lo natural y caer en el esencialismo de la mística reaccionaria del cuidado o todo lo contrario, a pensar que hemos de rechazar todo sentimiento para liberarnos de nuestro destino, lo que nos lleva a la descorporeización y deshumanización de las personas.

Reconocer y valorar el trabajo de cuidado de la vida realizado fundamentalmente por las mujeres nos lleva por lo tanto a considerar a las mujeres como mediadoras entre humanidad y naturaleza lo cual nos proporciona puntos de partida nuevos para el pensamiento desde los cuales las relaciones de los seres humanos con la naturaleza pueden hacerse visibles y a partir de cuyo reconocimiento podemos iniciar otro tipo de pensamiento más liberador e integrado en la naturaleza de la que nos hemos apartado, al considerarnos fuera de ella.
El análisis y caracterización de este tipo de trabajo de cuidado nos devuelve el aspecto natural de la humanidad permitiéndonos unir el discurso ecologista con el discurso feminista.

Podemos decir que el sistema patriarcal en su afán de superar el reino de la necesidad para alcanzar el reino de la libertad ha despreciado el trabajo de las mujeres por estar continuamente sometido a su construcción y destrucción del mismo modo que los ciclos biogeoquímicos de los elementos de la naturaleza en que esta es continuamente transformada. El trabajo de alimentar y cuidar la vida, parir, cuidar niños, enfermos y ancianos pero también cocinar, limpiar, etc. forma ciclos repetitivos y monótonos como los ciclos naturales y este es el punto clave de encuentro entre el discurso ecologista y el discurso feminista en el que presentamos a las mujeres como el puente entre naturaleza y humanidad gracias a la realización de un trabajo ejercido durante siglos, ignorado, desvalorizado y objeto de apropiación gratuita lo mismo que la naturaleza por el sistema patriarcal.

La ciudad y los desplazamientos

Como pudimos analizar en un taller dedicado a la Movilidad dentro de las Jornadas Feministas del 2006, el esquema androcéntrico está presente en toda la sociedad y en sus instituciones. Las encuestas sobre Movilidad realizadas desde el Área de Movilidad del Ayuntamiento de Barcelona en el año 2004 (4) en las que se analizaba separadamente el comportamiento de hombres y mujeres a la hora de desplazarse por la ciudad de Barcelona son una prueba de ello.
En ellas, cuando se habla de movilidad obligada solo se tienen en cuenta los desplazamientos debidos al trabajo remunerado o estudio y de los cuales un 29% correspondería a los hombres y un 20,4% a las mujeres mientras que según las mismas encuestas, las mujeres realizarían un 36% de la movilidad no obligada frente a un 27,1% correspondiente a los hombres. Con ello se enmascara la realidad y se invisibiliza una vez más a las mujeres y a las tareas realizadas por estas para atender las necesidades del núcleo familiar  la mayoría obligatorias ya que se trata  de hacer compras y gestiones, acompañar niños o mayores, hacer visitas a familiares o amigos actividades que son ocultadas en las encuestas y por lo tanto no existen. Vemos pues que la propia sociedad y sus instituciones obedecen a esquemas patriarcales al no tener en cuenta todo aquello que no tiene que ver con el trabajo de mercado y al ignorar todo lo necesario para atender las necesidades de las personas o trabajo de sostenimiento de la vida.

Se trata pues de una encuesta realizada desde una mirada masculina según la cual solo se considera trabajo al trabajo remunerado y se ignora todo lo demás.
Por otro lado, cuando se analizan los resultados del uso del transporte público y privado por hombres y mujeres, observamos que son las mujeres las principales usuarias de los transportes públicos (un 43,9% de las mujeres frente a un 31,6% de los hombres en el caso de Barcelona mientras que sólo un 16,9% de las mujeres utiliza el transporte privado frente al 36% de los hombres). Los desplazamientos a pie también dan una ventaja a las mujeres: un 39,2% frente 32,3% de los hombres.

Es decir que cuando las mujeres valoramos con nuestra conducta el transporte público defendemos también las necesidades de accesibilidad de la mayoría de las personas y no sólo el de la mayoría de las mujeres, y cuando cuestionamos con nuestra actitud el uso del transporte privado, también estamos denunciando un modelo urbanístico difuso basado en la movilidad creciente que separa funciones y crea distancias en vez de aproximarlas. Es decir un modelo insostenible, desde el punto de vista ecológico y antidemocrático y excluyente desde el punto de vista social porque margina a las personas sin coche privado y carnet de conducir como son los mayores, los discapacitados, los niños y la mayoría de las mujeres.

Pero además este modelo es androcéntrico porque solo tiene en cuenta los desplazamientos de un varón en edad laboral ni muy joven ni muy viejo que se desplaza en automóvil privado para llegar al trabajo-empleo, que no tiene necesidades materiales ni afectivas, que no tiene que comprar para satisfacer las necesidades suyas propias o del núcleo familiar al que pertenece y que no tiene que ocuparse en general de todas aquellas actividades necesarias para que la vida continúe.
Vemos que los modelos imitativos del modelo masculino no resuelven el problema de la opresión de las mujeres porque se nos asimila al Homo economicus de una manera subordinada cuando se pretende hacernos iguales a los hombres mediante nuestra incorporación al trabajo mercantil o al analizarnos según pautas masculinas de movilidad, pero no se resuelve el problema del cuidado de la vida. Este, lejos de resolverse, se hace recaer sobre las mujeres en penosas e interminables dobles jornadas o bien se transfiere a otras mujeres inmigrantes que abandonan el cuidado de sus familiares más próximos para venir a atender nuestras necesidades dando lugar a una globalización del trabajo de cuidado que produce desatención y abandono de niños y mayores en los países de origen y explotación, cansancio y enfermedad en las mujeres en general.

El sistema económico capitalista exige personas limpias, aseadas, educadas y bien alimentadas que se desplazan al trabajo todos los días, pero no valora ni remunera a quienes realizan esta actividad de limpieza, aseo, alimentación y educación en el ámbito privado y que corresponde a la actividad realizada por miles de mujeres anónimas que permanecen en la sombra limpiando, comprando, lavando, planchando o cocinando y en general cuidando la fuerza de trabajo necesaria para la supervivencia del capitalismo.

Nos podemos preguntar qué sería de este sistema sin la aportación gratuita de miles de mujeres cuando se ocupan de mantener a las personas que constituyen el ámbito doméstico en condiciones de reproducir la fuerza de trabajo: quién se ocuparía de alimentar limpiar, lavar, cocinar, llevar al colegio o cuidar cuando están enfermos los miembros de la unidad doméstica y de cuidar cuando ya no son útiles para el sistema las personas mayores o enfermas.
El pensamiento feminista pone en cuestión el modelo económico vigente basado en el crecimiento ilimitado de los recursos naturales al valorar nuestra actividad de cuidadoras, gigantesca obra de civilización sin la cual el sistema económico no se sostiene. Los diferentes sistemas económicos invisibilizan esta tarea aunque se aprovechan y cuentan con ella al externalizar los costes sobre la salud de las mujeres. En este sentido, nuestra crítica del sistema económico actual es demoledora al poner en cuestión las bases mismas del sistema.

Para concluir, las mujeres nos relacionamos con la ciudad y en general con la sociedad de una manera diferenciada y por eso más que de ciudadanía queremos hablar de “cuidadanía” para poner el acento en la situación de dependencia y necesidad de cuidados que tenemos todas las personas en las diferentes etapas de nuestra vida y el derecho a ser cuidadas y la obligación de cuidar que tenemos todos los humanos hombres y mujeres. Tenemos un cuerpo al que atender y el destino de la humanidad esta indisolublemente unido al destino de la naturaleza ya que nuestro destino está interconectado con el de la biosfera como nos enseña la teoría Gaia, (5) según la cual formamos parte de un sistema autorregulado en el que todos los seres vivos y la base material de nuestro planeta dependemos los unos de los otros.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS  

(1) Bosch A., Amoroso M.I.,Fernández H.: Arraigadas en la Tierra (Malabaristas de la vida), Icaria. Barcelona, 2003.
(2) Arendt H.: La condición humana. Paidós, Estado y Sociedad .Barcelona (e.o.1958).
(3) EMEF y  Ajuntament de Barcelona : Mobilitat i genere. 2004.
(4) King Y.: Curando las heridas: feminismo, ecología y el dualismo naturaleza-cultura. Ecorama. 1997.
(5) Lovelock J.: Las edades de Gaia. Tusquets, Col. Metatemas. Barcelona, 2000.

jueves, 30 de octubre de 2008

EL FEMINISMO NEGRO


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INTRODUCCIÓN:
Durante ladécada de los sesenta del siglo XX, empezó a perfilarse la idea de construir un movimiento feminista internacional, debido, por una parte, a que muchas mujeres del tercer mundo acababan de salir del colonialismo y, por otra, a que las integrantes de los movimientos de mujeres en esa época procedían de otros movimientos de lucha. Además, en la década de los sesenta, las reivindicaciones y demandas feministas no estaban encaminadas exclusivamente al derecho al sufragio o a formar parte de las instituciones masculinizadas, sino que otras propuestas políticas enriquecían al feminismo: las afrodescendientes, las lesbianas feministas, las postcolonialistas y las multiculturalitas, entre otras, abrieron el abanico de análisis con nuevas perspectivas en lo que se refería a la subordinación de las mujeres. A través de la postura del feminismo negro, se comenzó a cuestionar la categoría de género de forma universal, sobre todo cuando se utilizaba el concepto de género occidental para caracterizar a las mujeres de color o del tercer mundo, dando lugar a una teoría crítica donde la raza, la clase, la nacionalidad y el sexo estaban entrelazados.
Aunque las mujeres negras formaron parte desde comienzos de los años sesenta de los movimientos feministas en EE.UU., muchas de estas mujeres se separaron de ellos y se unieron a los movimientos negros de liberación, fundando posteriormente un movimiento anti-racista y antisexista, basado en que los sistemas de opresión estaban interrelacionados de tal forma que era difícil distinguirlos en las condiciones en que sus vidas se desarrollaban. Así se comenzó a propugnar un feminismo negro que combatiera la variada y simultánea opresión que sufren las mujeres de color.
Fueron las afroamericanas y las británicas las pioneras en el desarrollo del feminismo negro, y posteriormente América Latina se alimentó política y teóricamente de estas aportaciones, con sus características específicas. A través de estas líneas analizaremos brevemente estos tres ejemplos: el feminismo negro de los Estados Unidos, las mujeres negras en Gran Bretaña y el feminismo indígena en América Latina.
Mujeres negras en Estados Unidos:
El feminismo negro o “mujeres de color”, como así se hacían llamar, nació en Estados Unidos a finales de los años 60 del siglo XX, con dos principales objetivos:
1.- La reconstrucción del feminismo, dominado hasta entonces por una visión etnocentrista y racista que invisibilizaba en su análisis las experiencias de las mujeres no blancas.
2.- La denuncia del sexismo en el movimiento de los derechos civiles de los hombres negros que se desarrolló desde los años 60.
El feminismo negro en los Estados Unidos fue concebido como un movimiento político que denunciaba el predominio de una supremacía blanca y las prácticas patriarcales que se daban tanto en la sociedad norteamericana como en estos movimientos sociales.
Las dos organizaciones más relevantes de las “mujeres de color” en los Estados Unidos, fueron la Organización Nacional de Feministas Negras en Nueva York, integrada por feministas afrodescendientes; y el Colectivo “Combahee River”, constituido por mujeres lesbianas y mujeres feministas, que abogaban por una política radical.
El feminismo negro en Estados Unidos consideró en su discurso las múltiples opresiones de las mujeres, en la que la raza, la clase, el género y la sexualidad eran variables interdependientes, destacando que las mujeres afrodescendientes eran las grandes ausentes de la historia de las mujeres, junto con las indígenas, lesbianas, migrantes etc. En este pensamiento político el concepto de diferencia fue visto como fruto de experiencias históricas enmarcadas en relaciones sociales de poder y dominación consecuencia del colonialismo y la esclavitud.
“La supresión histórica de las ideas de las mujeres negras ha tenido una marcada influencia en la teoría feminista. Vistas más de cerca, las teorías presentadas como universalmente aplicables a las mujeres como grupo resultan, en buena medida, limitadas por los orígenes blancos y de clase media de quienes las propusieron” (Hill Collins. 1998:259).
Por otra parte, el concepto de patriarcado, fundamental para la teoría feminista, fue puesto en tela de juicio por haber sido considerado como una dominación masculina indiferenciada, sin examinar cómo éste se concretaba en las experiencias particulares donde la raza, la clase y la sexualidad, jugaban papeles fundamentales en la reproducción social.
“Reconocen que en los movimientos negros, existe la idea de que la mujer es diferente al hombre por naturaleza y no puede hacer las mismas cosas que él: así, el hombre negro se ve a sí mismo siempre como el cabeza de familia, concepción contra la que hay que luchar”. (Asunción Oliva Portolés, 2004:145)
Además se criticó una de las principales reivindicaciones del feminismo contemporáneo basado en el análisis de la división sexual del trabajo y en la diferenciación entre roles femeninos y masculinos, como era el derecho al trabajo asalariado fuera del hogar, que permitiese a las mujeres una autonomía financiera a la vez que lograr reconocimiento social. Las feministas negras criticaron la visión racista y clasista de esta reivindicación argumentando que lo que se proponía con respecto a que las mujeres se liberaran del trabajo doméstico para profesionalizarse igual que lo hacían los hombres blancos, no consideraba a las mujeres afrodescendientes, que siempre trabajaron fuera del hogar como fuerza de trabajo en las calles y en las casas de los y las blancas, fruto de la herencia de la esclavitud.
Las mujeres Negras en Gran Bretaña:
En Gran Bretaña se inició el movimiento de mujeres negras en los años 70, a través de una lucha anticolonialista y contra el racismo, la desigualdad de clase y las prácticas patriarcales. Entre las organizaciones que surgieron destacó la “Organization of women of Asian and African Descent”, primera organización nacional, y el grupo de Mujeres Negras de Brixton (AWAZ).
El concepto de “mujer negra” se convirtió en una identidad política estratégica para hacer frente a un racismo institucionalizado expresado en la violencia policial, en los servicios públicos y en los efectos de la migración que las colocaba en condiciones de desigualdades materiales, sociales y culturales.
El término negro“es un acto de oposición que declara la supremacía de historias de resistencia y opresión sobre las tácticas divisivas de la clasificación científica” (Sudbury, 2003:288).
Al igual que pasó en Estados Unidos, las mujeres negras de Gran Bretaña cuestionaron la supuesta unión homogénea que planteaba el feminismo blanco y que no reconocía la diversidad de las mujeres, por ello muchas de las mujeres negras británicas se distanciaron del feminismo blanco para luchar contra el racismo, siendo el movimiento de mujeres negras en Gran Bretaña un referente importante de lucha política antirracista y antisexista que articulaba diferentes niveles y formas de opresión.
Mujeres negras de América Latina:
El pensamiento político latinoamericano ha estado enmarcado en un contexto determinado por la colonización y la conquista que supuso la esclavitud indígena y africana, una esclavitud que se extendió y tuvo consecuencias en la vida de la gran mayoría de la población, de la cual, las mujeres fueron históricamente, las grandes afectadas.
La acción política de las mujeres se llevó a cabo para hacer frente a las dictaduras, el machismo y el racismo de América Latina, pero en el feminismo latinoamericano hubo un sesgo clasista y racista debido a las diferentes posiciones sociales, económicas y culturales de las mujeres de América Latina.
Aunque la afrodescendencia o la indígeno-descendencia estuvo presente en toda la población latinoamericana, fue más significativa en aquellos núcleos de población más racializados a lo largo de la historia, y ello se reflejó en el feminismo, siendo las afrodescendientes y las indígenas las que se encargaron de evidenciar estas diferencias entre mujeres, y de denunciar el racismo existente en el feminismo que se divulgaba sobre las bases elitistas y clasistas y que no tomaban en cuenta en sus postulados teóricos ni en sus acciones políticas, los múltiples niveles de opresión en los que vivían la mayoría de las mujeres.
La visibilización del racismo en las sociedades latinoamericanas ha sido la ardua tarea que han tenido que asumir las organizaciones de mujeres afrodescendientes, pues, debido a la ideología del mestizaje, el racismo se asocia casi siempre a experiencias ligadas al aparthaid o a un segregacionismo como lo fue el caso de Estados Unidos y África del Sur, asumiendo que la situación de marginación y exclusión socio-económica que viven las poblaciones afrodescendientes e indígenas se debe más por su situación de clase que por el racismo mismo.
Las afrodescendientes latinoamericanas cuestionaron la visión de la separación de esfera pública y privada y de la concepción del trabajo de la teoría feminista, comprobándose la visión racista en el siguiente párrafo:
“Cuando hablamos del mito de la fragilidad femenina que justificación históricamente la protección paternalista de los hombres sobre las mujeres, ¿de qué mujeres se está hablando? Nosotras -las mujeres-negras- formamos parte de un contingente de mujeres, probablemente mayoritario, que nunca reconocieron en sí mismas este mito, porque nunca fueron tratadas como frágiles. Somos parte de un contingente de mujeres que trabajaron durante siglos como esclavas labrando la tierra o en las calles como vendedoras o prostitutas. Mujeres que no entendían nada cuando las feministas decían que las mujeres debían ganar las calles y trabajar. Somos parte de un contingente de mujeres con identidad de objeto. Ayer, al servicio de frágiles señoritas y de nobles señores tarados. Hoy, empleadas domésticas de las mujeres liberadas” (Carneiro, 2005: 22).
Reflexiones finales:
A través del feminismo negro se explica que existe una gran hetereogeneidad entre las mujeres del mundo, por lo que no se puede hablar de la discriminación de las mujeres sólo desde la categoría de género, es decir, por el sólo hecho de ser mujeres; esta visión puede valer para la mujer blanca occidental de clase media, pero no para una gran parte de mujeres del mundo que por haber nacido en un lugar determinado, pertenecer a una raza, a una clase social o a una étnia, se encuentran discriminadas y subordinadas, además de por ser mujeres.
Los argumentos del feminismo negro se basan en que la categoría género está entrelazada con las categorías raza, clase o nacionalidad, no siendo la misma discriminación, la que puede sufrir una mujer blanca de clase media en un pais desarrollado, que la discriminación sufrida por una mujer negra, de una clase social muy baja, y de un país del tercer mundo, la cual, además de ser discriminada por ser pobre, negra y vivir en un pais subdesarrollado, es discriminada por ser mujer. Por ello, la lucha por la igualdad de las mujeres adquiere diferentes matices y significados dependiendo del lugar, de la clase social, de la raza, de la educación, de la nacionalidad, etc., y no sólo es una lucha de género.
Bibliografía
Avtar Brath. 2004. Diferencia y diversificación. En: Eskalera La Karakola Otras Inapropiables. Feminismos desde la Frontera. Traficantes de Sueños. Madrid.
Bhavnani, Kum-Kum y Margaret Coulson. 2004. Transformar el Feminismo Socialista. En: Eskalera La Karakola Otras Inapropiables. Feminismos desde la Frontera. Traficantes de Sueños. Madrid.
Hill Collins, Patricia. 1998. “La política del pensamiento feminista negro”. En: Marysa Navarro(compiladora)¿Qué son los estudios de mujeres?. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires.
Hooks, bell. 2004. Mujeres Negras. Dar forma a la teoría feminista. En: Eskalera La Karakola Otras Inapropiables. Feminismos desde la Frontera. Traficantes de Sueños. Madrid.
Lorde, Audre. 2003. La hermana, la extranjera. Editorial Horas y Horas. Madrid.
Lovell, Peggy. 1991. Desigualdade Racial no Brasil Contemporáneo.
Wernerk, Jurema. 2005. De Ialodés y Feministas. Reflexiones sobre el accionar de las mujeres negras en América Latina y El Caribe. En: Feminismos Disidentes en América Latina y El Caribe. Nouvelles Questions Feministas. Vol. 24. No. 2. Paris-México.

sábado, 18 de octubre de 2008

La segunda brecha digital y las mujeres

Nuevas tecnologías y género


El aumento sostenido del número de usuarios de ordenadores y de las conexiones a Internet parece indicar que la primera brecha digital puede resolverse en el futuro. La segunda brecha digital, relacionada con las habilidades necesarias para obtener todos los beneficios del acceso (digital literacy), afecta más a las mujeres que a los hombres. Ésta constituye un reto complejo de resolver.

«The so-called digital divide is actually several gaps in one. There is a technological divide - great gaps in infrastructure. There is a content divide. There is a gender divide, with women and girls enjoying less access to information technology than do men and boys. This can be true of rich and poor countries alike».
Kofi Annan, ex Secretario General de Naciones Unidas, Statement to the World Summit on the Information Society, Ginebra, 10 de diciembre de 2003
A veces pensamos que aunque las innovaciones tecnológicas se difundan primero entre las naciones y los ciudadanos más ricos, con el tiempo, la mayoría las adoptará y este proceso de difusión eliminará las diferencias económicas y sociales. Esto parece ocurrir en el caso de la televisión, los teléfonos móviles y otros artefactos fáciles de utilizar. Pero no siempre es así. Al igual que ocurrió respecto a la industrialización y el desarrollo económico, no todos los países ni todos los ciudadanos se incorporan a las novedades con el mismo ritmo e intensidad. Algunos, incluso, nunca llegan a incorporarse.
La realidad es que las innovaciones tecnológicas no se difunden de forma regular por el sistema. No todas las empresas, ni todos los individuos, se convierten en usuarios y, menos aún, en usuarios avanzados. Las empresas que no adoptan innovaciones relevantes en su campo acabarán perdiendo cuota de mercado y serán sustituidas por otras más eficientes. Esto beneficiará a los consumidores, pero provocará, sin embargo, un proceso de sustitución de empleos: en una parte del sistema se destruyen puestos de trabajo y en otra se crean. El nivel de empleo global puede no verse afectado negativamente, pero las personas que han perdido sus empleos tal vez tengan problemas para encontrar ocupación remunerada, a menos que sus niveles de cualificación y especialidad sean muy demandados.
Desde la perspectiva social, si una parte importante de la ciudadanía no adopta las innovaciones consideradas cruciales, ello puede generar desigualdades económicas y sociales y reforzar otras previamente existentes. Everett Rogers, en su libro Difusión of Innovations (2003), define la pauta de distribución de las innovaciones como una curva de Bell, en cuyo seno es posible diferenciar hasta cinco grupos de individuos, a partir de sus características socioeconómicas y demográficas, así como de sus actitudes:
. Un primer grupo, minoritario, al que se conoce como el de los “innovadores”, engloba al conjunto de personas capaces de tomar iniciativas y correr riesgos.
. En un segundo grupo se encuentran aquellos individuos conocidos como early adopters, normalmente líderes sociales con un alto nivel educativo.
. El tercer grupo (early majority), más numeroso y caracterizado por la prudencia de sus integrantes, así como por su amplia red de contactos sociales.
. Un cuarto grupo igualmente numeroso (late majority) está formado por personas escépticas, tradicionales, con bajo estatus socioeconómico.
. Finalmente, en el grupo de los “retardados” se sitúan aquellas personas que o bien se mantienen en un nivel muy tradicional, o bien están aisladas en su sistema social. Las primeras tienden a no confiar en las innovaciones. Las segundas, por el contrario, carecen de interacciones sociales que potencien la percepción de beneficios y estimule en el uso de la innovación y, por lo tanto, se ven permanentemente privadas de sus ventajas.
De la clasificación de Rogers se deduce que para que el acceso sea efectivo (y continuado), a la posibilidad de acceso debe sumarse el conocimiento, el interés, así como la aplicabilidad y la utilidad de esta herramienta para el cumplimiento de objetivos personales. De este modo, el estudio de la brecha digital no puede limitarse al análisis del acceso a Internet (primera brecha digital), sino que debe dar un paso más e involucrase en el análisis y determinación de los usos e intensidad del uso de Internet (segunda brecha digital).
La literatura y la investigación empírica subrayan los efectos positivos de saber manejar los ordenadores e Internet (Korup y Szydlik, 2005; Rogers, 2001). Algunos autores consideran la tecnología como una ruta potencial de exclusión social –por ejemplo, de acceso al trabajo– y afirman que la ausencia de tecnología incrementará las desventajas de ciertos grupos sociales (Liff y Shepperd, 2004). Otros insisten en que la existencia de divisiones digitales constituye una barrera para el desarrollo de una Sociedad de la Información equitativa (Brynin, 2004). Esto significa que si existen factores que retrasen la adopción de estas innovaciones por parte de los ciudadanos, la eficiencia económica y el bienestar social se verán afectados por esta falta de adecuación del capital humano.
La primera y la segunda brechas digitales
Para comprender el problema de la división digital la clave está en asumir que la barrera más difícil de superar no es la del acceso (infraestructuras; difusión de los artefactos), sino la del uso. En otras palabras, las oportunidades que crean estas innovaciones tecnológicas dependen de la utilización que se haga de ellas y de la forma en que afecten al desarrollo profesional y a la vida de las personas. Desde esta perspectiva, el hecho crucial es la capacidad de cada individuo para utilizar las innovaciones en función de sus necesidades e intereses específicos.
La división digital (digital divide) constituye, por tanto, un problema social importante que acompaña al proceso de difusión de Internet. Rogers (2001) define la división digital como «La brecha que existe entre individuos que sacan provecho de Internet y aquellos otros que están en desventaja relativa respecto a Internet» y lo relaciona con la hipótesis de la brecha del conocimiento (knowledge divide), es decir: «A medida que aumenta la difusión de los medios de comunicación de masas en el sistema social, ciertos segmentos de la población, con un nivel socioeconómico más elevado tienden a apropiarse de la información a una velocidad más rápida que los del nivel más bajo, y de esta manera la brecha entre estos segmentos tiende a aumentar en lugar de a reducirse» (Tichenor, Donohue y Olien, 1970, citado en Rogers).
Una de las características de las innovaciones que nos traen los ordenadores e Internet es que requieren habilidades específicas. El acceso no es suficiente. Esto no es muy diferente a lo que ocurrió en el siglo XV. La imprenta hizo posible la difusión del saber, permitió almacenar los conocimientos de manera eficiente y facilitó la comunicación entre científicos. Pero el acceso al material impreso no era suficiente. Para beneficiarse de todo lo anterior, era necesario poseer determinadas habilidades (leer, escribir).
Korupp y Szydlik (2005, p. 410) recalcan, respecto a la diferencia entre los teléfonos móviles y los ordenadores, que «más que como una herramienta doméstica ordinaria, un ordenador se debe considerar como un complejo artefacto multitarea. Comparado con los teléfonos móviles, por ejemplo, manejar un ordenador e Internet requiere habilidades específicas que van más allá de las aplicaciones en las que basta con apretar el botón».
La clave es que los ordenadores e Internet requieren habilidades específicas si se quieren utilizar como herramienta que crea una ventaja relativa para las personas y las organizaciones que las utilizan. También pueden ser medios de entretenimiento y de consumo. Lo que las hace radicalmente diferentes, sin embargo, es que son herramientas muy poderosas para trabajar y aprender, y que requieren una cierta capacidad de memoria y de pensamiento abstracto, que constituyen la base de las habilidades de aprendizaje.
Rogers (2001, p. 97) subraya que Internet es «una innovación caracterizada por un elevado grado de ventaja relativa (definida como el grado en que una innovación proporciona beneficios mayores que aquella a la que sustituye). Comparado con el correo postal, el correo electrónico es más rápido, barato e instantáneo. Comparado con los libros u otras fuentes de información, la Web es un medio más a mano para buscar información».
Por todo lo anterior, aunque a veces pensemos que Internet está al alcance de cualquiera, la realidad es que, además de habilidades para leer y escribir (en muchos casos en inglés), requiere cierta capacidad para buscar información, procesarla y utilizarla para alcanzar determinados objetivos. En caso contrario, se convierte en ocio o consumo pasivo de música, películas o series de televisión de forma gratuita (lo que enfada a los que producen y venden estos productos de ocio). Todos estos usos son importantes, pero no es evidente que contribuyan sustancialmente a la generación de capital humano y social o a la competitividad.
La segunda brecha digital está relacionada, por tanto, con la brecha del conocimiento y, más específicamente, con las “habilidades digitales” (digital skills o e-skills) necesarias para vivir y trabajar en sociedades caracterizadas por la importancia creciente de la información y el conocimiento, lo que se denomina como digital literacy.
El término digital literacy –en términos literales: alfabetización digital– fue acuñado por Gilster (1997) para definir la capacidad de las personas para adaptarse a las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), y, especialmente, a Internet. Desde entonces se ha utilizado para definir todo el conjunto de habilidades técnicas cognitivas y sociales necesarias para desempeñar tareas en entornos digitales.
Otras definiciones más amplias (AAUW, 2000) hablan de soltura (fluency) y se refieren a las capacidades para la adquisición de las destrezas prácticas en TIC necesarias para el trabajo y la vida cotidiana. Implica un cierto conocimiento del hardware y software para manejar los equipos y programas correctamente. Nos sorprenderemos más adelante de la poca gente que en realidad tiene estos conocimientos básicos, incluidos jóvenes y licenciados universitarios. La alfabetización digital implica también adquirir conocimientos de búsqueda, clasificación, evaluación y presentación de la información. Nadie debería abandonar su centro educativo sin saber cómo buscar, clasificar, evaluar y presentar la información relativa a su especialidad.
En todo caso, como señalan Korupp y Szydlik (2005, p. 409) en su análisis empírico de las causas y tendencias de la división digital, los beneficios de la digital literacy son evidentes, ya que está correlacionada positivamente con la capacidad para relacionarse socialmente, mejora los resultados escolares, las habilidades matemática y de lenguaje y favorece el éxito en la búsqueda de empleo, así como la obtención de salarios más altos.
Las diferencias de género en relación con la división digital y la digital literacy
El género es una de las variables más relevantes a la hora de explicar los retrasos en la incorporación al mundo de las nuevas tecnologías, e indudablemente, al uso de Internet. Las diferencias de acceso entre hombres y mujeres se dan en todas las sociedades actuales, tanto en contextos de economías avanzadas como de economías en desarrollo. La preocupación por las diferencias de género en el uso de ordenadores e Internet es creciente. En el año 2007 tanto la OCDE como la Unión Europea (UE) han publicado estudios que demuestran con datos que hay motivos para la alarma.
Un reciente documento de Eurostat (Seybert, 2007) alerta sobre las diferencias de género en el uso de los ordenadores e Internet. Aunque el uso de las TIC se ha convertido en un rasgo esencial de la actividad social en toda Europa, los hombres son usuarios más regulares de Internet que las mujeres en todos los países y grupos de edad. Asimismo, muchos más hombres que mujeres ocupan empleos de informática en la UE. Los resultados de la Encuesta Comunitaria sobre uso de las TIC en los hogares y por los individuos de 2006 son claros:
1. Entre los jóvenes (16-24 años de edad) es mayor el porcentaje de hombres (67 por ciento) que de mujeres (62 por ciento) que usan un ordenador diariamente. La diferencia es también significativa entre los chicos (53 por ciento) y las chicas (48 por ciento) que usan Internet cada día (ver figuras 1 ( 1) y 2 ( 2)).
En España esas mismas proporciones son de 58 por ciento para hombres y 56 por ciento para mujeres respectivamente en cuanto al acceso al ordenador, y de 44 y 41 por ciento respecto al uso de Internet diariamente.
2. Si consideramos las habilidades informáticas ( 1), como aproximación a la digital literacy o digital fluency la situación es aún más grave. En todos los grupos de edad la proporción de mujeres con niveles altos de habilidades informáticas y navegadoras es más pequeña que la de hombres. Destaca de nuevo que entre los más jóvenes (16-24 años) las diferencias de género se mantienen: sólo un 30 por ciento de las mujeres usuarias tiene un nivel de habilidades alto, frente a un 48 por ciento de los hombres, lo que marca una brecha de 18 puntos porcentuales (ver figura 3 ( 3)).
En el caso de España, la situación es relativamente mejor desde el punto de vista del género, aunque la diferencia es todavía de 13 puntos entre uno y otro sexo: un 48 por ciento de los hombres y frente a sólo un 35 por ciento de las mujeres, han marcado este nivel alto de habilidades informáticas.
3. Finalmente, la proporción de mujeres que trabajan como profesionales de la informática ( 2) es muy pequeña (0,7 por ciento) y no ha mejorado entre 2001 y 2006, mientras que la proporción de hombres aumentó ligeramente desde el 2,3 por ciento al 2,6 por ciento.
En el caso de España, esas proporciones son del 0,6 por ciento para las mujeres y el 2,0 para los hombres. Desde 2001 la situación de las mujeres no ha mejorado, mientras que la de los hombres ha pasado del 1,4 por ciento al 2 por ciento.
Lo más grave es que estas diferencias de género en las profesiones informáticas no parece que tiendan a reducirse en el futuro, ya que son más agudas entre los más jóvenes (menos de 40 años de edad) que entre los más maduros. Para el conjunto de la UE, las diferencias en el porcentaje de profesionales de la informática de uno y otro sexo de más de 40 años se establece entre el 1,8 por ciento del empleo masculino total y el 0,5 por ciento del femenino total (1,3 puntos porcentuales de diferencia). Para los de menos de 40 años de edad, las diferencias son mucho más amplias: los informáticos representan el 3,5 por ciento del empleo masculino frente a sólo el 0,8 por ciento el femenino, es decir, 2,7 puntos de diferencia (ver figura 4 ( 4)). En el caso de España las diferencias son también preocupantes entre los más jóvenes, pero más pequeñas. Ello se debe a que el empleo informático representa porcentajes similares a los europeos tanto entre las mujeres jóvenes como entre las maduras, mientras que es bastante más bajo entre los hombres para ambos grupos de edad (2,8 por ciento entre los más jóvenes y uno por ciento entre los más maduros).
La segunda división digital para la igualdad de género
La relevancia de la primera división o brecha digital está relacionada sobre todo con la calidad del acceso a Internet. Pero la disponibilidad técnica y la calidad del acceso son condición necesaria, aunque no suficiente, para el acceso. El acceso a Internet es un fenómeno social y las condiciones sociales del acceso son importantes. Entre ellas, la más relevante es la habilidad para utilizar las tecnologías, lo que hemos denominado digital literacy o digital fluency, que constituyen las líneas de corte de la segunda división digital.
Korup y Szydlik (2005) establecen que hay tres tipos de factores que afectan al uso del ordenador e Internet en el hogar por parte de los individuos:
1. El capital humano, que incluye no sólo la educación formal, sino también el uso de ordenador e Internet en el puesto de trabajo.
2. El contexto familiar, que abarca no sólo la renta del hogar, sino su composición y particularmente la presencia de menores.
3. El contexto social, que incorpora distintos factores (generacionales, étnicos, regionales) entre los cuales el más importante es el género.
Las estadísticas muestran que existe una relación positiva entre el capital humano de una persona y su uso privado del ordenador e Internet. La brecha de género persiste, sin embargo, más allá de los niveles educativos. Hemos visto anteriormente cómo entre los jóvenes la brecha de género sólo se atenúa parcialmente. Ahora comprobaremos que el efecto del nivel de estudios tampoco reduce la brecha de género. En España, por ejemplo, entre la población usuaria con estudios superiores (universitarios y de formación profesional de segundo grado) la brecha de género entre las personas que utilizan Internet diariamente es de 20 puntos (ver tabla 1 ( 5)).
El capital humano, como se decía más arriba, incorpora también la experiencia en el uso de ordenadores e Internet en el puesto de trabajo, que es un elemento clave como vía de acceso inicial y determina igualmente en gran medida las pautas de uso y las habilidades en relación con estas tecnologías. Las desigualdades de género en el mercado de trabajo son relevantes desde este punto de vista y se manifiestan de varias formas (Van Welsum y Montaigner, 2007):
- Por una parte, la tasa de empleo femenina es considerablemente más baja que la masculina. Para el conjunto de la OCDE, por ejemplo, la tasa de empleo masculina está por encima del 70 por ciento y la femenina por debajo del 60 por ciento (en España, la tasa de empleo femenina se sitúa en torno al 50 por ciento y la masculina supera el 70 por ciento).
- Por otra, el empleo femenino se concentra en actividades menos relevantes desde el punto de vista de la informatización o el acceso a Internet. En las ocupaciones más relacionadas con la informática, las mujeres representan porcentajes elevados (por encima del 50 por ciento) en las menos cualificadas (operadores, administradores de bases de datos) y por debajo del 10 por ciento en las más cualificadas (ingenieros informáticos y de telecomunicaciones).
- En conclusión, la mujer “flexible” se adapta muy bien a una economía de servicios a través de Internet, pero encuentra empleos subordinados. Las mujeres se concentran en empleos de educación y otros intensivos en conocimiento, pero su presencia es mayoritaria en los puestos de oficina y muy escasa en las profesiones de alta tecnología y de Internet.
En cuanto al contexto familiar, no sólo es importante la renta familiar –que sin duda afecta a las posibilidades de poseer un ordenador y una conexión a Internet desde el hogar–, sino que también es decisiva la presencia de menores de edad en el hogar, que actúa como un incentivo para disponer de ordenador y acceso a Internet (Brynin, Raban y Soffer, 2004). Los padres desean que sus hijos aprendan y quieren, además, compartir con ellos y saber qué hacen en Internet. Parece, sin embargo, que desde el punto de vista de las mujeres, la disposición de ordenador y conexión en el hogar se ve compensada negativamente por la falta de tiempo para utilizarlos, debido, precisamente, a la presencia de menores, especialmente cuando son muy pequeños (Liff y Sheperd, 2004).
El contexto social es determinante desde varios puntos de vista: el uso (experiencia, frecuencia, intensidad, gama de usos que se llevan a cabo), las habilidades percibidas o reales y, es muy importante, si las mujeres y los hombres encuentran un entorno igualmente favorable al uso de ordenadores e Internet o unos se sienten más cómodos que otras. En definitiva, se trata de apreciar si los cambios en las pautas individuales de actividad ponen en cuestión o, por el contrario, refuerzan, los estereotipos respecto a uno y otro sexo.
Parece que hay razones para ser optimistas porque en todos los países aumenta el número de usuarias. Las nuevas tecnologías pueden contribuir a mejorar la posición de las mujeres en el mercado de trabajo. Sus habilidades para la comunicación, así como sus niveles de educación formal más elevados, se demandan y esto puede aumentar la contratación de mujeres. El teletrabajo, la teleoperación, parecen alternativas apropiadas para mujeres que necesitan combinar el empleo con las responsabilidades familiares. A pesar de lo anterior, las mujeres siguen relegadas a determinadas ramas de actividad y ocupaciones, mientras que los hombres dominan las áreas estratégicas de la educación, la investigación y el empleo más relacionados con las TIC.
Respecto a los usos de Internet, tanto en España como en la UE o en los restantes países de la OCDE, mujeres y hombres utilizan de forma similar los usos relacionados con la comunicación (correo electrónico, chats, etc.). Los hombres, sin embargo, se decantan por los “más tecnológicos” (descargar software, música y películas) y las mujeres por los “más funcionales” (educación, salud, servicios públicos).
Sería, sin embargo, un error confundir el aumento del número de usuarias con la desaparición de la división digital. El número de mujeres que utiliza ordenadores e Internet de manera elemental está aumentando, pero la brecha digital de género es evidente respecto a las habilidades (digital literacy). Más arriba se comentaban los datos de la UE de 25 Estados miembros a este respecto, y se mostraba la importancia de las diferencias de género incluso entre las personas más jóvenes (16-24 años de edad). El nivel de estudios tampoco reduce el tamaño y la intensidad de esa brecha de género, sino que, incluso, la acentúa. Si en relación con las habilidades más sencillas y frecuentes (copiar ficheros, cortar y pegar) las diferencias entre uno y otro sexo son pequeñas, en las más avanzadas (instalar dispositivos o escribir programas) las mujeres con estudios superiores (universitarios o de formación profesional) se sitúan entre 20 y 30 puntos por detrás de los hombres con esos mismos niveles de estudios (ver tabla 2 ( 6)).
Esta problemática preocupa a la literatura y la investigación desde hace largo tiempo y se relaciona con otros hechos importantes como el estancamiento, incluso la reducción, del porcentaje de mujeres que estudian carreras tecnológicas (informática e ingenierías). Parece que la tecnología fuera un mundo de hombres, mientras que las mujeres estarían prisioneras de una cierta tecnofobia. Lo que nos muestra la investigación (Spertus, 1991; AAUW Educational Foundation, 2000; Artal y otros, 2000; Margolis y Fisher, 2002; Millar y Jagger, 2001) es que los hábitos patriarcales persisten en la familia, la escuela y los medios de comunicación. A los niños se les educa para explorar y conquistar el mundo; a las niñas, a pesar de los avances que han experimentado las sociedades democráticas, se las sigue educando para cuidar de los demás:
- Se tiende a identificar feminidad y masculinidad con determinados atributos. Si los niños adoran los ordenadores y los videojuegos (y es evidente que los prefieren a la televisión) esto no está inscrito en su naturaleza, sino que se les ha ido inculcando desde pequeños. En cambio a las niñas se les inculca la responsabilidad, el cuidado de los demás, una visión más sufrida que utiliza las herramientas (en este caso el ordenador o Internet) para resolver problemas más que para jugar. Todo esto ocurre en la familia y la escuela a edades tempranas.
- A pesar de las diferencias en la socialización, la escuela o el hogar, las chicas no necesariamente son poco habilidosas con los ordenadores. La diferencia más importante es que los chicos se sienten más cómodos con la tecnología en general, porque tienen más experiencia, mientras que ellas sienten más ansiedad y miedo al fracaso. También hay casos de chicos que realizan un uso excesivo, muchas veces por timidez, falta de capacidad o deseo de comunicación, lo que les lleva a refugiarse en el ordenador o Internet y puede derivar en aislamiento.
- Otro problema importante es que las familias tienen expectativas distintas en relación con los hijos y las hijas, y no empujan a las niñas a las carreras de ciencias e ingeniería. Las propias chicas perciben, por otra parte, las trampas laborales que las mujeres encuentran en esos empleos y tampoco les gusta el estereotipo de empollona, rara y poco femenina.
- En el aula, las expectativas de los profesores también son distintas. La educación científica se considera más necesaria para los niños y ello crea barreras para las niñas: en clase se les pregunta menos, se espera menos tiempo a que respondan y se las interrumpe más. Desde el jardín de infancia el éxito se considera masculino y, en el caso de que triunfe una niña, no se la considera campeona, sino que su triunfo se debe a que ha desempeñado un trabajo muy duro. Esto es resultado, en gran medida, de la escasez de modelos de mujeres triunfadoras en las TIC.
Conclusión
Vivimos en sociedades caracterizadas por la difusión masiva de las TIC. En este contexto, el acceso y uso de ordenadores e Internet, y especialmente las e-habilidades (e-skill, digital literacys), se convierten en estratégicas para los ciudadanos y para el conjunto del sistema.
El debate sobre las barreras de acceso a la Sociedad de la Información y a la existencia de brechas digitales ocupa un lugar relevante en la literatura académica. Muchas de las cuestiones planteadas están pendientes de resolver, tanto a nivel práctico (los niveles efectivos de brecha digital continúan siendo preocupantes) como a nivel teórico (los motivos por lo cuales las mujeres se sitúan en posiciones de clara de desventaja tecnológica) y requieren de análisis más profundos.
La primera brecha digital, que se refiere a las diferencias de acceso de hombres y mujeres a Internet, tiene un claro componente generacional y educativo. Cabría, por tanto, esperar que la diferencia entre hombres y mujeres en los niveles de acceso a Internet desaparezca con el tiempo. El panorama no es tan optimista, sin embargo, cuando hombres y mujeres se convierten en usuarios de la Red, porque las diferencias vuelven a aparece en términos del uso que se hace de esta herramienta. Las mujeres, de nuevo, se encuentran situadas en una posición de clara desventaja frente a los hombres y realizan un uso restringido de actividades que requieren, además, poca destreza tecnológica. Los hombres, por el contrario, realizan una gama de actividades variada, que requiere un nivel medio de habilidades tanto para el ocio como para los usos más tecnológicos.
Por el momento no disponemos de suficientes datos del contexto español para profundizar más en el análisis de las causas que provocan la segunda brecha digital de género. Esto limita la capacidad de diseñar políticas eficaces destinadas a superar la desigualdad entre hombres y mujeres en el acceso y uso de Internet. Por esta razón, es esencial la producción y compilación urgente de datos e información cualificada que permita, en futuras investigaciones, abordar sólidamente el tema de la desigualdad digital.
Hafkin y Huyer, en su magnífico trabajo Cinderella or Cyberella: Empowering Women in the Knowledge Society (2006), subrayan que no se realiza el suficiente esfuerzo de elaboración de datos y análisis. En definitiva, sin datos no hay visibilidad y sin visibilidad es imposible elaborar políticas para superar la brecha digital de género.
Con frecuencia se recurre a estimular a las mujeres a mejorar sus credenciales educativas, como si la acumulación de títulos fuera la llave para la igualdad. Pero la estrategia de adquirir más educación formal tiene resultados decepcionantes. Los ingenieros y consultores de alto nivel en el campo de la informática, los creadores de software, son mayoritariamente hombres. Los trabajadores manuales y los que prestan los servicios masivos son mujeres. En la UE las mujeres representan dos tercios del empleo intensivo en educación, pero sólo un cuarto de los empleos de alta tecnología. A pesar de los avances reales en el uso de las TIC, los prejuicios patriarcales se transfieren a los nuevos entornos de educación y trabajo.
El reto al que nos enfrentamos no consiste en que las mujeres empiecen a comportarse como los hombres. El objetivo es hacer posible que utilicen las tecnologías al mismo nivel y con la misma destreza que los hombres y que ocupen puestos similares a ellos, como diseñadores de sistemas, gestores de redes o consultores informáticos.
Bibliografía
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Fuente: Revista Telos

P.-S.

La investigación en la que se sustenta este artículo la he desarrollado en la Universidad de Harvard durante la primavera-verano de 2007, gracias a una beca concedida por el Real Colegio Complutense de dicha universidad. Agradezco a esta institución el apoyo financiero y humano que me ha proporcionado.